Part 7
Acordó Fago un descanso de medio día, cinco horas de sueño y una para comer, y _Chomín_ propuso que visitaran a un ermitaño que en aquellas soledades gozaba opinión de santo, y aun se permitía milagrear un poco. Llamábanle Borra, y hacía doce años que se había dado a la vida ascética, construyendo su cabaña de piedra y barro, techo de juncos y tierra, en una de las vertientes del Murumendi. Vivía de limosnas y del fruto de un huertecito que cultivaba junto a la cabaña. _Chomín_ y Gorria, mientras conducían a su jefe a visitar al ermitaño, contaron que este había militado en las partidas realistas del año 22, y que habiéndole sorprendido Mina en actos de espionaje, le condenó a muerte, conmutándole luego la pena por la menos cruel y más infamante de cortarle las orejas. Se las cortaron, ¡ay!, y el pobre hombre se fue a su casa, sin gana ya de volver a guerrear por los realistas ni por ningún nacido. Agobiado de tristeza y soledad, pues además de la falta de orejas lloraba la de familia, vendió su corta hacienda y se fue al monte, ávido de quietud religiosa, lejos de las pasiones humanas y del loco trajín del mundo. No volvieron a entrar tijeras en su barba y cabello, y estos le cubrían la mutilación nefanda. Vestía un capote de pastor, y se hallaba acompañado de una cabra y un perro. Como a veinte pasos de su cabaña, había plantado una enorme cruz hecha con troncos, y allí rezaba las horas muertas: aquella era su iglesia, y no tenía más, ni le hacía falta para nada. El huerto dábale coles y borrajas, alguna patata; no cazaba, ni poseía instrumentos para quitar la vida a ningún ser. Sus devotos, que en Beasaín y Larza los tenía muy fieles, solían subirle cosas de más sustancia: alguna trucha del Oria, queso, pan, y en las solemnidades huevos, y algún chorizo de añadidura.
Distaban aún cien pasos de la choza Fago y sus compañeros, cuando se encontraron al ermitaño, que paseaba al sol, precedido de la cabra y el perro. Era alto y huesudo, tan tieso que parecía de madera; figura semejante a muchas que se ven en nichos polvorosos de las iglesias, olvidadas de la devoción, sin ofrendas, sin culto. El cabello entrecano le caía hasta los hombros, y la barba era de variados colores, uno y otra de extraordinaria aspereza. Calzaba peales, y se cubría todo el cuerpo con un ropón de jerga, remendado con cierto esmero, ceñido a la cintura por cuerda de cáñamo. En una mano llevaba el garrote, y en la otra un cuenco de media calabaza, con el cual bebía el agua cristalina de una fuente próxima a su vivienda. Saludado por los visitantes, miró a Fago con recelo, que el capellán disipó con palabras afectuosas.
—Eres tú aragonés —le dijo el venerable—. Por el acento te conocí. Vi y traté a muchos aragoneses en mi tiempo de pecador, y todos guapos chicos, pero muy quijotes..., camorristas, bebedores, cantadores y enamorados.
Siguieron hablando de cosas indiferentes, y luego propuso Borra que le acompañasen a la fuente, donde catarían con él el agua más rica del mundo. De aquel líquido se daba el solitario, según dijo, grandes atracones mañana y tarde, y a ello debía su inalterable salud. Fueron, pues, al manantial, y sentados en el césped finísimo, bebieron de un agua cristalina y glacial, que a Fago le pareció como todas las aguas, y a _Chomín_ inferior al peor vino. El de Navarra fue ardientemente elogiado por Gorria, y de aquí saltó la conversación a la guerra, diciendo Fago:
—Nosotros tres y los compañeros que abajo quedan, somos servidores del rey don Carlos V, en favor de quien tú, bendito Borra, seguramente imploras los auxilios del cielo. Unos con las oraciones y otros con las armas, todos ayudamos a la causa.
Respondió el ermitaño con frialdad, no inferior al agua que habían bebido, que él, desde que se retiró a la aspereza del monte, había hecho corte de cuentas con todo lo que fuera política, reyes y ambiciones armadas o pacíficas. Nada le importaba ya que mandase Juan o Pedro, y le gustaba más mirar a las estrellas que a los hombres. Hasta su soledad llegaban a veces rumores de tropas que pasaban por el fondo de los valles; pero él les hacía el mismo caso que si fueran las caravanas de hormigas que andan afanosas por la tierra.
—Óiganme, señores míos, y si quieren hacerme caso, bien, y si no, también. Yo les digo que la guerra es pecado, el pecado mayor que se puede cometer, y que el lugar más terrible de los infiernos está señalado para los generales que mandan tropas, para los armeros que fabrican espadas o fusiles, y para todos, todos los que llevan a los hombres a ese matadero con reglas. La gloria militar es la aureola de fuego con que el demonio adorna su cabeza. El que guerrea se condena, y no le vale decir que guerrea por la religión, pues la religión no necesita que nadie ande a trastazos por ella. ¿Es santa, es divina? Luego no entra con las espadas. La sangre que había que derramar por la verdad, ya la derramó Cristo, y era su sangre, no la de sus enemigos. ¿Quién es ese que llaman el enemigo? Pues es otro como yo mismo, el prójimo. No hay más enemigo que Satanás, y contra ese deben ir todos los tiros, y los tiros que a este le matan son nuestras buenas ideas, nuestras buenas acciones.
Quiso Fago replicarle defendiendo las guerras cuyo fin es refrenar la maldad; pero el anacoreta no quiso escuchar tales argumentos, y levantándose y esgrimiendo el garrote, no con manera hostil, sino en forma oratoria, dijo estas palabras:
—No, no, no... ¡A mí con esas! Condenado Fernando VII, condenado don Carlos María Isidro, y condenadas todas las reinas, magnates y archipámpanos que andan en este pleito.
—Y condenados también nosotros —dijo Fago, un poco mohíno, levantándose.
—También, si no vuelven la espalda al demonio —agregó el ermitaño, poniéndose en camino pausadamente en dirección de su cabaña—. Y más les digo: dos cosas malas, remalas hay en el mundo: la guerra y la mujer... ¡La guerra!, por el son de la palabra ya se ve que también es mujer. Detrás de las matanzas entre hombres, hay siempre querellas, envidias y trapisondas de mujeres.
—¿Crees también que está condenado el bello sexo? —le preguntó Fago con un poquito de socarronería.
—Condenadas todas no —replicó el otro con autoridad—, porque algunas hay buenas..., aunque pocas... Pero que el infierno está lleno de mujerío, no lo duden ustedes.
—¿Verlo tú, pues, padre? —preguntó _Chomín_.
—No necesito verlo —dijo el solitario alzando el garrote con alguna viveza— para saber lo que hay allí; y si lo dudas, pronto te desengañarás, porque pronto te has de morir, y has de morir matando.
—Y de mí —preguntó Fago—, ¿qué piensas? ¿cómo y cuándo crees que he de morir?
El eremita se detuvo, y mirándole grave y detenidamente al rostro, le dijo:
—De ti no sé nada... No te entiendo... En ti veo mucho malo y mucho bueno. En tus ojos hay dos ángeles distintos: el uno con rayos de luz, el otro con cuernos. Yo no sé lo que será de ti. Tú harás maldades, tú harás bondades... No sé.
Siguieron un buen trecho silenciosos, hasta que Gorria, queriendo soliviantar al solitario, se dejó decir:
—¿No sabes, santo Borra? Tenemos ya de general en jefe de los cristinos a Mina.
Al oír este nombre se inmutó ligeramente el solitario, y con un movimiento maquinal se llevó ambas manos a las orejas, mejor dicho, a los oídos, cubiertos por la enmarañada y polvorosa guedeja.
—Mina, Mina... —dijo algo turbado y balbuciente—, no es ese más ni menos perro que otros perros asesinos.
—Tu religión, nuestra religión —le dijo Fago—, te manda perdonar a tus enemigos.
—Y los perdono. Pero Dios no los perdonará..., digo, no sé. Allá Él. Yo rezo todos los días por que los militares abran los ojos a la verdad, y abominen de las matanzas. Pero nada consigo. Todos los que vienen a verme me dicen que cada día es más terrible la guerra, y ya no guerrean solo los hombres, sino los viejos y hasta los niños. Vosotros, que venís a dar un consuelo al pobre ermitaño, guerreros sois también, y sin duda de los que andan al acarreo de armas y municiones.
—Así es: honra mucha —dijo _Chomín_ impetuoso—. Llevar hacemos un cañón grandísimo para el Ejército Real, y muy pronto, pues, oír tienes sus disparos.
—Mientras tú rezas —dijo Gorria—, nosotros disparamos..., quiere decirse que rezamos con pólvora.
—Ese rezo es para Satanás maldito.
—¿Estás bien seguro de lo que afirmas? —le dijo Fago, queriendo poner fin a la conferencia y volver a su obligación.
—Tan seguro —replicó amoscándose el desorejado eremita— como lo estoy de que los tres sois alcahuetes de la guerra, y mequetrefes de Satanás. Ya os estáis marchando para abajo, que yo me encuentro mejor en la compañía de los pájaros y de las moscas que en vuestra compañía.
—Nos vamos, sí —dijo Fago tranquilamente, sacando del bolsillo una moneda—. Nos llama nuestra obligación. Te dejaré una limosna.
—¿Dinero?... Gracias. No me hace falta para nada —replicó el santón, alejándose de los tres—. Ahí tenéis otro motivo de condenación, el maldito dinero, que no sirve más que para hacer a los hombres codiciosos y avarientos. Por dinero salta el hombre y baila la mujer, y de estos brincos sale la guerra... Guárdate tu moneda, que yo no tengo bolsillo. Mira las hormigas cómo viven sin dinero. Pues lo mismo soy yo: como y estoy bueno sin ver un cuarto... ¡Cuartos! ¡Vaya una inmundicia!...
—También tengo plata...
—¡Plata! ¡Qué roña!
—Y oro.
—De plata tiene los cuernos Lucifer, y de oro la pezuña. Váyanse, váyanse con Dios... Ustedes matan, yo rezo...
XIII
Se alejaron, dejándole en la proximidad de la cruz, en actitud de oración. A distancia como de cien pasos, Gorria cogió una piedra, diciendo:
—¿Quieren que se la estampe en mitad de la frente para que se le aclaren las entendederas a ese viejo estúpido?
—No, no; déjale... O es un bienaventurado de muy pocos alcances —dijo Fago— o un vividor de mucha trastienda. Sea lo que quiera, ha resuelto el problema de la vida, y es un hombre feliz. No se le haga ningún daño, pues él a nadie ofende, y vámonos, que es tarde.
Con toda felicidad bajaron al anochecer a Larza, y sin ningún percance pasaron el Oria, donde tenían parejas preparadas, siguiendo inmediatamente hacia Lazcano y Atáun, monte arriba, en busca de la sierra de Araquil. Ya no temían el encuentro de tropas cristinas; iban tranquilos, contando las horas que faltaban para llegar al término de su arriesgado viaje. Sanos y salvos los nueve, se creían ostensiblemente favorecidos de la providencia, por la felicidad con que se les habían allanado los obstáculos y conjurado los peligros en su difícil aventura. En San Gregorio, donde en alegre descanso y esparcimiento pasaron el domingo, encontraron personas amigas, entre ellas el cura, a quien Gorria y _Chomín_ trataban con bastante confianza, por haber sido el tal fusilero en el 5.º de Navarra durante un mes no más, distinguiéndose por su entusiasmo, ya que no por sus condiciones militares. El general fue quien le disuadió de sus guerreras aficiones, mandándole recoger los hábitos que ahorcado había, y convencido el hombre, mas no curado de su entusiasmo, se hizo soldado platónico, siguiendo con afán desde su iglesia el desarrollo de la campaña. Con Fago hizo o quiso hacer al instante buenas migas, alabándole su expedición, y atribuyendo el éxito de esta a su consumada pericia; lo que él sentía era no poder agregarse a ellos para entrar nuevamente en filas. Pero no podía, no; estaba visto que no servía para el caso, pues su fiereza y acometividad se enfriaban enormemente al empezar el fuego, y le entraba un insano temblor que si no era miedo, se le parecía como un huevo a otro.
Hablando, hablando, propuso a Fago que, para festejar dignamente la feliz llegada del cañón, dijese misa; y si al pronto el aragonés no rechazó la idea, luego sintió en su alma secreta repugnancia de celebrar: no se creía digno; no se encontraba en la disposición de conciencia que el acto requiere, y al suponerse revestido ante el altar, se le contraía el corazón y se le enfriaba toda la sangre, afectado de un miedo semejante al de su colega cuando sonaban los primeros tiros de una batalla. El uno temblaba ante los escopetazos; el otro ante la grave solemnidad del altar sagrado, ante el Evangelio abierto sobre el atril, ante el crucifijo. Este singular encogimiento de su espíritu le tuvo en gran tristeza todo aquel día, y necesitó de toda su voluntad para poder aguantar, con la conveniente cortesía, los despotriques belicosos del otro cura. A la noche continuaron el arrastre del cañón por ásperas pendientes pobladas de bosque. Felizmente, tenían en su ayuda a los mejores guías del país, enteramente afecto a la causa, y si no pudieron procurarse más de dos parejas, porque no las había, las suplieron con el _tiro personal_. Hombres y mujeres dejáronse enganchar gozosos, y hasta el cura, mejor dotado de musculatura que de corazón, se puso a tirar de la narria uncido con el sacristán. ¡Hala, hala por empinados senderos!... Y a las tres de la madrugada llegaban al alto de Lizarrasti, divisoria entre las aguas de Navarra y Guipúzcoa. Ya estaban en casa, ya veían a sus pies el valle de la Borunda. Despidiéronse los de San Gregorio para regresar a sus hogares, y los compañeros de Fago, no pudiendo contener su júbilo por ver coronada de un éxito feliz la empresa que habían acometido, lanzaron en lo alto del monte el grito céltico _Hiujujú_, característico de las razas cántabras y éuskaras, relincho salvaje, pastoril, guerrero, pues todo lo expresa y dice sin decir nada. Resuena en la silenciosa cavidad de los valles profundos como voz de los montes, convertidos en genios de piedra, con cabellera y pelambre de bosques, con túnica de nieblas y cimera de celajes desgarrados. A poco de lanzar su grito, oyeron la respuesta lejana. _Hiujujú_, dijeron las profundidades de la Borunda, y el corazón de los expedicionarios palpitó de alegría. Volvieron a soltar el relincho, que quería decir: «Aquí estamos; volvemos con felicidad. Traemos el cañón, la esperanza». Y los de abajo, los hermanos, los compañeros de armas y de fe, respondían: «Os aguardamos, valientes. Al amanecer nos reuniremos. ¡Viva Carlos V!».
Viéndose en el término y remate de su arriesgada empresa, los expedicionarios, con la sola excepción del jefe, se entregaron a extremos de alegría delirante, y a la media noche se durmieron. Fago estaba triste, caviloso, y sus pensamientos tuviéronle en vela hasta hora muy avanzada. Se paseaba por entre los grupos de los compañeros entregados al sueño, o se sentaba en la narria para contemplar a su gusto el cielo, que en aquel punto y hora se despejó, cual si quisiera recrearle mostrándole su azul inmensidad poblada de estrellas.
Provenía la tristeza de Fago de una repentina intranquilidad de su conciencia. Todo aquello que hacía, ¿no era contrario a la ley de Dios? Las ideas toscamente expresadas por el ermitaño Borra se habían aferrado a su espíritu, y las antiguas dudas acerca de la divinidad de la causa defendida por la facción volvieron a atormentarle. «¿En qué consiste —se decía— que a veces me siento guerrero, tan guerrero como el que más, y dotado de las esenciales miras y talentos de un caudillo militar, y a veces me siento profundamente religioso, con anhelos vivísimos de perfección? ¿Será posible que entre uno y otro sentimiento pueda existir concordia? El hombre de guerra, maestro de tropas, organizador de combates, y el hombre consagrado a las espirituales batallas del Evangelio, ¿pueden fundirse, como si dijéramos, en una sola persona? Para resolver este problema, he de asentar previamente que en el cúmulo de causas o banderías humanas, puede haber alguna que Dios apadrine, haciéndola suya. Las historias, y antes que las historias los profetas, nos dicen que hubo un _pueblo de Dios_, un pueblo a quien Dios protegió ostensiblemente en sus esfuerzos para librarle de la esclavitud, y después le guió en sus campañas contra la idolatría, inspirando a sus caudillos, dándoles el divino aliento estratégico y táctico. Sobre esto no hay duda».
Y continuando en la contemplación de las estrellas como si con ellas hablara, y ellas le respondieran dando vigor a sus argumentos, prosiguió en su ardiente soliloquio: «En tiempos relativamente modernos, tenemos la épica guerra secular contra los moros desde Pelayo a Isabel la Católica, y vemos la intervención divina en las batallas. Creo en la presencia militar del apóstol Santiago en Clavijo, y en los estragos materiales causados por su acero; creo en los prodigios de la cruz en Las Navas de Tolosa; y viniéndome más acá, casi a un ayer cercano, veo en Lepanto la intercesión milagrosa de la Virgen del Rosario. No hay duda de que el cielo autoriza las guerras, de que toma partido por los que salen a la defensa de la ley cristiana. Y ahora, ya veo muy claro que puede existir y ha existido lo que yo buscaba, la amalgama o fusión del hombre que acaudilla soldados y les lleva a la victoria, con el hombre que sirve a Dios en la paz soberana de la religión. Esta síntesis la veo clara en San Fernando: ¿quién me lo negará? San Fernando fue santo y capitán general de los ejércitos de Castilla. San Fernando expugnó fortalezas, tomó ciudades y villas, ganó batallas campales, para lo cual hubo de matar grandes manadas de moros. Y al propio tiempo mereció por su virtud los honores de La canonización. Era místico y guerrero: sin duda rezaba en el momento de machacar cabezas de infieles...».
Tanto alborozo produjo en su alma esta idea, que se disparó a pasear de un lado para otro, inquieto, febril. Era como un incensario que va y viene, echando humo, y el humo eran las ideas. Pero de pronto le asaltó una que hubo de apagar repentinamente el hogar que las demás formaban. Fue una objeción que a su mente vino; hubiera podido creer que un espíritu invisible le apuntaba al oído: «San Fernando fue guerrero y santo, es verdad: peleó, porque a ello le indujo su condición de rey, maestro y amo de los pueblos. Religioso y santo era, mas no sacerdote... Fíjate bien, hombre, y no desbarres: no era sacerdote».
Sentadito en el cañón volvió a contemplar las estrellas, y estas le facilitaron, con su dulce centelleo, nuevos argumentos consoladores. «Pero casos hay, casos hay de sacerdotes guerreros. En las Cruzadas y en nuestra Reconquista, más de un obispo, más de un abad montaron a caballo, o en mula, y acaudillaron tropas... El cardenal Albornoz es otro ejemplo... Tenemos, pues, innumerables ejemplos de guerreros religiosos o por la religión». Nuevas dudas, nuevo soplo de la voz misteriosa, que al oído le dijo: «Pero no fueron santos».
«¿Y por qué habían de ser santos? —se dijo volviendo a su febril paseo, con las manos en los bolsillos—. La santidad rara vez se alcanza. Basta con que fueran buenos cristianos y supieran cumplir sus dos ministerios: el ministerio sacerdotal y el otro..., el de gobernar tropas y destruir con ellas la impiedad... Y ahora me pregunto: ¿estoy bien seguro, bien bien seguro de que esta causa nuestra tiene por objeto destruir la impiedad y entronizar el reino de Dios? ¿Representa nuestro don Carlos la ley divina? Los de la otra parte, los que mandan Oraa, Córdova o Mina, ¿son realmente la maldad, la herejía, la ley del demonio? Este cañón que yo he traído, ¿será destructor del pecado? Los proyectiles que salgan ardiendo de su boca, ¿serán lenguas de la verdad? ¿Nuestro don Tomás recibe de los ángeles la virtud estratégica? Lo que en nuestro rey parece ambición, ¿es convencimiento de una misión divina?... Sáqueme Dios de esta duda, y yo seré..., ¡qué sé yo lo que seré!..., el primer soldado de Dios, y el primer eclesiástico de los hombres».
Terminó su soliloquio con una fervorosa oración, de rodillas, embebecido en contemplar el cielo, esmaltado de infinitas luces. «Señor, líbrame de esta horrible duda, y dime que puedo ser guerrero sin dejar de ser tuyo. Concédeme la gloria de restaurar la fe en la patria de San Fernando, sin menoscabo del sacramento que me otorgaste. Dime que puedo matar impíos con este cañón que he traído de Guipúzcoa, y celebrar tu santo sacrificio; coger la espada sin que mis manos se imposibiliten para tomar la hostia; dirigir tropas y perdonar los pecados».
El sueño le rindió al fin, y se quedó dormido diciéndose: «Grande, desmedida ambición es esta... Guerrero vencedor... y sacerdote militante... Triunfar del pecado con la espada y con...».
XIV
Al amanecer llegaron hasta ellos las avanzadas de la división de Eraso, que aguardándoles estaban, y con francas demostraciones de alegría cambiaron unos y otros noticias y saludos, y se pusieron al tanto de lo ocurrido en la expedición y en el ejército. _Chomín_ y Gorria contaron con vivo lenguaje las fatigas y apuros del transporte del cañón, y los otros, después de manifestar que no habían tenido encuentros importantes con los cristinos, dijeron que el grueso del ejército iba en marcha hacia el valle de Berrueza, donde se daría una batalla que debía de ser la más sonada de toda la campaña, y quizás la decisiva. Al descender a la Borunda, encontraron a Eraso, que, en cumplimiento de órdenes del general, mandó dar sepultura al cañón en una ladera próxima a la venta de Urbasa. La tropa no se cansaba de admirar la soberbia mole, y los aldeanos de ambos sexos y hasta los chiquillos acudían a contemplarla gozosos, y la palpaban con blandura y cariño, ponderando los estragos que haría cuando empezase a vomitar por su negra boca balas y más balas. El popular entusiasmo se manifestó al fin bautizando la pieza con el gráfico nombre de _El Abuelo_, y nadie la llamó de otro modo en todo el curso de aquella memorable guerra.
Incorporáronse a sus respectivos cuerpos los compañeros de Fago, y este se fue al Cuartel general para presentarse a Zumalacárregui y darle cuenta del feliz cumplimiento de la misión que le había confiado. Diéronle caballo en Alsasua, y con el 1.º de Guipúzcoa atravesó la sierra de Andía en dirección a la Berrueza. El tiempo era magnífico; comenzaba diciembre con apariencias de octubre; la naturaleza favorecía la campaña, se hacía también guerrera, obsequiando con temperatura bonancible y tibia sequedad a los dos ejércitos, que ansiaban una batalla campal decisiva. Entre los carlistas era general la creencia de que esta se daría en las posiciones de Mendaza, y que tendrían que habérselas con las dos divisiones de Oraa y Córdova, acantonadas en Los Arcos y en Viana.
Atravesando la Améscoa baja, fueron a dormir en Artaza, y al día siguiente encontraron la división de Iturralde acantonada en Aucín. Zumalacárregui, con don Bruno Villarreal y los batallones alaveses, estaba en Piedramillera. Antes que al general vio Fago a su amigo Ibarburu, el cual le abrazó con efusión, felicitándole por su feliz arribo. Ya se sabía en todo el ejército la hazaña realizada por el buen sacerdote y sus ocho auxiliares. ¡Oh!, bien merecía tal hazaña una cruz, la cruz de San Fernando, sí señor, y es seguro que don Carlos adornaría muy pronto con ella el noble pecho de uno de sus primeros capellanes. Replicó Fago a estas cariñosas demostraciones que ninguna falta le hacían cruces ni calvarios, pues él servía desinteresadamente al rey, creyendo servir a Dios.
También dijo Ibarburu con gran alborozo a su amigo que el ejército de la fe iba adquiriendo las deseadas piezas de artillería, arma indispensable en todo organismo de guerra: además del _Abuelo_, tenían ya dos cañones de batalla que los señores Reina y Balda habían logrado fundir en Labayen con el metal de cacerolas y chocolateras reunido en Navarra.