Chapter 7
SIRENA. ¿Hasta de arruinaros?
POLICHINELA. Eso no sería una prueba de cariño. Antes sería capaz de robar, de asesinar..., de todo.
SIRENA. Ya sé que siempre sabríais rehacer vuestra fortuna. Pero la fiesta se anima. Ven conmigo, Silvia. Para danzar téngote destinado un caballero, que habéis[68.1] de ser la más lucida pareja... (_Se dirigen todos a la primera derecha. Al ir a salir el señor Polichinela, Crispín, que entra por la segunda derecha, le detiene._)
ESCENA VII
CRISPÍN y POLICHINELA
CRISPÍN. ¡Señor Polichinela! Con licencia.
POLICHINELA. ¿Quién me llama? ¿Qué me queréis?
CRISPÍN. ¿No recordáis de mí? No es extraño. El tiempo todo lo borra, y cuando es algo enojoso lo borrado, no deja ni siquiera el borrón como recuerdo, sino que se apresura a pintar sobre él con alegres colores, esos alegres colores con que ocultáis al mundo vuestras jorobas.[68.2] Señor Polichinela, cuando yo os conocí, apenas las cubrían unos descoloridos andrajos.
POLICHINELA. ¿Y quién eres tú y dónde pudiste conocerme?
CRISPÍN. Yo era un mozuelo, tú eras ya todo un hombre. Pero ¿has olvidado ya tantas gloriosas hazañas por esos mares,[68.3] tantas victorias ganadas al turco, a que no poco contribuimos con nuestro heroico esfuerzo, unidos los dos al mismo noble remo en la misma gloriosa nave?
POLICHINELA. ¡Imprudente! ¡Calla o...!
CRISPÍN. O harás conmigo como con tu primer amo en Nápoles y con tu primera mujer en Bolonia, y con aquel mercader judío en Venecia...
POLICHINELA. ¡Calla! ¿Quién eres tú, que tanto sabes y tanto hablas?
CRISPÍN. Soy... lo que fuiste. Y quien llegará a ser lo que eres..., como tú llegaste. No con tanta violencia como tú, porque los tiempos son otros y ya sólo asesinan los locos y los enamorados y cuatro pobretes que aun asaltan a mano armada al transeúnte por calles obscuras o caminos solitarios. ¡Carne de horca, despreciable!
POLICHINELA. ¿Y qué quieres de mí? Dinero, ¿no es eso? Ya nos veremos más despacio. No es éste el lugar...
CRISPÍN. No tiembles por tu dinero. Sólo deseo ser tu amigo, tu aliado, como en aquellos tiempos.
POLICHINELA. ¿Qué puedo hacer por ti?
CRISPÍN. No, ahora soy yo quien va a servirte, quien quiere obligarte con una advertencia... (_Haciéndole que mire[69.1] a la primera derecha._) ¿Ves allí a tu hija cómo danza con un joven caballero y cómo sonríe ruborosa al oír sus galanterías? Ese caballero es mi amo.
POLICHINELA. ¿Tu amo? Será entonces un aventurero, un hombre de fortuna, un bandido como...
CRISPÍN. ¿Como nosotros... vas a decir? No; es más peligroso que nosotros, porque, como ves, su figura es bella, y hay en su mirada un misterio de encanto y en su voz una dulzura que llega al corazón y le conmueve como si contara una historia triste. ¿No es esto bastante para enamorar a cualquier mujer? No dirás que no te he advertido. Corre y separa a tu hija de ese hombre, y no la permitas que baile con él ni que vuelva a escucharle en su vida.
POLICHINELA. ¿Y dices que es tu amo y así le sirves?
CRISPÍN. ¿Lo extrañas? ¿Te olvidas ya de cuando fuiste criado? Yo aun no pienso asesinarle.
POLICHINELA. Dices bien; un amo es siempre odioso. Y en servirme a mí, ¿qué interés es el tuyo?
CRISPÍN. Llegar a buen puerto, como llegamos tantas veces remando juntos. Entonces tú me decías alguna vez: Tú que eres fuerte rema por mí... En esta galera de ahora eres tú más fuerte que yo; rema por mí, por el fiel amigo de entonces, que la vida es muy pesada galera y yo llevo remado[70.1] mucho. (_Vase por la segunda derecha._)
ESCENA VIII
EL SEÑOR POLICHINELA, DOÑA SIRENA, la SEÑORA de POLICHINELA, RISELA y LAURA, que salen por la primera derecha.
LAURA. Sólo doña Sirena sabe ofrecer fiestas semejantes.
RISELA. Y la de esta noche excedió a todas.
SIRENA. La presencia de tan singular caballero fue un nuevo atractivo.
POLICHINELA. ¿Y Silvia? ¿Dónde quedó Silvia? ¿Cómo dejaste a nuestra hija?
SIRENA. Callad, señor Polichinela, que vuestra hija se halla en excelente compañía, y en mi casa siempre estará segura.
RISELA. No hubo atenciones más que para ella.
LAURA. Para ella es todo el agrado.
RISELA. Y todos los suspiros.
POLICHINELA. ¿De quién? ¿De ese caballero misterioso? Pues no me contenta. Y ahora mismo...
SIRENA. ¡Pero señor Polichinela...!
POLICHINELA. ¡Dejadme, dejadme! Yo sé lo que me hago.[71.1] (_Vase por la primera derecha._)
SIRENA. ¿Qué le ocurre? ¿Qué destemplanza es ésta?
SEÑORA DE POLICHINELA. ¿Veis qué hombre? ¡Capaz será de una grosería con el caballero! ¡Que ha de casar a su hija con algún mercader u hombre de baja estofa! ¡Que ha de hacerla desgraciada para toda la vida!
SIRENA. ¡Eso no!..., que sois su madre, y algo ha de valer vuestra autoridad...
SEÑORA DE POLICHINELA. ¡Ved! Sin duda dijo alguna impertinencia, y el caballero ya deja la mano de Silvia, y se retira cabizbajo.
LAURA. Y el señor Polichinela parece reprender a vuestra hija...
SIRENA. ¡Vamos, vamos! Que no puede consentirse tanta tiranía.
RISELA. Ahora vemos, señora Polichinela, que con todas vuestras riquezas no sois menos desgraciada.
SEÑORA DE POLICHINELA. No lo sabéis, que algunas veces llegó hasta golpearme.
LAURA. ¿Qué decís? ¿Y fuisteis mujer para consentirlo?
SEÑORA DE POLICHINELA. Luego cree componerlo con traerme algún regalo.
SIRENA. ¡Menos mal! Que hay maridos que no lo componen con nada. (_Vanse todas por la primera derecha._)
ESCENA IX
LEANDRO y CRISPÍN, que salen por la segunda derecha.
CRISPÍN. ¿Qué tristeza, qué abatimiento es ése? ¡Con mayor alegría pensé hallarte!
LEANDRO. Hasta ahora no me vi perdido; hasta ahora no me importó menos perderme.[72.1] Huyamos, Crispín; huyamos de esta ciudad antes de que nadie pueda descubrirnos y vengan a saber lo que somos.
CRISPÍN. Si huyéramos, es cuando todos lo sabrían y cuando muchos corrieran hasta detenernos y hacernos volver a nuestro pesar, que no parece bien ausentarnos con tanta descortesía, sin despedirnos de gente tan atenta.
LEANDRO. No te burles, Crispín, que estoy desesperado.
CRISPÍN. ¡Así eres! Cuando nuestras esperanzas llevan mejor camino.
LEANDRO. ¿Qué puedo esperar? Quisiste que fingiera un amor, y mal sabré fingirlo.
CRISPÍN. ¿Por qué?
LEANDRO. Porque amo, amo con toda verdad y con toda mi alma.
CRISPÍN. ¿A Silvia? ¿Y de eso te lamentas?
LEANDRO. ¡Nunca pensé que pudiera amarse de este modo! ¡Nunca pensé que yo pudiera amar! En mi vida errante por todos los caminos, no fui siquiera el que siempre pasa, sino el que siempre huye, enemiga la tierra, enemigos los hombres, enemiga la luz del sol. La fruta del camino, hurtada, no ofrecida, dejó acaso en mis labios algún sabor de amores, y alguna vez, después de muchos días azarosos, en el descanso de una noche, la serenidad del cielo me hizo soñar con algo que fuera[72.2] en mi vida como aquel cielo de la noche que traía a mi alma el reposo de su serenidad. Y así esta noche en el encanto de la fiesta... me pareció que era un descanso en mi vida... y soñaba... ¡He soñado! Pero mañana será otra vez la huida azarosa, será la Justicia que nos persigue... y no quiero que me halle aquí, donde está ella, donde ella pueda avergonzarse de haberme visto.
CRISPÍN. Yo creí ver que eras acogido con agrado... Y no fui yo solo en advertirlo. Doña Sirena y nuestros buenos amigos el Capitán y el Poeta le hicieron de ti los mayores elogios. A su excelente madre, la señora Polichinela, que sólo sueña emparentar con un noble, le pareciste el yerno de sus ilusiones. En cuanto al señor Polichinela...
LEANDRO. Sospecha de nosotros..., nos conoce...
CRISPÍN. Sí; al señor Polichinela no es fácil engañarle como a un hombre vulgar. A un zorro viejo como él hay que engañarle con lealtad. Por eso me pareció el mejor medio prevenirle de todo.
LEANDRO. ¿Cómo?
CRISPÍN. Sí; él me conoce de antiguo... Al decirle que tú eres mi amo supuso, con razón, que el amo sería digno del criado. Y yo, por corresponder a su confianza, le advertí que de ningún modo consintiera que hablaras con su hija.
LEANDRO. ¿Eso hiciste? ¿Y qué puedo esperar?
CRISPÍN. ¡Necio eres! Que el señor Polichinela ponga todo su empeño en que no vuelvas a ver a su hija.
LEANDRO. ¡No lo entiendo!
CRISPÍN. Y que de este modo sea nuestro mejor aliado, porque bastará que él se oponga, para que su mujer le lleve la contraria y su hija se enamore de ti más locamente. Tú no sabes lo que es una joven, hija de un padre rico, criada en el mayor regalo, cuando ve por primera vez en su vida que algo se opone a su voluntad. Estoy seguro de que esta misma noche, antes de terminar la fiesta, consigue burlar la vigilancia de su padre para hablar todavía contigo.
LEANDRO. ¿Pero no ves que nada me importa del señor Polichinela ni del mundo entero? Que es a ella, sólo a ella, a quien yo no quiero parecer indigno y despreciable..., a quien yo no quiero mentir.
CRISPÍN. ¡Bah! ¡Deja locuras! No es posible retroceder. Piensa en la suerte que nos espera si vacilamos en seguir adelante. ¿Que te has enamorado? Ese amor verdadero nos servirá mejor que si fuera fingido. Tal vez de otro modo hubieras querido ir demasiado de prisa; y si la osadía y la insolencia convienen para todo, sólo en amor sienta bien a los hombres algo de timidez. La timidez del hombre hace ser más atrevidas a las mujeres. Y si lo dudas, aquí tienes a la inocente Silvia, que llega con el mayor sigilo y sólo espera para acercarse a ti que[74.1] yo me retire o me esconda.
LEANDRO. ¿Silvia dices?
CRISPÍN. ¡Chito! ¡Que pudiera espantarse! Y cuando esté a tu lado, mucha discreción..., pocas palabras, pocas... Adora, contempla, admira, y deja que hable por ti el encanto de esta noche azul, propicia a los amores, y esa música que apaga sus sones entre la arboleda y llega como triste de la alegría de la fiesta.
LEANDRO. No te burles, Crispín; no te burles de este amor que será mi muerte.
CRISPÍN. ¿Por qué he de burlarme? Yo sé bien que no conviene siempre rastrear. Alguna vez hay que volar por el cielo para mejor dominar la tierra. Vuela tú ahora; yo sigo[75.1] arrastrándome. ¡El mundo será nuestro! (_Vase por la segunda izquierda._)
ESCENA ÚLTIMA
LEANDRO y SILVIA, que sale por la primera derecha. Al final, CRISPÍN
LEANDRO. ¡Silvia!
SILVIA. ¿Sois vos? Perdonad; no creí hallaros aquí.
LEANDRO. Huí de la fiesta. Su alegría me entristece.
SILVIA. ¿También a vos?
LEANDRO. ¿También decís? ¡También os entristece la alegría!...
SILVIA. Mi padre se ha enojado conmigo. ¡Nunca me habló de ese modo! Y con vos también estuvo desatento. ¿Le perdonáis?
LEANDRO. Sí; lo perdono todo. Pero no le enojéis por mi causa. Volved a la fiesta, que han de buscaros; y si os hallaran aquí a mi lado...
SILVIA. Tenéis razón. Pero volved vos también. ¿Por qué habéis de estar triste?
LEANDRO. No; yo saldré sin que nadie lo advierta... Debo ir muy lejos.
SILVIA. ¿Qué decís? ¿No os trajeron asuntos de importancia a esta ciudad? ¿No debíais permanecer aquí mucho tiempo?
LEANDRO. ¡No, no! ¡Ni un día más! ¡Ni un día más!
SILVIA. Entonces... ¿Me habéis mentido?
LEANDOR. ¡Mentir! No... No digáis que he mentido... No; ésta es la única verdad de mi vida... ¡Este sueño que no debe tener despertar! (_Se oye a lo lejos la música de una canción hasta que cae el telón._)
SILVIA. Es Arlequín que canta... ¿Qué os sucede? ¿Lloráis? ¿Es la música la que os hace llorar? ¿Por qué no decirme[76.1] vuestra tristeza?
LEANDRO. ¿Mi tristeza? Ya la dice esa canción. Escuchadla.
SILVIA. Desde aquí sólo la música se percibe; las palabras se pierden. ¿No la sabéis? Es una canción al silencio de la noche, y se llama _El reino de las almas_. ¿No la sabéis?
LEANDRO. Decidla.
SILVIA.
La noche amorosa, sobre los amantes tiende de su cielo el dosel nupcial. La noche ha prendido sus claros diamantes en el terciopelo de un cielo estival. El jardín en sombra no tiene colores, y es en el misterio de su obscuridad susurro el follaje, aroma las flores y amor... un deseo dulce de llorar. La voz que suspira, y la voz que canta y la voz que dice palabras de amor, impiedad parecen en la noche santa como una blasfemia entre una oración. ¡Alma del silencio, que yo reverencio, tiene tu silencio la inefable voz de los que murieron amando en silencio; de los que callaron muriendo de amor; de los que en la vida por amarnos mucho tal vez no supieron su amor expresar! ¿No es la voz acaso que en la noche escucho y cuando amor dice, dice eternidad? ¡Madre de mi alma! ¿No es luz de tus ojos la luz de esa estrella que como una lágrima de amor infinito en la noche tiembla? ¡Dile a la que hoy amo que yo no amé nunca más que a ti en la tierra, y desde que has muerto sólo me ha besado la luz de esa estrella!
LEANDRO.
¡Madre de mi alma! Yo no he amado nunca más que a ti en la tierra, y desde que has muerto sólo me ha besado la luz de esa estrella.
(_Quedan en silencio, abrazados y mirándose._)
CRISPÍN. (_Que aparece por la segunda izquierda. Aparte._)
¡Noche, poesía, locuras de amante!... ¡Todo ha de servirnos en esta ocasión! ¡El triunfo es seguro! ¡Valor y adelante! ¿Quién podrá vencernos si es nuestro el amor?
(_Silvia y Leandro, abrazados, se dirigen muy despacio a la primera derecha. Crispín los sigue sin ser visto por ellos. El telón va bajando muy despacio._)
ACTO SEGUNDO
CUADRO TERCERO
Sala en casa de Leandro
ESCENA PRIMERA
CRISPÍN, el CAPITÁN, ARLEQUÍN. Salen por la segunda derecha, o sea el pasillo.
CRISPÍN. Entrad, caballeros, y sentaos con toda comodidad. Diré que os sirvan algo... ¡Hola! ¡Eh! ¡Hola!
CAPITÁN. De ningún modo. No aceptamos nada.
ARLEQUÍN. Sólo venimos a ofrecernos a tu señor, después de lo que hemos sabido.
CAPITÁN. ¡Increíble traición, que no quedará sin castigar! ¡Yo te aseguro que si el señor Polichinela se pone al alcance de mi mano...!
ARLEQUÍN. ¡Ventaja de los poetas! Yo siempre le tendré al alcance de mis versos... ¡Oh! La tremenda sátira que pienso dedicarle... ¡Viejo dañino, viejo malvado!
CAPITÁN. ¿Y dices que tu amo no fue siquiera herido?
CRISPÍN. Pero pudo ser muerto. ¡Figuraos! ¡Una docena de espadachines asaltándole de improviso! Gracias a su valor, a su destreza, a mis voces...
ARLEQUÍN. ¿Y ello sucedió anoche, cuando tu señor hablaba con Silvia por la tapia de su jardín?
CRISPÍN. Ya mi señor había tenido aviso...; pero ya le conocéis: no es hombre para intimidarse por nada.
CAPITÁN. Pero debió advertirnos...
ARLEQUÍN. Debió advertir al señor Capitán. Él le hubiera acompañado gustoso.
CRISPÍN. Ya conocéis a mi señor. Él solo se basta.
CAPITÁN. ¿Y dices que por fin conseguiste atrapar por el cuello a uno de los malandrines, que confesó que todo estaba preparado por el señor Polichinela para deshacerse de tu amo?...
CRISPÍN. ¿Y quién sino él podía tener interés en ello? Su hija ama a mi señor; él trata de casarla a su gusto; mi señor estorba sus planes, y el señor Polichinela supo toda su vida cómo suprimir estorbos. ¿No enviudó dos veces en poco tiempo? ¿No heredó en menos a todos sus parientes, viejos y jóvenes? Todos lo saben, nadie dirá que le calumnio... ¡Ah! La riqueza del señor Polichinela es un insulto a la humanidad y a la justicia. Sólo entre gente sin honor puede triunfar impune un hombre como el señor Polichinela.
ARLEQUÍN. Dices bien. Y yo en mi sátira he de decir todo eso... Claro que sin nombrarle, porque la poesía no debe permitirse tanta licencia.
CRISPÍN. ¡Bastante le importará a él de vuestra sátira!
CAPITÁN. Dejadme, dejadme a mí, que como[79.1] él se ponga al alcance de mi mano... Pero bien sé que él no vendrá a buscarme.
CRISPÍN. Ni mi señor consentiría que se ofendiera al señor Polichinela. A pesar de todo, es el padre de Silvia. Lo que importa es que todos sepan en la ciudad cómo mi amo estuvo a punto de ser asesinado; cómo no puede consentirse que ese viejo zorro contraríe la voluntad y el corazón de su hija.
ARLEQUÍN. No puede consentirse; el amor está sobre todo.
CRISPÍN. Y si mi amo fuera algún ruin sujeto... Pero, decidme: ¿no es el señor Polichinela el que debía enorgullecerse de que mi señor se haya dignado enamorarse de su hija y aceptarle por suegro? ¡Mi señor, que a tantas doncellas de linaje excelso ha despreciado, y por quien más de cuatro princesas hicieron cuatro mil locuras!... Pero ¿quién llega? (_Mirando hacia la segunda derecha._) ¡Ah, Colombina! ¡Adelante, graciosa Colombina, no hayas[80.1] temor! (_Sale Colombina._) Todos somos amigos, y nuestra mutua amistad te defiende de nuestra unánime admiración.
ESCENA II
DICHOS y COLOMBINA, que sale por la segunda derecha, o sea el pasillo.
COLOMBINA. Doña Sirena me envía a saber de tu señor. Apenas rayaba el día, vino Silvia a nuestra casa, y refirió a mi señora todo lo sucedido. Dice que no volverá a casa de su padre, ni saldrá de casa de mi señora más que para ser la esposa del señor Leandro.
CRISPÍN. ¿Eso dice? ¡Oh, noble joven! ¡Oh, corazón amante!
ARLEQUÍN. ¡Qué epitalamio pienso componer a sus bodas!
COLOMBINA. Silvia cree que Leandro está malherido... Desde su balcón oyó ruido de espadas, tus voces en demanda de auxilio. Después cayó sin sentido, y así la hallaron al amanecer. Decidme lo que sea[80.2] del señor Leandro, pues muere de angustia hasta saberlo, y mi señora también quedó en cuidado.
CRISPÍN. Dile que mi señor pudo salvarse, porque amor le guardaba; dile que sólo de amor muere con incurable herida... Dile... (_Viendo venir a Leandro._) ¡Ah! Pero aquí llega él mismo, que te dirá cuanto yo pudiera decirte.
ESCENA III
DICHOS y LEANDRO, que sale por la primera derecha.
CAPITÁN. (_Abrazándole._) ¡Amigo mío!
ARLEQUÍN. (_Abrazándole._) ¡Amigo y señor!
COLOMBINA. ¡Ah, señor Leandro! ¡Que estáis salvo! ¡Qué alegría!
LEANDRO. ¿Cómo supisteis?
COLOMBINA. En toda la ciudad no se habla de otra cosa; por las calles se reúne la gente en corrillos, y todos murmuran y claman contra el señor Polichinela.
LEANDRO. ¿Qué decís?
CAPITÁN. ¡Y si algo volviera a intentar contra vos...!
ARLEQUÍN. ¿Y si aún quisiera oponerse a vuestros amores?
COLOMBINA. Todo sería inútil. Silvia está en casa de mi señora, y sólo saldrá de allí para ser vuestra esposa...
LEANDRO. ¿Silvia en vuestra casa? Y su padre...
COLOMBINA. El señor Polichinela hará muy bien en ocultarse.
CAPITÁN. ¡Creyó que a tanto podría atreverse con su riqueza insolente!
ARLEQUÍN. Pudo atreverse a todo, pero no al amor...
COLOMBINA. ¡Pretender asesinaros tan villanamente!
CRISPÍN. ¡Doce espadachines, doce..., yo los conté!
LEANDRO. Yo sólo pude distinguir a tres o cuatro.
CRISPÍN. Mi señor concluirá por deciros que no fue tanto el riesgo, por no hacer mérito de su serenidad y de su valor... ¡Pero yo lo vi! Doce eran, doce, armados hasta los dientes, decididos a todo. ¡Imposible me parece que escapara con vida!
COLOMBINA. Corro a tranquilizar a Silvia y a mi señora.
CRISPÍN. Escucha, Colombina. A Silvia, ¿no fuera mejor no tranquilizarla?...
COLOMBINA. Déjalo a cargo de mi señora. Silvia cree a estas horas que tu señor está moribundo, y aunque doña Sirena finge contenerla..., no tardará en venir aquí sin reparar en nada.
CRISPÍN. Mucho fuera que tu señora no hubiera pensado en todo.
CAPITÁN. Vamos también, pues ya en nada podemos aquí serviros. Lo que ahora conviene es sostener la indignación de las gentes contra el señor Polichinela.
ARLEQUÍN. Apedrearemos su casa... Levantaremos a toda la ciudad en contra suya... Sepa que si hasta hoy nadie se atrevió contra él, hoy todos juntos nos atrevemos; sepa que hay un espíritu y una conciencia en la multitud.
COLOMBINA. Él mismo tendrá que venir a rogaros que toméis a su hija por esposa.
CRISPÍN. Sí, sí; corred, amigos. Ved que la vida de mi señor no está segura... El que una vez quiso asesinarle, no se detendrá por nada.
CAPITÁN. No temas... ¡Amigo mío!
ARLEQUÍN. ¡Amigo y señor!
COLOMBINA. ¡Señor Leandro!
LEANDRO. Gracias a todos, amigos míos, amigos leales. (_Se van todos, menos Leandro y Crispín, por la segunda derecha._)
ESCENA IV
LEANDRO y CRISPÍN
LEANDRO. ¿Qué es esto, Crispín? ¿Qué pretendes? ¿Hasta dónde has de llevarme con tus enredos? ¿Piensas que lo creí? Tú pagaste a los espadachines; todo fue invención tuya. ¡Mal hubiera podido valerme contra todos si ellos no vinieran de burla!
CRISPÍN. ¿Y serás capaz de reñirme, cuando así anticipo el logro de tus esperanzas?
LEANDRO. No, Crispín, no. ¡Bien sabes que no! Amo a Silvia y no lograré su amor con engaños, suceda lo que suceda.
CRISPÍN. Bien sabes lo que ha de sucederte... ¡Si amar es resignarse a perder lo que se ama por sutilezas de conciencia... que Silvia misma no ha de agradecerte!...
LEANDRO. ¿Qué dices? ¡Si ella supiera quién soy!
CRISPÍN. Y cuando lo sepa, ya no serás el que fuiste: serás su esposo, su enamorado esposo, todo lo enamorado y lo fiel y lo noble que tú quieras y ella pueda desear[83.1]... Una vez dueño de su amor... y de su dote, ¿no serás el más perfecto caballero? Tú no eres como el señor Polichinela, que con todo su dinero que tantos lujos le permite, aun no se ha permitido el lujo de ser honrado... En él es naturaleza la truhanería; pero en ti, en ti fue sólo necesidad... Y aun si no me hubieras tenido a tu lado, ya te hubieras dejado morir de hambre de puro escrupuloso. ¡Ah! ¿Crees que si yo hubiera hallado en ti otro hombre me hubiera contentado con dedicarte a enamorar?... No; te hubiera dedicado a la política, y, no el dinero del señor Polichinela, el mundo hubiera sido nuestro... Pero no eres ambicioso, te contentas con ser feliz...
LEANDRO. ¿Pero no viste que mal podía serlo? Si hubiera mentido para ser amado y ser rico de este modo, hubiera sido porque yo no amaba, y mal podía ser feliz. Y si amo, ¿cómo puedo mentir?
CRISPÍN. Pues no mientas. Ama, ama con todo tu corazón, inmensamente. Pero defiende tu amor sobre todo. En amor no es mentir callar lo que puede hacernos perder la estimación del ser amado.
LEANDRO. Ésas sí que son sutilezas, Crispín.
CRISPÍN. Que tú debiste hallar antes si tu amor fuera como dices. Amor es todo sutilezas y la mayor de todas no es engañar a los demás, sino engañarse a sí mismo.
LEANDRO. Yo no puedo engañarme, Crispín. No soy de esos hombres que cuando venden su conciencia se creen en el caso de vender también su entendimiento.
CRISPÍN. Por eso dije que no servías para la política. Y bien dices. Que el entendimiento es la conciencia de la verdad, y el que llega a perderla entre las mentiras de su vida, es como si se perdiera a sí propio, porque ya nunca volverá a encontrarse ni a conocerse, y él mismo vendrá a ser otra mentira.
LEANDRO. ¿Dónde aprendiste tanto, Crispín?
CRISPÍN. Medité algún tiempo en galeras, donde esta conciencia de mi entendimiento me acusó más de torpe[84.1] que de pícaro. Con más picardía y menos torpeza, en vez de remar en ellas pude haber llegado a mandarlas. Por eso juré no volver en mi vida. Piensa de qué no seré capaz ahora que por tu causa me veo a punto de quebrantar mi juramento.
LEANDRO. ¿Qué dices?