# Zalacaín El Aventurero (Historia de las buenas andanzas y fortunas de Martín Zalacaín el Aventurero)

## Part 9

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El carcelero le llevó la cena, y Martín le preguntó con empeño si no habían dispuesto nada respecto a él, si pensaban tenerlo encerrado sin motivo alguno.

El carcelero se encogió de hombros y se retiró en seguida tarareando.

Inmediatamente que Zalacaín se vió solo, puso manos a la obra.

Tenía la absoluta seguridad de poderse escapar. Sacó el cortaplumas y comenzó a cortar las dos mantas de arriba abajo. Hecho esto, fué atando las tiras una a otra hasta formar una cuerda de quince brazas. Era lo que necesitaba.

Después pensó dejar un recuerdo alegre y divertido en la cárcel. Cogió la cantarilla del agua y le puso su boina y la dejó envuelta en el trozo que quedaba de manta.

--Cuando se asome el carcelero podrá creer que sigo aquí durmiendo. Si gano con esto un par de horas, me pueden servir admirablemente para escaparme.

Contempló el bulto con una sonrisa, luego subió a la reja, ató un cabo de la cuerda a los dos barrotes y el otro extremo lo echó fuera poco a poco. Cuando toda la cuerda quedó a lo largo de la pared, pasó el cuerpo con mil trabajos por la abertura, que dejaba el barrote arrancado, y comenzó a descolgarse resbalándose por el muro.

Cruzó por delante de una ventana iluminada. Vió a alguien que se movía a través de un cristal. Estaba a cuatro o cinco metros de la calle, cuando oyó ruido de pasos. Se detuvo en su descenso y ya comenzaban a dejar de oirse los pasos cuando cayó a tierra, metiendo algún estrépito.

Uno de los nudos debía de haberse soltado porque le quedaba un trozo de cuerda entre los dedos. Se levantó.

--No hay avería. No me he hecho nada--se dijo--. Al pasar por cerca de la fuente de la plaza tiró el resto de la cuerda al agua. Luego, deprisa, se dirigió por la calle de la Rua.

Iba marchando volviéndose para mirar atrás, cuando vió a la luz de un farol que oscilaba colgando de una cuerda dos hombres armados con fusiles, cuyas bayonetas brillaban de un modo siniestro. Estos hombres sin duda le seguían. Si se alejaba iba a dar a la guardia de extra-muros. No sabiendo qué hacer y viendo un portal abierto, entró en él, y empujando suavemente la puerta, la cerró.

Oyó el ruido de los pasos de los hombres en la acera. Esperó a que dejaran de oirse, y cuando estaba dispuesto a salir, bajó una mujer vieja al zaguán y echó la llave y el cerrojo de la puerta.

Martín se quedó encerrado. Volvieron a oirse los pasos de los que le perseguían.

--No se van--pensó.

Efectivamente, no sólo no se fueron, sino que llamaron en la casa con dos aldabonazos.

Apareció de nuevo la vieja con un farol y se puso al habla con los de fuera sin abrir.

--¿Ha entrado aquí algún hombre?--preguntó uno de los perseguidores.

--No.

--¿Quiere usted verlo bien? Somos de la ronda.

--Aquí no hay nadie.

--Registre usted el portal.

Martín, al oir esto, agazapándose, salió del portal y ganó la escalera. La vieja paseó la luz del farol por todo el zaguán y dijo:

--No hay nadie, no, no hay nadie.

Martín pretendió volver al zaguán, pero la vieja puso el farol de tal modo que iluminaba el comienzo de la escalera. Martín no tuvo más remedio que retirarse hacia arriba y subir los escalones de dos en dos.

--Pasaremos aquí la noche--se dijo.

No había salida alguna. Lo mejor era esperar a que llegase el día y abriesen la puerta. No quería exponerse a que lo encontraran dentro estando la casa cerrada, y aguardó hasta muy entrada la mañana.

Serían cerca de las nueve cuando comenzó a bajar las escaleras cautelosamente. Al pasar por el primer piso vió en un cuarto muy lujoso, y extendido sobre un sofá, un uniforme de oficial carlista, con su boina y su espada. Tenía tal convencimiento Martín de que sólo a fuerza de audacia se salvaría, que se desnudó con rapidez, se puso el uniforme y la boina, luego se ciñó la espada, se echó el capote por encima y comenzó a bajar las escaleras, taconeando. Se encontró con la vieja de la noche anterior, y al verla la dijo:

--¿Pero no hay nadie en esta casa?

--¿Qué quería usted? No le había visto.

--¿Vive aquí el comandante don Carlos Ohando?

--No, señor, aquí no vive.

--¡Muchas gracias!

Martín salió a la calle, y embozado y con aire conquistador se dirigió a la posada en donde vivía Bautista.

--¡Tú!--exclamó Urbide--. ¿De dónde sales con ese uniforme? ¿Qué has hecho en todo en todo el día de ayer? Estaba intranquilo. ¿Qué pasa?

--Todo lo contaré. ¿Tienes el coche?

--Sí, pero...

--Nada, tráetelo en seguida, lo más pronto que puedas. Pero a escape.

Martín se sentó a la mesa y escribió con lápiz en un papel: «Querida hermana. Necesito verte. Estoy herido, gravísimo. Ven inmediatamente en el coche con mi amigo Zalacaín. Tu hermano, Carlos.»

Después de escribir el papel, Martín se paseó con impaciencia por el cuarto. Cada minuto le parecía un siglo. Dos horas larguísimas tuvo que estar esperando con angustias de muerte. Al fin, cerca de las doce, oyó un ruido de campanillas.

Se asomó al balcón. A la puerta aguardaba un coche tirado por cuatro caballos. Entre éstos distinguió Martín los dos jacos en cuyos lomos fueron desde Zumaya hasta Estella. El coche, un landó viejo y destartalado, tenía un cristal y uno de los faroles atado con una cuerda.

Bajó las escaleras Martín embozado en la capa, abrió la portezuela del coche, y dijo a Bautista:

--Al convento de Recoletas.

Bautista, sin replicar, se dirigió hacia el sitio indicado. Cuando el coche se detuvo frente al convento, Bautista, al salir Zalacaín, le dijo:

--¿Qué disparate vas a hacer? Reflexiona.

--¿Tú sabes cuál es el camino de Logroño?--preguntó Martín.

--Si.

--Pues toma por allá.

--Pero...

--Nada, nada, toma por allá. Al principio marcha despacio, para no cansar a los caballos, porque luego habrá que correr.

Hecha esta recomendación, Martín, muy erguido, se dirigió al convento.

--Aquí va a pasar algo gordo--se dijo Bautista preparándose para la catástrofe.

Llamó Martín, entró en el portal, preguntó a la hermana tornera por la señorita de Ohando y le dijo que necesitaba darle una carta. Le hicieron pasar al locutorio y se encontró allí con Catalina y una monja gruesa, que era la superiora. Las saludó profundamente y preguntó:

--¿La señorita de Ohando?

--Soy yo.

--Traigo una carta para usted de su hermano.

Catalina palideció y le temblaron las manos de la emoción. La superiora, una mujer gruesa, de color de marfil, con los ojos grandes y obscuros como dos manchas negras que le cogían la mitad de la cara, y varios lunares en la barbilla, preguntó:

--¿Qué pasa? ¿Qué dice ese papel?

--Dice que mi hermano está grave... que vaya--balbuceó Catalina.

--¿Está tan grave?--preguntó la superiora a Martín.

--Si, creo que sí.

--¿En dónde se encuentra?

--En una casa de la carretera de Logroño--dijo Martín.

--¿Hacia Azqueta quizá?

--Sí, cerca de Azqueta. Le han herido en un reconocimiento.

--Bueno. Vamos--dijo la superiora--. Que venga también el señor Benito el demandadero.

Martín no se opuso y esperó a que se preparasen para acompañarlas. Al salir los cuatro a tomar el coche y al verles Bautista desde lo alto del pescante, no pudo menos de hacer una mueca de asombro. El demandadero montó junto a él.

--Vamos--dijo Martín a Bautista.

El coche partió; la misma superiora bajó las cortinas y sacando un rosario comenzó a rezar. Recorrió el coche la calle Mayor, atravesó el puente del Azucarero, la calle de San Nicolás, y tomó por la carretera de Logroño.

Al salir del pueblo, una patrulla carlista se acercó al coche. Alguien abrió la portezuela y la volvió a cerrar en seguida.

--Va la madre superiora de las Recoletas a visitar a un enfermo--dijo el demandadero con voz gangosa.

El coche siguió adelante al trote lento de los caballos. Lloviznaba, la noche estaba negra, no brillaba ni una estrella en el cielo. Se pasó una aldea, luego otra.

--¡Qué lentitud!--exclamó la monja.

--Es que los caballos son muy malos--contestó Martín.

Pasaron deprisa otra aldea, y cuando no tenían delante ni atrás pueblos ni casas próximos, Bautista aminoró la marcha. Comenzaba a anochecer.

--¿Pero qué pasa?--dijo de pronto la superiora--. ¿No llegamos todavía?

--Pasa, señora--contestó Zalacaín--que tenemos que seguir adelante.

--¿Y por qué?

--Hay esa orden.

--¿Y quién ha dado esa orden?

--Es un secreto.

--Pues hagan el favor de parar el coche, porque voy a bajar.

--Si quiere usted bajar sola, puede usted hacerlo.

--No, iré con Catalina.

--Imposible.

La superiora lanzó una mirada furiosa a Catalina, y al ver que bajaba los ojos, exclamó:

--¡Ah! Estaban entendidos.

--Sí, estamos entendidos--contestó Martín--.Esta señorita es mi novia y no quiere estar en el convento, sino casarse conmigo.

--No es verdad, yo lo impediré.

--Usted no lo impedirá porque no podrá impedirlo.

La superiora se calló. Siguió el coche en su marcha pesada y monótona por la carretera. Era ya media noche cuando llegaron a la vista de Los Arcos.

Doscientos metros antes detuvo Bautista los caballos y saltó del pescante.

--Tú--le dijo a Zalacaín en vascuence--tenemos un caballo aspeado, si pudieras cambiarlo aquí...

--Intentaremos.

--Y si se pudieran cambiar los dos, sería mejor.

--Voy a ver. Cuidado con el demandadero y con la monja, que no salgan.

Desenganchó Martín los caballos y fué con ellos a la venta.

Le salió al paso una muchacha redondita, muy bonita y de muy mal humor. Le dijo Martín, lo que necesitaba, y ella replicó que era imposible, que el amo estaba acostado.

--Pues hay que despertarle.

Llamaron al posadero y éste presentó una porción de obstáculos, adujo toda clase de pretextos, pero al ver el uniforme de Martín se avino a obedecer y mandó despertar al mozo. El mozo no estaba.

--Ya ve usted, no está el mozo.

--Ayúdeme usted, no tenga usted mal genio--le dijo Martín a la muchacha tomándole la mano y dándole un duro--. Me juego la vida en esto.

La muchacha guardó el duro en el delantal, y ella misma sacó dos caballos de la cuadra y fué con ellos cantando alegremente:

La Virgen del Puy de Estella le dijo a la del Pilar: Si tú eres aragonesa yo soy navarra y con sal.

Martín pagó al posadero y quedó con él de acuerdo en el sitio en donde tenía que dejar los caballos en Logroño.

Entre Bautista, Martín y la moza, reemplazaron el tiro por completo. Martín acompañó a la muchacha, y cuando la vió sola la estrechó por la cintura y la besó en la mejilla.

--¡También usted es posma!--exclamó ella con desgarro.

--Es que usted es navarra y con sal y yo quiero probar de esa sal--replicó Martín.

--Pues tenga usted cuidado no le haga daño.

--¿Quién lleva usted en el coche?

--Unas viejas.

--¿Volverá usted por aquí?

--En cuanto pueda.

--Pues, adiós.

--Adiós, hermosa. Oiga usted. Si le preguntan por donde hemos ido diga usted que nos hemos quedado aquí.

--Bueno, así lo haré.

El coche pasó por delante de Los Arcos. Al llegar cerca de Sansol, cuatro hombres se plantaron en el camino.

--¡Alto!--gritó uno de ellos que llevaba un farol.

Martín saltó del coche y desenvainó la espada.

--¿Quién es?--preguntó.

--Voluntarios realistas--dijeron ellos.

--¿Qué quieren?

--Ver si tienen ustedes pasaporte.

Martín sacó salvoconducto y lo enseñó. Un viejo, de aire respetable, tomó el papel y se puso a leerlo.

--¿No vé usted que soy oficial?--preguntó Martín.

--No importa--replicó el viejo--. ¿Quién va adentro?

--Dos madres recoletas que marchan a Logroño.

--¿No saben ustedes que en Viana están los liberales?--preguntó el viejo.

--No importa, pasaremos.

--Vamos a ver a esas señoras--murmuró el vejete.

--¡Eh, Bautista! Ten cuidado--dijo Martín en vasco.

Descendió Urbide del pescante y tras él saltó el demandadero. El viejo jefe de la patrulla abrió la portezuela del coche y echó la luz del farol al rostro de las viajeras.

--¿Quiénes son ustedes?--preguntó la superiora con presteza.

--Somos voluntarios de Carlos VII.

--Entonces que nos detengan. Estos hombres nos llevan secuestradas.

No acababa de decir esto cuando Martín dió una patada al farol que llevaba el viejo, y después de un empujón echó al anciano respetable a la cuneta de la carretera. Bautista arrancó el fusil a otro de la ronda, y el demandadero se vió acometido por dos hombres a la vez.

--¡Pero si yo no soy de estos. Yo soy carlista--gritó el demandadero.

Los hombres, convencidos, se echaron sobre Zalacaín, éste cerró contra los dos; uno de los voluntarios le dió un bayonetazo en el hombro izquierdo, y Martín, furioso por el dolor, le tiró una estocada que le atravesó de parte a parte.

La patrulla se había declarado en fuga, dejando un fusil en el suelo.

--¿Estás herido?--preguntó Bautista a su cuñado.

--Sí, pero creo que no es nada. Hala, vámonos.

--¿Llevamos este fusil?

--Sí, quítale la cartuchera a ese que yo he tumbado, y vamos andando.

Bautista entregó un fusil y una pistola a Martín.

--Vamos, ¡adentro!--dijo Martín al demandadero.

Éste se metió temblando en el coche que partió, llevado al galope por los caballos. Pasaron por en medio de un pueblo. Algunas ventanas se abrieron y salieron los vecinos, creyendo sin duda que pasaba un furgón de artillería. A la media hora Bautista se paró. Se había roto una correa y tuvieron que arreglarla, haciéndole un agujero con el cortaplumas. Estaba cayendo un chaparrón que convertía la carretera en un barrizal.

--Habrá que ir más despacio--dijo Martín.

Efectivamente, comenzaron a marchar más despacio, pero al cabo de un cuarto de hora se oyó a lo lejos como un galope de caballos. Martín se asomó a la ventana; indudablemente los perseguían.

El ruido de las herraduras se iba acercando por momentos.

--¡Alto! ¡Alto!--se oyó gritar.

Bautista azotó los caballos y el coche tomó una una carrera vertiginosa. Al llegar a las curvas, el viejo landó se torcía y rechinaba como si fuera a hacerse pedazos. La superiora y Catalina rezaban; el demandadero gemía en el fondo del coche.

--¡Alto! ¡Alto!--gritaron de nuevo.

--¡Adelante, Bautista! ¡Adelante!--dijo Martín, sacando la cabeza por la ventanilla.

En aquel momento sonó un tiro, y una bala pasó silbando a poca distancia. Martín cargó la pistola, vió un caballo y un ginete que se acercaban al coche, hizo fuego y el caballo cayó pesadamente al suelo. Los perseguidores dispararon sobre el coche que fué atravesado por las balas. Entonces Martín cargó el fusil y, sacando el cuerpo por la ventanilla, comenzó a hacer disparos atendiendo al ruido de las pisadas de los caballos; los que les seguían disparaban también, pero la noche estaba negra y ni Martín ni los perseguidores afinaban la puntería. Bautista, agazapado en el pescante, llevaba los caballos al galope; ninguno de los animales estaba herido, la cosa iba bien.

Al amanecer cesó la persecución. Ya no se veía a nadie en la carretera.

--Creo que podemos parar--gritó Bautista--. ¿Eh? Llevamos otra vez el tiro roto. ¿Paramos?

--Sí, para--dijo Martín--; no se ve a nadie.

Paró Bautista, y tuvieron que componer de nuevo otra correa.

El demandadero rezaba y gemía en el coche; Zalacaín le hizo salir de dentro a empujones.

--Anda, al pescante--le dijo--. ¿Es que tú no tienes sangre en las venas, sacristán de los demonios?--le preguntó.

--Yo soy pacífico y no me gusta mezclarme en estas cosas ni hacer daño a nadie--contestó refunfuñando.

--¿No serás tú una monja disfrazada?

--No, soy un hombre.

--¿No te habrás equivocado?

--No, soy un hombre, un pobre hombre, si le parece a usted mejor.

--Eso no impedirá que te metan unas píldoras de plomo en esa grasa fría que forma tu cuerpo.

--¡Qué horror!

--Por eso debes comprender, hombre linfático, que cuando se encuentra uno en el caso de morir o de matar, no puede uno andarse con tonterías ni con rezos.

Las palabras rudas de Martín reanimaron un poco al demandadero.

Al subir Bautista al pescante, le dijo Martín:

--¿Quieres que guíe yo ahora?

--No, no. Yo voy bien. Y tú, ¿cómo tienes la herida?

--No debe de ser nada.

--¿Vamos a verla?

--Luego, luego; no hay que perder tiempo.

Martín abrió la portezuela, y, al sentarse, dirigiéndose a la superiora, dijo:

--Respecto a usted, señora, si vuelve usted a chillar, la voy a atar a un árbol y a dejarla en la carretera.

Catalina, asustadísima, lloraba. Bautista subió al pescante y el demandadero con él. Comenzó el carruaje a marchar despacio, pero, al poco tiempo, volvieron a oirse como pisadas de caballos.

Ya no quedaban municiones; los caballos del coche estaban cansados.

--Vamos, Bautista, un esfuerzo--grito Martín, sacando la cabeza por la ventanilla--. ¡Así! Echando chispas.

Bautista, excitado, gritaba y chasqueaba el látigo. El coche pasaba con la rapidez de una exhalación, y pronto dejó de oirse detrás el ruido de pisadas de caballos.

Ya estaba clareando; nubarrones de plomo corrían a impulsos del viento, y en el fondo del cielo rojizo y triste del alba se adivinaba un pueblo en un alto. Debía de ser Viana.

Al acercarse a él, el coche tropezó con una piedra, se soltó una de las ruedas, la caja se inclinó y vino a tierra. Todos los viajeros cayeron revueltos en el barro. Martín se levantó primero y tomó en brazos a Catalina.

--¿Tienes algo?--la dijo.

--No, creo que no--contestó ella, gimiendo.

La superiora se había hecho un chichón en la trente y el demandadero dislocado una muñeca.

--No hay averías importantes--dijo Martín--.¡Adelante!

Los viajeros entonaban un coro de quejas y de lamentos.

--Desengancharemos y montaremos a caballo--dijo Bautista.

--Yo no. Yo no me muevo de aquí--replicó la superiora.

La llegada del coche y su batacazo no habían pasado inadvertidos, porque, pocos momentos después, avanzó del lado de Viana media compañía de soldados.

--Son los _guiris_--dijo Bautista a Martín.

--Me alegro.

La media compañía se acercó al grupo.

--¡Alto!--gritó el sargento--. ¿Quién vive?

--España.

--Daos prisioneros.

--No nos resistimos.

El sargento y su tropa quedaron asombrados, al ver a un militar carlista, a dos monjas y a sus acompañantes llenos de barro.

--Vamos hacia el pueblo--les ordenaron.

Todos juntos, escoltados por los soldados, llegaron a Viana.

Un teniente que apareció en la carretera, preguntó:

--¿Qué hay, sargento?

--Traemos prisioneros a un general carlista y a dos monjas.

Martín se preguntó por qué le llamaba el sargento general carlista; pero, al ver que el teniente le saludaba, comprendió que el uniforme, cogido por él en Estella, era de un general.

CAPÍTULO XIII

CÓMO LLEGARON A LOGROÑO Y LO QUE LES OCURRIÓ

Hicieron entrar a todos en el cuerpo de guardia, en donde, tendidos en camastros, dormían unos cuantos soldados, y otros se calentaban al calor de un gran brasero. Martín fué tratado con mucha consideración por su uniforme. Rogó al oficial le dejara estar a Catalina a su lado.

--¿Es la señora de usted?

--Sí, es mi mujer.

El oficial accedió y pasó a los dos a un cuarto destartalado que servía para los oficiales.

La superiora, Bautista y el demandadero, no merecieron las mismas atenciones y quedaron en el cuartelillo.

Un sargento viejo, andaluz, se amarteló con la superiora y comenzó a echaría piropos de los clásicos; la dijo que tenía _loz ojoz_ como _doz luceroz_ y que se parecía a la Virgen de _Conzolación_ de Utrera, y le contó otra porción de cosas del repertorio de los almanaques.

A Bautista le dieron tal risa los piropos del andaluz, que comenzó a reirse con una risa contenida.

--A ver _zi_ te _callaz_; cochino carca--le dijo el sargento.

--Si yo no digo nada--replicó Bautista.

--_Zi_ te _siguez_ riendo _azí_, te voy a _clavá_ como a un _zapo_.

Bautista tuvo que ir a un rincón a reirse, y la superiora y el sargento siguieron su conversación.

Al mediodía llegó un coronel, que al ver a Martín le saludó militarmente. Martín le contó sus aventuras, pero el coronel al oírlas frunció las cejas.

--A estos militares--pensó Martín--no les gusta que un paisano haga cosas más difíciles que las suyas.

--Irán ustedes a Logroño y allí veremos si identifican su personalidad. ¿Qué tiene usted? ¿Está usted herido?

--Sí.

--Ahora vendrá el físico a reconocerle.

Efectivamente, llegó un doctor que reconoció a Martín, le vendó, y redujo la dislocación del mandadero, que gritó y chilló como un condenado. Después de comer trajeron los caballos del coche, les obligaron a montar en ellos, y custodiados por toda compañía tomaron el camino de Logroño.

Al llegar cerca del puente sobre el Ebro, una porción de lavanderas y de mujeres de carabineros salieron a ver la extraña comitiva, y varias de ellas comenzaron a cantar, sobre todo dirigiéndose a la monja:

Ahora sí que estarás contentona Carlistona, mandilona; Ahora sí que estarás contentón Carlistón, mandilón, cobardón.

La pobre superiora estaba lívida de rabia. Martín y Bautista se miraban con cierto cómico estupor.

En Logroño pararon en el cuartel y un oficial hizo subir a Martín a ver al general. Le contó Zalacaín sus aventuras, y el general le dijo:

--Si yo tuviera la seguridad de que lo que me dice usted es cierto, inmediatamente dejaría libre a usted y a sus compañeros.

--¿Y yo cómo voy a probar la verdad de mis palabras?

--¡Si pudiera usted identificar su persona! ¿No conoce usted aquí a nadie? ¿Algún comerciante?

--No.

--Es lástima.

--Sí, sí, conozco a una persona--dijo de pronto Martín--, conozco a la señora de Briones y a su hija.

--¿Y el capitán Briones, también lo conocerá usted?

--También.

--Pues lo voy a llamar; dentro de un momento estará aquí.

El general mandó un ayudante suyo, y media hora después estaba el capitán Briones, que reconoció a Martín. El general los dejó a todos libres.

Martín, Catalina y Bautista iban a marcharse juntos, a pesar de la oposición de la superiora, cuando el capitán Briones dijo:

--Amigo Zalacaín, mi madre y mi hermana exigen que vaya usted a comer con ellas.

Martín explicó a su novia como no le era posible desatender la invitación, y dejando a Bautista y a Catalina fué en compañía del oficial.

La casa de la señora de Briones estaba en una calle céntrica, con soportales.

Rosita y su madre recibieron a Martín con grandes muestras de amistad. La aventura de su llegada a Logroño con un una señorita y una monja había corrido por todas partes.

Madre é hija le preguntaron un sin fin de cosas, y Martín tuvo que contar sus aventuras.

--¡Pero qué muchacho!--decía doña Pepita, haciéndose cruces--. Usted es un verdadero diablo.

Después de comer vinieron unas señoritas amigas de Rosa Briones, y Martín tuvo que contar de nuevo sus aventuras. Luego se habló de sobremesa y se cantó. Martín pensaba: ¿Qué hará Catalina? Pero luego se olvidaba con la conversación.

Doña Pepita dijo que su hija había tenido el capricho de aprender la guitarra é incitó a Rosita para que cantara.

--Sí, canta--dijeron las demás muchachas.

--Sí, cante usted--añadió Zalacaín.

Rosita sacó la guitarra y cantó algunas canciones, acompañándose con ella, y luego, como en honor de Martín, entonó un zortzico con letra castellana, que comenzaba así:

Aunque la oración suene Yo no me voy de aquí; La del pañuelo rojo Loco me ha vuelto a mí.

Y el estribillo de la canción era:

Aufa que el campanero La oración va a tocar, Aufa que yo te quiero _Maitia, maitia_, ven acá.

Y Rosita, al cantar esto, miraba a Martín de tal manera con los ojos brillantes y negros, que él se olvidó de que le esperaba Catalina.

Cuando salió de casa de la señora de Briones, eran cerca de las once de la noche. Al encontrarse en la calle comprendió su falta brutal de atención. Fué a buscar a su novia, preguntando en los hoteles. La mayoría estaban cerrados. En uno del Espolón le dijeron: «Aquí ha venido una señorita, pero está descansando en su cuarto.»

--¿No podría usted avisarla?

--No.

Bautista tampoco parecía.

Sin saber qué hacer, volvió Martín a los soportales y se puso a pasear por ellos. Si no fuera por Catalina--pensó--era capaz de quedarme aquí y ver si Rosita Briones está de veras por mí, como parece.

