Select letters of Christopher Columbus

Part 32

Chapter 323,835 wordsPublic domain

My dear and beloved sons, children of my very dear and beloved wife Doña Francisca de Ribera,—may the blessing of God Almighty, Father, Son, and Holy Ghost, descend upon you, together with my blessing, and protect you, and make you Catholic Christians, and give you grace always to love and fear Him. My sons, I earnestly recommend you to cultivate peace and harmony amongst yourselves, and that you be obliging, and not haughty, but very humble and courteous towards those with whom you have to do, so that all may love you. Serve loyally my lord the Admiral, and may his lordship grant you large recompense, considering who he is himself, and by what great services I have deserved his favours. Above all I charge you, my sons, to be very pious, and to hear very devoutly the divine offices, and in so doing, may the Lord grant you long life. May it please Him of His infinite goodness, to make you as good as I wish you to be, and guide you always with His hand. Amen.

The books which I send to you are as follows:

_The Art of Well-dying_, by Erasmus; a _Sermon_, of Erasmus, in Spanish; _Josephus de Bello Judaico_; the _Moral Philosophy_, of Aristotle; the books called _Lingua Erasmi_; the book of _The Holy Land_;[219] _The conversations of Erasmus_; _A treatise on the Complaints of Peace_; _A book of Contemplation of the Passion of our Redeemer_; _A treatise on the Revenging of the Death of Agamemnon_; and other small tracts.

I have already told you, my sons, that I leave you these books as heir-looms under the conditions described above in my will, and I wish them to be put together with my other documents, which will be found in the cedar box, at Seville, as I have already said; I wish also the marble mortar should be placed in it, which is now in the possession of Don Ferdinand, or of his major-domo.

I, Diego Mendez, affirm that this document, contained in thirteen sheets, is my last will and testament, for I have dictated it and caused it to be written, and have signed it with my name; and by it I revoke and annul any other will or wills whatever made by me at any other time or place, and I desire that this only be considered valid. Made in the city of Valladolid, the nineteenth day of June, in the year of our Redeemer one thousand five hundred and thirty-six.—DIEGO MENDEZ. And I, the said Garcia de Vera, scrivener and notary public, was present at all which has been herein said; and it has all been set down by me by order of the said lord-lieutenant, and by request of the said Bachelor Estrada, forming the testament in these twenty-six leaves of folio paper, as is here seen. I caused it to be written as it was presented and laid before me, and have kept the original in my possession. And to this effect I have here placed this my seal (_here was placed the seal_), in testimony of the truth.—(_Signed_) GARCIA DE VERA.

_This agrees literally with the clauses copied from a will sealed and signed by the said scrivener, Garcia de Vera, the original of which is in the archives of the most excellent the Admiral Duke of Veraguas, from which I copied it in Madrid on the twenty-eighth day of March, in the year eighteen hundred and twenty-five.—Thomas Gonzalez._

_Note.—The other clauses of this will of Diego Mendez, refer to his funeral arrangements, and the declaration of debts, due both to him and by him, in Spain and in the island of Hispaniola, as well as other matters purely personal, and relating to his family; but they bear no reference or allusion to the Admiral Columbus, or to his voyages and discoveries, and therefore have not been copied._

RELACION

_Hecha por Diego Mendez, de algunos acontecimientos del último viage del Almirante Don Cristóbal Colon._

Diego Mendez, vecino de la ciudad de Santo Domingo de la Isla Española, hallándose en la villa de Valladolid, donde á la sazon estaba la Corte de SS. MM., otorgó testamento en seis dias del mes de Junio del año de mil quinientos treinta y seis, por testimonio de Fernan Perez, escribano de SS. MM., y su notario público en la su Corte y en todos los sus Reinos y Señoríos; siendo testigos al otorgamiento Diego de Arana, Juan Diez Miranda de la Cuadra, Martin de Orduña, Lucas Fernandez, Alonso de Angulo, Francísco de Hinojosa y Diego de Aguilar, todos criados de la Señora Vireina de las Indias. Y entre otros capítulos del mencionado testamento hay uno que á la letra dice así.

Cláusula del testamento. Item: Los muy ilustres Señores, el Almirante D. Cristobal Colon, de gloriosa memoria, y su hijo el Almirante D. Diego Colon, y su nieto el Almirante D. Luis, á quien Dios dé largos dias de vida, y por ellos la Vireina mi Señora, como su tutriz y curadora, me son en cargo de muchos y grandes servicios que yo les hice, en que consumí y gasté todo lo mejor de mi vida hasta acaballa en su servicio; especialmente serví al gran Almirante D. Cristóbal andando con su Señoria descubriendo Islas y Tierra firme, en que puse muchas veces mi persona á péligro de muerte por salvar su vida y de los que con él iban y estaban; mayormente cuando se nos cerró el puerto del rio de Belen ó Yebra donde estábamos con la fuerza de las tempestades de la mar y de los vientos que acarrearon y amontonaron la arena en cantidad con que cegaron la entrada del puerto. Y estando su Señoria allí muy congojado, juntóse gran multitud de Indios de la tierra para venir á quemarnos los navios y matarnos á todos, con color que decian que iban á hacer guerra a otros Indios de las provincias de Cobrava Aurira con quien tenian guerra: y como pasaron muchos dellos por aquel puerto en que teniamos nosotros las naos, ninguno de la armada caia en el negocio sino yo, que fuí al Almirante y le dije: “Señor, estas gentes que por aquí han pasado en orden de guerra dicen que se han de juntar con los de Veragoa para ir contra los de Cobrava Aurira: yo no lo creo sino el contrario, y es que se juntan para quemarnos los navíos y matarnos á todos,” como de hecho lo era. Y diciéndome el Almirante cómo se remediaria, yo dije á su Señoría que saldria con una barca é iría por la costa hácia Veragoa, para ver donde asentaban el real. Y no hube andado media legua cuando halle al pie de mil hombres de guerra con muchas vituallas y brevages, y salté en tierra solo entre ellos, dejando mi barca puesta en flota: y hablé con ellos segun pude entender, y ofrecíme que queria ir con ellos á la guerra con aquella barca armada, y ellos se escusaron reciamente diciendo que no le habian menester: y como yo me volviese á la barca y estuviese allí á vista dellos toda la noche, vieron que no podian ir á las naos para quemallas y destruillas, segun tenian acordado, sin que yo lo viese, y mudaron propósito: y aquella noche se volvieron todos á Veragoa, y yo me volví á las naos y hice relacion de todo á su Señoría, é no lo tuvo en poco. Y platicando conmigo sobrello sobre que manera se ternia para saber claramente el intento de aquella gente, yo me ofrecí de ir allá con un solo compañero, y lo puse por obra, yendo mas cierto de la muerte que dela vida: y habiendo caminado por la playa hasta el rio de Veragoa hallé dos canoas de Indios extrangeros que me contaron muy á la clara como aquellas gentes iban para quemar las naos y matarnos á todos, y que lo dejaron de hacer por la barca que allí sobrevino, y questaban todavia de propósito de volver á hacello dende á dos dias, é yo les rogué que me llevasen en sus canoas el rio arriba, y que gelo pagaria; y ellos se escusaban aconsejándome que en ninguna manera fuese, porque fuese cierto que en llegando me matarian á mí y al compañero que llevaba. E sin embargo de sus consejos hice que me llevasen en sus canaos el rio arriba hasta llegar á los pueblos de los Indios, los cuales hallé todos puestos en orden de guerra, que no me querian dejar ir al asiento principal del Cacique; y yo fingiendo que le iba á curar como cirujano de una llaga que tenia en una pierna, y con dádivas que les dí me dejaron ir hasta el asiento Real, que estaba encima de un cerro llano con una plaza grande, rodeada de trescientas cabezas de muertos que habian ellos muerto en una batalla: y como yo hubiese pasado toda la plaza y llegado á la Casa Real hubo grande alboroto de mugeres y muchachos que estaban á la puerta, que entraron gritando dentro en el palacio. Y salió de él un hijo del Señor muy enojado diciendo palabras recias en su lenguage, é puso las manos en mí y de un empellon me desvió muy lejos de sí: diciéndole yo por amansarle como iba á curar á su padre de la pierna, y mostrándole cierto unguento que para ello llevaba, dijo que en ninguna manera habia de entrar donde estaba su padre. Y visto por mí que por aquella via no podia amansarle, saqué un peine y unas tijeras y un espejo, y hice que Escobar mi compañero me peinase y cortase el cabello. Lo cual visto por él y por los que allí estaban quedaban espantados; y yo entonces hice que Escobar le peinase á él y le cortase el cabello con las tijeras, y díselas y el peine y el espejo, y con esto se amansó; y yo pedí que trajesen algo de comer, y luego lo trajeron, y comimos y bebimos en amor y compaña, y quedamos amigos; y despedime dél y vine á las naos, y hice relacion de todo esto al Almirante mi Señor, el cual no poco holgó en saber todas estas circumstancias y cosas acaecidas por mi; y mandó poner gran recabdo en las naos y en ciertas casas de paja, que teniamos hechas allí en la playa con intencion que habia yo de quedar allí con cierta gente para calar y saber los secretos de la tierra.

Otro dia de mañana su Señoría me llamó para tomar parecer conmigo de lo que sobre ello se debia hacer, y fue mi parecer que debiamos prender aquel Señor y todos sus Capitanes, porque presos aquellos se sojuzgaria la gente menuda; y su Señoria fue del mismo parecer: é yo di el ardid y la manera con que se debia hacer, y su Señoría mandó que el Señor Adelantado, su hermano, y yo con él fuesemos á poner en efecto lo sobredicho con ochenta hombres. Y fuimos, y diónos Nuestro Señor tan buena dicha que prendimos el Cacique y los mas de sus Capitanes y mugeres y hijos y nietos con todos los principales de su generacion; y enviándolos á las naos ansí presos, soltóse el Cacique al que le llevaba por su mal recabdo, el cual despues nos hizo mucho daño. En este instante plugó á Dios que lovíó mucho, y con la gran avenida abriósenos el puerto, y el Almirante sacó los navíos á la mar para venirse á Castilla, quedando yo en tierra para haber de quedar en ella por Contador de su Alteza con setenta hombres, y quedábame allí la mayor parte de los mantenimientos de bizcocho y vino y aceite y vinagre.

Acabado de salir el Almirante á la mar, y quedando yo en tierra con obra de veinte hombres porque los otros se habian salido con el Almirante á despedir, subitamente sobrevino sobre mi mucha gente de la tierra, que serian mas de cuatrocientos hombres armados con sus varas y flechas y tiraderos, y tendierónse por el monte en haz y dieron una grita y otra y luego otra, con las cuales plugo á Dios me apercibieron á la pelea y defensa de ellos: y estando yo en la playa entre los bohios que tenia hechos, y ellos en el monte á trecho de tíro de dardo, comenzaron á flechar y á garrochar como quien agarrocha toro, y eran las flechas y tiraderas tantas y tan continuas como granizo; y algunos dellos se desmandaban para venirnos á dar con las machadasnas; pero ninguno dellos volvian porque quedaban allí cortados brazos y piernas y muertos á espada: de lo cual cobraron tanto miedo que se retiraron atras, habiéndonos muerto siete hombres en la pelea de veinte que eramos, y de ellos murieron diez ó nueve de los que se venian á nosotros mas arriscados. Duró esta pelea tres horas grandes, y Nuestro Soñor nos dio la vitoria milagrosamente, siendo nosotros tan poquitos y ellos tanta muchedumbre.

Acabada esta pelea vino de las naos el Capitan Diego Tristan con las barcas para subir el rio arriba á tomar agua para su viage; y no embargante que yo le aconsejé y amonesté que no subiese el rio arriba no me quiso creer, y contra mi grado subió con las dos barcas y doce hombres el rio arriba, donde le toparon aquella gente y pelearon con él, y le mataron á él y todos los que llavaba, que no escapó sino uno á nado que trujo la nueva; y tomaron las barcas y hiciéronlas pedazos, de que quedamos en gran fatiga, ansí el Almrante en la mar con sus naos sin barcas como nosotros en tierra sin tener con que poder ir á él. Y á todo esto no cesaban los Indios de venirnos á cometer cada rato tañiendo bocinas y atabales, y dando alaridos pensando que nos tenian vencidos. El remedio contra esta gente que teniamos eran dos tiros falconetes de fruslera, muy buenos, y mucha pólvora y pelotas con que los ojeábamos que no osaban llegar á nosotros. Y esto duró por espacio de cuatro dias, en los cuales yo hice cosar muchos costales de las velas de una nao que nos quedaba, y en aquellos puse todo el bizcocho que teniamos, y tomé dos canoas y até la una con la otra parejas, con unos palos atravesados por encima, y en estos cargué el bizcocho todo en viages, y las pipas de vino y azeite y vinagre atadas en una guindaleja y á jorno [_sic_, jorro] por la mar, tirando por ellas las canoas, abonanzando la mar, en siete caminos que hicieron lo llevaron todo á las naos, y la gente que conmigo estaba poco á poco la llevaron, é yo quedé con cinco hombres á la postre siendo de noche, y en la postrera barcada me embarqué: lo cual el Almirante tuvo á mucho, y no se hartaba de me abrazar y besar en los carrillos por tan gran servicio como allí le hice, y me rogó tomase la capitanía de la nao Capitana y el regimiento de toda la gente y del viage, lo cual yo acepté por le hacer servicio en ello por ser, como era, cosa de gran trabajo.

Postrero de Abril de mil quinientos y tres partimos de Veragoa con tres navíos, pensando venir la vuelta de Castilla: y comō los navíos estaban todos abujerados y comidos de gusanos no los podiamos tener sobre agua; y andadas treinta leguas dejamos el uno, quedándonos otros dos peor acondicionados que aquel, que toda la gente no bastaba con las bombas y calderas y vasijas á sacar el agua que se nos entraba por los abujeros de la broma: y de esta manera, no sin grandísimo trabajo y peligro, pensando venir á Castilla navegamos treinta y cinco dias, y en cabo dellos llegamos á la isla de Cuba á lo mas bajo della, á la provincia de Homo, allá donde agora está el pueblo de la Trinidad; de manera que estábamos mas lejos de Castilla trescientas leguas que cuando partimos de Veragoa para ir á ella; y como digo los navíos mal acondicionados, innavegables, y las vituallas que se nos acababan. Plugo á Dios Nuestro Señor que pudimos llegar á la isla de Jamaica, donde zabordamos los dos navíos en tierra, y hicimos de ellos dos casas pajizas, en que estabamos no sin gran peligro de la gente de aquella isla, que no estaba domada ni conquistada, nos pusiesen fuego de noche, que fácilmente lo podian hacer por mas que nosotros velabamos.

Aquí acabé de dar la postrera racion de bizcocho y vino, y tomé una espada en la mano y tres hombres conmigo, y fuíme por esa isla adelante, porque ninguno osaba ir á buscar de comer para el Almirante y los que con él estaban: y plugo á Dios que hallaba la gente tan mansa que no me hacian mal, antes se holgaban conmigo y me daban de comer de buena voluntad. Y en un pueblo que se llama Aguacadiba, concerté con los Indios y Cacique que harian pan cazabe, y que cazarian y pescarian, y que darian de todas las vituallas al Almirante cierta cuantía cada dia, y lo llevarian á las naos, con que estuviese allí persona que ge lo pagase en cuentas azules y peines y cuchillos y cascabeles, y anzuelos y otros rescates que para ello llevabamos: y con esto concierto despaché uno de los dos cristianos que conmigo traía al Almirante, para que enviase persona que tuviese cargo de pagar aquellas vituallas y enviarlas.

Y de allí fuí á otro pueblo que estaba tres leguas de este y hice el mismo concierto con el Cacique y Indios, de él, y envié otro cristiano al Almirante para que enviase allí otra persona al mismo cargo.

Y de allí pasé adelante y llegué á un gran Cacique que se llamaba Huareo, donde agora dicen Melilla, que es trece leguas de las naos, del cual fuí muy bien recebido, que me dió muy bien de comer, y mandó que todos sus vasallos trajiesen dende á tres dias muchas vituallas, que le presentaron, é yo ge las pagué de manera que fueron contentos: y concerté que ordinariamente las traerian, habiendo allí persona que ge las pagase, y con este concierto envié el otro cristiano con los mantenimientos que allá me dieron al Almirante, y pedí al Cacique que me diese dos Indios que fuesen conmigo fasta el cabo de la isla, que el uno me llevaba la hamaca en que dormia é el otro la comida. Y desta manera caminé hasta el cabo de la isla, á la parte del Oriente, y llegué á un Cacique que se llamaba Ameyro, é hice con él amistades de hermandad, y díle mi nombre y tomé el suyo, que entre ellos se tiene por grande hermandad. Y compréle una canoa muy buena que él tenia, y díle por ella una bacineta de laton muy buena que llevaba en la manga y el sayo y una camisa de dos que llevaba, y embarquéme en aquella canoa, y vine por la mar requiriendo las estancias que habia dejado con seis Indios que el Cacique me dió para que me la ayudasen á navegar, y venido á los lugares donde yo habia proveido, hallé en ellos los cristianos que el Almirante habia enviado, y cargué de todas las vituallas que les hallé, y fuime al Almirante, del cual fuí muy bien recebido, que no se hartaba de verme y abrazarme, y preguntar lo que me habia sucedido en el viage, dando gracias á Dios que me habia llevado y traido á salvamiento libre de tanta gente salvage. Y como el tiempo que yo llegué á las naos no habia en ellas un pan que comer, fueron todos muy alegres con mi venida, porque les maté la hambre en tiempo de tanta necesidad, y de allí adelante cada dia venian los Indios cargados de vituallas á las naos de aquellos lugares que yo habia concertado, que bastaban para doscientas y treinta personas que estaban con el Almirante. Dende á diez dias el Almirante me llamó á parte y me dijo el gran peligro en que estaba, diciéndome ansi: “Diego Mendez, hijo: ninguno de cuantos aquí yo tengo siente el gran peligro en que estamos sino yo y vos, porque somos muy poquitos, y estos indios salvages son muchos y muy mudables y antojadizos, y en la hora que se les antojare de venir y quemarnos aquí donde estamos en estos dos navioa hechos casas pajizas fácilmente pueden echar fuego dende tierra y abrasarnos aquí á todos: y el concierto que vos habeis hecho con ellos del traer los mantenimientos que traen de tan buena gana, mañana se les antojará otra cosa y no nos traerán nada, y nosotros no somos parte para tomargelo per fuerza si no estar á lo que ellos quisieren. Yo he pensado un remedio si á vos os parece: que en esta canoa que comprastes se aventurase alguno á pasar á la Isla Española á comprar una nao en que pudiesen salir de tan gran peligro como este en que estamos. Decidme vuestro parecer.” Yo le respondí: “Señor: el peligro en que estamos bien lo veo, que es muy mayor de lo que se puede pensar. El pasar desta Isla á la Isla Española en tan poca vasija como es la canoa, no solamente lo tengo por dificultoso, sino por imposible: porque haber de atravesar un golfo de cuarenta leguas de mar y entre islas donde la mar es mas impetuosa y de menos reposo, no sé quien se ose aventurar á peligro tan notorio”. Su Señoría no me replicó, persuadiendome reciamente que yo era el que lo habia de hacer, á lo cual yo respondí: “Señor: muchas veces he puesto mi vida á peligro de muerte por salvar la vuestra y de todos estos que aqui estan, y nuestro Señor milagrosamente me ha guardado y la vida; y con todo no han faltado murmuradores que dicen que vuestra Señoria me acomete á mí todas las cosas de honra, habiendo en la compañía otros que las harian tan bien como yo: y por tanto paréceme á mí que vuestra Señoría los haga llamar á todos y los proponga este negocio, para ver si entre todos ellos habrá alguno que lo quiera emprender, lo cual yo dudo; y cuando todos se echen de fuera, yo pondré mi vida á muerte por vuestro servicio, como muchas veces lo he hecho”.

Luego el dia siguiente su Señoría los hizo juntar á todos delante sí, y les propuso el negocio de la manera que á mí: é oido, todos enmudecieron, y algunos dijeron que era por demas platicarse en semejante cosa, porque era imposible en tan pequeña vasija pasar tan impetuoso y peligroso golfo de cuarenta leguas como este, entre estas dos islas donde muy recias naos se habian perdido andando á descubrir, sin poder romper ni forzar el ímpetu y furia de las corrientes. Entonces yo me levanté y dije: “Señor: una vida tengo no mas, yo la quiero aventurar por servicio de vuestra Señoría y por el bien de todos los que aquí estan, porque tengo esperanza en Dios nuestro Señor que vista la intencion con que yo lo hago me librará, como otras muchas veces lo ha hecho.” Oida por el Almirante mi determinacion levantóse y abrazóme y besóme en el carrillo, diciendo: “Bien sabia yo que no habia aquí ninguno que osase tomar esta empresa sino vos: esperanza tengo en Dios nuestro Señor saldreis della con vitoria como de las otras que habeis emprendido.”