# Zalacaín El Aventurero (Historia de las buenas andanzas y fortunas de Martín Zalacaín el Aventurero)

## Part 6

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Joshé fué y vió a la muchacha y le dió las buenas tardes y no se le ocurrió más; ella le preguntó si su madre, André Anthoni, estaba buena, él la contestó que sí y entonces ella le dijo:

--Hasta mañana, Joshé.

--Adiós.

Cacochipi quedó como embobado; necesitaba respirar, tomar aire y salió de Tolosa y tomó el camino de Anoeta y pasó Anoeta y luego Irura y cruzó Villabona y fué andando, andando, hasta que se topó con la partida del Cura, que iba a conquistar, _viribus et armís_, la gloria. Uno de la partida le dió el alto y le hizo descender de las sublimidades amatorio-musicales en que se hallaba sumido, presentándole el sencillo dilema de recibir una paliza o de venirse con nosotros.

José Cacochipi, por muy aficionado que sea a la música, no ha querido que solfeen sobre él y ya hace un mes que está en la partida.

Tal era la historia de Joshé Cracasch, que contó Dantchari, _el Estudiante_, con algunos latinajos más de los que pone el autor.

CAPÍTULO V

CÓMO LA PARTIDA DEL CURA DETUVO LA DILIGENCIA CERCA DE ANDOAIN

Al tercer día de estar en la venta, la inacción era grande, y entre _el Jabonero_ y Luschía acordaron detener aquella mañana la diligencia que iba desde San Sebastián a Tolosa.

Se dispuso la gente a lo largo del camino, de dos en dos; los más lejanos irían, avisando cuando apareciera la diligencia y replegándose junto a la venta.

Martín y Bautista se quedaron con el Cura y _el Jabonero_, porque el cabecilla y su teniente no tenían bastante confianza en ellos.

A eso de las once de la mañana, avisaron la llegada del coche. Los hombres que espiaban el paso fueron acercándose a la venta, ocultándose por los lados del camino.

El coche iba casi lleno. El Cura, _el Jabonero_ y los siete u ocho hombres que estaban con ellos se plantaron en medio de la carretera.

Al acercarse el coche, el Cura levantó su garrote y gritó:

--¡Alto!

Anchusa y Luschía se agarraron a la cabezada de los caballos y el coche se detuvo.

--_¡Arrayua!_ ¡El Cura!--exclamó el cochero en voz alta--. Nos hemos fastidiado.

--Abajo todo el mundo--mandó el Cura.

Egozcue abrió la portezuela de la diligencia. Se oyó en el interior un coro de exclamaciones y de gritos.

--Vaya. Bajen ustedes y no alboroten--dijo Egozcue con finura.

Bajaron primero dos campesinos vascongados y un cura; luego, un hombre rubio, al parecer extranjero, y después saltó una muchacha morena, que ayudó a bajar a una señora gruesa, de pelo blanco.

--Pero Dios mío, ¿adónde nos llevan?--exclamó ésta.

Nadie le contestó.

--¡Anchusa! ¡Luschía! Desenganchad los caballos--gritó el Cura--. Ahora, todos a la posada.

Anchusa y Luschía llevaron los caballos y no quedaron con el cura más que unos ocho hombres, contando con Bautista, Zalacaín y Joshé Cracasch.

--Acompañad a éstos--dijo el cabecilla a dos de sus hombres, señalando a los campesinos y al cura.

--Vosotros--é indicó a Bautista, Zalacaín, Joshé Cracasch y otros dos hombres armados--id con la señora, la señorita y este viajero.

La señora gruesa lloraba afligida.

--Pero, ¿nos van a fusilar?--preguntó gimiendo.

--¡Vamos! ¡Vamos!--dijo uno de los hombres armados, brutalmente.

La señora se arrodilló en el suelo, pidiendo que la dejaran libre.

La señorita, pálida, con los dientes apretados, lanzaba fuego por los ojos. Sin duda, sabía los procedimientos usados por el cura con las mujeres.

A algunas solía desnudarlas de medio cuerpo arriba, les untaba con miel el pecho y la espalda y las emplumaba; a otras les cortaba el pelo o lo untaba de brea y luego se lo pegaba a la espalda.

--Ande usted, señora--dijo Martín--, que no les pasará nada.

--Pero, ¿adónde?--preguntó ella.

--A la posada, que está aquí cerca.

La joven nada dijo, pero lanzó a Martín una mirada de odio y de desprecio.

Las dos mujeres y el extranjero comenzaron a marchar por la carretera.

--Atención, Bautista--dijo Martín en francés--, tú al uno, yo al otro. Cuando no nos vean.

El extranjero, extrañado, en el mismo idioma preguntó:

--¿Qué van ustedes a hacer?

--Escaparnos. Vamos a quitar los fusiles a estos hombres. Ayúdenos usted.

Los dos hombres armados, al oir que se entendían en una lengua que ellos no comprendían, entraron en sospechas.

--¿Qué habláis?--dijo uno, retrocediendo y preparando el fusil.

No tuvo tiempo de hacer nada, porque Martín le dió un garrotazo en el hombro y le hizo tirar el fusil al suelo, Bautista y el extranjero forcejearon con el otro y le quitaron el arma y los cartuchos. Joshé Cracasch estaba como en babia.

Las dos mujeres, viéndose libres, echaron a correr por la carretera, en dirección a Hernani. Cracasch las siguió. Éste llevaba una mala escopeta, que podía servir en último caso. El extranjero y Martín tenían cada uno su fusil, pero no contaba más que con pocos cartuchos. A uno le habían podido quitar la cartuchera, al otro fué imposible. Éste volaba corriendo a dar parte a los de la partida.

El extranjero, Martín y Bautista corrieron y se reunieron con las dos mujeres y con Joshé Cracasch.

La ventaja que tenían era grande, pero las mujeres corrían poco; en cambio, la gente del cura en cuatro saltos se plantaría junto a ellos.

--¡Vamos! ¡Animo!--decía Martín--. En una hora llegamos.

--No puedo--gemía la señora--. No puedo andar más.

--¡Bautista!--exclamó Martín--. Corre a Hernani, busca gente y tráela. Nosotros nos defenderemos aquí un momento.

--Iré yo--dijo Joshé Cracasch.

--Bueno, entonces deja el fusil y las municiones.

Tiró el músico el fusil y la cartuchera y echó a correr, como alma que lleva el diablo.

--No me fío de ese músico simple--murmuró Martín--. Vete tú, Bautista. La lástima es que quede un arma inútil.

--Yo dispararé--dijo la muchacha.

Se volvieron a hacer frente, porque los hombres de la partida se iban acercando.

Silbaban las balas. Se veía una nubecilla blanca y pasaba al mismo tiempo una bala por encima de las cabezas de los fugitivos. El extranjero, la señorita y Martín se guarecieron cada uno detrás de un árbol y se repartieron los cartuchos. La señora vieja, sollozando, se tiró en la hierba, por consejo de Martín.

--¿Es usted buen tirador?--preguntó Zalacaín al extranjero.

--¿Yo? Sí. Bastante regular.

--¿Y usted, señorita?

--También he tirado algunas veces.

Seis hombres se fueron acercando a unos cien metros de donde estaban guarecidos Martín, la señorita y el extranjero. Uno de ellos era Luschía.

--A ese ciudadano le voy a dejar cojo para toda su vida--dijo el extranjero.

Efectivamente, disparó y uno de los hombres cayó al suelo dando gritos.

--Buena puntería--dijo Martín.

--No es mala--contestó fríamente el extranjero.

Los otros cinco hombres recogieron al herido y lo retiraron hacia un declive. Luego, cuatro de ellos, dirigidos por Luschía, dispararon al árbol de dónde había salido el tiro. Creían, sin duda, que allí estaban refugiados Martín y Bautista y se fueron acercando al árbol. Entonces disparó Martín é hirió a uno en una mano.

Quedaban solo tres hábiles, y, retrocediendo y arrimándose a los árboles, siguieron haciendo disparos.

--¿Habrá descansado algo su madre?--preguntó Martín a la señorita.

--Sí.

--Que siga huyendo. Vaya usted también.

--No, no.

--No hay que perder tiempo--gritó Martín, dando una patada en el suelo--. Ella sola o con usted. ¡Hala! En seguida.

La señorita dejó el fusil a Martín y, en unión de su madre, comenzó a marchar por la carretera.

El extranjero y Martín esperaron, luego fueron retrocediendo sin disparar, hasta que, al llegar a una vuelta del camino, comenzaron a correr con toda la fuerza de sus piernas. Pronto se reunieron con la señora y su hija. La carrera terminó a la media hora, al oir que las balas comenzaban a silbar por encima de sus cabezas.

Allí no había árboles donde guarecerse, pero sí unos montes de piedra machacada para el lecho de la carretera, y en uno de ellos se tendió Martín y en el otro el extranjero. La señora y su hija se echaron en el suelo.

Al poco tiempo, aparecieron varios hombres; sin duda, ninguno quería acercarse y llevaban la idea de rodear a los fugitivos y de cogerlos entre dos fuegos.

Cuatro hombres fueron a campo traviesa por entre maizales, por un lado de la carretera, mientras otros cuatro avanzaban por otro lado, entre manzanos.

Si Bautista no viene pronto con gente, creo que nos vamos a ver apurados--exclamó Martín.

La señora, al oirle, lanzó nuevos gemidos y comenzó a lamentarse, con grandes sollozos, de haber escapado.

El extranjero sacó un reloj y murmuró:

--Tenía tiempo. No habrá encontrado nadie.

--Eso debe ser--dijo Martín.

--Veremos si aquí podemos resistir algo--repuso el extranjero.

--¡Hermoso día!--murmuró Martín.

La verdad es que un día tan hermoso convida a todo, hasta que le peguen a uno un tiro.

--Por si acaso, habrá que evitarlo en lo posible.

Dos o tres balas pasaron silbando y fueron a estrellarse en el suelo.

--¡Rendíos!--dijo la voz de Belcha, por entre unos manzanos.

--Venid a cogernos--gritó Martín, y vió que uno le apuntaba en el monte, desde cerca de un árbol; él apuntó a su vez, y los dos tiros sonaron casi simultáneamente. Al poco tiempo, el hombre volvió a aparecer más cerca, escondido entre unos helechos, y disparó sobre Martín.

Éste sintió un golpe en el muslo y comprendió que estaba herido. Se llevó la mano al sitio de la herida y notó una cosa tibia. Era sangre. Con la mano ensangrentada cogió el fusil y, apoyándose en las piedras, apuntó y disparó. Luego sintió que se le iban las fuerzas, al perder la sangre, y cayó desmayado.

El extranjero aguardó un momento, pero, en aquel instante, una compañía de miqueletes avanzaba por la carretera, corriendo y haciendo disparos, y la gente del Cura se retiraba.

CAPÍTULO VI

CÓMO CUIDÓ LA SEÑORITA DE BRIONES A MARTÍN ZALACAÍN

Cuando de nuevo pudo darse Martín Zalacaín cuenta de que vivía, se encontró en la cama, entre cortinas tupidas.

Hizo un esfuerzo para moverse y se sintió muy débil y con un ligero dolor en el muslo.

Recordó vagamente lo pasado, la lucha en la carretera, y quiso saber dónde estaba.

--¡Eh!--gritó con voz apagada.

Las cortinas se abrieron y una cara morena, de ojos negros, apareció entre ellas.

--Por fin. ¡Ya sé ha despertado usted!

--Sí. ¿Dónde me han traído?

--Luego le contaré a usted todo--dijo la muchacha morena.

--¿Estoy prisionero?

--No, no; está usted aquí en seguridad.

--¿En qué pueblo?

--En Hernani.

--Ah, vamos. ¿No me podrían abrir esas cortinas?

--No, por ahora no. Dentro de un momento vendrá el médico y, si le encuentra a usted bien, abriremos las cortinas y le permitiremos hablar. Con que ahora siga usted durmiendo.

Martín sentía la cabeza débil y no le costó mucho trabajo seguir el consejo de la muchacha.

Al mediodía llegó el médico, que reconoció a Martín la herida, le tomó el pulso y dijo:

--Ya pueda empezar a comer.

--¿Y le dejaremos hablar, doctor?--preguntó la muchacha.

--Sí.

Se fué el doctor, y la muchacha de los ojos negros descorrió las cortinas y Martín se encontró en una habitación grande, algo baja de techo, por cuya ventana entraba un dorado sol de invierno. Pocos instantes después, apareció Bautista en el cuarto, de puntillas.

--Hola, Bautista--dijo Martín burlonamente--. ¿Qué te ha parecido nuestra primera aventura de guerra? ¿Eh?

--¡Hombre! A mí, bien--contestó el cuñado--. A ti quizá no te haya parecido tan bien.

--¡Pse! Ya hemos salido de esta.

La muchacha de los ojos negros, a quien al principio no reconoció Martín, era la señorita a quien habían hecho bajar del coche los de la partida del Cura y después se había fugado con ellos en compañía de su madre.

Esta señorita le contó a Martín cómo le llevaron hasta Hernani y le extrajeron la bala.

--Y yo no me he dado cuenta de todo esto--dijo Martín--. ¿Cuánto tiempo llevo en la cama?

--Cuatro días ha estado usted con una fiebre altísima.

--¿Cuatro días?

--Sí.

--Por eso estoy rendido. ¿Y su madre de usted?

--También ha estado enferma, pero ya se levanta.

--Me alegro mucho. ¿Sabe usted? Es raro--dijo Martín--no me parece usted la misma que vino en la carretera con nosotros.

--¡No?

--No.

--¿Y por qué?

--Le brillaban a usted los ojos de una manera tan rara, así como dura...

--¿Y ahora no?

--Ahora no, ahora me parecen sus ojos muy suaves.

La muchacha se ruborizó sonriendo.

--La verdad es--dijo Bautista--que has tenido suerte. Esta señorita te ha cuidado como a un rey.

--¡Qué menos podía hacer por uno de nuestros salvadores!--exclamó ella ocultando su confusión--. Oh, pero no hable usted tanto. Para el primer día es demasiado.

--Una pregunta sólo--dijo Martín.

--Veamos la pregunta--contestó ella.

--Quisiera saber cómo se llama usted.

--Rosa Briones.

--Muchas gracias, señorita Rosa--murmuró.

--¡Oh! no me llame usted señorita. Llámeme usted Rosa o Rosita, como me dicen en casa.

--Es que yo no soy caballero--repuso Martín.

--¡Pues si usted no es caballero, quién lo será!--dijo ella.

Martín se sintió halagado y, como Rosa le indicó que callara, llevándose el dedo a los labios, cerró los ojos...

La convalecencia de Martín fué muy rápida, tanto, que a él le pareció que se curaba demasiado pronto.

Bautista, al ver a su cuñado en vísperas de levantarse y en buenas manos, como dijo algo irónicamente, se fué a Francia a reunirse con Capistun y a seguir con los negocios.

Martín pudo tomar Hernani por una Capua, una Capua espiritual.

Rosita Briones y su madre doña Pepita le mimaban y le halagaban.

De conocerlo, Martín hubiera podido recitar, refiriéndose a él mismo, el romance antiguo de Lanzarote:

Nunca fuera caballero De damas tan bien servido Como fuera Lanzarote Cuando de su aldea vino.

Rosita, durante la convalecencia, tuvo largas conversaciones con Martín. Era de Logroño, donde vivía con su madre. Doña Pepita era la causante de la desdichada aventura. A ella se le ocurrió ir a Villabona, para ver a su hijo, que le habían dicho que se encontraba herido en este pueblo. Afortunadamente, la noticia era falsa.

Doña Pepita, la madre de Rosita, era una señora romántica, con unas ideas absurdas. Adoraba a su hijo, vivía temblando de que le pasara algo, pero, a pesar de todo, había querido que fuera militar. Al decidir la aventura que terminó con la detención de la diligencia y al oir las observaciones de su hija al malhadado proyecto, había contestado:

--Los carlistas son españoles y caballeros y no pueden hacer daño a unas señoras.

A pesar de esta imposibilidad, estuvieron las dos a punto de ser emplumadas o apaleadas por la gente del Cura.

Martín llegó a convencerse de que la buena señora tenía una imposibilidad irreductible para enterarse de la cosas. Lo veía todo a su gusto y se convencía de que los hechos era como se los había pintado su fantasía. Si de la madre cualquiera hubiese dicho que le faltaba un tornillo, no podía decirse lo mismo de su hija. Ésta era lista y avispada como pocas; tenía un juicio rápido, seguro y claro.

Muchas veces, para distraer al herido, Rosa le leyó novelas de Dumas y poesías de Bécquer. Martín nunca había oído versos y le hicieron un efecto admirable, pero lo que más le sorprendió fué la discreción de los comentarios de Rosita. No se le escapaba nada.

Pronto Martín pudo levantarse y, cojeando, andar por la casa. Un día que contaba su vida y sus aventuras, Rosita le preguntó de pronto:

--¿Y Catalina quién es? ¿Es su novia de usted?

--Sí. ¿Cómo lo sabe usted?

--Porque ha hablado usted mucho de ella durante el delirio.

--¡Ah!

--¿Y es guapa?

--¿Quién?

--Su novia.

--Sí, creo que sí.

--¿Cómo? ¿Cree usted nada más?

--Es que la conozco desde chico y estoy tan acostumbrado a verla que casi no sé cómo es.

--¿Pero no está usted enamorado de ella?

--No sé, la verdad.

--¡Qué cosa más rara! ¿Que tipo tiene?

--Es así... algo rubia...

--¿Y tiene hermosos ojos?

--No tanto como usted--dijo Martín.

A Rosita Briones le centellearon los ojos y envolvió a Martín en una de sus miradas enigmáticas.

Una tarde se presentó en Hernani el hermano de Rosita.

Era un joven fino, atento, pero poco comunicativo.

Doña Pepita le puso a Zalacaín delante de su hijo como un salvador, como un héroe.

Al día siguiente, Rosita y su madre iban a San Sebastián, para marcharse desde allí a Logroño.

Les acompañó Martín y su despedida fué muy afectuosa. Doña Pepita le abrazó y Rosita le estrechó la mano varias veces y le dijo imperiosamente:

--Vaya usted a vernos.

--Sí, ya iré.

--Pero que sea de veras. Los ojos de Rosita prometían mucho. Al marcharse madre é hija, Martín pareció despertar de un sueño; se acordó de sus negocios, de su vida, y sin pérdida de tiempo se fué a Francia.

CAPÍTULO VII

CÓMO MARTÍN ZALACAÍN BUSCÓ NUEVAS AVENTURAS

Una noche de invierno llovía en las calles de San Juan de Luz; algún mechero de gas temblaba a impulsos del viento, y de las puertas de las tabernas salían voces y sonido de acordeones.

En Socoa, que es el puerto de San Juan de Luz, en una taberna de marineros, cuatro hombres, sentados en una mesa, charlaban. De cuando en cuando, uno de ellos abría la puerta de la taberna, avanzaba en el muelle silencioso, miraba al mar y al volver decía:

--Nada, la _Fleche_ no viene aún.

El viento silbaba en bocanadas furiosas sobre la noche y el mar negros, y se oía el ruido de las olas azotando la pared del muelle.

En la taberna, Martín, Bautista, Capistun y un hombre viejo, a quien llamaban Ospitalech, hablaban; hablaban de la guerra carlista, que seguía como una enfermedad crónica sin resolverse.

--La guerra acaba--dijo Martín.

--¿Tú crees?--preguntó el viejo Ospitalech.

--Sí, esto marcha mal, y yo me alegro--dijo Capistun.

--No, todavía hay esperanza--repuso Ospitalech.

--El bombardeo de Irún ha sido un fracaso completo para los carlistas--dijo Martín--. ¡Y qué esperanzas tenían todos estos legitimistas franceses! Hasta los hermanos de la Doctrina Cristiana habían dado vacaciones a los niños para que fuesen a la frontera a ver el espectáculo. ¡Canallas! Y ahí vimos a ese arrogante don Carlos, con sus terribles batallones, echando granadas y granadas, para tener luego que escaparse corriendo hacia Vera.

--Si la guerra se pierde, nos arruinamos--murmuró Ospitalech.

Capistun estaba tranquilo, pensaba retirarse a vivir a su país; Bautista, con las ganancias del contrabando, había extendido sus tierras. De los tres, Zalacaín no estaba contento. Si no le hubiese retenido el pensamiento de encontrar a Catalina, se hubiera ido a América.

Llevaba ya más de un año sin saber nada de su novia; en Urbia se ignoraba su paradero, se decía que doña Águeda había muerto, pero no se hallaba confirmada la noticia.

De estos cuatro hombres de la taberna de Socoa, los dos contentos, Bautista y Capistun, charlaban; los otros dos rabiaban y se miraban sin hablarse. Afuera llovía y venteaba.

--¿Alguno de vosotros se encargaría de un negocio difícil, en que hay que exponer la pelleja?--preguntó de pronto Ospitalech.

--Yo no--dijo Capistun.

--Ni yo--contestó distraídamente Bautista.

--¿De qué se trata?--preguntó Martín.

--Se trata de hacer un recorrido por entre las filas carlistas y conseguir que varios generales y, además, el mismo don Carlos, firmen unas letras.

--¡Demonio! No es fácil la cosa--exclamó Zalacaín.

--Ya lo sé que no; pero se pagaría bien.

--¿Cuánto?

--El patrón ha dicho que daría el veinte por ciento, si le trajeran las letras firmadas.

--¿Y a cuánto asciende el valor de las letras?

--¿A cuánto? No sé de seguro la cantidad. ¿Pero es que tú irías?

--¿Por qué no? Si se gana mucho...

--Pues entonces espera un momento. Parece que llega el barco, luego hablaremos.

Efectivamente, se había oído en medio de la noche un agudo silbido. Los cuatro salieron al puerto y se oyó el ruido de las aguas removidas por una hélice, y luego aparecieron unos marineros en la escalera del muelle, que sujetaron la amarra en un poste.

--¡Eup! Manisch--gritó Ospitalech.

--¡Eup!--contestaron desde el mar.

--¿Todo bien?

--Todo bien--respondió la voz.

--Bueno, entremos--añadió Ospitalech--que la noche está de perros.

Volvieron a meterse en la taberna los cuatro hombres, y poco después se unieron a ellos Manisch, el patrón del barco la _Fleche_, que al entrar se quitó el sudeste, y dos marineros más.

--¿De manera que tú estás dispuesto a encargarte de ese asunto?--preguntó Ospitalech a Martín.

--Sí.

--¿Solo?

--Solo.

--Bueno, vamos a dormir. Por la mañana iremos a ver al principal y te dirá lo que se puede ganar.

Los marineros de la _Fleche_ comenzaban a beber, y uno de ellos cantaba, entre gritos y patadas, la canción de _Les matelot de la Belle Eugenie_.

Al día siguiente, muy temprano, se levantó Martín y con Ospitalech tomó el tren para Bayona. Fueron los dos a casa de un judío que se llamaba Levi-Alvarez. Era este un hombre bajito, entre rubio y canoso, con la nariz arqueada, el bigote blanco y los anteojos de oro. Ospitalech era dependiente del señor Levi-Alvarez y contó a su principal cómo Martín se brindaba a realizar la expedición difícil de entrar en el campo carlista para volver con las letras firmadas.

--¿Cuánto quiere usted por eso?--preguntó Levi-Alvarez.

--El veinte por ciento.

--¡Caramba! Es mucho.

--Está bien, no hablemos, me voy.

--Espere usted. ¿Sabe usted que las letras ascienden a ciento veinte mil duros? El veinte por ciento sería una cantidad enorme.

--Es lo que me ha ofrecido Ospitalech. Eso o nada.

--¡Qué barbaridad! No tiene usted consideración...

--Es mi última palabra. Eso o nada.

--Bueno, bueno. Está bien. ¿Sabe usted que si tiene suerte se va usted a ganar veinticuatro mil duros...?

--Y si no me pegarán un tiro.

--Exacto. ¿Acepta usted?

--Sí, señor, acepto.

--Bueno. Entonces estamos conformes.

--Pero yo exijo que usted me formalice este contrato por escrito--dijo Martín.

--No tengo inconveniente.

El judío quedó un poco perplejo y, después de vacilar un poco, preguntó:

--¿Cómo quiere usted que lo haga?

--En pagarés de mil duros cada uno.

El judío, después de vacilar, llenó los pagarés y puso los sellos.

--Si cobra usted--advirtió--de cada pueblo me puede usted ir enviando las letras.

--¿No las podría depositar en los pueblos en casa del notario?

--Sí, es mejor. Un consejo. En Estella no vaya usted donde el ministro de la guerra. Preséntese usted al general en jefe y le entrega usted las cartas.

--Eso haré.

--Entonces, adiós, y buena suerte.

Martín fué a casa de un notario de Bayona, le preguntó si los pagarés estaban en regla y, habiéndole dicho que sí, los depositó bajo recibo.

El mismo día se fué a Zaro.

--Guardadme este papel--dijo a Bautista y a su hermana--dándoles el recibo.

Yo me voy.

--¿Adónde vas?--preguntó Bautista.

Martín le explicó sus proyectos.

--Eso es un disparate--dijo Bautista--te van a matar.

--¡Ca!

--Cualquiera de la partida del Cura que te vea te denuncia.

--No está ninguno en España. La mayoría andan por Buenos Aires. Algunos los tienes por aquí, por Francia, trabajando.

--No importa, es una barbaridad lo que quieres, hacer.

--¡Hombre! Yo no obligo a nadie a que venga conmigo--dijo Martín.

--Es que si tú crees que eres el único capaz de hacer eso, estás equivocado--replicó Bautista--. Yo voy donde otro vaya.

--No digo que no.

--Pero parece que dudas.

--No, hombre, no.

--Sí, sí, y para que veas que no hay tal cosa, te voy a acompañar. No se dirá que un vasco francés no se atreve a ir donde vaya un vasco español.

--Pero hombre, tú estás casado--repuso Martín.

--No importa.

--Bueno, ya veo que lo tú quieres es acompañarme. Iremos juntos, y, si conseguimos traer las letras firmadas te daré algo.

--¿Cuánto?

--Ya veremos.

--¡Qué granuja eres!--exclamó Bautista--¿para qué quieres tanto dinero?

--¿Qué sé yo? Ya veremos. Yo tengo en la cabeza algo. ¿Qué? No lo sé, pero sirvo para alguna cosa. Es una idea que se me ha metido en la cabeza hace poco.

--¿Qué demonio de ambición tienes?

