Part 1
NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos.
* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
* La puntuación también ha sido modernizada en algunos lugares.
* Se han introducido rayas en los diálogos —separadas del texto adyacente según los usos ortotipográficos actuales en castellano— para que sea más fácil distinguir lo dicho de quienes lo dicen.
* Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas tras el párrafo en que aparece su llamada.
* Las páginas en blanco han sido eliminadas.
COLECCIÓN DE AUTORES ESPAÑOLES.
TOMO XXI
AMOR Y LLANTO.
COLECCIÓN DE LEYENDAS HISTÓRICAS ORIGINALES
DE MARÍA DEL PILAR SINUÉS DE MARCO.
[Ilustración]
LEIPZIG F. A. BROCKHAUS — 1883.
ÍNDICE
LA CORONA DE SANGRE
Pág.
I.—LA FAMILIA REAL DE ASTURIAS Y GALICIA 3
II.—ESPOSO, HERMANO Y VERDUGO 9
III.—LOS AMORES DE DON FRUELA 12
IV.—UNA SANTA Y UN ÁNGEL 16
V.—LA MUJER FUERTE 20
VI.—UNA MUJER SIN CORAZÓN 24
VII.—ÁNGEL DE LUZ Y ÁNGEL DE TINIEBLAS 30
VIII.—LA SANGRE EN LA FRENTE 36
IX.—LA VÍCTIMA 40
X.—LA ERMITA 44
XI.—LA AGONÍA 46
XII.—EL VENGADOR 51
XIII.—QUIEN A HIERRO MATA, A HIERRO MUERE 56
XIV.—LA LOCA 59
LA DIADEMA DE PERLAS
PARTE PRIMERA
LOS BASTARDOS DE ALONSO ONCENO 63
PARTE SEGUNDA
EL MÁRTIR DEL CORAZÓN 97
LUZ DE LUNA
I.—TRISTEZA 141
II.—EL PAJE DE LA REINA 147
III.—LA CORTE DE ENRIQUE IV 150
IV.—AMOR 155
V.—LA ENTRADA DE VILLENA 159
VI.—EL TRONO Y EL HONOR 164
VII.—¡CASTILLA POR DON ENRIQUE! 168
VIII.—LOS LUNAS 171
IX.—EL SACRIFICIO 173
LA PRINCESA DE LOS CASPIOS
I.—HERMIONE 177
II.—DOLORES SIN CONSUELO 185
III.—EL REGICIDA 189
IV.—EL PUÑAL DE ESTRATÓN 194
V.—JUSTICIA DE ALEJANDRO EL GRANDE 197
VI.—EL CAMPAMENTO 207
LA HERMANA DE VELÁZQUEZ
I.—LA VELADA DE SAN JUAN 213
II.—AMOR DE ARTISTA 218
III.—EL RUEGO DE UNA MADRE 223
IV.—LA HIDALGUÍA ESPAÑOLA 227
V.—REY DE NOMBRE Y REY DE HECHO 230
VI.—ISABEL DE BORBÓN 235
VII.—EL RAPTO 239
VIII.—JUAN DE PAREJA 244
IX.—EL EMBAJADOR 247
X.—ANA 252
XI.—EL RETRATO DE LA REINA 260
XII.—EL TALLER 263
XIII.—EL ESCLAVO 269
XIV.—LA CRUZ DE SANTIAGO 272
XV.—ÁNGEL Y MÁRTIR 276
XVI.—LA DOBLE TUMBA 285
LA CORONA DE SANGRE
I
LA FAMILIA REAL DE ASTURIAS Y GALICIA
En una de esas tranquilas y apacibles tardes de primavera, tan bellísimas bajo el templado clima de Asturias, dos personas de diferente sexo, pero ambas jóvenes y hermosas, se encontraban en una sala octógona del castillo real de Pravia; tres enormes ventanas, abiertas de par en par, daban luz al aposento, que ostentaba por todo mueblaje algunos sitiales góticos, mezclados con taburetes groseros y oscuros, y una mesa bastante baja y cubierta de un tapete de lana roja, en el cual estaban bordadas en seda las armas reales de los reyes de Asturias y Galicia.
Las paredes, de maciza encina, veíanse decoradas con estandartes godos que formaban trofeos, confundidos y enlazados con alfanjes damasquinos, capacetes árabes y banderas desgarradas de los hijos de Islam: aquellos objetos habían sido arrancados sin duda a los árabes por los reyes montañeses que, desde Pelayo, habían vivido en aquel rincón de Asturias con los destrozados restos del imperio godo.
El aspecto del salón era pobre, severo, sombrío; solo la hermosa y diáfana luz de aquella alegre tarde de abril podía disipar un tanto la melancolía que en él se advertía.
A través de las ventanas se divisaban los cuadrados torreones del monasterio de San Salvador, y las peladas rocas que constituían en aquella época los únicos caminos de Asturias.
Era el siglo VIII y reinaba Fruela I, hijo de Alfonso el Católico, en aquel estrecho y olvidado pedazo del fecundo y hermoso reino de España, a la sazón ocupado casi todo por los árabes.
Una de las dos personas que se hallaban en el aposento que hemos descrito, era una joven, la cual estaba sentada y silenciosa junto a la mesa situada en el fondo de él: ocupaba un alto sitial, tallado, y su blanca y preciosa mano sostenía su frente serena como la de una niña.
Podría tener dieciséis años, y su talla gallarda y esbelta presentaba de lleno el magnífico tipo de la dama goda: su tez blanca y purísima era pálida y transparente; sus ojos azules, rasgados y brillantes, pero melancólicos; su cabellera copiosa, abundante y dorada; su boca rosada como un pimpollo a medio abrir; su nariz recta y delicada; su seno alto y turgente, y su talle esbelto y flexible.
Vestía un brial de lana azul, fino como la seda, de mangas flotantes y cuadrado escote, que dejaba ver una camiseta de blanquísimo lienzo, plegada en su cuello y sujeta con un broche de zafiros; cubría a medias su cabeza una pequeña toca de lienzo, blanca también, que no impedía contemplar cuatro largas, anchas y riquísimas trenzas rubias que se replegaban en el asiento del sitial.
Paseándose lenta y sombríamente por la estancia estaba un mancebo, que aparentaba cuatro o cinco años más que la joven: su belleza era superior a todo encarecimiento, aunque de un género opuesto a la de su compañera; sin embargo, era mucho más hermoso, y mi pluma intentaría en vano pintar sus fogosos y negros ojos, extrañamente grandes, su frente tersa y despejada y sus facciones todas de una perfección y encanto indescriptibles: era uno de esos seres que no se pueden definir, y que es preciso ver para comprender hasta dónde puede Dios hacer hermosa a una criatura humana.
Llevaba una túnica de lana blanca, de pliegues flotantes, ceñida a su esbelto talle con un cinturón de cuero oscuro que sostenía una pequeña daga; unas calzas de lana rojas descubrían las puras y juveniles formas de su pierna, y su cabellera, cortada en redondo a la altura de sus hombros, formaba cerquillo en la frente y bajaba en copiosas ondas oscuras, lucientes y ensortijadas.
Ambos personajes guardaban silencio: la joven, inmóvil, con la diestra en la frente y la mirada perdida, asemejábase a la estatua de la tristeza; el mancebo interrumpía su paseo de vez en cuando deteniéndose en frente de una de las ventanas: entonces sus ojos se fijaban en una inmensa mole de piedra, de las que en aquella época se llamaban _castillos roqueños_ por estar edificados en la cumbre de una roca; la fisonomía del joven se oscurecía terriblemente, y al propio tiempo cerraba este los puños como dominado por un violento furor.
Diríase, sin embargo, que la cólera no podía marcarse durante largo espacio en aquel hermoso y benigno semblante, porque la expresión violenta, que por breves instantes le desfiguraba, desaparecía poco a poco para dar lugar a otra profundamente dolorosa.
La joven fue la primera que salió de sus meditaciones; contempló un momento al mancebo pintándose en su rostro un sentimiento vivísimo de amor y de piedad, y luego, dejando su asiento, fue lentamente a colocarse junto a él y apoyó suavemente en su hombro una de sus manos.
—Bimarano —dijo—, sosiégate; tu sufrimiento desgarra mi corazón... ten esperanza... ¿quién sabe?
—¡Esperanza! —repitió el mancebo cubriéndose el semblante con las manos—, ¡esperanza!... ¡oh, Adosinda! ninguna tengo ya...
—¡Acuérdate, hermano —repuso la doncella con acento digno—, acuérdate de que eres hijo de Alfonso el Católico, de que corre por tus venas sangre real!
—¿Acaso piensas, Adosinda —interrogó Bimarano—, acaso piensas que me olvido yo de todo eso? ¿Crees que el hijo del gran Alfonso puede olvidar nunca que es un príncipe real? ¿Piensas que se apartan de su memoria un solo instante los ejemplos de fortaleza que le dio su noble padre? ¡Ah, no! ¿Qué sería de mí si hubiera perdido el sentimiento de mi dignidad?
—Pues entonces, Bimarano, sé fuerte en la desgracia —exclamó Adosinda—; si para ser noble y bueno, como eres, conservas las memorias de nuestro padre y sus santos preceptos, bástete para adquirir el valor del sufrimiento el ejemplo de la reina, que es más infeliz que tú.
—Es verdad, mi buena Adosinda —repuso Bimarano, tomando entre las suyas las manos de su hermana—: Fruela, el mal hijo, el mal padre, el mal hermano, es también el verdugo de su esposa.
—¡Calla! —se apresuró a decir Adosinda, poniendo la diestra en los labios del mancebo—. ¡Calla, y no olvides que es tu rey, ya que no recuerdas que recibió la vida en el seno de tu misma madre!
—¡Ah! —exclamó Bimarano—. ¡Es que yo, Adosinda, no tengo tu santa virtud, y mi dolor además es tan vehemente que acaba con mi razón! ¡Es que Fruela me roba, con mi amante, al hijo de mi amor!
—¡No! —gritó detrás de los dos jóvenes una voz fuerte y sonora—. ¡No temas por tu hijo, Bimarano!
Los dos príncipes se volvieron llenos de sorpresa; en el umbral de una puerta, situada a espaldas de Adosinda, había una mujer de continente severo y majestuoso, de elevada estatura, de robustas formas y de una belleza deslumbradora; su tez morena era purísima aunque pálida; sus negros ojos centelleaban bajo sus cejas de ébano vigorosamente trazadas, y sus negros cabellos bajaban riquísimos y ondeantes, envolviéndola como en un manto de seda; era una de esas soberbias cabelleras, que apenas se encuentran ahora, pero que en el siglo VIII coronaban las majestuosas y austeras frentes de casi todas las hijas de los godos: tal vez en aquellos tiempos las aromáticas pomadas no habían secado todavía la raíz de los cabellos o las cabezas de las mujeres no encerraban ese fuego devorador que consume su savia en nuestros días.
La aparecida representaba veinticinco años: su ropaje talar era blanco, de lana, y sobre la túnica llevaba un manto oscuro; sujetaba sus espléndidos cabellos una cinta blanca, y gracias a este dique dejaban su hermoso y apasionado semblante despejado de sus ondulantes rizos.
—¡Señora! —exclamó Bimarano inclinándose ante aquella mujer.
—¡Hermana! —murmuró Adosinda dirigiéndose a ella.
—¡No temas por tu hijo, Bimarano! —repitió la aparecida—: si tu hermano el rey Fruela I ha resuelto robártelo con su madre, la reina Munia, más piadosa, le ha puesto ya en salvo.
—¡Ah! —gritó el príncipe precipitándose a los pies de la reina—. ¡Dios te bendiga, señora y hermana mía!
—Levanta, Bimarano —dijo la reina con voz dulce y vibrante, en la cual, sin embargo, no se descubría la alteración más leve—. Levanta; nada me debes, porque soy madre también y abrigo la persuasión de que cuanto bien haga yo, me lo pagará Dios velando por mis hijos. ¡Ojalá —prosiguió—, ojalá me fuera posible guardarte del mismo modo a la madre del tuyo; pero no me es dado hacerlo!
—¿Y por qué, señora? —preguntó tímidamente Adosinda—. ¿Quién puede oponerse a tu voluntad?
—¡Pobre niña! —exclamó Munia, cuyos soberbios y hermosos ojos suavizaron algo de su fuerte brillo al fijarse en la doncella—. ¡Pobre niña! No quieras saber lo que está vedado a tu santa inocencia. ¡Contempla a tu hermano, y verás cómo el comprender un tenebroso secreto cuesta la paz del corazón!
La doncella fijó su dulce mirada en el semblante de Bimarano y no pudo contener un grito de angustia: pálido este y desencajado, miraba el castillo roqueño, que se descubría en lontananza.
—Parte, hermano —dijo la reina tendiendo su morena mano hacia la inmensa mole de piedra—; parte a donde te esperan y en donde es necesario tu consuelo, mientras que yo voy con Adosinda a velar por tu hijo.
Tomó, dicho esto, la mano de la princesa y se dirigió lentamente hacia la puerta que le había dado entrada.
—¡Una palabra, señora; una palabra por piedad! —exclamó Bimarano deteniendo a la reina—: ¿cuándo veré a mi hijo?
Munia iba a contestar; pero en el momento en que sus labios se entreabrían, otro joven pálido y jadeante se precipitó en el salón por la puerta principal.
—¡Aurelio! —exclamó la reina.
—¡Vete, señora mía! ¡Huye, hermano! —gritó el recién llegado—. ¡El rey me sigue!
Al escuchar estas frases, agitáronse los tres jóvenes a guisa de una bandada de palomas que descubren al inhumano cazador que las acecha.
—¡Huye, Bimarano! —repitió con mayor angustia Aurelio—; ¡el rey ha echado de menos a tu hijo, y aquí corre riesgo tu vida!...
Un gran rumor de armas, que se oyó cercano, cortó a Aurelio la palabra.
—¡Por allí, Bimarano! —gritó Munia señalando al joven una ventana—: tu hijo está en mis habitaciones... no temas por él... pero ve al lado de Sancha y huye con ella... ¡yo cuidaré de vuestro hijo!...
El príncipe besó la mano de la reina y, poniendo el pie en la ventana, desapareció; un segundo después se le vio saltar de roca en roca y tomar el camino que conducía a la parte opuesta del castillo real.
—Retiraos vosotros, hermanos —continuó la reina dirigiéndose a Aurelio y Adosinda—: quiero que el rey me encuentre sola.
Los jóvenes salieron de la estancia al mismo tiempo que don Fruela, fiero, iracundo y aterrador aparecía en la puerta principal; mas si su furor no le hubiera cegado, hubiera podido columbrar, no obstante, la sombra de su hermano Aurelio, medio oculto entre el gótico tapiz que adornaba la puerta situada a espaldas de la reina.
II
ESPOSO, HERMANO Y VERDUGO
Fruela I, rey de Asturias y de Galicia, parecía frisar en los treinta y cuatro años; su atlética estatura era corpulenta y forzuda; tenía la tez roja y curtida porque su única diversión era la caza de montería, distracción que estaba muy en armonía con su carácter fiero y casi salvaje; su cabello rojo, fuerte y ensortijado cubría a medias su frente, bajando por detrás hasta el nacimiento de su robusta espalda; sus ojos verdosos no hubieran carecido de belleza, si en vez de fulgurar con una luz bravía, hubieran estado animados por la dulzura y la benevolencia; su boca, que tenía un hermoso corte, era encendida como el coral, haciendo resaltar el esmalte nacarado de su magnífica dentadura; era imponderable la riqueza de sus oscuras cejas y pestañas, y tenía la nariz pronunciada y aguileña, pero recta y movible.
Vestía una fuerte armadura, ni más ni menos que si estuviese aprestado para dar una batalla; sus hercúleas formas, aunque cubiertas de pesadas escamas de acero, eran hermosas e intachables; una clámide goda, de blanquísima lana, encubría la mitad de su figura, bajando, hasta doblarse en el pavimento; llevaba un pequeño casco o capacete de acero y en el pecho la gran cruz de los godos.
Fruela, al entrar, tendió por el salón una mirada iracunda y brava, despidió con la mano a la escolta de rústicos montañeses que formaban su guardia, y luego se fijaron sus ojos centelleantes en la reina que, inmóvil y serena, sostuvo su sombrío resplandor.
—¿Dónde están mis hermanos? —le preguntó con su voz fuerte, enronquecida además por la cólera.
—No lo sé, señor —contestó Munia con reposado acento.
—¡Reflexiona bien lo que dices, señora!
—No lo sé —repitió la reina con el mismo tono sereno y reposado.
—¡Conque también conspira con ellos la reina! —exclamó Fruela con una voz que hizo temblar las altas bóvedas del salón—; ¡conque también la reina es traidora a mi trono!
—¡No! —gritó Munia con voz tan firme y vibrante cuanto apacible había sido antes—: la reina no conspira contra ti, porque, aunque ya no te ama, respeta el nombre y la corona que le has dado; la reina no hace más que consolar de tus inicuas crueldades a los pobres príncipes a quienes tan injustamente llamas conspiradores.
—¿Luego sabes quién ha sustraído al niño Bermudo a mi justa saña?
—Yo he sido —dijo Munia adelantándose impávida hacia el rey.
—¿Y serás tú también la que protege los amores livianos de sus padres? —prosiguió Fruela sonriendo de una manera que hubiera dado espanto a cualquiera otra mujer que no hubiera sido la esforzada Munia.
—Sí —contestó esta—. ¡Yo, que creo más justo apretar los lazos con que Dios ha unido sus almas que tolerar tus odiosas persecuciones hacia Sancha de Ribadeo! ¡Yo que he sabido ser paciente y sufrida para no rebajarte a los ojos de los condes de tus reinos y asistir en silencio a la agonía del amor que llenaba mi alma, pero que no he querido con mi inacción hacerme digna de tus injurias! ¡Sábelo, Fruela! —continuó con voz profunda—: ¡Yo he protegido los amores de tu hermano Bimarano con la hermana del conde de Cangas! ¡Yo he guardado al hijo de entrambos!... ¡Y hace pocos instantes he enviado a Bimarano a aquel castillo a fin de que vele por Sancha porque su hijo está seguro!...
La reina, en la vehemencia de su razonamiento, había arrastrado a su esposo hasta una de las ventanas, y le mostraba con arrogante ademán el castillo de Cangas. Fruela, atónito con lo que estaba oyendo, había seguido maquinalmente a Munia, y fijaba su mirada espantada en la enorme cordillera de rocas, que servía de ceñidor a su real castillo.
De repente brillaron sus ojos como dos teas; sus tostadas mejillas se cubrieron de un rojo purpúreo, y apretó los puños desprendiéndose de la mano de Munia.
Al mismo tiempo se veía saltar de peña en peña a un hombre cubierto con la vestidura blanca de los príncipes reales, y que llevaba entre sus brazos a una mujer, cuyo largo manto oscuro flotaba a merced del viento.
La sombra del crepúsculo cubría ya las montañas con su blanquecino velo; pero la luna serena y hermosa alumbraba el paisaje, y permitió al rey y a la reina reconocer en el hombre que corría al príncipe Bimarano, y en la mujer que este llevaba en sus brazos a la hermana del conde de Cangas.
Una celeste expresión de dicha iluminó el semblante de la reina; pero sus facciones se cubrieron de una palidez mortal al columbrar en la poterna del castillo roqueño al joven conde de Cangas a la cabeza de un crecido número de montañeses armados de jabalinas que, a una seña del rey, se precipitaron como una furiosa jauría en persecución de los fugitivos.
Un ¡ay! doloroso, desgarrador, se escapó del pecho de la infeliz Sancha, y fue a clavarse derecho en el corazón de la reina, que convulsa y anhelante seguía su carrera con sus asombrados ojos.
El conde de Cangas había logrado acercarse a Bimarano, que se había detenido transido de fatiga; pero haciendo este un último e inconcebible esfuerzo, salvó de un salto la enorme peña, que le estorbaba el paso, y echó a correr desesperadamente por la falda de la montaña.
—Dispara, conde —gritó Fruela al de Cangas, que pasaba a la sazón por debajo de su ventana.
Apuntó este su jabalina, mas la voz de la sangre y el temor de herir al hermano de su rey contuvieron su brazo.
—¡Bárbaro verdugo! —exclamó Munia precipitándose hermosa, sublime de indignación, hacia su esposo—. ¡Guárdate de derramar la sangre de tu hermano!
El rey, furioso, desnudó su daga, y con mano forzuda hizo caer de hinojos a sus pies a la desventurada Munia; mas en aquel momento un brazo robusto sujetó el de Fruela, que encontró ante sus ojos a su hermano Aurelio, austero, sombrío y amenazador, cubriendo con el suyo el cuerpo de la reina.
—¡Atrás, príncipe! —gritó esta con tan imperioso acento, que Aurelio no pudo menos de retroceder—. ¡Hiere! —continuó Munia levantándose imponente y majestuosa, y mostrando al rey su pecho—. ¡Hiere, Fruela, y me harás una señalada merced, porque solo con la muerte podré olvidar que has levantado tu puñal sobre mi pecho! ¡Hiere! ¡Esta muerte me será más dulce que la que ha de causarme el recuerdo de tu crueldad!...
El rey contempló durante algunos instantes como aturdido la noble figura de Munia, que se asemejaba a la estatua de la justicia celeste; poco a poco fue bajándose su brazo, y por último, su mano calenturienta soltó el puñal.
Una inmensa gritería, que resonó muy próxima, le arrastró a la ventana, y un gozo cruel iluminó su semblante; Sancha estaba privada de sentido en los brazos de su hermano en tanto que algunos hombres de armas de este rodeaban al infante Bimarano, aunque sin atreverse a tocarle.
—¡Llevadle preso a los subterráneos de mi castillo! —gritó el rey a los montañeses, que desaparecieron con el príncipe.
Fruela I abandonó el salón precipitadamente, y la reina ocultó entre las manos su semblante, mientras Aurelio la sostenía, viéndola próxima a desfallecer, a pesar de la fortaleza de su alma.
III
LOS AMORES DE DON FRUELA
El rey don Alfonso el Católico murió en Cangas a la edad de sesenta y cuatro años; dejó de su mujer Ormesinda cuatro hijos: Fruela, Bimarano, Aurelio y la muy hermosa niña Adosinda, retrato fiel de la suavidad y dulzura de su madre. Alfonso el Católico dejó también otro hijo, habido en sus relaciones amorosas con una esclava árabe de peregrina belleza, el cual se llamó Mauregato, y ocupó algunos años después, para mal de España, el trono de Asturias y Galicia.
Alfonso y Ormesinda fueron sepultados juntos en el monasterio de Santa María de Cangas, por mandato expreso del monarca. Aquel hombre, a pesar de sus frecuentes infidelidades, había amado tanto a la hermosa y dulce Ormesinda, que quiso partir con ella su último lecho y su losa funeraria.
La corona pasó a las sienes de Fruela, hijo primogénito de Alfonso el Católico, pero el menos a propósito para gobernar un reino tan combatido y destrozado; desconociendo absolutamente la marcha política, que es siempre el timón de un buen rey, y que en aquellos tiempos se hacía tan necesaria para contrarrestar los hábiles manejos de los árabes, que inundaban toda la España; nulo para oponer la resistencia del talento a las negociaciones de los poderosos califas de Córdoba y Damasco; enteramente desposeído de dulzura y prudencia, el infante don Fruela no sabía hacer más que reñir, y no bien tuvo noticia de que los navarros intentaban rebelarse contra él, marchó en su busca a la cabeza de todos los feroces montañeses que pudo armar con arcos y jabalinas, y los redujo a obediencia combatiéndolos bárbaramente, aun antes de informarse de la causa de su descontento.
Una noche, después de saquear un pueblo, y al cruzar, seguido de sus numerosas huestes, una árida llanura para volver a su campamento, se sintió desfallecido de sed y de cansancio; tenía una anchurosa herida en la cabeza cuya sangre no había sido posible restañar, a pesar de los esfuerzos de los suyos, y la vista iba faltando ya a sus ojos y el aliento a su pecho; cuando divisó una lucecilla que fulguraba no muy lejos, dio orden a sus gentes de dirigirse hacia ella, y él mismo tomó el camino que le pareció más corto.
Poco tardaron en llegar, y la esperanza reanimó los abatidos ánimos de los guerreros: la luz partía de una pequeña lámpara que, encerrada en una grosera verja de hierro, ardía delante de la puerta de un monasterio.
El rey llamó; dijo su nombre, y muy pronto le fueron franqueadas las puertas; pero no bien la anciana abadesa se presentó a recibirle al frente de la comunidad, cayó desmayado en el pórtico mismo del templo.