Tres Comedias

Chapter 8

Chapter 83,989 wordsPublic domain

CRISPÍN. Que nuestra situación es ya insostenible, que hemos apurado nuestro crédito, y las gentes ya empiezan a pedir algo efectivo. El Hostelero, que nos albergó con toda esplendidez por muchos días, esperando que recibieras tus libranzas. El señor Pantalón, que fiado en el crédito del Hostelero, nos proporcionó cuanto fue preciso para instalarnos con suntuosidad en esta casa... Mercaderes de todo género, que no dudaron en proveernos de todo, deslumbrados por tanta grandeza. Doña Sirena misma, que tan buenos oficios nos ha prestado en tus amores... Todos han esperado lo razonable, y sería injusto pretender más de ellos, ni quejarse de tan amable gente... ¡Con letras de oro quedará grabado en mi corazón el nombre de esta insigne ciudad, que desde ahora declaro por mi madre adoptiva! A más de esto..., ¿olvidas que de otras partes habrán salido y andarán en busca nuestra? ¿Piensas que las hazañas de Mantua y de Florencia son para olvidarlas?[85.1] ¿Recuerdas el famoso proceso de Bolonia?[85.2]... ¡Tres mil doscientos folios sumaba cuando nos ausentamos alarmados de verle crecer tan sin tino! ¿Qué no habrá aumentado bajo la pluma de aquel gran doctor jurista que la había tomado por su cuenta? ¡Qué de considerandos y de resultandos[85.3] de que no resultará cosa buena! ¿Y aun dudas? ¿Y aun me reprendes porque di la batalla que puede decidir en un día de nuestra suerte?

LEANDRO. ¡Huyamos!

CRISPÍN. ¡No! ¡Basta de huir a la desesperada! Hoy ha de fijarse nuestra fortuna... Te di el amor, dame tú la vida.

LEANDRO. ¿Pero cómo salvarnos? ¿Qué puedo yo hacer? Dime.

CRISPÍN. Nada ya. Basta con aceptar lo que los demás han de ofrecernos... Piensa que hemos creado muchos intereses y es interés de todos el salvarnos.

ESCENA V

DICHOS y DOÑA SIRENA, que sale por la segunda derecha, o sea el pasillo.

SIRENA. ¿Dais licencia, señor Leandro?

LEANDRO. ¡Doña Sirena! ¿Vos en mi casa?

SIRENA. Ya veis a lo que me expongo. A tantas lenguas maldicientes. ¡Yo en casa de un caballero, joven, apuesto!...

CRISPÍN. Mi señor sabría hacer callar a los maldicientes si alguno se atreviera a poner sospecha en vuestra fama.

SIRENA. ¿Tu señor? No me fío. ¡Los hombres son tan jactanciosos! Pero en nada reparo por serviros. ¿Qué me decís, señor, que anoche quisieron daros muerte? No se habla de otra cosa... ¡Y Silvia! ¡Pobre niña! ¡Cuánto os ama! ¡Quisiera saber qué hicisteis para enamorarla de ese modo!

CRISPÍN. Mi señor sabe que todo lo debe a vuestra amistad.

SIRENA. No diré yo que no me deba mucho..., que siempre hablé de él como yo no debía, sin conocerle lo bastante... A mucho me atreví por amor vuestro. Si ahora faltarais a vuestras promesas...

CRISPÍN. ¿Dudáis de mi señor? ¿No tenéis cédula firmada de su mano?...

SIRENA. ¡Buena mano y buen nombre! ¿Pensáis que todos no nos conocemos? Yo sé confiar y sé que el señor Leandro cumplirá como debe. Pero si vierais que hoy es un día aciago para mí, y por lograr hoy una mitad de lo que se me ha ofrecido perdería gustosa la otra mitad...

CRISPÍN. ¿Hoy decís?

SIRENA. ¡Día de tribulaciones! Para que nada falte, veinte años hace hoy también que perdí a mi segundo marido, que fue el primero, el único amor de mi vida.

CRISPÍN. Dicho sea en elogio del primero.

SIRENA. El primero me fue impuesto por mi padre. Yo no le amaba, y a pesar de ello supe serle fiel.

CRISPÍN. ¿Qué no sabréis vos, doña Sirena?

SIRENA. Pero dejemos los recuerdos, que todo lo entristecen. Hablemos de esperanzas. ¿Sabéis que Silvia quiso venir conmigo?

LEANDRO. ¿Aquí, a esta casa?

SIRENA. ¿Qué os parece? ¿Qué diría el señor Polichinela? ¡Con toda la ciudad soliviantada contra él, fuerza le sería casaros!

LEANDRO. No, no; impedidla que venga.

CRISPÍN. ¡Chits! Comprenderéis que mi señor no dice lo que siente.

SIRENA. Lo comprendo... ¿Qué no daría él por ver a Silvia a su lado, para no separarse nunca de ella?

CRISPÍN. ¿Qué daría? ¡No lo sabéis!

SIRENA. Por eso lo pregunto.

CRISPÍN. ¡Ah, doña Sirena!... Si mi señor es hoy esposo de Silvia, hoy mismo cumplirá lo que os prometió.

SIRENA. ¿Y si no lo fuera?

CRISPÍN. Entonces... lo habréis perdido todo. Ved lo que os conviene.

LEANDRO. ¡Calla, Crispín! ¡Basta! No puedo consentir que mi amor se trate como mercancía. Salid, doña Sirena; decid a Silvia que vuelva a casa de su padre, que no venga aquí en modo alguno, que me olvide para siempre, que yo he de huir donde no vuelva a saber de mi nombre... ¡Mi nombre! ¿Tengo yo nombre acaso?

CRISPÍN. ¿No callarás?

SIRENA. ¿Qué le dio? ¡Qué locura es ésta! ¡Volved en vos! ¡Renunciar de ese modo a tan gran ventura!... Y no se trata sólo de vos. Pensad que hay quien todo lo fió en vuestra suerte, y no puede burlarse así de una dama de calidad que a tanto se expuso por serviros. Vos no haréis tal locura; vos os casaréis con Silvia, o habrá quien sepa pediros cuenta de vuestros engaños, que no estoy tan sola en el mundo como pudiste creer, señor Leandro.

CRISPÍN. Doña Sirena dice muy bien. Pero creed que mi señor sólo habla así ofendido por vuestra desconfianza.

SIRENA. No es desconfianza en él... Es, todo he de decirlo..., es que el señor Polichinela no es hombre para dejarse burlar..., y ante el clamor que habéis levantado contra él con vuestra estratagema de anoche...

CRISPÍN. ¿Estratagema decís?

SIRENA. ¡Bah! Todos nos conocemos. Sabed que uno de los espadachines es pariente mío, y los otros me son también muy allegados... Pues bien: el señor Polichinela no se ha descuidado, y ya se murmura por la ciudad que ha dado aviso a la Justicia de quién sois y cómo puede perderos; dícese también que hoy llegó de Bolonia un proceso...

CRISPÍN. ¡Y un endiablado doctor con él! Tres mil novecientos folios...

SIRENA. Todo esto se dice, se asegura. Ved si importa no perder tiempo.

CRISPÍN. ¿Y quién lo malgasta y lo pierde sino vos? Volved a vuestra casa... Decid a Silvia...

SIRENA. Silvia está aquí. Vino junto con Colombina, como otra doncella de mi acompañamiento. En vuestra antecámara espera. Le dije que estabais muy malherido...

LEANDRO. ¡Oh, Silvia mía!

SIRENA. Sólo pensó en que podíais morir...; nada pensó en lo que arriesgaba con venir a veros. ¿Soy vuestra amiga?

CRISPÍN. Sois adorable. Pronto. Acostaos aquí, haceos del doliente[89.1] y del desmayado. Ved que si es preciso yo sabré[89.2] que lo estéis de veras. (_Amenazándole y haciéndole sentar en un sillón._)

LEANDRO. Sí, soy vuestro, lo sé, lo veo... Pero Silvia no lo será. Sí, quiero verla; decidle que llegue, que he de salvarla a pesar vuestro, a pesar de todos, a pesar de ella misma.

CRISPÍN. Comprenderéis que mi señor no siente lo que dice.

SIRENA. No lo creo tan necio ni tan loco. Ven conmigo. (_Se va con Crispín por la segunda derecha, o sea el pasillo._)

ESCENA VI

LEANDRO y SILVIA, que sale por la segunda derecha.

LEANDRO. ¡Silvia! ¡Silvia mía!

SILVIA. ¿No estás herido?

LEANDRO. No; ya lo ves... Fue un engaño, un engaño más para traerte aquí. Pero no temas; pronto vendrá tu padre, pronto saldrás con él sin que nada tengas que reprocharme... ¡Oh! Sólo el haber empañado la serenidad de tu alma con una ilusión de amor, que para ti sólo será el recuerdo de un mal sueño.

SILVIA. ¿Qué dices, Leandro? ¿Tu amor no era verdad?

LEANDRO. ¡Mi amor, sí...; por eso no ha de engañarte! Sal de aquí pronto, antes de que nadie, fuera de los que aquí te trajeron, pueda saber que viniste.

SILVIA. ¿Qué temes? ¿No estoy segura en tu casa? Yo no dudé en venir a ella... ¿Qué peligros pueden amenazarme a tu lado?

LEANDRO. Ninguno; dices bien. Mi amor te defiende de tu misma inocencia.

SILVIA. No he de volver a casa de mi padre después de su acción horrible.

LEANDRO. No, Silvia, no culpes a tu padre. No fue él; fue otro engaño más, otra mentira... Huye de mí, olvida a este miserable aventurero, sin nombre, perseguido por la Justicia.

SILVIA. ¡No, no es cierto! Es que la conducta de mi padre me hizo indigna de vuestro cariño. Eso es. Lo comprendo... ¡Pobre de mí!

LEANDRO. ¡Silvia! ¡Silvia mía! ¡Qué crueles tus dulces palabras! ¡Qué cruel esa noble confianza de tu corazón, ignorante del mal y de la vida!

ESCENA VII

DICHOS y CRISPÍN, que sale corriendo por la segunda derecha.

CRISPÍN. ¡Señor! ¡Señor! El señor Polichinela llega.

SILVIA. ¡Mi padre!

LEANDRO. ¡Nada importa! Yo os entregaré a él por mi mano.

CRISPÍN. Ved que no viene solo, sino con mucha gente y justicia con él.

LEANDRO. ¡Ah! ¡Si te hallan aquí! ¡En mi poder! Sin duda tú les diste aviso... Pero no lograréis vuestro propósito.

CRISPÍN. ¿Yo? No por cierto... Que esto va de veras, y ya temo que nadie pueda salvarnos.

LEANDRO. ¡A nosotros, no; ni he de intentarlo!... Pero a ella, sí. Conviene ocultarte; queda aquí.

SILVIA. ¿Y tú?

LEANDRO. Nada temas. ¡Pronto, que llegan! (_Esconde a Silvia en la habitación del foro, diciéndole a Crispín_): Tú verás lo que trae a esa gente. Sólo cuida de que nadie entre ahí hasta mi regreso... No hay otra huida. (_Se dirige a la ventana._)

CRISPÍN. (_Deteniéndole._) ¡Señor! ¡Tente! ¡No te mates así!

LEANDRO. No pretendo matarme ni pretendo escapar; pretendo salvarla. (_Trepa hacia arriba por la ventana y desaparece._)

CRISPÍN. ¡Señor, señor! ¡Menos mal! Creí que intentaba arrojarse al suelo, pero trepó hacia arriba... Esperemos todavía... Aun quiere volar... Es su región, las alturas. Yo a la mía, la tierra... Ahora más que nunca conviene afirmarse en ella. (_Se sienta en un sillón con mucha calma._)

ESCENA VIII

CRISPÍN, el SEÑOR POLICHINELA, el HOSTELERO, el SEÑOR PANTALÓN, el CAPITÁN, ARLEQUÍN, el DOCTOR, el SECRETARIO y dos ALGUACILES con enormes protocolos de curia. Todos salen por la segunda derecha, o sea el pasillo.

POLICHINELA. (_Dentro, a gente que se supone fuera._) ¡Guardad bien las puertas, que nadie salga, hombre ni mujer, ni perro ni gato!

HOSTELERO. ¿Dónde están, dónde están esos bandoleros, esos asesinos?

PANTALÓN. ¡Justicia! ¡Justicia! ¡Mi dinero! ¡Mi dinero! (_Van saliendo todos por el orden que se indica. El Doctor y el Secretario se dirigen a la mesa y se disponen a escribir. Los dos alguaciles de pie, teniendo en las manos los enormes protocolos del proceso._)

CAPITÁN. Pero ¿es posible lo que vemos, Crispín?

ARLEQUÍN. ¿Es posible lo que sucede?

PANTALÓN. ¡Justicia! ¡Justicia! ¡Mi dinero! ¡Mi dinero!

HOSTELERO. ¡Que los prendan..., que se aseguren de ellos!

PANTALÓN. ¡No escaparán..., no escaparán!

CRISPÍN. Pero ¿qué es esto? ¿Cómo se atropella así la mansión de un noble caballero? Agradezcan la ausencia de mi señor.

PANTALÓN. ¡Calla, calla, que tú eres su cómplice y has de pagar con él!

HOSTELERO. ¿Cómo cómplice? Tan delincuente como su pretendido señor..., que él fue quien me engañó.

CAPITÁN. ¿Qué significa esto, Crispín?

ARLEQUÍN. ¿Tiene razón esta gente?

POLICHINELA. ¿Qué dices ahora, Crispín? ¿Pensaste que habían de valerte tus enredos conmigo? ¿Conque yo pretendí asesinar a tu señor? ¿Conque yo soy un viejo avaro que sacrifica a su hija? ¿Conque toda la ciudad se levanta contra mí llenándome de insultos? Ahora veremos.

PANTALÓN. Dejadle, señor Polichinela, que éste es asunto nuestro, que al fin vos no habéis perdido nada. Pero yo... ¡todo mi caudal, que lo presté sin garantía! ¡Perdido me veré para toda la vida! ¿Qué será de mí?

HOSTELERO. ¿Y yo, decidme, que gasté lo que no tenía y aun hube de empeñarme por servirle como creí correspondía a su calidad? ¡Esto es mi destrucción, mi ruina!

CAPITÁN. ¡Y nosotros también fuimos ruinmente engañados! ¿Qué se dirá de mí, que puse mi espada y mi valor al servicio de un aventurero?

ARLEQUÍN. ¿Y de mí, que le dediqué soneto tras soneto como al más noble señor?

POLICHINELA. ¡Ja, ja, ja!

PANTALÓN. ¡Sí, reíd, reíd!... Como nada perdisteis...

HOSTELERO. Como nada os robaron...

PANTALÓN. ¡Pronto, pronto! ¿Dónde está el otro pícaro?

HOSTELERO. Registradlo todo hasta dar con él.

CRISPÍN. Poco a poco. Si dais un solo paso...(_Amenazando con la espada._)

PANTALÓN. ¿Amenazas todavía? ¿Y esto ha de sufrirse? ¡Justicia, justicia!

HOSTELERO. ¡Eso es, justicia!

DOCTOR. Señores... Si no me atendéis, nada conseguiremos. Nadie puede tomarse justicia por su mano, que la justicia no es atropello ni venganza, y _summum jus, summa injuria_.[93.1] La Justicia es todo sabiduría, y la sabiduría es todo orden, y el orden es todo razón, y la razón es todo procedimiento, y el procedimiento es todo lógica. _Barbara_, _Celare_, _Dario_, _Ferioque_, _Baralipton_,[93.2] depositad en mí vuestros agravios y querellas, que todo ha de unirse a este proceso que conmigo traigo.

CRISPÍN. ¡Horror! ¡Aun ha crecido!

DOCTOR. Constan aquí otros muchos delitos de estos hombres, y a ellos han de sumarse estos de que ahora les acusáis. Y yo seré parte en todos ellos; sólo así obtendréis la debida satisfacción y justicia. Escribid, señor Secretario, y vayan deponiendo los querellantes.

PANTALÓN. Dejadnos de embrollos, que bien conocemos vuestra justicia.

HOSTELERO. No se escriba nada, que todo será poner lo blanco negro... Y quedaremos nosotros sin nuestro dinero y ellos sin castigar.

PANTALÓN. Eso, eso... ¡Mi dinero, mi dinero! ¡Y después justicia!

DOCTOR. ¡Gente indocta, gente ignorante, gente incivil! ¿Qué idea tenéis de la Justicia? No basta que os digáis perjudicados si no pareciere bien claramente que hubo intención de causaros perjuicio, esto es, fraude o dolo, que no es lo mismo... aunque la vulgar acepción los confunda. Pero sabed... que en el un caso...

PANTALÓN. ¡Basta! ¡Basta! Que acabaréis por decir que fuimos nosotros los culpables.

DOCTOR. ¡Y como pudiera ser si os obstináis en negar la verdad de los hechos!...

HOSTELERO. ¡Ésta es buena![94.1] Que fuimos robados. ¿Quiere más verdad ni más claro delito?

DOCTOR. Sabed que robo no es lo mismo que hurto; y mucho menos que fraude o dolo, como dije primero. Desde las doce tablas[94.2] hasta Justiniano, Triboniano, Emiliano y Triberiano[94.3]...

PANTALÓN. Todo fue quedarnos sin nuestro dinero... Y de ahí no habrá quien nos saque.

POLICHINELA. El señor Doctor habla muy en razón. Confiad en él, y que todo conste en proceso.

DOCTOR. Escribid, escribid luego, señor Secretario.

CRISPÍN. ¿Quieren oírme?

PANTALÓN. ¡No, no! Calle el pícaro..., calle el desvergonzado.

HOSTELERO. Ya hablaréis donde os pesará.

DOCTOR. Ya hablará cuando le corresponda, que a todos ha de oírse en justicia... Escribid, escribid. En la ciudad de..., a tantos... No sería malo proceder primeramente al inventario de cuanto hay en la casa.

CRISPÍN. No dará tregua a la pluma...

DOCTOR. Y proceder al depósito de fianza por parte de los querellantes, por que no pueda haber sospecha en su buena fe. Bastará con dos mil escudos de presente y caución de todos sus bienes...

PANTALÓN. ¿Qué decís? ¡Nosotros dos mil escudos!

DOCTOR. Ocho debieran ser; pero basta que seáis personas de algún crédito para que todo se tenga en cuenta, que nunca fui desconsiderado...

HOSTELERO. ¡Alto, y no se escriba más, que no hemos de pasar por eso!

DOCTOR. ¿Cómo? ¿Así se atropella a la Justicia? Ábrase proceso separado por violencia y mano airada contra un ministro de Justicia en funciones de su ministerio.

PANTALÓN. ¡Este hombre ha de perdernos!

HOSTELERO. ¡Está loco!

DOCTOR. ¿Hombre y loco, decís? Hablen con respeto. Escribid, escribid que hubo también ofensas de palabra...

CRISPÍN. Bien os está por no escucharme.

PANTALÓN. Habla, habla, que todo será mejor, según vemos.

CRISPÍN. Pues atajen a ese hombre, que levantará un monte con sus papelotes.

PANTALÓN. ¡Basta, basta ya, decimos!

HOSTELERO. Deje la pluma...

DOCTOR. Nadie sea osado a poner mano en nada.

CRISPÍN. Señor Capitán, sírvanos vuestra espada, que es también atributo de justicia.

CAPITÁN. (_Va a la mesa y da un fuerte golpe con la espada en los papeles que está escribiendo el Doctor._) Háganos la merced de no escribir más.

DOCTOR. Ved lo que es pedir las cosas en razón. Suspended las actuaciones, que hay cuestión previa a dilucidar... Hablen las partes entre sí... Bueno fuera, no obstante, proceder en el ínterin al inventario...

PANTALÓN. ¡No, no!

DOCTOR. Es formalidad que no puede evitarse.

CRISPÍN. Ya escribiréis cuando sea preciso. Dejadme ahora hablar aparte con estos honrados señores.

DOCTOR. Si os conviene sacar testimonio de cuanto aquí les digáis...

CRISPÍN. Por ningún modo. No se escriba una letra, o no hablaré palabra.

CAPITÁN. Deje hablar al mozo.

CRISPÍN. ¿Y qué he de deciros? ¿De qué os quejáis? ¿De haber perdido vuestro dinero? ¿Qué pretendéis? ¿Recobrarlo?

PANTALÓN. ¡Eso, eso! ¡Mi dinero!

HOSTELERO. ¡Nuestro dinero!

CRISPÍN. Pues escuchadme aquí... ¿De dónde habéis de cobrarlo si así quitáis crédito a mi señor y así hacéis imposible su boda con la hija del señor Polichinela? ¡Voto a..., que siempre pedí tratar con pícaros mejor que con necios! Ved lo que hicisteis y cómo se compondrá ahora con la Justicia de por medio. ¿Qué lograréis ahora si dan con nosotros en galeras o en sitio peor? ¿Será buena moneda para cobraros las túrdigas de nuestro pellejo? ¿Seréis más ricos, más nobles, o más grandes, cuando nosotros estemos perdidos? En cambio, si no nos hubierais estorbado a tan mal tiempo, hoy, hoy mismo tendríais vuestro dinero, con todos sus intereses..., que ellos solos bastarían a llevaros a la horca, si la Justicia no estuviera en esas manos y en esas plumas... Ahora haced lo que os plazca, que ya os dije lo que os convenía...

DOCTOR. Quedaron suspensos[97.1]...

CAPITÁN. Yo aun no puedo creer que ellos sean tales bellacos.

POLICHINELA. Este Crispín... Capaz será de convencerlos...

PANTALÓN. (_Al Hostelero._) ¿Qué decís a esto? Bien mirado...

HOSTELERO. ¿Qué decís vos?

PANTALÓN. Dices que hoy mismo se hubiera casado tu amo con la hija del señor Polichinela. ¿Y si él no da su consentimiento?...

CRISPÍN. De nada ha de servirle. Que su hija huyó con mi señor..., y lo sabrá todo el mundo... Y a él más que a nadie importa que nadie sepa cómo su hija se perdió por un hombre sin condición, perseguido por la Justicia.

PANTALÓN. Si así fuera... ¿Qué decís vos?

HOSTELERO. No nos ablandemos. Ved que el bellacón es maestro en embustes.

PANTALÓN. Decís bien. No sé cómo pude creerlo. ¡Justicia! ¡Justicia!

CRISPÍN. ¡Ved que lo perdéis todo!

PANTALÓN. Veamos todavía... Señor Polichinela, dos palabras.

POLICHINELA. ¿Qué me queréis?

PANTALÓN. Suponed que nosotros no hubiéramos tenido razón para quejarnos. Suponed que el señor Leandro fuera, en efecto, el más noble caballero..., incapaz de una baja acción...

POLICHINELA. ¿Qué decís?

PANTALÓN. Suponed que vuestra hija le amara con locura, hasta el punto de haber huido con él de vuestra casa.

POLICHINELA. ¿Que mi hija huyó de mi casa y con ese hombre? ¿Quién lo dijo? ¿Quién fue el desvergonzado...?

PANTALÓN. No os alteréis. Todo es suposición.

POLICHINELA. Pues aun así no he de tolerarlo.

PANTALÓN. Escuchad con paciencia. Suponed que todo eso hubiera sucedido. ¿No os sería forzoso casarla?

POLICHINELA. ¿Casarla? ¡Antes la mataría! Pero es locura pensarlo. Y bien veo que eso quisierais para cobraros a costa mía, que sois otros tales bribones. Pero no será, no será...

PANTALÓN. Ved[98.1] lo que decís, y no se hable aquí de bribones, cuando estáis presente.

HOSTELERO. ¡Eso, eso!

POLICHINELA. ¡Bribones, bribones, combinados para robarme! Pero no será, no será.

DOCTOR. No hayáis[98.2] cuidado, señor Polichinela, que aunque ellos renunciaran a perseguirle, ¿no es nada este proceso? ¿Creéis que puede borrarse nada de cuanto en él consta, que son cincuenta y dos delitos probados y otros tantos que no necesitan probarse?...

PANTALÓN. ¿Qué decís ahora, Crispín?

CRISPÍN. Que todos esos delitos si fueran tantos, son como estos otros... Dinero perdido que nunca se pagará si nunca le tenemos.

DOCTOR. ¡Eso no! Que yo he de cobrar lo que me corresponda de cualquier modo que sea.

CRISPÍN. Pues será de los que se quejaron, que nosotros harto haremos en pagar con nuestras personas.

DOCTOR. Los derechos de justicia son sagrados, y lo primero será embargar para ellos cuanto hay en esta casa.

PANTALÓN. ¿Cómo es eso? Esto será para cobrarnos en algo.

HOSTELERO. Claro es; y de otro modo...

DOCTOR. Escribid, escribid, que si hablan todos nunca nos entenderemos.

PANTALÓN Y HOSTELERO. ¡No, no!

CRISPÍN. Oídme aquí, señor Doctor. ¿Y si se os pagara de una vez y sin escribir tanto, vuestros... cómo los llamáis? ¿Estipendios?

DOCTOR. Derechos de justicia.

CRISPÍN. Como queráis. ¿Qué os parece?

DOCTOR. En ese caso...

CRISPÍN. Pues ved que mi amo puede ser hoy rico, poderoso, si el señor Polichinela consiente en casarle con su hija. Pensad que la joven es hija única del señor Polichinela; pensad en que mi señor ha de ser dueño de todo; pensad...

DOCTOR. Puede, puede estudiarse.

PANTALÓN. ¿Qué os dijo?

HOSTELERO. ¿Qué resolvéis?

DOCTOR. Dejadme reflexionar. El mozo no es lerdo y se ve que no ignora los procedimientos legales. Porque si consideramos que la ofensa que recibisteis fue puramente pecuniaria y que todo delito que puede ser reparado en la misma forma lleva en la reparación el más justo castigo; si consideramos que así en la ley bárbara y primitiva del talión[100.1] se dijo: ojo por ojo, diente por diente, mas no diente por ojo ni ojo por diente... Bien puede decirse en este caso escudo por escudo. Porque al fin, él no os quitó la vida para que podáis exigir la suya en pago. No os ofendió en vuestra persona, honor, ni buena fama, para que podáis exigir otro tanto. La equidad es la suprema justicia. _Equitas justicia magna est._[100.2] Y desde las Pandectas[100.3] hasta Triboniano con Emiliano Triboniano[100.4]...

PANTALÓN. No digáis más. Si él nos pagara...

HOSTELERO. Como él nos pagara...

POLICHINELA. ¡Qué disparates son éstos, y cómo ha de pagar, ni qué tratar ahora!

CRISPÍN. Se trata de que todos estáis interesados en salvar a mi señor, en salvarnos por interés de todos. Vosotros, por no perder vuestro dinero; el señor Doctor, por no perder toda esa suma de admirable doctrina que fuisteis depositando en esa balumba de sabiduría; el señor Capitán, porque todos le vieron amigo de mi amo, y a su valor importa que no se murmure de su amistad con un aventurero; vos, señor Arlequín, porque vuestros ditirambos de poeta perderían todo su mérito al saber que tan mal los empleasteis; vos, señor Polichinela..., antiguo amigo mío, porque vuestra hija es ya ante el Cielo y ante los hombres la esposa del señor Leandro.

POLICHINELA. ¡Mientes, mientes! ¡Insolente, desvergonzado!

CRISPÍN. Pues procédase al inventario de cuanto hay en la casa. Escribid, escribid, y sean todos estos señores testigos y empiécese por este aposento. (_Descorre el tapiz de la puerta del foro y aparecen formando grupo Silvia, Leandro, doña Sirena, Colombina y la señora de Polichinela._)

ESCENA ÚLTIMA

DICHOS, SILVIA, LEANDRO, DOÑA SIRENA, COLOMBINA y la SEÑORA de POLICHINELA, que aparecen por el foro.

PANTALÓN Y HOSTELERO. ¡Silvia!

CAPITÁN Y ARLEQUÍN. ¡Juntos! ¡Los dos!

POLICHINELA. ¿Conque era cierto? ¡Todos contra mí! ¡Y mi mujer y mi hija con ellos! ¡Todos conjurados para robarme! ¡Prended a ese hombre, a esas mujeres, a ese impostor, o yo mismo...!

PANTALÓN. ¿Estáis loco, señor Polichinela?

LEANDRO. (_Bajando al proscenio en compañía de los demás._) Vuestra hija vino aquí creyéndome malherido acompañada de doña Sirena, y yo mismo corrí al punto en busca de vuestra esposa para que también la acompañara. Silvia sabe quién soy, sabe toda mi vida de miserias, de engaños, de bajezas, y estoy seguro que de nuestro sueño de amor nada queda en su corazón... Llevadla de aquí, llevadla; yo os lo pido antes de entregarme a la Justicia.

POLICHINELA. El castigo de mi hija es cuenta mía; pero a ti... ¡Prendedle digo!

SILVIA. ¡Padre! Si no le salváis, será mi muerte. Le amo, le amo siempre, ahora más que nunca. Porque su corazón es noble y fue muy desdichado, y pudo hacerme suya con mentir, y no ha mentido.