Part 5
Cuanto aprendiera en libros sabedores, lo comprobaron sus ojos; convirtiéronse en realidades las fantasías, pero su alma no sació ninguno de sus ocultos anhelos, y ninguna esperanza infinita encendió en el camino de la viajera la devota lámpara de promesas eternales. Creyéndose poseedora de raros secretos de la materia, quiso aplicar aquella sabiduría á los espíritus, empezando por hacer un despiadado análisis del suyo. Hundía con crueldad el escalpelo en la entraña viva de sus emociones, y autopsiando sentires y analizando instintos, venía á deducir que todo en ella era caduco y vano, todo miseria, automatismo y fatalidad.
Lo que tomó por dolor puro y amoroso en la muerte de su padre, era ahora lamentación miedosa y egoísta, sensación de abandono y de sorpresa. No le amaba, puesto que sin él podía vivir y gozar, puesto que no quería seguirle más allá de la tumba. No le amaba, puesto que al recobrar la salud, sus primeras ideas de sensatez fueron para pensar que el muerto había dejado su fortuna líquida y abundante, legada á sus hijos con todas las formalidades de la ley. También había pensado con descanso y fruición que era mayor de edad, tutora de Daniel, y apta para manejar los intereses de ambos. Había sentido crecer la importancia de su persona, con todas estas dignidades y méritos, y se había engreído con ufania pueril al borde mismo de la fosa de aquel poeta y amigo, que puso en la hija ingrata todas sus ilusiones...
Era, pues, evidente que la naturaleza humana se resistía á los duraderos cariños abnegados, de esos que tal vez no florecen más que en los discursos poéticos en los credos optimistas; ficciones inventadas por locos ó soñadas por ilusos, inverosímiles comedias de la vanidad mundana... Acaso Jaime la quiso á ella por antojo ó diversión, sin esa entrañable ternura del espíritu, llena de caridad y de heroísmo, que de los padres cuentan... ¿No la olvidó, como á Daniel, cuando eran pequeños? ¿No abandonó su infancia largos años en el viejo rincón de Torremar?
¡Oh! El sagrado calor de los hogares; los benditos lazos de la familia:--murmuraba Regina acerbamente ¡leyenda de corazones orgullosos, quimérica invención de almas que quieren emanciparse de la tierra, donde todo amor es costumbre, interés ó deleite!... Daniel y yo--seguía escudriñando la joven--queremos á Eugenia, porque nos convienen sus servicios honrados, y ella nos sigue y nos atiende por hábito y rutina, tal vez porque no sabe romper una cadena que el destino forjó.
¿Y aquel cariño delicado y profundo; aquella dulcísima terneza que su hermano la inspira? Regina está confusa unos instantes mientras clava en este fraternal amor su bisturí anatómico. Mas luego, levanta sobre aquella duda fugaz una de sus escépticas negaciones, y encogiéndose de hombros, con desdén de sí misma, declara:--Esto es lástima, es pena de ese niño infeliz que dan por muerto los sabios; que tiembla y gime á cada hora; es un alarde que hace mi robustez á su flaqueza. Y á esta virtud estética que embellece la vida, á este placer físico que produce el remediar el mal ajeno... porque es ajeno precisamente, le llaman los sentimentales sacrificio, caridad...
En tal fase del secreto estudio patológico, la doctora piensa con mucha curiosidad en el amor de los sexos, en el grande y eterno amor, clave de la vida. Y sonríe meciendo la cabeza con incrédulo signo, porque está segura que en los «choques pasionales», entre hombre y mujer, no hay más que instinto, conveniencias y goces.
--Es menester--musita, sagaz y perversa--enterarse de todas estas cosas. Me casaré; pero quiero un novio de mis gustos, un hombre excepcional y valioso... Suspira, y añade:--Jacinto Ibarrola tal vez...
No le conoce. Ha visto en los periódicos su retrato y en ellos ha leído sus aventuras sensacionales, aureoladas con altísimas ponderaciones.
Es Ibarrola un caballero vascongado, valiente y buen mozo, con una brillante historia de heroísmo. De ilustre familia española, ha luchado por su patria voluntariamente, con arrojo que decoró su pecho de heridas y galardones. Aventurero de noble estirpe, se arriesga ahora en una exploración peligrosísima por el interior del Gran Chaco, proponiéndose remontar el Pilcomayo hasta sus fuentes originarias; intento en que ya dejaron la vida ó los propósitos varias huestes de expedicionarios.
Cuatro fecundas castas de habitantes independientes y enemigos entre sí, celan con salvaje vigilancia aquel bravo territorio, y á sus primeras tentativas de avance entre las feroces tribus, Ibarrola se queda solo en la incógnita ruta. Retroceden sus camaradas, enfermos ó arrepentidos, y él prosigue impávido su temeraria empresa.
Los periódicos del Uruguay y la Argentina consagran diariamente á Jacinto Ibarrola arrogantes columnas de laureles, y describen imaginarios derroteros por donde le suponen señor del Pilcomayo, en regreso feliz. Y Regina, que ha seguido los pasos del héroe con enamoradas admiraciones, al recobrar los bríos juveniles, después de la tempestad de sus pesares y dolencias, vuelve hacia el peregrino del Chaco las miradas curiosas, y anhelante le busca su imaginación cual si entre ambos existiese el tácito acuerdo de una cita en tal valle, en tal cumbre, en el suave declive de esta montaña, en el pliegue feroz de aquella selva, ó en las embosquecidas márgenes de esotro río... Perdida en una niebla de ilusiones llegó la joven á pensar: Sí; donde nos vimos la otra vez...--Y recordaba confusamente una entrevista suya con Ibarrola en el fondo sombrío de una hoz...
Corrieron á poco rumores alarmantes sobre la suerte del viajero. Los quinientos hombres que en socorro suyo envió el Gobierno argentino al mando de un coronel, retroceden á las veinte leguas de indagaciones por el Chaco Austral, sin haber hallado la pista que buscaban. Y según confidencias de los indios pilagas, sus adversarios en las frecuentes luchas intestinas de la comarca, los sanguinarios tobas habían dado cruel muerte al solitario español prisionero en sus tolderías. La trágica sospecha se extendió con rapidez emocionante por aquellas repúblicas, interesadas de cerca en la intrépida excursión de Ibarrola, y agitóse Regina con profundos temores de novia en duelo, igual que si su denodado compatricio hubiese hecho votos de llevarla al altar cuando rindiera vencedor aquel famoso viaje...
* * * * *
Nota Regina que su dignidad de jefe de la familia la oprime ligeramente el corazón, y aunque antes lo fuese de hecho tanto como ahora, recuerda á cada instante con desaliento las confidencias amistosas y plácidas, que preparando el porvenir tejía con el galante cumplidor de sus antojos, el infatigable compañero de sus jornadas inquietas. Mira en torno, y las figuras insignificantes de Eugenia y Daniel la sonríen con pálida indecisión, con melancólica simplicidad de criaturas tímidas y obedientes, almas que sólo ofrecen aquiescencia pasiva y humilde.
Si no fuera por el recuerdo de Ibarrola que la encadena allí, por la inquietud con que aguarda su aparición, Regina escaparía con presteza en busca de caminos nuevos y de nuevos cansancios. Pero crece con tal ímpetu aquel interés por el esforzado caballero, que la joven se detiene uno y otro día, lanzando desde el escondite de la breve playa sus agitados deseos en pesquisas veloces detrás del peregrino. Pasmados están Eugenia y Daniel de contar tantas horas en un mismo paraje, mientras la bella convaleciente escucha con muda ansiedad los rumores que levanta por dondequiera el misterioso paradero del explorador, de quien ella se juzga enamorada. ¿Enamorada?
Sí; Regina empieza á creer, ó al menos á dudar en el amor; y ya no se atreve á analizarle con frías razones. Se ha vuelto de improviso respetuosa con aquel raro sentimiento que en forma de amor la acompaña y la abriga y la sostiene en medio del páramo de su mocedad, atenta al eco de unos pasos desconocidos, pronta á partir no sabe adónde, cuando la realidad de aquel ensueño llegue. Su actitud es la de una desolada viajera que en estación de tránsito aguardase un tren de recreo detenido por lastimoso azar...
Harto sabe la joven de galanteos y de coqueterías, que no en vano es moza y agraciada. Su belleza, rubia y original, ha despertado admiración y deseos en muchos pechos varoniles, y entre sus curiosidades de coleccionista guarda epístolas amatorias escritas en todos los idiomas universales. Los nerviosos pies, conocedores de las más altas cumbres y de los valles más hondos, portentos de la Naturaleza, saben, también, deslizarse por los salones mundanos con un señoril donaire, de mucha gracia y atractivo.
Jaime de Alcántara, bien relacionado desde París con las legaciones españolas en los países que ha visitado, pudo presentar á su hija en la más encumbrada sociedad mundial. Galán y artista, hombre de estrados, diestro en cortesanías, hizo el papá valer en todas partes la beldad extraña de aquella niña que le servía de adorno como una flor exótica de feliz cultivo, linda mujer que cruzaba los salones elegantes con firme paso de alpinista y gracioso desembarazo de cortesana. Iba ella posando en torno suyo el grave misterio de unos ojos que parecían pensar siempre en otra cosa, mientras yacía olvidada una sonrisa noble en la púrpura regia de sus labios. Su ingenio natural y su nativa distinción la daban un aplomo que suplía á su inexperiencia en aquellos lances, y detrás de su gentil persona rondaban siempre en traza de pleitesía rumores de curiosidad y admiración.
Así gozó Regina sonados triunfos mundanos en salas ilustres y en espléndidas fiestas. Y no desmintió su carácter femenino mostrándose insensible á los halagos del éxito y la lisonja, sino que reveló unas grandes aptitudes para la coquetería de buen tono, y supo acreditarse ducha en el flirteo más exquisito sin previa novatada.
Pero ningún doncel de los que la pidieron un vals ó un rigodón, en su galante odisea de excursionista universal, mereció de la niña española devociones extraordinarias. Cuando los homenajes de que era objeto tomaban proporciones de pasión, ella deponía sus travesuras femeninas con grave continente, y si la severa actitud no desanimaba á sus amadores, se encogía de hombros con indiferencia, para seguir agitando por la vida su vuelo de mariposa errante y libre.
En Tánger se prendó Regina de un moro rico y gallardo, hospedado en el mismo hotel que la familia de Alcántara. El hijo de Mahoma parecía haber inflamado con sus candentes ojos el corazón indómito de la viajera, y cuando acaso ella vislumbra una romántica aventura de apostasía y matrimonio, cae sobre la cándida chilaba del africano la funesta sombra de una tremenda acusación política, y desaparece el buen mozo prisionero y celado sabe Alah en qué mazmorras inclementes... El espacio de una quincena había durado aquel idilio singular; pero no fué menester tan largo tiempo para que la imagen del moro pasase á un rincón de la memoria de la niña, como pasa una prenda de ropa en desuso á la percha olvidada de un armario.
Y entre los recuerdos amorosos de Regina, quedó colgado un jaique, junto al gabán de pieles de un polaco guapísimo á quien ella creyó amar, en Varsovia, lo menos ocho días... Allí en la extensa galería de tales membranzas, se esquiciaban en turbio desfile rostros sonrosados y jocundos de ingleses y alemanes, pálidos fantasmas italianos, perfiles franceses, siluetas suizas, ropajes turcos... todo un relicario con vestigios varoniles de la vieja Europa.
Las Américas dieron á esta colección de apuntes íntimos un gran contingente de nombres y figuras; un cubano impetuoso se suicidó desesperado por los desdenes de Regina; un yanqui la siguió desde California, por toda la América Central, inútilmente decidido á congraciarla; dos bolivianos rivales se desafiaron en disputa celosa: el duelo era formal, y uno de los combatientes quedó con la cara partida por el sable enemigo. Como la señorita había coqueteado un poco aquella vez, sintió el cordial impulso de corresponder á la víctima, á manera de indemnización. Mas halló tan feo al incauto con las vendas y el descaecimiento del percance, que, sin esperar á que cicatrizara la herida de aquel rostro compungido, tramontó, ligera y conquistadora, sin remordimiento alguno...
Pero todas aquellas recordaciones de sus triunfos juveniles, las ponía la viajera, como un tributo, debajo de la imagen de Ibarrola, imagen brava y esquiva, reina de sus pensamientos.
--Esto es amor... Debe de ser amor--murmura la muchacha, deliciosamente sorprendida--; esto lo tengo aquí, clavado y doliente, hace ya mucho tiempo.
Y como Regina siente en la cabeza todas sus emociones, al decir _aquí_, apoya las dos manos sobre sus crenchas doradas. «Mucho tiempo» son tres meses para aquella novicia de amor, para aquella ilustre confinada que, desde su rincón porteño, avizora los horizontes donde ha de amanecer su felicidad en forma de aventurero caminante.
Y un día cercano estalla, al chispazo inquisitivo de los ojos negros, confirmada y rotunda dentro de un periódico, la tremenda noticia: ¡Ibarrola ha muerto! Los bárbaros tobas han destrozado á su heroico prisionero en suplicio salvaje.
Una misión que los españoles enviaron en socorro del compatriota, halla los restos mutilados del mártir, los identifica y los salva del abandono con veneración piadosa.
Toda la culta América se estremece de espanto al conocer este nuevo drama en que el altruismo y el valor de un extranjero caen en traición brutal bajo las mazas primitivas de los indios rebeldes á la redentora influencia de los conquistadores...
El general boliviano que fracasara en esta misma expedición capitaneando una lucida hueste; los alemanes Storn y Fielberg, que gastaron tan inútiles esfuerzos en idéntica empresa, se obscurecieron en el olvido cuando el francés Crevaux fué asesinado al tratar de internarse en el territorio independiente. A la sazón, sobre todos los intentos de exploraciones en el Pilcomayo, quedará el prestigio de la nueva tragedia, porque la sangre hispana de Ibarrola, sembrando abnegación y valentía en el vergel indiano, sobre el campo verde, bajo el cielo azul, es hazaña de sagrado linaje escrita en rojo surco de flores españolas que trascienden á bravura de raza, á fortaleza de un pueblo inmortal.
El cruento sacrificio se lamenta en todo el Continente con oraciones cordiales y admirativas, que proclaman á Jacinto Ibarrola mártir insigne del Gran Chaco, espejo y orgullo de andantes caballeros. Y un legendario aroma de bizarría castellana unge los despojos del explorador, á la vez que los cubre la gloriosa bandera, madre de veinte naciones...
Cuando los restos del noble sacrificado llegan á la costa del Plata entre cirios y reverencias, buscando amorosa repatriación, ya Regina de Alcántara atraviesa los Andes en desalada fuga, arrastrando á Eugenia y á Daniel, que, en pánico desconsuelo, la suponen definitivamente loca. Ella no se cuida de tranquilizarles. Les mira sin verlos; oye sus palabras y no las escucha. Huye del amor y de la muerte; huye velocísima; y estoica padece la puna de las altas mesetas, mientras gime una sentencia que no sabe dónde la aprendió: «No confíes ni te apoyes en la débil caña; porque toda carne es heno, y toda su gloria caerá como la flor del prado...»
VII
NUESTRAS VIDAS SON LOS RÍOS.--LA CRUZ DE LOS ANDES.--EL LOCO DE AMOR.--REGRESO Á LA PATRIA.--LA COSTA DE LA MUERTE.
AQUELLAS graves palabras de meditación no serenaron el alma tormentosa de Regina, antes bien la oprimieron con nuevas pesadumbres y tristezas.
--La carne es heno--repetía y nunca duerme la Segadora...
Como todos sus sentimientos volteaban fugaces en torno á las cosas aprendidas en los libros y almacenadas, sin orden ni luz, en el desván de la memoria, recordó luego Regina otras frases henchidas de incertidumbre y de lágrimas: «todo se desliza; todo resbala; nada se detiene»...
Su mismo fuyente caminar al través de tierras y mares; la fiebre de emociones renovada en caminos y en lecturas; el desencanto precoz de la existencia, exagerado por los estímulos de «la loca de la casa» aquel ir y venir sin término, por ásperas rutas, bajo cielos extraños, eran otras tantas voces, sordas y tristes, que respondían como un eco de ultratumba:
--Sí, es cierto; «nada se detiene; todo se desliza; todo se evapora»...
«Nuestras vidas son los ríos que van á dar en el mar, que es el morir...»
Al atravesar las cumbres soberanas de los Andes hallaron los viajeros una enorme cruz, erguida como símbolo de paz en la brava frontera de dos repúblicas hermanas. Alzó Regina las tinieblas de sus ojos hacia los brazos redentores, bañados en la luz alegre de una tarde de sol, y al punto aterró sus miradas con el desaliento de quien, rendido por sed abrumadora, viese el codiciado manantial muy lejos, donde nunca llegar pudiera.
La majestad de aquella cruz que parecía cobijar el mundo y ofrecerle un inmenso abrazo de misericordia, la dejó confusa y aniquilada.
Sentíase Regina en una de esas situaciones de ánimo en que todas los grandes ideas aplastan nuestro pequeño entendimiento. Atravesaba una de esas horas cobardes y estrechas de la vida, en que la consideración de toda magnificencia nos causa un insoportable esfuerzo del espíritu; hora mezquina y deprimente en que sobre las luces divinas de las almas caen turbias y cegadoras las cenizas de la materia terrenal.
Con la cabeza humillada y el cerebro oprimido; con los pies esclavos del monte; en una actitud de absoluto enervamiento, recordó vagamente una anhelante querella que se compadecía:--_¿quién me diera alas como á la paloma, para echar á volar y hallar reposo?..._
Mas sin alas, sin nido y enferma con el mal incurable de la vida, sólo tuvo energías para huir de la cruz colosal que la causaba el asombro martirizador de una quimera insondable, de una esperanza imposible. Torturada por ideas de acabamiento y fugacidad, padeció de repente, con desatinada violencia, el vértigo de la altura, y todo su ser, apasionado y voluble, sintió la atracción indefinible y repentina de los cauces hondos y de los surcos opresores. ¿Cómo había subido, ciega y rauda, la carga de su hastío y su dolor hasta la cumbre del mundo? Ya no se acordaba de que era aquel alto sendero de su fuga el paso para el país adonde maquinalmente se había señalado ella misma el camino. Volvióse á mirar en derredor. Eugenia y Daniel, mustios de cansancio y desaliento, la contemplaban casi con tanta indiferencia como los guías y los mulos...
Mísera como nunca se encontró la joven en la breve caravana de viajeros, en aquel grupo indeciso y callado, sin relieve y sin vigor debajo de la cruz gigantesca y del celaje infinito. Era una impotente, una casi invisible representación de la humanidad peregrina, que se arrastraba torpe y lamentable, con movimiento tardío y esforzado, sobre las espaldas soberbias de aquellos montes augustos... ¡Magníficos el paraje y el horizonte, qué pequeños, qué tristes los caminantes!
A esta consideración que se hizo Regina de una sola ojeada, recrudecióse acerbamente la impulsiva tendencia que la estaba arrebatando hacia los hondones y los abismos, y el punzador deseo de borrar de aquella excelsa cumbre la miserable huella de sus pasos.
La mujer bella y moza, de continuo atormentada por el terror de la muerte, dejóse poseer de una súbita tentación de exterminio y se lanzó por la vertiente de la cordillera en rápido descenso sembrado de escollos, con mortales exaltaciones, cuya arrogancia era una forma enfermiza de orgullo y de espanto. Como si hubiese subido á la cumbre andina con la sola idea de espeñarse desde la ufana altura, así trató de acometer la bajada, en un bárbaro intento de rodar y desaparecer, de hundirse, de acabarse. Se negaban los guías indios á correr á la par de ella, teniéndola por demente ó por suicida, y la muchacha, huraña y tenaz, tomaba la delantera por la arisca ruta, sin volver la cabeza hacia sus compañeros. El instinto y la mansa condición de la bestia que la conducía la fueron salvando de una en otra jornada fatigosa hacia los profundos valles de Chile, mientras la conturbada razón de la viajera murmuraba implacable: _Querer sin motivo, padecer siempre, luchar siempre y luego... morir..._
Por primera vez en su vida Daniel de Alcántara tiene una decisión y un arranque...
--Aquí me quedo--dice.
Y había tan inusitada seguridad en su acento, que las dos mujeres le miraron perplejas.
--¿Por qué?--pregunta Regina poco acostumbrada á la contradicción.
--Porque no puedo más y no quiero morirme en un camino.
¿Morir? Esta palabra buscada y huída constantemente por la viajera rubia, tiene el privilegio de contenerla en tímida zozobra. Contempla á su hermano con un interés que hace muchos días no tienen sus ojos para aquella lánguida existencia, cuyo límite aparece siempre cercano por irónica mueca de la juventud. Y ve Regina, con remordimientos y pesares, que Daniel tiene hundidas las ojeras, demacradas las facciones y estuosa la piel como en los días más desventurados de su lastimada existencia.
¿Otra muerte? ¿Otra tumba?--piensa con espanto la miedosa que ayer mismo se dejaba arrastrar por la sugestión de la tierra desde la espléndida altura vecina de los cielos...
Se detiene Regina en aquel extravagante nomadismo. Se detiene con la solicitud y terneza que había olvidado prodigar á Daniel durante los últimos meses de infortunio. Están en Santiago de Chile, y allí se quedan en largas semanas de inquietud para las dos mujeres y de creciente debilidad para el triste mozo que se apabila en rápida consumación.
En vano Regina lucha denodada otra vez contra el destino, y de nuevo, enérgica y dominante, reta á la muerte á la cabecera del enfermo, escudándole con sus brazos codiciosos. La muerte avanza con glacial sonrisa delante de aquellos escrutadores ojos negros donde tiembla en oculto sigilo la sombra funeral de un ciprés.
Las eminencias médicas acuden al llamado angustioso de la joven y pronuncian su última palabra: el mal que mina aquel pecho juvenil no tiene remedio humano y ha llegado al período postrero.
Un doctor especialista en la traidora enfermedad extrae de su caletre una receta muy compasiva para sí mismo y acierta á librarse de un triste espectáculo de dolor ajeno y de impotencia propia, diciendo á la muchacha:
--Tal vez una larga travesía por mar, y después los aires nativos...
--¿Si? Usted cree...--indaga febrilmente Regina.
--Yo espero... confío murmura el doctor entre egoísta y piadoso.
Y la señorita de Alcántara hace sus preparativos de viaje en pocos días y huye con Daniel, que apenas pregunta:
--¿Dónde vamos á parar, en Asia, en Oceanía?
--No, hijo mío; en Torremar, en nuestro pueblo, para que te cures...
El muchacho sonríe, vuelto á la dulce pasividad de su carácter infantil y sumiso. Y Eugenia se alegra profundamente, alentada por la ilusión de lograr en la patria remota el apacible bienestar de sus niños amados y la propia compensación de un definitivo descanso después de aquellos tiempos azarosos.
Salen de Santiago buscando la costa en demanda de un buque, llevando las dos enfermeras á Daniel entre sus brazos como una frágil preciosidad. Regina, mimándole, olvidada de todo lo que no sea aquella ansiada salud, repite: «¡Hijo mío, hijo mío!», con ternura que nace de sus entrañas de mujer, de los latidos maternales de su corazón.
La mísera mocedad del hermanito, triste como su infancia doliente, ha inspirado á Regina ráfagas de pasión y de misericordia, reveladoras de ocultas raíces sentimentales. En las perturbaciones de su espíritu se despiertan de pronto los instintos de amor y lástima hacia el pobre atormentado, que se extingue al lado suyo con inmensa humildad; y toda su alma femenina se exalta en aquella dulcísima frase, compendio de caricias y votos: _¡Hijo mío!_ Al pronunciarla siente en sus labios de doncella las mieles amargas de un sublime cariño que la enciende en compasiones y desvelos de madre.