# Florante Versión castellana del poema tagalo con un ensayo crítico

## Part 3

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En alegría se asemejaba a la flor recién abierta por el rocío; y, quienquiera que la viese, cadáver o avenates de locura tendría si no amase.

279.

Esta es la Laura que aniquila mi pensamiento cada vez que miento, y la causa de mis desesperaciones y lloros que prestan tono tan melancólico a mis palabras.

280.

Hija de Linceo, rey malogrado, y cifra de mis ilusiones; ¿por qué permitió el alto cielo que la viese, si yo no la merecía?

281.

¡Oh, rey Linceo! si no la obligaste a tomar parte en nuestra plática, mi vida no hubiera sufrido, hoy que la traicionó tu hija amada.

282.

No, amigo mío, Laura no es infiel; no sé el por qué de su olvido; mi suerte es la de befa y escarnio indigna para el gozo y la alegría.

283.

¿Podría acaso la traición asirse a la riqueza del cielo en belleza? Hermosura, ¿por qué no te desenredas de los atropellados y traicioneros pasos?

284.

¿No era tu razón, puesto en trance de claudicar en medio de las tentaciones: que tu honradez era, con mucho, superior a carecer de hermosura y brillo?

285.

¿Era todavía esto ineficaz para atajar tu inconsistencia y perversa inclinación? Cual culmine en grandeza, tal tableteará cuando de bruces caiga.

286.

¡Oh, bizarro guerrero apiadado de mí! a la aparición ya de la nueva estrella, y desde que la vi, de súbito, el amor arrebató el corazón ofrendado a mi madre.

287.

Es decir, las lágrimas que mi rostro surcaron, al ser huérfano de madre, se consagraron a Laura, y mi corazón se llenó de terror por la irreverencia, acaso, que tal acto supondría.

288.

No acertaba con las palabras, por mi alboroto y enajenamiento de ánimo; cuando tomó parte en nuestra reunión, aquellas salían desgarbadas aunque las acicalaba.

289.

Cuando terminó la conversación, era hombre al agua; turbada el alma y el corazón abrasado por la llama del primer amor.

290.

Tres días me hospedó el rey en el palacio real, insigne en opulencia; y no conseguí hablar con la causa de mis males y que confiaba me daría dicha.

291.

Aquí probé mayor dureza, superior a la primera de marras, y di por mentidos todos los pesares comparados con los que del amor nacían.

292.

Gracias que al día siguiente, cuando el ejército marchaba para Crotona, la suerte me deparó instantes para hablar con la princesa que cautivó mi ser.

293.

Expuse, con palabras amorosas, suspiros, lágrimas y gemidos, el amor sañudo que me ahogaba, y sigue ahogando mi destartalada vida.

294.

El recio corazón del milagro de hermosura, sintió piedad de mis cuitas, y, no fuera porque su ingénita entereza puso veto, mi amor sería bienhallado.

295.

Pero, si el _sí_ no llegó a decir, el nublado de amor se abrió y disipó, dándome, a mi salida, mantenimiento de vergonzantes perlas escurridas de sus ojos.

296.

Llegó el día de la marcha. ¿Quién soportará el dolor que me invadió? En mi corazón ¿qué mal hubo que no clavó su dardo?

297.

¿Habrá, tal vez, pena que supere en amargor al del amante ausente del bien amado? Sólo imaginarlo, aun sin realizarse, basta para abatir al corazón más endurecido.

298.

¡Oh, ofrecedores de fragante pebete al gran altar del dios Cupido, vosotros comprendeis mi dolor al quedar huérfano de Laura amada!

299.

Y, no fuera por las lágrimas con que fui proveído, hubiera ya muerto antes de sufrirlo, dolor que no mitigó hasta nuestro arribo al enmantado pueblo de Crotona.

300.

El fuerte iba ya a saltar a los golpes de las máquinas de sitio, cuando atacamos yo y mi ejército, poniendo en apuro al que sitiaba la ciudad.

301.

Aquí de la carnicería sin cuartel, que a Atropos hubo de fatigar, por la siega y corte de vidas de los moribundos que en sangre nadaban.

302.

Vista por el gran general Osmanlic mi braveza en el combatir, siete filas yuxtapuestas de acero abrió con su cimitarra para alcanzarme.

303.

A derecha e izquierda suya yacían mis bravos soldados; se acercó a mí con ojos fulminantes, vente, dijo, y peleemos......

304.

No nos separamos por cinco horas, hasta que se agotó la piedra del valor; al darle muerte, hubo duelo del cielo por el guerrero pasmo de la tierra.

305.

Entonces entró el terror en el enemigo, que pareció atacado de peste por el diezmador acero de Minandro famoso, pronunciándose _campo_ y _victoria_ a nuestro favor.

306.

Este triunfo alivió de la tristura a los sajados por la inclemencia; el peligro se convirtió en alegría, y la puerta de la ciudad abrióse presto.

307.

Nos salió al encuentro el poderoso rey seguido de todo el pueblo hecho libre; el agradecimiento se desbordaba, con tropel ditirámbico, de las lenguas.

308.

Aquel pueblo maltrecho y recién repuesto de las enconadas asechanzas del enemigo, por su libertad, a porfía, se me acercaba, para besar mi traje.

309.

A los gritos de la vocinglera Fama,[37] los _vivas_ incesantes se inmiscuían, los desordenados "gracias a tí, salvador nuestro", oyeron en el cielo las estrellas.

310.

Subió de punto la alegría cuando se supo que era nieto del rey que veneraban, ni era menos, asimismo, la del monarca; las lágrimas deban fe del regocijo.

311.

Subimos al palacio famoso y descansaron los soldados de sus fatigas, pero el pueblo, casi por tres días, olvidó su costumbre de dormir.

312.

Aun en la alegría nuestra de mi abuelo rey, mezclábase con alevosía el dolor, y la muerte de mi madre dilecta, ha tiempo agostada, volvió a reverdecer.

313.

Aquí creyeron mis pocos años, que en el mundo no hay dicha completa; que por una sola alegría, apercibidos vienen siete pesares, y hasta sin tasa.

314.

A los cinco meses en Crotona, pugné por volver al reino de Albania. ¿Qué obstáculo habrá para los llamamientos del amor, mucho más si, a lo que se va, es a una Laura?

315.

A pesar de nuestra forzada marcha, me aburría y deseaba volar. ¡Oh, cuando vi las murallas de la ciudad, mis presentimientos fueron mortales!

316.

Y era que lo que flotaba en el fuerte no era bandera cristiana, sino la Desjarretadera, e invadido el reino[38] por Aladín, peste del pueblo que entraba a saco.

317.

Hice alto con el ejército que acaudillaba, al pie de un monte con derrumbaderos; de repente divisamos patrulla mora en lenta marcha.

318.

Custodiaba una doncella atada, a nuestro juicio, para decapitarla; mi corazón dio un vuelco, presintiendo fuera Laura, mi vida.

319.

Así que no pude contener el impulso del ánimo, y acometí, de repente, a los moros; ¡suerte fue del que huyó que no halló su muerte en mi mortífero acero que esgrimía a toda furia!

320.

Cuando ya no hubo en quien descargarla, me acerqué a la enmudecida prisionera, y, cuando descorrí lo que encubría su rostro, ¡cielos, era Laura! ¿habrá mayor infortunio?

321.

La iban a decapitar por no allanarse a los torpes apetitos del emir de la ciudad;[39] el osado rijoso, conduciéndose cual bestia, abofeteó al paradigma de la hermosura.

322.

A escape desligué de las manos la cuerda inhumana e irrespetuosa, mis dedos, de devoción, se recataban de tocar una piel tan digna de respeto.

323.

Aquí recibió confortante mirada el corazón herido de amor, día de dicha en que por primera vez oí _amado Florante_ de los labios de Laura.

324.

Cuando supe que estaban en la cárcel el dechado monarca y mi dilecto padre, di órdenes al ejército y asaltamos, sin tregua, hasta rescatar la patria Albania.

325.

Ya dentro de sus muros, a la cárcel ocurrí primeramente, saqué al rey y al duque, mi padre, y, de entre los magnates, a Adolfo.

326.

Inmensa fue la alegría del rey y la de los ya libres próceres, a Adolfo únicamente angustiaba el honor por mí conquistado.

327.

Su envidia subió de punto, cuando fui llamado salvador de la ciudad, por quien celebró fiestas el magnánimo rey en el palacio real con toda largueza.

328.

Supo luego que me apreciaba la belleza por quien él suspiraba: el conde Adolfo se moría por la corona y las manos de Laura.

329.

Tomó cuerpo la semilla traída de Atenas, la plantó con objeto de causar mi perdición; para Adolfo nada hay tan grimoso como mi vida, que no logra eliminar.

330.

No trascurrieron meses de alegría del reino y de acciones de gracias por su libertad, arribó un ejército asolador, procedente de Turquía, asaz inhumana.

331.

Aquí del peligro y torcimiento de manos de todo un pueblo sacado de la sumisión; principalmente, Laura, cuyo temor me fuera infausta la suerte en el encuentro.

332.

Como fui el general nombrado por el rey del ejército que haría frente al moro, se serenó, de su terror, el ánimo del pueblo, pero fue como envenenado el corazón de Adolfo.

333.

Porque quiso el cielo que venciera al ejército del afamado Miramolín, comenzó el día de pánico de los crudos muslimes para con el reino de Albania.

334.

Aparte esto, de varias divisiones del enemigo fui triunfando seguidamente, de manera que mi pujante acero fue temido por diez y siete reyes.

335.

Un día que acababa de ganar una batalla en la ciudad de Etolia que invadí, recibí de mi rey carta, ordenándome, con apremio, el regreso a Albania.

336.

Y el mando del ejército que guiaba encomendase a Minandro. Partí en el acto del reino de Etolia, por obediencia al rey, y marché para Albania.

337.

Llegué muy cerrada la noche, entrando en el reino, sin preocupación alguna; a seguida fui sitiado ¡gran traición! por unos treinta mil alfanjeros.

338.

No me dieron tiempo de desenvainar la espada que llevaba y de repelerlos; ataron todo mi cuerpo, aherrojándome brutalmente en la cárcel.

339.

Excusado decir mi asombro y tristeza, sobre todo al saber que asesinó al rey el conde Adolfo, haciendo otro tanto con mi padre amado, que se complacía en su hijo.

340.

El deseo de enriquecerse y ser rey, y su sed de mi sangre impulsaron al corazón del conde a valerse de celadas. ¡Oh, infortunada ciudad de Albania!

341.

Más desdichada eres que la gobernada por un ignorante y tirano; que el rey sediento de riqueza es el cielo duro castigo al pueblo.

342.

Soy todavía más infeliz, y defraudado en amor; ¿habrá acaso mayor duelo que oir que mi princesa, con ahinco, prometió casarse con el conde Adolfo infame?

343.

Este es el que inyectó eficaz veneno en las venas de mi corazón doliente, y deseó que mi vida acelerase, y a la nada, de donde vino, volviese.

344.

Durante los diez y ocho días de prisión, me aburrí de no morir; de noche me sacaron y empujaron a este bosque donde fui atado.

345.

Por segunda vez gira ya Febo sobre la tierra desde que me amarraron; y, cuando creí despertar en otro mundo, al abrir los ojos, me encontré en tus brazos.

346.

He aquí mi vida de anudados males, y todavía sin saber cuál sería su último destino.... Aquí se cortó la larga narración, tomando entonces la palabra el moro:

347.

Ya que de tu vida vine en conocimiento, conocerás también la de con quien hablas. Yo soy el Aladín, de la ciudad de Persia, vástago del ilustre sultán Ali-Adab.

348.

Por este rocío que cae cual aguacero, deducirás lo que fue mi vida.... ¡Ay, padre mío! ¿Por qué ...? ¡Ay, Flérida, mi alegría! Amigo, permite que paz haya.

349.

Seamos ya dos los que las lágrimas aniquilen, ya que somos uno en el infortunio; esperemos en este bosque la jornada final de nuestra vida, tan brava y rudamente trabajada.

350.

Florante guardó religioso silencio, y sollozó todavía más que Aladín. Vivieron en el bosque como unos cinco meses; una mañana decidieron explayarse.

351.

Recorrieron el interior del bosque, aunque los rastros apenas se reconocían; entonces narró el célebre Aladín su vida harto lastimosa.

352.

En las guerras, decía, donde intervine, no me costó trabajo el luchar, como cuando luché con el corazón diamantino de Flérida amada, por quien, sin duelo, padezco.

353.

Cuando formaba piña con las princesas, era Diana en medio de las ninfas,[40] así que la tenían en el reino de Persia por una de las Huríes de los profetas.[41]

354.

Fortuna fue que venciera con la constancia su corazón reacio; mas, al proyecto de hacer de dos pechos uno, se atravesaron los amores de mi padre.

355.

Entonces comenzaron las tribulaciones mías, y a desear mi padre que la vida perdiese; y, cuando triunfé en la ciudad de Albania, a mi llegada a Persia presto me encerró en la cárcel.

356.

Y el cargo que me hacía, que sin orden suya abandoné el ejército; y, cuando corrió la noticia de que el reino rescataste, decidió que se me decapitara.

357.

En la funesta noche del día siguiente, en que sería un hecho mi decapitación, un general entró en la cárcel portando un indulto que aún era peor que la muerte.

358.

Era orden precisa que en el momento saliese, que el alba no me cogiese en el reino de Persia, y cualquier incumplimiento pagaría con la vida; la acaté porque era orden del rey mi padre.

359.

Pero a mi corazón era preferible que vida tan lastimosa me la quitasen; nada de una vida ilusoria cuando otro aupa en su regazo a mi cielo y alegría.

360.

Hará hoy unos seis años que sin descanso voy vagando con las penas a cuestas; se detuvo aquí: percibieron rumor de palabras dentro del bosque.

361.

Oyeron la siguiente relación: Cuando supe que iban a decapitar a mi infeliz bien amado asegurado en la mazmorra, me eché a los pies del hipócrita rey.

362.

Lágrimas y quejidos mendigaron el perdón del propio hijo que era mi todo bien y cariño, la respuesta era que, si no aceptaba de buen grado sus amores, no le perdonaría.

363.

¿Qué iba yo a hacer en estas circunstancias? ¿Dejar por ventura que mataran a mi bien amado? Mostré blandura, a fin de que viviese el príncipe amado, tan digno de piedad.

364.

El pecho que, recalcitrante, no se doblegaba al halago, fieros y amor del rey, fue laxo de propósito, dándose en holocausto para poder salvar la vida de su ídolo.

365.

De alegría el rey soltó en seguida a la causa de mis lágrimas, pero ordenó que saliera de la ciudad y que a otras tierras se relegase.

366.

Salió de Persia mi amado y mi vida, sin que hayamos podido despedirnos. ¡Vea ahora si tendré lágrimas para amansar al dolor que llevo!

367.

Cuando se preparaban dentro del reino las bodas que eran mi muerte, creí que debía disfrazarme de guerrero, y huir del palacio real.

368.

Una media noche, bien lóbrega, secretamente me escurrí por la ventana, sin más compañía que el deseo de rastrear el paradero del amado.

369.

Hace ya algunos años que vago, teniendo por palacios bosques y montañas, arribé aquí y logré librarte del torpe deseo de esa bestia humana.

370.

Cortóse la narración por la súbita llegada del duque Florante y del príncipe Aladín, el cual, cuando reconoció la voz de la amada, la vocación del corazón no pudo desobedecer.

371.

¿Qué lengua habrá que cuente la alegría de los amantes? De vergüenza el dolor sumióse bajo tierra, llevando consigo su romo dardo.

372.

¿En qué cielo entonces no culminará nuestro Florante en su regocijo, hoy que a hito podrá contemplar la gloria del rostro de su muy ansiada Laura?

373.

Por donde el bosque sombrío, para los cuatro se convirtió en jubiloso Paraíso; por tres veces olvidaron que todavía tenían vida que celar.

374.

Amainada ya la desbordante alegría, los tres escucharon la vida de Laura; lo acaecido en el reino desde su relegación a los bosques, contó la amante así:

375.

No transcurrió mucho desde que partiste, ¡Oh, amado Florante! del reino de Albania, percibióse en el pueblo sordo movimiento, cuyo rumor escalaba el palacio.

376.

Pero no hubo manera de definir los altibajos de los sordos rumores; cual mal de impronosticable origen y locación para el sabio médico.

377.

A lo mejor el palacio fue sitiado por el amotinado pueblo y armados soldados; ¡oh, día de consternación! ¡día maldito por la ira divina!

378.

A grito pelado vociferaba el pueblo rebelde: "Muera, muera, el rey Linceo, que proyectó matar de hambre al reino, y decretar el estanco de los víveres y del trigo."

379.

Hizo todo ello Adolfo para amotinar al ciego pueblo, difundiendo, en nombre del rey, los tales decretos, partos de corazón doloso.

380.

En el mismo instante destronaron a mi padre rey y le decapitaron. ¿Podría, por ventura, llamarse a razón un corazón aleve y un pueblo alborotado?

381.

En el mismo día fueron decapitados los fieles consejeros, y no se melló el acero del traidor mientras hubo prudentes y nobles en el reino.

382.

Subió al trono el feroz conde, y me conminó con apremio que, si no aceptaba su amor, horrible muerte tendría.

383.

En mi deseo de vengarme de él, y de escribirte al pueblo de Etolia, forcé al corazón no diera a entender al traidor mi mala voluntad y horror.

384.

Pedí cinco meses largos de plazo, antes de aceptar su amor, pero decidí interiormente suicidarme, si no llegabas.

385.

Terminé la carta y la entregué a un fiel servidor, para que te la diese; sin transcurrir un mes llegaste, y caiste en manos del traidor Adolfo.

386.

El miedo que te tenía el malvado de que volvieras con ejército, para que regreses sólo, te envió carta con sello y firma del rey.

387.

Su conocimiento dióme tal pesadumbre, que decidí quitarme la vida; entonces llegó Minandro y sitió con ejército la ciudad de Albania.

388.

Mi suposición era que recibió la carta que te remití; así, cuando llegó a Albania, lobo hambriento parecía.

389.

Cuando nada pudo oponer Adolfo, determinó llamar a otro traidor, y a la noche salió del reino y me llevó atada en el caballo.

390.

Aquí intentó violarme, pugnando por tirar al suelo mi honor guardado, cuando una saeta venida de no sé dónde, clavóse en el pecho del traidor Adolfo.

391.

La contestación de Flérida a este respecto: que había oído voces de mujer; sentí que te daban tortura y cobró piedad mi lastimado pecho.

392.

Cuando te busqué, vi que te violaba aquel hombre inicuo; no me contuve, y armé en el arco la flecha que acabó con el sátiro.

393.

Sin terminar aún la narración, Minandro arribó entonces en el bosque, con ejército y en busca de Adolfo, y vio al amigo: ¡gran dicha y alborozo!

394.

El ejército venido de Etolia, lo primero que proclamó por tal agnición: "¡Viva Florante, rey de Albania! ¡Viva, viva, la princesa Laura!"

395.

Los llevaron en triunfo al reino, inclusos Aladín y Flérida peregrina; ambos convinieron en ser cristianos, celebrándose las bodas de los dos amantes.

396.

Muerto el ilustre sultán Ali-Adab, regresó Aladín a la ciudad de Persia; el duque Florante subió al trono, al lado de Laura, la bien amada.

397.

Por el acierto en el gobernalle del nuevo rey el reino gozó nuevamente de paz; levantáronse los que yacían en la miseria, y fueron felices los desventurados.

398.

Así que tenía las manos al cielo levantadas, de agradecimiento el pueblo próspero; el rey y la reina sólo vivían por sembrar misericordia en sus gobernados.

399.

Vivieron en completa armonía, hasta que labraron la felicidad del pueblo. Pára, musa mía, y échate a los pies de Celia, y seas portadora de mis ayes.

Balagtás y Su Florante

LITERATURA TAGALA 1593-1886

Doctamente dice el Dr. Rizal que el _Florante_ es la "obra de la lengua tagala en todo su apogeo y magnificencia". Desde la conquista ciertamente venía apercibiéndose la lengua tagala para alcanzar el florecimiento a que llegó en los tiempos de Balagtás. Ya para ganar la voluntad de los isleños con propósitos de conquista y catequesis, ya por otros fines políticos, más tarde, es un hecho histórico que los dialectos filipinos, principalmente el tagalo, fueron los medios de comunicación, tal vez únicos y eficaces, entre peninsulares e isleños.

La publicación xilográfica en 1593 de la _Doctrina tagalo-española_ demuestra que la lengua tagala tenía especiales cualidades literarias. De Fr. Juan de Plasencia o no dicha doctrina, es cosa averiguada que su Ave María es la que transcribe Hervás en su _Origine......_; la misma que admira Chirino en el capítulo sobre Lenguas; la misma que aprovecha Fr. Luis de Amezquita en su popular _Catecismo_ y la misma que trompetean _lippis et tonsoribus_ ciertos bibliógrafos y cronistas como escrita por Sta. Ana, o por otros glosadores de Astete y de Ripalda, aunque en un lenguaje más o menos modernizado, diría Fr. Pablo Rojo, no porque "le faltase algo, sino por la alteración y mudanza de los tiempos, a quienes de ordinario siguen los idiomas". Chirino halló en ella las cualidades de las lenguas Hebrea, Griega, Latina y Española. Cierta o no tal aseveración de Chirino, pasma a los doctos que el doble Renacimiento de que habían sido portadores los castellanos pudiera tener, desde los primeros años de la conquista, espléndida expresión literaria en tagalo, y sin rebutimiento de neologismos latinos o castellanos. Tal era su abundancia de sinónimos y frases, decía Chirino, que, elegantísima como es dicha Ave María, "se podría formar con semejante elegancia de otros varios modos, guardando la misma significación y sentido".

Desde 1602, año de la primera impresión tipográfica en las islas de _Las Excelencias del Rosario_ en tagalo de Fr. Francisco Blancas de San José, los que pasan por incunables filipinos (1602-1640) vienen escritos en su mayoría en tagalo. _Postrimerías_ (1605), _Memorial de la Vida Cristiana_ (1605), _Librong Pinagpapalamnan ..._ (1608?), _Arte y Reglas de la Lengua Tagala_ (1610), todos de Fr. Blancas de San José; _Librong ang Pan~galan ..._ (1610) de Fr. Gerónimo Monte; _Vocabulario de Lengua Tagala_ (1613) de Fr. Pedro de San Buenaventura; _Enchiridion de la Conciencia_ (1617) de Fr. Miguel de Talavera; _Explicación de la Doctrina Cristiana en Lengua Tagala_ (1628) de Fr. Alonso de Sta. Ana; _Confesionario en Lengua Tagala_ (1636) de Fr. Pedro de Herrera; el _Belarmino_ (1637) en tagalo de Fr. José de Sta. María; _Pan~gan~gadyí na Pinagcasondo ..._ (1637), obra conjunta de toda una asamblea magna de religiosos de todas las órdenes y clérigos, los mejores hablistas de la época, presidida por el Arzobispo Miguel García Serrano; _Ang Pagcadapat ..._ (1639) de Fr. Pedro de Herrera, tales son las obras, voluminosas las más de ellas, de fecha conocida, de que da testimonio la Bibliografía filipina. Las de fecha desconocida, y, sobre todo, los manuscritos que corrían de mano en mano, harto prolijo sería citarlos y discutirlos aquí.

No todos ellos tienen un valor meramente lingüístico, arqueológico, histórico, o técnico; entre ellos los hay de valor literario. _El Memorial_ del P. San José, reimpreso dos veces (1692 y 1835) y traducido al pampango en 1696, fue siempre libro popular y de consulta hasta muy entrada la segunda mitad del siglo XIX en que vino a sustituirle el _Claus_ del P. Rivas, monumento literario donde colaboró el autor del _Florante_. Aunque el P. San José escribió versos, era más bien gramático y lexicógrafo reformista, que poeta. Sabido es que sus _décimas_ a la castellana parecieron a los ladinos de la época: _magaling datapuàt, hindî tulâ_ (hábiles, mas no versos).

