Part 16
Siguieron haciendo _caminitos_ y cuentas galanas hasta que les sirvieron el chocolate con que el Capítulo les obsequiaba, y tomado este, Ibarburu se fue solo a la calle, taciturno y caviloso. No sabía a qué carta quedarse, ni a qué santo encomendar el logro de sus desmedidas ambiciones. ¿De qué le valía adular a Zumalacárregui si este dimitía? Y si no dimitía, ¿qué eficacia tendrían sus adulaciones a González Moreno y Arespacochaga? Su instinto cortesano, afinado por la ilusión de la mitra que quería ponerse en la cabeza, le guió hacia el alojamiento de don Tomás, que era el palacio de los Elóseguis, amigos suyos; y en el portal salió a su encuentro Celestino Elósegui, a quien con viva ansiedad preguntó: «¿Dimite o no dimite?».
Llevole adentro y arriba, y tuvo la suerte de sorprender al general en uno de esos instantes en que la espontaneidad no puede contenerse, y en que se manifiestan sin rebozo los sentimientos que llenan el corazón. Acompañaban a don Tomás su amigo íntimo don Juan Francisco de Alzaa, y el dueño de la casa, D. Matías Elósegui. Quitándose el capote y arrojándolo sobre una silla, como si con él arrojara la investidura de general en jefe, dio una patada y dijo con rabia:
—Esto es inaguantable... Ya lo presentía yo... ¡Tener que ejecutar proyectos que juzgo disparatados en el estado actual de cosas!
Sin hacer gran caso de lo que tímidamente le dijo don Matías para calmar su irritación, dejose caer en un sofá con notorio desaliento, y expresó con estas graves palabras la grande agitación de su noble espíritu:
—Dejo a la enfermedad o a una bala enemiga el cuidado de sacarme de esta situación.
Oído esto, se arrancó Ibarburu con un encomiástico discurso, pronunciado con cierto énfasis político:
—Mi general, quien ha conquistado los lauros que enaltecen el nombre glorioso de Zumalacárregui, ese nombre escrito ya con letras de oro en el libro de la historia, nada debe temer. Donde vaya Zumalacárregui irá la victoria. Nuestro rey reina por el esfuerzo de este gran caudillo, y por el camino de Bilbao, lo mismo que por el de Vitoria, con la ayuda de Dios nuestro Padre, y de la Reina de los Cielos María Santísima, las tropas que con sabia mano rige vuecencia llevarán a la corte de las Españas al representante de la monarquía legítima y de los derechos de la religión.
Con una mirada benévola y dos o tres monosílabos de modestia, rechazando honores tan desmedidos, disimuló Zumalacárregui el desprecio que le merecían las gárrulas demostraciones del capellán de su ejército. Entró a este punto el médico, y el general se fue con él a su habitación.
Contento de sí mismo y del buen golpe que había dado, Ibarburu salió en busca de otros capellanes y militronches amigos suyos, para dar un paseo y poder contar cuanto sabía; noticias bebidas en los propios manantiales de información. Toda la tarde estuvo despotricando: en la conversación deambulatoria, el optimismo embriagaba las almas de los pobres _ojalateros_, pues cuál más, cuál menos, todos tenían sus esperanzas de medro en diferentes carreras y profesiones. Al regresar a sus hogares, donde les esperaba la menestra de borrajas, la sopita, el huevo pasado, _et reliqua_, se mecían en dulcísimas ilusiones. Este veía las insignias de coronel, aquel la congrua eclesiástica, el uno la judicial toga, el otro la mitra, y todos estos símbolos de autoridad y posición se les representaban en forma extrañísima, bombas y granadas cayendo sobre la infeliz Bilbao.
A la siguiente mañana, y cuando el señor capellán a partir se disponía con el ejército por el camino de Durango, le anunció su patrón una visita, advirtiéndole al propio tiempo que no la recibiera porque debía de ser enfadosa.
—¿Quién es?
—Señor, dos ermitaños que piden limosna; pretenden ver a usted para que les libre de no sé qué pena que se les ha impuesto por espías.
Bajó presuroso el señor Ibarburu, y con indecible sorpresa reconoció en uno de los dos infelices que a implorar venían su protección al mismísimo don José Fago, excapellán, exsargento, santo en ciernes por temporadas, gran estratégico en ocasiones, y notado siempre por su falta de seso y sobra de ambiciones desapoderadas. Vestía el desdichado aragonés un balandrán deslucido y roto, ceñido a la cintura por cuerda de esparto; calzaba alpargatas; habíale crecido la barba y cabello, y su aspecto semisalvaje inspiraba más compasión que miedo.
—Amigo mío, ¿qué es esto? —le dijo Ibarburu con estupor no exento de severidad—. ¿Qué le pasa a usted? Nos dijeron que se había dejado seducir por la impiedad cristina..., yo no lo creí. Luego se corrió la voz de que había perecido en la tremenda degollina de la Améscoa... ¿Qué significa esa facha miserable, y quién es este hombre que le acompaña?
—Mi facha significa el desengaño de todas las cosas, el hastío del mundo y el gusto de la soledad... Y este que me acompaña es el santo ermitaño Borra, que tenía su cabaña en el monte Murumendi, y fue días hace inicuamente expulsado de ella por los soldados de la facción, y luego él y yo perseguidos y amenazados de no sé qué horrendos castigos, por lo que llaman delito de vagancia y espionaje.
—Señor capellán —dijo el otro con grave acento—: yo, Simeón Borra, vivía en Murumendi lejos de todo comercio con el mundo, consagrado a la oración y abominando de las opiniones que hacen fieras a los hombres y les llevan a guerrear. Con nadie me metía ni nunca hice daño a nadie. Vivía de lo que me querían dar y del fruto de una huertecilla. Este amigo vino a pedirme consejo para conseguir la paz de su alma: contome su historia; pidiome luego que le admitiese en mi compañía, y a ello me resistí: no quiero formar comunidad. Estableciose por mi advertencia en un sitio cercano a mi choza; labró la suya, y vivíamos como a dos tiros de fusil...
—Y cuando más seguros nos creemos —prosiguió Fago—, una columna facciosa nos destruye las casas; se nos acusa de espionaje; se nos amarra y nos traen aquí, donde hallamos un señor Mayor de plaza, hombre caritativo, el cual nos libra de la muerte, y promete ponernos en libertad si hay alguien en el ejército que garantice que no somos rateros ni traidores.
Uno de los militares que les acompañaban manifestó que el menor castigo que podía imponérseles por espionaje era cortarles las orejas.
—A mí no puede ser, ¡carambo! —afirmó Borra apartando las guedejas que caían sobre sus sienes—, porque ya me las cortó el tunante de Mina el año 22, y no porque yo cometiese delito alguno, sino por crueldad sanguinaria... De modo que si alguna pena me aplican, sea la de muerte, y pronto, que nada le importa a quien aprecia la vida en menos que un cabello.
—Lo mismo digo —afirmó Fago—. Que me maten si quieren, si no han de darme la libertad.
Los militares, que atraídos de la curiosidad formaban corrillo en torno de los dos infelices, más se inclinaban a la burla compasiva que a la severidad. Ibarburu, profundamente apenado del lastimoso sino del que fue su amigo, y a quien verdaderamente apreciaba, le cogió de la mano, como si resueltamente bajo su amparo le tomase, y con acento firme dijo al militar que les acompañaba:
—Bajo mi responsabilidad, amigo Zuazo, deje usted libres a estos hombres, pues a entrambos les tengo por tontos, que es lo mismo que decir inocentes. Váyanse a donde quieran, a hacer vida boba, que también podría ser vida regalona. Ea, despejen, que tenemos que marchar a Durango... Usted, señor santo Borrajo, o como quiera que se llame, puede ir adonde quiera, y volverse a su monte o al mismo infierno; pero lo que es a este no le suelto. Amigo Fago, no puedo consentir que un hombre de su inteligencia y carácter se deje inducir a la extravagancia que revelan su traje y modos... No, no, no lo consiento, y si no de grado, por fuerza se viene usted con nosotros. Eh, amigo Zuazo, me le lleva usted por delante, entre bayonetas. Yo hablaré al coronel, y respondo de que ordenará lo que digo... Adelante, entre bayonetas. Este no puede ser libre; este me pertenece: quiero salvarle de su propia insanidad, de su propia tristeza... En marcha... Don José Fago, es usted prisionero de su amigo el capellán Ibarburu. No haga resistencia, o el coronel mandará que le apliquen cincuenta palos.
XXIX
Contento como unas pascuas se fue Borra, y en verdad que no le penaba ir solo, pues la soledad era su mejor amigo. Fago, secuestrado por el capellán con cariñosa tiranía, no tuvo más remedio que dejarse conducir en la ambulancia sanitaria; y cuando ya marchaban a media legua de la villa, caminito de Elorrio, aproximó Ibarburu su mula al pelotón que le conducía y hablaron un rato, el uno a pie, caballero el otro.
—Agradezco mucho a usted su buena voluntad; pero créame..., mejor servicio me haría dejándome zambullir en la soledad y apartarme de todos estos belenes.
—Déjese, déjese llevar, y no sea usted obstinado y majadero. ¿Qué sabe usted lo que dice? En la primer parada que hagamos me contará el cómo y cuándo de haber venido a la desolación de esa vida, y hablaremos del modo de restaurarle a su estado decoroso... Y aprovecharé el descanso de esta noche para proveerle de ropa, y vestirle con la decencia que le corresponde. Somos de la misma estatura y carnes, y mi ropa le vendrá como suya.
En la primera parada, arrimaditos a una venta próxima al camino, en la cual comieron y refrescaron, Fago contó a su amigo todos los inauditos accidentes de su vida, desde el punto y hora en que dejaron de verse, en diciembre del año anterior. Oyó Ibarburu el relato como un confesor que no quiere perder sílaba, atento a los íntimos pormenores de conciencia, para formar cabal juicio del estado moral del penitente; y al llegar al caso de la defección de Fago y de su ingreso en las filas cristinas, al oírle que por ganar la libertad había vendido sus convicciones realistas, combatiendo por Isabelita II en las jornadas sangrientas de la Améscoa, se mostró tan irritado y severo, que poco faltó para que terminase allí la confesión, y con ella la amistad de los dos capellanes.
Pero Fago, con su noble sinceridad, ganó el corazón de Ibarburu. Todo lo refería lealmente, sin atenuar sus culpas ni empequeñecer su mérito donde lo hubiera. No ocultó que el principal fin de todos sus actos en aquella parte de la campaña, era perseguir y cazar a la descarriada Saloma. Los diversos episodios y peripecias, las vivísimas esperanzas y desengaños tristes de esta cacería fueron tales, que creyó perder la razón. Saloma, como fantasma vano, en todas partes se presentaba, y en los aires se desvanecía cuando las manos se alargaban para cogerla. Rezagado en las angosturas de Artaza, tuvo que esconderse en unos breñales para no caer prisionero de los realistas, que le habrían fusilado sin piedad. Huyó después montes arriba, repugnando el seguir en filas liberales, y con asco también de las facciosas; vagó tres o cuatro días, precedido del fantasma, hasta que Dios quiso desengañarle de aquel vano error, iluminando su entendimiento con ideas claras. La torpeza y sinrazón de aquel empeño se posesionaron de su espíritu, y unido a ello el hastío de la humanidad, sintió la querencia hondísima de la vida ascética. Andando, andando, sin pensar a dónde iba, llevado más bien de la fatal dirección mecánica de sus pasos, fue a parar al monte Murumendi, y allí se acordó del solitario Borra. Llegose a la cabaña, hablaron... Lo demás ya lo había oído Ibarburu de los propios labios del anacoreta.
—Todo sea por Dios —dijo entre suspiros el capellán guipuzcoano al ponerse de nuevo en camino—. Dele usted gracias por haber caído en mis manos; que si se quedara entregado a sus desvaríos, no tardaría en volverse loco. Ahora, calma y completa sumisión a lo que yo le ordene: soy su amigo, su protector y su médico. Prescribo, como remedio salvador, que prepare usted su espíritu y su voluntad para volver lo más pronto posible al estado eclesiástico. Todo lo que sea del orden de guerras y política, y el capitulito ese de la persecución de _féminas_, debe pasar a la historia. Basta de locuras. Sea usted sacerdote, y no eche el pie fuera de la sábana de una modesta posición eclesiástica... Adelante: va usted preso. Esta noche le vestiré, y ahora voy a decir que le dejen ir en un carro de sanidad para que no se fatigue.
A todo se prestó el aragonés, que había vuelto a ser pasivo, abdicando su voluntad en las voluntades ajenas, y sintiendo de nuevo la devoción del acaso. Siguieron andando todo aquel día y el siguiente. Por referencias supieron que Zumalacárregui no había tenido que expugnar a Durango por encontrar evacuada esta villa. Mas no queriendo emprender operación tan comprometida como el sitio de Bilbao, dejando una considerable fuerza cristina en la fortificada villa de Ochandiano, que domina el llano de Álava, resolvió acudir allá rápidamente. Dicho y hecho: embistió el pueblo y la torre que lo defendía; a los dos días se rindió la guarnición. Contemplando Zumalacárregui desde las alturas de Ochandiano el llano de Álava, en cuyas lejanías se distinguen las torres de Vitoria, sintiose encariñado con su pensamiento militar, de cuya ejecución le desviaba la obcecada terquedad de don Carlos. Aún esperaba convencer a este. Procurándose un excelente guía de ligeros pies, envió a Vergara un breve mensaje, que decía: «Ochandiano está en nuestro poder. Desde aquí contemplo el camino que tendremos que recorrer para proclamar a Vuestra Majestad en Vitoria, mañana, si Vuestra Majestad me autoriza para desistir de sitiar a Bilbao».
En Durango recibió por respuesta una lacónica pregunta: «¿Se puede tomar a Bilbao?».
Estrujando en su nerviosa mano el papel, Zumalacárregui exclamó:
—¡Como poderse tomar, sí!... Después, Dios dirá.
Los pocos días transcurridos desde la presentación en Vergara del capellán aragonés convertido en salvaje anacoreta, bastaron a Ibarburu para transformarle. Le afeitaron y vistieron, y con esto y el buen alimento parecía otro nombre, el mismo de antaño, solo que más enflaquecido y mustio. Al propio tiempo, ganó bastante en serenidad de espíritu y claridad del entendimiento, y parecía dispuesto a seguir las prescripciones de Ibarburu, encerrándose en la modestia de una vida eclesiástica rutinaria y sin pretensiones. Se le declaró libre de toda pena, atendiendo a que había sido hecho prisionero por los cristinos, y que estos le obligaron a combatir en sus filas so pena de la vida. Habiendo llegado a los propios oídos de Zumalacárregui estas amañadas historias, demostró interés por el desdichado capellán, y deseó verle.
La noche antes de la salida de Durango para Bilbao presentose Ibarburu con su amigo en el alojamiento del general, que era la casa-palacio de los Emparanes, y después de una breve antesala, fueron admitidos a la presencia de don Tomás. De tal modo se pintaba la tristeza en el semblante de este, que causaba lastimoso respeto a los que le veían. Sin duda la causa de ello era, además de la dolencia penosa, la inmensa tribulación de haber visto morir frente a Ochandiano a su entrañable amigo don Juan Francisco Alzaa, antiguo jefe de los voluntarios de Oñate.
Sintiose Fago cohibido en presencia del general, cuya figura militar y política ante sus ojos se agigantaba. Nunca le había visto tan soberanamente investido de la majestad que dan el talento superior y la honradez sin tacha. Poco le faltó al capellán, en su profunda emoción, para arrodillarse delante del caudillo y mostrarle un acatamiento incondicional, pidiéndole perdón por haber hecho armas contra él. Casi con lágrimas en los ojos, hizo ademán de besarle la mano, y lo habría hecho si el otro se lo permitiera.
—¿Qué cuenta usted, buen Fago? —le dijo el general con melancólica benevolencia—. ¡Ah!... ¿Sabe usted que el famoso cañón que me trajo usted de Ondárroa nos ha prestado grandes servicios? Pero en Villafranca, el pobre _Abuelo_, cascado ya y medio chocho, se nos quedó inútil. Bastante ha servido el infeliz... Todo pasa, todo se gasta y todo se concluye.
—General —replicó el capellán con voz temblorosa—, mi mayor pena es que, por mi incapacidad, no pueda yo prestarle algún servicio con la firme resolución que vuecencia merece.
—Todavía, ¡quién sabe!
—Ya no, ya no... Soy hombre muerto.
Y en aquel mismo instante sintió Fago en su espíritu el fenómeno extraño que en ocasiones diferentes había sentido: la transfusión de su pensamiento en el del insigne guerrero, es decir, que sus ideas se anticipaban a las de este, o que concordaban milagrosamente en dos cerebros distintos.
—Mi general —dijo después de una pausa—, permítame que le felicite por sus triunfos, que la historia ha de consignar. Permítame exponer con sinceridad una idea que tengo aquí... Será temeridad que yo la exprese, será tal vez descortesía... Vuecencia estima que es un desatino la expugnación de Bilbao; vuecencia, esclavo de su deber, obedece órdenes disparatadas del rey...
—¡Eh, cuidado! No puede hablarse así de nuestro soberano... Eso no es cierto, amigo Fago.
—Tenga vuecencia la dignación de oír todos los dislates que se me ocurren. Vuecencia no debe obedecer..., debe presentar la dimisión resueltamente, y que venga otro a ejecutar los propósitos que concibe el cerebro vacío de los que rodean a nuestro buen rey... Si esto que digo merece castigo, mande vuecencia que me den veinticinco, cincuenta palos, y yo resignado los recibiré. Pero déjeme decir todo lo que pienso: se acerca el término fatal de su carrera gloriosa. ¿Cómo lo sé? No sé cómo lo sé; pero muy claro lo veo, y vuecencia lo ve lo mismo que yo.
—Solo Dios sabe lo que puede suceder —dijo Zumalacárregui queriendo sonreír, y sin poder conseguirlo.
Y el otro terminó:
—Vuecencia lo sabe y yo también... El héroe de esta guerra, el restaurador de la monarquía legítima... no tomará a Bilbao... El porqué... él lo sabe... y yo también.
—Mucho saber es ese, amigo Fago —indicó Zumalacárregui sonriendo al fin de veras—. Yo no soy profeta; por lo visto usted lo es.
—Vámonos, vámonos —dijo Ibarburu con gran zozobra, tomando del brazo a su amigo para cortar conversación que tenía por impertinente—. Basta de profecías... Estamos molestando al señor general...
—¡Oh, no!... Pueden quedarse...
Algo más quiso decir Fago; pero el otro, azarado y algo colérico, se despidió brevemente por los dos y salió, llevándose a su amigo casi a rastras. Al tomar aliento en la escalera, le reprendió con aspereza, como a un niño mal criado que acaba de hacer una tontería.
—¿Pero, hombre, está en su juicio?... ¡Qué rato me ha hecho usted pasar!... Al demonio se le ocurre, ¡carape!..., decirle al general que no tomaremos..., que no tomará a Bilbao... ¿Ha querido usted anunciar su muerte?
—He dicho lo que siento, lo que veo..., lo mismo que ve y siente él... Es como la luz, amigo Ibarburu, y me sorprende que usted no lo vea.
—Lo que veo yo —dijo el castrense encalabrinándose— es que si seguimos con esas salidas de tono, le daré a usted por desahuciado, y le abandonaré a su desdichada suerte.
Y el otro, sin parar mientes en la indignación de su amigo, ni cuidarse de aplacarla, se llevaba las manos a la cabeza, exclamando:
—¡Lástima de hombre!... ¡Qué pérdida, Señor!... ¡Inmenso duelo!
—¿Qué rezonga usted, por cien mil carapes? —gritó el capellán furioso enarbolando el palo.
—Dios lo quiere, Dios lo ha dispuesto... Así debe ser, sin duda, y así será.
XXX
Dos días después, hacia el 8 de junio, llegaba el general carlista a las inmediaciones de Bilbao con catorce batallones y el tren de batir, bien mezquino por cierto, pues el famoso _Abuelo_, quebrantado por honrosos servicios, había recibido ya la jubilación. Si pobre era la artillería facciosa, la empobrecía más la carencia de municiones, pues para los dos morteros solo había treinta y seis bombas. Con tan reducidos elementos iba a emprender Zumalacárregui el sitio de una plaza defendida por cuatro mil hombres de tropas regulares, mandados por el valiente general conde de Mirasol, y unos dos mil urbanos; tropa y voluntarios igualmente enardecidos en la fe de la causa que defendían, pues ya desde los comienzos de la guerra dominaba en el vecindario de la capital de Vizcaya la opinión liberal, como contrafuerte de la opinión carlista, dominante con absoluto imperio en los campos. Si tenaces eran los habitantes de las villas y anteiglesias en su afecto a don Carlos, no lo eran menos los bilbaínos en su devoción a los principios representados por Isabel II. Al ardiente arrojo, a la terquedad ciega de los unos, respondían los otros con iguales o mayores demostraciones de constancia y bravura. ¡Qué tiempos, qué hombres! Da dolor ver tanta energía empleada en la guerra de hermanos. Y cuando la raza no se ha extinguido peleando consigo misma es porque no puede extinguirse.
Cincuenta piezas, de las cuales la mitad eran de grueso calibre, tenía Bilbao, emplazadas en los fuertes y reductos construidos en todo lo largo del circuito. Las municiones no faltaban. Víveres tampoco, ni faltarían si el asedio no se prolongaba.
Lo primero que hizo Zumalacárregui fue situar sus batallones en los puntos convenientes para circunvalar la plaza, estableciendo un bloqueo eficaz que impidiera la entrada de provisiones de boca. Solo por la ría no pudo cortar la comunicación, porque a ello se opusieron los comandantes de los dos buques de guerra, uno inglés, francés el otro, fondeados entre Deusto y San Agustín. Hecho esto, dispuso levantar frente al santuario de Nuestra Señora de Begoña tres baterías, donde colocó sus cañones y obuses. Inmediatamente rompieron fuego contra los fuertes de la plaza. Desde San Agustín, cabecera de la línea de defensa sobre la ría, hasta Miraflores se habían levantado seis fuertes enlazados entre sí por paredones y otras obras de defensa. El ataque por esta parte era temerario, así como por el extremo opuesto, los fuertes de Miraflores. El punto más débil era Begoña, el camposanto, la batería del Emparrado, el espaldón de tablas que protegía el camino cubierto de Santo Domingo, la batería y línea construida con barricas y sacas de lana junto al Circo. De este grupo de defensas partía el camino de Begoña hasta el santuario del mismo nombre, junto al cual estaba la rectoral, donde Zumalacárregui se alojaba. No lejos de allí, como a cien pasos de la iglesia, se alzaba el llamado Palacio, grande y macizo, y a poca distancia la casa llamada de Landacoeche. Entre estos tres edificios, la iglesia, el palacio y la casa, había emplazado Zumalacárregui un mortero, y junto a Landacoeche un obús: más a la derecha, la batería con las piezas de menor calibre.
Los dos capellanes, Ibarburu y Fago, movidos de ardiente curiosidad, subieron a los altos de Artagán, y de allí dominaron todo el panorama de la villa, que parecía sepultada en el fondo de un pozo. Vieron a su derecha la mole de San Agustín y la casa de Quintana; enfrente todas las obras de Mallona, y a la izquierda los fuertes de Solocoeche y Larrinaga.
—¿Qué le parece a usted, amigo Fago? —dijo Ibarburu con desfallecimiento—. ¿Tomaremos esto? Antójaseme que es hueso muy duro para que podamos roerlo.
—Y tan duro... Fíjese usted además en los fuertes de la otra orilla, del lado de Abando... No se concibe mayor obcecación que la de esos señores áulicos, que han puesto la causa al borde de este abismo. Ya verán, ya verán lo que es bueno.
—¿Y no sería conveniente renunciar a batir los fuertes y entretenernos en arrojar bombas y granadas sobre el caserío para que se produjeran incendios y ruinas? De este modo el vecindario, lleno de terror, impondría la rendición.
—Esa barbarie no es militar, ni tampoco política, señor de Ibarburu, y pongo mi cabeza a que Zumalacárregui no ha de darle a usted gusto.
Siguieron observando toda la mañana. Los sitiadores atizaban candela; pero la plaza les contestaba con brío, y pasó el día sin que se viese resultado favorable a la santa causa. Bilbao continuaba impávido, deseando función más brillante y decisiva.
—Es seguro —dijo Ibarburu al bajar de Artagán— que mañana dispondrá don Tomás el asalto de San Agustín.