Vida de Don Duarte de Meneses, tercero Conde de Viana, y sucessos notables de Portugal en su tiempo
Part 11
_La clemencia, como virtud digna ſiempre, de que viva en el pecho de los Principes, obliga al mio (o Duarte) a que por mis ruegos perdone tu locura. Sabemos el miſerable eſtado, en q̃ estâs, i no te negamos, que merece muchas alabanças tu valor, i fidelidad. Tengote por eſto aficcion, i no menos a la memoria de aquel buen viejo tu padre, que tãto tiempo ſuſtentô a Ceuta. Llevado deſto me perſuado a amoneſtarte, que te põgas en nueſtras manos. Hará mi Rey contigo, lo que hizo el tuyo con los nueſtros, quando ganô eſſa plaça. Quiero, que me devas eſte beneficio, pues es maior el q̃ hazes en ſalvar tu vida, i la de eſſos miſerables, que te acompañan, que en perderla deſeſperados, por el furor militar de nueſtra gente; pues incitada de otras offenſas deſſea hartar ſu colera con tu muerte._
(35) Fue incluſo en eſte papel, el que ſe hallò de D. Duarte; corrieron luego los Chriſtianos a ſaber lo que havia; recelò D. Duarte, que no ſonaſſe mal la carta a los oydos de los ſuyos; porque deſcõfiados del ſocorro, i quaſi en la ultima deſeſperacion de la ſalud, andavan triſtes, i ſin hablar palabra: D. Duarte bolviendoſe a ellos con el ſemblante màs riſueño, como de coſa nueva, encubrió las del papel, diziendo por maior, i ſin declararſe, q̃ los enemigos ivan conociendo el esfuerço de los Portugueſes: que no cayeſſen deſta opinion, pues baſtava pelear como tales: que de Dios, cuya era aquella cauſa, eſperava otro ſocorro màs breve, que el que ſu Rey podia embiarles; aunque no deſconfiaſſen deſte, pues no tardava, ſegun las preparaciones, que ſe aviſavan; que el cielo bolvia por ellos, pues enflaquecia los contrarios, i les piſava aquel orgullo, con q̃ entraron en aquel cerco. Repreſentòles algunas razones, auñq fingidas, de la carta, que moſtravan miedo en los enemigos, i con eſto encareciò la fama, que alcançarian, ſaliẽdo victorioſos de aquel ſitio, como eſperava, i que libres de las fatigas, quan agradable les havia de ſer la memoria de lo que havian ſufrido por Dios, por ſu Rey, i por ſus honras.
(36) Tomaron mucho brio los Portugueſes con eſtas palabras, i D. Duarte reſpondio a Moley Aboacin en ſuma, agradecia ſu aficciõ, auñq no admitia el cõſejo: por̃q notava en ſu gẽte valor para vẽcer exercitos maiores, que el de ſu Rey: juntaſſe todos los del mundo, quando deſeaſſe combatir con los Portugueſes; q̃ lo q̃ ſentiã mucho, era no ver abreviado en aquel cãpo toda Berberia: q̃ no los querian conſumir del todo, por tener con quien pelear ſiẽpre: q̃ eran de la calidad del rayo, que moſtrava ſu fuerça en la maior reſiſtencia: q̃ ſe querian ver eſto por experiencia, no ſe alejaſſen tanto, pues todas aquellas traças parecian inventadas por el miedo: que a el le dezian, q̃ ſu Rey tratava de darle aſſalto, q̃ para eſte efecto mandaria arrimar el proprio las eſcalas al muro, para q̃ con menos trabajo lo pudieſſen ſubir, i entrar a averſe cõ ellos màs de cerca, q̃ era lo que màs deſſeavan ſus ſoldados. Amedrentò eſta reſpueſta a los enemigos, i fue cauſa, de ̃q alçaſſen el cerco. Replicó el Moro, i D. Duarte con maior prudẽcia mandò tirar una pieſſa al menſſagero, por̃q entendia el daño, q̃ podia reſultar de ſemejantes platicas, en la poſtrera aflicion de un cerco, donde todo el partido es conveniẽte.
(37) El enemigo por ultima diligencia llevantò un fuerte de madera ſuperior a la ciudad de donde la batia ſin ceſſar un punto con muchas pieſſas de exceſsiva grandeza. Salio Don Duarte de noche, i deshizo eſta machina, i luego otras, que hizieron de nuevo, i con eſto afloxò algo la bateria; mas viendoſe perecer de hambre, determinò mandar al Rey con eſta nueva, a Rodrigo Alonſo, hombre noble, i uno de los màs valientes fronteros de aquella plaça, lo embarcô en un navio, q̃ tenia retirado en el rio, defendiẽdolo todo lo poſsible, por̃q el enemigo no lo quemaſſe, auñq lo procurò hazer con grande fuerça. Divulgòſe entõces por el real, q̃ los cercados entravan ya a comer los cavallos, i la eſtrechura era de ſuerte, q̃ entre los nueſtros uvo votos de q̃ lo hizieſſen. Perô D. Duarte, ya q̃ no tenia otro remedio, por deſmẽtir eſta fama, ordenô a D. Henrique de Meneſes, ſu hijo maior (moço a penas de quinze años) que con treinta cavallos eſcogidos, de los màs hermoſos, i bien penſados, ſalieſſe a deshazer una trinchera, de que recebian algun daño. Eſto fue tan de repente, q̃ el enemigo admiró aquella viſta, como de coſa no imaginada. Cargó a defenderla el Alcayde de Tanjar, por tocarle aquel pueſto; i Don Duarte ſocorriendo al hijo, i el de Fez a los ſuyos, ſe peleô quaſi de poder a poder i fue eſte dia tan glorioſo para los nueſtros, q̃ a no eſconder la ocaſion el roſtro, ſe pudo ſepultar el nõbre deſte barbaro; però no quiſo la fortuna acabar en una hora el imperio, que con increyble favor havia levantado en mucho tiempo. Finalmente los Moros acobardados ya con tantas perdidas, i fatigados de otros accidentes, q̃ no los moleſtavã menos, por̃q la rigoridad del invierno les offendia de ſuerte, ̃q muchos, q̃ eſcapavan las vidas de nueſtras manos, las acabavan en la de ſu aſpereza. Comẽçaron a desãparar el cãpo, i los primeros hizierõ puente para los demàs, conociẽdo la obſtinaciõ de ſu Rey; el qual tãto por ira, como por brio, rehuzava eſcuchar los Alcaydes, que a bozes le pedian deſiſtieſſe de aquel ſitio. Rieſgo corre quien ſe oppone deſcubiertamente al guſto de un Principe moço ya empeñado en una empreſa: porque la razon, que es ſolo el juez de los Reyes, anda menos admitida en los pocos años, por falta de conſideracion, i ſobra del apetito, las canas por la experiencia, lo advierten; i aunque executan las coſas con menos prieſſa deliberanſe con maior eſpacio, en que ſuele conſiſtir mucho del acierto de los ſuceſſos.
(38) Continuava el Rey Moro en su porfia, i los Alcaydes temeroſos de ſu enojo, procuravã màs librarſe de ſu colera, que del impetu de los contrarios; porque Aboacin no osãdo tampoco a contradezir el amo, esforçava ſu intento, ſolo por moſtrar a los ſuyos, quã en vano ſe quexarõ al principio de ſu deſcuido. Perô a lo ultimo viendo, q̃ el real ſe amotinava, i q̃ los motines ſon cauſa de muchos deſpeñaderos, principalmente para los validos; bolvio a juſtificar ſu parecer delante del exercito; i ſiendo todos los que deſſeavan hablar al Rey libremente con zelo de buenos criados, entre una gran copia de Alcaydes, i Caciques, q̃ alli aſsiſtiã; uno fue ſolo el q̃ rõpio eſte ſilẽcio, i aũ no fue poco hallarſe uno; por̃q la comiſsiõ de deſviar a un Rey de lo q̃ deſea, ſiẽpre es mui aſpera, i peligroſa, por eſtar ſus oydos tan acoſtũbrados a engaños, q̃ cueſta mucho un deſengaño. Al fin ſe lo vino a dar el Cadi (tiene entre los Moros el lugar, i reſpeto, q̃ entre noſotros el Cardenal legado) juntando para eſſo los Caciques, por autorizar màs el conſejo, i tambien porque ayudaſſe al cumplimiento lo ſuperſticioſo de la ſecta, entrò al Rey, diziendo; que «las quexas laſtimoſas de ſus gentes le obligavan, como a voz de Dios, a quien por oficio competia denunciar ſu voluntad; repreſentar a ſu Alteza quiſieſse alçar aquel cerco, pues no havia coſa en el, que no contradixeſse a la razon, i a la milicia: que las iras, i enojos celeſtes no ſe aplacavan con fuerça, ó deſeſperacion, ſino con lagrimas, i arrepentimiento: que en eſto conſiſtia el vencer los contrarios, pues el caer en ſus manos, ſiendo una gente tan ciega, i poco poderoſa, no era otra coſa, que diſpoſiciõ del gran Propheta, para que bolvieſſen ſobre ſy con eſta afrenta; que no importava el poder humano, quando del immenſo ſe derivavan las victorias de nueſtros enemigos; q̃ el cielo de irritado con ſus offenſas, era el primero, que los ſujetava a nueſtras manos: que no havia monarchia tan fuerte, a que conſejeros poco conſiderados no derribaſsen, màs que fuerças contrarias: que huyeſſe los aduladores, como pernicioſos, i peſte de la Republica; que menos amor tiene a ſus Principes, i maior a ſus conveniencias; i eſcuchaſſe los prudentes, i zeloſos, cuyo voto ſe encaminava ſiempre a la conſervacion publica, ſiendo la coſa, q̃ màs fortalece los imperios, i ſuſtẽtã los Reynos.» Añadiò, q̃ todo eſto represẽtava de parte del grã Propheta, por cauſar miedo, i reſpeto a ſus palabras: porque es ſingular la veneracion, con que aquellos barbaros attienden a ſemejantes ſuperſticiones.
(39) Pareciòle, con eſto, a Aboacin, que eſta practica mirava màs que todos, a offenderle; porque bien ſe entendia, que las acciones del Rey no tenian de ſuyas màs, que el movimiento, i la execucion; però la voluntad, de q̃ dependian, era toda del valido: i como la edad del Rey, i la aficcion publica, i ſecreta, con que lo tratava, no le dava lugar para moſtrarſe inocente en eſta culpa, i echar a los hombros del Rey, los deſaciertos de lo mal hecho, quedandoſe el con las gracias de lo acertado; conociò, que el Cadi hablava mui a lo juſto, i que la conſonancia de ſus palabras tenian màs alma, en lo que moſtravan del animo, que en el ſonido dellas; i aſsi tomando la mano a los otros Alcaydes pueſto de rodillas, dixo al Rey: que las razones del Cadi (como de hombre ſanto, a quien la religion acreditava) no admitian contradicion; que era verdad, que los Chriſtianos alegres deſdeñavan todo el peligro, ſabiendo, q̃ no havia coſa en aquel ſitio, que no peleaſſe por ellos; que paſſava de treynta años, que ſuſtentavan glorioſamente a Ceuta, librãdoſe de otros cercos tan apretados; que no era poſſible, que en eſte ſe huvieſſen de rendir por otro trato, que el de las armas; que para eſto faltava lo principal, la artilleria, i polvora; que era juſto bolvieſſe los ojos al clamor de los ſubditos, en cuyo aplauſo ſiempre ſe conſiderava el mejor conſejo; principalmente quando aquel exercito lo màs del conſtava de labradores, que vivian de ſus ſementeras; i eſtos como nervios de la Republica, i a quien ſe devia el ſuſtento della, deſtruidos una vez pereceria el Reyno; ̃q el invierno havia entrado, i tan aſpero, que fatigava igualmente los alojamientos, que los enemigos; i ſobre todo, no era creyble la hambre, que ſe dezia de los cercados; pues haviendoſe dicho, que comian haſta los cavallos, los vieron gordos, i luzidos; que ſin duda ſu Rey al paſſar de Ceuta los havia baſtecido de mantenimientos, i eſperanças de maiores ſocorros; pues peleavan tan confiados, i vencedores; que ſupueſto eſtas dificultades, que totalmente impoſsibilitavan aquella empreſa, devia ſu Alteza ſuſpenderla haſta el verano ſiguiente, i entonces con doblado poder, i fuerças, bolver ſobre aquella plaça, procurando ganar todas las que tenian uſurpadas los Chriſtianos en Berberia: porque era mui conveniente de una vez extinguir aquella plaça, antes que vinieſſe a dilatarſe tanto que deſpues haſta la tierra para retirar ſus familias les faltaſſe.
(40) Tienen los privados en los conſejos, q̃ dan a ſus Reyes otra fuerça, i aplauſo, con q̃ perſuaden màs facilmente, que otros votos de los màs cuerdos conſejeros; i es la cauſa, porque llevan embuelto en ſus razones el imperio, con q̃ la fortuna los hizo validos, i ſingulares entre todos los demàs. Reduxoſe el Rey al parecer de Aboacin, haviendo perdido tres mil hombres en cinquenta i tres dias que durò, al ſegundo de Henero de mil quatrocientos cinquenta i nueve, alçò el cerco quaſi de repente.
(41) D. Duarte entre tanto vſando entre las armas terreſtres, valerſe ſiempre de las celeſtiales, hallandoſe libre de aquella affrenta; bolviò a dar gracias al cielo en una proceſsiõ publica, reconociendo a Dios por autor de tan grande felicidad; luego deſpachó aviſo al Rey, el qual con el cuidado, i anſia del ſocorro, andava ſin quietud, por todo el Reyno, de una ciudad, en otra (a manera del enfermo, que con el ardor, de la fiebre, en ninguna parte del lecho halla deſcanſo). Parò al fin en el Algarve en la ciudad de Faro, por eſtar màs cerca de Berberia: feſtejó la nueva al paſſo, que la deſſeava; i en el agradecimiento no pareciò Rey obligado, que por la maior parte olvidan los beneficios, que reciben al tiempo de la ſatisfacion: pues fue mui entera la q̃ diò, con honras publicas del capitan, i copioſas mercedes a los demàs ſoldados, i cavalleros.
(42) Los nombres de los que ſe paſſaron de Ceuta a Alcaçar, para ſervir en eſte cerco, ſon eſtos, los que trahen Ruy de Pina, i Gomez Eanes; i pareciòme referirlos para gloria de ſus deſcendientes, ſin embargo de que no havrà pocos embidioſos, que quieran deſluſtrar eſte trabajo: mas yo como procedo en el ſin reſpeto, ni aficion, facilmẽte deſprecio eſte genero de maldizientes; por quienes dixo un Sabio; que a ninguna gẽte devian màs los buenos, por̃q muchas vezes los excitavã a la virtud, por no caer en ſu malicia. Fue el primero Martin de Tavora, hermano ſegundo de Alvaro Perez de Tavora, noble cavallero, en qualidad, valor, i vaſſallos. Eſte pues yẽdo con Lope de Almeyda (como havemos dicho) al deſafio del Rey de Fez, ſe apartò del compañero en el camino, i ſe entrò en Alcaçar: i Lope de Almeyda ſe fue al Rey, por cumplir con ſu commiſsion; aunque deſpues por ſus merecimientos, i nobleza, vino a ſer Conde de Abrantes, con otros oficios ſuperiores deſte Reyno, i dexô iluſtre decendencia. Luego vino Iuan da Sylva de Meneſes, hijo de Ruy Gomez de Sylva, que los tiempos ſiguientes debaxo del nombre de Amador, con maravilloſa converſion en Italia, dõde paſsó con la Imperatriz Doña Izabel: fundó la orden de los Amadeos, que oy milita en la Religion Seraphica de los Franciſcanos ſiendo colocado ſu nombre en el catalogo de los Santos beatificados. Acompañólo en la jornada de Alcaçar Diego de Sylva, que fue deſpues el primer Conde de Portalegre, i Alfonſo Telles ſus hermanos, Rodrigo de Soſa, i Iuan de Soſa tambien hermanos, Hernãdo Telles, Arias de Miranda, Iuan Rodrigues de Sà, que caſó con nieta del Conde Don Pedro; Diego de Acuña, Rodrigo Caſco de Vaſconcelos, Iuan Pinto, Duarte Cerveira, Duarte de Melo, Gomez Arias, i otros muchos de igual valor, i no de menos calidad. Sin eſtos eſtavan en Alcaçar D. Alfonſo de Vaſconcelos, nieto del Infante D. Iuan, que fue hijo del Rey D. Pedro, i de Doña Ines de Caſtro. Don Henrique de Meneſes, primogenito de D. Duarte, Vaſco Martines de Soſa Chichorro, D. Pedro de Noroña, D. Pedro Deça, i D. Iuan ſu hermano, D. Alvaro de Atayde, Nuño Vaz, Montero maior, i Gonſalo Vaz ſu hermano, Alonſo Pereira Repoſteiro maior del Rey, Alvaro de Faria comendador del caſal, Rodrigo Iuan, i Pedro Borges, Iuan Peſtaña, Rodrigo de Melo, hijo de Martin Alonſo de Melo, que deſpues fue primer capitan general de Tanjar, i Conde de Olivẽcia, cavallero de gran virtud, i nobleza: Rodrigo Lopez Cotiño, Martin Correa, fidalgo del Infante D. Henrique, Diego Correa, Iuan de Lima, Alonſo de Miranda, Eſtevan de Gama, padre de aquel famoſo D. Vaſco de Gama, Almirante perpetuo de los mares de la India Oriental, i Conde de la Videguera, Alonſo Hurtado de Mendoça, con tres hijos, i Rodrigo Gonſales de Caſtelblanco con cinco.
(43) No es tan larga como deviera la relacion, que haze Gomez Eanes deſtos, i otros cavalleros, pues alcançando quaſi aquellos tiempos ſe contenta con dezir por mayor, muchos ſin appellido, de que a penas podemos ſaber quien eran; i a otros, les nombra los padres, ò deudos, como ſi eſto baſtara para hazerlos conocidos. Era notable entonces la falta, ò ignorancia, que havia de ſaber eſcrevir hiſtorias, porque los hombres como ſiempre ſiguen lo màs neceſſario, i de que ſus Principes màs ſe agradan, dexavan las letras por las armas; ignorando, que de ambas coſas reſulta igual utilidad a la Republica, pues de balde trabajan en ella los varones ſingulares, para ſuſtentarla, i engrandecerla, ſi las acciones de ſu vida no quedaſſen, como exemplos eſcritos en los annales publicos, que para eſte efecto ordenarõ los prudentes.
(44) Deſte deſcuido infiero una quexa, que juſtiſsimamente tengo contra algunos genealogicos deſte tiempo, que governandoſe en lo antiguo, por conjecturas, ſiendo las hiſtorias tan inciertas, i diminutas, ſin examinar particularmente lo tocante a cada uno; por maior condenan, i abſuelven; manchan, i ennoblecen, deſtruyendo a ſu arbitrio lo limpio, i lo noble; de que reſulta daños de mucha conſideracion al bien publico, i que merecian grandes advertencias; en que muchos Reynos zeloſos de ſu conſervacion, i aumento, repararon con leyes prohibitorias de libros de linages, con que totalmẽte extinguieron eſte mal uzo, màs introduzido en Portugal, de lo que es razon; quando excede la curioſidad, i lo juſto.
(45) Mas dexãdo eſto a parte, no le ſufriò ſu valor a D. Duarte ocioſidad alguna: por lo q̃ deziã los Moros, que ya más repoſava, ſiendo como el Sol, q̃ no deſcãſa en ſu curſo; i aſsi cõ la coſtumbre, que tenia de buſcar al enemigo en ſu caſa, i ſuſtentarſe de ſus coſechas; viendoſe libre del cerco, i hallandoſe ſin baſtimentos para repararſe, mientras llegavan los del Reyno, quiſo correr la campaña de Tanjar, donde havia muchas aldeas llenas de ganados, i otras riquezas. Derramòſe eſta voz, porque no fue tan callada, que ſe ocultaſſe a las atalayas del enemigo, el qual juntando en gran ſecreto ochocientos cavallos, i tres mil Infantes a cargo de Xarate Alcayde de Tanjar; eſperò a D. Duarte en una emboſcada, i el ignorando eſta prevencion, entendiẽdo del miedo, que el Rey de Fez moſtrò en el cerco paſſado, ſe eſtendia a los ſubditos, i con aquella fama nadie oſaſse a reſiſtirle. Salió de Alcaçar a prima noche, ſin revelar a nadie ſu penſamiento, encargando la infanteria a Alfonſo Telles ſu ſobrino, i a una legua de la ciudad hizo alto con toda ſu gente, i llamando a parte los cavalleros, que llevava conſigo (que eran muchos, de los que havemos nombrado) conſultò lo que haria: quiẽ dezia fueſſe ſobre Anexames lugar rico, i grande, pueſto a poniente de Tanjar, al parecer deſcuidado de aquel encuentro, por ſu capacidad, i diſtancia. D. Duarte intẽtava derribar unos fuertes, que el enemigo iva levantando, para defenſa de aquellas aldeas. Iuzgò a temeridad apartarſe màs de Alcaçar; porque era tarde, la tierra aſpera, i poco conocida, i el rieſgo mui grande, mandò a Mahamede con veinte peones, a que en ſon de ſalteadores, entraſse a deſpertar las centinelas del enemigo, i deſpues fingiendo miedo, ſe retiraſſe haſta meterlos en la emboſcada.
(46) Era Mahamede perſona mui capaz para eſte engaño, porque con los que de contino hazia a ſus naturales, havia adquirido credito con D. Duarte, i lo eſtimava con particular cuidado, por la verdad, i valor, con q̃ ſervia a los Chriſtianos; i deſpues continuando en eſte exercicio, tuvo el fin, que diremos. Con eſta orden tomò el camino de Benambros aldea frontera a Alcaçar, q̃ le quedava al naciente; començò a alterar con gritos disfraſſados al enemigo; el qual ſoſpechoſo del ardid, embió primero tres exploradores, a que aſſeguraſſen la tierra con perros (uzanlos en Africa llevar conſigo en tales ocaſiones, criados en eſte exercicio con notable inſtincto por el raſtro conocen ſi ay enemigos, o no, en campaña). Don Duarte aviſado de las Atalayas ordenò a quatro cavallos que ſalieſſen al encuentro de los Moros, i los perros con notable manſedumbre ſe venieron a halagar a los nueſtros. Pareció novedad, i obediencia devida, haſta de las fieras, a la Religion Catholica. Con eſto los tres Moros, tomados de improviſo, ſe rindieron los dos, i el tercero huyendo a uña de cavallo fue aviſar a Xarate, que eſtava en un valle detenido, no lexos de nueſtra gente. Deſcubrioſe entonces, i mandò haſta ciento i ſeſſenta cavallos, que fueſſen eſcaramuçando con los Chriſtianos por detenerlos.
(47) Puſo D. Duarte la frente en Benãbros i començò a marchar ordenadamente contra aquel lugar, con intento de fortificarſe en el, ſi el enemigo proſiguieſſe en acometello, porque le quedava en medio una ſierra mui eminente con paſſo peligroſo, ſi a caſo lo atajaſſen. Venia Xarate detras caminando muy deſpacio haſta ajuntarſe con Abdala Laros Xeque de los famoſos, i valientes del Reyno de Fez, que con gran copia de lanças, i peones ſaliô al rebato. Entonces ſe fue acelerando, i los Portugueſes deſconfiados de la retirada, le hizieron rostro, que baſtò para hazellos huir. Don Duarte ſin conſentir a los ſuyos que los ſiguieſſen con paſſo màs ligero, llegò al lugar, i alli eſperò por ſus gentes, que venian algo derramadas: i hecho vn eſquadron de la cavalleria, guarneciendo ambos lados de arcabuzeros, i balleſteros, tomò el camino de Alcaçar intentando atraueſar la ſierra, porque eſtava màs cerca; los Moros que la conocian mejor, como lo vieron en la cumbre repartiendo ſu gente en dos tropas, quedando Xarate con la una, fue picando la retaguarda de los nueſtros, i Abdala Laros apreſurandoſe quanto pudo ſe adelantò por un atajo para ponerſe en las raizes del monte, i tomarlos en medio: notò Don Duarte quan peligroſa era la baxada, conſiderando el intento del enemigo, i mandò a Alfonſo Telles, que ſe quedaſſe en lo alto con los Infantes, i algunos cavallos para aſſegurar las eſpaldas, mientras el con los demàs lo acometia.
(48) Affrontaronſe valientemente, i Xarate ſin poder ſufrir eſtar ocioſo, inveſtió tambien a Alfonſo Telles; durò la pelea de ambas partes muchas horas en un peſo, porque los Moros eran muchos, i de los màs esforçados de Berberia; perô Don Duarte corrido de que tardaſſe eſta victoria mâs tiempo de lo que acoſtumbrava, entrandoſe en la fuerça de la batalla, como quien havia nacido para atropellar ſin miedo los mayores impoſsibles, abozes, dixo.
_Que es eſto (Portugueſes mios) ya deſconoceis los enemigos, que por instantes venceis; eſtos ſon los miſmos, que ayer con ſu Rey, i todo ſu poder hiziſtes retirar affrentoſamente. Quien detiene vueſtro valor? bolved por nueſtra reputacion._
Animados con eſtas palabras, ſalieron en breve eſpacio victorioſos con muerte de cien Moros, i ciento i diez i ſeis cautivos, todos perſonas de conſideracion, entrando en ellos un hijo de Abdala Laros, Moro de brio, i que el padre con la ſeguridad de la empreza, quiſo que ſe hallaſſe en ella con otro hermano, que muriô deſpues de haver cumplido muy bien con ſu obligacion. Fuera mayor la mortandad, ſi un Alfaqueque advertido, por nombre Balarao, no la atajara ardiloſamente: porque como era de noche (el traje con que peleavan los nueſtros en aquel tiempo, era comun a los Moros,) començò en lengua Portugueza apellidar Sanctiago: i con eſte ardid, hizieron lo miſmo muchos de ſus compañeros, i fue parte para que ſe eſcapaſſen engañando a los Portugueſes, perô la mayor copia ſe ſalvò eſcondida en la maleza del monte.
(49) Reſultò alguna vtilidad a Don Duarte deſta victoria, porque el reſcate de los cautiuos fue de importancia, però el con ſu acoſtumbrada liberalidad repartiò lo que le tocava por los ſoldados pobres de ſu preſidio.