A Spanish Anthology A Collection of Lyrics from the Thirteenth Century Down to the Present Time

Part 9

Chapter 92,933 wordsPublic domain

_Vivo sin vivir en mí, Y tan alta vida espero, 35 Que muero porque no muero._ Aquesta divina unión, Del amor con que yo vivo, Hace á Dios ser mi cautivo, Y libre mi corazón: {p. 83} Mas causa en mí tal pasión Ver á Dios mi prisionero, _Que muero porque no muero_. ¡Ay! ¡Qué larga es esta vida, 5 Qué duros estos destierros, Esta cárcel y estos hierros En que el alma está metida! Sólo esperar la salida Me causa un dolor tan fiero, 10 _Que muero porque no muero_. ¡Ay! ¡Qué vida tan amarga Do no se goza el Señor! Y si es dulce el amor No lo es la esperanza larga; 15 Quíteme Dios esta carga, Más pesada que de acero, _Que muero porque no muero_. Sólo con la confianza Vivo de que he de morir; 20 Porque muriendo, el vivir Me asegura mi esperanza: Muerte do el vivir se alcanza, No te atardes, que te espero, _Que muero porque no muero_. 25 Mira que el amor es fuerte; Vida no seas molesta, Mira que sólo te resta, Para ganarte, perderte; Venga ya la dulce muerte, 30 Venga el morir muy ligero, _Que muero porque no muero_. Aquella vida de arriba Es la vida verdadera; Hasta que esta vida muera, {p. 84} No se goza estando viva: Muerte, no seas esquiva; Vivo muriendo primero, _Que muero porque no muero_. 5 Vida, ¿qué puedo yo darle A mi Dios, que vive en mí, Si no es perderte á ti, Para mejor á Él gozarle? Quiero muriendo alcanzarle, 10 Pues á Él solo es el que quiero, _Que muero porque no muero_. Estando ausente de ti, ¿Qué vida puedo tener? Sino muerte padecer 15 La mayor que nunca ví: Lástima tengo de mí, Por ser mi mal tan entero, _Que muero porque no muero_. El pez que del agua sale 20 Aun de alivio no carece, A quien la muerte padece Al fin la muerte le vale: ¿Qué muerte habrá que se iguale A mi vivir lastimero, 25 _Que muero porque no muero?_ Cuando me empiezo á aliviar Viéndote en el Sacramento, Me hace más sentimiento El no poderte gozar: 30 Todo es para más penar, Por no verte como quiero, _Que muero porque no muero_. Cuando me gozo, Señor, Con esperanza de verte, {p. 85} Viendo que puedo perderte, Se me dobla mi dolor. Viviendo en tanto pavor, Y esperando como espero, 5 _Que muero porque no muero_. Sácame de aquesta muerte, Mi Dios, y dame la vida, No me tengas impedida En este lazo tan fuerte: 10 Mira que muero por verte, Y vivir sin ti no puedo, _Que muero porque no muero_. Lloraré mi muerte ya, Y lamentaré mi vida, 15 En tanto que detenida Por mis pecados está. ¡Oh mi Dios cuando será, Cuando yo diga de vero, _Que muero porque no muero_. 20

LETRILLA QUE LLEVABA POR REGISTRO EN SU BREVIARIO

Nada te turbe; Nada te espante; Todo se pasa; Dios no se muda, La paciencia todo lo alcanza. 25 Quien á Dios tiene, Nada le falta. Solo Dios basta.

Fernando de Herrera {p. 86}

(1534–1597)

SONETO: POR LA VITORIA DE LEPANTO

Hondo Ponto, que bramas atronado Con tumulto y terror, del turbio seno Saca el rostro, de torpe miedo lleno; Mira tu campo arder ensangrentado, Y junto en este cerco y encontrado 5 Todo el cristiano esfuerzo y sarraceno, Y cubierto de humo y fuego y trueno, Huir temblando el impío quebrantado. Con profundo murmurio la vitoria Mayor celebra que jamás vió el cielo, 10 Y más dudosa y singular hazaña; Y di que solo mereció la gloria Que tanto nombre da á tu sacro suelo El joven de Austria y el valor de España.

SONETO: A SEVILLA

Reina del grande Océano dichosa, 15 Sin quien á España falta la grandeza, A quien valor, ingenio y la nobleza Hacen más estimada y generosa, ¿Cuál diré que tú seas, luz hermosa De Europa? Tierra no, que tu riqueza 20 Y gloria no se cierra en su estrecheza; Cielo sí, de virtud maravillosa. Oye y se espanta y no te cree el que mira Tu poder y abundancia; de tal modo Con la presencia ve menor la fama. 25 No ciudad, eres orbe; en ti se admira {p. 87} Junto cuanto en las otras se derrama, Parte de España más mejor que el todo.

CANCIÓN: AL SUEÑO

Suave sueño, tú, que en tardo vuelo Las alas perezosas blandamente 5 Bates, de adormideras coronado, Por el puro, adormido y vago cielo, Ven á la última parte de occidente, Y de licor sagrado Baña mis ojos tristes; que cansado 10 Y rendido al furor de mi tormento, No admito algún sosiego, Y el dolor desconhorta al sufrimiento. Ven á mi ruego humilde, ¡oh amor de aquella Que Juno te ofreció, tu ninfa bella! 15 Divino sueño, gloria de mortales, Regalo dulce al mísero afligido; Sueño amoroso, ven á quien espera Cesar del ejercicio de sus males, Y al descanso volver todo el sentido. 20 ¿Cómo sufres que muera Lejos de tu poder quien tuyo era? ¿No es dureza olvidar un solo pecho En veladora pena, Que sin gozar del bien que al mundo has hecho, 25 De tu vigor se ajena? Ven, sueño alegre, sueño, ven, dichoso; Vuelve á mi alma ya, vuelve el reposo. Sienta yo en tal estrecho tu grandeza, Baja y esparce líquido el rocío, 30 Huya el alba, que en torno resplandece; Mira mi ardiente llanto y mi tristeza, {p. 88} Y cuánta fuerza tiene el pesar mío, Y mi frente humedece; Que ya de fuegos juntos el sol crece. Torna, sabroso sueño, y tus hermosas 5 Alas suenen ahora, Y huya con sus alas presurosas La desabrida aurora; Y lo que en mí faltó la noche fría Termine la cercana luz del día. 10 Una corona, ¡oh sueño!, de tus flores Ofrezco; tú produce el blando efeto En los desiertos cercos de mis ojos; Que el aire, entrejido con olores, Halaga y ledo mueve en dulce afeto; 15 Y de estos mis enojos Destierra, manso sueño, los despojos. Ven pues, amado sueño, ven, liviano; Que del rico oriente Despunta el tierno Febo el rayo cano. 20 Ven ya, sueño clemente, Y acabará el dolor; así te vea En brazos de tu cara Pasitea.

CANCIÓN: POR LA VITORIA DE LEPANTO

Cantemos al Señor, que en la llanura Venció del ancho mar al Trace fiero; 25 Tú, Dios de las batallas, tú eres diestra, Salud y gloria nuestra. Tú rompiste las fuerzas y la dura Frente de Faraón, feroz guerrero; Sus escogidos príncipes cubrieron 30 Los abismos del mar y descendieron, Cual piedra, en el profundo, y tu ira luego {p. 89} Los tragó, como arista seca el fuego. El soberbio tirano, confiado En el grande aparato de sus naves, Que de los nuestros la cerviz cautiva 5 Y las manos aviva Al ministerio injusto de su estado, Derribó con los brazos suyos graves Los cedros más excelsos de la cima Y el árbol que más yerto se sublima, 10 Bebiendo ajenas aguas y atrevido Pisando el bando nuestro y defendido. Temblaron los pequeños, confundidos Del impío furor suyo; alzó la frente Contra ti, Señor Dios, y con semblante 15 Y con pecho arrogante, Y los armados brazos extendidos, Movió el airado cuello aquel potente; Cercó su corazón de ardiente saña Contra las dos Hesperias, que el mar baña, 20 Porque en ti confiadas le resisten, Y de armas de tu fe y amor se visten. Dijo aquel insolente y desdeñoso: «¿No conocen mis iras estas tierras, Y de mis padres los ilustres hechos, 25 Ó valieron sus pechos Contra ellos con el Húngaro medroso, Y de Dalmacia y Rodas en las guerras? ¿Quién las pudo librar? ¿Quién de sus manos Pudo salvar los de Austria y los Germanos? 30 ¿Podrá su Dios, podrá por suerte ahora Guardallas de mi diestra vencedora? «Su Roma, temerosa y humillada, Los cánticos en lágrimas convierte; Ella y sus hijos tristes mi ira esperan {p. 90} Cuando vencidos mueran; Francia está con discordia quebrantada, Y en España amenaza horrible muerte Quien honra de la luna las banderas; 5 Y aquellas en la guerra gentes fieras Ocupadas están en su defensa, Y aunque no, ¿quién hacerme puede ofensa? Los poderosos pueblos me obedecen, Y el cuello con su daño al yugo inclinan, 10 Y me dan por salvarse ya la mano. Y su valor es vano; Que sus luces cayendo se oscurecen. Sus fuertes á la muerte ya caminan, Sus vírgenes están en cautiverio, 15 Su gloria ha vuelto al cetro de mi imperio. Del Nilo á Eufrates fértil y Istro frío, Cuanto el sol alto mira todo es mío.» Tú, Señor, que no sufres que tu gloria Usurpe quien su fuerza osado estima, 20 Prevaleciendo en vanidad y en ira, Este soberbio mira, Que tus aras afea en su vitoria. No dejes que los tuyos así oprima, Y en sus cuerpos, cruel, las fieras cebe, 25 Y en su esparcida sangre el odio pruebe; Que hechos ya su oprobrio, dice: «¿Dónde El Dios de éstos está? ¿De quién se asconde?» Por la debida gloria de tu nombre, Por la justa venganza de tu gente, 30 Por aquel de los míseros gemido, Vuelve el brazo tendido Contra éste, que aborrece ya ser hombre; Y las honras que celas tú consiente, Y tres y cuatro veces el castigo {p. 91} Esfuerza con rigor á tu enemigo, Y la injuria á tu nombre cometida Sea el hierro contrario de su vida. Levantó la cabeza el poderoso 5 Que tanto odio te tiene; en nuestro estrago Juntó el consejo, y contra nos pensaron Los que en él se hallaron. «Venid,» dijeron, «y en el mar ondoso Hagamos de su sangre un grande lago; 10 Deshagamos á éstos de la gente, Y el nombre de su Cristo juntamente, Y dividiendo de ellos los despojos, Hártense en muerte suya nuestros ojos.» Vinieron de Asia y portentosa Egito 15 Los Árabes y leves Africanos, Y los que Grecia junta mal con ellos Con los erguidos cuellos, Con gran poder y número infinito, Y prometer osaron con sus manos 20 Encender nuestros fines y dar muerte A nuestra juventud con hierro fuerte, Nuestros niños prender y las doncellas, Y la gloria manchar y la luz dellas. Ocuparon del piélago los senos, 25 Puesta en silencio y en temor la tierra, Y cesaron los nuestros valerosos, Y callaron dudosos, Hasta que al fiero ardor de Sarracenos El Señor eligiendo nueva guerra, 30 Se opuso el joven de Austria generoso Con el claro Español y belicoso; Que Dios no sufre ya en Babel cautiva Que su Sión querida siempre viva. Cual león á la presa apercibido, {p. 92} Sin recelo los impíos esperaban A los que tú, Señor, eras escudo; Que el corazón desnudo De pavor, y de fe y amor vestido, 5 Con celestial aliento confiaban. Sus manos á la guerra compusiste, Y sus brazos fortísimos pusiste Como el arco acerado, y con la espada Vibraste en su favor la diestra armada. 10 Turbáronse los grandes, los robustos Rindiéronse temblando y desmayaron; Y tú entregaste, Dios, como la rueda, Como la arista queda Al ímpetu del viento, á estos injustos, 15 Que mil huyendo de uno se pasmaron. Cual fuego abrasa selvas, cuya llama En las espesas cumbres se derrama, Tal en tu ira y tempestad seguiste, Y su faz de ignominia convertiste. 20 Quebrantaste al cruel dragón, cortando Las alas de su cuerpo temerosas Y sus brazos terribles no vencidos; Que con hondos gemidos Se retira á su cueva, do silbando 25 Tiembla con sus culebras venenosas, Lleno de miedo torpe sus entrañas, De tu león temiendo las hazañas; Que, saliendo de España, dió un rugido Que lo dejó asombrado y aturdido. 30 Hoy se vieron los ojos humillados Del sublime varón y su grandeza, Y tú solo, Señor, fuiste exaltado, Que tu día es llegado, Señor de los ejércitos armados, {p. 93} Sobre la alta cerviz y su dureza, Sobre derechos cedros y extendidos, Sobre empinados montes y crecidos, Sobre torres y muros, y las naves 5 De Tiro, que á los tuyos fueron graves. Babilonia y Egito amedrentada Temerá el fuego y la asta violenta, Y el humo subirá á la luz del cielo, Y faltos de consuelo, 10 Con rostro oscuro y soledad turbada Tus enemigos llorarán su afrenta. Mas tú, Grecia, concorde á la esperanza Egicia y gloria de su confianza, Triste que á ella pareces, no temiendo 15 A Dios y á tu remedio no atendiendo, ¿Por qué, ingrata, tus hijas adornaste En adulterio infame á una impía gente, Que deseaba profanar tus frutos, Y con ojos enjutos 20 Sus odiosos pasos imitaste, Su aborrecida vida y mal presente? Dios vengará sus iras en tu muerte; Que llega á tu cerviz con diestra fuerte La aguda espada suya; ¿quién, cuitada, 25 Reprimirá su mano desatada? Mas tú, fuerza del mar, tú, excelsa Tiro, Que en tus naves estabas gloriosa, Y el término espantabas de la tierra, Y si hacías guerra, 30 De temor la cubrías con suspiro, ¿Cómo acabaste, fiera y orgullosa? ¿Quién pensó á tu cabeza daño tanto? Dios, para convertir tu gloria en llanto Y derribar tus ínclitos y fuertes, {p. 94} Te hizo perecer con tantas muertes. Llorad, naves del mar; que es destruida Vuestra vana soberbia y pensamiento. ¿Quién ya tendrá de ti lástima alguna, 5 Tú, que sigues la luna, Asia adúltera, en vicios sumergida? ¿Quién mostrará un liviano sentimiento? ¿Quién rogará por ti? Que á Dios enciende Tu ira y la arrogancia que te ofende, 10 Y tus viejos delitos y mudanza Han vuelto contra ti á pedir venganza. Los que vieron tus brazos quebrantados, Y de tus pinos ir el mar desnudo, Que sus ondas turbaron y llanura, 15 Viendo tu muerte oscura, Dirán, de tus estragos espantados: ¿Quién contra la espantosa tanto pudo? El Señor, que mostró su fuerte mano Por la fe de su príncipe cristiano 20 Y por el nombre santo de su gloria, A su España concede esta vitoria. Bendita, Señor, sea tu grandeza; Que después de los daños padecidos, Después de nuestras culpas y castigo, 25 Rompiste al enemigo De la antigua soberbia la dureza. Adórente, Señor, tus escogidos, Confiese cuanto cerca el ancho cielo Tu nombre ¡oh nuestro Dios, nuestro consuelo! 30 Y la cerviz rebelde, condenada, Perezca en bravas llamas abrasada.

Fray Luis de León {p. 95}

(1527–1591)

LA VIDA DEL CAMPO

¡Qué descansada vida La del que huye el mundanal ruido, Y sigue la escondida Senda por donde han ido Los pocos sabios que en el mundo han sido! 5 Que no le enturbia el pecho De los soberbios grandes el estado, Ni del dorado techo Se admira, fabricado Del sabio moro, en jaspes sustentado. 10 No cura si la fama Canta con voz su nombre pregonera, Ni cura si encarama La lengua lisonjera Lo que condena la verdad sincera. 15 ¿Qué presta á mí contento, Si soy del vano dedo señalado, Si en busca de este viento Ando desalentado Con ansias vivas, con mortal cuidado? 20 ¡Oh monte, oh fuente, oh río, Oh secreto seguro, deleitoso! Roto casi el navío, A vuestro almo reposo Huyo de aqueste mar tempestuoso. 25 Un no rompido sueño, Un día puro, alegre, libre quiero; No quiero ver el ceño Vanamente severo {p. 96} De á quien la sangre ensalza ó el dinero. Despiértenme las aves Con su cantar sabroso no aprendido, No los cuidados graves 5 De que es siempre seguido El que al ajeno arbitrio está atenido. Vivir quiero conmigo, Gozar quiero del bien que debo al cielo, A solos, sin testigo, 10 Libre de amor, de celo, De odio, de esperanzas, de recelo. Del monte en la ladera Por mi mano plantado tengo un huerto, Que con la primavera, 15 De bella flor cubierto, Ya muestra en esperanza el fruto cierto. Y como codiciosa, Por ver y acrecentar su hermosura, Desde la cumbre airosa 20 Una fontana pura Hasta llegar corriendo se apresura; Y luégo, sosegada, El paso entre los árboles torciendo, El suelo de pasada 25 De verdura vistiendo, Y con diversas flores va esparciendo. El aire el huerto orea, Y ofrece mil olores al sentido, Los árboles menea 30 Con un manso ruido, Que del oro y del cetro pone olvido. Ténganse su tesoro Los que de un falso leño se confían; No es mío ver el lloro {p. 97} De los que desconfían Cuando el cierzo y el ábrego porfían. La combatida antena Cruje, y en ciega noche el claro día 5 Se torna, al cielo suena Confusa vocería, Y la mar enriquecen á porfía. A mí una pobrecilla Mesa, de amable paz bien abastada 10 Me basta; y la vajilla De fino oro labrada Sea de quien la mar no teme airada. Y mientras miserable- Mente se están los otros abrasando 15 Con sed insaciable Del peligroso mando, Tendido yo á la sombra esté cantando; A la sombra tendido De hiedra y lauro eterno coronado, 20 Puesto el atento oído Al son dulce, acordado, Del plectro sabiamente meneado.

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

¿Y dejas, Pastor Santo, Tu grey en este valle hondo, oscuro, 25 Con soledad y llanto, Y tú, rompiendo el puro Aire, te vas al inmortal seguro? Los antes bienhadados, Y los agora tristes y afligidos, 30 A tus pechos criados, De ti desposeídos, {p. 98} ¿A dó convertirán ya sus sentidos? ¿Qué mirarán los ojos Que vieron de tu rostro la hermosura, Que no les sea enojoso? 5 Quien oyó tu dulzura, ¿Qué no tendrá por sordo y desventura? A aqueste mar turbado, ¿Quién le pondrá ya freno? ¿quién concierto Al viento fiero, airado, 10 Estando tú cubierto? ¿Qué norte guiará la nave al puerto? ¡Ay! nube envidiosa Aun deste breve gozo, ¿qué te quejas? ¿Dó vuelas presurosa? 15 ¡Cuán rica tú te alejas! ¡Cuán pobres y cuan ciegos ¡ay! nos dejas!

A FELIPE RUIZ