Part 4
—Y no solo somos enemigos políticamente hablando, sino escolásticamente —dijo Sarmiento, recalcando bien los adverbios—. Usted enseña por un sistema, yo por otro. Usted se inspira en el misticismo, yo en los grandes cuadros históricos; usted hace leer a sus alumnos el Antiguo Testamento, yo les lleno la cabeza de Historia romana; usted enseña la escritura por Torío, yo por Iturzaeta... ¡Enemigos a muerte!... Y ahora ha de saber usted que hoy estreno mi uniforme y que me lo he puesto expresamente para venir a esta casa.
—Gracias, señor Sarmiento: es grande honor para mí.
—Al mismo tiempo —dijo don Patricio—, debo tranquilizarle a usted respecto al fin de mi visita. Soy enemigo, pero enemigo leal.
—Lo supongo.
—Por consiguiente, no vengo acá como autoridad.
—Es de creer, porque no es usted juez, ni jefe político, ni capitán general.
—Quiero decir que no vengo con la espada en la mano..., y razón había para ello, porque usted, señor Naranjo, conspira más que el rey, y su casa es una madriguera de conspiradores, ¡chilindrón, chilindraina!
—Señor Sarmiento —dijo Naranjo con indignación mal reprimida—, cuando sea usted autoridad le daré cuenta de lo que en mi casa hago o dejo de hacer. Pero no lo es usted todavía: absténgase, pues, de formar juicios temerarios, y no se meta en lo que no le importa.
—¡Ah! Ya sabía yo que saldríamos por ahí —afirmó Sarmiento con vanidad—. Esté tranquilo, que las conspiraciones serán descubiertas y los locos realistas castigados. Seremos inexorables, y no le tendré a usted lástima, no, porque ejerzamos una misma honrosísima y nobilísima profesión, no... La justicia siempre por delante.
Siempre se dijo, y ello es probado: a burro lerdo purísimo palo.
Purísimo palo: es sensible, pero es preciso. Conque mucho cuidado, que mis consejos no son moco de pavo.
Don Patricio se levantó como para marcharse.
—De modo que solo ha venido usted a llamarme burro lerdo y a ofrecerme purísimo palo.
—¡Qué demonche! ¡Chilindrón, chilindrón! Se me olvidaba...
—¡Cabeza de patriota! ¡Bendito sea Dios que todo lo cría, hasta las calabazas sin costuras!
—Sí. Con la conversación y los avisos que he dado a usted para que ande con pausa en eso de las conjuraciones, se me olvidaba que venía...
En aquel instante, Solita, impulsada por la curiosidad, abrió cautelosamente la puerta asomando su semblante.
—Pase usted, mi señora doña Solita —dijo Sarmiento haciendo una reverencia—. Acabo de decirle al señor Naranjo que ponga cuidado en lo que se trama en su casa, no sea que tenga que llamar a Cachán con dos tejas. Todos sabemos que aquí no se viene a oír misa. Pues digo..., viviendo en la casa Gil de la Cuadra, el lugarteniente de don Matías Vinuesa...
Naranjo miró a un rincón de la sala, en el cual había una estaca.
—Pero si pienso ser inexorable el día en que toquen a descubrir artimañas —continuó don Patricio—, en todas las demás ocasiones seré deferente y cortés con los que han sido mis vecinos. Señora doña Solita, diga usted a su padre que he venido a traerle una carta que llevaron a casa.
—¡Una carta! —repitió Gil de la Cuadra, que también se había acercado a la puerta.
Un momento después, don Urbano desdoblaba con febril impaciencia el papel, diciendo:
—¡Es de Anatolio..., de tu primo!
Recorrió con la vista la carta. Su rostro pálido encendiose de pronto, y una viva exclamación de alegría brotó de sus trémulos labios.
—¡Viene!... Dios mío, ¿es cierto lo que leo? ¡Viene!... Lee tú, hija mía: viene resuelto a cumplir su promesa...
El infeliz anciano se desmayó. Sostúvole Naranjo; y cuando le llevaron a su cama y le tendieron y le rociaron el rostro y recobró el conocimiento, exclamó:
—¡Hay Dios, hija de mi corazón, hay Dios! Abrázame..., más fuerte. Soy el hombre más feliz de la tierra.
VII
—Vuélveme a leer esa carta que me ha dado la vida —decía el padre a la hija media hora después, hallándose ya completamente solos—. Repíteme una a una sus consoladoras palabras.
Soledad volvió a leer.
—Se excusa de no habernos escrito —manifestó Gil—. ¡Pobrecillo! Ha estado enfermo, ha tenido que hacer un viaje largo, penoso. ¿Cuántos días estuvo en la cama?
—Cuarenta y dos. ¡Pobre chico!
—¿Y cuánto tardó desde Santander a Logroño?
—Catorce días, caminando entre ventisqueros, hielos y tempestades.
—¡Desgraciado! ¡Y dice que viene resuelto a cumplir su promesa! Lee eso otra vez. Y que llegará..., ¿cuándo?
—El 11 o el 12.
—Es decir, mañana o pasado. Hija de mi alma, abrázame otra vez. Ya tienes amparo, ya tienes apoyo en tu orfandad; ya puedo morirme, ya puedo entregar a la tierra este miserable despojo de mi cuerpo, y decirle: «Ahí tienes, tierra, lo que pides. Ya no te lo disputaré ni un día más.»
—Llegará mañana o pasado —repitió Soledad pensativa.
—¡Y yo dudaba de Dios! ¡Dudaba de su misericordia infinita! ¡Qué hermosa lección me has dado, chiquilla!... Pero observo que no estás tan alegre como yo.
—Sí, padre: estoy contentísima.
—¿Y no dice más?
—Dice también que ha pedido pasar a la Guardia real, donde servirá algún tiempo.
—¡A la Guardia real! Muy bien. Bravo yerno tendré. ¡Qué bien le sentará el uniforme! ¿No es verdad que le sentará bien?
—Admirablemente.
—¿Saldremos a recibirle? ¿No dice por qué Puerta entrará?
—No, señor.
—Lo averiguaremos. Mira, hija, quiero salir a paseo; quiero dar una vuelta por las calles.
—Me alegro infinito —dijo Sola, demostrando verdadero gozo—. Hoy hace buen tiempo. Saldremos esta tarde y daremos un buen paseo.
—Y nos sentaremos bajo un árbol en la Cuesta de la Vega. Parece que recobro las fuerzas.
—¡Dios mío, si yo viera a mi padre sano, tranquilo y feliz!... —exclamó Soledad cruzando las manos.
Gil de la Cuadra se sentó en el sillón, tomó la cabeza de su hija para estrecharla ardorosamente contra su pecho, y derramando lágrimas de ternura, habló de este modo:
—Ya puedo morirme tranquilo; ya no quedas sola en el mundo... ¡Pobrecilla, cuánto he padecido por ti! Por ti y nada más que por ti. Si tú no existieras, ¿qué me importaría la miseria, qué la deshonra?... Me despedazaba el corazón la idea de morir y dejarte sola, sin un pariente, sin un amigo...
—Hubiera encontrado alguno —dijo entre sollozos Soledad.
—No hubieras encontrado más que desvíos: yo conozco el mundo. ¿Quién se acordaría de ti?
—Alguien...
—Nadie. Ahora tu porvenir está seguro. Dios nos ha favorecido después de tantas penas. ¡Bendita sea su misericordia infinita, de la cual he dudado en estos días de angustia y desaliento! He sido malo, muy malo, porque he dudado de Dios. Mientras tú, con tu fe angelical, afrontabas serena las contrariedades, confiando en el porvenir, yo me entregaba a una febril desesperación. Mientras tú, fiada en tus ilusiones, asegurabas que había una Providencia para nosotros, yo, atento a la realidad, no veía más que tinieblas en derredor nuestro. ¿Y sabes hasta dónde llegó mi maldad y la flaqueza de mi razón?
Soledad no contestó, aunque creía poder contestar.
—Pues llegó hasta idear la más ruin, la más perversa de las soluciones al conflicto en que nos encontrábamos.
—¡Morir! —dijo Sola con voz débil.
—Morir por mi propia mano, morir los dos, tú y yo; marcharnos juntos de este mundo que no quería sostenernos y que nos arrojaba de sí.
Solita se estremeció de terror en los brazos de su padre.
—Es espantoso, pero yo estaba decidido, decidido, hija mía, y lo hubiera hecho. Se había clavado esta idea en mi entendimiento, y de ningún modo podía librarme de ella. Pensaba en mi crimen a todas horas, de día y de noche, en sueños y despierto. Si al principio me causaba espanto, al fin pensar en él era una delicia para mi enfermo espíritu... ¡Ah, qué dulce es ahora para mí confesarte mi falta! Me parece que se la estoy contando a Dios en persona, y al hacerlo mi alma se libra de un peso enorme... ¡Pobrecilla! Tú habías comprendido mi demencia, porque tenías buen cuidado de guardar los cuchillos y todo instrumento que pudiera servir para arrancar la vida; guardabas hasta las tijeras. Yo buscaba como un loco, y ni alfileres podía encontrar en toda la casa.
Soledad sonreía.
—Me desesperaba tu capricho de esconder los cuchillos. Me parecía una manía absurda, ridícula, mientras la mía se me antojaba muy natural. Yo discurría todos los medios: yo soñaba con pistolas que levantaran la tapa de los sesos, con puñales que traspasaran el corazón, con tenedores que abrieran las venas, con cuerdas que ahorcaran, con braserillos cuyo humo, produciendo dulce letargo, adormeciera por toda la eternidad. Si hubiese tratado de matarme yo solo, la cuestión habría sido harto sencilla; mas era preciso que muriésemos los dos, pues de otro modo no tenía gracia; ¿no es verdad que no tenía gracia? Mi idea era que abandonáramos la vida juntos, abrazados, estrechamente unidos. Más de una vez traté de confiarte mi pensamiento, a ver si tú lo aprobabas, si querías, como yo, dejar este valle de lágrimas, conformándote con el suicidio; pero, ¡ay!, te veía tan serena, tan resignada a la vida; observaba en ti tanta fe y una convicción tan profunda de que hay Providencia para nosotros, que no me atreví a decirte una palabra.
—Sí, padre: yo creía y creo que teníamos Providencia.
—¿Antes de recibir esta carta?
—Antes.
—¿Cuál? —preguntó Cuadra con cierta incredulidad.
—Una Providencia.
—Pero eso es muy vago.
—Un amigo...
—¡Un amigo! No conozco ninguno.
—Cobrábamos nuestra pensión.
—Pero después de muerto tu padre, ¿quién te hubiera dado la pensión?
—¡Qué sé yo!..., pero...
—¿Quién te hubiera dado nombre, posición, bienestar?
—Alguien; uno, ¡quién sabe!... —repuso Soledad, queriendo decir una cosa y no sabiendo cómo decirla.
—Vamos, no hables majaderías. Tú no puedes discurrir como discurro yo, con conocimiento de causa. Una muchacha siempre es una muchacha, y puede tener sensibilidad, fe, piedad, instinto, delicadeza; pero nunca un criterio claro para apreciar, como los hombres, las cosas del mundo.
—Será por eso.
—Yo no podía contar con tu consentimiento. Dirás que era una crueldad mía el quitarte la vida; pero si bien se mira, librarte de la miseria era quererte bien. Hay distintos modos de amar a los hijos. Yo prefiero verte muerta a que vivas deshonrada y miserable. No, no: morir conmigo no era tan lastimoso como vivir sola y sin amparo. Yo tengo de la muerte una idea algo romana. Hay momentos en que es la mejor de las soluciones. ¿No crees tú lo mismo?
—Alguna vez, ¿por qué no?
—Yo deseaba —añadió Gil de la Cuadra— que hubiera mar en Madrid. ¡Oh! El mar es admirable para los desesperados. Abrazaditos, como dos niños que duermen juntos, nos hubiéramos arrojado a él... Pero en Madrid no hay mar.
—¿Y los estanques del Retiro?
—Tienen antepechos. Sin tu consentimiento hubiera sido muy difícil... Yo discurría, discurría, y al fin, hija mía, pensé en el veneno.
—¡Jesús!
Soledad cerró los ojos y palideció.
—¿Te aterras?... Pensé en el veneno. ¿Pero cómo adquirirlo? Tú no me dabas respiro; y empeñada en que había Providencia, empeñada en vivir contra viento y marea, escondías el dinero. Sin duda temías...
—Sí, también se me ocurrió lo del veneno.
—Pero yo iba juntando cuartos. Mira, aquí en el seno tengo catorce, y algunos ochavos. ¡Pobre hija mía de mi corazón! ¡Qué lejos estabas de que yo, cuando salías, registraba tus bolsillicos para robarte lo que olvidabas en ellos!
Soledad sentía el corazón oprimido y apenas podía respirar.
—¡Qué pálida estás, hijita! —le dijo su padre levantándose con más brío que de ordinario—. Ya todo eso pasó, y no hay que pensar en muertes ni en venenos. ¿Sabes lo que me ocurre?
—¿Qué?
—Que nos vayamos de paseo.
Gil sacó de su seno los cuartos que había reunido.
—¿Ves estos cuartos destinados al fatal proyecto? ¡Oh, Dios mío, cuán bueno has sido para mí y para mi adorada hija!... ¿Ves estos cuartos, Sola? Pues ahora vamos a tomar el sol a la Cuesta de la Vega, y con ellos compraremos avellanas y nos las comeremos tan alegres.
Diciendo esto, Gil de la Cuadra se encasquetó el sombrero con la presteza de un estudiante calavera.
—Vamos, vamos a paseo. Compraremos las avellanas en lugar del veneno. Pero mejor será piñones.
—Avellanas.
—Piñones, que las avellanas son pesadas.
—Dices bien. Pues piñones.
—Compraremos piñones. Y nos los comeremos, se entiende... ¡Ah!, y trataremos de averiguar por qué Puerta entrará Anatolio y a qué hora.
—¿Pero cómo hemos de averiguar eso, padre querido?
—Tienes razón, hija: entre él, y no nos cuidemos de la Puerta... Quizás los de la Guardia real sepan cuándo viene. Si encontramos a alguno hemos de preguntárselo. ¡Qué bien le sentará el uniforme!, ¿eh?
—Admirablemente —respondió Sola, poniéndose la mantilla.
Salieron. Soledad, obligada a sostener la conversación que sobre mil puntos entablaba su padre, cuya locuacidad repentina no conocía el cansancio, necesitaba de grandes esfuerzos para disimular su tristeza.
—¿Por qué suspiras? —le preguntaba él a ratos—. ¿No estás contenta como yo?
—Sí, estoy contenta.
En la plazuela de los Caños encontraron a don Patricio, que aún no había dejado su uniforme. Gil de la Cuadra le saludó con cortesía y hasta con amabilidad, diciéndole:
—No sé si le di a usted las gracias por haberme llevado aquella carta. Estaba tan conmovido...
—¿Traía buenas noticias? ¿Qué tal van los negocios? ¿Se trabaja?
—Era de un sobrino mío, que pasa ahora a la Guardia real..., alférez de la Guardia real, señor don Patricio.
—¡De la Guardia real! Bien.
En la tal pastelería se hacen pasteles muy buenos: pasteles y nada más, pasteles ni más ni menos.
—¿Qué dice usted?
—Que a ese joven de la Guardia real le advierta usted que ande con pulso. Yo digo como _El Zurriago_:
Y si de nuestras voces no hacen caso, con el martillo se saldrá del paso.
—Usted no olvida sus coplitas —dijo don Urbano mostrando un humor festivo que en mucho tiempo no se le había conocido—. Pues allá va esa:
Dijo el sabio Salomón que para mandar a bueyes no se necesitan leyes: basta solo un aguijón.
—Pues yo digo:
Ay, le-lé, que toma que toma, ay, le-lé, que daca que daca; ya no bastan las razones, apelemos a la estaca.
Y si esta no le gusta, allá va otra:
¡Qué martillito tan bonito! ¡Qué medicina singular! Tú harás cesar todos los males, como te sepan manejar.
Don Patricio se separó de sus antiguos vecinos.
—Después de todo —dijo el señor de la Cuadra cuando seguían su camino—, este hombre no es más que un gran majadero.
Prosiguieron lentamente hacia la Cuesta de la Vega. Gil de la Cuadra detenía a todos los soldados de la Guardia real para pedirles noticia de su sobrino; pero ninguno supo decirle nada de fundamento.
VIII
A los dos días el desgraciado don Urbano tuvo el inefable placer de abrazar a su sobrino.
—¡Ven a mis brazos, hijo mío de mi corazón! —exclamó el anciano, desvanecido por la felicidad—. Esta es tu esposa, mi hija querida.
Anatolio Gordón era un muchachote corpulento, tan rubio que el pelo y la cara casi parecían del mismo color, siendo sus cejas casi blancas y las pestañas como las de un albino. Su cara pecosa y arrebolada estaba siempre risueña, cualidad que se avenía bien con la redondez de la misma, y con sus facciones agraciadas y poco varoniles. Bigote amarillo, como madejilla de hilos de oro pálido, ornaba su boca, no menos encarnada que una cereza, y sin aquel ligero emblema de su condición masculina, la cara del primo Anatolio habríase confundido con la de una asturianaza guapetona o mofletuda pasiega. El musculoso cuerpo representaba hercúlea fuerza, y sus manazas parecían más propias para romper los objetos que para cogerlos. En todo él revelábase poco hábito de las formas sociales y una franqueza campesina que por cierto no era desagradable. Finalmente, el conjunto de la persona de Anatolio Gordón predisponía en su favor, y nadie, al verle, podría negarle un puesto honroso, quizás el primero, entre los excelentes muchachos.
Hízole sentar a su lado don Urbano y no se saciaba de contemplarle.
—Yo creí que vendrías de uniforme —dijo estrechándole las manos—. ¡Pero qué grandón estás! ¡Cómo has crecido, hijo! De seguro que no habrá en toda España un mozo más guapo que tú. Si vieras qué alegría nos ha dado tu carta... Yo creí que nos habías olvidado.
—Tengo que pedirles perdón —dijo Anatolio con torpeza, pues era algo corto de genio— por haber estado tanto tiempo sin escribirles.
—Déjate de excusas ahora...
—Pero siempre tuve intenciones de volver, siempre he tenido presente lo que mi madre me dijo al morir...
Mirando a su prima, Anatolio se puso como la grana.
—Yo no podía explicarme tu silencio —manifestó Cuadra—. Mejor dicho, yo había perdido la esperanza de que vinieras. Mi hija, esta buena hija, que ha sido mi consuelo y mi luz, esperaba siempre, confiando en la Providencia.
—No tarda quien viene. Aquí estoy al fin —dijo Anatolio con expresión desabrida—, aquí estoy a la disposición de usted, querido tío.
Solita no chistaba, concretándose a ver y oír. La conversación de Anatolio no era, por lo común, muy interesante, y aquel día redújose a fórmulas frías de felicitación y a pormenores de su viaje y de su instalación en Madrid. Anunció a su tío que una vez arreglados sus asuntos militares, le visitaría dos veces todos los días, siempre que no estuviera de servicio, siendo de tres o cuatro horas cada visita. No hablaron en aquella primera conferencia de la proyectada boda, lo cual pareció muy decoroso a Gil, y se despidió el joven hasta la tarde, dejando en el anciano impresión felicísima, y en la joven una especie de estupor frío que no podía explicarse.
Anatolio volvió al siguiente día con su uniforme de infantería. Sin estar mal, no podía decirse que fuera un modelo acabado de apostura guerrera. Ya fuese que engordara bastante después de estrenada la casaca, ya que el sastre se quedó corto al hacerla, ello es que un grave conflicto parecía inminente por haber más cuerpo que paño; que este se reventaba, y aquel quería por las costuras a toda prisa salirse.
Aquel día empezó por hablar de sus asuntos y del plan de conducta que se había trazado respecto a su carrera.
—Pienso abandonar la milicia en cuanto haya servido un par de meses en la Guardia. No me gusta esta maldita carrera, y soy partidario de que el buey suelto..., ya me entienden ustedes.
—Apruebo esa determinación —repuso Gil de la Cuadra, que no podía pensar nada distinto de lo que pensara su futuro yerno.
—Felizmente, no le falta a uno con qué vivir —añadió el mancebo con énfasis—, y yo creo que trabajando en lo que tengo no nos irá mal.
Al decir _nos_, Anatolio miró a su prima, y Gil de la Cuadra, que pudo advertir palabras y mirada, sintió una sensación de gozo como si los ángeles le cogieran en brazos para llevarle al cielo.
—Dime una cosa —preguntó don Urbano, a quien la satisfacción le salía chispeante por ojos y boca—: ¿conservas aquella haciendita tan preciosa de Cangas?
—Sí, señor —repuso Anatolio poniendo una pierna sobre la otra y echando el cuerpo atrás—. La conservo, y los dos prados de al lado: aquel pequeño, que era del procurador Sotelo, y el grande, de doña Nicanora. Voy uniendo todos los pedazos que puedo, porque quiero hacer una hacienda grande, muy grande.
—¿Y las dos herrerías de Mieres?
—También, también las conservo. ¿Pues qué, las había de vender? No las daría por cinco mil duros.
—¡Caramba! —exclamó Gil mirando a su hija—. Y me dijeron que de la testamentaría de tu abuelo materno te tocó una casa en Luarca.
—Una casa, una cuadra y un taller de carretería. Los tengo arrendados, y aunque no son gran cosa, dan..., sí señor, dan.
—Luego tú eres tan arreglado, tan cuidadoso de tu hacienda, tan formal, tan económico... Te pareces a tu buena madre, que en gloria esté.
—Además, tengo un crédito en la casa del excelentísimo señor duque del Parque, mi paisano, y amigo que fue de mi señor padre.
—¿El duque del Parque? Ya sé, general y diputado, político y orador... Es de los exaltados y martilleros.
Al oír nombrar al duque, el corazón de Solita le saltó en el pecho, como un loco en su jaula.
—Mi padre —prosiguió Gordón— anticipó una cantidad al señor duque para reparación de los molinos en el río Pisueña, y además se quedó con las obras para la subida de aguas a las huertas de Cabruñana. No le pagaron, y ahora la administración de Su Excelencia dice que los papeles no están claros. Yo porfío que sí, y vamos a tener pleito, aunque espero que hablando yo mismo al señor duque, que está en Madrid, y recordándole lo que pasó, reconocerá la deuda y me pagará por buenas.
—Sí, te pagará... Si es cosa clara...
—Son al pie de seis mil duros.
—¡Seis mil duros!... Querida Sola, ¿por qué no me abres la ventana? Me falta aire que respirar.
Gil de la Cuadra quería meter toda la atmósfera en sus pulmones.
Al día siguiente, Anatolio se atrevió a hablar a su prima de algo parecido a amores. Hasta entonces una violenta cortedad le había impedido tocar tan delicado punto. Estaban solos.
—Soledad —le dijo—, mi madre y tu padre nos destinaron a casarnos. Yo estoy contento, ¿y tú?
—Yo quiero todo lo que quiere mi padre —repuso Solita.
Estaba pálida como una muerta, y sus palabras parecían suspiros.
—Yo bien sé que no puedes quererme... —añadió el mancebo—. Pues mira tú, yo te quiero a ti aunque no te he visto sino cinco días. Hasta ahora ninguna mujer me ha gustado más que tú. Dime, ¿tienes deseos de ir a Asturias?
—Yo estoy bien en todas partes.
—Bien contestado..., pero dime: me encontrarás un poco palurdo, ¿no es verdad?
—¡Qué cosas tienes! ¿Tú palurdo?
—Digo..., en comparación contigo. Porque tú eres muy señorita, y tienes un aire divino que no está mal, no está mal. Haremos buen par. Tú me afinarás, y yo te embruteceré un poco.
Diciendo esto reía con la inocencia de un niño o un salvaje.
IX
¡Qué días aquellos los de la primavera del 22! En otras épocas hemos visto anarquía; pero como aquella, ninguna. Nos gobernaban una Constitución impracticable y un rey conspirador que tenía agentes en el norte para levantar partidas, agentes en Francia para organizar la reacción, agentes en Madrid para engañar a todos. En nombre de la primera legislaba un Congreso de hombres exaltados. En representación constitucional del segundo gobernaba un ministerio presidido por un poeta. El Congreso era un volcán de pasiones, y allí creían que las dificultades se resolvían con gritos, escándalos y bravatas; el rey sacaba partido de las debilidades de unos y otros; el ministerio se veía acosado por todo el mundo; pero su honradez y sus buenas letras no le servían de nada.
El ejército estaba indisciplinado: unos cuerpos querían ser _libres_, otros vitoreaban al _Rey neto_. Los artilleros se sublevaban en Valencia, los carabineros en Castro del Río, y la Guardia real acuchillaba a los paisanos de Madrid. La Milicia nacional bullía en todas partes inquieta y arisca; sublevábase la de Barcelona gritando _Viva la Constitución_, mientras la de Pamplona, enfurecida porque los soldados aclamaban a Riego, les hizo fuego al grito de _Viva Dios_. En Cartagena las mujeres se batían en las calles confundidas con los milicianos.