Tres Comedias

Chapter 4

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LUISA. ¿A mi marido ideal? ¡Ay! Yo sé perfectamente cómo no ha de ser; pero cómo ha de ser no sabría decirlo.

PEPE. ¿Y cómo no ha de ser?

LUISA. De muchos modos. No creas, los defectos grandes no me asustan tanto como los pequeños, esos defectillos que hasta parecen gracias y son los más peligrosos para la intimidad de toda la vida. Por ejemplo: yo tengo una amiga que se ha casado con un muchacho ejemplar, un modelo, todo el mundo lo dice; pues el otro día estuvieron aquí de visita, y por un solo detalle me atrevo a pronosticar que no serían[11.1] felices. Verás, parece una tontería; el marido le dijo a su mujer: «Merceditas, llevas un descosido.» Y se lo dijo de un modo que indicaba que en aquel matrimonio el marido sería siempre el primero que viera los descosidos.

PEPE. ¡Qué gracioso!

LUISA. Es que aquello sólo indicaba un cambio de papeles muy antipático. ¿Pues qué me dices cuando en un matrimonio es el marido el que tiene que advertir que se gasta mucho? ¡Qué cosa más fea cuando la mujer está[11.2] a todas horas: «Yo compraría esto, yo tendría esto otro»; y el marido: «Que[11.3] la vida es muy cara, que no podemos gastar tanto!...» En cambio, ¿hay nada más bonito para una mujer que, sin pedir nunca nada, verse obsequiada por su marido de cuando en cuando con cualquier regalito, y, disimulando mal la alegría, reprenderle cariñosa:[11.4] «¿Por qué has comprado esto? No estamos para gastos; te habrán llevado un dineral, y es de muy buen gusto», aunque sea un mamarracho y sepamos que le ha costado tres pesetas?

PEPE. Sabes mucho...

LUISA. Es mi sistema con papá, y así consigo que siempre me esté regalando, algunas veces cosas horribles; pero ¡líbreme Dios de decírselo! Y lo mismo haría con mi marido. Hay mujeres tan mal educadas que cambian en las tiendas los regalos que las traen sus pobrecitos maridos, tan ufanos, creyéndolos del mejor gusto... Tú dirás que en qué cosas me fijo[11.5] y a qué detalles doy importancia...

PEPE. No, no; estamos conformes... Yo también doy mucha importancia a los detalles... y pienso como tú...

LUISA. Así comprenderás que no estaba dispuesta a casarme contigo, ni con nadie, sólo por complacer[12.1] a papá.

PEPE. Ni yo contigo; puedes creerlo.

LUISA. Creían, porque a ellos les conviniera[12.2]... Afortunadamente, verán que los dos estamos de acuerdo, y no habrá desaire por parte de ninguno.

PEPE. Por mi parte, nunca lo hubiera habido;[12.3] me hubiera presentado aquí como novio por no contrariar[12.4] a papá, y hubiera hecho todo lo posible por parecerte mal.

LUISA. Pues hubiera sido un noviazgo famoso, porque yo pensaba también parecerte insoportable.

PEPE. Afortunadamente, has tenido una gran idea; después de esta entrevista...

LUISA. ¿No era lo mejor? Hablar claro, hablando se entiende la gente; ya lo has visto: hablando aquí, a solas, sin fingimientos, dejándonos llevar de la conversación sin querer...

PEPE. Y sin querernos... he descubierto que tengo una prima encantadora.

LUISA. Y yo que tengo un primo muy simpático y muy razonable, que piensa como yo en muchas cosas de la vida.

PEPE. Es que piensas muy bien en todo.

LUISA. De manera que nuestros padres, si no consiguen lo que se proponen, han conseguido algo mejor para nosotros: que desde hoy nos estimemos de verdad; cuando antes, a mí, te lo confieso, me eras indiferente, pero[12.5] muy indiferente.

PEPE. Como tú a mí.

LUISA. ¡Y querían casarnos!

PEPE. Ya ves, ¿cómo era posible?

LUISA. Me parece que nunca se habrá descompuesto una boda más amistosamente.

PEPE. De seguro que, casándonos, no estaríamos tan contentos el uno del otro.

LUISA. Ya quisiera yo, si algún día me caso, que mi marido se parezca a ti en algo.

PEPE. Y yo que mi mujer se parezca a ti en todo.

LUISA. ¿De veras?... ¿De qué te ríes?

PEPE. ¿Pero te has fijado en lo que estamos diciendo?

LUISA. ¿Eh?... Pues es verdad. Pero ¡qué tontos! ¡Qué tontos! Ahora resulta que casi nos hemos enamorado el uno del otro.

PEPE. Y que en vista de eso decidimos no casarnos... ¿Qué te parece? Es gracioso...

LUISA. Sí; es gracioso...

ESCENA II

DICHOS y la DONCELLA

DONCELLA. ¡Señorita! Su tío de usted sale en este momento del despacho.

PEPE. Ha terminado la conferencia.

LUISA. Y nuestra conspiración. En cuanto baje tu padre la escalera, sales[13.1] por aquí. Papá vendrá en seguida a darme cuenta del resultado de la entrevista. ¡Si supiera!...

DONCELLA. Han cerrado la puerta de la calle.

LUISA. Pues anda..., vete...

PEPE. Yo quisiera saber, ya que estoy aquí... ¿No podría esperar?...

LUISA. Si papá te ve...

DONCELLA. Sí, en mi cuarto; venga usted.

LUISA. No, no; si lo ve alguien...

DONCELLA. Descuide usted, señorita. Diré que ha venido por mí... y lo creerán.

LUISA. Pronto; papá viene.

DONCELLA. Venga usted... (_Salen Pepe y la doncella._)

ESCENA III

LUISA, D. MANUEL y después PEPE

LUISA. ¿Qué tienes, papá? ¿No me contestas? Yo creí que tendrías que hablarme...

MANUEL. No.

LUISA. ¿No estaba tío Carlos contigo?

MANUEL. Sí.

LUISA. ¿A qué ha venido[14.1] tan temprano?

MANUEL. A nada.

LUISA. ¿Estás seguro? Vaya, papá, lo que te sucede es que tienes que decirme muchas cosas y no sabes cómo empezar.

MANUEL. No tengo que decirte nada. Y, sobre todo, no vuelvas a mentar a tu tío. ¡Ha muerto para mí!

LUISA. Entonces... mi primo Pepe...

MANUEL. Ha muerto también.

LUISA. Te advierto que hoy es turno tercero.

MANUEL. ¿Y qué?

LUISA. Nada; que con tanto luto en la familia no me parece bien que vayamos al teatro.

MANUEL. ¡Turno tercero! ¡Turno tercero! ¡No me importa! Desde hoy te acompañaré todas las noches al teatro, te divertirás, nos divertiremos. No estés triste, hija mía. ¿Se[15.1] creerá tu tío que no hay más hombre que tu primo?

LUISA. Pero es que...

MANUEL. ¡Y por cuestión de intereses! ¡Qué falta de decoro! Cuando yo, haciendo un sacrificio y por tratarse de ellos, te dotaba con mis dos mejores fincas y algo de papel y unos créditos que pueden cobrarse, ¿con qué dirás que se descuelga tu tío? Con que él no se desprende de nada, que os pasará un tanto, pero nada más. Conozco yo los tantos de tu tío: os lo pasaría un mes, ¡viejo avariento!, y después os dejaría morir de hambre. Porque yo os doy lo suficiente para la casa, y el coche, y los viajes de veraneo; pero si él no os da nada no tendréis qué comer. ¿Y cómo vais a vivir sin comer?

LUISA. Es verdad; sin comer y con coche... ¿De modo que habéis regañado?

MANUEL. ¡No tienes idea! Le he dicho lo que pensaba de él hace mucho tiempo y del botarate de su hijo[15.2]...

LUISA. Pero, ¿qué sabe Pepe?...

MANUEL. Para cuando lo sepa.

LUISA. ¡Ay, papá, estás muy alterado!

MANUEL. Es que no puedo con las gentes que todo lo[15.3] sacrifican al interés, como si todo fuera cuestión de dinero en la vida y eso valiera la pena de descomponer una familia. ¡Un tanto! ¡Un tanto! Y el viejo marrullero ni siquiera quería firmar, para no comprometerse a nada. ¿Pensaba que yo iba a casarte sin garantías?

LUISA. Es la moda, papá.

MANUEL. No lo eches a broma.

LUISA. Al contrario. Es decir, que vosotros disponéis y os indisponéis cuando os conviene, sin contar para nada con[15.4] nosotros, como si Pepe y yo fuéramos dos chiquillos sin voluntad y sin corazón; ni antes os importaba que no nos quisiéramos, ni ahora que pudiéramos querernos. ¿No es eso?

MANUEL. Querrás decirme que estás enamorada de tu primo...

LUISA. Supongamos que lo estuviera.

MANUEL. Dejémonos de suposiciones...

PEPE. Sí, dejémonos. Yo estoy enamorado de Luisa.

MANUEL. ¡Eh! ¿Qué haces tú aquí? ¿Qué significa esto?

PEPE. Significa que, mientras ustedes hablaban de intereses, nosotros hemos dejado hablar a nuestro corazón; y como hablando, hablando se entiende la gente...

LUISA. Hemos decidido lo contrario de ustedes, casarnos.

MANUEL. Así... en media hora. ¡Estáis locos!

LUISA. ¿Qué quiere usted? Media hora de conversación, convenciéndonos de que no debíamos casarnos, nos ha dado a conocer mejor que dos años de relaciones para casarnos.

PEPE. No teníamos por qué fingir...

LUISA. Ni por qué engañarnos.

PEPE. Hemos hablado con franqueza, decididos a no querernos.

LUISA. Y sin querer, sin querer...

MANUEL. Eso creéis vosotros. ¡No habréis coqueteado poco! En fin, por mi parte, si os engañáis, y creyendo conoceros a fondo, os conocéis menos que nunca...

PEPE. Ya no es preciso que nos conozcamos más.

LUISA. Ahora nos basta con querernos mucho. (_Telón._)

DE PEQUEÑAS CAUSAS...

BOCETO DE COMEDIA EN UN ACTO

Estrenado en el Teatro de la Princesa la noche del 14 de marzo de 1908

REPARTO

PERSONAJES ACTORES

EMILIA SRA. COBEÑA (CARMEN) MANUEL SR. MORANO GONZÁLEZ » MANSO HERNÁNDEZ » COMES UN CRIADO N. N.

DE PEQUEÑAS CAUSAS...

ACTO ÚNICO

Gabinete

ESCENA I

GONZÁLEZ, MANUEL y un CRIADO

CRIADO. No insista usted: le digo que el señor no está,[19.1] que no volverá en todo el día.

GONZÁLEZ. Le digo a usted que para mí sí;[19.2] le digo a usted que estoy en el secreto.

CRIADO. Usted quiere comprometerme.

GONZÁLEZ. Le digo a usted que no... Pásele usted esta tarjeta.

CRIADO. Pero, caballero...

GONZÁLEZ. O a su señora, es lo mismo...; yo he de verle, sea como sea.

CRIADO. Pero...

GONZÁLEZ. Nada,[19.3] que he de verle.

CRIADO. Caballero..., usted puede hacer lo que guste;[19.4] pero le aseguro a usted...

GONZÁLEZ. No asegure usted nada. Es que habrá usted recibido esa orden..., sí...; lo sé todo..., lo que ocurre en casos semejantes...; por eso sé lo que debo hacer, lo de siempre, no hacerle a usted caso; ya lo ve usted...

CRIADO. Como usted quiera. (_Entra Manuel._)

GONZÁLEZ. ¿Lo ve usted?

CRIADO. Yo he cumplido con la orden del señor; pero el señor[20.1]...

MANUEL. Bien está... (_Sale el Criado._)

GONZÁLEZ. Comprenda usted que yo necesitaba verle.

MANUEL. Comprenda usted que yo no quiero ver a nadie...; a los amigos como usted mucho menos; sé lo que va usted a decirme... Es inútil, todo inútil; mi resolución es irrevocable... El presidente le ha dicho a usted lo que había..., ha leído usted los periódicos...; no tengo que decirle más.

GONZÁLEZ. Pero...

MANUEL. Es inútil, todo inútil... Nadie dirá que yo he provocado el conflicto. Desde mi entrada en el Ministerio, usted sabe a costa de cuántos sacrificios, mi permanencia en él ha sido para mí una serie de abdicaciones; he podido aceptarlas mientras sólo se trataba de mis convicciones particulares, hasta de mis afectos; pero ahora, no; ahora se trata de mis compromisos con la opinión, con el país...; pretender esta nueva abdicación, es tanto como renegar de toda mi historia política; de mi significación en el partido; de mi personalidad; de mi conciencia..., y a eso no puedo llegar, porque sería tanto como negarme a mí mismo.

GONZÁLEZ. Pero, querido amigo, piense usted la situación, el conflicto...

MANUEL. No es culpa mía... Se desoyeron mis advertencias; se desdeñaron mis concesiones... Yo no soy un hombre de partido...; para mí, antes que los hombres están las ideas.

GONZÁLEZ. Por eso mismo debe usted transigir con las personas, sin perjuicio de seguir con sus ideas.

MANUEL. Es inútil. Mi resolución es irrevocable.

ESCENA II

DICHOS y HERNÁNDEZ

HERNÁNDEZ. ¡Ah!, ya sabía yo que estaba usted en casa... El criado se empeñaba en negarme la entrada, querido González...

GONZÁLEZ. Amigo Hernández... ¿Viene usted como yo... a convencer a nuestro ilustre amigo?...

HERNÁNDEZ. A nuestro querido amigo... Pero usted le habrá convencido ya... Eso no puede ser...; ¡provocar una crisis en las actuales circunstancias..., una crisis... por una tontería!... Comprendo si hubiera usted tenido algún disgusto personal...; pero usted sabe que sólo cuenta usted con[21.1] verdaderos amigos en el Gobierno y en la mayoría.

MANUEL. Pero amigos que no piensan como yo en asuntos tan importantes como los que yo defiendo.

HERNÁNDEZ. Pero ése no es motivo; a usted personalmente no se le niega nada.

MANUEL. Se me niega el cumplimiento de mis compromisos ante la opinión, ante el país.

GONZÁLEZ. Pero, ¿a qué[21.2] llama usted opinión? ¿A los periódicos? ¡Si se abstuviera usted de leerlos!...

MANUEL. Mi padre tuvo la debilidad de mandarme al colegio y yo la de aprender a leer..., y la mala costumbre de leerlo todo. La actitud del avestruz ocultando la cabeza debajo del ala, para no ver el peligro, no es la actitud más propia de un hombre de gobierno...

GONZÁLEZ. Pero, querido amigo, yo le creí a usted de más carácter.

MANUEL. Hoy llaman ustedes carácter a no tener ninguno, a pasar por[21.3] todo.

HERNÁNDEZ. No, querido amigo; a sobreponerse a todo, que no es lo mismo..., a mostrarse superior a las circunstancias...

MANUEL. No se cansen ustedes, mi resolución es irrevocable.

GONZÁLEZ. Pero, querido amigo... Reflexione usted... Compromete usted gravemente la situación, da usted armas a las oposiciones...

MANUEL. Al contrario, facilito una solución a mis compañeros.

HERNÁNDEZ. Usted sabe que la provisión de su cartera en estos momentos mostraría más claramente las escisiones del partido.

MANUEL. Eso es lo que pretendo...; demarcar los campos, aclarar la situación, despejar incógnitas.

GONZÁLEZ. Pero usted sabe el peligro de despejar incógnitas. Además, se expone usted a quedarse solo.

MANUEL. Me basto.[22.1]

HERNÁNDEZ. Mire usted que[22.2] se llegará al límite de las concesiones...

MANUEL. A ese límite he llegado yo hace mucho tiempo.

HERNÁNDEZ. Que puede encontrarse una fórmula todavía..., una fórmula aceptable.

MANUEL. La que yo he propuesto.

GONZÁLEZ. Ésa no es posible.

MANUEL. No hay otra.

HERNÁNDEZ. Concédanos usted un plazo... Entre todos hallaremos una fórmula.

MANUEL. No.

GONZÁLEZ. Un día...

MANUEL. No.

GONZÁLEZ. Una hora...; hablaremos con el jefe, con el jefe de las oposiciones... Volveremos con su contestación... Pero ceda usted en algo...

MANUEL. Nunca. He llegado al límite de las concesiones.

HERNÁNDEZ. ¿Nos promete usted no hacer saber[23.1] a nadie su resolución hasta después de hablar nuevamente con nosotros?

MANUEL. Nada conseguirán ustedes. Y será inútil que vuelvan ustedes si no se acepta por entero mi última proposición de arreglo.

GONZÁLEZ. ¿Por entero?... Un paso más, querido amigo...

MANUEL. Yo no sé andar más que avanzando. Un paso más sería una concesión menos.

HERNÁNDEZ. Avance usted hacia la avenencia... Los demás avanzarán en el mismo sentido, y aquí no ha pasado nada... Entretanto..., una hora de espera..., una hora..., usted reflexione; entretanto..., nosotros trabajaremos...

MANUEL. Creo que no conseguirán ustedes nada... De mí han conseguido ustedes cuanto podía concederles: atención, gratitud por sus buenos deseos.

GONZÁLEZ. Usted sabe que somos de los leales...

HERNÁNDEZ. De los que le seguiremos a usted siempre que usted nos acompañe. Hasta ahora.

GONZÁLEZ. Querido amigo... (_Salen._)

MANUEL. No estoy para nadie..., bajo ningún pretexto vuelvan a recibir a nadie... He salido en el automóvil... Estoy en el campo... No se sabe dónde estoy... A nadie, sea quien sea...

ESCENA III

MANUEL y EMILIA

EMILIA. ¿Me concede audiencia el señor ministro?[24.1]

MANUEL. Entra, entra...

EMILIA. ¿No has leído todavía los periódicos?

MANUEL. ¿Por qué?

EMILIA. Porque todos los días te ponen de mal humor... ¡Si hicieras lo que yo!... Yo no los leo nunca...

MANUEL. Debías presidir el Ministerio.

EMILIA. Si acaso,[24.2] las noticias de sociedad, los teatros... y los anuncios.

MANUEL. Sí; ahora pueden leerse los anuncios...

EMILIA. Para saber lo que pasa me basta con mirarte a la cara... Hoy es un buen día...

MANUEL. Sí, no ocurre nada...

EMILIA. ¡Cuánto me alegro!... Por supuesto, nunca ocurre nada... ¿Cuándo ha estado todo como ahora?... Eso es lo que molesta... Hasta los cambios han bajado...

MANUEL. Ya sabes más que yo... Y dices que no lees los periódicos...

EMILIA. No; lo sé por mi modisto... Me ha enviado un encargo de París, y al pagarle... Le he pagado yo... ¿Qué dices?... No dirás que pido créditos extraordinarios[24.3]... Yo, yo..., sí, señor; de los presupuestos ordinarios...

MANUEL. Así me gusta.

EMILIA. ¡Oh, soy una gran ministra de Hacienda!... No tendrás queja de mí... ¡Sostener mis gastos de representación sin acudir al capítulo de imprevistos!... Y tú no sabes lo que eso cuesta... Me llaman elegante y distinguida en todos los periódicos..., los ministeriales y los de oposición.

MANUEL. Los cronistas de salones son siempre ministeriales. El gobierno de las mujeres es muy tiránico y no consiente la menor oposición.

EMILIA. O muy liberal y no las motiva... ¡Qué poco galante!

MANUEL. Y sepamos, ¿qué maravilla es ésa que ha llegado de París?

EMILIA. ¡Oh! Ya verás... Es un poema..., un sueño... ¡Un vestido ideal! Una obra de arte... Los hombres no saben apreciar esas delicadezas... Si acaso, el conjunto...; pero los detalles...

MANUEL. Es que uno de los detalles suele ser la factura.

EMILIA. ¿La factura? Un vestido así siempre es barato..., y a mí me hacen precios excepcionales. Este traje no sería para otra menos de los tres mil, y a mí me han puesto dos mil novecientos cuarenta y cinco..., todo comprendido...: Aduanas, envío...

MANUEL. Sí, es una ganga.

EMILIA. Una verdadera creación...;[25.1] y el caso es que no tiene nada..., es el _chic_,[25.2] nada... Lo ves en la mano y dices: esto no vale nada..., cualquiera puede hacerlo; pero luego lo ves puesto... y... ya verás..., ya verás...

MANUEL. ¿Y cuándo voy a verlo?...

EMILIA. ¡Qué pregunta! Pasado mañana, en Palacio, en la comida en honor del príncipe turco.

MANUEL. Persa...

EMILIA. Es lo mismo... Esta vez no tendrás nada que decir del escote...

MANUEL. No, no diré nada...; entre otras cosas..., porque esa comida...

EMILIA. ¡Qué!... ¿Se ha suspendido? ¿No viene el príncipe?

MANUEL. Sí, el príncipe, sí... Además, si no viene ése, vendrá otro... Pero es que para ese día ya no seré ministro.

EMILIA. ¡Eh!... ¿Hay crisis? ¿Cómo es posible?... ¡Si no me ha dicho nada[26.1] la peinadora!...

MANUEL. La peinadora no lo sabrá todavía...

EMILIA. ¡Si peina a la de González y a la de Hernández!...

MANUEL. Es crisis parcial..., dimito yo sólo...

EMILIA. ¿Tú sólo? ¿Y qué has podido hacer para ser tú sólo el que dimite?

MANUEL. No voy a explicártelo ahora... Me sobran razones...

EMILIA. ¡Ah, pero es por tu gusto!

MANUEL. ¡Claro está!... ¿Creías que me habían echado?

EMILIA. Es que de otro modo no lo comprendo...

MANUEL. No estoy conforme con la marcha del Gobierno...; mis ideas son antes que todo...

EMILIA. Pero yo creí que tus ideas eran las del Gobierno...

MANUEL. Eso creía yo hasta ayer por la tarde.

EMILIA. ¡Ah, fue ayer por la tarde!... ¡Y no me dijiste nada!...

MANUEL. Quise tomarme[26.2] toda la noche para reflexionar.

EMILIA. ¡Ah, por eso estuviste tan desvelado!... ¿Y te aceptan la dimisión?

MANUEL. Que la acepten o no la acepten[27.1]...

EMILIA. ¡Ah!, ¿pero no la has presentado todavía?

MANUEL. Sí, particularmente..., por carta... Oficial no es todavía... Esperan convencerme; trabajan para ello...

EMILIA. ¿Y te convencerán?...

MANUEL. Eso sí que no... Mi resolución es irrevocable. He llegado al límite de las concesiones...

EMILIA. ¿No te dieron aquella credencial que pediste?

MANUEL. Sí..., eso sí...; se desviven por complacerme...

EMILIA. ¿Entonces...?

MANUEL. Pero no es eso..., no se trata de credenciales... Se trata de mis compromisos ante la opinión..., el país... ¿Qué voy a decirte? Puedes comprender que tendré mis razones...

EMILIA. No lo sé...; pero salir tú sólo... La verdad, es muy desairado... Van a decir que no tienes razón...

MANUEL. Ellos sí lo dirán...

EMILIA. Ya ves..., y ellos se quedan... Es una triste gracia... y es dar gusto a tus enemigos...

MANUEL. Mis enemigos tendrán que reconocer mi sinceridad.

EMILIA. ¡De modo que te importa más quedar bien con tus enemigos que con tus amigos!...

MANUEL. Mira, Emilia, no he querido ver nunca en ti a un amigo político, mucho menos a un contrincante...

EMILIA. Creo que nunca..., pero sí[27.2] una mujer que te aconseja siempre lo mejor...; eso debes haberlo visto en mí siempre. No dirás que yo intervengo nunca en tus asuntos. Nunca te he molestado con recomendaciones..., y tú sabes si me las piden... He preferido quedar mal con muchos amigos por no molestarte lo más mínimo... Desde que eres ministro, ¿qué te he pedido? Que recomendaras al novio de mi doncella para Orden público y a una hermana de mi peinadora para que la contrataran en un cinematógrafo de un diputado[28.1]... Lo que no podrás decir es que yo he abusado nunca de mi posición. A otras hubiera yo querido ver en mi caso... Ahí tienes a la de tu compañero Ruiz Gómez, que no le da almuerzo ni comida tranquila a su marido..., y cuando él no hace lo que ella quiere, se va de Ministerio en Ministerio, poniéndole en evidencia...

MANUEL. ¡Si no fuera más que de Ministerio en Ministerio!

EMILIA. Ella le pide a todo el mundo[28.2]. Y su marido tan contento.

MANUEL. No lo creas...; en Consejo se incomoda mucho...

EMILIA. Pero no dimite... ¿Oyes? No hace más que sonar el timbre... Amigos que vendrán a convencerte; gente que vendrá a saber...

MANUEL. He dicho que no recibo a nadie...

EMILIA. ¿Pero tan serio es el motivo?

MANUEL. Muy serio.

EMILIA. ¿Y no puede haber, por lo menos, un aplazamiento?

MANUEL. ¿Para qué? Lo que ha de ser[28.3]... Pero tú decías siempre que estabas deseando verme libre de preocupaciones..., de disgustos...

EMILIA. Sí..., sí..., y lo digo...; pero precisamente...

MANUEL. Precisamente qué...

EMILIA. ¡Que para una vez que estaba yo contenta de ser ministra!...

MANUEL. Si tú no eres vanidosa... ¡No parece sino que tú necesitas que yo sea ministro para lucir..., para... ¡Ah, vamos!...; ese vestido de París..., el capricho de lucirlo pasado mañana...

EMILIA. ¿Qué quieres? ¡Estaba tan ilusionada!...

MANUEL. ¡Que no tendrás ocasión![29.1]... En cualquier baile...

EMILIA. No es de baile[29.2]... es de comida...; ése es su _chic_, que no sirve más que para comida, y para comida en Palacio.

MANUEL. ¡Y en honor de un príncipe persa!... ¡Tanto quieres puntualizar!... ¡No sé qué especialidad puede tener un vestido para no servir más que en ocasión determinada!

EMILIA. ¡Qué quieres!...; éste es así..., y mi capricho es lucirlo en esta ocasión... ¿Por qué tú tenías tanto afán en ser ministro en este Gobierno más que en otros? Recuerda...

MANUEL. Sí, salgo por amor propio...

EMILIA. Por chafar a Hernández...; tú me lo dijiste... Pues figúrate que yo también quiero chafar a alguien..., a alguien que yo sé que se ha burlado de mí; mujer de alguno de tus compañeros de Ministerio...

MANUEL. ¿Quién hace caso?

EMILIA. Sí, sí, me lo han dicho...; me consta: ha dicho que soy cursi... ¡Como soy la única joven del Ministerio!...

MANUEL. Y la más guapa, también puedes decirlo...

EMILIA. Eso lo dices tú..., y me gusta oírlo... Pero eso lo puede ser cualquiera...; elegante, ya es más difícil...

MANUEL. También lo eres..., como debes serlo...

EMILIA. Si..., ¡pero si vieras!... Yo comprendo que algunas veces no he estado acertada en la _toilette_..., pecaba por exceso...; pero ahora este vestido es de un supremo _chic_...; como que he sostenido correspondencia diaria con el modisto durante veinte días..., y muestras van y vienen, y figurines y descripciones..., y yo sin decidirme, y él ideando creaciones... «Sueño con usted», me dice en una de sus cartas...

MANUEL. ¡Caracoles!

EMILIA. «Piense usted en mí siempre», le digo yo en todas las mías...

MANUEL. ¡Pues sabes que cualquiera que leyese la correspondencia...!

EMILIA. Mira, voy a ponerme el vestido..., para ti... Quiero que lo veas antes que nadie, que lo admires...

MANUEL. No, no...; ya tendré ocasión...

EMILIA. Pasado mañana...

MANUEL. Sí, hay función en el Real y quieres ponértelo...

EMILIA. Para el Real... es demasiado; llamaría la atención...

MANUEL. ¡Pues si no es eso lo que te propones...!

EMILIA. ¿Llamar la atención? ¡De ningún modo! El verdadero _chic_ es ése... No llamar la atención y que todo el mundo se fije...