Zalacaín El Aventurero (Historia de las buenas andanzas y fortunas de Martín Zalacaín el Aventurero)

Part 8

Chapter 8 4,079 words Public domain Markdown

--¡Ja! ¡Ja! Es usted un hombre extraordinario.

--Es que lo digo porque lo creo.

Yo también lo creo, y siento que no tenga usted los quinientos hombres. ¿Y que decía usted de la gente del Ebro?

--Nada, que han decidido ellos mismos que son los únicos francos, los únicos leales, porque hablan muy en bruto y cantan la jota.

--¿De manera que para usted este canto es como una falsificación del valor y de la energía?

--Sí, algo así.

--Está bien. Lo diré en mi próxima crónica. ¿No le parece a usted mal que me sirva de sus opiniones?

--De ningún modo, porque a mí no me sirven para nada.

Siguieron paseando, pero al alejarse un poco, un centinela les dió el alto y volvieron a la plaza. Se hallaba ésta solitaria.

Dieron varias vueltas y un sereno les saludó y les dijo:

--¿Qué hacen ustedes aquí?

--¿No se puede pasear?--preguntó Zalacaín.

--Hombre, sí; pero no es una hora muy a propósito.

--Es que hemos cenado tarde y estábamos dando una vuelta--dijo el extranjero--no quisiéramos acostarnos tan pronto.

--¿Por qué no van ustedes allí?--dijo el sereno, señalando los balcones de una casa que brillaban iluminados.

--¿Qué es lo que hay allí?--preguntó Martín.

--El Casino--contestó el sereno.

--¿Y qué hacen ahora?--dijo el extranjero.

--Estarán jugando.

Se despidieron del vigilante nocturno y dejaron la plaza.

Después, dando un rodeo, salieron al paseo de Los Llanos. Una campana de un convento comenzó a tocar.

--Juego, campanas, carlismo y jota. ¡Qué español es esto, mi querido Martín!--dijo el extranjero.

--Pues yo también soy español y todo eso me es muy antipático--contestó Martín.

--Sin embargo, son los caracteres que constituyen la tradición de su país--dijo el extranjero.

--Mi país es el monte--contestó Zalacaín.

CAPÍTULO X

CÓMO TRANSCURRIÓ EL SEGUNDO DÍA EN ESTELLA

Conformes Martín y Bautista, se encontraron en la plaza. Martín consideró que no convenía que le viesen hablar con su cuñado, y para decir lo hecho por él la noche anterior escribió en un papel su entrevista con el general.

Luego se fué a la plaza. Tocaba la charanga. Había unos soldados formados. En el balcón de una casa pequeña, enfrente de la iglesia de San Juan, estaba don Carlos con algunos de sus oficiales.

Esperó Martín a ver a Bautista y cuando le vió le dijo:

--Que no nos vean juntos--y le entregó el papel.

Bautista se alejó, y poco después se acercó de nuevo a Martín y le dió otro pedazo de papel.

--¿Qué pasará?--se dijo Martín.

Se fué de la plaza, y cuando se vió solo, leyó el papel de Bautista que decía:

_Ten cuidado. Está aquí el Cacho de sargento. No andes por el centro del pueblo_.

La advertencia de Bautista la consideró Martín de gran importancia. Sabía que el Cacho le odiaba y que colocado en una posición superior, podía vengar sus antiguos rencores con toda la saña de aquel hombre pequeño, violento y colérico.

Martín pasó por el puente del Azucarero contemplando el agua verdosa del río. Al llegar a la plazoleta donde comienza la Rua Mayor del pueblo viejo, Martín se detuvo frente al palacio del duque de Granada, convertido en cárcel, a contemplar una fuente con un león tenante en medio, en cuyas garras sujeta un escudo de Navarra.

Estaba allí parado, cuando vió que se le acercaba el extranjero.

--¡Hola, querido Martín!--le dijo.

--¡Hola! ¡Buenos días!

--¿Va usted a echar un vistazo por este viejo barrio?

--Sí.

--Pues iré con usted.

Tomaron por la Rua Mayor, la calle principal del pueblo antiguo. A un lado y a otro se levantaban hermosas casas de piedra amarilla, con escudos y figuras tallados.

Luego, terminada la Rua, siguieron por la calle de Curtidores. Las antiguas casas solariegas mostraban sus grandes puertas cerradas; en algunos portales, convertidos en talleres de curtidores, se veían filas de pellejos colgados y en el fondo el agua casi inmóvil del río Ega, verdosa y turbia.

Al final de esta calle se encontraron con la iglesia del Santo Sepulcro y se pararon a contemplarla. A Martín le pareció aquella portada de piedra amarilla, con sus santos desnarigados a pedradas, una cosa algo grotesca, pero el extranjero aseguró que era magnífica.

--¿De veras?--preguntó Martín.

--¡Oh! ¡Ya lo creo!

--¿Y la habrá hecho la gente de aquí?--preguntó Martín.

--¿Le parece a usted imposible que los de Estella hagan una cosa buena?--preguntó riendo el extranjero.

--¡Qué sé yo! No me parece que en este pueblo se haya inventado la pólvora.

En una calle transversal, las paredes de las antiguas casas hidalgas derrumbadas servían de cerca para los jardines. No se alejaron más porque a pocos pasos estaba ya la guardia. Volvieron y subieron a San Pedro de la Rua, iglesia colocada en un alto, a la cual se llegaba por unas escaleras desgastadas, entre cuyas losas crecía la hierba.

--Sentémonos aquí un momento--dijo el extranjero.

--Bueno, como usted quiera.

Desde allí se veía casi todo Estella, y los montes que le rodean, abajo el tejado de la cárcel y en un alto la ermita del Puy. Una vieja limpiaba las escaleras de piedra de la iglesia con una escoba y cantaba a voz en grito:

¡Adiós los Llanos de Estella. San Benito y Santa Clara, Convento de Recoletos donde yo me paseaba!

--Ya ve usted--dijo el extranjero--que, aunque a usted le parezca este pueblo tan desagradable, hay gente que le tiene cariño.

--¿Quién?--dijo Martín.

--El que ha inventado esa canción.

--Era un hombre de mal gusto.

La vieja se acercó al extranjero y a Martín y entabló conversación con ellos. Era una mujer pequeña, de ojos vivos y tez tostada.

--¿Usted será carlista? ¿Eh?--le preguntó el extranjero.

--Ya lo creo. En Estella todos somos carlistas y tenemos la seguridad de que vendrá don Carlos con ayuda de Dios.

--Sí, es muy probable.

--¿Cómo probable?--exclamó la vieja--. Es seguro. ¿Usted no será de aquí?

--No, no soy español.

--Ah, vamos.

Y la vieja, después de mirarle con curiosidad, siguió barriendo las escaleras.

--Creo que le ha tenido a usted lástima al saber que no es usted español--dijo Martín.

--Sí, parece que sí--contestó el extranjero--. La verdad es que es triste que por ese estúpido hombre guapo se mate esta pobre gente.

--¿Por quién lo dice usted, por don Carlos?--preguntó Martín.

--Sí.

--¿Usted también cree que no es hombre de talento?

--¡Qué va a ser! Es un tipo vulgar sin ninguna condición. Luego, no tiene idea de nada. Hablé con él cuando el bombardeo de Irún, y no se puede usted figurar nada más plano y más opaco.

--Pues no lo diga usted por ahí, porque le hacen a usted pedazos. Estos bestias están dispuestos a morir por su rey.

--Oh, no lo diría. Además ¿para qué? No había de convencer a nadie; unos son fanáticos y otros aventureros y ninguno está dispuesto a dejarse persuadir. Pero no crea usted que todos tienen un gran respeto ni por don Carlos ni por sus generales. ¿No ha oído usted en la posada que hablan algunas veces de don Bobo? pues se refieren al Pretendiente.

Vieron el extranjero y Martín las otras iglesias del pueblo, la Peña de los Castillos y la parroquia de Santa María, y volvieron a comer.

Afortunadamente, el viejecillo antipático no se sentaba a la mesa y en cambio estaban un legitimista francés, el conde de Haussonville, de la legación extranjera, y un joven comandante carlista llamado Iceta.

El conde de Haussonville fué la alegría de la mesa. El conde, hombre de unos cuarenta años, alto, grueso, derecho, rubio, hablaba en un castellano grotesco.

Lo verdaderamente gracioso de Haussonville era su apetito voraz. Todo lo que le daban de comer no le servía más que de aperitivo. Había venido desde Caspe llevando prisionero a un brigadier valenciano carlista a que conpareciera ante el Estado Mayor de don Carlos, y contaba su expedición de tal manera que hacía morirse de risa a todos.

Explicó su estancia en un pueblo, con el batallón metido en una iglesia, sin poder moverse por estar los caminos intransitables por la nieve, no comiendo más que habichuelas y teniendo por retrete un confesionario, y dió tales detalles, que todo el mundo reía a carcajadas.

--Un día, sobre todo, nos trajeron sidra--dijo el francés--y entre la sidra y las habichuelas se nos armó una, que tuvimos que hacer cola delante del confesionario. Pocas veces se ha visto una congregación de fieles tan apenados para entrar en el confesionario como nosotros. Jefes y soldados íbamos con gran dolor de corazón a cantar nuestra canción de las habichuelas a la pequeña garita del señor cura.

Después de maldecir de la alimentación leguminosa y de la alimentación _patatosa_, habló del resto del viaje.

Cada pueblo del tránsito le parecía una estación de calvario para su estómago hambriento; recordaba las aldeas por lo que había comido, o mejor dicho, por lo que había ayunado; aquí habían dado por toda comida un caldo de berzas, allá por cena una colación de verduras cocidas; y para colmo de desdichas, estaba alojado en Estella en casa de unas viejas solteronas y por la mañana le daban chocolate con agua, por la tarde cocido, y de noche una sopa de ajo infame.

--Y siempre, siempre, poco--decía Haussonville, levantando los brazos al cielo.

Iceta era un aventurero. Había estado al principio en la guerra, luego se fué a una república americana, tomó parte en una revolución y después, expulsado de allí por rebelde, volvía al ejército carlista, en donde estaba ya violento y deseando marcharse.

Siguiéndole a todas partes como amigo y asesor, iba un antiguo criado suyo que se llamaba Asensio, pero a quien se le conocía por estos dos motes: Asensio Lapurrá (Asensio el Ladrón) y Asenchio Araguiarrapatzallia (Asensio el decomisador de carne).

Este mote lo debía Asensio a haber sido consumero en su pueblo.

Asensio era graciosísimo hablando castellano; no había palabra que empleara bien.

Siempre que tenía que decir andamos, decía andemos; y al contrario, empleaba vaiga por vaya, y hagáis por haced.

La conversación entre el conde de Haussonville y Asenchio Lapurrá era de lo más dislocada y pintoresca.

--Si aquí hubiera un buen _quenerral_--decía Haussonville--la _querra_ estaba resuelta.

--_Pueda, pueda_ que sí--contestaba Asensio.

--No saben _manecar_ un grande _equercito_, amigo Asensio.

--Si _supieseis_ de _tática_, otra cosa sería.

Martín y el extranjero intimaron con Haussonville, con Iceta y con Asenchio Lapurrá y se rieron a carcajadas con los mil quidprocuos que resultaban en la conversación del francés y del vasco.

Asensio había estado en Cuba algún tiempo, de soldado, y contó anécdotas de aquella tierra. Lo que más le gustaba era hablar de los chinos.

--Son de _mal_ intención, pero buenos cocineros, eso si. _Digáis_ a un chino que os haga un arroz. Os hace una cosa _manífica_. Es gente _raro_. Luego se ponen a _chun, chun, chun_. ¿Y entenderles? nada. ¿A nosotros? Rabia nos tenían. Y al que cogían _la_ martirizaban. ¡Pse! Nosotros _tamíen_ algunos _matemos_.

Martín se reía a carcajadas con las explicaciones de Asenchio Lapurrá.

Después de comer en la posada, Martín, el extranjero, Iceta, Haussonville y Asensio fueron a un café de la plaza, donde estuvieron hablando. Había ejercicios espirituales en la iglesia de San Juan, y una porción de beatos y de oficiales carlistas iban a la iglesia.

--¡Qué país!--dijo Haussonville--la gente no hace más que ir a la iglesia. Todo es para el señor cura: las buenas comidas, las buenas chicas... Aquí no hay nada que hacer, todo para el señor cura.

Iceta y Haussonville contemplaban con desprecio aquel tropel de gente que se encaminaba hacia la iglesia.

--¡Bestias!--exclamaba Iceta dando puñetazos en la mesa--. No quisiera más que poder ametrallarlos.

El francés murmuraba como diciéndoselo a sí mismo:

--¡España! ¡España! _¡Jamais de la vie!_ Mucha hidalguía, mucha misa, mucha jota, pero poco alimento.

--La guerra--añadía Asensio, metiendo la cucharada--es cosa nada _bueno_.

CAPÍTULO XI

CÓMO LOS ACONTECIMIENTOS SE ENREDARON, HASTA EL PUNTO DE QUE MARTÍN DURMIÓ EL TERCER DÍA DE ESTELLA EN LA CÁRCEL.

Al día siguiente, por la noche, iba a acostarse Martín, cuando la posadera le llamó y le entregó una carta, que decía:

«Preséntese usted mañana de madrugada en la ermita del Puy, en donde se le devolverán las letras ya firmadas. El General en Jefe.» Debajo había una firma ilegible.

Martín se metió la carta en el bolsillo, y viendo que la posadera no se marchaba de su cuarto, le preguntó:

--¿Quería usted algo?

--Sí; nos han traído dos militares heridos y quisiéramos el cuarto de usted para uno de ellos. Si usted no tuviera inconveniente, le trasladaríamos abajo.

--Bueno, no tengo inconveniente.

Bajó a un cuarto del piso principal, que era una sala muy grande con dos alcobas. La sala tenía en medio un altar, iluminado con unas lámparas tristes de aceite. Martín se acostó; desde su cama veía las luces oscilantes, pero estas cosas no influían en su imaginación, y quedó dormido.

Era más de media noche, cuando se despertó algo sobresaltado. En la alcoba próxima se oían quejas, alternando con voces de ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Jesús mío!

--¡Qué demonio será esto!--pensó Martín.

Miró el reloj. Eran las tres. Se volvió a tender en la cama, pero con los lamentos no se pudo dormir y le pareció mejor levantarse. Se vistió y se acercó a la alcoba próxima, y miró por entre las cortinas. Se veía vagamente a un hombre tendido en la cama.

--¿Qué le pasa a usted?--preguntó Martín.

--Estoy herido--murmuró el enfermo.

--¿Quiere usted alguna cosa?

--Agua.

A Martín le dió la impresión de conocer esta voz. Buscó por la sala una botella de agua, y como no había en el cuarto, fué a la cocina. Al ruido de sus pasos, la voz de la patrona preguntó:

--¿Qué pasa?

--El herido que quiere agua.

--Voy.

La patrona apareció en enaguas, y dijo, entregando a Martín una lamparilla:

--Alumbre usted.

Tomaron el agua y volvieron a la sala. Al entrar en la alcoba, Martín levantó el brazo, con lo que iluminó el rostro del enfermo y el suyo. El herido tomó el vaso en la mano, é incorporándose y mirando a Martín comenzó a gritar:

--¿Eres tú? ¡Canalla! ¡Ladrón! ¡Prendedle! ¡Prendedle!

El herido era Carlos Ohando.

Martín dejó la lamparilla sobre la mesa de noche.

--Márchese usted--dijo la patrona--. Está delirando.

Martín sabía que no deliraba; se retiró a la sala y escuchó, por si Carlos contaba alguna cosa a la patrona. Martín esperó en su alcoba. En la sala, debajo del altar, estaba el equipaje de Ohando, consistente en un baúl y una maleta. Martín pensó que quizá Carlos guardara alguna carta de Catalina, y se dijo:

--Si esta noche encuentro una buena ocasión, descerrajaré el baúl.

--No la encontró. Iban a dar las cuatro de la mañana, cuando Martín, envuelto en su capote, se marchó hacia la ermita del Puy. Los carlistas estaban de maniobras. Llegó al campamento de don Carlos, y, mostrando su carta, le dejaron pasar.

--El Señor está con dos Reverendos Padres--le advirtió un oficial.

--Vayan al diablo el Señor y los Reverendos Padres--refunfuñó Zalacaín--. La verdad es que este rey es un rey ridículo.

Esperó Martín a que despachara el Señor con los Reverendos, hasta que el rozagante Borbón, con su aire de hombre bien cebado, salió de la ermita, rodeado de su Estado Mayor. Junto al Pretendiente iba una mujer a caballo, que Martín supuso sería doña Blanca.

--Ahí está el Rey. Tiene usted que arrodillarse y besarle la mano--dijo el oficial.

Zalacaín no replicó.

--Y darle el título de Majestad.

Zalacaín no hizo caso.

Don Carlos no se fijó en Martín y éste se acercó al general, quien le entregó las letras firmadas. Zalacaín las examinó. Estaban bien.

En aquel momento, un fraile castrense, con unos gestos de energúmeno, comenzó a arengar a las tropas.

Martín, sin que lo notara nadie, se fué alejando de allí y bajó al pueblo corriendo. El llevar en su bolsillo su fortuna, le hacía ser más asustadizo que una liebre.

A la hora en que los soldados formaban en la plaza, se presentó Martín y, al ver a Bautista, le dijo:

--Vete a la iglesia y allí hablaremos.

Entraron los dos en la iglesia, y en una capilla obscura se sentaron en un banco.

--Toma las letras--le dijo Martín a Bautista--. ¡Guárdalas!

--¿Te las han dado ya firmadas?

--Sí.

--Hay que prepararse a salir de Estella en seguida.

--No sé si podremos--dijo Bautista.

--Aquí estamos en peligro. Además del Cacho, se encuentra en Estella Carlos Ohando.

--¿Cómo lo sabes?

--Porque le he visto.

--¿En dónde?

--Está en mi casa herido.

--¿Y te ha visto él?

--Sí.

--Claro, están los dos--exclamó Bautista.

--¿Cómo los dos? ¿Qué quieres decir con eso?

--¿Yo? Nada.

--¿Tú sabes algo?

--No, hombre, no.

--O me lo dices, o se lo pregunto al mismo Carlos Ohando. ¿Es que está aquí Catalina?

--Sí, está aquí.

--¿De veras?

--Sí.

--¿En dónde?

--En el convento de Recoletas.

--¡Encerrada! ¿Y cómo lo sabes tú?

--Porque la he visto.

--¡Qué suerte! ¿La has visto?

--Sí. La he visto y la he hablado.

--¡Y eso querías ocultarme! Tú no cres amigo mío, Bautista.

Bautista protestó.

--¿Y ella sabe que estoy aquí?

--Sí, lo sabe.

--¿Cómo se puede verla?--dijo Zalacaín.

--Suele bordar en el convento, cerca de la ventana, y por la tarde sale a pasear a la huerta.

--Bueno. Me voy. Si me ocurre algo, le diré a ese señor extranjero que vaya a avisarte. Mira a ver si puedes alquilar un coche para marcharnos de aquí.

--Lo veré.

--Lo más pronto que puedas.

--Bueno.

--Adiós.

--Adiós y prudencia.

Martín salió de la iglesia, tomó por la calle Mayor hacia el convento de las Recoletas, paseó arriba y abajo, horas y horas sin llegar a ver a Catalina. Al anochecer tuvo la suerte de verla asomada a una ventana. Martín levantó la mano, y su novia, haciendo como que no le conocía, se retiró de la ventana. Martín quedó helado; luego Catalina volvió a aparecer y lanzó un ovillo de hilo casi a los pies de Martín. Zalacaín lo recogió; tenía dentro un papel que decía: «A las ocho podemos hablar un momento. Espera cerca de la puerta de la tapia.» Martín volvió a la posada, comió con un apetito extraordinario y a las ocho en punto estaba en la puerta de la tapia esperando. Daban las ocho en el reloj de las iglesias de Estella, cuando Martín oyó dos golpecitos en la puerta, Martín contestó del mismo modo.

--¿Eres tu, Martín?--preguntó Catalina en voz baja.

--Sí, soy yo. ¿No nos podemos ver?

--Imposible.

--Yo me voy a marchar de Estella. ¿Querrás venir conmigo?--pregunto Martín.

--Sí; pero ¡cómo salir de aquí!

--¿Estás dispuesta a hacer todo lo que yo te diga?

--Si.

--¿A seguirme a todas partes?

--A todas partes.

--¿De veras?

--Aunque sea a morir. Ahora, vete. ¡Por Dios! No nos sorprendan.

Martín se había olvidado de todos sus peligros; marchó a su casa y sin pensar en espionajes entró en la posada a ver a Bautista y le abrazó con entusiasmo.

--Pasado mañana--dijo Bautista--tenemos el coche.

--¿Lo has arreglado todo?

--Sí.

Martín salió de casa de su cuñado silbando alegremente. Al llegar cerca de su posada, dos serenos que parecían estar espiándole se le acercaron y le mandaron callar de mala manera.

--¡Hombre! ¿No se puede silbar?--preguntó Martín.

--No, señor.

--Bueno. No silbaré.

--Y si replica usted, va usted a la cárcel.

--No replico.

--¡Hala! ¡Hala! A la cárcel.

Zalacaín vió que buscaban un pretexto para encerrarle y aguantó los empellones que le dieron, y en medio de los dos serenos entró en la cárcel.

CAPÍTULO XII

EN QUE LOS ACONTECIMIENTOS MARCHAN AL GALOPE

Entregaron los serenos a Martín en manos del alcaide, y éste le llevó hasta un cuarto obscuro con un banco y una cantarilla para el agua.

--Demonio--exclamó Martín--, aquí hace mucho frío. ¿No hay sitio dónde dormir?

--Ahí tiene usted el banco.

--¿No me podrían traer un jergón y una manta para tenderme?

--Si paga usted...

--Pagaré lo que sea. Que me traigan un jergón y dos mantas.

El alcaide se fué, dejando a obscuras a Martín, y vino poco después con un jergón y las mantas pedidas. Le dió Martín un duro, y el carcelero, amansado, le preguntó:

--¿Qué ha hecho usted para que le traigan aquí?

--Nada. Venía distraído silbando por la calle. Y me ha dicho el sereno: «No se silba.» Me he callado, y sin más ni más, me han traído a la cárcel.

--¿Usted no se ha resistido?

--No.

--Entonces será por otra cosa por lo que le han encerrado.

Martín dijo que así se lo figuraba también él. Le dió las buenas noches el carcelero; contestó Zalacaín amablemente, y se tendió en el suelo.

--Aquí estoy tan seguro como en la posada--se dijo--. Allí me tienen en sus manos, y aquí también, luego estoy igual. Durmamos. Veremos lo que se hace mañana.

A pesar de que su imaginación se le insubordinaba, pudo conciliar el sueño y descansar profundamente.

Cuando despertó, vió que entraba un rayo de sol por una alta ventana iluminando el destartalado zaquizamí. Llamó a la puerta, vino el carcelero, y le preguntó:

--¿No le han dicho a usted por qué estoy preso?

--No.

--¿De manera que me van a tener encerrado sin motivo?

--Quizá sea una equivocación.

--Pues es un consuelo.

--¡Cosas de la vida! Aquí no le puede pasar a usted nada.

--¡Si le parece a usted poco estar en la cárcel!

--Eso no deshonra a nadie.

Martín se hizo el asustadizo y el tímido, y preguntó:

--¿Me traerá usted de comer?

--Sí. ¿Hay hambre, eh?

--Ya lo creo.

--¿No querrá usted rancho?

--No.

--Pues ahora le traerán la comida.--Y el carcelero se fué, cantando alegremente.

Comió Martín lo que le trajeron, se tendió envuelto en la manta, y después de un momento de siesta, se levantó a tomar una resolución.

--¿Qué podría hacer yo?--se dijo--. Sobornar al alcaide exigiría mucho dinero. Llamar a Bautista es comprometerle. Esperar aquí a que me suelten es exponerme a cárcel perpetua, por lo menos a estar preso hasta que la guerra termine... Hay que escaparse, no hay más remedio.

Con esta firme decisión, comenzó a pensar un plan de fuga. Salir por la puerta era difícil. La puerta, además de ser fuerte, se cerraba por fuera con llave y cerrojo. Después, aun en el caso de aprovechar una ocasión y poder salir de allá, quedaba por recorrer un pasillo largo y luego unas escaleras... Imposible.

Había que escapar por la ventana. Era el único recurso.

--¿A dónde dará esto?--se dijo.

Arrimó el banco a la pared, se subió a él, se agarró a los barrotes y a pulso se levantó hasta poder mirar por la reja. Daba el ventanillo a la plaza de la fuente, en donde el día anterior se había encontrado con el extranjero.

Saltó al suelo y se sentó en el banco. La reja, era alta, pequeña, con tres barrotes sin travesaño.

--Arrancando uno, quizá puediera pasar--se dijo Martín--. Y esto no sería difícil... luego necesitaría una cuerda. ¿De dónde sacaría yo una cuerda?... La manta... la manta cortada en liras me podía servir...

No tenía mas instrumento que un cortaplumas pequeño.

--Hay que ver la solidez de la reja--murmuró.

Volvió a subir. Se hallaba la reja empotrada en la pared, pero no tenía gran resistencia.

Los barrotes estaban sujetos por un marco de madera, y el marco en un extremo se hallaba apolillado. Martín supuso que no sería difícil romper la madera y quitar el barrote de un lado.

Cortó una tira de la manta y pasándola por el barrote de en medio y atándole después por los extremos formó una abrazadera y metió dos patas del banco en este anillo y las otras dos las sujetó en el suelo.

Contaba así con una especie de plano inclinado para llegar a la reja. Subió por él deslizándose, se agarró con la mano izquierda a un barrote y con la derecha armada del cortaplumas, comenzó a roer la madera del marco.

La postura no era cómoda, ni mucho menos, pero la constancia de Zalacaín no cejaba, y tras de una hora de rudo trabajo, logró arrancar el barrote de su alvéolo.

Cuando lo tuvo ya suelto, lo volvió a poner como antes, quitó el banco de su posición oblicua, ocultó las astillas arrancadas del marco de la ventana en el jergón, y esperó la noche.