Part 5
No había tierra ni llano donde no apareciesen partidas, fruta natural de la anarquía en nuestro suelo. En Cataluña dos célebres guerrilleros de estado eclesiástico, mosén Antón Coll y fray Antonio Marañón, _el Trapense_, arrastraban a los campesinos a la guerra santa. El segundo, con un crucifijo en la mano izquierda y un látigo en la derecha, conquistaba pueblo tras pueblo, y al apoderarse de la Seo de Urgel, asesinaba con ferocidad salvaje a los defensores prisioneros. En Cervera los capuchinos hacían fuego a la tropa. En Navarra imperaba Quesada, y no lejos de allí don Santos Ladrón. Había aparecido en Castilla don Saturnino Albuín, el célebre Manco, a quien en otro lugar conocimos,[2] y en Cataluña despuntó, como brillante aurora, un nuevo héroe, joven lleno de bríos que empezaba con grande aprovechamiento la carrera. Era Jep dels Estanys. En Murcia empezaba a descollar otro gran caudillo legendario, Jaime el Barbudo, que iba de lugar en lugar destrozando lápidas de la Constitución.
[2] Véase _Juan Martín el Empecinado_.
Las grandes potencias estaban ya extremadamente amostazadas, viendo nuestro desconcierto. Francia sostenía en la frontera su célebre cordón sanitario; Roma se negaba a expedir las bulas a los obispos nombrados por las Cortes; iba a reunirse el Congreso de Verona, con el fin que todos saben, y en él un literato no menos grande que el nuestro, echaría pronto las bases de la intervención extranjera. Las Américas ya no eran nuestras, y en Méjico, Iturbide tenía medio forjada su corona.
Poseíamos una prensa insolente y desvergonzada, cual no se ha visto nunca. Todos los excesos de hoy son donaires y galanuras comparadas con las bestialidades groseras de _El Zurriago_, de Madrid, y _El Gorro_, de Cádiz. Los insultos del primero encanallaban a la plebe. Nadie se vio libre de la inmundicia con que rociaba a los ministros, a los diputados moderados, a las autoridades todas. El gobierno, no teniendo ley para sofocar aquella algarabía indecente, la sufría con paciencia; pero los polizontes, que no entendían de leyes, imaginaron hacer callar _El Zurriago_ de una manera muy peregrina. Se apoderaron de Mejía, su redactor y después de esconderlo durante dos días, le metieron en una alcantarilla. Era, según ellos, el paraje donde debía estar. Pero Mejía salió, y después de limpiarse, enarbolaba de nuevo su asquerosa bandera con el lema:
No entendemos de razones, moderación y embelecos: a todo el que se deslice, zurriagazo y tente, perro.
En este desconcierto, dos hombres de acción y energía pugnaban por afirmar el principio de autoridad. Eran el jefe político, Martínez de San Martín, llamado por el populacho _Tintín de Navarra_, y el general Morillo, que ganó en América la corona condal de Cartagena de Indias, militar denodado y buen caballero.
Tal era el cuadro que ofrecía esta nación privilegiada en junio de 1822.
Fijábase entonces la atención del país entero en la Guardia real, porque casi todos los individuos de ella eran partidarios del _Rey neto_, profesando esta opinión con tanto desparpajo y franqueza, que a cada momento la manifestaban a sablazos. En formación o sin ella, los guardias eran propagandistas muy celosos del absolutismo, y ya podía encomendarse a Dios quien delante de ellos osase pronunciar el _viva Riego_. Aborrecían _El Zurriago_, que diariamente les ponía cual no digan dueñas, y despreciaban a los milicianos nacionales. El rey no solo les protegía, sino que les azuzaba, haciéndoles instrumentos de las oscuras tramas palaciegas; los ministros les tenían más miedo que si fueran el ejército de Atila, y Morillo aspiraba a amansarles, reconciliándoles, ¡oh inocencia!, con la Milicia nacional.
En su soberbia, creían los arrogantes pretorianos que podían hacerlo todo, dar un puntapié a aquel desvencijado armatoste del constitucionalismo, y devolver al rey sus facultades _netas_, poniendo las cosas en estado semejante al que tuvieron en el venturoso 10 de mayo de 1814. Pero a pesar de la anarquía que pudría el cuerpo social, esto era más fácil de decir que de hacer.
¿De qué manera trataba el Congreso de sojuzgar al espantable monstruo de la Guardia, que amenazaba tragarse Cortes y libertad? ¡Ay! Los padres de la patria oían sonar los primeros truenos de la tempestad, y decidían: que se organizase mejor y con más desarrollo la Milicia nacional; que los jefes políticos despertasen el entusiasmo liberal por medio de himnos patrióticos, músicas, convites y representaciones teatrales de dramas heroicos para enaltecer a los héroes de la libertad; que los obispos escribiesen y publicasen pastorales, poniendo por esas nubes la sagrada Constitución. En cuanto a la Guardia, como molestaba tanto, decidieron que lo mejor era suprimirla por un decreto.
En esta situación política, la Milicia nacional voluntaria (el gobierno quería con razón hacerla forzosa) era la institución más feliz del mundo, y los milicianos los hombres más bienaventurados de Madrid. No trabajaban; concurrían diariamente a festejos cívicos en que se empezaba comiendo y se concluía bebiendo; eran estimados por el vecindario, por nadie temidos, y únicamente por los serviles guardias despreciados. Se daban buena vida, vestían lujosos uniformes, formaban gallardamente en las procesiones, tiraban al blanco, y se tenían por el más firme sostén del trono y del sistema.
Verdad es que con tantas ocupaciones fuera de casa, más de un hogar estaba abandonado, muchas herramientas rodaban mohosas por el suelo, los chicos no iban a la escuela, y el orden y arreglo domésticos se resentían notoriamente. En regiones más altas, advertíase que muchos libros habían sufrido la infamante pena de horca; en diversas oficinas, bostezaban cubiertos de polvo los expedientes, y en no pocas casas de comercio, los géneros y las cuentas se resentían de falta de uso. En cambio, bastantes jóvenes de elevadas familias habían moralizado sus costumbres, trocando las calaveradas dispendiosas por la holgazanería disciplinada de las formaciones y de las guardias, lo cual ciertamente era una ventaja. Se habrá comprendido por estas observaciones que la Milicia nacional de entonces no era, como alguien puede creer, un organismo militar formado con carne plebeya y artesana, sino que todas las clases sociales habían puesto en ella su magra y su tocino. Jóvenes de la clase media y de las familias más distinguidas se honraban con el uniforme de la M. y la N.
No puede darse heterogeneidad más abrumadora que la de aquella sociedad política. El rey era absolutista; el gobierno, moderado; el Congreso, democrático; había nobles anarquistas y plebeyos serviles. El ejército era en algunos cuerpos liberal, en otros realista, y la Milicia abrazaba en su vasta muchedumbre todas las clases sociales. Solo la Milicia era lo que debía ser. Ya se verá también que era lo que más valía.
Hacían la guardia los milicianos en diferentes puntos. Visitémosles en uno de ellos, en la Casa-Panadería. Aquel edificio tenía entonces el mismo aspecto de hoy, es decir, que parecía estar roído por los ratones y manchado por las moscas. Su frontis lleno de figuras al temple, no había palidecido tanto, es verdad, y conservaba algo del rojo subido, como un reflejo de las llamaradas de los autos de fe; pero el cuerpo bajo y la galería de sillares estaban ya comidos de miseria, como se suele decir; tal era su deplorable vista a causa del tiempo y el abandono. En la gran sala baja estaba el cuerpo de guardia, el cual era dormitorio, comedor, garito, locutorio, cátedra, café, con algo de club y no poco de casino, y hasta de logia, apurando mucho.
X
Era una noche de fines de junio clara y tibia. Los milicianos, sentados en banquetas o en sillas, tenían su tertulia bajo los arcos. Había jóvenes y viejos de distintas clases sociales, divididos en grupos que formara la edad, la simpatía o tal vez la posición, porque en medio de tanta fraternidad, el principio igualitario no tenía una aplicación perfecta, como es de suponer, ni se olvidaban los nombres y las fortunas. Más que la jerarquía social era puesta en olvido la militar, porque soldados rasos y oficiales se trataban de tú, bebían en un mismo vaso y cambiaban, partiéndola entre uno y otro, una misma peseta.
—Allí viene el gran don Patricio —dijo en el principal grupo un mozo bien parecido, con insignias de sargento de granaderos—. ¿A que no saben ustedes qué es lo que le trae tan alterado y furioso?
—Que casi todos los chicos de la escuela se le van marchando. Eso ya lo presumíamos.
—Si no enseña más que tonterías... Se ha empeñado en que la Historia romana ha de ser antes que la escritura. Si quieren ustedes pasar un buen rato, lléguense un día a la escuela. Ni en el teatro se ríe uno más.
—Era el mejor maestro de Madrid antes de meterse a patriota —dijo un jovenzuelo, con charretera de teniente—. Mamá ha quitado de su escuela a mis dos hermanitos, Manolo y Braulito, porque iban a casa cantando los versos de _El Zurriago_ y no sabían palotada.
—¡Pobre don Patricio! —exclamó un capitán que ya era hombre mayor—. Pues yo no he quitado a mi chico por..., por pereza, porque estas cosas de la Milicia le traen a uno tan distraído..., pero mañana mismo le saco de Roma y Cartago.
—La gran pena de este pobre hombre es que todos sus alumnos se los arrebata un tal Naranjo, a quien no puede ver ni en pintura, porque es servil, porque enseña por Torío, y, sobre todo, porque le quita la clientela.
—Naranjo, Naranjo —dijo el preopinante, haciendo memoria—. Yo he oído ese nombre. ¿A ver si lo tengo aquí?
Sacó una cartera, y a la luz del farol que había en la pared, miró.
—Sí, aquí lo tengo. Buen pájaro..., amigo de don Víctor Sáez, el confesor de Su Majestad y del conde de Moy, coronel de guardias. Hay sospechas de que conspira.
En tanto, don Patricio, que venía de uniforme por estar de guardia aquella noche, habíase unido a un grupo de milicianos de su calidad y estofa, y dejaba oír su grave voz en toda la arcada. Los jóvenes no volvieron a ocuparse de él.
—Más quiero tirar de un carro que ser hurón de conspiraciones —dijo el de la cartera.
Sentándose con muestras de fastidio, encendió un cigarro. Era el tal capitán figura demasiado grande y luminosa en el cuadro de los sucesos de 1822 para que le dejemos pasar con una simple mención. Fue su cuna la calle de Toledo y un comercio de hierro muy acreditado que heredó de su honradísimo padre, y que, beneficiado por él, pudo transmitir a sus honradísimos hijos y a sus honradísimos nietos, que fueron, años adelante, tan milicianos nacionales como él. Más que un hombre, don Primitivo Cordero era una especie. Su morrión, como las flores que se reproducen de año en año, ha brotado, digámoslo así, en períodos diversos, siempre con igual lozanía.
El primer rasgo de su carácter es la hombría de bien, y su comercio de hierro un modelo de buena fe, crédito y orden. En las relaciones sociales, fue siempre hombre muy ejemplar: a nadie calumnió, ni estafó, ni maltrató. Si no odiara con toda su alma a los serviles, se le tendría por paloma torcaz antes que por hombre. Con sus amigos es leal y cariñoso, y su opinión de buen muchacho está tan arraigada, que ha llegado a ser dogma de fe desde los portales de Bringas hasta el portillo de Gilimón. En su casa es modelo de padres y esposos. Para que nada le falte, hasta es buen católico, y cumple con la Iglesia sin dar que decir al sacristán de su barrio, ni menos al cura, que saben lo que pesan la cera, las limosnas y las misas del señor don Primitivo Cordero.
El segundo rasgo de su carácter es menos simpático: consiste en la ignorancia. Don Primitivo no ha hecho estudios mayores, por no ser esto costumbre en el género de ferretería en doscientas varas a la redonda de Puerta Cerrada. No se ha roto Cordero los codos en Alcalá ni en Salamanca, ni en ningún colegio ni seminario; de modo que sus letras son simplemente las del alfabeto. En cambio, escribe por Iturzaeta con envidiable perfección: sus trazos son tan elegantes, que casi invaden los regios dominios del arte; y su rúbrica, pieza de grandísimo mérito, le envanece, no sin motivo, hasta el extremo de que no pierde ocasión de lucirla.
Fuera de esto, don Primitivo _ignora todo lo ignorable_, según la frase de un contemporáneo suyo, y así como el pájaro no sabe lo que canta, él jamás ha sabido ninguna cosa referente a sistemas políticos. Tiene ideas confusas, bebidas en una copla de _El Zurriago_, en un discurso de Argüelles y hasta en una frase inspirada de Pujitos; tiene, más que ideas, un sentimiento muy vivo de la bondad de las Constituciones liberales, y una fe ciega y valerosa, como la fe de los mártires, que desafía las polémicas, que desprecia los argumentos, y se dispone a gritar y morir, jamás quebrantada ni disuadida. Don Primitivo Cordero no acierta a comprender que puedan existir opiniones distintas en política; no puede comprender que haya más que una opinión: la suya. De ahí resulta su convencimiento de que los serviles, moderados y clerigones, piensan como piensan por interés, siendo todos ellos farsantes hipócritas y egoístas. Para Cordero, el mayor beneficio que puede hacerse a la humanidad es obligarla por la fuerza a tener la única opinión posible, su opinión de él, que es la más razonable, la más lógica, la más conveniente. No pensar como él piensa, es simplemente obra de la astucia o del interés bastardo, de lo cual deduce que todos los que no aman el sistema son unos pillos.
El tercer rasgo de su carácter es una sumisión incondicional a otras personas de más seseras dentro del partido, en tales términos que él no hace sino lo que ellos hacen, y dice todo lo que ellos dicen. Don Primitivo, en los tiempos de 1822, o sea en su primera encarnación, tenía por oráculo al jefe político _Tintín de Navarra_. Le ayudaba, le servía, le formaba, en unión de otros buenos comerciantes de la calle de Toledo, una pequeña corte, o más bien una de esas comparsillas que rodean a los personajes de segunda y tercera magnitud.
El cuarto rasgo de su carácter, en todas las encarnaciones de don Primitivo Cordero, es cierta templanza de hombre establecido y bien acomodado. Detesta las exageraciones y el derramamiento de sangre. Ha oído hablar de una cosa nefanda, la Revolución francesa, y le parece execrable; ha oído hablar de un hombre espantoso, Marat, y le parece un monstruo, que mandaba matar gente por gusto. Él no quiere que en su país pasen estas cosas, y opina que, para convencer a los reacios, deben emplearse, cuando más, algunos palos bien dados.
El quinto rasgo (porque son cinco) de su carácter es una gran predilección por la forma, dándole más importancia que al fondo. En la Milicia, por ejemplo, lo principal es el uniforme, en el gobierno las palabras, en la política general los himnos. Un viva dado a tiempo, un pendón bien tremolado, parécenle de más poder que todas las teorías. Él cuenta siempre con un agente de gran valía para resolver todos los conflictos políticos: el entusiasmo; así es que casi siempre está entusiasmado. He aquí una cosa en que no se equivoca el bueno de don Primitivo Cordero. ¡Desgraciada sociedad la que desconoce el entusiasmo! Esto es evidente; pero al mismo tiempo debe advertirse que ni aun este noble estado del ánimo que dispone a las grandes acciones está libre de extravíos, y que entusiasmarse fuera de tiempo y por cosas que no lo merecen no es de hombres sesudos ni de graves políticos.
La persona de este excelente hombre era, en los días de su primera encarnación, bastante agradable. Gallarda figura, en la cual encajaba el uniforme a maravilla; mirada perspicua, no como de quien ve, sino de quien cree ver lo oculto de las cosas; semblante varonil, algo petulante, con bigotes largos (pues los de moco no los llevó hasta su segunda encarnación); andar precipitado, arrastrando con horrísono repiqueteo marcial el sable, como quien va siempre de prisa a comunicar algo importante; voz sonora y cierto sentimentalismo en su conversación, como quien está dispuesto a llorar dando un _viva_, o a hacer pucheros cantando un himno; cierta disposición a la fraternidad, cierta generosidad aun con los enemigos; buena fe y lealtad, además de otras cualidades, completaban su persona en lo físico y en lo moral.
Era, además, hombre que gustaba de hablar, en las esquinas y en los cafés, misteriosamente, cuando topaba con sus amigos; de dar noticias a medias para confundir a las gentes; de no reconocerse nunca ignorante de ningún suceso; de dar a entender siempre que iba a pasar algo funesto, solo sabido por él y por _Tintín_; gustaba también de afectar el conocimiento de todas las tramas de los pillos, y siempre estaba de prisa, siempre comía a escape, siempre le apretaban las ocupaciones, siempre le estaban aguardando, siempre iba a casa del jefe político, al Ayuntamiento, o a otra cualquier parte donde debía de ser imprescindible su presencia. Ni más ni menos era don Primitivo Cordero.
XI
—Trabajo es andar tras los conspiradores —le dijo el tenientillo—. Ahí tiene usted, amigo Cordero, una cosa para la que yo no sirvo.
—Yo tampoco, ni es de mi agrado —añadió el capitán—; pero San Martín se empeña en que lo haga, y no puedo desairarle. Es preciso que todos trabajemos por el sistema. ¡Y el sistema peligra, señores!
—¡Vaya que si peligra! —dijo el jovenzuelo a quien llamaban el Marquesito, por ser hijo de un marqués—. El Sultán conspira ayudado por el Tamerlán de Francia, y dicen que Bayona es una fragua de conspiradores.
—Me han dicho —manifestó un tercero que no era más que sargento— que allá corre el oro que es un gusto. Mataflorida, Eguía y Morejón son los agentes que manejan las partidas realistas del norte. Esto se va poniendo muy malcarado.
—Ya, ya se tomarán medidas, señores —dijo Cordero con aplomo—. Los _siete carbuncos_ son buenos sastres. Si creen ustedes que el gobierno duerme, se equivocan. El gobierno sabe todo lo que se trama.
—Pues yo —dijo el sargento— no doy dos cuartos por lo que hagan los _siete carbuncos_.[3] Todos sabemos que Madrid mismo está lleno de agentes que entran y salen. El rey manda sus soplones al norte, y el norte envía sus correveidiles al rey.
[3] Los ministros.
—Madrid lleno de agentes; ¡pero si ya lo sé!... ¡Tanto romperle a uno la cabeza con los agentes! —exclamó Cordero—. ¿Habrá alguien que lo sepa mejor que yo? Si les conozco a todos como a los dedos de mi mano.
—¿Pues por qué no les prenden?
—Ya caerán. No se irá la fiesta por el repulgo.
—¿Y quién duda que los zurriaguistas y toda esa canalla exagerada, lo mismo que esos que han formado la _tertulia de los virtuosos descamisados_ —dijo el Marquesito—, reciben también dinero de Palacio?
—Ya eso es más difícil de probar.
—Mejía está vendido a los realistas. Por cada insulto le dan un duro.
—Sí, podrá ser..., no digo que no. El oro de la reacción corre que es un gusto.
Volviose a oír otra vez la voz alta y sonora de don Patricio. Se acercaba de grupo en grupo.
—¿Qué me dirán ustedes a mí —objetó don Primitivo— que yo no sepa? Aquí en mi cartera tengo unas noticias que espantarían a ustedes si se las revelase. Pero a su tiempo maduran las uvas, y todo se sabrá.
—¿A qué tantos misterios? La Guardia real se subleva.
—¿Por orden del rey?
—Por orden de los agentes de Bayona, que son los que dan el dinero.
—Catorce agentes han llegado a Madrid en lo que va de mes —afirmó Cordero en alta voz—; ¿habrá quien me pruebe lo contrario?
—Y yo digo que cuatrocientos —gritó don Patricio acercándose a los tres jóvenes.
—Siéntese aquí el gran patriota —dijo el Marquesito ofreciendo una banqueta al simpático preceptor.
—Vaya un cigarro —insinuó Cordero ofreciéndoselo.
—No estará de más una copita, ¿eh? —le dijo el sargento.
Don Patricio a nada resistía.
—¡A la salud del gran Riego y de los redactores de _El Zurriago_! —exclamó después de vaciar una copa.
—Eso último no, canario. Aquí no queremos _Zurriagos_.
—Cada uno le reza a sus santos. Dicen que los _zurriaguistas_ están vendidos al oro de Palacio; pero yo digo que quien se vende es el gobierno, ¿estamos?
—Falta probarlo.
—Yo no pruebo nada.
—Más que el vino.
—Todos ustedes —añadió el preceptor, dirigiéndose con gran énfasis a don Primitivo— están con los ojos vendados. ¿A qué hablar de agentes venidos del norte si los han visto como yo a los Reyes Magos?
—¿Cómo se llama aquel de quien me habló usted aquí, y cuyo nombre no recuerdo? —preguntó Cordero sacando su cartera.
—Don Anatolio Gordón... Apunte usted ese y servirá de algo.
—Ya está.
—Es alférez de la Guardia, y antes de llegar a Madrid escribió una carta que vino a parar a mis manos.
—Y que usted leyó.
—Yo no abro cartas ajenas, ¡chilindrón!, aunque en ello me vaya la vida —afirmó don Patricio con dignidad—. Pero sin abrirla sé lo que contenía... El buen sastre conoce el paño. Tengo yo mucho ojo.
—¿Y qué contenía?
—Avisos, planes; quizás estaría en cifra. No es preciso quebrarse los cascos para comprender, señores, que dentro de aquella epístola se encerraba el monstruo hediondo del despotismo.
—Bien.
—Y solo con ver a quién iba dirigida...
—¿A quién?
—A don Urbano Gil de la Cuadra..., puede que no le conozcan ustedes... ¡Ya!, a estos chicos de teta hay que enseñarles el abecé de la política. Gil de la Cuadra fue compañero del cura de Tamajón. Ambos hicieron aquel horrendo plan..., ya saben ustedes.
—¡Sí, ya sé! Estuvo preso.
—Pero se escapó, y como nuestros gobiernos de mantequilla protegen a todos los tunantes, y basta ser realista para ser mimado y recibir confites, Gil de la Cuadra volvió a Madrid, y ahí está haciendo su santa voluntad y riéndose de nosotros. ¡Por los clavos de la chilindraina!...
Cordero apuntó.
—Basta saber dónde vive para comprender que no se ocupa, como el diablo cuando no tiene qué hacer, en matar moscas con el rabo.
—¿Y dónde vive?
—En casa de Naranjo, hombre de Dios. Vaya unos amigos que tienen los _carbuncos_. No saben más que farandulear con los uniformitos, y mientras el enemigo nos mina el terreno, ellos pasan el tiempo retorciéndose el bigotejo lleno de pomada. ¡Qué amigos tiene el gobierno! Será preciso que nosotros los zurriaguistas, nosotros los locos, los furiosos, los descamisados, los republicanos, les digamos dónde está el lobo.
—¿En casa de Naranjo?
—Hombre abominable —dijo el Marquesito con sorna—, hombre feroz que enseña por Torío.
—¿Y Gil de la Cuadra recibió la carta? —preguntó Cordero mojando el lápiz en la punta de la lengua.
—Y después que la recibió, salió... Yo acechaba, señores, porque me ocupo de estas cosas, aunque _Tintín_ no me pide su parecer... Pues bien: Gil de la Cuadra salió, y con todos los guardias que encontraba al paso, hablaba, ¿eh? Después fue a la Cuesta de la Vega y entró en el cuartelillo de Palacio.
—Donde está el primer batallón.
—Pues no hallo en eso nada de particular —dijo el sargento.
—No..., ustedes en nada hallan nada de particular. Cuando reviente la mina veremos si hay algo de particular. Si esto fuera pintar la mona les sorprendería a ustedes; pero esto es indagar, inquirir, vigilar a la canalla...
Cordero apuntó otra vez.
—¿Y ese Naranjo...?
—Es el íntimo de don Víctor Sáez, que va a su casa todas las noches.
—¿Le ha visto usted?
—Como que no ceso de acechar la casa.
—¿Y el guardia?
—¿Gordón? Va también todos los días dos veces. El ha de ser quien alcahuetea con sus compañeros. Gil de la Cuadra ha de ser el director. Pues no tiene poco intríngulis ese señor. ¡Si le conoceré yo que he sido su vecino!
—Estos datos pueden ser de mucho valor, si se confirman con otros más positivos.