Adriana Zumarán (novela)

Chapter 4

Chapter 44,014 wordsPublic domain

--Te llama la atención que estas cosas me impresionen así. Ya sé que tú me imaginas insensible o algo así como si me faltara humanidad. Y volvió a hundirse en el sillón.--Sí, continuó, son muy extrañas las mujeres de nuestro país... Fue precisamente en casa de las Aliaga que conocí, hace algún tiempo, a esa amiga de Charito González. Me pareció en seguida que pertenecía al tipo de las mujeres fantásticas.

--¡Ah!--exclamó Muñoz, enrojeciendo. ¿La conociste en casa de Charito González? ¿Tú vas a casa de Charito González?

--No; la conocí en casa de las Aliaga.

--Estoy seguro que dijiste... en fin ¿una amiga de Charito González? Yo conozco a todas sus amigas.

--No importa. Esta es la hija del hombre que se mató por la viuda de Aliaga.

Muñoz ignoraba el suicidio del padre de Adriana.

--Entonces no cabe duda, murmuró fingiéndose distraído, toda esa es gente fantástica. Yo le preguntaré a Charito sobre sus amigas. No son mi tipo, te lo advierto... Así, agregó enrojeciendo otra vez, no habrá celos entre nosotros.

Y se rió, con una penosa risa de sarcasmo.

--La conocí en casa de las Aliaga, repitió Julio. No haría nada por encontrarme con ella, precisamente porque me impresionó mucho. Hay mujeres cuya idea nos subyuga como el destino... nos atraen, pero uno siente que la voluntad no debe intervenir para nada.

Volví a verla, en un teatro; estaba ella con varias amigas y no me vio. La observé atentamente. Había en toda su persona una armonía que no fallaba por ningún detalle, y ese algo indeciso que fluctúa sobre la expresión de la cara y en el gesto y en la sonrisa y nos advierte la presencia de un ser femenino cuyo acercamiento nos lo haría infinitamente precioso. En el amor, Muñoz, hay cierto momento en que se nos revela el gran misterio... Esto sucede cuando no nos arrastra la simple pasión, cuando nuestra alma, libre de la embriaguez que turba, se para, por decirlo así, en el umbral de su propio amor. ¿Has leído "La Vita Nuova"? Dante la escribió sobre Beatriz, a la que siempre contempló desde el umbral de su gran amor idealista, y ella, antes y después que muriera, estuvo revelándole los misterios divinos.

--Por lo menos, murmuró Muñoz sardónicamente, un marido que se hubiese casado con tu Beatriz no tendría nada que temer.

Y sospechaba que la Beatriz de Julio era Adriana.

Ambos quedaron repentinamente callados, sin poder reanudar la conversación. Julio se despidió.

Cuando Muñoz quedó solo, volvió a embargarle el pensamiento de Adriana y vio su imagen proyectarse, radiante, en el salón iluminado; junto a ella dos ojos saltones emergieron, temblorosamente, en una cara afilada, fina... ¡la cara de Castilla!

Entonces, por cobardía, se esforzó para pensar en los primeros tiempos de su amor, en la dicha de haberla conquistado, de haberse impuesto al alma que miraba tan misteriosamente por aquellas pupilas circundadas de ligera sombra. Pero acaso ella no podía amarle, algo inconmensurable y oscuro había sin duda entre los dos. De pronto, la obsesión visionaria se reavivó, acercándose. Adriana adoptaba una expresión condolida, pero irónica, irritante; los labios del otro sonrieron con la misma expresión. La silueta lánguida en el traje lila oscilaba suavemente; se soltaron los largos cabellos sobre la nieve de la espalda y el bello brazo desnudo se levantó, dulcemente; los labios del otro besaron en la blancura del hombro.

Muñoz temblaba, una nube oscureció violentamente las imágenes, se sacudió, habló en voz alta, para apartar de su alma los vestigios de la horrible alucinación. Quiso beber, pero se torcieron sus dedos, convulsivamente, sobre la copa diminuta, y el delgado cristal se quebró hiriéndole en la palma: la mano se agitó salpicando sangre.

VI

A no haber Muñoz abandonado tan precipitadamente la casa de Charito, habría comprendido lo infundado de sus celos. Porque cuando Adriana advirtió que Castilla se tomaba tontamente la libertad de acariciarle la mano, en seguida, dejándole plantado en medio de la sala, buscó a Muñoz.

Sin embargo, lejos de preocuparla que éste se hubiera marchado, sólo experimentó contra él un sentimiento de fastidio. Charito la llamó, consternada. Acababa de advertir, sospechando el motivo, la retirada de Muñoz. Era su amiga de confianza y profesaba por él un sentimiento que ella no hubiera podido definir: mezcla de cariño fraternal, de instintiva simpatía y de admiración. Le atribuía las mejores cualidades y no dejaba de recordar que había egresado de la Facultad de Derecho con las más altas clasificaciones de su curso. Charito, abandonando por algunos minutos al joven de la voz amaricada, tomó las manos de Adriana y la miró con expresión sorprendida.

--¿Por qué te portas así? Es un muchacho que te quiere con lealtad, con pasión. No es tan fácil encontrar un amor como el suyo, tan verdadero, tan noble. Conozco muy bien a Muñoz y sé que no podrá soportar por mucho tiempo esas actitudes tuyas. Ya te vi con Castilla. Por más que Muñoz te ame, si tú le sigues poniendo a prueba de ese modo, un día te dejará. Con la muerte en el alma pero Muñoz te dejará.

Dijo con énfasis "la muerte en el alma" y aguardó un explicación. Pero Adriana miró a su amiga con cierta dulzura indiferente, de soslayo, y le prometió que en adelante sería más buena con Muñoz.

Charito González no era linda ni fea; sus ojos claros, más expresivos hubieran sido hermosos y muy elegante su silueta de ser ella más alta. En su modo y en su trato había esa ambigüedad y esa ausencia de carácter definido que parecían el fondo mismo de su persona. Vivía absorbida por el ambiente social, y para las fiestas de caridad era una secretaria activísima y no hallaba tiempo de cumplir con todos los compromisos que se imponía. Adriana tenía de ella una impresión semejante a la que le sugerían las personas de la familia de su tío Ernesto Molina: que carecía, en cierto modo, de verdadera alma. Pero cultivaba su amistad comprendiendo que en todo momento podría confiar en los buenos oficios de su discreción y de su bondad.

Ahora la divertía el tono afectado con que le reprochaba sus inconsecuencias con Muñoz.

--¿Me prometes--insistía--ser leal, quererle de verdad, prodigar en este amor tu corazón?

--Te prometo--respondió Adriana imitando su énfasis--no traicionarle jamás, prodigarle mi corazón.

Durante el resto de la velada se aburrió como nunca.

Al día siguiente fue a casa de las Aliaga. La acogieron con una alegría más abierta y cariñosa que la vez anterior y se manifestaron sorprendidas de que no hubiese vuelto antes. Algunos minutos después, continuando una conversación empezada cuando ella se presentó, la pusieron en antecedentes de un íntimo asunto de familia y la consultaron como si fuese la persona de más confianza y más allegada a la casa. Después Carmen, la menor, la llevó a su cuarto y le mostró, con mucho misterio, un diario de su vida que había comenzado a escribir.

--Tú eres la única que podrá leerlo, le dijo como encantada de su idea. Ellas ni siquiera saben que lo escribo. La que tiene un diario ya muy largo es Laura. Algún día que ella se descuide lo robamos y lo leemos juntas. Como a ella le han pasado muchas más cosas que a mí, y ha tenido una pasión y estuvo de novia...

Dijo esto con cierto aire de pesar, como envidiosa de Laura.

Carmen tenía unos veinte años, pero por ciertos modos ingenuos y por algo de frágil que en toda su persona había, aparentaba diez y seis. El color de las mejillas y de los labios parecía más vivo por la blancura mate de la cara y de las manos. Alguna asimetría de la frente se anegaba en el esplendor de los grandes ojos grises, que daban la impresión de ser negros, por la anchura de las pupilas. Esta belleza de los ojos era un rasgo que tenía de común con sus hermanas, como asimismo la extraordinaria y continua intensidad de la mirada, llena de alma.

Las Aliaga conocían muchos libros que Adriana había leído, se asemejaban a ella en ideas y modos de ver, deliraban por versos de amor y comentaban con sutileza las novelas francesas y rusas que les traía Julio. Parecían, por las conversaciones que solían tener acerca de las heroínas desdichadas, que ellas mismas hubiesen querido de alguna manera acompañarlas en la peregrinación de sus desventuras ideales. Había en ellas una sensibilidad extrema, y por afortunada despreocupación, no habían adquirido esa cultura literaria artificial, buscada, que generalmente falsea y con frecuencia anula en la mujer el tacto artístico. Por eso podían amar con naturalidad el estilo de ciertos autores y preferirlos a otros sin obedecer a sugestión alguna. Un hermoso libro, a veces una sola página escrita con gracia, les daba ensueño para muchos días.

Adriana sentía el contraste profundo de esta casa con el ambiente sin espíritu que había, por ejemplo, en la de Charito González o de su tío Ernesto Molina. Sin embargo, una parte del misterio que en su imaginación había circundado a las Aliaga, se fue aclarando, como los contornos de una figura que parece fantástica en la penumbra y luego a la plena luz cobra una realidad más simple.

Acaso la más linda era Laura. Unía la sensibilidad excesiva a cierta actitud de calma inalterable. Tenía un modo muy particular de distraerse súbitamente de la conversación, para quedarse mirando en el vacío; pero no con la expresión ambigua de todo el mundo, porque bajando la cabeza, sin bajar la mirada, el negro de las anchas pupilas se confundía con el negro de las pestañas, y entonces aquella mirada fija adquiría una profundidad llena indefiniblemente de tristeza. Adriana se acercaba a ella, solícita, y acariciándola y jugando con sus cabellos la interrogaba bruscamente, como para descubrir por sorpresa el secreto de sus pensamientos:

--¿En qué pensabas? ¡Dímelo, por favor!

Pero Laura, respondiendo sin hablar a sus caricias, sonreía con una dulce tranquilidad.

Se formó entre ambas una amistad delicada, estrecha, y sin embargo llena, en muchos puntos, de reserva. Ni la una ni la otra llegaban a la confidencia. Y mutuamente se perdonaban y hasta se agradecían esta reserva. A veces, después de alguna reflexión hecha al azar sobre la dificultad de hallar en la vida la felicidad del amor o sobre la grosería con que lo concebían los hombres, se detenían en el punto mismo de abrirse el corazón.

Adriana experimentaba, por primera vez, el sentimiento apasionado de la amistad. Laura la besaba como a una hermana y le enseñaba imágenes de santos bordadas en seda por ella. Sobre la cabecera de su cama colgaba un crucifijo labrado en marfil. Había en la habitación dos cuadros cuyo asunto era triste. Uno de ellos, titulado "L'Oubliée", figuraba dos amantes que se besaban cerrando los ojos mientras la muerte, un fantasma vago, invisible para ellos, se acercaba a contemplarles. Y en el otro cuadro, la pobre amante ya estaba de rodillas sobre la tumba y alzaba la cara mirando al cielo con sus grandes ojos claros, que por el exceso de la pena casi no tenían expresión.

Carmen se demostraba celosa de aquella amistad e interrumpía las pláticas de Adriana y Laura protestando:

--Hemos tenido la dicha de encontrar este encanto de amiga y tú te la quieres acaparar como si fuese únicamente tuya. Y comenzaba a charlar alegremente o traían un cuaderno en que había copiado versos, algunos en francés, y éstos ella exigía que los leyese Adriana, porque los decía con una admirable pronunciación.

Generalmente las Aliaga charlaban con volubilidad, proyectaban viajes, sin propósito ninguno de realizarlos y se daban bromas con jóvenes a quienes no veían desde largos años atrás.

Pero aquella superficialidad era ficticia, una delicada apariencia con la cual revestían, por un raro pudor, la profundidad y la inquietud de sus almas. Y así como Adriana misma, mientras hablaban y reían con ligera locuacidad sobre temas con frecuencia pueriles, soñaban interiormente sus cosas ideales; y como ella, también, vivían sin dejar transparentar el mundo de imágenes amorosas y de suaves ideas que las encantaban en la cotidiana meditación.

Alguna vez, cuando atardecía, abrían los balcones, que daban sobre la Avenida Quintana. Adriana se abandonaba a la dulzura de quedarse allí, anegada en sus propias ideas y en la vaga contemplación de esta calle solitaria, retraída del rumoreo cosmopolita con su elegante edificación de cerrados palacetes. Al extremo de la Avenida, el jardín de la Recoleta iba igualando los tonos oscuros de su arboleda tropical; y por encima, cerrando la perspectiva en la entrada del cementerio, la iglesia del Pilar, pequeña, simple, con algo de atónito en su distante apariencia: vieja capilla que la ciudad colonial desaparecida había dejado allí disimulada en la humildad de su encanto.

Adquiría todo esto tanta belleza muriendo la tarde y bajo el oro del otoño, que se ponían ellas pensativas. Adriana, ansiosa de amor, imaginaba idilios con Julio.

Entraban luego, cerraban las persianas y encendían las luces. Había en la gran sala un ambiente de intimidad y una elegancia sutil: el decorado, los tapices de tonos oscuros, los muebles severos y el conjunto de los pequeños objetos de adorno, se caracterizaban por una singular ausencia de cualquier detalle demasiado llamativo u ostentoso. Reinaba allí, como en toda la casa, una especie de suntuosidad sin lujo, traída naturalmente a través del tiempo y sometida al espíritu de sus moradores. Cosas de épocas diversas se avenían entre ellas con una gracia original. El arte antiguo de los pesados jarrones de cobre preciosamente trabajado, que figuraban dragones fantásticos sobre la chimenea de mármol negro, no parecía contradecirse con el arte ligero de una lámpara moderna que difundía, suavemente atenuada por el moaré de la pantalla, la luz de la bombilla eléctrica oculta en el esbelto pie de alabastro.

En una vitrina, grandes abanicos abiertos evocaban modas desaparecidas y transmitían la sensación encantada de los años en que se habían usado: algunos, enormes, estaban hechos con blanca pluma de garza sobre varillas de ébano; en otros era el plumaje negro y contrastaba pomposamente con el labrado marfil; y en los menos antiguos, alguna escena de pastores se pintaba sobre la indecisión de la seda ajada. Encima de la mesita de caoba cuyos bordes afiligranaba una incrustación de nácar, había un grueso álbum de retratos con el terciopelo de las tapas ya gastado, como felpa de viejo bargueño. La mayoría de los retratos se habían descolorido; en algunos apenas era posible distinguir otra cosa que el espectro de la imagen. La fotografía de la primera página era más reciente y en ella resplandecía, con el fino tipo de las Aliaga, una maravillosa cara de mujer, la madre de ellas. Más que su noble belleza, impresionaba el alma de los ojos, profunda, dulce, y su expresión singularmente parecida a la de Laura.

Este retrato ejercía sobre Adriana una especie de fascinación. Solía largamente contemplarlo. Entonces Zoraida o Carmen, con cierta suave violencia, se lo quitaban.

--¿Por qué? les preguntaba sorprendida.

Ellas callaban, mirándose.

Zoraida, que era música, solía sentarse al piano y ejecutaba con maestría motivos de Chopin o de Beethoven. A veces lo hacía como jugando, interrumpiéndose a cada rato por seguir la conversación de sus hermanas. Pero con frecuencia, exaltándosele la expresión del semblante, la idea musical la arrebataba. Entonces las otras enmudecían. Carmen, arrodillándose junto a Zoraida, la miraba con atención ingenua, y después, hacia las últimas notas, se oprimía el corazón y suspiraba sonriendo.

Por confidencias de Carmen, supo Adriana muchas cosas relativas a Zoraida, que la afirmaron en la suposición de que ésta, realmente, había sido objeto de la imposible pasión y causa del suicidio de su padre. En la infancia Zoraida se había formado un propósito tenaz: ser monja. Al principio eso fue motivo de broma en la casa y más cuando ella rompió sus muñecas para demostrar despego por los afectos del mundo. Tuvo luego, ya desde los catorce años, festejantes que la adoraron; a todos les rechazó. Inútilmente su padre, que aun vivía, resolvió sacarla del internado, donde seguramente alguna monja le había inculcado aquella idea mística tan singular en una criatura de su edad. Ella declaraba que su vocación era el convento adonde tarde o temprano iría para conformarse a los deseos de Dios que la llamaba. Más adelante comunicó tal propósito a su director espiritual, que la felicitó; también hizo voto de castidad y ya no quiso ocuparse sino de los trabajos que se impusiera como Hija de María. Cuando su padre murió, Zoraida cumplía diez y siete años; su decisión se hizo más ardiente que nunca. Fue preciso que Eduardo interviniera acerca del confesor. Este un día le declaró seriamente que debía obedecer a su madre. Zoraida, decepcionada, recurrió directamente a la superiora de las Salesas, quien la aconsejó de acuerdo con el sacerdote. Entonces su naturaleza extremosa se sublevó. Juró que abandonaría toda tarea religiosa, que no pisaría más el confesionario y que hasta dejaría de ir a misa.

--Y ese juramento--añadió Carmen--lo ha cumplido. Nunca siquiera nos acompaña a misa los domingos. ¡Qué raro! Ella dice, ahora, que para comunicarse con Dios no es necesario ir a persignarse en la iglesia delante de todo el mundo.

--¿Y tuvo más festejantes? preguntó Adriana.

--Sí, varios. Pero los despreció a todos. Cuando murió mamá, es claro, ella era la mayor y tomó el cuidado de la casa. Y oye...

Enmudeció repentinamente ante Zoraida que vino a sentarse junto a ellas.

--No sirves para disimular, Camucha. En la cara te adivino que le hablabas de mí--dijo acariciándola.--¡Indiscreta! Le habrás contado mi manía de ser monja.

Carmen, muy colorada, no atinó a defenderse.

--Pero no se lo creas todo, Adriana. Camucha es demasiado novelera. Aquello fue más bien fantasía de chica. Una verdadera vocación no se me habría pasado con la muerte de mamá, ni con los disgustos que se juntaron encima.

Y procuró convencerla de que aquello había sido una pura ingenuidad, un idealismo, por el pensamiento de que fuera de Dios nadie podría enamorarla nunca. Por otra parte el amor--ella estaba segura--sólo hubiera venido para su perdición.

Un día conversaron acerca de Julio, y Adriana escuchó sin perder palabra.

Carmen extrañaba de que nunca le hubieran conocido ellas ningún amor.

--No hay mujeres para Julio, murmuró Laura.

--Sería raro que no tuviera alguna pasión por ahí, añadió Zoraida.

Carmen protestó con tono de reproche:

--¡Raro! ¿Y acaso nosotras no nos parecemos a él? ¡Pensar que lo pasamos aquí tan escondidas y como olvidándonos de vivir! ¿Quieres creer, Adriana, que Zoraida nos está contagiando su enemistad hacia el mundo? Como no ha podido entrar de monja quiere hacer de esta casa su convento. Ya ni por motivos de caridad nos relacionamos con nadie. Días pasados vinieron a verla varias señoras, para pedirle que formara parte de una comisión de beneficencia. No lo consiguieron. A mí, el año pasado, me dejaron una alcancía para la colecta del 2 de Octubre. Has de creer que no tuve ocasión de pedirle su contribución a nadie. Y para no quedar mal nos vimos obligadas a reunir cada día todas las monedas que había en la casa, y registrarle los bolsillos a Eduardo, hasta conseguir poco a poco llenarla. Pero lo más grave es, para mí, que viviendo en esta forma una no tiene oportunidad de conocer mozos y hallar alguno a quien querer.

Y Carmen, con un modo ingenuamente lánguido, apoyó la mejilla en la palma de la mano abierta, y bajo la frente algo asimétrica sus hermosos ojos grises tomaron una expresión vaga; en la sombra de su meditación, miraba sonreír una cara que en la realidad no había visto nunca.

--Por mi parte, suspiró Zoraida, todos los días pido a Dios que no me traiga la ocasión de enamorarme. Laura intervino.

--¡Siempre tu misma manía!

--Con esas ideas extrañas--añadió Carmen--todas debemos hacer lo posible para quedarnos solteras.

--El amor, para nosotras, sólo puede venir como una desgracia, replicó Zoraida. Y la voz le temblaba.

Un día Adriana preguntó por Julio.

--¡Está aquí! exclamó Carmen. Lo dejamos arriba, con abuelita, cuando tú llegaste.

--Le pidió abuelita que tomara el te con ella, agregó Zoraida, y allí está Laura también. ¿Te has fijado, Camucha, con qué atención le escucha Laura, cuando él habla?... Es una suerte. Así, poco a poco, me irá perdonando...

--No, ella no se olvida de José Luis, ella piensa que José Luis hubiera sido el amor de su vida, repuso Carmen. No te puede perdonar.

Adriana, preocupada deliciosamente por la idea de que Julio estaba en la casa y que lo vería de un momento a otro, no fijó su atención en aquella frase de Carmen. Puso todos los sentidos en sorprender, sobre la cara de Julio, cuando bajara, la impresión que le haría volverla a ver. Sorprendió una expresión de júbilo, y en seguida una contradictoria mirada de tristeza. Con él bajaba Laura. Esta se adelantó y la besó en los ojos.

--Al fin se han vuelto a encontrar, después de un año, murmuró.

Se habló de música y de novelas. Laura, que no dejó un instante de observar a Julio, suspiró, volvió a besarla.

--Se me ocurre que ya te quiere, le dijo al oído.

Pero Adriana no podía escucharla. Miraba a Julio con los ojos un poco atónitos y sonreía con su sonrisa ligera.

VII

Pensó que una influencia oculta atraía sobre su vida el amor, aquel mismo amor que un año antes había visto brillar en los ojos de Julio.

Pero ahora este pensamiento no asociaba la dicha y tampoco la antigua esperanza. Volvió a verle y nada ocurrió. Una gran inquietud la invadía. Cuando él hablaba, fingía distraerse, le dejaba conversando con Zoraida y llevándose a Laura al otro extremo del salón, se ponían a hojear el álbum de los retratos abierto sobre la falda de ambas. Sentía, sin saber por qué, la necesidad de mostrarle indiferencia. Sin embargo, no advertía en Julio señal alguna de que esta actitud le afectara. "Hoy se ha marchado--pensaba--sin saber a qué atenerse con respecto a mí... Desgraciadamente, yo estoy en el mismo caso"... Y comenzaba a dudar de la pasión presentida. ¿O andaría él tal vez enamorado de Laura...?

Julio no era el mismo que reapareciera tantas veces en su memoria; su recuerda había sin duda trabajado los rasgos de aquella cara, sus gestos, sus actitudes mismas, prestándoles una indecisión que no tenían, ahora, aquella frente tan recta desde la raíz de los cabellos hasta el arco de las cejas, y aquellos ojos que solían quedarse mirándola, durante un rato largo, con naturalidad. Era otra cosa, también, su manera de entrar, decir saludando algunas palabras distraídas, y luego, sentándose con las manos en los bolsillos, quedarse pensativo y como si estuviese completamente solo. Adriana se preguntaba por qué no había ya, entre él y ella, la locuacidad amable de la tarde que se habían conocido. A veces una frase de Julio parecía, sin embargo, buscar la intimidad y la confianza; algo invisible la impulsaba entonces, más que nunca, a burlar la adivinada intención. Burlarle aunque tal victoria le costase la felicidad de su vida. Y no se explicaba a sí misma la razón oscura de este deseo. Porque sufría al pensar que él pudiera sufrir.

A medida que le iba conociendo más, menos podía substraerse a un sentimiento de ternura entrañable y más doloroso le era fingir la vaga despreocupación.

--Cuando tú estás, le decía Carmen, Julio apenas conversa, lo mismo que tú. ¡Ah, si pudieras oírle cuando se anima y cuenta el argumento de alguna comedia o habla de cosas ideales! ¡Con qué atención nos quedamos escuchándole y deseando que no termine nunca! Engaña mucho esa frialdad que tú le ves. Es nuestro mejor amigo, nuestro único amigo, porque a los muchachos parientes que suelen venir, ni los tenemos en cuenta. ¡Julio nos entiende tanto! ¿Quieres creer que yo, a él, le confesaría lo que ni a Laura ni a Zoraida podría decirles nunca?

Y estas noticias embargaban completamente la imaginación de Adriana.