A Spanish Anthology A Collection of Lyrics from the Thirteenth Century Down to the Present Time
Part 13
Estos, Fabio, ¡ay dolor! que ves ahora 15 Campos de soledad, mustio collado, Fueron un tiempo Itálica famosa. Aquí de Cipión la vencedora Colonia fué; por tierra derribado Yace el temido honor de la espantosa 20 Muralla, y lastimosa Reliquia es solamente De su invencible gente. Solo quedan memorias funerales Donde erraron ya sombras de alto ejemplo; 25 Este llano fué plaza, allí fué templo; De todo apenas quedan las señales. Del gimnasio y las termas regaladas {p. 157} Leves vuelan cenizas desdichadas; Las torres que desprecio al aire fueron A su gran pesadumbre se rindieron. Este despedazado anfiteatro, 5 Impío honor de los dioses, cuya afrenta Publica el amarillo jaramago, Ya reducido á trágico teatro, ¡Oh fábula del tiempo! representa Cuánta fué su grandeza y es su estrago. 10 ¿Cómo en el cerco vago De su desierta arena El gran pueblo no suena? ¿Dónde, pues, fieras, ¡ay! está el desnudo Luchador? ¿Dónde está el atleta fuerte? 15 Todo desapareció, cambió la suerte Voces alegres en silencio mudo; Mas aun el tiempo da en estos despojos Espectáculos fieros á los ojos, Y miran tan confusos lo presente, 20 Que voces de dolor el alma siente. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Juan de Jáuregui
(1570?-1650)
SILVA: ACAECIMIENTO AMOROSO
En la espesura de un alegre soto, Que el Betis baña, y de su fértil curso Cobran verdor los sauces acopados, Donde el ocioso juvenil concurso, 25 La soledad siguiendo y lo remoto, {p. 158} Logra de amor los hurtos recatados; Aquí prestar alivio á mis cuidados Pensé yo triste un día, Porque la ninfa mía 5 Ví que, emboscada y de recelo ajena, Ya el cinto desceñido, Sus miembros despojaba del vestido. Dejóle al fin compuesto en el arena, Manifestando al cielo 10 De su desnuda forma la belleza. Luego á las puras ondas con presteza La ví correr, do el cuerpo delicado Sintió del agua de repente el hielo, Y suspendió su brío, 15 Viéndose en la carrera salteado Con líquidos aljófares del río; Mas reclinóse al fin sabrosamente, Cubriendo de los húmedos cristales Toda su forma de la planta al cuello; 20 Tal vez la hermosa frente Sola mostraba de su rostro bello; Tal con ligeros saltos paseaba La orilla, y en sus frescos arenales Sus tiernos miembros liberal mostraba. 25 Yo, en tan alegre vista embebecido, Y en los tejidos ramos escondido, Al cielo con el alma agradecía Mi desigual ventura, Y el recatado labio no movía. 30 ¡Ay, si mis ojos con igual cordura Celar pudieran sus ocultas llamas! Y no que, ansiosos de mirar cercano Aquel hermoso bulto soberano, Se divirtieron á mover las ramas; {p. 159} Y apenas el ruido Hirió á la bella ninfa el pronto oído, Cuando su vista y rostro honesto Le descubrió mi hurto manifiesto. 5 Y como la corcilla descuidada Mientra las hojas tiernas y menudas Despunta de la yerba rociada, Que al más leve rumor el cuello enhiesta, Y vuelve las agudas 10 Orejas y la frente pavorosa A la vecina selva ó la floresta, Do con alada planta voladora Se embosca, y deja al cazador burlado; Tal su ligero curso amedrentado 15 Siguió mi amada ninfa al mismo instante Que me miró delante. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Francisco Gómez de Quevedo y Villegas
(1580–1645)
LETRILLA
Poderoso caballero Es don Dinero. Madre, yo al oro me humillo, 20 Él es mi amante y mi amado, Pues de puro enamorado De continuo anda amarillo; Que pues doblón ó sencillo, Hace todo cuanto quiero, 25 Poderoso caballero Es don Dinero. Nace en las Indias honrado, {p. 160} Donde el mundo le acompaña; Viene á morir en España, Y es en Génova enterrado: Y pues quien le trae al lado 5 Es hermoso, aunque sea fiero, Poderoso caballero Es don Dinero. Es galán y es como un oro, Tiene quebrado el color, 10 Persona de gran valor, Tan Cristiano como Moro; Pues que da y quita el decoro, Y quebranta cualquier fuero, Poderoso caballero 15 Es don Dinero. Son sus padres principales, Y es de nobles descendiente, Porque en las venas de Oriente Todas las sangres son reales: 20 Y pues es quien hace iguales Al duque y al ganadero, Poderoso caballero Es don Dinero. ¿Mas á quien no maravilla, 25 Ver en su gloria sin tasa Que es lo menos de su casa Doña Blanca de Castilla? Pero pues da al bajo silla Y al cobarde hace guerrero, 30 Poderoso caballero Es don Dinero. Sus escudos de armas nobles Son siempre tan principales, Que sin sus escudos reales, {p. 161} No hay escudos de armas dobles; Y pues á los mismos robles Da codicia su minero, Poderoso caballero 5 Es don Dinero. Por importar en los tratos, Y dar tan buenos consejos, En las casas de los viejos Hatos le guardan de gatos: 10 Y pues él rompe recatos, Y ablanda el juez más severo, Poderoso caballero Es don Dinero. Y es tanta su majestad 15 (Aunque son sus duelos hartos) Que con haberle hecho cuartos, No pierde su autoridad; Pero pues da calidad Al noble y al pordiosero, 20 Poderoso caballero Es don Dinero. Nunca ví damas ingratas A su gusto y afición, Que á las caras de un doblón 25 Hacen sus caras baratas: Y pues las hace bravatas Desde una bolsa de cuero, Poderoso caballero Es don Dinero. 30 Más valen en cualquier tierra, (Mirad si es harto sagaz) Sus escudos en la paz Que rodelas en la guerra; Y pues al pobre le entierra, {p. 162} Y hace propio al forastero, Poderoso caballero Es don Dinero.
SONETO
Érase un hombre á una nariz pegado, 5 Érase una nariz superlativa, Érase una nariz sayón y escriba, Érase un peje espada muy barbado. Era un reloj de sol mal encarado, Érase una alquitara pensativa, 10 Érase un elefante boca arriba, Era Ovidio Nasón más narizado. Érase un espolón de una galera, Érase una pirámide de Egito, Las doce tribus de narices era. 15 Érase un naricismo infinito, Muchísima nariz, nariz tan fiera Que en la cara de Anás fuera delito.
CANCIÓN
Ví con pródiga vena De parlero cristal un arroyuelo 20 Jugando con la arena Y enamorando de su risa el cielo. A la margen amena Una vez murmurando, otra corriendo Estaba entreteniendo 25 Espejo guarnecido de esmeralda; Me pareció al miralle Del prado la guirnalda. Mas abrióse en el valle Una envidiosa cueva de repente: {p. 163} Enmudeció el arroyo Creció la oscuridad del negro hoyo Y sepultó recién nacida fuente Cuya corriente breve restauraron 5 Ojos que de piadosos la lloraron.
EPÍSTOLA SATÍRICA AL CONDE DE OLIVARES
No he de callar por más que con el dedo, Ya tocando la boca, ó ya la frente, Silencio avises, ó amenaces miedo. ¿No ha de haber un espíritu valiente? 10 ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente? Hoy, sin miedo que libre escandalice, Puede hablar el ingenio, asegurado De que mayor poder le atemorice. 15 En otros siglos pudo ser pecado Severo estudio, y la verdad desnuda, Y romper el silencio el bien hablado. Pues sepa, quien lo niega, y quien lo duda, Que es lengua la verdad de Dios severo, 20 Y la lengua de Dios nunca fué muda. Son la verdad y Dios Dios verdadero: Ni eternidad divina los separa, Ni de los dos alguno fué primero. . . . . . . . . . . La justicia de Dios es verdadera 25 Y la misericordia, y todo cuanto Es Dios, todo ha de ser verdad entera. Señor excelentísimo, mi llanto Ya no consiente márgenes ni orillas, Inundación será la de mi canto. 30 Ya sumergirse miro mis mejillas, {p. 164} La vista por dos urnas derramada Sobre las aras de las dos Castillas. Yace aquella virtud desaliñada, Que fué, si rica menos, más temida, 5 En vanidad y en sueño sepultada. Y aquella libertad esclarecida, Que en donde supo hallar honrada muerte, Nunca quiso tener más larga vida. Y pródiga del alma, nación fuerte, 10 Contaba por afrenta de los años Envejecer en brazos de la suerte. Del tiempo el ocio torpe, y los engaños Del paso de las horas y del día, Reputaban los nuestros por estraños. 15 Nadie contaba cuanta edad vivía, Sino de que manera, ni aun un hora Lograba sin afán y valentía. La robusta virtud era señora, Y sola dominaba al pueblo rudo; 20 ¡Edad, si mal hablada, vencedora! . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
SONETO
(_Advertencia á España, de que ansí como se ha hecho señora de muchos, ansí será de tantos enemigos invidiada y perseguida, y necesita de continua prevención por esa causa._)
Un Godo, que una cueva en la montaña Guardó, pudo cobrar las dos Castillas: Del Betis y Genil las dos orillas, Los heredores de tan gran hazaña. 25 A Navarra te dió justicia y maña, {p. 165} Y un casamiento, en Aragón, las sillas, Con que á Sicilia y Nápoles humillas, A quien Milán espléndida acompaña. Muerte infeliz en Portugal arbola 5 Tus castillos. Colón pasó los Godos Al ignorado cerco de esta bola. Y es más fácil ¡oh España! en muchos modos Que lo que á todos les quitaste sola, Te puedan á ti sola quitar todos. 10
El Bachiller de la Torre
(Date?)
CANCIÓN: LA TÓRTOLA
Tórtola solitaria que llorando Tu bien pasado y tu dolor presente, Ensordeces la selva con gemidos: Cuyo ánimo doliente Se mitiga penando 15 Bienes asegurados y perdidos: Si inclinas los oídos A las piadosas y dolientes quejas De un espíritu amargo, (Breve consuelo de un dolor tan largo 20 Con quien, amarga soledad, me aquejas) Yo con tu compañía Y acaso á ti te aliviará la mía. La rigurosa mano que me aparta Como á ti de tu bien, á mí del mío, 25 Cargada va de triunfos y victorias: Sábelo el monte y río, Que está cansada y harta De marchitar en flor mis dulces glorias: Y si eran transitorias, {p. 166} Acabáralas golpe de fortuna: No viera yo cubierto De turbias nubes cielo que ví abierto En la fuerza mayor de mi fortuna: 5 Que acabado con ellas Acabaran mis llantos y querellas. Parece que me escuchas, y parece Que te cuento tu mal, que roncamente Lloras tu compañía desdichada: 10 El ánimo doliente Que el dolor apetece Por un alivio de su suerte airada, La más apasionada Más agradable le parece, en tanto 15 Que el alma dolorosa, Llorando tu desdicha rigurosa, Baña los ojos con eterno llanto; Cuya pasión afloja La vida al cuerpo, al alma la congoja. 20 ¿No regalaste con tus quejas tiernas, Por solitarios y desiertos prados, Hombres y fieras, cielos y elementos? ¿Lloraste tus cuidados Con lágrimas eternas 25 Duras y encomendadas á los vientos? ¿No son tus sentimientos De tanta compasión y tan dolientes, Que enternecen los pechos A rigurosas sinrazones hechos, 30 Que los haces crueles de clementes? ¿En qué ofendiste tanto, Cuitada, que te sigue miedo y llanto? Quien te ve por los montes solitarios Mustia y enmudecida y elevada {p. 167} De los casados árboles huyendo, Sola y desamparada A los fieros contrarios, Que le tienen en vida padeciendo, 5 Señal de agüero horrendo Mostrarían tus ojos añublados Con las cerradas nieblas Que levantó la muerte, y las tinieblas De tus bienes supremos y pasados: 10 ¡Llora, cuitada, llora Al venir de la noche y de la aurora! . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Francisco de Borja, Principe de Esquilache
(1581–1658)
CANCIÓN
Fuentecillas que reis, Y con la arena jugáis, ¿Dónde vais? 15 Pues de las flores huis Y los peñascos buscáis, Si reposáis Donde con calma dormís, ¿Por qué corréis y os cansáis? 20
CANCIÓN
Pajarillo que cantas Cuando con tristes quejas Al dispertar el día te levantas, Y enternecida dejas La umbrosa selva que escuchó tu llanto, {p. 168} Calla, no llores tanto: _Que es agravio y desdicha del que llora Sentir sus quejas y reir la aurora_. Canta la noche fría 5 En las dormidas ramas, De tu dolor funesta compañía; Descansa, cuando llamas Al sol hermoso que los campos viste, Logra su ausencia triste; 10 _Que es agravio y desdicha del que llora Sentir sus quejas y reir la aurora_. En este verde soto Escucharán tus males Del más vecino al sauce más remoto, 15 Y el agua en sus umbrales De verde yerba, de doradas flores, Prenderán tus amores; _Que es agravio y desdicha del que llora Sentir sus quejas y reir la aurora_. 20 No quieras más aliento Que en tus tristes congojas La piadosa atención del manso viento, Y que duerman las hojas Al dulce son de tus querellas graves, 25 Envidia de otras aves; _Que es agravio y desdicha del que llora Sentir sus quejas y reir la aurora_.
CANCIÓN
Si alegres y risueñas Corren las claras fuentes 30 Entre perlas lucientes, A reir las enseñas; {p. 169} Y si corren aprisa, Imitan más la gracia de tu risa. No ríe la mañana, Que soñolienta y fría 5 Sale á hospedar el día, Vestida de oro y grana, Si primera no ríes, Y dejas qué copiar en tus rubíes. También quiere imitarle, 10 Cuando el sol reverbera, La dulce primavera; Y cuando Abril se parte, Hace el primer ensayo Al paso de tu risa el suave Mayo. 15 Pensaban, engañados, Que las selvas reían Los mismos que creían La risa de los prados. Todos, Silvia, mintieron; 20 Que sin verte reir, jamás rieron. Los más fieros tiranos, Que menos se recatan, No ríen cuando matan; Y aunque muere á sus manos 25 Con piedad el aurora, La dulce muerte de la noche llora. Tu risa son enojos, Porque matas riendo, Y lloran (desmintiendo 30 A tu boca) mis ojos; Y es lo que precian tanto, Risa en tus labios, y en mis ojos llanto.
Francisco de Rioja {p. 170}
(† 1658?)
SILVA: Á LA ROSA
Pura, encendida rosa, Émula de la llama Que sale con el día, ¿Cómo naces tan llena de alegría, Si sabes que la edad que te da el cielo 5 Es apenas un breve y veloz vuelo? Y no valdrán las puntas de tu rama Ni tu púrpura hermosa A detener un punto La ejecución del hado presurosa. 10 El mismo cerco alado, Que estoy viendo riente, Ya temo amortiguado, Presto despojo de la llama ardiente. Para las hojas de tu crespo seno 15 Te dió Amor de sus alas blandas plumas, Y oro de su cabello dió á tu frente. ¡Oh fiel imagen suya peregrina! Bañóte en su color sangre divina De la deidad que dieron las espumas; 20 Y esto, purpúrea flor, y esto ¿no pudo Hacer menos violento el rayo agudo? Róbate en una hora, Róbate licencioso su ardimiento El color y el aliento; 25 Tiendes aun no las alas abrasadas, Y ya vuelan al suelo desmayadas, Tan cerca, tan unida Está al morir tu vida, {p. 171} Que dudo si en sus lágrimas la aurora Mustia tu nacimiento ó muerte llora.
Á LA POBREZA
Desde el infausto día Que visité con lágrimas primeras 5 Me tienes ¡oh pobreza! compañía; Aunque tan buena como dicen fueras, Por ser tanto de mí comunicada, Me vinieras á ser menos preciada. Diré tus males, sin que mucho ahonde 10 En ellos; que es muy raro Lo que por glorias tuyas contar puedes. Tal vez el que en su casa un monte asconde De Numidia y de Paro En aras y paredes, 15 Cuando entre el blando lino se rodea, Puesto de los cuidados en el fuego, Sin conocerte alaba tu sosiego, Y nunca, aunque lo alaba, lo desea. Llegas á ser de alguno al fin loada; 20 Mas de ninguno apenas deseada. Si eres tú de los males El que nos trata con mayor crueza, ¿Cómo podrá ninguno codiciarte? Después que nació el oro, 25 Y con él la grandeza, Murió tu ser, murío tu igual decoro, En otra edad divino; Sí, por eso, pobreza, en toda parte Con enfermo color andas contino. 30 Con preciosos metales Siempre veo levantado {p. 172} Lo que tienes tú sola derribado. ¿Qué ciudad populosa Se sabe que por ti se haya fundado? ¿Qué fuerza inexpugnable y espantosa 5 Por ti se ha fabricado? El suave color, la hermosura, Sólo en tu ausencia con su lustre dura. Píntame la belleza Mayor que imaginares, 10 Compuesta de jazmines y de grana, Si con vestido tuyo la adornares, Su lustre pierde y gracia soberana, Pues cuando el agro invierno, Hijo tuyo sin duda, 15 Que como tú también, siempre desnudo, Roba al bosque el verdor, y lo despoja, Pobre por ti su frente, Ni su sombra codicia ya la gente Ni sus ramas las aves 20 Y si yo vanamente no discierno, ¿Cuándo armarse pudieron vastas naves Donde se vió tu sombra? ¿Cuando ejércitos gruesos? El número infinito de sucesos 25 Que por ti han avenido ¿á quién no asombra? Hablen los nunca sepultados huesos Que en las playas blanquean, De tantos que por falta de sustento Al mar rindieron el vital aliento. 30 ¿Cuántos has escondido En los anchos desiertos Para que al mal seguro caminante Asalten encubiertos Ó ¿en cuántas partes se verá teñido {p. 173} El campo con la sangre de los muertos? No hay voz, aunque de hierro, que bastante Sea á decir los males que acarrean Duras necesidades. 5 Los que pobres habitan las ciudades, ¿Qué afrenta no padecen? Los que por sus ingenios merecieron, ¡Oh pobreza! por ti lo desmerecen. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . ¿Qué vale ¡oh pobres! levantaros tanto? 10 Mirad que es necio error, necia costumbre Soltar á la soberbia así la rienda; Que yo apenas, humilde y sin contienda, Puedo contar en paz algunas horas De las que paso en el silencio obscuro, 15 Olvidado en pobreza y no seguro.
Á LA RIQUEZA
¡Oh mal seguro bien, oh cuidadosa Riqueza, y cómo á sombra de alegría Y de sosiego engañas! El que vela en tu alcance y se desvía 20 Del pobre estado y la quietud dichosa, Ocio y seguridad pretende en vano, Pues tras el luengo errar de agua y montañas, Cuando el metal precioso coja á mano, No ha de ver sin cuidado abrir el día. 25 No sin causa los dioses te escondieron En las entrañas de la tierra dura; Mas ¿qué halló difícil y encubierto La sedienta codicia? Turbó la paz segura {p. 174} Con que en la antigua selva florecieron El abeto y el pino, Y trájolos al puerto, Y por campos de mar les dió camino. 5 Abrióse el mar y abrióse Altamente la tierra, Y saliste del centro al aire claro, Hija de la avaricia, A hacer á los hombres cruda guerra. 10 Saliste tú, y perdióse La piedad, que no habita en pecho avaro. Tantos daños, riqueza, Han venido contigo á los mortales, Que aun cuando nos pagamos á la muerte, 15 No cesan nuestros males, Pues el cadáver que acompaña el oro Ó el costoso vestido, Sólo por opulento es perseguido; Y el último descanso y el reposo 20 Que tuviera en pobreza le es negado, Siendo de su sepulcro conmovido. ¡A cuántos armó el oro de crueza, Y á cuántos ha dejado En el último trance ó dura suerte! 25 . . . . . . . . . . Al menos animoso, Para que te posea, Das, riqueza, ardimiento licencioso. Ninguno hay que se vea Por ti tan abastado y poderoso, 30 Que carezca de miedo. ¿Qué cosa habrá de males tan cercada, Pues ora pretendida, ora alcanzada, Y aun estando en deseos, {p. 175} Pena ocultan tus ciegos desvaneos? Pero cánsome en vano, decir puedo; Que si sombras de bien en ti se vieran, Los inmortales dioses te tuvieran. 5