Agua de Nieve (Novela)

Part 6

Chapter 63,943 wordsPublic domain

La tensión vibrante de aquellos sentimientos da lugar á un episodio raro y fuerte que nunca olvida la viajera rubia. Ya cerca del gran puerto de Valparaíso se detiene en un cruce el tren que lleva á los de Alcántara, y en el convoy ascendente se alborota un jovencito, custodiado en un coche especial. Le llevan á un manicomio. Padece la locura de amor, que es la más triste de todas, según cuentan los sabios en locuras. Va el infeliz pidiendo á gritos:--¡Un beso, un beso! ¡Uno solo, por piedad!...--Oye Regina el desgarrador plañido; inquiere la razón de aquellos lamentos, y le dicen:--No hay razón; es un loco que pide un beso á una mujer. ¿A qué mujer?--pregunta.--A cualquiera, si es joven y hermosa--le responden--; está enamorado de un ensueño, y padece un horrible delirio de belleza y amor.--Impulsada entonces la viajera por una bienhechora actividad exenta de prejuicios y reflexiones, baja de un salto á la vía, sube al estribo, sobre el cual asoma su desmedrado busto el jovenzuelo demente, alarga el cuello flexible y le presenta los labios. El aplica los suyos con ansia de sediento en los frescos corales de aquella boca, y los besa largamente, vorazmente, silabeando:--¡Ah, eres tú!...--Luego pronuncia:--Gracias.--Y ahíto de felicidad, sacio y trémulo, se hunde en los divanes del coche. La generosa donante baja de aquel estribo y sube al otro, serena y alegre, sin enrojecer ante las curiosas miradas de todos los viajeros de ambos trenes, asomados á las ventanillas.

En el paisaje liso y árido de la costa volcánica, este singular suceso de piedad y dolor halla un escenario frío y silencioso. Tal vez en España, en el mismo caso, los viajeros espectadores hubieran aplaudido con apasionada admiración el rasgo noble de la moza enlutada y bella. Pero en aquel llano camino de América, abierto para el tráfico cosmopolita y mercantil, sólo quebró el silencio de tan tierno espectáculo el chasquido ferviente de ambos besos y el sollozo de gratitud con que el loco ahogó sus imploraciones satisfechas.

Partieron ambos trenes. Eugenia se enjugó los ojos llenos de lágrimas; estrechó Daniel las manos de su hermana, musitando:--Dios te lo pague.--Y sin duda se inicia un vago murmullo de comentarios á lo largo de los vagones caminantes, mientras Regina repite al oído de su pobre enfermo: _¡hijo mío!_ con un desbordamiento de piedades y dulzuras que alcanzaban al demente consolado y se extendían á toda la triste humanidad, huérfana de consuelos.

* * * * *

--¡Si pudiera dejar aquí todo lo que me entristece!--piensa Regina antes de embarcar. Está enojada contra sí misma porque le crecen en el pecho compasiones profundas hacia todas las pálidas cosas que sonríen con dolor en la vida, y se le oprime el corazón con extraños pesares.--No quiero sentir--exclama--; no quiero llorar ni quiero saber.--Y se golpea las sienes estallantes de ideas, y se enjuga unas lágrimas que en lenta rebeldía mojan su rostro, mientras cerebro y corazón, unidos con raro acorde en su gentil persona, laten al compás de unos recuerdos tentadores y amargos.--¡La huérfana de Alcántara, la viuda de Ibarrola!--piensa y siente en íntima consternación. Mas luego protesta con enojo, casi con brutalidad, murmurando:--Ni una cosa ni otra; el poeta, el amigo, el protector á quien lloro con el sentimiento egoísta de mi soledad, fué mi padre, más por el acaso que por el amor; yo fuí su camarada y su compañera mucho más que su hija, y ahora debo decirle, únicamente, con el espíritu sereno y el corazón mudo: «Adiós, Jaime; búscame en otras vidas si volvemos á nacer; quisiera ser siempre amiga tuya»; y mientras él duerme en este mundo joven, yo voy á ver si en el viejo mundo hallo un poco de felicidad... En cuanto á Ibarrola--conviene la viajera en su escéptico soliloquio--no era nada mío, nada; sólo le he visto en sueños y en retratos; no he podido quererle, me equivoco; me confundo á cada paso que doy buscando cosas imposibles; el amor... la dicha...; si existieran estas dos ansias de mi juventud, no he de lograrlas juntas, según sospecho. El placer es la ausencia del dolor; por eso la felicidad es placentera; pero el amor duele; luego la felicidad y el amor son enemigos... ¡Si un amago, un atisbo del amor me ha hecho padecer, huir, llorar!... Adiós, Ibarrola, mártir ó loco; quimera hermosa que me has servido de tortura; quiero olvidarte... ¡Adiós!

Y Regina, exaltada y arrogante en medio del fatalismo obscuro que la amedrenta, esconde sus vestidos de luto en el fondo de sus cofres, y con joviales adornos de primavera se despide de la costa americana, alardeando ante sí misma de que deja allí sus desengaños y sus miedos, sus pesimistas augurios, todas las raíces de futuros dolores.

Pero cuando huye la orilla, cuando el buque se engolfa en las pálidas aguas del Pacífico, sólo sabe de cierto la viajera que Daniel está allí, bajo su amparo con una veleidosa mueca de alegría en el semblante.

--Tal vez la muerte se quedará también en la ribera--piensa en zozobras calladas la fugitiva. Y hurgan sus ojos negros el paisaje ya lejano y sutil de la tierra abandona. Ondulan lueñes y rojas las colinas chilenas, y tórnase tan vago el horizonte á la luz del crepúsculo, que á la muchacha se le cansan los ojos de mirar y los cierra, humedecidos por ese sentimiento desgarrador de las despedidas.

--¿Llora usted?--la pregunta solícito un viajero que ha de hacerle esta misma interrogación el día del desembarco. Y molesta porque han sorprendido su dolor, desesperada porque ella misma le descubre, responde:

--Es un llanto material. Mirando con fijeza á un mismo sitio, durante largo rato, á cualquiera se le saltan las lágrimas...

* * * * *

Desde que Regina vió la muerte á bordo, entre sus brazos, y sintió que en un instante le arrancaba sin piedad, con sobrehumano poder, lo único que le quedaba en el mundo, ya nunca más pensó en huir de ella.--Está en todas partes--dijo.--¡Está en la vida!--Y con una impavidez martirizadora empezó á verla en el cabrilleo de la luna sobre las aguas, en los rizos del oleaje, en los cendales del cielo, en los astros, en las sombras, en los perfiles de la tierra aparecidos en lontananza, y hasta en su propio cuerpo vigoroso y juvenil. Quería familiarizarse con ella; empezaba á comprender que en el fondo del espanto y del odio que la inspiraba podía brotar una semilla de conformidad.--_Morir... dormir... soñar acaso..._--repetía, tratando de asir alguna esperanza que la amistase con «la traidora»; y por fin murmuraba con supremo hastío:--¡Descansar, á lo menos!...

Ya al final de la navegación, cuando los pasajeros se agrupan en la borda atalayando el horizonte, interroga Regina:--¿España?--Y la contestan:--Sí, Galicia, _la costa de la muerte..._--¡Ah! ¡Qué admirable!--dice, clavando en ella sus gemelos, con amor y terror al mismo tiempo. Y repite:--España... Galicia... _¡la costa de la muerte!..._ ¡Qué hermosura!...

Un sacudimiento poderoso de aquella pujante juventud devuelve al espíritu de Regina los bríos y las audacias que antaño la hicieron explotadora de realidades y de ilusiones al través de dos mundos. Y así salta en hispana tierra, conmovida por afanes nuevos, subyugada por los éxtasis de la vida moza, con vehemencias indefinibles que la causan alegre turbación.

VIII

AURORA DE MAYO.--CRUCES Y NAVES.--CENTELLICA DE AMOR.--¡AH DE LA RIBERA!

LA alborada radiante de aquella mañana española vino á encender con luces nuevas los fantaseos de Regina. Pegada al lecho, con perezosa delectación, en el aposento desnudo y frío del hotel, mira la ilusa desfilar por los muros de la estancia los acontecimientos tumultuosos de su rápida existencia.

Fatigada al cabo de tanto caminar, pretende ahora Regina trazarse con decisión una línea divisoria entre lo pasado y lo presente, y tomar un apacible rumbo hacia lo porvenir. Quiere ser otra de aquí en adelante: una señorita burguesa que descuelle por sus dineros y sus gracias, que pueda elegir marido y acomodarse lindamente en la sociedad; una mujer comedida y discreta, que saboree con tino y descanso todos los goces...

La voz previsora de Eugenia interrumpe la blanda meditación:

--¿Estás despierta, Regina?... Pensaba yo que hay que sacar del equipaje los vestidos negros... Los plancharé para que estén listos á la tarde cuando salgamos para Vigo...

Siente la muchacha cómo lo pasado tira cruelmente de sus propósitos en aquella advertencia, y responde con un suspiro:

--Bueno...

Al cabo de una hora, Regina, vestida de blanco, furtiva y sola, con el aire infantil de un párvulo que «hace novillos», se lanza al campo y al sol, resguardando la cabecita rubia bajo el dosel de una elegante sombrilla azul. Y así camina, ondulante y ligera, á grandes pasos, como guiada por el hilo invisible de una ilusión, embriagándose en la placidez de aquella mañana de Mayo que la fué á despertar con tan pacíficos sentimientos.

En los claros del añoso parque, las flores orillan los senderos, frescas y lozanas, con algo de selvática hermosura, y desde los ribazos enverdecidos, cara al mar y á la costa, ve Regina cómo tiembla el paisaje bañado de luz.

Liviana, lo mismo que un céfiro, recorre aquellos vergeles la gentil madrugadora. Se ha enflorecido los cabellos con unas rosas pálidas y le relumbran los ojos amorosamente.

Su traje blanco sonríe en la espesura, y su sombrilla semeja un errante jirón del cielo, que asoma entre los desgarrones de la selva.

Es cierto que Regina parece otra, y por la grata expresión de su semblante, diríase que está muy contenta de parecerlo. Sí; ella quisiera ser siempre, como en estos momentos de olvido y de esperanza, en que se la podría tomar por una niña vestida de primera comunión, creyente y venturosa...

En el recodo de un sendero encuentra al joven doctor, que llega con la gorra en la mano y la galante sonrisa en el saludo. La muchacha acoge, placentera, á su reciente amigo, y con esa sencillez natural de las costumbres campestres, comienzan á charlar. Él la cuenta un poco de la vida del Lazareto, mezclado con algo de su propia vida; es andaluz, y solicitó aquel destino en San Simón, por estarle indicado el clima á su mujer, enferma desde su último alumbramiento.

--¿Es usted casado?--pregunta Regina con alguna sorpresa.

Viudo... «Ella» murió, cuando aún tenía yo confianza de que se curase aquí...

Sólo entonces reparó la señorita de Alcántara en que el médico estaba vestido de luto. Y sonaba algo roto en la voz de Regina, alegre hacía un momento cuando murmuró:

--¡La muerte está en todas partes!--Pero queriendo, la muchacha resistirse á la invasora amargara de la conversación, y como para endulzarla, interrogóle con amable interés:

--Tiene usted hijos, ¿verdad?

Una parejita--contestó el caballero, levantando la cabeza que tenía inclinada.

El paseo se prolonga, la plática se enciende en confidencias cordiales y juveniles, y el doctor y la niña son ya íntimos amigos, merced á esa recíproca simpatía de dos caracteres francos que se encuentran en una hora sentimental.

Ya sabe Regina de memoria la vida de su nuevo amigo; ya se puede decir que «le conoce» y le juzga.

--Es un hombre apasionado y sencillo--piensa.

Por su parte, el doctor la examina con amables ojos, sin atreverse á definir más que una cosa:

--¡Linda y rara mujer!...

Ella le ha contado con llaneza y sinceridad algo de su historia y de sus sentimientos; pero sólo ha conseguido admirarle y confundirle.

A este punto de intimidad, acaso intensa porque va á ser breve, llegan los paseantes á una tapia florecida que cierra el terreno en declive hacia el mar.

Alza Regina sobre el muro su cabeza rubia, mientras dice el doctor:

--Es el cementerio.

Un tímido plantel de cruces levanta al cielo sus brazos entre cipreses y siemprevivas, y al fondo muestra el mar el abismo de su azul hermosura. Algunos mástiles de lejanas embarcaciones que se dibujan entre las cruces quietas, balancean sus finos perfiles sobre los callados sepulcros. Mirando los inmóviles maderos, que á su vez parecen clavados en el mar como arboladuras náufragas.--¡Han zozobrado!--piensa Regina, mientras la brasa ardiente de sus ojos busca en cada sepulcro una forma de nave.

Aquel breve descanso junto á la tapia en flor, queda atravesado por la saeta de una melancolía; mas, luego, el caballero y la muchacha tornan hacia el hotel, sin cesar de contarse muchas cosas. Ella sigue rebelándose contra el asalto de la «gran tristeza» que por todas partes la persigue. Y aunque en sus más ocultos senos tiembla y ruge el insuperable pavor, todas las energías de aquella alma están vigilantes en acecho de la felicidad.

--Me conformo--dice interiormente,--me resigno á morir; pero mientras llega mi hora, quiero gozar, lo quiero á todo trance...

Pasea con altivez su belleza rubia, nimbada con el toldo celeste de la sombrilla, en tanto que el bosque todo calla con solemnidad de templo.

El doctor embroma á la muchacha con el viajero de Alcoy que durante la travesía la cortejó sin tregua.

--Anoche me habló mucho de usted...

Y era cierto. Con esa locuacidad española, tan expansiva y frecuente, el pasajero, prendado de Regina le contó al médico los episodios dramáticos de la navegación, en los cuales tuvo la de Alcántara dolorido papel.

Evita el doctor ahora recordar á su amiga la tragedia. Contempla al lado suyo á la moza, sonriente y despreocupada, y sólo se le ocurre entretenerla con frívolas frases, por más que le conmueven los súbitos silencios de ella y la palpitación de astros con que tiemblan sus pupilas húmedas cuando enmudece el cristal de su voz.

--¿Por qué ríe, si parece que tiene ganas de llorar?--se pregunta perplejo.

De esta guisa llegan los dos á las inmediaciones del hotel, donde los empleados del Lazareto conversan con los únicos viajeros alojados en el pabellón de primera clase.

Eugenia aguarda á Regina para almorzar, y el señor de Alcoy, que es un joven adocenado y presentuoso, recibe á la muchacha con exagerados homenajes, que ocultan mal su celosa sorpresa de hallarla tan amistada con el médico. Ella responde levemente á sus saludos.

En un senderito de la fronda blanquean dos trajes infantiles, y el doctor dice señalándolos:

--Mis nenes...

Son dos criaturillas frescas y graciosas, que llegan asidas de las manos.

El niño, con calzones y melena, curioso y charlatán, parece un angelote.

La niña, que se suelta á andar con timidez, es menos fuerte que su hermanito, y responde á las caricias con una sonrisa incierta y suave.

Los toma Regina en sus brazos á los dos con alborozo, y pide la gracia de que se los dejen hasta el momento de partir. Otorgada la merced con sumo agradecimiento del papá, vase la niñera detrás de la señorita y murmura el de Alcoy al oído del médico, mientras se aleja el grupo:

--Coqueta, ¿eh?

--Interesantísima--contesta el interrogado con fervor.

* * * * *

Declina la tarde, dorada y silenciosa.

Regina de Alcántara, vestida ya de luto, al lado de su compañera, aguarda en el muelle el instante de partir. La despide el doctor, que lleva de la mano á sus hijos.

Había jugado Regina con ellos, sentada en la pradera colmándoles de caricias, tejiéndoles coronas de flores y durmiendo á la niña en su regazo al son de dulcísimos cantares.

Mientras la arrullaba de esta suerte, componían ambas un grupo blanco y delicioso en el cual la propia Regina se estuvo complaciendo. En la albura de sus vestidos se posaban como fatales mariposas negras los lazos de luto de la niña; pero agitó la moza sus ágiles dedos matando la señal triste de un tirón, y echó á volar las negras mariposas entre las cadencias de un villancico:

_La virgen lava pañales y los tiende en el romero y los pajaritos cantan y el agua se va riendo..._

Pero una gran tristeza de caridad se deslizó en el alma de Regina.

--¡Pobre nena sin madre! murmuró.

Y tomóla en sus brazos con tan vivo transporte de compasión que la niña, asustada, echóse á llorar...

La viajera está pensando ahora en todos estos menudos detalles de aquel día de regreso y de patria que tan hermoso y clemente amaneció para su espíritu. El doctor la contempla con una admiración un poco ansiosa.

Acaba de embarcarse el pasajero de Alcoy, el enamorado de Regina. Va solo y ceñudo, abrumado por el desdén glacial de una despedida que condena sin apelación sus amorosas pretensiones.

--¿No le da á usted lástima?--pregunta el médico á la desdeñosa, señalando la fugitiva estela.

Ella clava la honda fulguración de sus ojos en la nave, que se empequeñece sobre las olas como otras tantas visiones desvanecidas en el oleaje de la existencia. Luego replica:

--Me da lástima de estos niños, porque tienen que ser mayores.

Y los besa con ternura, suplicando al doctor que le dé alguna vez noticias de ellos. Pero el papá esta emocionado, y sin prometer nada, se atreve á preguntar:

--¿No se ha enamorado usted nunca?

--No he podido--responde ella sencillamente después de una leve vacilación. Y ataja otras averiguaciones que tal vez adivina, diciendo seria y triste:

--Quisiera ser amiga de usted mucho tiempo, porque me interesa la suerte de estos niños que he encontrado en un día memorable para mí... Yo soy voluble... olvido pronto... Mi vida es un naufragio de recuerdos. Olvidaría esta misma noche la amistad de usted á no ser por los nenes... ¡Tengo una memoria tan flaca y un carácter tan indeciso! Padezco una especie de anemia espiritual; los sentimientos más fuertes y cordiales se agitan un momento en mi corazón y en seguida se aflojan y se desvanecen como el humo... Por otra parte, me da pereza el sentir demasiado y rehuyo el querer como un ejercicio violento... Soy perezosa y egoísta... Ni siquiera puedo ni sé tener amigos... A veces, en un instante de vehemencia, quisiera amarlos y abrazarlos y hasta morir por ellos... mas, poco á poco los olvido y los mato y los sepulto en los abismos de mi corazón... Ya ve usted que me conozco á mí misma... que no soy buena.

Quédase pensativa al decir esto y añade después:

--Pero tampoco soy mala... Cuando algo me despierta de este sueño del corazón, me arrepiento de mis culpas... se recrudece el recuerdo de mis pasados errores y laten con fuerza en mi alma los sentimientos más dulces y afectuosos... ¡Ah! ¡Si yo tuviera fijeza y constancia! Es posible que me muriera de amor... como una heroína de novela... Pero no... no sé cultivar amistades ni amores, ni creo que aún pueda sentirlos nunca...

Al llegar aquí, Regina se confunde, se arrepiente de sus largas y contradictorias razones, y concluye diciéndole á su amigo:

--¡Cualquiera diría que me estoy confesando con usted!

Hay una pausa. El médico pugna por decir algo que le tiembla en el corazón. Pero Regina, cambiando de tono, añade:

--En fin, basta de psicologías y de confidencias. Prometo ser constante en esta ocasión y ser amiga de usted y de estos niños, si usted promete darme noticias de ellos á menudo.

Desea hablar el padre de los nenes, balbuce algunas palabras conmovido, pero enmudece ante la actitud súbita y reservada de la joven, que le tiende la mano, repitiendo:

--¿Quiere usted?

Y él, con semblante retraído, sin ocurrírsele otra frase, responde:

--Con muchísimo gusto.

--Adiós, doctor.

--Adiós, señorita.

Murmuraba el bosque con soñoliento murmullo, y los caminos se asomaban á la costa cubiertos de penumbra y soledad. Rodaba en el cielo un luminoso cuarto creciente; el mar tenía irisaciones de plata y mansa voz de remotas canciones...

Algo fenecía con acendrada tristeza en el regazo maravilloso de aquella tarde moribunda. Acaso uno de esos fugaces amores, relámpagos intensos que las tempestades de la juventud alumbran en los corazones abiertos á la vida.

La de Alcántara cambió con el médico su breve tarjeta, orlada de luto, por una cartulina negra, que decía en letras blancas: _Rafael Marín.--Doctor en Medicina._

De un denso grupo de pasajeros pobres, que aguardaba el momento de embarcar, acercáronse algunos á las señoras en traza mendicante. Había mujeres desharrapadas y niños casi desnudos. Varias voces, evocando al malogrado Daniel, gimieron:

--¡Por el alma del señorito!

Regina, tratando de sonreir, dió algunas limosnas y gratificó con esplendidez á la camarera, que andaba rondando:

--¿Quedas contenta?--le preguntó.

Y ella, roja de confusión ante la buena dádiva, repuso:

--Quedo.

Ya en el bote, aún Regina avanzó su busto elegante sobre la borda para besar á los niños del doctor. El, entonces, la ofreció una magnífica rosa encarnada... Y se alejó el bote suavemente, al blando son de los remos.

Los colores y las formas se apagan ya en el misterio de la noche, como si el paisaje cayera en un sueño profundo. La isla de San Simón se hunde en el mar, y aparece en el cielo la blanca estrella que persigue á la luna.

Hace Regina un brusco movimiento para tornarse cara á la tierra. La flor que lleva en la mano se le deshace en lluvia de sangrientas hojas sobre las aguas azules y huye con la marejada, mientras la moza, escudriñando el horizonte perdido y confuso, se agarra á la vida con un corazón desierto que tiembla y clama:

--¡Ah, de la ribera!... ¿Vísteis por acaso la felicidad que persigo?

LIBRO SEGUNDO

HUMOS DE REINA

I

TORREMAR, CINCO MINUTOS.--MEMORIAS Y MUDANZAS.--LOS OJOS ENTORNADOS.

NUBLADA estuvo aquella última noche de viaje.

Hostigaba Regina las tinieblas, ansiosa de comprobar sus recuerdos desde que penetró en la tierra de Cantabria, pero sólo pudo advertir manchas de sombras, tendidas en un llano, enhiestas hacia el cielo, ó asomadas con fugacidad en el camino.--Son pueblos; son mieses; son montes--iba pensando, cuando oyó en una estación el anhelado aviso: «Torremar, cinco minutos de parada», y toda su impaciencia se cuajó en un asombro inmóvil, que Eugenia tuvo que sacudir activamente, lo mismo que en la llegada á San Simón.

--¡Que estamos en Torremar, Regina!

--¡Ah! ¿sí? ¿es cierto?

Conturbada, absorta, como si no esperase nunca haber llegado, saltó al andén, donde aguardaban unos parientes de Eugenia, encargados de cuidar la casita de Alcántara, en el largo abandono de sus dueños.

Tres personas componen la breve comitiva de recepción: Dolores Barquín, y sus hijos Marta y Pablo. Inicia el mozo unos cumplidos difíciles, llamando con mucha finura «doña Eugenia» á su tía, mientras las dos mujeres se comen á besos á las recién llegadas, lloriqueando, pesarosas, á guisa de saludo y de pésame:

--¡Pobre don Jaime, que en gloria esté! ¡Pobre Danielín!

No adivinaban ellas cuándo ni cómo Daniel se hubiese malogrado, porque en la ciudad se supo la desgracia del padre, únicamente. Eugenia les decía en su carta de aviso: «Llegamos solas; hay que divertir mucho á la niña, y no mentarle _los muertos._»

Pero á las buenas provincianas les parece cosa inevitable «acompañar en el sentimiento» á la señorita, siquiera en el primer abrazo. La encuentran muy alta, muy hermosa.

--¡Válgame Dios, qué aire se da al difunto señorito! Se asemejan como dos gotas de agua, mismamente... Y tú, Genia--continúa Dolores--, vendrás hecha una madama franchuta; una extranjis del todo... ¡Tantos años por esos mundos!...

Sonríe Eugenia, desmintiendo con su expresión sencilla las probabilidades de aquel supuesto cambio.

Aunque le sientan bien las ropas señoriles, que modas y circunstancias le han obligado á usar, su semblante es siempre franco y modesto. Bajo los hábitos elegantes, que ya en la estación de su pueblo le dan el título de «doña», hace su entrada en Torremar con poca gallardía. Lleva el sombrero torcido y tiene una actitud de cansancio y pesadumbre, que le hace parecer casi una anciana. Emprende allí mismo con su prima una relación de penas, en voz sigilosa, mientras el mozo se hace cargo de los equipajes, y Regina reconoce en el agraciado rostro de Marta á la niña que compartió con ella, por vericuetos y riscos, las correrías salvajes, sirviéndola á modo de escudero en arriesgadas aventuras que ya en la niñez inició con vocación resuelta.