Amor y llanto

Part 2

Chapter 24,163 wordsPublic domain

Cuando volvió en sí, se encontró recostado en un blando y mullido lecho; sus capitanes y sus condes llenaban la estancia, y la anciana abadesa, de pie junto a él, esperaba el instante de que abriese los ojos para vendarle la herida y darle una bebida, preparada ya de antemano.

Muy en breve se sintió el rey tan mejorado, que manifestó sus deseos de partir; entonces la abadesa le pidió permiso para presentarle una joven huérfana que le había sido encomendada, hija de un conde navarro, rebelde a don Fruela, pero descendiente de los reyes de Navarra, y por consiguiente, parienta suya.

El rey de Asturias, que profesaba un ardiente amor a toda mujer que fuese joven y hermosa, consintió en ver a la noble huérfana en cuya busca salió la abadesa.

Ante la vista de Munia, quedó don Fruela mudo de asombro; aunque la doncella no contaba más que quince años, su hermosura era tan admirable y majestuosa que le dejó pasmado; vestía una larga túnica blanca, una toca de nevado y fino lienzo, y un largo manto como la túnica: una estatua romana no hubiera tenido, un siglo después, el continente más noble, más hermoso y altivo que aquella majestuosa niña.

—¿Cómo te llamas? —preguntó al fin el rey con mal segura voz.

—Antes me llamaba Memorana, señor —contestó la princesa con reposado y sonoro acento—; pero cuando entré en esta santa casa, tomé el nombre de la venerable abadesa que amparó mi orfandad. Llámome, pues, Munia.[1]

[1] Unos historiadores llaman _Menina_ a la esposa de don Fruela; otros, _Memorana_; don Alonso el Magno, en su cronicón, la llama _Munia_, y la crónica general, _Munina_.

—¿Quieres venirte conmigo, Munia? —preguntó el rey con acento más cariñoso.

—No, señor rey.

—¿Por qué?

—Porque yo no te conozco y, aunque eres pariente mío muy lejano, debes comprender que no puedo seguirte sin menoscabo de mi honra.

—¿Quieres ser mi esposa?

—Muy de mi grado lo sería si me concedes, señor, el tiempo suficiente para que yo te ame —contestó Munia, cuyos hermosos y lucientes ojos no retrataron ni el más leve rayo de alegría al escuchar la oferta de un trono.

Fruela permaneció perplejo durante algunos instantes, y luego tornó a preguntar:

—Y si no te casas conmigo, ¿qué harás?

—Seré religiosa —contestó ella con la dulce calma que le era habitual—. Solo amándote con todo mi corazón, señor rey, seré tu esposa; pero si no lo consigo, me uniré a Dios.

El monarca salió pensativo del monasterio; mas al día siguiente volvió a él arrastrado por el poderoso ascendiente que la belleza purísima y vigorosa de Munia ejercía en su ánimo: quince después, se casó en el mismo monasterio con ella, con la cual y sus montañeses partió, pasados dos más, para Pravia, corte entonces de los reyes de Asturias.

Los navarros quedaban acuchillados y sometidos, pero también quedaban infinitas viudas y huérfanos que maldecían la crueldad de Fruela I, y compadecían profundamente a la hermosa doncella, que se llevaba unida a su destino.

IV

UNA SANTA Y UN ÁNGEL

La belleza de Munia cansó pronto al inconstante monarca, cuyo corazón duro era incapaz de albergar una pasión tierna y duradera, y cuyo carácter fiero necesitaba siempre luchar y vencer; la posesión de aquel ser enamorado, dulce y puro, no podía halagarle por mucho tiempo, y bien pronto buscó más arduas conquistas en las esposas, hermanas o hijas de sus condes.

Para interesar el corazón de Fruela y fijarlo, era necesario que la mujer, a quien momentáneamente prefería, fuese virtuosa, de intachable fama y que estuviese unida a otro hombre con los lazos sagrados del matrimonio o del amor; la mujer libre, por muy bella que fuese, rara vez le merecía una mirada, y si consintió en hacer su esposa a la princesa huérfana, fue por la resistencia que encontró en ella a corresponder a sus amores hasta santificarlos con la bendición de un sacerdote, y porque creyó que su carácter arrogante y altivo le daría ocasiones de ejercitar su dureza.

Pero Munia, como toda mujer que vive dominada por una pasión vehemente, tornose para su esposo dulce como una paloma: mirábase en sus ojos anhelando leer en ellos sus más leves deseos para satisfacerlos: espiaba con afán su sonrisa; salíale al encuentro cuando volvía de caza, y adivinaba con el instinto amante de su corazón cuándo iba a sufrir, mucho antes de que sufriese.

A semejante carácter no podía escaparse la primera muestra de hastío o frialdad del objeto de su amor.

Munia devoró la primera y otras cien, pero las absorbió en su corazón juntamente con el llanto que hicieron brotar: sin perder nada de su amor, su carácter noble, arrogante y altivo había vuelto a recobrar la energía, que la pasión enervara sin destruir.

El nacimiento de un hijo le infundió esperanzas: creía la inocente que el amor de su esposo hacia ella renacería al verla revestida del sagrado título de madre; mas en vano esperó día tras día una prueba de cariño. Es cierto que el rey se alegró en extremo de tener un hijo que heredase su corona; también lo es que le hizo poner el nombre de su padre, que para él era de buen agüero; pero después no pensó más ni en la madre ni en el hijo y volvió a entregarse a sus escandalosos amores.

Por aquel tiempo llegaron a Pravia los infantes Bimarano y Aurelio, hermanos del rey, los cuales no conocían a la esposa de Fruela: acababan de arrojar a los árabes de las fronteras de Galicia y volvían cubiertos de gloria y cicatrices, aunque ambos eran de muy corta edad, pues Bimarano apenas llegaba a veinte años y Aurelio solo contaba dieciocho.

La belleza de estos jóvenes era extremada, y en particular la de Bimarano no tenía igual: no podía mirársele sin sentir una admiración profunda, y en aquellos tiempos supersticiosos dábase por muy seguro que estando encinta la reina Ormesinda de su hijo Bimarano, y hallándose un día muy afligida a causa de las infidelidades de su esposo, se le apareció un ángel de parte de Dios y le dijo que, para recompensarla de lo que sufría, iba a dar a su hijo una belleza como jamás se vería en el mundo.

La hermosura del infante era, en efecto, prodigiosa; sus ojos no tenían la expresión común de la raza humana; parecían infiltrados de una luz celeste, y su boca, al sonreír, prometía un porvenir inmenso de gloria inmortal.

Su carácter era casi tan bello como su figura: dulce, paciente y dotado además de un generoso corazón y de un valor a toda prueba, fue bien pronto Bimarano el ídolo de toda la nobleza gallega y asturiana, despertando en el alma de Fruela los más feroces y bárbaros celos.

Aurelio era el retrato vivo de su padre Alfonso el Católico: tenía, como él, esa hermosura austera y varonil que se advertía también en Fruela, aunque alterada por los desórdenes y por las fatigas de la caza; empero su carácter difería mucho del de su augusto padre, participando más bien de la dureza y crueldad de el del rey su hermano; como Fruela, era valiente hasta la fiereza, y tenía, como él, instintos sanguinarios y duro corazón; su fe, no obstante, era inviolable, sus afecciones sinceras y su lealtad sin límites; todos los amores de su vida se hallaban concentrados en Bimarano, de quien jamás se había separado, y cuya natural dulzura era lo único que podía templar su carácter irascible.

Al ver a Munia, brotó en el corazón de Aurelio un sentimiento desconocido: la espléndida hermosura de la reina encendió en su pecho el volcán de la pasión primera, pasión que debía ser voraz, terrible en su alma juvenil y enérgica.

No bien se apercibió de sus sentimientos, corrió a participárselos a Bimarano; pero este con dulce firmeza le aconsejó que no alimentase culpables esperanzas ni destruyese la paz de la conciencia de la reina, único bien que podía consolarla en medio de los dolores que el desvío de su esposo le hacía sentir.

Aurelio, dócil como un niño a la voz de aquel hermano, a quien tanto amaba, encerró su pasión en lo más íntimo de su pecho, haciendo penosos esfuerzos para ahogarla; mas en vano se lanzó a esta desesperada lucha, porque no consiguió otra cosa que avivar el fuego que le abrasaba, y la serena mirada de Bimarano se apartó horrorizada más de una vez del fondo del corazón de Aurelio, donde estaba acostumbrado a leer como en un libro abierto, convencido de que el fatal amor que este concibiera, se hizo incurable al dejar la blanca senda de la adolescencia por el camino sembrado de abismos de la juventud.

Bimarano, el hermoso, el apacible joven amaba también: la hermana del conde de Cangas, señor de Cangas de Onís, había hecho una profunda impresión en su alma, y el mismo día en que le declaró su amor y obtuvo la seguridad de ser correspondido, pidió al rey permiso para casarse.

Don Fruela no tuvo entonces por conveniente otorgar su consentimiento a tal enlace: conocía a la hermosa Sancha, y aunque no había fijado la atención en ella mientras fue libre, el día mismo en que la vio ligada a su hermano, se acordó de que era la doncella más hechicera de su corte y pensó en hacerla suya antes de darla al infante.

Declaró una parte de sus miras al conde de Cangas, y este sagaz cortesano negó la entrada en su castillo al infante, y abrió sus puertas al rey, halagado con la esperanza de medrar.

Empero, los obstáculos no extinguieron ni disminuyeron siquiera el amor que ambos jóvenes se profesaban.

Sancha, en la imposibilidad de ver a su amante durante el día, y arrastrada por la fuerza de su pasión, franqueaba por la noche una de las ventanas de su aposento a Bimarano, con quien sostenía dulces pláticas mientras dormían sus perseguidores.

Diez meses después de la noche primera en que Bimarano penetró en la estancia de Sancha, dio esta a luz un niño, cuyo acontecimiento descubrió a los amantes.

El conde hizo bautizar al recién nacido con el nombre de Bermudo, aparentando gran cólera, pero gozoso en su interior, porque el nacimiento de aquel niño aseguraba el enlace de su hermana con un príncipe real.

Por su parte, Bimarano reconoció por suyo al hijo de Sancha y consiguió del conde algunas entrevistas con ella, que tenían lugar, para que el rey no se apercibiese, en la habitación más retirada del castillo.

La pasión de don Fruela creció con la resistencia; lo que al principio había sido un solo capricho, llegó a convertirse en el amor más profundo y verdadero que sintió en su vida: al ver a Sancha madre, y por consiguiente ligada con un lazo indisoluble a su hermano, su pasión se acrecentó furiosamente y resolvió robarle su hijo, para obligarla de este modo a ceder a sus deseos.

Largo tiempo meditó este proyecto; mas un resto de piedad hacia su esposa le contenía. Munia acababa de dar a luz una niña, a la cual se puso por nombre Jimena, y que más adelante fue esposa del desgraciado conde de Saldaña.

Por fin triunfó su culpable pasión del amor que debía a su esposa y a sus hijos, y se decidió a apoderarse del infante Bermudo: mas este cruel designio fue sorprendido por Munia en algunas palabras que se le escaparon en medio del sueño, y ya se ha visto que puso en salvo al niño, amparándolo en sus propias habitaciones.

El amor de Aurelio seguía mudo, pero ardiente y devastador; la reina nada sospechaba de él, y el infante, sin atreverse a romper el silencio, sufría los tormentos de un condenado.

Únicamente Adosinda se conservaba dulce y tranquila entre aquella lucha desenfrenada de pasiones. Era el ángel bajo cuyas blancas alas iban todos a buscar la paz: ella consolaba a sus hermanos, que la amaban con entrañable afecto, enjugaba el llanto de la reina, dormía a Alfonso y a Jimena en su regazo con sencillos cantos, y hasta el mismo Fruela encontraba en ella consuelos, porque, en presencia de aquel querube de bondad y mansedumbre, se calmaban las borrascosas tempestades de su alma.

Adosinda conocía los amores desgraciados de Bimarano; la culpable pasión del rey hacia Sancha, la amiga de su infancia, y los dolores de la reina, a quien amaba como a una hermana; pero ignoraba completamente el amor de Aurelio a Munia, porque el príncipe respetaba tanto el candor y la santa inocencia de su hermana, que había ocultado cuidadosamente delante de ella hasta la muestra más leve de su insensata pasión.

Era un secreto que solo sabían Dios, Bimarano y Aurelio.

V

LA MUJER FUERTE

Poco tardó la reina en recobrarse del desmayo ocasionado por el terror que le había producido la horrible escena que describimos al final de nuestro capítulo segundo; desprendiose de los brazos de Aurelio, que con la cabeza abrasada y el corazón palpitante, ya no tenía fuerzas para sostenerla, y se encaminó a su habitación haciendo una seña al infante para que la siguiera.

Obedeció este, y pocos instantes después se encontraban ambos en la cámara de la reina, guardada por dos soldados de aspecto rudo y cubiertos de acero.

La reina se dirigió a un extremo de la cámara y abrió una puerta disimulada en los tapices; tras de ella apareció otra pequeña estancia en la cual penetró Munia con Aurelio, y cuya puerta cerró este a una indicación de aquella.

En el fondo del aposento y durmiendo sobre un reducido lecho, hallábase un niño de pocos meses, abrigado con un ropón de seda: era hermoso, de fisonomía dulce e inteligente, y sus rizos castaños cubrían una parte de su blanco y suave rostro.

Inmediato al lecho, velaba un anciano montañés con una jabalina preparada y un arco montado: su aspecto decidido y arrogante decía bien claro que estaba allí para defender al niño y que no se lo dejaría arrebatar sin oponer una temeraria resistencia.

—¿Ha llegado alguno a la puerta, Antar? —preguntó la reina al montañés, que al verla con el príncipe había echado a la espalda la capucha de lana burda de su sayo.

—Solo la princesa Adosinda, a la cual dejé pasar por no oponerse a ello tus órdenes, señora —contestó el anciano.

—Está bien; mi muy amada hermana puede entrar aquí.

La reina tomó a Aurelio por la mano sin notar el estremecimiento que, al contacto de la suya, agitaba la diestra del príncipe, y se aproximó con él al lecho.

—¿Amas mucho a tu hermano, Aurelio? —le preguntó mirándole con fijeza.

—Mucho —contestó el infante con voz firme y sin desviar los ojos del semblante de Munia, no obstante sentirse desfallecer con su mirada.

—¿Será tan grande ese amor que te anime a salvar a su hijo, sin temor a la cólera del rey?

—Sí —volvió a contestar Aurelio con entereza.

—¡Sálvale, pues, hermano! —exclamó la generosa reina, de cuyos ojos brotaron dos gruesas lágrimas—. ¡Sálvale, y Dios te otorgue el premio de tan noble acción!

Munia oprimió entre las suyas las manos del infante, que se apoyó en la pared para no caer.

—Salvando a ese inocente —continuó la reina señalando al niño—, libras a tu hermano y a tu rey, que es mi esposo, de cometer un odioso crimen. ¡Sí! —prosiguió en voz baja y temblorosa al ver al montañés retirado a una respetuosa distancia—. ¡Sí! ¡Librarás al padre de mis hijos de un crimen odioso, porque o matará a esta desgraciada criatura para vengarse de los desdenes de su madre, o cuando menos le hará pasar su vida en una prisión!...

Calló la reina inclinando la cabeza, como si el horror que aquellos pensamientos le inspiraban aniquilase sus fuerzas; mas pocos instantes después levantó de nuevo su frente pálida y serena.

—Parte a Navarra, Aurelio —dijo poniendo en los brazos del infante a la pobre criatura, que a la sazón estaba dormida—; ve al monasterio de Jesús y confía este niño a la superiora de parte mía: cuando estéis libres su padre y tú de la acusación de conspiradores que sobre vosotros pesa, id a buscarle allí, porque por ahora y mientras no salga de su inocente niñez, sería difícil encontrar un asilo más seguro para él.

El príncipe recibió al niño y le abrigó con el mismo cuidado que hubiera podido emplear su madre.

—Este niño es sagrado para mí desde el instante en que tú me lo entregas, señora —dijo apoyando sus labios en la diestra de Munia—; si su padre le falta, otro no menos amante ha de encontrar en mí.

Al decir estas palabras, hizo una seña al montañés, que le abrió una estrecha puerta situada enfrente del lecho y que estaba practicada en una bóveda de piedra, que sostenía uno de los ángulos del castillo real.

—Vuelve pronto para salvar a Bimarano y a Sancha —murmuró la reina al oído del príncipe, que ya se deslizaba por una dificultosa escalera formada por las mismas rocas.

Munia le siguió con los ojos hasta que le vio desaparecer en las sombras de la noche; luego cerró la puerta y volvió a dejar en su pebetero de encina la tea con que había alumbrado al príncipe.

En seguida se quitó sus zarcillos de diamantes, despojos de la guerra arrancados por don Fruela a una sultana árabe, y se aproximó al anciano montañés.

—Toma, mi buen Antar —le dijo presentándoselos—: yo quisiera tener otra prenda de más valor con que recompensar tu fidelidad, pero esto es lo mejor que poseo.

El montañés dio dos pasos hacia atrás y una lágrima empañó el brillo salvaje de sus ojos, casi cubiertos por cerdosas y blancas cejas.

—Guarda tus diamantes, señora —dijo con voz alterada—; yo, aunque soy muy pobre, recibo sobrada recompensa con la dicha de haberte servido: solo otra... añadió en voz baja y con vacilación, solo otra te pediría... si me atreviese.

—Pide, pide, Antar —exclamó Munia.

—¡Que me permitas, señora, besar la orla de tu manto!

—¡Ah, el manto no! —exclamó la reina, de cuyos grandes ojos brotó un caudal de lágrimas—: ¡toma, toma mis manos!

Munia tendió sus manos al anciano Antar que se arrodilló besándolas con adoración.

—¡Gracias, Dios mío! —exclamó después—; ¡gracias por haberme concedido besar la mano de una santa!

—Desde hoy, Antar, estás a mi servicio —dijo la reina—: cuidarás de mis hijos y me acompañarás a todas partes. Sígueme.

El anciano dirigió al cielo una ardorosa mirada de gratitud y siguió a la reina como un sabueso viejo y fiel sigue a su antiguo amo.

VI

UNA MUJER SIN CORAZÓN

Algunos días después de la noche en que Aurelio salvó al hijo de su hermano de la cólera del rey, se encontraban Sancha y Adosinda en la habitación de la primera.

La hermana del conde de Cangas era más hermosa que la infanta, pero no se advertía en ella la expresión de pureza que hacía que Adosinda se asemejase a un ángel: por el contrario, ardía en sus negros y rasgados ojos el fuego de las pasiones, y su tez, aunque blanca, límpida y hermosa, era mate y sin transparencia, signo seguro de una naturaleza sensual.

Su estatura era apenas mediana y sus formas redondas y torneadas; leíase en su marmórea frente la arrogante firmeza de su alma; en sus negrísimas y pobladas cejas, una gran frialdad de corazón; y en sus labios finos y un tanto hundidos en sus extremos, toda la ambición y disimulo de su carácter.

Sancha de Ribadeo había amado con pasión a Bimarano porque la sublime hermosura del infante había sido lo único que hiciera latir su corazón helado hasta que le vio, a pesar de que contaba veintidós años; su carácter ambicioso encontró además ventajoso un enlace con un príncipe real; mas cuando, por la oposición del rey, se convenció de que esta alianza era irrealizable y supo la causa de aquella, no quedó en su corazón más que el amor sensual que la belleza del infante le inspiraba, y se borraron de su mente las ideas de matrimonio, que poco antes acariciara.

Por más que yo crea en la virtud de la mujer; por más que la haya defendido en mis escritos, y que esté dispuesta a defenderla siempre; por más que yo profese a esa hija del cielo un amoroso culto, sé que en todas las épocas ha habido mujeres culpables y capaces de cometer mayores infamias que los hombres más depravados. La mujer que no alberga bastante sensibilidad de corazón para precaverse del demonio tentador del orgullo; la mujer que se deja dominar de la ambición; la que no doma sus pasiones —tan fuertes cuanto débil es su organismo— con el freno sagrado de la religión, correrá de abismo en abismo y quizá dejará manchada de sangre y crímenes la senda tortuosa de su vida.

La joven condesa de Ribadeo tenía al nacer un corazón en el pecho; pero perdió a su madre cuando apenas despuntaba la luz de su razón y careciendo también de padre desde antes de nacer, quedó bajo la tutela de su hermano Eurico, joven de veinte años y entregado a todos los vicios.

Sancha creció en medio de báquicos festines y de escenas de impúdicos amores. Aunque Eurico la amaba mucho, no se cuidó de buscar una mujer que velase por ella, ni vio el inconveniente de que fuese servida por escuderos ni más ni menos que él: limitábase a mandar que atendiesen a la pequeña condesa con preferencia a él mismo, y de este modo fomentó la soberbia arrogancia que Sancha heredó de su madre, y que una mano previsora y tierna hubiera podido ahogar en su germen.

Cuando la niña cumplió doce años, sabía de memoria el vocabulario amoroso que los hombres de armas de su castillo empleaban con las zafias montañesas, y hubiera sido difícil hacer asomar el rubor a sus mejillas ni aun con las palabras más groseras. Eurico, por otra parte, orgulloso de su belleza y de su gracia juvenil, la hacía asistir a los licenciosos festines que, después de una partida de montería, daba a sus amigos y mancebas, y ni las báquicas canciones, ni el chocar de los vasos, ni el estallido de los besos, ni todo el infernal estruendo de la orgía hacían alterar la límpida blancura del rostro de la noble doncella.

Como debe suponerse, no faltarían amadores a la joven Sancha, aun antes de salir de la niñez; pero su natural fiereza salvó su virtud, y entre los insolentes y desenfrenados jóvenes que la rodeaban, no hubo uno solo que pudiera jactarse de haber tocado ni aun el extremo de sus dedos.

Como fiel historiadora, debo decir, sin embargo, que ni uno solo tampoco pensó en pedir su mano a pesar de su hermosura, su nobleza y su opulencia; el hombre ha sido el mismo en todos tiempos, y pocos había entonces, como ahora, que fiasen su nombre y su honra a una mujer cuyo recato y virtud andaban en lenguas, por más que reuniese las más halagüeñas y seductoras ventajas.

Poco, en verdad, importaba esto a la condesa: sabía que era bella hasta lo imposible; que tenía un gran título enteramente independiente del de su hermano, cuyo condado era además tributario del suyo, y que hubiera desdeñado hasta de aceptar por estribo, para montar en su blanca hacanea, la rodilla del más noble y rico de sus numerosos amadores.

Cuando cumplió catorce años determinó emanciparse de su hermano y habitar sola uno de los castillos de su propiedad, eligiendo para morada, entre los muchos que poseía, uno fronterizo, ganado a escala franca por su noble padre pocos años antes.

Eurico quedó sobrecogido de espanto al saber esta decisión: lo que su hermana iba a hacer equivalía a entregarse a los árabes, pues no distando dos millas el primer castillo de estos del que estaba dispuesta a ocupar la atrevida niña, debía suponerse que no titubearían en arrollar la fortaleza de la cristiana, llevándose a su bella señora al harén del califa.

Pero en vano Eurico expuso a Sancha todas estas razones; en vano le hizo presentes todos los riesgos a que se exponía.

—Si me cautivan —contestó—, si me llevan a Córdoba al harén del califa, yo le obligaré a que se case conmigo y seré la sultana de occidente.

—¡Hermana! —exclamó Eurico, cuyo semblante se cubrió de un subido carmín—. ¡Hermana mía! ¿Puedes olvidarte de que has nacido cristiana?

Sancha se encogió de hombros con indiferencia: ni siquiera sabía lo que era ser cristiana; bien es verdad que nadie se lo había explicado tampoco.

Entonces conoció el conde a dónde podía arrastrar a su hermana el natural bravo e inculto que él no había cuidado de dirigir ni dominar: ciego de dolor corrió a Cangas, y echándose a los pies de Alfonso el Católico, le rogó que interpusiese su mediación para impedir tamaña locura.