A Spanish Anthology A Collection of Lyrics from the Thirteenth Century Down to the Present Time
Part 15
Madrid, castillo famoso 15 Que al rey moro alivia el miedo, Arde en fiestas en su coso Por ser el natal dichoso De Alimenón de Toledo. Su bravo alcaide Aliatar, 20 De la hermosa Zaida amante, Las ordena celebrar, Por si la puede ablandar El corazón de diamante. Pasó, vencida á sus ruegos, 25 Desde Aravaca á Madrid; Hubo pandorgas y fuegos, Con otros nocturnos juegos {p. 197} Que dispuso el adalid. Y en adargas y colores, En las cifras y libreas, Mostraron los amadores, 5 Y en pendones y preseas, La dicha de sus amores. Vinieron las moras bellas De toda la cercanía, Y de lejos muchas de ellas: 10 Las más apuestas doncellas Que España entonces tenía. Aja de Jetafe vino, Y Zahara la de Alcorcón, En cuyo obsequio muy fino 15 Corrió de un vuelo el camino El moraicel de Alcabón. Jarifa de Almonacid, Que de la Alcarria en que habita Llevó á asombrar á Madrid 20 Su amante Audalla, adalid Del castillo de Zorita. De Adamuz y la famosa Meco llegaron allí Dos, cada cual más hermosa, 25 Y Fatima la preciosa, Hija de Alí el alcadí. El ancho circo se llena De multitud clamorosa, Que atiende á ver en su arena 30 La sangrienta lid dudosa, Y todo en torno resuena. La bella Zaida ocupó Sus dorados miradores Que el arte filigranó {p. 198} Y con espejos y flores Y damascos adornó. Añafiles y atabales, Con militar armonía, 5 Hicieron salva y señales De mostrar su valentía Los moros principales. No en las vegas de Jarama Pacieron la verde grama 10 Nunca animales tan fieros Junto al puente que se llama, Por sus peces, de Viveros, Como los que el vulgo vió Ser lidiadores aquel día; 15 Y en la fiesta que gozó, La popular alegría Muchas heridas costó. Salió un toro del toril, Y á Tarfe tiró por tierra, 20 Y luego á Benalguacil; Después con Hamete cierra, El temerón de Conil. Traía un ancho listón Con uno y otro matiz 25 Hecho un lazo por airón, Sobre la enhiesta cerviz Clavado con un arpón. Todo galán pretendía Ofrecerle vencedor 30 A la dama que servía: Por eso perdió Almanzor El potro que más quería. El alcaide muy zambrero De Guadalajara huyó, {p. 199} Mal herido al golpe fiero, Y desde un caballo overo El moro de Horche cayó. Todos miran á Aliatar, 5 Que aunque tres toros ha muerto No se quiere aventurar; Porque en lance tan incierto El caudillo no ha de entrar. Mas viendo se culparía, 10 Va á ponerse delante: La fiera le acometía, Y sin que el rejón le plante Le mató una yegua pía. Otra monta acelerado: 15 Le embiste el toro de un vuelo. Cogiéndole entablerado; Rodó el bonete encarnado Con las plumas por el suelo. Dió vuelta hiriendo y matando 20 A los de pie que encontrara, El circo desocupando; Y emplazándose, se para, Con la vista amenazando. Nadie se atreve á salir: 25 La plebe grita indignada, Las damas se quieren ir, Porque la fiesta empezada No puede ya proseguir. Ninguno al riesgo se entrega 30 Y está en medio el toro fijo; Cuando un portero que llega De la puerta de la Vega Hincó la rodilla y dijo: «Sobre un caballo alazano, {p. 200} Cubierto de galas y oro, Demanda licencia urbano Para alancear á un toro Un caballero cristiano.» 5 Mucho le pesa á Aliatar; Pero Zaida dió respuesta Diciendo que puede entrar; Porque en tan solemne fiesta Nada se debe negar. 10 Suspenso el concurso entero Entre dudas se embaraza, Cuando en un potro ligero Vieron entrar por la plaza Un bizarro caballero; 15 Sonrosado, albo color, Belfo labio, juveniles Alientos, inquieto ardor, En el florido verdor De sus lozanos abriles. 20 Cuelga la rubia guedeja Por donde el almete sube, Cual mirarse tal vez deja Del sol la ardiente madeja Entre cenicienta nube. 25 Gorguera de anchos follajes, De una cristiana primores, En el yelmo los plumajes, Por los visos y celajes Vergel de diversas flores. 30 En la cuja gruesa lanza, Con recamado pendón, Y una cifra á ver se alcanza Que es de desesperación, {p. 201} Ó á lo menos de venganza. En el arzón de la silla Ancho escudo reverbera Con blasones de Castilla, 5 Y el mote dice á la orilla: _Nunca mi espada venciera._ Era el caballo galán, El bruto más generoso, De más gallardo ademán; 10 Cabos negros, y brioso, Muy tostado y alazán. Larga cola recogida En las piernas descarnadas, Cabeza pequeña, erguida, 15 Las narices dilatadas, Vista feroz y encendida. Nunca en el ancho rodeo Que da Betis con tal fruto Pudo fingir el deseo 20 Más bella estampa de bruto, Ni más hermoso paseo. Dió la vuelta al rededor: Los ojos que le veían Lleva prendados de amor. 25 ¡Alah te salve! decían, ¡Déte el Profeta favor! Causaba lástima y grima Su tierna edad floreciente: Todos quieren que se exima 30 Del riesgo, y él solamente Ni recela ni se estima. Las doncellas, al pasar, Hacen de ámbar y alcanfor Pebeteros exhalar, {p. 202} Vertiendo pomos de olor De jazmines y azahar. Mas cuando en medio se para, Y de más cerca le mira 5 La cristiana esclava Aldara, Con su señora se encara, Y así le dice, y suspira: «Señora, sueños no son; Así los cielos vencidos 10 De mi ruego y aflicción, Acerquen á mis oídos Las campanas de León, «Como ese doncel que ufano Tanto asombro viene á dar 15 A todo el pueblo africano, Es Rodrigo de Bivar, El soberbio Castellano.» Sin descubrirle quién es, La Zaida desde una almena 20 Le habló una noche cortés Por donde se abrió después El cubo de la Almudera; Y supo que fugitivo De la corte de Fernando, 25 El Cristiano, apenas vivo, Está á Jimena adorando Y en su memoria cautivo. Tal vez á Madrid se acerca Con frecuentes correrías, 30 Y todo en torno la cerca, Observa sus saetías, Arroyadas y ancha alberca. Por eso le ha conocido: Que en medio de aclamaciones, {p. 203} El caballo ha detenido Delante de sus balcones Y la saluda rendido. La Mora se puso en pie, 5 Y sus doncellas detrás: El alcaide que lo ve, Enfurecido además, Muestra cuán celoso esté. Suena un rumor placentero 10 Entre el vulgo de Madrid: No habrá mejor caballero, Dicen, en el mundo entero; Y algunos le llaman Cid. Crece la algazara, y él 15 Torciendo las riendas de oro, Marcha al combate crüel: Alza el galope y al toro Busca en sonoro tropel. El bruto se le ha encarado 20 Desde que le vió llegar, De tanta gala asombrado; Y al rededor le ha observado Sin moverse de un lugar. Cual flecha se disparó 25 Despedida de la cuerda, De tal suerte le embistió; Detrás de la oreja izquierda La aguda lanza le hirió. Brama la fiera burlada; 30 Segunda vez acomete, De espuma y sudor bañada; Y segunda vez le mete Sutil la punta acerada. Pero ya Rodrigo espera {p. 204} Con heroico atrevimiento, El pueblo mudo y atento; Se engalla el toro y altera, Y finge acometimiento. 5 La arena escarba ofendido, Sobre la espalda la arroja Con el hueso retorcido; El suelo huele y le moja En ardiente resoplido. 10 La cola inquieto menea, La diestra oreja mosquea, Vase retirando atrás, Para que la fuerza sea Mayor, y el ímpetu más. 15 El que en esta ocasión viera De Zaida el rostro alterado Claramente conociera Cuánto le cuesta cuidado El que tanto riesgo espera. 20 Más ¡ay! que le embiste horrendo El animal espantoso. Jamás peñasco tremendo Del Cáucaso cavernoso Se desgaja, estrago haciendo, 25 Ni llama así fulminante, Cruza en negra oscuridad, Con relámpagos delante, Al estrépito tonante De sonora tempestad, 30 Como el bruto se abalanza En terrible ligereza; Mas rota con gran pujanza La alta nuca, la fiereza {p. 205} Y el último aliento lanza. La confusa vocería Que en tal instante se oyó Fué tanta, que parecía 5 Que honda mina reventó, Ó el monte y valle se hundía. A caballo como estaba, Rodrigo el lazo alcanzó Con que el toro se adornaba: 10 En su lanza le clavó Y á los balcones llegaba. Y alzándose en los estribos, Le alarga á Zaida, diciendo: «Sultana, aunque bien entiendo 15 Ser favores excesivos, Mi corto don admitiendo, «Si no os dignáredes ser Con él benigna, advertid Que á mí me basta saber 20 Que no le debo ofrecer A otra persona en Madrid.» Ella, el rostro placentero, Dijo, y turbada: «señor, Yo le admito y le venero, 25 Por conservar el favor De tan gentil caballero.» Y besando el rico don, Para agradar al doncel Le prende con afición 30 Al lado del corazón, Por brinquiño y por joyel. Pero Aliatar el caudillo De envidia ardiendo se ve: Y trémulo y amarillo, {p. 206} Sobre un tremecén rosillo Lozaneándose fué. Y en ronca voz, «Castellano,»— Le dice,—«con más decoros 5 Suelo yo dar de mi mano, Si no penachos de toros, Las cabezas de Cristiano. «Y si vinieras de guerra Cual vienes de fiesta y gala, 10 Vieras que en toda la tierra, Al valor que dentro encierra Madrid, ninguno se iguala.» «Así,»—dijo el de Bivar,— «Respondo,» y la lanza en ristre 15 Pone, y espera á Aliatar; Mas sin que nadie administre Orden, tocaron á armar. Y fiero bando con gritos Su muerte ó prisión pedía, 20 Cuando se oyó en los distritos Del monte de Leganitos Del Cid la trompetería. Entre la Moncloa y Soto Tercio escogido emboscó, 25 Que viendo cómo tardó, Se acercó, oyó el alboroto, Y al muro se abalanzó. Y si no vieran salir Por la puerta á su señor 30 Y Zaida á le despedir, Iban la fuerza á embestir: Tal era ya su furor. El alcaide, recelando Que en Madrid tenga partido, {p. 207} Se templó, disimulando; Y por el parque florido Salió con él razonando. Y es fama, que á la bajada 5 Juró por la cruz el Cid De su vencedora espada, De no quitar la celada Hasta que gane á Madrid.
José de Cadalso
(1741–1782)
SOBRE SER LA POESÍA UN ESTUDIO FRÍVOLO
Llegóse á mí con el semblante adusto, 10 Con estirada ceja y cuello erguido (Capaz de dar un peligroso susto Al tierno pecho del rapaz Cupido), Un animal de los que llaman sabios, Y de este modo abrió sus secos labios: 15 «No cantes más de amor. Desde este día Has de olvidar hasta su necio nombre; Aplícate á la gran filosofía; Sea tu libro el corazón del hombre.» Fuése, dejando mi alma sorprendida 20 De la llegada, arenga y despedida. ¡Adiós, Filis, adiós! No más amores, No más requiebros, gustos y dulzuras, No más decirte halagos, darte flores, No más mezclar los celos con ternuras, 25 No más cantar por monte, selva ó prado Tu dulce nombre al eco enamorado; No más llevarte flores escogidas, {p. 208} Ni de mis palomitas los hijuelos, Ni leche de mis vacas más queridas, Ni pedirte ni darte ya más celos, Ni más jurarte mi constancia pura, 5 Por Venus, por mi fe, por tu hermosura. No más pedirte que tu blanca diestra En mi sombrero ponga el fino lazo, Que en sus colores tu firmeza muestra, Que allí le colocó tu airoso brazo; 10 No más entre los dos un albedrío; Tuyo mi corazón, el tuyo mío. Filósofo he de ser, y tú, que oíste Mis versos amorosos algún día, Oye sentencias con estilo triste 15 Ó lúgubres acentos, Filis mía, Y di si aquel que requebrarte sabe, Sabe también hablar en tono grave.
Gaspar Melchor de Jovellanos
(1744–1811)
CANTO GUERRERO (PARA LOS ASTURIANOS)
A las armas, valientes Astures, Empuñadlas con nuevo vigor; 20 Que otra vez el tirano de Europa El solar de Pelayo insultó. Ved que fieros sus viles esclavos Se adelantan del Sella al Nalón, Y otra vez sus pendones tremolan 25 Sobre Torres, Naranco y Gozón. Corred, corred briosos, Corred á la victoria, Y á nueva eterna gloria {p. 209} Subid vuestro valor. Cuando altiva al dominio del mundo La señora del Tibre aspiró, Y la España en dos siglos de lucha 5 Puso freno á su loca ambición; Ante Asturias sus águilas sólo Detuvieron el vuelo veloz, Y el feliz Octaviano á su vista Desmayado y enfermo tembló. 10 Corred, corred briosos, _etc._ Cuando Suevos, Alanos y Godos Inundaban el suelo español; Cuando atónita España rendía La cerviz á su yugo feroz; 15 Cuando audaz Leovigildo, y triunfante De Toledo corría á León; Vuestros padres, alzados en Arvas, Refrenaron su insano furor. Corred, corred briosos, _etc._ 20 Desde el Lete hasta el Piles Tarique Con sus lunas triunfando llegó, Y con robos, incendios y muertes Las Españas llenó de terror; Pero opuso Pelayo á su furia 25 El antiguo asturiano valor; Y sus huestes el cielo indignado Desplomando, el Auseva oprimió. Corred, corred briosos, _etc._ En Asturias Pelayo alzó el trono 30 Que Ildefonso afirmó vencedor; La victoria ensanchó sus confines, La victoria su fama extendió. Trece reyes su imperio rigieron, Héroes mil realzaron su honor, {p. 210} Y engendraron los héroes que altivos Dieron gloria á Castilla y León. Corred, corred briosos, _etc._ Y hoy que viene un villano enemigo 5 Libertad á robaros y honor, ¿En olvido pondréis tantas glorias? ¿Sufriréis tan indigno baldón? Menos fuerte que el fuerte Romano, Más que el Godo y el Árabe atroz, 10 ¿Sufriréis que esclavice la patria, Que el valor de Pelayo libró? Corred, corred briosos, _etc._ No creáis invencibles ni bravos En la lid á esos bárbaros, no; 15 Sólo en artes malignas son fuertes, Sólo fuertes en dolo y traición. Si en Bailén de sus águilas vieron Humillado el mentido esplendor, De Valencia escaparon medrosos, 20 Zaragoza su fama infamó. Corred, corred briosos, _etc._ Alcañiz arrastró sus banderas, El Alberche su sangre bebió, Ante el Tormes cayeron batidos, 25 Y Aranjuez los llenó de pavor. Fué la heroica Gerona su oprobio, Llobregat reprimió su furor, Y las ondas y muros de Gades Su sepulcro serán y baldón. 30 Corred, corred briosos, _etc._ Y vosotros de Lena y Miranda ¿No los visteis huir con terror? Y no visteis que en Grado y Doriga {p. 211} Su vil sangre los campos regó? Pues ¿quién hoy vuestra furia detiene? Pues ¿quién pudo apagar vuestro ardor? Los que ayer eran flacos, cobardes, 5 ¿Serán fuertes, serán bravos hoy? Corred, corred briosos, _etc._ Cuando os pide el amor sacrificios, Cuando os pide venganza el honor, ¿Cómo no arde la ira en los pechos? 10 ¿Quién los brazos nerviosos ató? A las armas, valientes Astures, Empuñadlas con nuevo vigor; Que otra vez con sus huestes el Corso El solar de Pelayo manchó. 15 Corred, corred briosos, Corred á la victoria, Y á nueva eterna gloria Subid vuestro valor.
Juan Meléndez Valdés
(1754–1817)
ODA: Á UN RUISEÑOR
¡Con qué alegres cantares 20 Oh ruiseñor, celebras Tu dicha, y de tu amada El tierno afán recreas! Ella del blando nido Te responde halagueña 25 Con piadas süaves, Y se angustia si cesas. Las otras aves callan; {p. 212} Y el eco tus querellas Con voz aduladora Repite por la selva; Mientras el cefirillo, 5 De invidioso, te inquieta, Las hojas agitando Con ala más traviesa. Tú cesas y te turbas: Atento adonde suena 10 Te vuelves, y cobarde De ramo en ramo vuelas. Mas luego ya seguro, Los silbos le remedas, El triunfo solemnizas, 15 Y tornas á tus quejas. Así la noche engañas, Y el sol, cuando despierta, Aun goza la armonía De tu amorosa vela. 20 ¡Oh avecilla felice! ¡Oh! ¡qué bien la fineza De tu pecho encareces Con tu voz lisonjera! Ya pías cariñoso, 25 Ya más alto gorjeas, Ya al ardor que te agita, Tu garganta enajenas. ¡Oh! no ceses, no ceses En tan dulce tarea, 30 Que en delicias de oirte Mi espíritu se anega. Así el cielo tu nido De asechanzas defienda, Y tu amable consorte {p. 213} Fiel por siempre te sea. Yo también soy cautivo: También yo, si tuviera Tu piquito agradable, 5 Te diría mis penas; Y en sencillos coloquios Alternando las letras, Tú cantaras tus glorias, Y yo mi fe sincera; 10 Que los malignos hombres Burlan de la inocencia, Y expónese á su risa Quien su dicha les cuenta.
ROMANCE: LA LLUVIA
Bien venida ¡oh lluvia! seas 15 A refrescar nuestros valles, Y á traernos la abundancia Con tu rocío agradable. Bien vengas á dar la vida A las flores, que fragantes, 20 Para mejor recibirte, Rompen ya su tierno cáliz; Do á sus galanos colores, En primoroso contraste, Tus perlas, del sol heridas, 25 Brillan cual ricos diamantes. Bien vengáis, alegres aguas, Fausto alivio del cobarde Labrador, que ya temía Malogrados sus afanes. 30 Bajad, bajad; que la tierra Su agostado seno os abre, Do os aguardan mil semillas {p. 214} Para al punto fecundarse. Bajad, y del mustio prado Vuestro humor la sed apague, Y su lánguida verdura 5 Reanimada se levante; Tejiendo un muelle tapete, Cuyo hermoso verde manchen Los más vistosos matices Como en agraciado esmalte. 10 Bajad, bajad en las alas Del vago viento; empapadle En frescura deleitosa, Y el pecho lo aspire fácil. Bajad; ¡oh, cómo al oído 15 Encanta el ruido süave Que entre las trémulas hojas, Cayendo, las gotas hacen! . . . . . . . . . .
LETRILLA: Á UNOS LINDOS OJOS
_Tus lindos ojuelos Me matan de amor._