Chapter 6
CRISPÍN. Y estad seguros de que mientras él pare en esta ciudad no habéis de carecer de nada, y cuanto gasto hagáis aquí corre de su cuenta.
LEANDRO. Cierto.
CRISPÍN. ¡Y mírese[51.1] mucho el hostelero en trataros como corresponde!
HOSTELERO. ¡Señor!
CRISPÍN. Y no seáis tan avaro de vuestras perdices ni de vuestras empanadas de gato, que no es razón que un poeta como el señor Arlequín hable por sueño de cosas tan palpables...
ARLEQUÍN. ¿Conocéis mi nombre?
CRISPÍN. Yo, no; pero mi señor, como tan gran señor, conoce a cuantos poetas existen y existieron, siempre que sean dignos de ese nombre.
LEANDRO. Cierto.
CRISPÍN. Y ninguno tan grande como vos, señor Arlequín; y cada vez que pienso que aquí no se os ha guardado todo el respeto que merecéis...
HOSTELERO. Perdonad, señor. Yo les serviré como mandáis, y basta que seáis su fiador...
CAPITÁN. Señor, si en algo puedo serviros...
CRISPÍN. ¿Es poco servicio el conoceros? ¡Glorioso Capitán, digno de ser cantado por este solo poeta!...
ARLEQUÍN. ¡Señor!
CAPITÁN. ¡Señor!
ARLEQUÍN. ¿Y os son conocidos mis versos?
CRISPÍN. ¿Cómo conocidos?[51.2] ¡Olvidados los tengo![51.3] ¿No es vuestro aquel soneto admirable que empieza:
«La dulce mano que acaricia y mata»?
ARLEQUÍN. ¿Cómo decís?
CRISPÍN. «La dulce mano que acaricia y mata.»
ARLEQUÍN. ¿Ése decís? No, no es mío ese soneto.
CRISPÍN. Pues merece ser vuestro. Y de vos,[52.1] Capitán, ¿quién no conoce las hazañas? ¿No fuisteis el que sólo con veinte hombres asaltó el castillo de las Peñas Rojas en la famosa batalla de los Campos Negros?
CAPITÁN. ¿Sabéis...?
CRISPÍN. ¿Cómo si sabemos?[52.2] ¡Oh! ¡Cuántas veces se lo oí referir a mi señor entusiasmado! Veinte hombres, veinte y vos delante, y desde el castillo... ¡bum! ¡bum! ¡bum!, disparos, y bombardas, y pez hirviente, y demonios encendidos... ¡Y los veinte hombres como un solo hombre y vos delante! Y los de arriba... ¡bum! ¡bum! ¡bum! Y los tambores... ¡ran, rataplán, plan! Y los clarines... ¡tararí, tarí, tarí!... Y vosotros sólo con vuestra espada y vos[52.3] sin espada... ¡ris, ris, ris!, golpe aquí, golpe allí..., una cabeza, un brazo... (_Empieza a golpes con la espada, dándole de plano al Hostelero y a los Mozos._)
MOZOS. ¡Ay, ay!
HOSTELERO. ¡Téngase, que se apasiona como si pasara!
CRISPÍN. ¿Cómo si me apasiono? Siempre sentí yo el _animus belli_.
CAPITÁN. No parece sino que os hallasteis presente.
CRISPÍN. Oírselo referir a mi señor, es como verlo, mejor que verlo. ¡Y a un soldado así, al héroe de las Peñas Rojas en los Campos Negros se le trata de esa manera!... ¡Ah! Gran suerte fue que mi señor se hallase presente, y que negocios de importancia le hayan traído a esta ciudad, donde él hará que se os trate[52.4] con respeto, como merecéis... ¡Un poeta tan alto, un tan gran capitán! (_A los Mozos._) ¡Pronto! ¿Qué hacéis ahí como estafermos? Servidles de lo mejor que haya en vuestra casa, y ante todo una botella del mejor vino, que mí señor quiere beber con estos caballeros, y lo tendrá a gloria... ¿Qué hacéis ahí? ¡Pronto!
HOSTELERO. ¡Voy, voy! ¡No he librado de mala![53.1] (_Se va con los Mozos a la hostería_.)
ARLEQUÍN. ¡Ah, señor! ¿Cómo agradeceros[53.2]...?
CAPITÁN. ¿Cómo pagaros...?
CRISPÍN. ¡Nadie hable aquí de pagar, que es palabra que ofende! Sentaos, sentaos, que para mi señor, que a tantos príncipes y grandes ha sentado a su mesa, será éste el mayor orgullo.
LEANDRO. Cierto.
CRISPÍN. Mi señor no es de muchas palabras; pero, como veis, esas pocas son otras tantas sentencias llenas de sabiduría.
ARLEQUÍN. En todo muestra su grandeza.
CAPITÁN. No sabéis cómo conforta nuestro abatido espíritu hallar un gran señor como vos, que así nos considera.
CRISPÍN. Esto no es nada, que yo sé que mi señor no se contenta con tan poco y será capaz de llevaros consigo y colocaros en tan alto estado...
LEANDRO. (_Aparte a Crispín._) No te alargues en palabras, Crispín...
CRISPÍN. Mi señor no gusta de palabras, pero ya le conoceréis por las obras.
HOSTELERO. (_Saliendo con los Mozos, que traen las viandas y ponen la mesa._) Aquí está el vino... y la comida.
CRISPÍN. ¡Beban, beban y coman y no se priven de nada, que mi señor corre con todo, y si algo os falta, no dudéis en decirlo, que mi señor pondrá orden en ello, que el hostelero es dado a descuidarse!
HOSTELERO. No por cierto; pero comprenderéis...
CRISPÍN. No digáis palabra, que diréis una impertinencia.
CAPITÁN. ¡A vuestra salud!
LEANDRO. ¡A la vuestra, señores! ¡Por el más grande poeta y el mejor soldado!
ARLEQUÍN. ¡Por el más noble señor!
CAPITÁN. ¡Por el más generoso!
CRISPÍN. Y yo también he de beber, aunque sea atrevimiento. Por este día grande entre todos que juntó al más alto poeta, al más valiente capitán, al más noble señor y al más leal criado... Y permitid que mi señor se despida, que los negocios que le traen a esta ciudad no admiten demora.
LEANDRO. Cierto.
CRISPÍN. ¿No faltaréis a presentarle vuestros respetos cada día?
ARLEQUÍN. Y a cada hora; y he de juntar a todos los músicos y poetas de mi amistad para festejarle con música y canciones.
CAPITÁN. Y yo he de traer a toda mi compañía con antorchas y luminarias.
LEANDRO. Ofenderéis mi modestia...
CRISPÍN. Y ahora, comed, bebed... ¡Pronto! Servid a estos señores... (_Aparte al Capitán._) Entre nosotros..., ¿estaréis sin blanca?
CAPITÁN. ¿Qué hemos de deciros?
CRISPÍN. ¡No digáis más! (_Al Hostelero._) ¡Eh! ¡Aquí! Entregaréis a estos caballeros cuarenta o cincuenta escudos por encargo de mi señor y de parte suya... ¡No dejéis de cumplir sus órdenes!
HOSTELERO. ¡Descuidad! ¿Cuarenta o cincuenta, decís?
CRISPÍN. Poned sesenta... ¡Caballeros, salud!
CAPITÁN. ¡Viva el más grande caballero!
ARLEQUÍN. ¡Viva!
CRISPÍN. ¡Decid ¡viva! también vosotros, gente incivil!
HOSTELERO Y MOZOS. ¡Viva!
CRISPÍN. ¡Viva el más alto poeta y el mayor soldado!
TODOS. ¡Viva!
LEANDRO. (_Aparte a Crispín._) ¿Qué locuras son éstas, Crispín, y cómo saldremos de ellas?
CRISPÍN. Como entramos. Ya lo ves; la poesía y las armas son nuestras... ¡Adelante! ¡Sigamos la conquista del mundo! (_Todos se hacen saludos y reverencias, y Leandro y Crispín se van por la segunda izquierda. El Capitán y Arlequín se disponen a comer los asados que les han preparado el Hostelero y los Mozos que los sirven._)
Mutación
CUADRO SEGUNDO
Jardín con fachada de un pabellón, con puerta practicable en primer término izquierda. Es de noche.
ESCENA PRIMERA
DOÑA SIRENA y COLOMBINA saliendo del pabellón.
SIRENA. ¿No hay para[55.1] perder el juicio, Colombina? ¡Que una dama se vea[55.2] en trance tan afrentoso por gente baja y descomedida! ¿Cómo te atreviste a volver a mi presencia con tales razones?
COLOMBINA. ¿Y no habíais de saberlo?
SIRENA. ¡Morir me estaría mejor! ¿Y todos te dijeron lo mismo?
COLOMBINA. Uno por uno y como lo oísteis... El sastre, que no os enviará el vestido mientras no le paguéis todo lo adeudado.
SIRENA. ¡El insolente! ¡El salteador de caminos! ¡Cuando es él quien me debe todo su crédito en esta ciudad, que hasta emplearlo yo[56.1] en el atavío de mi persona no supo lo que era vestir damas!
COLOMBINA. Y los cocineros y los músicos y los criados todos dijeron lo mismo; que no servirán esta noche en la fiesta si no les pagáis por adelantado.
SIRENA. ¡Los sayones! ¡Los foragidos! ¡Cuándo se vio tanta insolencia en gente nacida para servirnos! ¿Es que ya no se paga más que con dinero? ¿Es que ya sólo se estima el dinero en el mundo? ¡Triste de[56.2] la que se ve como yo, sin el amparo de un marido, ni de parientes, ni de allegados masculinos!... Que una mujer sola nada vale en el mundo por noble y virtuosa que sea. ¡Oh, tiempos de perdición! ¡Tiempos del Apocalipsis! ¡El Anticristo debe ser llegado![56.3]
COLOMBINA. Nunca os vi tan apocada. Os desconozco. De mayores apuros supisteis salir adelante.
SIRENA. Eran otros tiempos, Colombina. Contaba yo entonces con mi juventud y con mi belleza como poderosos aliados. Príncipes y grandes señores rendíanse a mis plantas.
COLOMBINA. En cambio, no sería[56.4] tanta vuestra experiencia y conocimiento del mundo como ahora. Y en cuanto a vuestra belleza, nunca estuvo tan en su punto, podéis creerlo.
SIRENA. ¡Deja lisonjas! ¡Cuándo me vería yo de este modo si fuera la doña Sirena de mis veinte![56.5]
COLOMBINA. ¿Años queréis decir?
SIRENA. ¿Pues qué pensaste? ¡Y qué diré de ti, que aun no los cumpliste y no sabes aprovecharlo! ¡Nunca lo creyera[57.1] cuando al verme tan sola de criada te adopté por sobrina! Si en vez de malograr tu juventud enamorándote de ese Arlequín, ese poeta que nada puede ofrecerte sino versos y músicas, supieras emplearte mejor, no nos veríamos en tan triste caso.
COLOMBINA. ¿Qué queréis? Aun soy demasiado joven para resignarme a ser amada y no corresponder. Y si he de adiestrarme en hacer padecer por mi amor, necesito saber antes cómo se padece cuando se ama. Yo sabré desquitarme. Aun no cumplí los veinte años. No me creáis con tan poco juicio que piense en casarme con Arlequín.
SIRENA. No me fío de ti, que eres muy caprichosa y siempre te dejaste llevar de la fantasía. Pero pensemos en lo que ahora importa. ¿Qué haremos en tan gran apuro? No tardarán en acudir mis convidados, todos personas de calidad y de importancia, y entre ellas el señor Polichinela con su esposa y su hija, que por muchas razones me importan más que todos. Ya sabes cómo frecuentan esta casa algunos caballeros nobilísimos, pero, como yo, harto deslucidos en su nobleza por falta de dinero. Para cualquiera de ellos, la hija del señor Polichinela, con su riquísima dote y el gran caudal que ha de heredar a la muerte de su padre, puede ser un partido muy ventajoso. Muchos son los que la pretenden. En favor de todos ellos interpongo yo mi buena amistad con el señor Polichinela y su esposa. Cualquiera que sea el favorecido, yo sé que ha de corresponder con largueza a mis buenos oficios, que de todos me hice firmar una obligación para asegurarme. Ya no me quedan otros medios que estas mediaciones para reponer en algo mi patrimonio; si de camino algún rico comerciante o mercader se prendara de ti..., ¿quién sabe?..., aun podía ser esta casa lo que fue en otro tiempo. Pero si esta noche la insolencia de esa gente trasciende, si no puedo ofrecer la fiesta... ¡No quiero pensarlo!..., ¡que será mi ruina!
COLOMBINA. No paséis cuidado. Con qué agasajarlos no ha de faltar. Y en cuanto a músicos y a criados, el señor Arlequín, que por algo es poeta y para algo está enamorado de mí, sabrá improvisarlo todo. Él conoce a muchos truhanes de buen humor que han de prestarse a todo. Ya veréis, no faltará nada, y vuestros convidados dirán que no asistieron en su vida a tan maravillosa fiesta.
SIRENA. ¡Ay, Colombina! Si eso fuera, ¡cuánto ganarías en mi afecto! Corre en busca de tu poeta... No hay que perder tiempo.
COLOMBINA. ¿Mi poeta? Del otro lado de estos jardines pasea, de seguro, aguardando una seña mía...
SIRENA. No será bien que asista a vuestra entrevista, que yo no debo rebajarme en solicitar tales favores... A tu cargo lo dejo. ¡Que nada falte para la fiesta, y yo sabré recompensar a todos; que esta estrechez angustiosa de ahora no puede durar siempre... o no sería yo doña Sirena!
COLOMBINA. Todo se compondrá. Id descuidada. (_Vase doña Sirena por el pabellón._)
ESCENA II
COLOMBINA, después CRISPÍN, que sale por la segunda derecha.
COLOMBINA. (_Dirigiéndose a la segunda derecha y llamando._) ¡Arlequín! ¡Arlequín! (_Al ver salir a Crispín._) ¡No es él!
CRISPÍN. No temáis, hermosa Colombina, amada del más soberano ingenio, que por ser raro poeta en todo, no quiso extremar en sus versos las ponderaciones de vuestra belleza. Si de lo vivo a lo pintado fue siempre diferencia, es toda en esta ocasión ventaja de lo vivo, ¡con ser tal[59.1] la pintura!
COLOMBINA. Y vos, ¿sois también poeta, o sólo cortesano y lisonjero?
CRISPÍN. Soy el mejor amigo de vuestro enamorado Arlequín, aunque sólo de hoy le conozco, pero tales pruebas tuvo de mi amistad en tan corto tiempo. Mi mayor deseo fue el de saludaros, y el señor Arlequín no anduviera[59.2] tan discreto en complacerme a no fiar tanto[59.3] de mi amistad, que sin ella, fuera ponerme a riesgo de amaros sólo con haberme puesto en ocasión de veros.
COLOMBINA. El señor Arlequín fiaba tanto en el amor que le tengo como en la amistad que le tenéis. No pongáis todo el mérito de vuestra parte, que es tan necia presunción perdonar la vida a los hombres como el corazón a las mujeres.
CRISPÍN. Ahora advierto que no sois tan peligrosa al que os ve como al que llega a escucharos.
COLOMBINA. Permitid; pero antes de la fiesta preparada para esta noche he de hablar con el señor Arlequín, y...
CRISPÍN. No es preciso. A eso vine, enviado de su parte y de parte de mi señor, que os besa las manos.
COLOMBINA. ¿Y quién es vuestro señor, si puede saberse?
CRISPÍN. El más noble caballero, el más poderoso... Permitid que por ahora calle su nombre; pronto habéis de conocerle. Mi señor desea saludar a doña Sirena y asistir a su fiesta esta noche.
COLOMBINA. ¡La fiesta! ¿No sabéis...?
CRISPÍN. Lo sé. Mi deber es averiguarlo todo. Sé que hubo inconvenientes que pudieron estorbarla; pero no habrá ninguno, todo está prevenido.
COLOMBINA. ¿Cómo sabéis...?
CRISPÍN. Yo os aseguro que no faltará nada. Suntuoso agasajo, luminarias y fuegos de artificio, músicos y cantores. Será la más lucida fiesta del mundo...
COLOMBINA. ¿Sois algún encantador por ventura?
CRISPÍN. Ya me iréis conociendo.[60.1] Sólo os diré que por algo juntó hoy el destino a gente de tan buen entendimiento, incapaz de malograrlo con vanos escrúpulos. Mi señor sabe que esta noche asistirá a la fiesta el señor Polichinela, con su hija única, la hermosa Silvia, el mejor partido de esta ciudad. Mi señor ha de enamorarla, mi señor ha de casarse con ella y mi señor sabrá pagar como corresponde los buenos oficios de doña Sirena y los vuestros también si os prestáis a favorecerle.
COLOMBINA. No andáis con rodeos. Debiera ofenderme vuestro atrevimiento.
CRISPÍN. El tiempo apremia y no me dio lugar a ser comedido.
COLOMBINA. Si ha de juzgarse del amo por el criado...
CRISPÍN. No temáis. A mi amo le hallaréis el más cortés y atento caballero. Mi desvergüenza le permite a él mostrarse vergonzoso. Duras necesidades de la vida pueden obligar al más noble caballero a empleos de rufián, como a la más noble dama a bajos oficios, y esta mezcla de ruindad y nobleza en un mismo sujeto desluce con el mundo. Habilidad es mostrar separado en dos sujetos lo que suele andar junto en uno solo. Mi señor y yo, con ser[61.1] uno mismo, somos cada uno una parte del otro. ¡Si así fuera siempre![61.2] Todos llevamos en nosotros un gran señor de altivos pensamientos, capaz de todo lo grande y de todo lo bello... Y a su lado, el servidor humilde, el de las ruines obras, el que ha de emplearse en las bajas acciones a que obliga la vida... Todo el arte está en separarlos de tal modo, que cuando caemos en alguna bajeza podamos decir siempre: no fue mía, no fui yo, fue mi criado. En la mayor miseria de nuestra vida siempre hay algo en nosotros que quiere sentirse superior a nosotros mismos. Nos despreciaríamos demasiado si no creyésemos valer más que nuestra vida... Ya sabéis quién es mi señor: el de los altivos pensamientos, el de los bellos sueños. Ya sabéis quién soy yo: el de los ruines empleos, el que siempre, muy bajo, rastrea y socava entre toda mentira y toda indignidad y toda miseria. Sólo hay algo en mí que me redime y me eleva a mis propios ojos. Esta lealtad de mi servidumbre, esta lealtad que se humilla y se arrastra para que otro pueda volar y pueda ser siempre el señor de los altivos pensamientos, el de los bellos sueños. (_Se oye música dentro._)
COLOMBINA. ¿Qué música es ésa?
CRISPÍN. La que mi señor trae a la fiesta, con todos sus pajes y todos sus criados y toda una corte de poetas y cantores presididos por el señor Arlequín, y toda una legión de soldados con el Capitán al frente escoltándole con antorchas...
COLOMBINA. ¿Quién es vuestro señor, que tanto puede? Corro a prevenir a mi señora...
CRISPÍN. No es preciso. Ella acude.
ESCENA III
DICHOS y DOÑA SIRENA, que sale por el pabellón.
SIRENA. ¿Qué es esto? ¿Quién previno esa música? ¿Qué tropel de gente llega a nuestra puerta?
COLOMBINA. No preguntéis nada. Sabed que hoy llegó a esta ciudad un gran señor, y es él quien os ofrece la fiesta esta noche. Su criado os informará de todo. Yo aun no sabré deciros si hablé con un gran loco o con un gran bribón. De cualquier modo, os aseguro que él es un hombre extraordinario...
SIRENA. ¿Luego no fue Arlequín...?
COLOMBINA. No preguntéis... Todo es como cosa de magia...
CRISPÍN. Doña Sirena, mi señor os pide licencia para besaros las manos. Tan alta señora y tan noble señor no han de entender en intrigas impropias de su condición. Por eso, antes que él llegue a saludaros yo he de decirlo todo. Yo sé de vuestra historia mil notables sucesos que, referidos,[62.1] me asegurarían toda vuestra confianza... Pero fuera impertinencia puntualizarlos. Mi amo os asegura aquí (_Entregándola un papel_) con su firma la obligación que ha de cumpliros si de vuestra parte sabéis cumplir lo que aquí os propone.
SIRENA. ¿Qué papel y qué obligación es ésta?... (_Leyendo el papel para sí._) ¡Cómo! ¿Cien mil escudos de presente y otros tantos a la muerte del señor Polichinela si llega a casarse con su hija? ¿Qué insolencia es ésta? ¿A una dama? ¿Sabéis con quién habláis? ¿Sabéis qué casa es ésta?
CRISPÍN. Doña Sirena..., ¡excusad la indignación! No hay nadie presente que pueda importaros. Guardad ese papel junto con otros..., y no se hable más del asunto. Mi señor no os propone nada indecoroso ni vos consentiríais en ello... Cuanto aquí suceda será obra de la casualidad y del amor. Fui yo, el criado, el único que tramó estas cosas indignas. Vos sois siempre la noble dama, mi amo el noble señor, que al encontraros esta noche en la fiesta, hablaréis de mil cosas galantes y delicadas, mientras vuestros convidados pasean y conversan a vuestro alrededor, con admiraciones a la hermosura de las damas, al arte de sus galas, a la esplendidez del agasajo, a la dulzura de la música y a la gracia de los bailarines... ¿Y quién se atreverá a decir que no es esto todo? ¿No es así la vida, una fiesta en que la música sirve para disimular palabras y las palabras para disimular pensamientos? Que la música suene incesante, que la conversación se anime con alegres risas, que la cena esté bien servida..., es todo lo que importa a los convidados. Y ved aquí a mi señor que llega a saludaros con toda gentileza.
ESCENA IV
DICHOS, LEANDRO, ARLEQUÍN y el CAPITÁN, que salen por la segunda derecha.
LEANDRO. Doña Sirena, bésoos las manos.
SIRENA. Caballero...
LEANDRO. Mi criado os habrá dicho en mi nombre cuanto yo pudiera deciros.
CRISPÍN. Mi señor, como persona grave, es de pocas palabras. Su admiración es muda.
ARLEQUÍN. Pero sabe admirar sabiamente.
CAPITÁN. El verdadero mérito.
ARLEQUÍN. El verdadero valor.
CAPITÁN. El arte incomparable de la poesía.
ARLEQUÍN. La noble ciencia militar.
CAPITÁN. En todo muestra su grandeza.
ARLEQUÍN. Es el más noble caballero del mundo.
CAPITÁN. Mi espada siempre estará a su servicio.
ARLEQUÍN. He de consagrar a su gloria mi mejor poema.
CRISPÍN. Basta, basta, que ofenderéis su natural modestia. Vedle cómo quisiera ocultarse y desaparecer. Es una violeta.
SIRENA. No necesita hablar quien de este modo hace hablar a todos en su alabanza. (_Después de un saludo y reverencia se van todos por la primera derecha. A Colombina._) ¿Qué piensas de todo esto, Colombina?
COLOMBINA. Que el caballero tiene muy gentil figura y el criado muy gentil desvergüenza.
SIRENA. Todo puede aprovecharse. O yo no sé nada del mundo ni de los hombres, o la fortuna se entró[64.1] hoy por mis puertas.
COLOMBINA. Pues segura es entonces la fortuna; porque del mundo sabéis algo, y de los hombres, ¡no se diga!
SIRENA. Risela y Laura, que son las primeras en llegar...
COLOMBINA. ¿Cuándo fueron ellas las últimas en llegar a una fiesta? Os dejo en su compañía, que yo no quiero perder de vista a nuestro caballero... (_Vase por la primera derecha._)
ESCENA V
DOÑA SIRENA, LAURA y RISELA, que salen por la segunda derecha.
SIRENA. ¡Amigas! Ya comenzaba a dolerme de vuestra ausencia.
LAURA. ¿Pues es tan tarde?
SIRENA. Siempre lo es para veros.
RISELA. Otras dos fiestas dejamos por no faltar a vuestra casa.
LAURA. Por más que alguien nos dijo que no sería esta noche por hallaros algo indispuesta.
SIRENA. Sólo por dejar mal a los maldicientes, aun muriendo la hubiera tenido.
RISELA. Y nosotras nos hubiéramos muerto y no hubiéramos dejado de asistir a ella.
LAURA. ¿No sabéis la novedad?
RISELA. No se habla de otra cosa.
LAURA. Dicen que ha llegado un personaje misterioso. Unos dicen que es embajador secreto de Venecia o de Francia.
RISELA. Otros dicen que viene a buscar esposa para el Gran Turco.
LAURA. Aseguran que es lindo como un Adonis.
RISELA. Si nos fuera posible conocerle... Debisteis invitarle a vuestra fiesta.
SIRENA. No fue preciso, amigas, que él mismo envió un embajador a pedir licencia para ser recibido. Y en mi casa está y le veréis muy pronto.
LAURA. ¿Qué decís? Ved si anduvimos[65.1] acertadas en dejarlo todo por asistir a vuestra casa.
RISELA. ¡Cuántas nos envidiarán esta noche!
LAURA. Todos rabian por conocerle.
SIRENA. Pues yo nada hice por lograrlo. Bastó que él supiera que yo tenía fiesta en mi casa.
RISELA. Siempre fue lo mismo con vos. No llega persona importante a la ciudad que luego no os ofrezca sus respetos.
LAURA. Ya se me tarda en verle[66.1]... Llevadnos a su presencia por vuestra vida.
RISELA. Sí, sí, llevadnos.
SIRENA. Permitid, que llega el señor Polichinela con su familia... Pero id sin mí; no os será difícil hallarle.
RISELA. Sí, sí; vamos, Laura.
LAURA. Vamos, Risela. Antes de que aumente la confusión y no nos sea posible acercarnos. (_Vanse por la primera derecha._)
ESCENA VI
DOÑA SIRENA, POLICHINELA, la SEÑORA de POLICHINELA y SILVIA, que salen por la segunda derecha.
SIRENA. ¡Oh, señor Polichinela! Ya temí que no vendríais.[66.2] Hasta ahora no comenzó para mí la fiesta.
POLICHINELA. No fue culpa mía la tardanza. Fue de mi mujer, que entre cuarenta vestidos no supo nunca cuál ponerse.
SEÑORA DE POLICHINELA. Si por él fuera, me presentaría de cualquier modo... Ved cómo vengo de sofocada[66.3] por apresurarme.
SIRENA. Venís hermosa como nunca.
POLICHINELA. Pues aún no trae la mitad de sus joyas. No podría con tanto peso.
SIRENA. ¿Y quién mejor puede ufanarse con que[66.4] su esposa ostente el fruto de una riqueza adquirida con vuestro trabajo?
SEÑORA DE POLICHINELA. Pero ¿no es hora ya de disfrutar de ella, como yo le digo, y de tener más nobles aspiraciones? Figuraos que ahora quiere casar a nuestra hija con un negociante.
SIRENA. ¡Oh, señor Polichinela! Vuestra hija merece mucho más que un negociante. No hay que pensar en eso. No debéis sacrificar su corazón por ningún interés. ¿Qué dices tú, Silvia?
POLICHINELA. Ella preferirá algún barbilindo, que, muy a pesar mío, es muy dada a novelas y poesía.
SILVIA. Yo haré siempre lo que mi padre ordene, sí a mi madre no le contraría y a mí no me disgusta.
SIRENA. Eso es hablar con juicio.
SEÑORA DE POLICHINELA. Tu padre piensa que sólo el dinero vale y se estima en el mundo.
POLICHINELA. Yo pienso que sin dinero no hay cosa que valga ni se estime en el mundo; que es el precio de todo.
SIRENA. ¡No habléis así! ¿Y las virtudes, y el saber, y la nobleza?
POLICHINELA. Todo tiene su precio, ¿quién lo duda? Nadie mejor que yo lo sabe, que compré mucho de todo eso, y no muy caro.
SIRENA. ¡Oh, señor Polichinela! Es humorada vuestra. Bien sabéis que el dinero no es todo, y que si vuestra hija se enamorara de algún noble caballero, no sería bien contrariarla. Yo sé que tenéis un sensible corazón de padre.
POLICHINELA. Eso sí. Por mi hija sería yo capaz de todo.