Tres Comedias

Chapter 5

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MANUEL. No me explico[30.1] cómo puede ser eso; pero, en fin, la _toilette_ tiene sus secretos...

EMILIA. Como la política... Y hoy va a tener uno...

MANUEL. ¿Uno? ¿Cuál?

EMILIA. El desistir de tu dimisión.

MANUEL. Sí..., por un vestido... ¡Tendría que ver![31.1]

EMILIA. Por el vestido no, por mí... ¿No valgo yo ese sacrificio..., que no lo[31.2] es..., porque tú serás el primero en alegrarte como todos tus amigos?

MANUEL. Mis amigos sí..., ¡y cómo se reirían!

EMILIA. ¡Sí que[31.3] ellos no habrán hecho cosas más graves por cosas de menor importancia!

MANUEL. ¿De menos importancia que el capricho de lucir el vestido?

EMILIA. El de lucir ellos alguna banda o algún discurso preparado. Todo, satisfacción de la vanidad...; pero a los hombres os parece[31.4] que vuestras vanidades son más trascendentales... Después de todo, ¿por qué te empeñas en dimitir? Por vanidad.

MANUEL. ¡Dignidad!

EMILIA. ¡Vanidad! Porque dijiste una cosa y no quieres decir otra...; la vanidad de sostener tu carácter..., y por ella comprometes a tus amigos, expones pones al Gobierno a una crisis desagradable..., de mal efecto...; pasarás por[31.5] orgulloso, por testarudo..., por no saber amoldarte a las circunstancias... Ese defecto lo has tenido siempre...; te lo dicen los periódicos todos los días...

MANUEL. ¿No quedamos en que no los leías?

EMILIA. Alguna vez...; y cuando esa vez da la casualidad..., es que te lo dirán todos los días... «La terquedad del señor ministro..., su inflexibilidad... El señor ministro confunde la tozudez con el carácter...» Tienen mucha razón, y eso que no te ven en casa...

MANUEL. ¡Emilia! Me desagrada oírte...

EMILIA. La verdad desagrada siempre... Pero no me dirás que tú solo vas a tener más razón que todo el Ministerio... Y aunque la tuvieras...; entre personas educadas se cede...; ellos cederán otras veces... Vas a ponerte en ridículo... Te habrá aconsejado tu amigote Pepe..., porque tú eres así...: mucho carácter, y luego te dejas llevar de cualquiera, del que te aconseja con peor intención... Porque Pepe[32.1] lo que está deseando es que dejes de ser ministro; te tiene mucha envidia.

MANUEL. ¿Pero qué tiene que ver Pepe, ni qué me aconseja?...

EMILIA. No digas[32.2]..., siempre, para todo... Hasta cuando pusimos el comedor y tu despacho... tuvo que ser como él dijo..., una cursilería..., el comedor modernista, que parece un café de provincia, y tu despacho, en cambio, que parece una funeraria... Como lo de llevarte a su sastre, que no sabe vestirte... La otra noche me fijé en el baile de la Embajada: nadie lleva el chaleco de frac en forma de corazón, como el que te han hecho..., ni las vueltas de raso..., y esos chalecos de fantasía que llevas son ridículos, y ya verás cómo la toman[32.3] contigo en las caricaturas...

MANUEL. ¡Emilia! ¡Emilia! Que mis nervios están en tensión y ya no respondo.

EMILIA. No te faltaba más que yo pagase tus disgustos políticos. Como la política me ha dado tantas satisfacciones...: sacrificios, molestias... Por ti he perdido las relaciones con mis mejores amigas..., y en cambio tengo que tratar a mucha gente que me desagrada..., a quien yo no distingo..., que no debía de tratar..., y así en todo..., siempre sacrificada... El verano pasado sin tomar las aguas por no dejarte solo en Madrid, porque tú no podías salir con las dichosas Cortes..., y estas Navidades sin poder ir a ver a mamá con los dichosos proyectos, y para una satisfacción que podía una tener una vez..., para un capricho que tiene una..., como si fuera un crimen..., ya es una... una intrigante, ya exige una demasiado, ya compromete una su carrera política, su dignidad..., ¡qué sé yo!... No te faltaba más que decir que yo te pongo en ridículo, como la de Ruiz Gómez a su marido...; pero me lo dirás..., me lo dirás...

MANUEL. ¡Emilia, Emilia!...

EMILIA. No, si ahora soy quien desea que presentes la dimisión... ahora mismo, ahora mismo...; pero no vuelvas a hablarme de política ni de carteras... Nos iremos a vivir a un pueblo, donde siquiera tenga[33.1] tranquilidad..., lo único que yo he deseado siempre..., una casita en un pueblo con sus gallinas y sus palomas..., eso, eso..., y nada de este infierno, de estas intrigas... Todo antes que verte así..., todo antes de que quieras pagar conmigo porque los demás te disgustan...

MANUEL. Esto es peor que veinte discursos de oposición... Me voy al Congreso..., al Senado..., todo es preferible... El gabán... El sombrero...

EMILIA. ¿Pero no llevas la dimisión?

MANUEL. No, no dimito... Sin el Ministerio no tendría pretexto para estar tanto tiempo fuera de casa..., y cualquiera te aguantaba[33.2] en un año... Irás a la comida, lucirás el vestido. No será la primera vez que una falda haya decidido una crisis... ¿Estás contenta?

EMILIA. Sí, pero no te enfades... ¡Cuando veas el vestido, lo comprenderás todo!...

MANUEL. Sí, pero al día siguiente sí que no debes leer más que la crónica de sociedad, porque ¡lo que van a decir de mí los periódicos!

EMILIA. Los de oposición. Si hubieras dimitido lo dirían los ministeriales... ¡Siempre han de decir!

MANUEL. ¡Y aun piden las mujeres que os concedan[34.1] el derecho a votar, como si no gobernarais el mundo!...

EMILIA. Yo no, no pido semejante cosa... Si se presenta la proposición puedes votar en contra.

LOS INTERESES CREADOS

COMEDIA DE POLICHINELAS EN DOS ACTOS, TRES CUADROS Y UN PRÓLOGO

Estrenada en el Teatro Lara el día 9 de diciembre de 1907

A DON RAFAEL GASSET

SU AFECTÍSIMO

JACINTO BENAVENTE

REPARTO

PERSONAJES ACTORES

DOÑA SIRENA SRA. VALVERDE SILVIA SRTA. SUÁREZ LA SEÑORA DE POLICHINELA » ALBA COLOMBINA » PARDO LAURA » TOSCANO RISELA SRA. BELTRÁN LEANDRO SRTA. DOMUS CRISPÍN SR. PUGA EL DOCTOR » RUBIO POLICHINELA » MORA ARLEQUÍN » BARRAYCOA EL CAPITÁN » R. DE LA MATA PANTALÓN » SIMÓ-RASO EL HOSTELERO » PACHECO EL SECRETARIO » ROMEA MOZO 1.º DE LA HOSTERÍA » SUÁREZ (A.) ÍDEM 2.º » ENRÍQUEZ ALGUACILILLO 1.º » DE DIEGO ÍDEM 2.º » SUÁREZ (A.)

La acción pasa en un país imaginario, a principios del siglo XVII

LOS INTERESES CREADOS

ACTO PRIMERO

PRÓLOGO

Telón corto en primer término,[39.1] con puerta al foro, y en ésta un tapiz. Recitado por el personaje CRISPÍN.

He aquí el tinglado de la antigua farsa,[39.2] la que alivió en posadas aldeanas el cansancio de los trajinantes, la que embobó en las plazas de humildes lugares a los simples villanos, la que juntó en ciudades populosas a los más variados concursos, como en París sobre el Puente Nuevo,[39.3] cuando Tabarín[39.4] desde su tablado de feria solicitaba la atención de todo transeúnte, desde el espetado doctor que detiene un momento su docta cabalgadura para desarrugar por un instante la frente, siempre cargada de graves pensamientos, al escuchar algún donaire de la alegre farsa, hasta el pícaro hampón, que allí divierte sus ocios horas y horas, engañando al hambre con la risa, y el prelado y la dama de calidad y el gran señor desde sus carrozas, como la moza alegre y el soldado y el mercader y el estudiante. Gente de toda condición, que en ningún otro lugar se hubiera reunido, comunicábase allí su regocijo, que[39.5] muchas veces, más que de la farsa, reía el grave de ver reír al risueño, y el sabio al bobo, y los pobretes de ver reír a los grandes señores, ceñudos de ordinario, y los grandes de ver reír a los pobretes, tranquilizada su conciencia con pensar: ¡también los pobres ríen! Que[40.1] nada prende tan pronto de unas almas en otras como esta simpatía de la risa. Alguna vez, también subió la farsa a palacios de príncipes, altísimos señores, por humorada de sus dueños, y no fue allí menos libre y despreocupada. Fue de todos y para todos. Del pueblo recogió burlas y malicias y dichos sentenciosos, de esa filosofía del pueblo, que siempre sufre, dulcificada por aquella resignación de los humildes de entonces, que no lo esperaban todo de este mundo, y por eso sabían reírse del mundo sin odio y sin amargura. Ilustró después su plebeyo origen con noble ejecutoria: Lope de Rueda, Shakespeare, Molière,[40.2] como enamorados príncipes de cuento de hadas, elevaron a Cenicienta al más alto trono de la Poesía y del Arte. No presume de tan gloriosa estirpe esta farsa, que por curiosidad de su espíritu inquieto os presenta un poeta de ahora. Es una farsa _guiñolesca_,[40.3] de asunto disparatado, sin realidad alguna. Pronto veréis cómo cuanto en ella sucede no pudo suceder nunca, que sus personajes no son ni semejan hombres y mujeres, sino muñecos o fantoches de cartón y trapo, con groseros hilos, visibles a poca luz y al más corto de vista. Son las mismas grotescas máscaras de aquella comedia del Arte[40.4] italiano[40.5], no tan regocijadas como solían, porque han meditado mucho en tanto tiempo. Bien conoce el autor que tan primitivo espectáculo no es el más digno de un culto auditorio de estos tiempos; así, de vuestra cultura tanto como de vuestra bondad se ampara. El autor sólo pide que aniñéis cuanto sea posible vuestro espíritu. El mundo está ya viejo y chochea; el Arte no se resigna a envejecer, y por parecer niño finge balbuceos... Y he aquí cómo estos viejos polichinelas pretenden hoy divertiros con sus niñerías.[40.6]

Mutación

CUADRO PRIMERO

Plaza de una ciudad. A la derecha, en primer término, fachada de una hostería con puerta practicable y en ella un aldabón. Encima de la puerta un letrero que diga:[41.1] «Hostería.»

ESCENA PRIMERA

LEANDRO y CRISPÍN, que salen por la segunda izquierda.

LEANDRO. Gran ciudad ha de ser ésta, Crispín; en todo se advierte su señoría y riqueza.

CRISPÍN. Dos ciudades hay. ¡Quiera el Cielo que en la mejor hayamos dado![41.2]

LEANDRO. ¿Dos ciudades dices, Crispín? Ya entiendo, antigua y nueva, una de cada parte del río.

CRISPÍN. ¿Qué importa el río ni la vejez ni la novedad? Digo dos ciudades como en toda ciudad del mundo: una para el que llega con dinero, y otra para el que llega como nosotros.

LEANDRO. ¡Harto es haber llegado sin tropezar con la Justicia! Y bien quisiera detenerme aquí algún tiempo, que ya me cansa tanto correr tierras.

CRISPÍN. A mí no, que es condición de los naturales, como yo, del libre reino de Picardía[41.3] no hacer asiento en parte alguna, si no es forzado y en galeras, que es duro asiento.[41.4] Pero ya que sobre esta ciudad caímos y es plaza fuerte a lo que se descubre, tracemos como prudentes capitanes nuestro plan de batalla si hemos de conquistarla con provecho.

LEANDRO. ¡Mal pertrechado ejército venimos!

CRISPÍN. Hombres somos, y con hombres hemos de vernos.

LEANDRO. Por todo caudal, nuestra persona. No quisiste que nos desprendiéramos de estos vestidos, que,[42.1] malvendiéndolos, hubiéramos podido juntar algún dinero.

CRISPÍN. ¡Antes me desprendiera yo de la piel que de un buen vestido! Que nada importa tanto como parecer, según va el mundo, y el vestido es lo que antes parece.

LEANDRO. ¿Qué hemos de hacer, Crispín? Que el hambre y el cansancio me tienen abatido, y mal discurro.

CRISPÍN. Aquí no hay sino valerse del ingenio y de la desvergüenza, que sin ella nada vale el ingenio. Lo que he pensado es que tú has de hablar poco y desabrido,[42.2] para darte aires de persona de calidad; de vez en cuando te permito que descargues algún golpe sobre mis costillas; a cuantos te pregunten, responde misterioso; y cuando hables por tu cuenta, sea con gravedad; como si sentenciaras. Eres joven, de buena presencia; hasta ahora sólo supiste malgastar tus cualidades; ya es hora de aprovecharse de ellas. Ponte en mis manos, que nada conviene tanto a un hombre como llevar a su lado quien haga notar sus méritos, que en uno mismo la modestia es necedad y la propia alabanza locura, y con las dos se pierde para el mundo. Somos los hombres[42.3] como mercancía, que valemos más o menos según la habilidad, del mercader que nos presenta. Yo te aseguro que así[42.4] fueras vidrio, a mi cargo corre que pases por diamante. Y ahora llamemos a esta hostería, que lo primero es acampar a vista de la plaza.

LEANDRO. ¿A la hostería dices? ¿Y cómo pagaremos?

CRISPÍN. Si por tan poco te acobardas, busquemos un hospital o casa de misericordia, o pidamos limosna, si a lo piadoso nos acogemos; y si a lo bravo, volvamos al camino y salteemos al primer viandante; si a la verdad de nuestros recursos nos atenemos, no son otros nuestros recursos.

LEANDRO. Yo traigo cartas de introducción para personas de valimiento en esta ciudad, que podrán socorrernos.

CRISPÍN. ¡Rompe luego esas cartas, y no pienses en tal bajeza! ¡Presentarnos a nadie como necesitados! ¡Buenas cartas de crédito son ésas! Hoy te recibirán con grandes cortesías, te dirán que su casa y su persona son tuyas, y a la segunda vez que llames a su puerta, ya te dirá el criado que su señor no está en casa ni para en ella; y a otra visita, ni te abrirán la puerta. Mundo es éste de toma y daca; lonja de contratación, casa de cambio, y antes de pedir, ha de ofrecerse.

LEANDRO. ¿Y qué podré yo ofrecer si nada tengo?

CRISPÍN. ¡En qué poco te estimas! Pues qué, un hombre por sí, ¿nada vale? Un hombre puede ser soldado, y con su valor decidir una victoria; puede ser galán o marido, y con dulce medicina curar a alguna dama de calidad o doncella de buen linaje que se sienta morir de melancolía; puede ser criado de algún señor poderoso que se aficione de él y le eleve hasta su privanza, y tantas cosas más que no he de enumerarte. Para subir, cualquier escalón es bueno.

LEANDRO. ¿Y si aun ese escalón me falta?

CRISPÍN. Yo te ofrezco mis espaldas para encumbrarte. Tú te verás en alto.

LEANDRO. ¿Y si los dos damos en tierra?

CRISPÍN. Que ella nos sea[44.1] leve. (_Llamando a la hostería con el aldabón._) ¡Ah de la hostería! ¡Hola, digo! ¡Hostelero o demonio! ¿Nadie responde? ¿Qué casa es ésta?

LEANDRO. ¿Por qué esas voces si apenas llamasteis?[44.2]

CRISPÍN. ¡Porque es ruindad hacer esperar de ese modo! (_Vuelve a llamar más fuerte._) ¡Ah de la gente! ¡Ah de la casa! ¡Ah de todos los diablos!

HOSTELERO. (_Dentro._) ¿Quién va? ¿Qué voces y qué modos son éstos? No hará tanto que esperan.

CRISPÍN. ¡Ya fue[44.3] mucho! Y bien nos informaron que es ésta muy ruin posada para gente noble.

ESCENA II

DICHOS, el HOSTELERO y dos MOZOS que salen de la hostería.

HOSTELERO. (_Saliendo._) Poco a poco, que no es posada, sino hospedería, y muy grandes señores han parado en ella.

CRISPÍN. Quisiera yo ver a ésos que llamáis[44.4] grandes señores. Gentecilla de poco más o menos. Bien se advierte en esos mozos que no saben conocer a las personas de calidad, y se[44.5] están ahí como pasmarotes sin atender a nuestro servicio.

HOSTELERO. ¡Por vida que sois impertinente!

LEANDRO. Este criado mío siempre ha de extremar su celo. Buena es vuestra posada para el poco tiempo que he de parar en ella. Disponed luego un aposento para mí y otro para este criado, y ahorremos palabras.

HOSTELERO. Perdonad, señor; si antes hubierais hablado... Siempre los señores han de ser más comedidos que sus criados.

CRISPÍN. Es que este buen señor mío a todo se acomoda; pero yo sé lo que conviene a su servicio, y no he de pasar por cosa mal hecha. Conducidnos ya al aposento.

HOSTELERO. ¿No traéis bagaje alguno?

CRISPÍN. ¿Pensáis que nuestro bagaje es hatillo de soldado o de estudiante para traerlo a mano, ni que mi señor ha de traer aquí ocho carros, que tras nosotros vienen, ni que aquí ha de parar sino el tiempo preciso que conviene al secreto de los servicios que en esta ciudad le están encomendados?...

LEANDRO. ¿No callarás? ¿Qué secreto ha de haber contigo? ¡Pues voto a... que si alguien me descubre por tu hablar sin medida...! (_Le amenaza y le pega con la espada._)

CRISPÍN. ¡Valedme, que[45.1] me matará! (_Corriendo._)

HOSTELERO. (_Interponiéndose entre Leandro y Crispín._) ¡Teneos, señor!

LEANDRO. Dejad que le castigue, que no hay falta para mí como el hablar sin tino.

HOSTELERO. ¡No le castiguéis, señor!

LEANDRO. ¡Dejadme, dejadme, que no aprenderá nunca! (_Al ir a pegar a Crispín, éste se esconde detrás del Hostelero, quien recibe los golpes._)

CRISPÍN. (_Quejándose._)¡Ay, ay, ay!

HOSTELERO. ¡Ay, digo yo, que me dio de plano!

LEANDRO. (_A Crispín._) Ve a lo que[45.2] diste lugar; a que este infeliz fuera el golpeado. ¡Pídele perdón!

HOSTELERO. No es menester. Yo le perdono gustoso. (_A los criados._) ¿Qué hacéis ahí parados? Disponed los aposentos donde suele parar el embajador de Mantua y preparad comida para este caballero.

CRISPÍN. Dejad que yo les advierta de todo, que cometerán mil torpezas y pagaré yo luego, que mi señor, como veis, no perdona falta... Soy con vosotros,[46.1] muchachos... Y tened cuenta a quien servís, que la mayor fortuna o la mayor desdicha os entró por las puertas. (_Entran los criados y Crispín en la hostería._)

HOSTELERO. (_A Leandro._) ¿Y podéis decirme vuestro nombre, de dónde venís y a qué propósito?...

LEANDRO. (_Al ver salir a Crispín de la hostería._) Mi criado os lo dirá... Y aprended a no importunarme con preguntas... (_Entra en la hostería._)

CRISPÍN. ¡Buena la hicisteis![46.2] ¿Atreverse a preguntar a mi señor? Si os importa tenerle una hora siquiera en vuestra casa, no volváis a dirigirle la palabra.

HOSTELERO. Sabed que hay Ordenanzas[46.3] muy severas que así lo disponen.

CRISPÍN. ¡Veníos[46.4] con Ordenanzas a mi señor! ¡Callad, callad, que no sabéis a quién tenéis en vuestra casa, y si lo supierais no diríais tantas impertinencias!

HOSTELERO. ¿Pero no he de saber siquiera...?

CRISPÍN. ¡Voto a..., que llamaré a mi señor y él os dirá lo que conviene, si no lo entendisteis! ¡Cuidad de que nada le falte y atendedle con vuestros cinco sentidos, que bien puede pesaros! ¿No sabéis conocer a las personas? ¿No visteis ya quién es mi señor? ¿Qué replicáis? ¡Vamos ya! (_Entra en la hostería empujando al Hostelero._)

ESCENA III

ARLEQUÍN y el CAPITÁN, que salen por la segunda izquierda.

ARLEQUÍN. Vagando por los campos que rodean esta ciudad, lo mejor de ella sin duda alguna, creo que sin pensarlo hemos venido a dar frente a la hostería. ¡Animal de costumbre es el hombre! ¡Y dura costumbre la de alimentarse cada día!

CAPITÁN. ¡La dulce música de vuestros versos me distrajo de mis pensamientos! ¡Amable privilegio de los poetas!

ARLEQUÍN. ¡Que no les impide carecer de todo! Con temor llego a la hostería. ¿Consentirán hoy en fiarnos? ¡Válgame vuestra espada!

CAPITÁN. ¿Mi espada? Mi espada de soldado como vuestro plectro de poeta, nada valen en esta ciudad de mercaderes y de negociantes... ¡Triste condición es la nuestra!

ARLEQUÍN. Bien decís. No la sublime poesía, que sólo canta de nobles y elevados asuntos; ya ni sirve poner el ingenio a las plantas de los poderosos para elogiarlos o satirizarlos; alabanzas o diatribas no tienen valor para ellos; ni agradecen las unas ni temen las otras. El propio Aretino[47.1] hubiera muerto de hambre en estos tiempos.

CAPITÁN. ¿Y nosotros, decidme? Porque fuimos vencidos en las últimas guerras, más que por el enemigo poderoso, por esos indignos traficantes que nos gobiernan y nos enviaron a defender sus intereses sin fuerzas y sin entusiasmo, porque nadie combate con fe por lo que no estima; ellos, que no dieron uno de los suyos para soldado ni soltaron moneda sino a buen interés y a mejor cuenta, y apenas temieron verla perdida amenazaron con hacer causa con el enemigo, ahora nos culpan a nosotros y nos maltratan y nos menosprecian y quisieran ahorrarse la mísera soldada con que creen pagarnos, y de muy buena gana nos despedirían si no temieran que un día todos los oprimidos por sus maldades y tiranías se levantaran contra ellos. ¡Pobres de ellos[48.1] si ese día nos acordamos de qué parte están la razón y la justicia!

ARLEQUÍN. Si así fuera..., ese día me tendréis a vuestro lado.

CAPITÁN. Con los poetas no hay que contar para nada, que es vuestro espíritu como el ópalo, que a cada luz hace diversos visos. Hoy os apasionáis por lo que nace y mañana por lo que muere; pero más inclinados sois a enamoraros de todo lo ruinoso por melancólico.[48.2] Y como sois por lo regular poco madrugadores, más veces visteis morir el sol que amanecer el día, y más sabéis de sus ocasos que de sus auroras.

ARLEQUÍN. No lo diréis por mí, que he visto amanecer muchas veces cuando no tenía donde acostarme. ¿Y cómo queríais que cantara al día, alegre como alondra, si amanecía tan triste para mí? ¿Os decidís a probar fortuna?

CAPITÁN. ¡Qué remedio! Sentémonos, y sea lo que disponga nuestro buen hostelero.

ARLEQUÍN. ¡Hola! ¡Eh! ¿Quién sirve? (_Llamando en la hostería._)

ESCENA IV

DICHOS; el HOSTELERO. Después los MOZOS, LEANDRO y CRISPÍN, que salen a su tiempo de la hostería.

HOSTELERO. ¡Ah, caballeros! ¿Sois vosotros?[48.3] Mucho lo siento, pero hoy no puedo servir a nadie en mi hostería.

CAPITÁN. ¿Y por qué causa, si puede saberse?

HOSTELERO. ¡Lindo desahogo es el vuestro en preguntarlo! ¿Pensáis que a mí me fía nadie lo que en mi casa se gasta?

CAPITÁN. ¡Ah! ¿Es ése el motivo? ¿Y no somos personas de crédito a quien puede fiarse?

HOSTELERO. Para mí, no. Y como nunca pensé cobrar, para favor ya fue bastante; conque así, hagan merced[49.1] de no volver por mi casa.

ARLEQUÍN. ¿Creéis que todo es dinero en este bajo mundo? ¿Contáis por nada las ponderaciones que de vuestra casa hicimos en todas partes? ¡Hasta un soneto os tengo dedicado,[49.2] y en él celebro vuestras perdices estofadas y vuestros pasteles de liebre!... Y en cuanto al señor Capitán, tened por seguro que él solo sostendrá contra un ejército el buen nombre de vuestra casa. ¿Nada vale esto? ¡Todo ha de ser moneda contante en el mundo!

HOSTELERO. ¡No estoy para burlas! No he menester[49.3] de vuestros sonetos ni de la espada del señor Capitán, que mejor pudiera emplearla.

CAPITÁN. ¡Voto a..., que sí la emplearé escarmentando a un pícaro! (_Amenazándole y pegándole con la espada._)

HOSTELERO. (_Gritando._) ¿Qué es esto? ¿Contra mí? ¡Favor! ¡Justicia!

ARLEQUÍN. (_Conteniendo al Capitán._) ¡No os perdáis por tan ruin sujeto!

CAPITÁN. He de matarle. (_Pegándole._)

HOSTELERO. ¡Favor! ¡Justicia!

MOZOS. (_Saliendo de la hostería._) ¡Que matan a nuestro amo!

HOSTELERO. ¡Socorredme!

CAPITÁN. ¡No dejaré uno!

HOSTELERO. ¿No vendrá nadie?

LEANDRO. (_Saliendo con Crispín._) ¿Qué alboroto es éste?

CRISPÍN. ¿En lugar donde mi señor se hospeda? ¿No hay sosiego posible en vuestra casa? Yo traeré a la Justicia, que pondrá orden en ello.

HOSTELERO. ¡Esto ha de ser mi ruina! ¡Con tan gran señor en mi casa!

ARLEQUÍN. ¿Quién es él?

HOSTELERO. ¡No oséis preguntarlo!

CAPITÁN. Perdonad, señor, si turbamos vuestro reposo; pero este ruin hostelero...

HOSTELERO. No fue mía la culpa, señor, sino de estos desvergonzados...

CAPITÁN. ¿A mí desvergonzado? ¡No miraré nada![50.1]...

CRISPÍN. ¡Alto, señor Capitán, que aquí tenéis quien satisfaga vuestros agravios, si los tenéis de este hombre!

HOSTELERO. Figuraos que ha[50.2] más de un mes que comen a mi costa sin soltar blanca, y porque me negué hoy a servirles se vuelven contra mí.

ARLEQUÍN. Yo no, que todo lo llevo con paciencia.

CAPITÁN. ¿Y es razón que a un soldado no se le haga crédito?

ARLEQUÍN. ¿Y es razón que en nada se estime un soneto con estrambote que compuse a sus perdices estofadas y a sus pasteles de liebre?... Todo por fe, que no los probé nunca, sino carnero y potajes.

CRISPÍN. Estos dos nobles señores dicen muy bien, y es indignidad tratar de ese modo a un poeta y a un soldado.

ARLEQUÍN. ¡Ah, señor; sois un[50.3] alma grande!

CRISPÍN. Yo, no. Mi señor, aquí presente; que como tan gran señor, nada hay para él en el mundo como un poeta y un soldado.

LEANDRO. Cierto.