A los pies de Venus (los Borgia)
Part 6
--Aquellos años--continuó el canónigo--fueron de gran miseria en el reino de Valencia, á causa de una larga sequía. Los campos estaban abrasados. Hasta la Albufera perdió la mayor parte de sus aguas, muriendo toda la pesca que se refugia en dicha laguna... Cuantos podían tomar pasaje en una galera, y otros muchos á pie, se marchaban á Italia, buscando el amparo de dos compatriotas: uno rey en Nápoles, otro Papa en Roma.
De toda España iban llegando á la Ciudad Eterna clérigos solicitantes y gran cantidad de soldados vagabundos, agrupándose muchos de éstos en torno á don Pedro Luis, «hombre violento y dotado de caballeresca hermosura».
Designaban los italianos á los españoles con el nombre común de «catalanes». Los que se creían parientes del Papa, por llevar su mismo apellido en tercero ó cuarto grado, suprimían los otros, ostentando sólo el último, lo que aumentó en Roma prodigiosamente el número de los Borja.
--Tal apellido se había modificado--continuó Figueras--. Los italianos, al hablar del papa Borja, pronunciaban _Borcha_, y la _ch_ la escribieron _gi_. De este modo, los Borja de España, venidos á Roma, pasaron á ser Borgia para el resto del mundo.
El mismo Calixto III, á pesar de que la guerra contra los turcos no le dejaba fijarse en otras cosas, se alarmó del crecimiento de su familia ficticia y de las ambiciones de la verdadera, quejándose de sus hermanas, y especialmente de Isabel, madre de Rodrigo y de Pedro Luis, porque procuraba engrandecer á sus hijas á costa del dinero de San Pedro, casándolas en España con nobles personajes.
Los alemanes y franceses que habían vivido hasta entonces emboscados en los altos empleos de la curia tenían que abandonar sus puestos, viéndose sustituídos por españoles. Todos los artistas de la corte pontificia eran compatriotas del Papa, hasta los músicos y cantores de su capilla. También el viejo Calixto enviaba valiosos regalos á las iglesias españolas, especialmente á las de Valencia y Játiva. «En toda la ciudad no se ven mas que catalanes», afirmaban las crónicas de la época.
--Roma, como ya te dije--siguió el canónigo--, era desde mucho antes un lugar de corrupción, lleno de cortesanas, de aventureros de todos los países, y el nuevo aporte de españoles, ávidos y ensoberbecidos, provocó frecuentes peleas y escándalos.
Vivía el Papa en abierta hostilidad con su antiguo amigo el rey de Nápoles. No podía olvidar cómo le había traicionado en la empresa de la cruzada, quedándose con el dinero y los barcos de la Iglesia. Alfonso V, por su parte, seguía viendo en Calixto III al antiguo rector de la parroquia de San Nicolás en Valencia, al pobre hijo de un labrador de la «universidad» de Canals, y pretendía manejarlo á su capricho, como si aún fuese su secretario.
--La función hace al hombre--dijo don Baltasar--, y de todas las funciones existentes ninguna transforma y engrandece al que la desempeña como la del Pontificado.
Al ceñirse la tiara Alfonso de Borja, sólo vió en el rey de Nápoles un monarca inferior á él. Además era su vasallo, por considerar la Iglesia dicho reino propiedad suya, pudiendo dar ó quitar su corona. El mismo, cuando era simple jurisconsulto y vivía en Nápoles al lado del rey Alfonso, había dicho á éste repetidas veces que prestase homenaje al Papa de entonces, como feudatario de la Iglesia.
Seguía Calixto III en malas relaciones con su antiguo señor, cuando en el verano de 1458 se declaró la peste en Roma, con tal violencia, que todos los personajes de la corte pontificia huyeron de la ciudad, menos el viejo Papa. Este se mantuvo en el Vaticano, por reclamar en aquel momento su atención la grave enfermedad de su adversario el rey Alfonso, quien murió finalmente en Nápoles el 27 de Junio.
Como no tenía hijos legítimos, el reino de Aragón y la isla de Sicilia los dejó á su hermano don Juan II, padre de Fernando el Católico. El reino de Nápoles, que él consideraba propiedad individual por haberlo conquistado con su espada, lo cedió á su hijo ilegítimo Fernando, nacido en Valencia, disposición que indignó al Papa.
En sus tiempos de secretario de Alfonso V, había mirado siempre con menosprecio á este bastardo, y le era imposible admitirlo como rey. Un caballero de Valencia, avecindado en la calle de la Bolsería, se cuidó de educar al pequeño Fernando, que luego sus súbditos italianos llamaron Ferrante, siendo el fundador de la dinastía de Aragón en Nápoles. Su madre, dama valenciana sin importancia, apenas había dejado recuerdos.
Calixto III, con su autoridad de gran jurisconsulto, declaraba el reino de Nápoles perteneciente á la Iglesia, no pudiendo ceñirse nadie su corona sin la aprobación papal. Por esto se indignó al saber que el bastardo, apenas muerto su padre, montaba á caballo con vestiduras reales, cabalgando por las calles de Nápoles entre la muchedumbre, que gritaba: «¡Viva el rey don Ferrante!»
Prefería el viejo Pontífice entregar dicha corona al partido francés, que venía disputándola hacía siglos, representado por el duque Renato de Anjou y su hijo Juan.
--El yugo se ha roto y al fin quedamos libres--dijo al recibir la noticia de la muerte de Alfonso.
Muchos creían en Roma que el anciano Borgia tenía en realidad el designio de hacer rey de Nápoles á su sobrino Pedro Luis. Entre éste y un bastardo como don Ferrante, no podía admitir Calixto comparación alguna. Aparte de la diferencia en la legitimidad del linaje, consideraba á su gallardo sobrino como un segundo Julio César, y hasta, según afirmaciones de sus enemigos, soñaba con verlo emperador de Constantinopla, si conseguía arrebatar esta ciudad á los turcos, ó cuando menos, monarca de Chipre.
--Los dos papas Borgia--dijo Figueras--mostraron el mismo empeño: hacer rey á uno de su familia que ciñese espada y tuviese afición á las cosas de la guerra. Calixto III se esforzó por dar una corona á Pedro Luis. Alejandro VI trabajó no menos por convertir en príncipe soberano, primeramente, á su primogénito el duque de Gandía, luego á César Borgia. Los Papas necesitaban apoyarse siempre en algún rey capaz de defenderlos, el cual les hacía pagar muy cara su protección. Los Borgia Pontífices consideraron más seguro y fácil crear esta monarquía guerrera y protectora de la Iglesia dentro de su misma familia.
Los últimos meses de Calixto III se compartían entre la cruzada contra los turcos y la sucesión al reino de Nápoles. Reclamó en una Bula como feudo vacante «el reino de Sicilia desde el Faro acá», ó sea Nápoles, á partir del estrecho de Messina. Don Pedro Luis empezó á alistar tropas para hacer una demostración bélica contra dicho reino.
El Pontífice de ochenta años llamaba al nuevo monarca don Ferrante «pequeño bastardo, cuyo padre nadie sabe con certeza quién fué; muchacho que no es nadie y usurpa el nombre de rey sin el permiso de Nos, pues Nápoles pertenece á la Iglesia».
Cuando todos creían próxima una guerra entre el Papa y el nuevo rey napolitano, sintió Calixto III que le abandonaban de pronto aquellas fuerzas extraordinarias, producto de su voluntad. Viéndolo próximo á la muerte, el populacho de Roma empezó á atacar á los llamados «catalanes», siendo frecuentes las riñas en las vías públicas. La agonía del Pontífice resultó muy larga, de Julio á Agosto, con bruscas mejorías y decaimientos que cambiaban el curso de la opinión.
Este octogenario era quien menos creía en su propia muerte. Hasta el último instante se preocupó de la guerra contra los infieles. Cuando el cardenal español Antonio de Lacerda lo visitó para hacerle saber que los médicos le habían desahuciado y debía pensar en la salvación de su alma, como conviene á un Pontífice, contestó que no era cierto que hubiese de morir esta vez y aún le quedaban años para continuar su empresa contra el Gran Turco.
Todavía desde su lecho presidió un consistorio, dirigiendo los negocios de la Iglesia. Entre los asuntos espirituales de su pontificado, dos atrajeron especialmente su interés.
Declaró santo al maestro predicador Vicente Ferrer, que había predicho su ascensión á la Santa Sede cuando aún se hallaba él en la infancia.
--Además, fué el primero--añadió el canónigo--en venerar á una amazona del cristianismo, una doncella francesa, Juana de Arco, que años antes había sido quemada en Reims por un tribunal de obispos, cual si fuese una hechicera. Alfonso de Borja rehabilitó su memoria, limpiando su nombre de tales calumnias, y ordenó las primeras gestiones para su santificación, que sólo ha decretado la Iglesia en nuestros días, cuatro siglos después.
Mientras Calixto III agonizaba, expedía don Ferrante desde Nápoles atrevidos emisarios para que clavasen en las mismas puertas de San Pedro una protesta contra las pretensiones políticas del Pontífice, amenazándole con hacer una revolución en Roma ayudado por sus habitantes. Un grupo de cardenales guardaba el orden en la ciudad, luego de ponerse en inteligencia con don Pedro Luis, lo que resultó más fácil que ellos habían creído al principio, teniendo en cuenta su arrogancia y sus ambiciones.
Rodrigo de Borja influía en el ánimo de su hermano, aconsejándole prudencia, haciéndole ver los peligros que arrostraba quedándose en Roma. Gracias á esto, don Pedro Luis entregó todas las fortalezas de la Iglesia, incluso el castillo de Sant Angelo, y sus tropas de aventureros italianos y españoles prestaron juramento de fidelidad al Sacro Colegio, sin que se diese cuenta de nada de esto al Papa, el cual seguía creyéndose muy lejos de la muerte. La comisión de cardenales se incautó además del tesoro de la Iglesia, en el que se hallaron ciento veinte mil ducados.
Enemiga la familia Orsini de don Pedro de Borja, quiso acabar con él cortando su retirada por mar y por tierra. En el Sacro Colegio había cardenales agradecidos á Calixto III, que se preocuparon de salvar á su sobrino. Uno de ellos fué el célebre humanista Eneas Silvio Piccolomini, que el viejo Pontífice había hecho cardenal en los últimos meses, no obstante su vida anterior, de costumbres extremadamente libres. Otro cardenal, Pedro Barbo, que luego fué Papa con el nombre de Paulo II, aún se arriesgó más en la defensa del sobrino del Pontífice, arrostrando las iras de los Orsini. El organizó con Rodrigo de Borja la huida del hermano de éste.
El 6 de Agosto, horas antes de amanecer, los cardenales Borgia y Barbo colocaron entre ellos, humildemente disfrazado, al que había sido hasta poco antes capitán general de la Iglesia, y con una escolta de trescientos jinetes y doscientos peones salieron de Roma á las tres de la mañana por la puerta del castillo de Sant Angelo, dirigiéndose hacia Ponte Molle. Dicha salida no era mas que un engaño para desorientar á los asesinos que indudablemente galoparían en persecución al conocer esta fuga. Dando un rodeo volvió la tropa á entrar en Roma por la puerta del Popolo, y deslizándose silenciosamente á través de los barrios desiertos, cuyos vecinos estaban aún durmiendo, salió otra vez de la ciudad por la puerta de San Pablo.
Aquí los cardenales Barbo y Borgia abandonaron á Pedro Luis, ordenando á la escolta que le acompañase hasta Ostia, donde debía embarcar en una galera á la que se habían enviado dos días antes sus bagajes y su dinero. Todos los soldados se negaron á ir más lejos, no queriendo proteger la fuga de este poderoso caído en desgracia, y empezaron á desbandarse.
Ni un solo caballerizo se quedó con él, por miedo á sufrir su misma suerte. Obligado á marchar solo, Pedro Luis llegó á Ostia sin ningún accidente, pero la galera que había fletado con anticipación no le aguardaba. Había huído con su equipaje y su dinero. Tuvo que tomar una simple barca para ganar Civita-Vecchia, refugiándose en la fortaleza de dicho puerto, donde murió seis meses después, á causa sin duda de tantas emociones.
Mostró el cardenal Rodrigo en esta ocasión una conducta más valerosa y audaz que la de su hermano.
Vivía en Tívoli desde el mes de Junio, por haber huído de la Ciudad Eterna, como la mayor parte de los romanos, para librarse de la _malaria_, fiebre palúdica que producía enorme mortandad; pero al saber el estado de su tío volvió á Roma, sin reparar en peligros, manteniéndose al lado del moribundo.
No le hizo retroceder el furor del populacho contra los «catalanes». Su palacio acababa de ser asaltado y saqueado, muchos proferían en las calles gritos de muerte contra el cardenal de Valencia; mas no por esto cambió de conducta.
Después de favorecer la fuga de su hermano, separándose de él en las afueras de Roma, podía haberse vuelto á su tranquila residencia de Tívoli. Pero pensando que su tío iba á morir solo, volvió á entrar intrépidamente en la ciudad, yendo por las calles principales al Vaticano para rezar junto al lecho del agonizante. Mientras él despreciaba de este modo á sus enemigos, veíase obligado el cardenal Barbo á escapar de Roma huyendo de los Orsini, que pretendían hacerle pedazos por haber facilitado la fuga de Pedro Luis.
--Un valor tranquilo--terminó diciendo el canónigo--, reposado, inconmovible, fué la condición más característica de Rodrigo de Borja. Sus más ardientes detractores jamás osaron suponerle cobarde. Este valor, que no se eclipsó ni un segundo en el curso de su existencia, recordaba el coraje del toro. Dos veces estuvo próximo á naufragar en el Mediterráneo, y los marineros más viejos, quebrantados por una tormenta que duraba días y días, mostraron asombro ante la serenidad risueña de este hombre de Iglesia.
V
«Diosa, te amo... Déjame partir»
Años enteros había pasado Claudio sin que le preocupase la necesidad de ver á su tío. Era éste un agradable recuerdo nada más, surgido de tarde en tarde en su memoria. Sus gustos y costumbres resultaban diversos, y Borja veíase unido á él únicamente por la evocación de su infancia.
Al marcharse don Baltasar, sintió el joven «un enorme vacío», según sus palabras. Poco menos de una semana había bastado para que se acostumbrase al trato con el canónigo, haciéndole falta sus conversaciones y su presencia.
Extrañó inmediatamente el aislamiento verbal en que le hizo caer la desaparición de Figueras. Otra vez volvieron á transcurrir días y días sin que pudiese hablar en su idioma, fuera de las conversaciones sostenidas con su amante, y aun éstas eran muchas veces en francés si se presentaba alguna amiga. Nadie de la servidumbre hablaba español. Hasta aquella parienta pobre, encargada antes del cuidado de sus hijos, la mantenía Rosaura lejos de la casa, para que no conociese las intimidades de su existencia.
Se había acostumbrado Borja á las interminables conversaciones del erudito sacerdote, basadas unas veces en sus estudios históricos, otras en particularidades de la vida española. Era la patria lejana y algo olvidada que volvía á él inesperadamente, conmoviéndolo con su abrazo.
Apreciaba el exacto valor psíquico del canónigo en sus relaciones con él. Lo había querido siempre con un cariño casi filial, sonriendo al mismo tiempo de la inocencia de su carácter y sus entusiasmos históricos. Mas ahora, por obra del ambiente, este santo varón era el símbolo de su propio pasado. Resucitaba con su presencia las olvidadas aspiraciones de su primera juventud, dejándolo en tenaz nostalgia al marcharse.
A continuación de aquellos días pasados con don Baltasar hablando horas y horas en español--idioma que siempre había moldeado su pensamiento--, sintió renacer antiguos fervores que dieron cierta superioridad sobre las gentes frívolas tratadas á diario. Durante la noche componía versos mentalmente, como en los entusiásticos y crédulos años de su adolescencia. Figueras era su antigua vida (¡quién lo hubiera sospechado días antes!), y le atormentaba un deseo imperioso de irse tras de él.
Sus conversaciones con el panegirista de los Borgia habían hecho despertar igualmente en su memoria cierto número de personajes olvidados, volviendo á adquirir plasticidad de carne humana los que eran hasta poco antes indecisos fantasmas.
Contemplaba remozados por el atractivo de la novedad al solemne embajador en Roma don Arístides Bustamante, á su cuñada doña Nati, al majestuoso Enciso de las Casas, «primer diplomático-artista de la América del Sur».
Estela Bustamante ya no era una muñeca tímida y modosita entre la bruma de vagorosos recuerdos. La dulce mediocridad de su carácter se transformaba en encanto místico. Era la Elisabeta de Tannhäuser, tolerante, abandonada y dispuesta á perdonar al poeta pecador rendido á los pies de Venus.
Le parecía reprensible su vida actual, monótonamente feliz, sin ningún altibajo de los que despiertan con su sacudida las energías del hombre, buenas ó perversas.
Bostezaba en medio de un aburrimiento color de rosa, contando cada mañana al despertar, con anticipado cansancio, todas las fiestas, siempre idénticas, á las que tendría que asistir, siguiendo á Rosaura. Además, ¡aquellas gentes felices y aburridas lo mismo que él, considerándolo como un semejante suyo, sin sospechar que pudiese sentir aspiraciones superiores á la de los hartazgos materiales!... Y así continuaría, sin saber hasta cuándo, esclavo de un amor que le había dado cumplidas todas sus ilusiones y empezaba á pesarle con la gravitación abrumadora de todo lo que no puede ya reservarnos la sorpresa de un mañana completamente nuevo.
No podía quejarse de Rosaura. Un poco aturdida é inconsciente por sus aficiones mundanas... y nada más. Comprendía los afectos de otro modo que él, ignorando exclusivismos apasionados y celosos. Se permitía ciertas confianzas, á lo muchacho, con los hombres de su grupo social, y luego, al quedar á solas con Claudio, mostraba inmediatamente el mismo amor que en los primeros meses de su vida común, tal vez más reposado y profundo.
Habían seguido los dos su carrera amorosa de distinto modo, con falta de sincronismo. En el primer tiempo era él quien amaba con mayor vehemencia, y ahora reconocía que, por una misteriosa ley de gravitación, este amor iba descendiendo. Ella, por el contrario, se había sentido al principio menos apasionada, con instintiva inquietud, como si temiese ir demasiado lejos.
«La mujer--se decía Borja--siempre es la que duda y teme en el primer momento. Luego se afirma su confianza, se entrega sin miedo, creyendo á ciegas en el amor del hombre, precisamente cuando éste empieza á sentir que se aminora su pasión por efecto de un disfrute seguro y monótono, ó tal vez porque ya se ha extinguido la primera vanidad de su triunfo.»
Examinábase interiormente con la inquietud del que está cometiendo un acto reprensible. ¿Es que ya no amaba á Rosaura?... Inmediatamente se respondía con una sincera afirmación para tranquilizar su conciencia. La amaba como antes, pero le era imposible permanecer en aquel ambiente selecto y frívolo, fuera del cual ella no podía vivir.
Empezó á considerar muy lógica y puesta en razón cierta costumbre seguida por algunas parejas británicas y norteamericanas que él había conocido en París y la Costa Azul. Se amaban, pero tenían la certeza de que el amor no puede luchar á la larga con la monotonía del tiempo y necesita el auxilio del espacio para rehacerse con una separación momentánea. Todos los años estas parejas se partían, alejándose por algunos meses. Uno quedaba en Europa, el otro iba á América ó á dar vuelta al mundo. Se escribían como si fuesen novios y, transcurrido el plazo, tornaban á juntarse, con ilusiones y entusiasmos nupciales. ¿Por qué no hacer lo mismo Rosaura y él?...
Le parecían organizados los placeres casi lo mismo que en los tiempos prehistóricos, faltos de una dirección racional y previsora, admitiendo todos los humanos como dogma indiscutible la fijeza eterna de las pasiones verdaderas; y precisamente si éstas alegran nuestra vida es porque se renuevan, gracias al deseo de nuevos cambios que nos acompaña hasta la muerte.
Al sentirse sacudido Borja en su interior por el paso de este varón bondadoso, que nunca llegaría á sospechar el gran trastorno ocasionado con su presencia, le asaltaron las mismas inquietudes vagorosas y ardientes de su juventud.
Era de la raza de los eternos inquietos. Recordaba á Fausto yendo anhelante, del deseo á la satisfacción del placer, y cuando estaba harto de placer, languidecía nuevamente, intentando tornar al deseo. Así también Tannhäuser, con el que le comparaba la bella Rosaura en sus horas de intimidad.
Se reconocía un hambriento insaciable de todo lo inédito que guarda nuestra existencia. En sus avances marchaba entre titubeos y dudas, tentado por diversas cosas á la vez. Todo lo que el destino dió en herencia á los hombres intentaba atesorarlo en su persona. Creía haber conocido últimamente cuantas alegrías sensuales se pueden gustar, mas esto no bastaba á su alma inquieta. Su naturaleza exigía otra cosa, el cambio incesante, ver paisajes renovados en cada excursión sentimental, nuevos rostros, ir al encuentro de la felicidad desconocida, ó de placeres ya olvidados que tornaban á presentarse.
Borja se comparó una vez más con su héroe favorito. Era el poeta Tannhäuser soñoliento á los pies de Venus, separando la cabeza de sus divinas rodillas, sordo á los cantos de sirenas y amorcillos, extasiado por el lejanísimo son de la campana cristiana oída en su adolescencia. Resumía en su persona la eterna inquietud del hombre que sólo puede reposar en el regazo de la muerte.
El deleite de los sentidos no le bastaba para considerarse satisfecho. Quería ir siempre más lejos... ¡más lejos! para abrazar una dicha que retrocedía ante su avance, como los castillos encantados de las leyendas huyen delante del viajero.
Una voluptuosidad sin inquietudes le había hecho descubrir que el amor no es el principal objeto de la vida. Existe la libertad, la áspera libertad, y la acción, que exige también esfuerzos y dolores.
Sólo había sido hasta ahora el hombre del deseo, y quería ser el hombre de la acción. Le daba vergüenza que su juventud no conociese el sufrimiento, las lágrimas, el peligro y el combate. ¿Para qué había venido al mundo? ¿De qué podía servir á sus semejantes aquella llamita inquieta pero continua que brillaba en su pensamiento cual una lámpara de luz perpetua?... ¿Qué iba á quedar de su paso por la tierra, si vivía siempre á los pies de Venus?...
Se iba formando un deseo impetuoso dentro de él, que le hacía aborrecer su felicidad presente. Ni siquiera intentaba razonar estos nuevos sentimientos. Le parecía inoportuno someter á análisis los frescos impulsos de su alma. ¡Inútil filosofar! Los hombres como él repelían el raciocinio, guiándose simplemente por impulsos que unas veces vienen del corazón y otras de los sentidos materiales.
Debía huir por unos meses, dejando de ver á Rosaura... La amaba siempre y volvería á tiempo, remozado por la ausencia, sintiendo un nuevo fuego primaveral. Abandonaría la Venusberg para vivir entre los hombres, interviniendo en sus luchas, participando de sus preocupaciones. No podía seguir adormecido á los pies de la diosa, como un caballero encantado. Necesitaba escribir, comunicarse con los otros humanos, darles una chispa de su pensamiento, reflejar como un mundo opaco la luz de los demás.
El canónigo, con sus entusiasmos históricos, había resucitado dentro de él todas las obras ya olvidadas que quiso producir en otro tiempo. Semanas antes, le parecía el Claudio Borja anterior á su encuentro con Rosaura en Aviñón un pobre joven digno de lástima. Ahora lo envidiaba como á un hombre superior porque sentía ambiciones y deseos de acción, porque soñaba con escribir un poema sobre «el Papa del mar», uniendo á tal proyecto otras pretensiones literarias.
Esta vida interna de Claudio, provocada por el rápido paso del erudito sacerdote, empezó á revelarse en su exterior. Mostrábase preocupado. Su carácter, antes plácido y tolerante, era ahora pronto á la irritabilidad, sin motivo alguno.