A los pies de Venus (los Borgia)

Part 7

Chapter 73,831 wordsPublic domain

Huía de Rosaura, inventando pretextos para no ir con ella á Cannes, Niza ó Monte-Carlo. Luego, sin causa cierta, mostrábase celoso, suponiéndola coqueteos é intimidades con los amigos que habría encontrado en dichas fiestas, aprovechando su ausencia.

--¡Pero si eres tú quien no ha querido acompañarme!--protestaba Rosaura.

No impedía esto que Claudio, con el ilogismo de su irritación nerviosa, insistiese en sus quejas injustas.

A los pocos días empezó ella á mirarle con estudiosa insistencia, reflejando cierto asombro en sus pupilas de mirar profundo, como si hubiese descubierto dentro del pensamiento de su amante ideas inesperadas. También se mostró otra en su trato diario, permaneciendo silenciosa cuando quedaba á solas, siguiendo á Borja con una mirada interrogante así que le volvía la espalda para alejarse.

Algunas veces, como resultado de internos soliloquios, movía Rosaura la cabeza, sonriendo al mismo tiempo con amarga expresión. Veía llegar algo que le había hecho sufrir, en ciertas ocasiones, un instante nada más, alejándose á continuación como el aleteo de gasas negras de un murciélago perseguido... «Demasiado joven para mí.»

¡Haberse embarcado en esta pasión ardorosa é incierta, cuando la vida le ofrecía tantos amores fáciles y gratamente desiguales, pudiendo verse adorada lo mismo que el ídolo cruel é injusto que nunca ve disminuir los fanáticos prosternados á sus pies!... Conocía los peligros que hace arrostrar una primera juventud á las mujeres que se fían de ella, una juventud siempre agitada por el deseo del más allá. Venus recién surgida de la espuma de las ondas sólo representa para un amante de veinte años el día actual, el triunfo del momento. En esa edad crédula se espera siempre, y la esperanza va acompañada de ingratitud. «Mañana aún se presentará algo mejor», piensa la petulancia juvenil. Sólo el amante en plena madurez sabe el valor del «hoy», y lo aprovecha, agradeciendo su fortuna presente. «Guardemos lo que me da mi buena suerte y procuremos no perderlo.» Este era el amor sumiso y agradecido que necesitaba ella.

Al fin le resultaron intolerables los largos mutismos de Claudio, sus celos sin causa, seguidos de apartamientos que le dolían como menosprecios. Dejaba de acompañarla á las fiestas, no venía en busca suya á Monte-Carlo, y luego sus amigas lo encontraban paseando á solas por la orilla del mar. Otras veces le veía volver cansado y polvoriento de excursiones á pie por los Alpes, emprendidas sin razón alguna. Era necesaria una explicación entre los dos.

Sintió resquemores de mujer agraviada, y el orgullo era en ella tan intenso como las vehemencias de la sensualidad. No podía comprender el amor sumiso, hecho de sacrificio y anulación voluntaria, que gustaba á otras, como un placer pasivo.

Ella misma buscó la deseada explicación, alegando una ligera jaqueca para no salir de su casa. Prefería pasar la tarde en el jardín, ocupando un profundo sillón de junco, relleno de cojines pintarrajeados, en la parte más alta de aquella sucesión de mesetas floridas que iba á perderse entre las rocas de la costa.

Empezaba á atardecer. El mar brillaba irisado, con reflejos de madreperla. Era un Mediterráneo falto de buques, un infinito líquido sin nada que rompiese el nácar de su inmensa y plana superficie: ni una ola, ni una vedija de espuma, ni una vela.

A espaldas de la casa elevaban los Alpes sus cumbres amarillas y verdes, con turbantes nebulosos, blancos como algodones, que empezaban á empaparse en la sangre clara del ocaso. Parecía más pesada la atmósfera á causa de su inercia. Esta calma lánguida, suspirante, de un rosa pálido, hacía recordar el descanso fatigoso y dulce á la vez, falto de ensueños, que sigue á los grandes excesos de amor.

Ocupaba Claudio un taburete de junco á los pies de Rosaura, la cabeza baja, la frente ceñuda, adivinando la próxima explicación, sintiendo miedo y deseo de ella. Fumaban nerviosamente dorados cigarrillos, y una atmósfera con leve perfume de opio ahuyentaba á las mariposas y otros insectos acorazados de colores, quitándoles parte del espacio saturado de miel vegetal, que era suyo en el resto del día.

Habló ella de pronto, con decisión:

--¿Qué piensas?... ¿Qué tienes?... Eres otro desde hace algún tiempo. ¡Habla! Entre nosotros debe existir una franqueza absoluta. Nada nos une que no pueda romperse... ¿Es que te cansas á mi lado?

Claudio empezó por balbucear, como si no encontrase palabras apropiadas para el disimulo de su pensamiento, y al fin dijo con voz sorda, sin levantar la cabeza:

--¡Tanto tiempo aquí!... Sé bien que no es mas que un año, y me parece una vida entera... Nada de luchas; nada de deseos. Todos los días son iguales; todo es lo mismo. Es verdad que mi existencia no conoce el invierno ni las penas, pero tampoco hay para mí primavera ni regocijo de vivir.

Sonrió Rosaura irónicamente, fijando los ojos en su amante, que continuaba con la cabeza baja, sin atreverse á mirarla.

--Ahórrate imágenes y palabras rebuscadas. Di toda la verdad. ¿Te sientes fatigado de mí?...

Borja levantó la cabeza, mirándola á su vez directamente. Ya no mostraba la indecisión del que dice mentira. Sus palabras tenían el calor de la sinceridad.

--No; te amo como antes, como te amaré siempre, y á mi pasión se une un intenso agradecimiento. Tú me hiciste conocer felicidades que nunca había sospechado, y gracias á tu amor me he creído igual á los dioses. Pudiste escoger entre los hombres más famosos; una de tus miradas habría bastado para hacerlos correr hacia ti en ardiente rivalidad, y sin embargo, te fijaste misericordiosa en mi persona humilde, elevándola hasta la altura de tu belleza.

Calló Borja un momento, y al notar en los ojos de ella una expresión interrogante, no pudiendo sin duda armonizar tales palabras de pasión con el desaliento de sus gestos, continuó, como si se excusase:

--Tú eres digna de un dios, de un héroe; yo no soy mas que un mortal lleno de debilidades, y el corazón del hombre es siempre cambiante. A tu lado hay demasiada felicidad para mí; una paz olímpica. Y tal vez por eso mismo necesito la lucha, el sufrimiento, y te digo como el poeta, en las delicias de la Venusberg: «Diosa, te amo... Déjame partir.»

Rosaura volvió á mirarle con una expresión irónica, y repuso ásperamente:

--Di más bien que te has cansado de mí. He hecho cuanto he sabido por alegrar tu existencia, y tú me lo agradeces con un menosprecio que disimulas bajo hermosas palabras. Está bien... Es el castigo que me impone la suerte por haber sido débil. ¡Quién me hubiera dicho que un hombre iba á permitirse la insolencia de abandonarme, cuando tantos me buscaron!...

Se apresuró Claudio á interrumpirla, no pudiendo aceptar su errónea interpretación:

--Siempre será feliz el hombre á quien hagas la regia limosna de tu amor. Conocerá la más ardiente de las embriagueces: transportes voluptuosos que sólo gustaron los inmortales. La felicidad que tú das va más allá de las felicidades que dispensan las otras. Sólo el que tú distingas con tu amor podrá haber apreciado la verdadera potencia de los atractivos de una mujer. Cuantos placeres encuentre yo en la tierra inmensa durante los años que aún me quedan por vivir no serán nada comparados con los que conocí al lado tuyo.

Otra vez cambió de tono, añadiendo con un acento triste de excusa:

--Pero hay algo en mí que me arrastra muy lejos y no puedo resistirme á sus mandatos; un ansia de libertad absoluta, de vida pobre y modesta, de aislamiento casto y estudioso. Quiero ser alguien, quiero que mi vida tenga una finalidad. Necesito trabajar; necesito sentir deseos. Aquí lo tengo todo. Debo salir de este encantamiento feliz... Yo volveré, arrepentido, á implorar tu perdón, y tú me tratarás como quieras; pero ahora te repito lo mismo: «Rosaura, te amo... deja que me marche.»

Siguió ella mostrándose indecisa ante las palabras contradictorias de su amante: ensalzando su amor y queriendo al mismo tiempo huir.

--Estás loco--dijo--. Hace días que noto el desconcierto entre tus palabras y tus acciones.

Y añadió inmediatamente, con una expresión celosa en los ojos y la voz:

--Tal vez ya no te gusto y te parece preferible alguna amiga mía. Te has entusiasmado ¡pobre hombre! por cualquiera de estas señoras pintadas como un cuadro y de historia larga que coquetean en la Costa Azul. ¡Hacerme eso á mí!...

El no dejó que terminase sus quejas. Había cogido sus dos manos amorosamente; avanzaba la cabeza hacia ella cual si pretendiese besarla; mas la dama, ofendida, rehuyó el encuentro de sus labios.

--No, Rosaura--dijo el joven--. Jamás fuiste tan hermosa como ahora... Sólo te amo á ti... pero deja que me vaya.

Había tal sinceridad en sus palabras, que ella empezó á tranquilizarse y le miró con ojos suplicantes.

--Tú no puedes irte... ¡Dios mío! ¿Cómo sería eso?... Jamás te di motivos de queja con mi conducta. Siempre te guardé fidelidad, y basta una palabra tuya, un leve enfado, para que te obedezca, plegándome á las exigencias de tus celos injustos y pasajeros. Yo, que jamás obedecí á los hombres por orgullo, dejo que me impongas tu voluntad... ¿Qué es lo que te falta? Vives en uno de los países más hermosos de la tierra, llevas una existencia tranquila y dulce, digna de envidia, tienes quien te ama... deja que continúe tu grato deslizamiento. ¿Qué más quieres?...

Esta mujer que se mostraba generalmente ligera y frívola siguió hablando con grave expresión, animados sus ojos por una luz de bondad.

--Yo también, Claudio, he pensado muchas veces en nuestra vida futura. No creas que para mí lo es todo lucir alhajas y vestidos, ir á comidas y bailes. Tu amor me ha hecho reflexionar sobre cosas serias, «aburguesando» mi alma, como tú dirías. «Dos años, tres nada más (he pensado muchas veces), lo necesario para que yo me sacie de esta existencia que á él no le gusta. Y luego, cuando ya no me atraigan las diversiones sociales, regularizaremos nuestra situación, nos casaremos, seré la señora de Borja, me esforzaré en acicalar mi persona para que no se note entre los dos ninguna diferencia de edad; llevaremos una vida de grave apasionamiento, con viajes á países lejanos, tal vez la vuelta al mundo juntos, y vendremos á descansar en este jardín, que ya no será la Venusberg ardiente, sino algo que haga recordar los pequeños jardines de que habla Claudio, por donde paseaban los filósofos griegos, apreciando serenamente las únicas felicidades durables de la existencia y la llegada inevitable de la muerte...» Así he pensado muchas veces y así puede terminar, con una majestad serena, nuestra vida común... Pero antes nos quedan todavía varios años de juventud y de amor, años de «transportes divinos», como tú dices, en los cuales vale casi tanto el recuerdo como la realidad. Y cuando yo preparo esta dicha futura y hago cuanto puedo por mantener la presente, ¡hablas de marcharte!...

Había vuelto Claudio á bajar la cabeza, cual si no pudiese resistir las miradas acariciadoras de Rosaura, y con voz sorda, lo mismo que si hiciese una confesión, empezó á decir:

--Nunca olvidaré esta época de nuestro amor. Un año nada más, y me parece inmenso como la historia humana. Cuando me sienta triste bastará que recuerde este año al lado tuyo, el único que vale en mi existencia, é inmediatamente sentiré el fuego de una divina embriaguez; y si soy viejo, por obra de tu recuerdo volverá á mí la juventud. El que bebe en la fuente de tu amor no puede encontrar ya otra agua que apague su sed.

Y saltando por tercera vez del entusiasmo que le inspiraba el pasado á la melancolía de su presente, añadió con humildad:

--Insúltame, lo merezco. Despréciame, soy un perturbado... Pero deja que me marche. La felicidad perpetua que gozo aquí me parece una esclavitud, y ser libre es ahora mi único deseo. Siento vergüenza al pensar lo mal que colocaste tu cariño. Me conozco; soy un ingrato, un miserable; mas para bien tuyo te repito mi súplica: «Diosa, déjame partir.»

Rosaura, con el ceño fruncido y la mirada dura, moviendo uno de sus pies nerviosamente, interrumpió las súplicas del joven:

--Márchate si ese es tu capricho. Parte lejos y que se cumpla tu suerte. Eres libre. Me convenzo de que no mereces la vida que has llevado aquí. Tus gustos son ordinarios, como los de todos los seres que necesitan combatir para abrirse paso, conquistando el dinero ó el renombre. Amas la vida ruda del luchador. Para ti es un tormento la feliz pereza de los que nacieron únicamente para gozar. No puedes amoldarte á la inactividad de los que ya tenemos nuestro puesto seguro en la vida por el trabajo de otros... Vuelve á la existencia que llevabas en Madrid y que tú me has contado muchas veces, de labores improductivas, de pequeñas luchas, de envidias, de tempestades en un vaso de agua, con la ambición de que tu nombre figure impreso en papeles. Ve á reunirte con tu tío el canónigo, para hablar de historias viejas que á nadie interesan. Puedes también ir á Roma, al lado de don Arístides, y de su hija, esa pobre tontita de Estela, á la que sin duda amas. ¡Dios mío! ¿Cómo no he visto antes todo esto?... Cásate con ella; es la mujer que te conviene; y tened muchos hijos, allá en una casa de Madrid, dentro de un piso como una jaula... ¿Por qué no me dices valientemente la verdad?... ¡Cobarde!... ¡Cobarde!...

Protestó Claudio con sus ademanes más aún que con sus palabras confusas. Estela Bustamante vivía lejos de su pensamiento, y él se asombraba de que Rosaura la hubiese recordado.

--No te excuses; es inútil--continuó la dama con violencia--. Tú te imaginas de buena fe que la tienes olvidada; pero las mujeres sabemos de eso más que los hombres. Es ella la verdadera causa que te aleja de mí. El señor--siguió diciendo irónicamente--siente fatiga de verse querido por una dama _chic_ y desea á la burguesilla tímida y boba. Te conozco, caballero Thannhäuser, mejor que tú mismo. Estás cansado de Venus, como me has llamado tantas veces, y quieres hacer una Elisabeta de esa pobre muchacha que vive en Roma, cerca del fantasmón de su padre... Ve en busca de la paz para no encontrarla nunca. Ni paz ni libertad hallarás en ese mundo de gentes vulgares que ahora te hace falta, y del que te has burlado tantas veces en mi presencia, creyéndote de raza superior.

Calló un momento, para añadir con expresión rencorosa:

--Te conozco y te veo ya volviendo á mí después de la triste experiencia. Vas á sentirte asqueado por la ordinariez de esas personas que ahora buscas; te hará falta la verdadera libertad, que es la de nuestro mundo, tolerante y feliz. Tal vez lamentarás igualmente la ausencia de mi cuerpo y de mi voz, y yo entonces me vengaré cual si fueses un mendigo importuno al que se repele por su tenacidad. Si te vas, que sea para siempre. No vuelvas, porque me mostraré cruel.

Ofendido por la altivez majestuosa de ella, Claudio movió la cabeza negativamente:

--Nunca volveré. Mi dignidad te evitará el placer feroz de despedirme como un pordiosero.

Hubo un larguísimo silencio.

Ahora era Rosaura la que permanecía con la cabeza baja, luchando entre los impulsos de su orgullo y los consejos bondadosos del amor. Dos veces levantó los ojos para mirar á su amante, que también permanecía con el rostro bajo, y la luz débilmente rosada del atardecer hizo brillar sus córneas lacrimosas. Al fin habló con una dulzura insinuante:

--No hagas caso de lo que he dicho. ¿Cómo podría yo repelerte si volvieses á mí?... ¡Qué estúpida amenaza! ¿Por qué darnos todas estas tristezas á causa de un simple capricho tuyo?... Sigue aquí, y verás cuan pronto vuelves á encontrar dichosa la vida que llevas. Todo es efecto del paso de ese don Baltasar, excelente persona, que te ha perturbado sin saberlo. Déjate vivir. Sé egoísta; con ello á nadie causas daño, y á mí me haces feliz. El mundo será lo mismo que tú te preocupes de él ó que lo olvides; que escribas en papeles y libros ó que lleves la misma existencia frívola de muchos que tratas aquí diariamente. Piensa en ti nada más y un poco en mí.

Luego añadió, sonriendo con forzada malicia:

--¿Qué te importa que las personas de la Costa Azul ó de París que forman nuestro mundo conozcan tu valor intelectual ó te consideren simplemente un hombre chic? ¿Qué vale su opinión?... Así es mejor, puedes dejar que se deslice tu existencia sin inquietudes ni rivalidades.

Pero Claudio, insensible á su sonrisa implorante, á las miradas de sus ojos, que parecían pedirle auxilio, contestó con tenacidad:

--Quiero hacer algo en mi vida. Ha llegado el momento de la decisión. ¡Permanecer aquí siempre!... Los verdaderos hombres aman á las mujeres, pero no se dejan dominar por ellas. ¿Qué soy yo?... Tu esclavo. Jaula de oro, mas al fin prisión. No me opongas celos y sospechas, no inventes sentimientos que no tengo. Si huyo de ti, no es para ir en busca de un nuevo placer. Tan grande ha sido tu amor, que no siento deseos de conocer otro. Es la aspereza de la vida libre lo que me atrae. La fatiga del trabajo representa para mí una felicidad desconocida. Deja que me vaya... Yo volveré, si quieres. Esta separación puede ser única, y luego nuestra vida se reanudará hermosa y tranquila, como tú la describiste antes.

Quedó en silencio Rosaura largo rato, mirándolo con fijeza, tal vez sin verle, por estar absorta en la apreciación de sus propios pensamientos, y al fin dijo, con una frialdad que les dió miedo á los dos:

--Márchate para ser libre, como tú dices. Si en eso consiste tu felicidad... así sea. Créeme... haces mal Cuando vuelvas, si es que vuelves, no sé si podré recibirte. Nada de plazo. En nuestra situación el tiempo no cuenta. ¡Quién sabe si nos habremos olvidado á los pocos días!... ¡Quién podrá decir si un recuerdo tenaz no nos impulsará finalmente á buscarnos con toda clase de abdicaciones y bajezas!... Te repito que haces mal. En amor no son prudentes las experiencias ni los alejamientos. La juventud no puede sustentarse sólo de recuerdos... Y los amantes que se acostumbran á vivir sin verse, corren el mayor de los peligros.

PARTE SEGUNDA

LA FAMILIA DEL TORO ROJO

I

De la escandalosa vida romana, de «la hija de Cicerón» y otras particularidades de una época que mezcló el santoral cristiano con los dioses del Olimpo.

Vió Claudio á Enciso de las Casas casi igual á como era algunos años antes, cuando leía sus conferencias en el Ateneo de Madrid, ostentando en el lado izquierdo de su frac una colección de condecoraciones papales y casi todas las de los Imperios existentes entonces en Europa.

El ilustre diplomático sudamericano tenía ahora algunas canas en su barba rojiza, y el cráneo más desnudo, blanco y lustroso. Sus párpados estaban siempre un poco inflamados, lo que parecía obligarle, mientras hablaba, á cerrarlos y abrirlos con un _tic_ nervioso.

Instalado en Roma, después de ocho meses de vida errabunda, gustaba Borja de conversar con dicho personaje.

Creyendo conocerlo en su justo valor, dejaba sin eco las burlas de muchos que acudían á sus fiestas y tomaban asiento á su mesa, para ridiculizar luego su fervorosa actividad literaria. Guardaba, con las páginas sin cortar, todos los libros impresos en grueso papel que le había regalado Enciso, con pomposas dedicatorias llamándole «eminentísimo poeta». No le interesaba conocer por segunda vez particularidades del Renacimiento italiano leídas en su adolescencia; pero declaraba sinceramente á este diplomático gratuito, ansioso de honores, una excelente persona, amable, tolerante, con afición al estudio y gran respeto á la inteligencia ajena, condiciones que lo colocaban por encima de la mayor parte de sus amigos y parásitos, vulgares de gustos, cobardes ante la novedad, con un pensamiento rutinario.

Se retrató Enciso sin saberlo, al decir una vez á Borja que era capaz de ceder cuanto poseía en América y Europa, sus campos de café, su refinería de azúcar, el palacio comprado en Roma, tal vez hasta su mujer y sus hijas, á cambio de haber sido cardenal en los siglos XV ó XVI, su época favorita.

Dicho palacio romano era un motivo de irónicas conmiseraciones para las personas envidiosas que asistían á sus banquetes. Hombre de negocios en su país, adivinaba Enciso que le habían robado varios nobles de Roma amigos suyos, y especialmente una princesa, gentes que le sirvieron de intermediarios en la compra del edificio; pero esto no amenguaba el orgullo de su posesión, creyéndolo palacio histórico por ser obra del sobrino de un Papa del siglo XVIII, que los maldicientes suponían hijo ilegítimo.

Su interior lo había remozado hábilmente, pues el diplomático honorario mostraba cierto talento natural como ornamentista. De sus viajes por España había traído altares enteros. Las paredes desaparecían bajo tapices, columnas y frontones de madera tallada, con oros pálidos; gruesos angelotes policromos; santos cadavéricos; arquetas taraceadas de nácar sobre mesillas de diversos mármoles; bargueños de construcción moderna, con pistoletazos de perdigones ó de sal que imitaban la perforación de la carcoma; sillones fraileros de cordobán y clavos enormes; cuadros representando sanguinolentos martirios, paisajes versallescos ó mitológicas desnudeces. Las Vírgenes sobre fondo de oro ó los Cristos moribundos alternaban con Venus desnudas. Por algo Enciso pretendía ser un cardenal del Renacimiento reencarnado al otro lado del Atlántico.

Todas las piezas de la casa parecían salones de museo. No quedaba un palmo de pared limpio de adornos, y había que avanzar por los recovecos que formaban los muebles, excesivamente abundantes, casi aglomerados al azar de compras favorables. El comedor parecía revestido de escamas metálicas: tantos eran los platos dorados de Valencia y de Sevilla que ornaban sus muros. El gran salón recordaba al visitante los estudios de ciertos pintores románticos que hace medio siglo fabricaron enormes cuadros de «historia». El mismo amontonamiento híbrido de objetos vistosos é incoherentes. Hasta del techo pendían, como solemnes guiñapos, banderas agujereadas y polvorientas.

Exhibía con orgullo Enciso de las Casas su origen hispano-americano, como si fuese la más alta é interesante de las noblezas. Unicamente la de los príncipes romanos podía compararse con la suya. Era de un hispanismo optimista, que halagaba á Claudio y al mismo tiempo le hacía sonreir.

Para este personaje, cuantos españoles marcharon en otros siglos á América fueron segundones de grandes casas, todos linajudos, todos muy caballeros y de valor heroico, lo mejor de la raza, y se abstenía modestamente de añadir que entre la selección aristocrática que pasó el Océano, los que llevaban sus dos apellidos eran los mejores. Su fe en la sangre noble de los que colonizaron el Nuevo Mundo--como si nunca hubiesen ido allá bandidos, ni buena gente de origen modesto--le hacía considerar con ciega simpatía á todos los que llegaban hasta él procedentes de España. Cuanto más alto ponía á este país y más entusiásticas hipérboles dedicaba á su historia, mayor lustre creía dar á su propio origen y al nombre doblemente famoso, por la aristocracia y por la literatura, que iba á legar á sus hijas.

Apreciaba mucho á Claudio Borja, por ser español y por su apellido. Una de sus curiosidades era averiguar los grados de nobleza de cada uno de sus amigos, para lo cual se valía de varias obras de heráldica, colocadas preferentemente en su biblioteca, y de consultas, pedidas por escrito, á los llamados «Reyes de Armas» residentes en Madrid, técnicos indiscutibles de lo que él titulaba «la ciencia del blasón».