# Zalacaín El Aventurero (Historia de las buenas andanzas y fortunas de Martín Zalacaín el Aventurero)

## Part 7

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--No sé, chico, no sé--contestó Martín--pero hay gente que se considera como un cacharro viejo, que lo mismo puede servir de taza que de escupidera. Yo no, yo siento en mí, aquí dentro, algo duro y fuerte... no sé explicarme.

A Bautista le extrañaba esta ambición obscura de Martín, porque él era claro y ordenado y sabía muy bien lo que quería.

Dejaron esta cuestión y hablaron del recorrido que tenían que hacer.

Este comenzaría yendo en el vaporcito la _Fleche_ a Zumaya y siguiendo de aquí a Azpeitia, de Azpeitia a Tolosa y de Tolosa a Estella. Para no llevar la lista de todas las personas a quien tenían que ver y estar consultando a cada paso lo que podía comprometerles, Bautista, que tenía magnífica memoria, se la aprendió de corrido; cosieron las letras entre el cuero de las polainas y por la noche se embarcaron.

Entraron en el vaporcito de la _Fleche_ en Socoa y se echaron al mar. Bautista y Zalacaín pasaron la travesía metidos en un camarote pequeño dando tumbos.

Al amanecer, el piloto vió hacia el cabo de Machichaco un barco que le pareció de guerra, y forzando la marcha entró en Zumaya.

Varias compañías carlistas salieron al puerto dispuestas a comenzar el fuego, pero cuando reconocieron el barco francés se tranquilizaron. Después de desembarcar, la memoria admirable de Bautista indicó las personas a quienes tenían que visitar en este pueblo. Eran tres o cuatro comerciantes. Los buscaron, firmaron las letras, compraron los viajeros dos caballos, se agenciaron un salvo-conducto; y por la tarde, después de comer, Martín y Bautista se encaminaron por la carretera de Cestona.

Pasaron por el pueblecito de Oiquina, constituído por unos cuantos caseríos colocados al borde del río Urola, luego por Aizarnazabal y en la venta de Iraeta, cerca del puente, se detuvieron a cenar.

La noche se echó pronto encima. Cenaron Martín y Bautista y discutieron si sería mejor quedarse allí o seguir adelante, y optaron por esto último.

Montaron en sus jamelgos, y al echar a andar vieron que de una casa próxima al puente de Iraeta salía un coche arrastrado por cuatro caballos. El coche comenzó a subir el camino de Cestona al trote. Este trozo de camino, desde Iraeta a Cestona, pasa entre dos montes y tiene en el fondo el río. De noche, sobre todo, el tal paraje es triste y siniestro.

Martín y Bautista, por ese sentimiento de fraternidad que se siente en las carreteras solitarias, quisieron acercarse al coche y ponerse al habla con el cochero, pero sin duda el cochero tenía razones para no querer compañía, porque, al notar que le seguían, puso los caballos al trote largo y luego los hizo galopar.

Así, el coche delante y Martín y Bautista detrás, subieron a Cestona, y al llegar aquí el coche dió una vuelta rápida y poco después echó un fardo al suelo.

--Es algún contrabandista--dijo Martín.

Efectivamente, lo era; hablaron con él y el hombre les confesó que había estado dispuesto a dispararles al ver que le perseguían. Marcharon los tres a la posada, ya hechos amigos, y Martín fué a ver a un confitero carlista de la calle Mayor.

Durmieron en la posada de Blas y muy de mañana Zalacaín y Bautista se prepararon a seguir su camino.

Era el día lluvioso y frío, la carretera, amarillenta, llena de baches, ondulaba por entre campos verdes; no se veía el monte Itzarroiz, envuelto entre la bruma. El río, crecido, iba de color de ocre. Se detuvieron en Lasao, en la posesión de un barón carlista, a hacer que su administrador firmara un documento y siguieron bordeando el Urola hasta Azpeitia.

Aquí el trabajo era bastante grande y tardaron en terminarle. Al anochecer, estuvieron ya libres, y, como preferían no quedarse en pueblos grandes, tomaron un camino de herradura que subía al monte Hernio y fueron a dormir a una aldea llamada Regil.

El tercer día, de Regil cogieron el camino de Vidania, y llegaron a Tolosa, en donde estuvieron unas horas.

De Tolosa fueron a dormir a un pueblo próximo. Les dijeron que por allá andaba una partida, y prefirieron seguir adelante. Esta partida, días antes, había apaleado bárbaramente a unas muchachas, porque no quisieron bailar con unos cuantos de aquellos foragidos. Dejaron el pueblo, y, unas veces al trote y otras al paso, llegaron hasta Amezqueta, en donde se detuvieron.

CAPÍTULO VIII

VARIAS ANÉCDOTAS DE FERNANDO DE AMEZQUETA Y LLEGADA A ESTELLA

En Amezqueta entraron en la posada próxima al juego de pelota. Llovía, hacía frío y se refugiaron al lado de la lumbre.

Había entre los reunidos en la venta un campesino chusco, que se puso a contar historias. El campesino, al entrar otros dos en la cocina, sacó su gran pañuelo a cuadros y comenzó a dar con él en las mesas y en las sillas, como si estuviera espantando moscas.

--¿Qué hay?--le dijo Martín--. ¿Qué hace usted?

--Estas moscas fastidiosas--contestó el campesino seriamente.

--Pero si no hay moscas.

--Sí las hay, sí--replicó el hombre, dando de nuevo con el pañuelo.

El posadero advirtió, riendo, a Martín y a Bautista que, como en Amezqueta había tantas moscas de macho, a los del pueblo les llamaban, en broma, _euliyac_ (las moscas), y que por eso el tipo aquel chistoso sacudía las mesas y las sillas con el pañuelo, al entrar dos amezquetanos.

Rieron Martín y Bautista, y el campesino contó una porción de historias y de anécdotas.

--Yo no sé contar nada--dijo el hombre varias veces--. ¡Si estuviera _Pernando_!

--¿Y quién era _Pernando_?--preguntó Martín.

--No habéis oído vosotros hablar de _Pernando_ de Amezqueta?

--No.

--¡Ah! Pues era el hombre más gracioso de toda esta provincia. ¡Las cosas que contaba aquel hombre!

Martín y Bautista le instaron para que contara alguna historia de Fernando de Amezqueta, pero el campesino se resistía, porque aseguraba que oirle a él contar estas chuscadas no daba más que una pálida idea de las salidas de Fernando.

Sin embargo, a instancias de los dos, el campesino contó esta anécdota en vascuence:

«Un día Fernando fué a casa del señor cura de Amezqueta, que era amigo suyo y le convidaba a comer con frecuencia. Al entrar en la casa, husmeó desde la cocina y vió que el ama estaba limpiando dos truchas: una, hermosa, de cuatro libras lo menos, y la otra, pequeñita, que apenas tenía carne. Pasó Fernando a ver al señor cura, y éste, según su costumbre, le convidó a comer. Se sentaron a la mesa el señor cura y Fernando. Sacaron dos sopas y Fernando comió de las dos; luego sacaron el cocido, después una fuente de berzas con morcilla y, al llegar al principio, Fernando se encontró con que, en vez de poner la trucha grande, la condenada del ama había puesto la pequeña, que no tenía más que raspa.

--Hombre, trucha--exclamó Fernando--le voy a hacer una pregunta.

--¿Qué le vas a preguntar?--dijo el cura riendo, en espera de un chiste.

--Le voy a preguntar a ver si por los demás peces que ha conocido se ha enterado algo de cómo están mis parientes al otro lado del mar, allí en América. Porque estas truchas saben mucho.

--Hombre, sí, pregúntale.

Cogió Fernando la fuente en donde estaba la trucha y se la puso delante, luego acercó el oído muy serio y escuchó.

--¿Qué, contesta algo?--dijo burlonamente el ama del cura.

--Sí, ya va contestando, ya va contestando.

--¿Y qué dice? ¿Qué dice?--preguntó el cura.

--Pues dice--contestó Fernando--que es muy pequeña, pero que ahí, en esa despensa, hay guardada una trucha muy grande y que ella debe de saber mejores noticias de mis parientes.»

Una muchacha que estaba en la cocina, al oir la anécdota, se echó a reir con una risa aguda y comunicó su risa a todos.

Rieron también de buena gana Martín y Bautista la manera de señalar del truhán, pero el campesino aseguró que él no tenía arte para estos cuentos.

Le instaron para que siguiera y el hombre contó una nueva ocurrencia de _Pernando_.

«--Otra vez--dijo--fué a Idiazabal, donde había un partido de pelota, y llegó tarde a la posada, cuando ya todos estaban sentados. El amo le dijo:

--No hay sitio para ti, Fernando, ni probablemente tampoco habrá comida.

--¡Bah!--replicó él--. ¡Si me diérais de balde lo que sobre!

--Pues nada, todo lo que sobre para ti.

Se paseó Fernando por el comedor.

En la mesa redonda se habían sentado los dos bandos que habían jugado a la pelota, separados. Fernando, viendo que traían en una fuente piernas de carnero, dijo a dos o tres en voz baja:

--Yo no sé de dónde saca el amo estas piernas de perro tan hermosas y con tanta carne.

--¿Pero son de perro?--dijeron ellos.

--Sí, de perro; pero no se lo digáis a esos, que se fastidien.

--¿Pero de veras, Fernando?

--Sí, hombre; yo mismo he visto la cabeza en la cocina. ¡Era un perro de aguas más hermoso!

Dicho esto salió del comedor, y al volver tenían una cazuela con liebre. Fué al otro extremo de la mesa y dijo a los del bando contrario:

--¡Vaya unos gatos más buenos que compra este fondista a los carabineros!

--¡Ah!, ¿pero es gato eso?

--Sí, no se lo digáis a esos, pero yo he visto las colas en la cocina.

Poco después, Fernando comía solo y tenía liebre y carnero de sobra. Al anochecer, salieron del pueblo todos, algo borrachos, y alguno se paró a echar la papilla en el camino.

--Es el perro, que le ha hecho daño--decían unos, burlándose.

--Es el gato--decían los otros.

Y nadie quería decir que era el vino.

--Compañeros--dijo Fernando--, cuando se come gato y perro juntos no pasa nada. Ellos riñen en el interior como perros y gatos, pero le dejan a uno en paz.»

La muchacha de la risa aguda rió de nuevo y el campesino comenzó a contar otra anécdota, diciendo:

--No estuvo mal tampoco la manera como Fernando deshizo la boda entre un zapatero rico de Tolosa y una novia suya.

--A ver, a ver cómo fué--dijeron todos.

«--Pues estaba Fernando de aprendiz en la zapatería del difunto Ichtaber, _el Chato de Tolosa_, y no sé si vosotros sabréis, pero Ichtaber era un zapatero viejo y muy rico. Tenía Fernando de novia una chica muy guapa, pero Ichtaber, _el Chato_, al verla la empezó a cortejar y a decir si se quería casar con él, y, como era rico, ella aceptó. Solían verse la muchacha y el viejo en la zapatería, y el granuja de Ichtaber, para estar más libre, mandaba a Fernando, con cualquier pretexto, a la trastienda. El hacía como que no se incomodaba, pero se vengó. Fué a ver a su novia y habló con ella.

--Sí--la dijo--. Ichtaber es buena persona y hombre de fortuna, es verdad, pero como es zapatero y chato y ha andado toda la vida con pieles, huele muy mal.

--¡Mentiroso!--dijo ella.

--No, no, fíjate. Ya verás.

Fernando fué a la zapatería, cogió un fuelle grande y lo rellenó de esa casca que queda después de curtidos los pellejos y que huele que apesta; luego hizo un agujero en el tabique de la trastienda y esperó la ocasión oportuna. Por la tarde llegó la chica, é Ichtaber dijo a su aprendiz:

--Oye, Fernando, vete a la trastienda un momento a arreglar esas hormas que hay en la caja.

Salió Fernando; tomó el fuelle. Miró por el agujero. Ichtaber estaba besando la mano de la chica; entonces le apuntó a ella con el fuelle y metió por el agujero del tabique una corriente de aire de mal olor. Cuando Fernando miró después, Ichtaber _el Chato_ estaba con la mano en sus diminutas narices y la muchacha lo mismo.

Luego Fernando siguió dándole al fuelle con intermitencias, hasta que se cansó.

Dos días después, fué de nuevo la chica y le pasó lo mismo; y ya no volvió más, porque decía que Ichtaber _el Chato_ olía a muerto.

Ichtaber hizo el amor a otra; pero Fernando le jugó la misma pasada con el fuelle, y el zapatero decía a sus amigos:

--_¡Arrayua!_ En mi tiempo era otra cosa; las chicas estaban sanas. Ahora, la que más y la que menos huele a perros.»

Volvió a oirse la risa alegre y chillona de la muchacha.

Celebraron los demás circunstantes las granujerías de Fernando el de Amezqueta y fueron a acostarse.

A la mañana siguiente, Martín y Bautista dejaron a Amezqueta y por un sendero llegaron a Ataun, lugar en donde Dorronsoro, el jefe civil carlista, había sido escribano.

Se encontraron en el camino a un muchacho de este pueblo que iba a Echarri-Aranaz y en su compañía tomaron por un camino de herradura que bordeaba la sierra de Aralar.

Hablaron los tres de la marcha de la guerra, y el chico contó una anécdota de Dorronsoro, que no dejaba de tener gracia. Se había presentado a él un señorito de San Sebastián, de familia carlista, de los que llamaban hojalateros, muy gordo y muy lucio.

--Mire usted, don Miguel--había dicho al ex escribano--, yo soy muy carlista y mi familia también lo es; quisiera servir a don Carlos, pero, ya ve usted, no estoy para andar por el monte y desearía entrar en las oficinas.

--Bueno, ya veré si encuentro algo--le dijo Dorronsoro--; vuelva usted mañana.

Volvió al día siguiente el señorito y preguntó:

--¿Qué, ha encontrado usted algo?

--Sí, ya comprendo que no puede usted salir al monte; de manera que entrará usted en las oficinas... y pagará usted tres pesetas al día.

Celebraron Martín y Bautista la decisión de Dorronsoro. Por la noche llegaron al valle de Araquil y se detuvieron en Echarri-Aranaz.

Entraron en la cocina de la venta a calentarse al fuego. Allí, en vez de las historias del buen truhán Fernando de Amezqueta, tuvieron que oir, contada por una vieja, la historia de don Teodosio de Goñi, un caballero navarro que, después de haber matado a su padre y a su madre, engañado por el Diablo, se fué de penitencia al monte con una cadena al pie, hasta que, pasados muchos años y siendo don Teodosio viejo, se le presentó un dragón, y ya iba a devorarle, cuando apareció el arcángel San Miguel y mató al dragón y rompió las cadenas al caballero.

A Bautista y a Martín les parecieron más entretenidas que esta tonta historia de dragones y de santos las ocurrencias del buen Fernando de Amezqueta.

Estaban oyendo los comentarios a la vida de don Teodosio, cuando se presentó en la venta un señor rubio, que, al ver a Bautista y a Martín, se les quedó mirando atentamente.

--¡Pero son ustedes!

--Usted es el de...

--El mismo.

Era el extranjero a quien habían libertado de las garras del cura.

--¿A qué vienen ustedes por aquí?--preguntó el extranjero.

--Vamos a Estella.

--¿De veras?

--Sí.

--Yo también. Iremos juntos. ¿Conocen ustedes el camino?

--No.

--Yo sí. He estado ya una vez.

--Pero, ¿qué hace usted andando siempre por estos parajes?--le preguntó Martín.

--Es mi oficio--le dijo el extranjero.

--Pues, ¿qué es usted, si se puede saber?

--Soy periodista. La fuga aquella me sirvió para hacer un artículo interesantísimo. Hablaba de ustedes dos y de aquella señorita morena. ¡Qué chica más valiente, eh!

--Ya lo creo.

--Pues, si no tienen ustedes reparo, iremos juntos a Estella.

--¿Reparo? Al revés. Satisfacción y grande.

Quedaron de acuerdo en marchar juntos.

A las siete de la mañana, hora en que empezó a aclarar, salieron los tres, atravesaron el túnel de Lizárraga y comenzaron a descender hacia la llanada de Estella. El extranjero montaba en un borriquillo, que marchaba casi más deprisa que los matalones en que iban Martín y Bautista. El camino serpenteaba subiendo el desnivel de la sierra de Andía.

Atravesaron posiciones ocupadas por batallones carlistas. Entre los jefes había muchos extranjeros con flamantes uniformes austríacos, italianos y franceses, un tanto carnavalescos.

A media tarde comieron en Lezaun y, arreando las caballerías, pasaron por Abarzuza. El extranjero explicó al paso la posición respectiva de liberales y carlistas en la batalla de Monte Muru y el sitio donde se desarrolló lo más fuerte de la acción, en la que murió el general Concha.

Al anochecer llegaron cerca de Estella.

Mucho antes de entrar en la corte carlista encontraron una compañía con un teniente que les ordenó detenerse. Mostraron los tres su pasaporte.

Al llegar cerca del convento de Recoletos, era ya de noche.

--¿Quién vive?--gritó el centinela.

--España.

--¿Qué gente?

--Paisanos.

--Adelante.

Volvieron a mostrar sus documentos al cabo de guardia y entraron en la ciudad carlista.

CAPÍTULO IX

CÓMO MARTÍN Y EL EXTRANJERO PASEARON DE NOCHE POR ESTELLA Y DE LO QUE HABLARON

Pasaron por el portal de Santiago, entraron en la calle Mayor y preguntaron en la posada si había alojamiento.

Una muchacha apareció en la escalera.

--Está la casa llena--dijo--. No hay sitio para tres personas, sólo una podría quedarse.

--¿Y las caballerías?--preguntó Bautista.

--Creo que hay sitio en la cuadra.

Fué la muchacha a verlo y Martín dijo a Bautista.

--Puesto que hay sitio para una persona, tú te puedes quedar aquí. Vale más que estemos separados y que hagamos como si no nos conociéramos.

--Sí, es verdad--contestó Bautista.

--Mañana, a la mañana, en la plaza nos encontraremos.

--Muy bien.

Vino la muchacha y dijo que había sitio en la cuadra para los jacos.

Entró Bautista en la casa con las caballerías, y el extranjero y Martín fueron, preguntando, a otra posada del paseo de los Llanos, donde les dieron alojamiento.

Llevaron a Martín a un cuarto desmantelado y polvoriento, en cuyo fondo había una alcoba estrecha, con las paredes cubiertas de unas manchas negras de humo. Sin duda los huéspedes mataban las chinches quemándolas con una vela o con la lamparilla y dejaban estos tranquilizadores rastros. En el gabinete y en la alcoba olía a cuadra, olor que venía de las junturas de las maderas del suelo.

Martín sacó la carta de Levi-Alvarez y el paquete de letras cosido en el cuero de la bota y separó las ya aceptadas y firmadas, de las otras. Como estas todas eran para Estella, las encerró en un sobre y escribió:

«Al general en jefe del ejército carlista.»

--¿Será prudente--se dijo--entregar estas letras sin garantía alguna?

No pensó mucho tiempo, porque comprendió enseguida que era una locura pedir recibo o fianza.

--La verdad es que, si no quieren firmar, no puedo obligarles, y si me dan un recibo y luego se les ocurre quitármelo, con prenderme están al cabo de la calle. Aquí hay que hacer como si a uno le fuera indiferente la cosa y, si sale bien, aprovecharse de ella, y si no, dejarla.

Esperó a que se secara el sobre. Salió a la calle. Vió en la calle un sargento y, después de saludarle, le preguntó:

--¿Dónde se podrá ver al general?

--¡A qué general!

--Al general en jefe. Traigo unas cartas para él.

--Estará probablemente paseando en la plaza. Venga usted.

Fueron a la plaza. En los arcos, a la luz de unos faroles tristes de petróleo, paseaban algunos jefes carlistas. El sargento se acercó al grupo y, encarándose con uno de ellos, dijo:

--Mi general.

--¿Qué hay?

--Este paisano, que trae unas cartas para el general en jefe.

Martín se acercó y entregó los sobres. El general carlista se arrimó a un farol y los abrió. Era el general un hombre alto, flaco, de unos cincuenta años, de barba negra, con el brazo en cabestrillo. Llevaba una boina grande de gascón con una borla.

--¿Quién ha traído esto?--preguntó el general con voz fuerte.

--Yo--dijo Martín.

--¿Sabe usted lo que venía aquí dentro?

--No, señor.

--¿Quién le ha dado a usted estos sobres?

--El señor Levi-Alvarez de Bayona.

--¿Cómo ha venido usted hasta aquí?

--He ido de San Juan de Luz a Zumaya en barco, de Zumaya aquí a caballo.

--¿Y no ha tenido usted ningún contratiempo en el camino?

--Ninguno.

--Aquí hay algunos papeles que hay que entregar al rey. ¿Quiere usted entregarlos o que se los entregue yo?

--No tengo más encargo que dar estos sobres y, si hay contestación, volverla a Bayona.

--¿No es usted carlista?--preguntó el general, sorprendido del tono de indiferencia de Martín.

--Vivo en Francia y soy comerciante.

--Ah, vamos, es usted francés.

Martín calló.

--¿Dónde para usted?--siguió preguntando el general.

--En una posada de ese paseo...

--¿Del paseo de los Llanos?

--Creo que sí. Así se llama.

--¿Hay una administración de coches en el portal? ¿No?

--Sí, señor.

--Entonces, es la misma, ¿Piensa usted estar muchos días en Estella?

--Hasta que me digan si hay contestación o no.

--¿Cómo se llama usted?

--Martín Tellagorri.

--Está bien. Puede usted retirarse.

Saludó Martín y se fué a la posada. A la puerta se encontró con el extranjero.

--¿Dónde se mete usted?--le dijo--. Le andaba buscando.

--He ido a ver al general en jefe.

--¿De veras?

--Sí.

--¿Y le ha visto usted?

--Ya lo creo. Y le he dado las cartas que traía para él.

--¡Demonio! Eso sí que es ir de prisa. No le quisiera tener a usted de rival en un periódico. ¿Qué le ha dicho a usted?

--Ha estado muy amable.

--Tenga usted cuidado, por si acaso. Mire usted que estos son unos bandidos.

--Le he indicado que soy francés.

--Bah, no importa. Este verano han fusilado a un periodista alemán amigo mío. Tenga usted cuidado.

--¡Oh! Lo tendré.

--Ahora, vamos a cenar.

Subieron las escaleras y entraron en una cocina grande.

Varios paisanos y soldados, congregados allí, charlaban. Se sentaron a cenar a una mesa larga, iluminada por un velón de varios mecheros que colgaba del techo.

Un hombre viejo, bajito, que presidía la mesa, se quitó la boina y comenzó a rezar; todos los comensales hicieron lo mismo, menos el extranjero a quien advirtió Martín de su olvido y que, al darse cuenta, se quitó apresuradamente la gorra.

En el transcurso de la cena, el hombre bajito habló más que nadie. Era navarro de la Ribera. Tenía un tipo repulsivo, chato, de mirada oblicua, pómulos salientes, la boina pequeña echada sobre los ojos, como si instintivamente quisiera ocultar su mirada. Defendía la conducta del cabecilla asesino Rosas Samaniego, que estaba entonces preso en Estella, y le parecía poca cosa el echar a los hombres por la sima de Igusquiza, tratándose de liberales y de hombres que blasfemaban de su Dios y de su religión.

Contó el tal viejo varias historias de la guerra carlista anterior. Una de ellas era verdaderamente odiosa y cobarde. Una vez cerca de un río, yendo con la partida, se encontraron con diez o doce soldados jovencitos que lavaban sus camisas en el agua.

--A bayonetazos acabamos con todos--dijo el hombre sonriendo, luego añadió hipócritamente--Dios nos lo habrá perdonado.

Durante la cena, el repulsivo viejo estuvo contando hazañas por el estilo. Aquel tipo miserable y siniestro era fanático, violento y cobarde, se recreaba contando sus fechorías, manifestaba crueldad bastante para disimular su cobardía, tosquedad para darla como franqueza y ruindad para darle el carácter de habilidad. Tenía la doble bestialidad de ser fanático y de ser carlista.

Este desagradable y antipático personaje se puso después a clasificar los batallones carlistas según su valor; primero eran los navarros, como era natural, siendo él navarro, luego los castellanos, después los alaveses, luego los guipuzcoanos y al último los vizcaínos.

Por el curso de la conversación se veía que había allá un ambiente de odios terribles; navarros, vascongados, alaveses, aragoneses y castellanos se odiaban a muerte. Todo ese fondo cabileño que duerme en el instinto provincial español estaba despierto. Unos se reprochaban a otros el ser cobardes, granujas y ladrones.

Martín se ahogaba en aquel antro, y sin tomar el postre, se levantó de la mesa para marcharse. El extranjero le siguió y salieron los dos a la calle.

Lloviznaba. En algunas tabernas obscuras, a la luz de un quinqué de petróleo, se veían grupos de soldados. Se oía el rasguear de la guitarra; de cuando en cuando una voz cantaba la jota, en la calle negra y silenciosa.

--Ya me está a mí cargando esta canción estólida--murmuró Martín.

--¿Cuál?--preguntó el extranjero.

--La jota. La encuentro como una cosa petulante. Me parece que le estoy oyendo hablar a ese viejo navarro de la posada. El que la canta quiere decir: «Yo soy más valiente que nadie, más noble que nadie, mas heroico que nadie.»

--¿Y estos no son más valientes que los demás españoles?--preguntó el extranjero maliciosamente.

--No lo sé; yo no lo creo, por lo menos. Yo, ahora mismo, si tuviera quinientos hombres tomaba Estella por asalto y le pegaba fuego.

