Chapter 4
Pero en alegrándose era otra cosa. Pedía la palabra, se ponía sobre la mesa hollando los manteles, y suplicaba con lágrimas en los ojos a todos aquellos borrachos que salvasen la ciencia, que procurasen la santa armonía, porque él, en el fondo de su alma, siempre había suspirado por la armonía del análisis y de la síntesis, de Tula y la virtud, de la fe y la razón, del krausismo y los médicos del Ateneo...
-¡Señores, señores: salvemos la raza humana que se pierde por el orgullo! -exclamaba, llorando todo el vino que había bebido, puestas las manos en cruz-. Se os ha dicho nihil mirari!, no maravillarse de nada; pues yo os digo, en verdad: admiradlo todo, creedlo todo, todo es verdad, todo es uno y lo mismo... ¡Ah!, queridos hermanos, en estos instantes de lucidez, de inspiración por el amor, yo veo la verdad una, yo veo dentro de mí la esencia de todo ser; yo me veo como siendo uno con el todo, sin dejar de ser este...
-¡Este borracho, este grandísimo borracho! -interrumpía el catedrático de Agricultura, gran positivista y no menos ebrio. Y cogiendo por las piernas al de Psicología le paseaba en triunfo alrededor de la mesa, mientras Aquiles seguía gritando:
-¡Todo está en todo y el quid es amarlo todo por serlo, no por conocerlo...! Yo amo a Tula en lo absoluto, y la amo por serla no por conocerla...
El de Agricultura daba con la carga en tierra, y Aquiles interrumpía sus reminiscencias de filósofo idealista para dormir debajo de la mesa la borrachera de los justos.
Y entonces, como si se tratase de un juicio de los muertos en Egipto, empezaban ante el cuerpo de Aquiles los comentarios y censuras de los amigos:
-¡Qué pesado se pone cuando le da por su filosofía!
-Bien; pero únicamente habla de eso cuando se emborracha.
-¡No faltaba más!
-Y lo cierto es que no se puede prescindir de él.
-¡Imposible! Es el Brillat-Savarin del mar.
-¡Qué manos!
-¡Qué olfato!
-¡Qué tacto!
-¡Qué instinto culinario!
-Debía escribir un libro de cocina marítima.
-Teme el qué dirán. Al fin es catedrático de Filosofía.
VII
Ya hace años que murió Zurita, y en Lugarucos cada vez que se trata de comer pescado, nunca falta quien diga:
-¿Se acuerdan ustedes de las calderetas de aquel catedrático de Psicología y Lógica?
-¡Ah, Zurita!
-¡El gran Zurita!
Y a todos se les hace la boca agua.
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