Adriana Zumarán (novela)

Chapter 3

Chapter 34,022 wordsPublic domain

--Efectivamente, sin que se pudiera advertir demasiado tu intención, pusiste su libro en la picota. ¡Qué bien hablaste! A cada objeción y a cada pregunta capciosa que te hacía, para encerrarte, tu respuesta tranquila era un mazazo. Al último se puso furioso, con gran contento del profesor de Derecho Romano, que tenía contra él una rivalidad antigua en el Consejo Académico. Y quiso obligarte a reconocer ciertos principios que él afirmaba incontrovertibles. Tú le pediste permiso para citar un texto de no recuerdo qué autor antiguo. Me parece oírle vociferar,--pegando un puñetazo en la mesa: "¡Esa no es la doctrina moderna!" Le contestaste que a tu juicio los modernos no pueden sentir y comprender el valor de las leyes con la ciencia de los atenienses o los romanos, que las vivían, las dominaban y sabían por eso apartarse de ellas sin apartarse de la justicia. El profesor de Derecho Romano te aprobaba con la cabeza. Pero López Azúa se te quedó mirando como si hubieras dicho el mayor de los disparates.

--Sí, creyó tenerme ya entre las garras. Me preguntó muy alegre: "¿Apartarse de las leyes sin apartarse de la justicia? ¡Entonces las leyes en Atenas y en Roma eran injustas!"

--Y tú le contestaste que no, porque las leyes, hasta las más lógicas y eficaces, son relativas con respecto a la justicia. Te desafió entonces a que citaras un solo caso en que los romanos se hubieran apartado de una ley lógica sin apartarse de la justicia. Allí su derrota fue completa, porque le replicaste en seguida: "Leyes lógicas y justas condenaban como un delito el proceder de Cicerón en el asunto de Catilina. Pero él juró que había salvado a la República y el Senado le declaró, con justicia, Padre de la Patria". El profesor de Derecho Romano por poco no se levanta para abrazarte.

Después de recordar ambos otras incidencias de la pasada vida estudiantil, Julio le invitó a contar el motivo de su preocupación. Haciendo un esfuerzo para reunir sus ideas, comenzó Muñoz a referirle su pasión, pero evitando pronunciar el nombre de Adriana. Julio le escuchó al principio con su habitual modo distraído; alzaba la copa diminuta, mirando al trasluz el licor. Entonces Muñoz se interrumpía:

--¿Me escuchas, eh? ¿Me escuchas? Y le renacía contra su compañero de otro tiempo la antigua hostilidad. Pero viéndole sonreír y ponerse por un momento en actitud de gran atención, siguió hablando, sin preocuparse ya de él y conformándose con hablar para sí mismo. Experimentaba algo así como la embriaguez de sus recelos y de su angustia. Relataba los episodios desconcertantes con fidelidad minuciosa, y de vez en cuando se detenía, azotado por la visión repentina de Adriana bailando con el otro.

De pronto advirtió que Julio le miraba con una atención reconcentrada. En ese momento refería la extraña conducta de Adriana, sus apasionadas cartas de amor y la indiferencia burlona con que le recibía luego.--¿Te figuras, prosiguió con la voz alterada, poniendo una mano sobre el brazo de Julio,--te figuras la desesperación que debe provocar semejante criatura? Una vez, cuando yo no había perdido enteramente la voluntad, decidí dejar de verla, huir de Buenos Aires. Porque sentí que esta muchacha sería mi perdición. Compré pasajes para Europa. Pero recibí una carta suya. Me decía, con palabras finas, incomparables, con una suavidad delicada, y como rendida a mí, que al menos le dejara la dulzura de verme y hablarme por última vez. ¡Ah! ¿Por qué me llamaba así? Fui. Sus ojos estaban húmedos. ¿Había llorado? No sé; al verme se rió por largo rato. Esto sucedía en casa de Charito González. Tú supondrás que se reía de júbilo por la idea de que yo desistía del viaje. No, se reía como siempre, se burlaba. No dijo una sola palabra concordante con su carta, no insinuó siquiera que había de quedarme; sólo murmuró, distraída, como pensando en otra cosa, que no debía guardarle rencor; mientras yo estuviera ausente me recordaría algo, no mucho, porque ella era mala y también incapaz de un verdadero amor; y agregó que tal vez sería mejor termináramos para siempre toda clase de relación, porque ella con seguridad, tarde o temprano, se enamoraría de otro. Y lo decía con una expresión muy ingenua, había algo como una gracia en su maldad, algo imposible de describir; yo tuve un vértigo y rompí los pasajes echándolos a sus pies. Sentía su hermosura envolverme como una llamarada. ¿Sabes dónde está ella, en este momento?... Si yo quisiera... ¿Ves cómo tiemblo? Cuando te encontré, venía de allí... venía de verla y conversar con ella... Sí, esta noche, en casa de Charito González, no hace media hora, tuve el mismo vértigo, me envolvió la misma llamarada. Y ahora ya no soy dueño de mí, todo lo que me pasa y todo lo que hago viene como arrastrándome y como aplastándome.

Se cubrió Muñoz la cabeza con las manos abiertas, los codos sobre la mesa, y suspiró. En el rostro de Julio la mirada tranquila tenía una expresión de piedad para su amigo de otro tiempo.

Mientras así le consideraba en silencio, un precipitado ruido de pasos se aproximó, por el corredor que llegaba hasta el saloncito, y una voz impaciente gritó: "¿Pero dónde diablos se ha metido?" Era Castilla.

--Ya, ya,--respondió la voz de un sirviente gallego.

Muñoz se levantó bruscamente y cerró con violencia la puerta. Afuera cesaron al instante las risas y la animación del grupo. Castilla llamó, dulcemente.

--¡Una palabra, Muñoz, nada más que una palabra!

Y a través de la puerta le explicó que en casa de Charito le había buscado para salir juntos, que la tonadillera quería verle a toda costa y que él se había comprometido a llevarle.

--¡Es un caso de gran pasión!--gritó uno de los compañeros de Castilla.

--Si no vas te tomará por un marica.

--Y nosotros también.

Otro hizo un chiste que provocó carcajadas ruidosas, y como Muñoz no respondiera, comenzaron a dar fuertes golpes en la puerta.

Al fin se alejaron, repitiendo las alusiones chistosas y algunos comentando seriamente la extraña transformación que había operado en Muñoz la neurastenia.

--¡Charito González!... murmuró Julio ensimismado. Conocí a una amiga íntima de Charito González... Adriana Zumarán. La traté una sola vez, pero comprendí que es un ser excepcional.

Muñoz, incorporándose bruscamente, le miró con una indefinible expresión de desconfianza; le vio sonreír ligeramente. Se levantó alterado, y comenzó a pasearse por el saloncito. Luego llamó y pidió su abrigo; pensaba que Julio, al tanto de toda su historia, respondía a sus confidencias con una crueldad irónica, y esto le lastimó.

--¡Tú no debes burlarte! ¿Oyes?--gritó tomando del sirviente el abrigo y el sombrero. Y sentía crecer oscuramente su hostilidad contra Julio.

Este le miró, muy serio, y le aseguró que no tenía ningún deseo de burlarse; por el contrario, compartía su sufrimiento y le compadecía con sinceridad.

Muñoz volvió a sentarse, y después de un silencio largo, acercándose mucho a Julio:

--No sé adónde me llevará todo esto... Pero te aseguro que ya no soy dueño de mí. Si alguien se interpusiera entre ella y yo... Es horrible, es algo que me acerca a una brutalidad inferior, a los casos de impulso ciego, inconsciente, de la gente del pueblo... los crímenes pasionales que registra todos los días, en los periódicos, la sección "Policía", el suceso común del hombre que se ha enamorado de una criatura de quince años, de clase humilde como él, la ha festejado y perseguido con insistencia desesperada, bestial, contra la oposición de los padres y la completa indiferencia de ella; y un día se pone en acecho, como una fiera; cuando ella sale, para hacer algún mandado, la detiene. En la crónica suelen mencionar todos estos detalles. La requiere por última vez, le exige una contestación definitiva; luego, rápidamente, le dispara un balazo a boca de jarro, o desnuda un cuchillo y se lo hunde ferozmente en el corazón.

--Y la crónica,--dijo Julio--agrega casi siempre: "El homicida volvió luego el arma contra sí mismo, ocasionándose una herida, de cuyas resultas falleció minutos después". Pero como tú dices, esa manera de sentir y entender el amor pertenece a seres en quienes la agitación del instinto no se ve dominada por la serenidad del espíritu.

--Pues bien,--replicó Muñoz--te aseguro que yo ahora suelo sentir algo así, hervir en mi naturaleza y en mi sangre el ansia del crimen pasional y subir esta ansia, brutalmente, hasta mi corazón. Y sin embargo, yo desciendo de gente convencional, ceremoniosa, acostumbrada a vivir disimulando y reprimiendo todo impulso antisocial. Pero ahora, te lo juro, ¡yo mataría, con puñal, como un hombre del pueblo!

Julio, saliendo de su tranquilidad, repentinamente, puso una mano sobre la muñeca de Muñoz y se la oprimió con un movimiento nervioso:

--¿Estás seguro, en todo caso--le interrogó--de que le tienes verdadero amor? No, no me mires como si te preguntara algo desatinado. Es que tú no has pensado nunca en esto... Si experimentas una angustia tan brutal, todo pasará y no te quedarán después sino las cenizas...

--No te entiendo... no puedo entenderte.

--Si tu pasión arde así, con esa violencia, quemándote la carne y la sangre, no viene de tu espíritu, sino de tu naturaleza agitada, convulsionada. Te has entregado, ciegamente, a un sentimiento que tal vez cualquier otra mujer te hubiera inspirado también. El amor, el verdadero amor del hombre, es algo ante todo espiritual; los sentidos sufren su influencia, a veces de una manera violenta, pero sin avasallar al espíritu nunca.

--Basta, Julio, basta, en estas cosas está demás razonar... Déjame desahogarme... Si ella fuese de esas criaturas inconscientes, pura irreflexión, pura coquetería, todo lo que hace sería cien veces más perdonable. Pero no, es inteligentísima, más que cualquiera de sus amigas. No, no es una irreflexiva; por el contrario, parece que siguiera el hilo de mis ideas y adivinara todo lo que pienso. Ella sabe hasta qué punto sufro, y no le importa. Cuando considero lo que me ha hecho pasar, la imagino de una maldad que no se concibe mayor. ¡Y sin embargo, a veces, su cara distraída tiene una expresión tan buena! La duda de cómo es ella, realmente, me enloquece tanto como la duda de su amor.

V

--¿Quieres que te explique lo que pienso?--dijo Julio con cierta gravedad. Hay una relación directa entre tu asunto sentimental y algo... Yo no soy un indiferente, como tú acaso supones; al contrario, siento las cosas de una manera demasiado íntima... En fin, no es esto lo que interesa ahora... Se trata de esa criatura, es decir, de las criaturas desconcertantes que uno puede encontrar aquí, en Buenos Aires... Si no te sientes capaz de afrontarla, has hecho mal en romper tus pasajes... A propósito, no me has dicho quién es...

Se avivó la expresión de desconfianza en la cara de Muñoz.

--No, no importa,--dijo apresuradamente Julio. Y hundiéndose en el sillón, continuó, como abstraído:--Ninguna mujer como la porteña, suele tener el alma tan lejos de su apariencia, tan distraída de sus actitudes, de las palabras que dice, de su mismo carácter, tan recogida, por decirlo así, en una oscura vida interior. Es profunda y pasiva como la mujer oriental, pero sin duda con una espiritualidad incomparablemente más fina, con más inteligencia y más significativa intimidad de sentimientos. Todo lo que en la oriental es vago, demasiado confundido con el instinto, se realiza maravillosamente en nuestras mujeres, sin salir aún de la penumbra. No llega todavía su intimidad a desteñirse bajo la luz violenta de la cultura uniformadora... ¿Habrás notado que las europeas cultas se parecen todas entre sí?... Hay, por lo menos, un cierto tipo de mujeres porteñas que no hallarás reflejado en ninguna literatura y que te sugiere cosas indecibles. Acaso algunas heroínas de Dostoiewski y de Tolstoi pudieran considerarse como una equivalencia. Pero son otra cosa. Si vamos a la mujer de Francia, tan refinada y que en algunos tipos deliciosos llega a ser exteriormente perfecta, ¿hay sin embargo, entre todas las heroínas de sus grandes escritores realistas, alguna que te sugestione por sí misma, por la expresión de una fisonomía interior inconfundible? Madame Bovary no tiene sino una personalidad artificiosa, producto casi material, por decirlo así, del ambiente, la época, las mil influencias que Flaubert analiza con sagacidad prodigiosa y que han absorbido en realidad toda la espontaneidad de la mujer. Renée Mauperin, de los Goncourt, otro producto, otra mujer tan deliciosa como generalizada y vulgar. Y esa Madame Martin de "Le Lys Rouge", ofrecida al mundo como el tipo de la parisiense exquisita y superior, ¿es acaso otra cosa que un admirable afinamiento de las cualidades comunes, exteriores, visibles, traídas por la cultura de las costumbres y la influencia de los libros que ella ha leído? Su mundo interior es armonioso, claro, limitado. En cuanto a la mujer española... La de los grandes tiempos místicos ha desaparecido; ha resucitado aquí, revestida de un esplendor nuevo, transformada, única, en este ser extraño, en esta clase sentimental a que pertenece sin duda la criatura que te ha enloquecido. Y te ha enloquecido porque no la conoces.

--¡Tú sabes quién es!--interrumpió Muñoz irritado.

--Ah, seguramente supones--prosiguió Julio--que ella es la única así. Piensas, además, que su actitud para contigo obedece a perversidades incomprensibles. Pero las cualidades y el carácter de estas porteñas desconcertantes, no son, como en la mujer europea, manifestación natural del espíritu, sino una pura apariencia, un delicado disfraz. Algunas lo llevan durante toda la vida. Cierto recato místico y una profunda pasividad las obliga a ocultarse así. Sus ensueños se diluyen en la voluptuosidad interior, semejante a la que hizo delirar en otros tiempos a las santas de España con una inacabable dulzura en los sentidos y en el alma. La época moderna, las costumbres cosmopolitas y todo género de sugestiones han conspirado sin duda para apagar el ardiente atavismo. Algunas generaciones más y esta mujer habrá tal vez desaparecido. Las Renée Mauperin y las "intelectuales" y las partidarias de Debussy, irán poco a poco absorbiéndola, matándola.

--Sí, Juanita Sánchez, otra amiga de Charito, la habrás oído discutir sobre Debussy.

--Imagínate mientras tanto, continuó Julio sin atender la interrupción de Muñoz, a una de esas muchachas que guardan oculto el secreto de su alma. La vida le da un esposo al azar; su misma pasividad ha contribuido para que ella lo acepte sin llamar a juicio sus dulces imaginaciones; es un hombre a quien cobra luego el afecto natural que le inspiran los otros miembros de su familia. La va trabajando el hábito, se olvida de sí misma, se resigna inconscientemente a la trivial realidad que el destino le depara. Sus necesidades espirituales son tan hondas como su incapacidad para resistir el ambiente que la rodea. Pesa sobre ella el fatalismo ancestral. Renuncia, sin comprender nada a ciencia cierta, a la vida del amor que sin embargo seguirá murmurando en su corazón; y va viniendo así el olvido sobre su mundo interior apasionado. Ya el amor llega a tomar para ella una forma solamente ideal, cosa de la fantasía, romanticismo, sueño de poetas. Lee todavía con delirio a los escritores ardientes, y en las novelas simpatiza sin vacilar con las heroínas culpables; pero generalmente rehuye la sola suposición de una relación ilícita en la vida misma. Para esta resignada y piadosa criatura, el pecado es un fantasma sombrío que la asusta. Es preciso que concurran circunstancias singularmente favorables para que de pronto lo arrostre. Pero entonces también acepta la tragedia. Figúrate a una de esas jóvenes señoras en la paz de su hogar. La rubia cabeza de un niño se aduerme sobre su seno; se diría otra Virgen con otro niño Jesús. El aire que en derredor de ella se respira parece impregnado de virtud. Un velo de religiosa castidad cubre la hermosura lánguida de su cara. Su sencilla actitud es una oración. Pero hay sobre los párpados recaídos tanta sombra, es tan puro el óvalo de su rostro, que de pronto experimentas un sobresalto: es el miedo de profanar con un deseo, acaso principio de una pasión tan profunda como imposible, la religiosidad del santuario. Y te apartas, huyes de aquella presencia como el ladrón sacrílego sobrecogido en la iglesia por la expresión de las imágenes que le miran desde sus nichos. Y más tarde piensas: "Si la hubiese conocido cuando ella tenía quince años, si hubiéramos entonces hablado en una familiar confianza, ¿habría ahora ese recato de matrona sobre sus ojos, esa absoluta indiferencia para cualquier motivo de conversación que implicara siquiera la tímida curiosidad de su secretos íntimos, de los sueños que halagan sus horas solitarias?"

Muñoz escuchaba a Julio con intermitencias; la sugestión de sus palabras alternaba en su espíritu con la angustia punzante de su amor encelado; se imaginaba a su novia casada con otro, un niño rubio en los brazos y recatada como la Virgen. Y una risa sarcástica se escapó de sus labios.

--Pero las circunstancias, prosiguió Julio, te ponen en la ocasión de verla con frecuencia. Nunca de tus labios se escapa una palabra que pueda traicionarte. Ella adivina, sin duda, lo que pasa en tu corazón, aunque sería inútil que buscaras en su actitud, en su trato, en sus palabras, el más ligero indicio de ese conocimiento. Acaso tampoco tenga ella la hipocresía de manifestar por su marido un amor que no le tiene. En cambio, te dirá que en su corazón hay una idolatría constante que la deja llevar con resignación las penas de la tierra: Dios y la Virgen. Te regalará una crucecita, una estampa o una medalla, para que las lleves como una protección contra la desdicha y contra la tentación del pecado.

Pero una noche, por incidencia casual, has quedado solo con ella en el comedor. Los sirvientes han levantado la mesa, se han marchado. Es noche de invierno; en la chimenea una llama azul oscila entre los carbones. Ella conversa con más locuacidad, de mil asuntos, de la novena próxima, de un libro por demás liberal o cuyo argumento le parece inverosímil. Su conversación es sencilla, demasiado sencilla. Luego te escucha a ti; y la mirada atenta y buena tiene una pureza absoluta. "¿Qué significa, te preguntas, esa inconsciente virtud que protege sus hechizos?" En tu recuerdo no hay ahora una mujer comparable a ella. La miras como a un ser sobrenatural. De pronto, durante un minuto de silencio, estalla un lloro lamentable. Es en la estancia contigua, el niño. Ella corre, sobrecogida como tú. Al poco rato el niño se ha dormido. La madre ha cubierto a medias con la colcha su carita rosada, te ha llamado para que le contemples y admires. La casa entera parece desligarse del mundo y sumergirse en una gran quietud. Te dejas invadir con cierta amarga voluptuosidad por el romanticismo de la escena, en esta penumbra prohibida. El reloj da las doce, sus campanadas suenan como atónitas. Es tiempo de que te marches. Pero tú vives como en una atmósfera irreal, tu razón y tu voluntad ya no cuentan para nada. Repentinamente el deseo sobresalta tu corazón con una extraordinaria violencia; caminas hacia la pieza contigua con ánimo de huir, pero en seguida te vuelves. Ella, en ese momento, se inclina sobre la cuna; el claror de la lámpara pone una línea de luz en el perfil de su cara y otro en la finura del cuello; inclinada así, su cuerpo parece más largo y más lánguido. Un poder extraño te mueve hacia ella; tienes al mismo tiempo la sensación de caer en un abismo y escuchas como carcajadas lejanas de un espíritu maligno, que quisiera atraerte una irreparable condenación. Has tomado, sin comprender cómo, las manos que ella apoyaba en el borde de la cuna. Sobre sus ojos ves brillar la sorpresa y el terror; pero ella advierte que tus manos tiemblan oprimiendo las suyas, que también te altera la emoción del terror, que tus ojos se llenan de lágrimas. Nada conmueve el dulce silencio de la casa. Has querido hablar y un sollozo te ha cortado la palabra. La idea de profanar el santuario te incita, te enloquece, y de pronto tomándola en los brazos, la cubres de besos insensatos. ¿Y ella? La imagen del amor irradia sobre el Pecado, la virtud cae como un vestido que se desciñe, ¡y aquellos ojos divinos se entornan ahora como alucinados por la explosión de una gran claridad!

Julio calló.

--No se puede negar que tienes imaginación, murmuró su amigo.

--¿Imaginación? No, la realidad es mucho más interesante y terrible de lo que podríamos imaginar. ¿Conoces a las Aliaga? No, no las habrás tratado porque no salen nunca. Es una familia predestinada. El padre murió hace muchos años; la viuda, joven todavía, fue causa del suicidio de... de una persona cuya muerte pasó como causada por un accidente; un hombre casado; hay una hija suya que es extraordinaria... Este señor y la viuda de Aliaga eran amigos desde la infancia; creo que habían sido novios y cuestiones de familia deshicieron el compromiso. Pero desde poco tiempo después que el señor Aliaga murió, visitó la casa asiduamente, sin dejar sospechar el sentimiento que le iba dominando y llevando a la perdición. Solía ir con su hijita mayor, esa... la que no te quiero nombrar. Cuando la viuda comprendió la pasión de su antiguo amigo, le cerró consternada las puertas de la casa. Ese mismo día, él se disparó un tiro en la boca.

Pero el caso más espantoso y más triste ocurrió poco después, con una prima hermana de la viuda de Aliaga, casada joven, demasiado joven, con un señor que era entonces político conocido y persona muy influyente. Ella conocía a un muchacho... ¿te acuerdas de Isidro Acosta, aquel muchacho escritor que estaba en la Facultad cuando nosotros empezábamos el bachillerato? Se enamoró locamente de esta señora, que era algo pariente suya. Le pidió ella un día, llorando, con las manos puestas sobre las cabezas de sus dos hijitos, uno de cuatro, otro de tres años, que no la buscara más. Acosta hizo todo lo posible para ahogar su pasión, viajó por el Paraguay, se fue después a Europa; pero volvió, triste, más enamorado que nunca. Apenas llegó le mandó una carta escrita con sangre; se consagraba a ella decidido a morir. La pobre se asustó, parece que le correspondía en la intimidad de su corazón, aunque sabía ocultarlo y dominarse y había puesto una lápida sobre sus sentimientos culpables. ¡Ah! ¡Estas lápidas de olvido! ¡Cuántas mujeres porteñas han atravesado la vida melancólica hasta una noble ancianidad, plegadas por la virtud a la rutina cotidiana, distraídas por el cariño a los hijos, mientras un amor del pasado se ha ido muriendo como una claridad pálida en sus almas! Y no creas que las idealizo... ¡Oh, no...! Te sigo contando. Pocos días después de escribirle Acosta esa carta, que ella no le contestó, la encontró inesperadamente en casa de las Aliaga. Hablaron; él se puso a llorar como un chico, y esa tarde, sintiendo el vértigo de una pasión que concluiría por vencerla, buscó la única solución salvadora. Vivió todavía horas de sombría sublimidad. Su marido, que no la hablaba y ya sospechaba algo, la encontró por la noche arrodillada junto a la cama en que sus dos hijitos dormían. Al otro día, después de empapar sus ropas en aguardiente, se acercó al fuego de una estufa. Alcanzaron a verla caer alzando los brazos, gritando en medio de la llamarada. Cuando corrieron para socorrerla, escapó despavorida, y volvió a caer ya carbonizada. ¿Puedes imaginarte horror semejante? Parece que realizó el acto en un estado de absoluta lucidez. Piensa que la pobre, por una extrema exaltación de su virtud, sintió la necesidad de morir así, abrasada, para purificarse, para consumirse en el fuego con los vestigios de su pecado.

Julio Lagos se levantó; había referido aquello con la voz alterada y estaba pálido. Muñoz le miraba con asombro; tuvo la misma sorpresa que experimentara, algunos años antes, cuando en la clase le oyera discutir apasionadamente con el profesor. Julio se encogió de hombros.