Zalacaín El Aventurero (Historia de las buenas andanzas y fortunas de Martín Zalacaín el Aventurero)
Part 3
Y volvió a atacar con el cuerno de caza un aire marcial, mientras el viejo ayudante redoblaba en el tambor.
La mujer abrió la lona que cerraba la puerta y se puso a recoger los cuartos de los que iban pasando.
Martín presenció todas estas maniobras con una curiosidad creciente, hubiera dado cualquier cosa por entrar, pero no tenía dinero.
Buscó una rendija entre las lonas para ver algo, pero no la pudo encontrar; se tendió en el suelo y estaba así con la cara junto a la tierra cuando se le acercó la chica haraposa del domador que tocaba la campanilla a la puerta.
--Eh, tú ¿qué haces ahí?
--Mirar--dijo Martín.
--No se puede.
--¿Y por qué no se puede?
--Porque no. Si no quédate ahí, ya verás si te pesca mi amo.
--¿Y quién es tu amo?
--¿Quién ha de ser? El domador.
--¡Ah! ¿Pero tú eres de aquí?
--Sí
--¿Y no sabes pasar?
--Si no dices a nadie nada ya te pasaré.
--Yo también te traeré cerezas.
--¿De dónde?
--Yo sé donde las hay.
--¿Cómo te llamas?
--Martín, ¿y tú?
--Yo, Linda.
--Así se llamaba la perra del médico--dijo poco galantemente Martín.
Linda no protestó de la comparación; fué detrás de la entrada del circo, tiró de una lona, abrió un resquicio, y dijo a Martín:
--Anda, pasa.
Se deslizó Martín y luego ella.
--¿Cuando me darás las cerezas?--preguntó la chica.
--Cuando esto se concluya iré a buscarlas.
Martín se colocó entre el público. El espectáculo que ofrecía el domador de fieras era realmente repulsivo.
Alrededor del circo, atados a los pies de un banco hecho con tablas, había diez o doce perros flacos y sarnosos. El domador hizo restallar el látigo, y todos los perros a una comenzaron a ladrar y a aullar furiosamente. Luego el hombre vino con un oso atado a una cadena, con la cabeza protegida por una cubierta de cuero.
El domador obligó a ponerse de pie varias veces al oso, y a bailar con el palo cruzado sobre los hombros y a tocar la pandereta. Luego soltó un perro que se lanzó sobre el oso, y después de un momento de lucha se le colgó de la piel. Tras de éste soltó otro perro y luego otro y otro, con lo cual el público se comenzó a cansar.
A Martín no le pareció bien, porque el pobre oso estaba sin defensa alguna. Los perros se echaban con tal furia sobre el oso que para obligarles a soltar la presa el domador o el viejo tenían que morderles la cola. A Martín no le agradó el espectáculo y dijo en voz alta, y algunos fueron de su opinión, que el oso atado no podía defenderse.
Después todavía martirizaron más a la pobre bestia. El domador era un verdadero canalla y pegaba al animal en los dedos de las patas, y el oso babeaba y gemía con unos gemidos ahogados.
--¡Basta! ¡Basta!--gritó un indiano que había estado en California.
--Porque tiene el oso atado hace eso--dijo Martín--, sino no lo haría.
El domador se fijó en el muchacho y le lanzó una mirada de odio.
Lo que siguió fué más agradable, la mujer del domador, vestida con un traje de lentejuelas, entró en la jaula del león, jugó con él, le hizo saltar y ponerse de pie, y después Linda dió dos o tres volatines y vino con un monillo vestido de rojo a quien obligó a hacer ejercicios acrobáticos.
El espectáculo concluía. La gente se disponía a salir. Martín vió que el domador le miraba. Sin duda se había fijado en él. Martín se adelantó a salir, y el domador le dijo:
--Espera, tú no has pagado. Ahora nos veremos. Te voy a echar los perros como al oso.
Martín retrocedió espantado; el domador le contemplaba con una sonrisa feroz. Martín recordó el sitio por donde entró y empujando violentamente la lona la abrió y salió fuera de la barraca. El domador quedó chasqueado. Dió después Martín la vuelta al prado de Santa Ana, hasta detenerse prudentemente a quince o veinte metros de la entrada del circo.
Al ver a Linda le dijo:
--¿Quieres venir?
--No puedo.
--Pues ahora te traeré las cerezas.
En el momento que hablaban apareció corriendo el domador, pensó sin duda en abalanzarse sobre Martín, pero comprendiendo que no le alcanzaría se vengó en la niña y le dió una bofetada brutal. La chiquilla cayó al suelo. Unas mujeres se interpusieron é impidieron al domador siguiera pegando a la pobre Linda.
--Tó lo has metido dentro, ¿verdad?--gritó el domador en francés.
--No; ha sido él que ha entrado.
--Mentira. Has sido tú. Confiesa o te deslomo.
--Sí, he sido yo.
--¿Y por qué?
--Porque me ha dicho que me traería cerezas.
--Ah, bueno--y el domador se tranquilizó--, que las traiga, pero si te las comes te hartaré de palos. Ya lo sabes.
Martín, al poco rato, volvió con la boina llena de cerezas. La Linda las puso en su delantal y estaba con ellas cuando se presentó el domador de nuevo. Martín se apartó dando un salto hacia atrás.
--No, no te escapes--dijo el domador con una sonrisa que quería ser amable.
Martín se quedó. Luego, el hombre le preguntó quién era, y él al saber su parentesco con Tellagorri, le dijo:
--Ven cuando quieras, te dejaré pasar.
Durante los demás días de la semana, la barraca del domador estuvo vacía. El domingo, los saltimbanquis hicieron dar un bando por el pregonero diciendo que representarían un número extraordinario é interesantísimo. Martín se lo dijo a su madre y a su hermana. La chica se asustaba al escuchar el relato de las fieras y no quiso ir.
Acudieron solo la madre y el hijo. El número sensacional era la lucha de la Linda con el oso. La chiquilla se presentó desnuda de medio cuerpo arriba y con unos pantalones de percal rojo. Linda se abrazó al oso y hacía que luchaba con él, pero el domador tiraba a cada paso de una cuerda atada a la nariz del plantigrado.
A pesar de que la gente pensaba que no había peligro para la niña, producía una horrible impresión ver las grandes y peludas garras del animal sobre las espaldas débiles de la niña.
Después del número sensacional que no entusiasmó al público, entró la mujer en la jaula del león.
La fiera debía estar enferma, porque la domadora no halló medio de que hiciese los ejercicios de costumbre.
Viendo semejante fracaso el domador, poseído de una rabiosa furia, entró en la jaula, mandó salir a la mujer y empezó a latigazos con el león. Este se levantó enseñando los dientes, y lanzando un rugido se echó sobre domador; el viejo ayudante metió, por entre los barrotes de la jaula, una palanca de hierro para aislar el hombre de la fiera, pero con tan poca fortuna, que la palanca se enganchó en las ropas del domador y en vez de protegerle le inmovilizó y le dejó entregado a la fiera.
El público vió al domador echando sangre, y se levantó despavorido y se dispuso a huir.
No había peligro para los espectadores, pero un pánico absurdo hizo que todos se lanzasen atropelladamente a la salida; alguien, que luego no se supo quién fué, disparó un tiro contra el león, y en aquel momento insensato de fuga resultaron magullados y contusos varias mujeres y niños.
El domador quedó también gravemente herido.
Dos mujeres fueron recogidas con contusiones de importancia, una de ellas, una vieja de un caserío lejano que hacía diez años que no había estado en Urbia, la otra, la madre de Martín, que además de las magulladuras y golpes, presentaba una herida en el cuello, ocasionada, según dijo el médico, por un trozo del barrote de la jaula, desprendido al choque de la bala disparada por una persona desconocida.
Se trasladó a la madre de Martín a su casa, y fuera que las contusiones y la herida tuviesen gravedad, fuera como dijeron algunos que no estuviese bien atendida, el caso fué que la pobre mujer murió a la semana del accidente de la barraca, dejando huérfanos a Martín y a la Ignacia.
CAPÍTULO VII
CÓMO TELLAGORRI SUPO PROTEGER A LOS SUYOS
A la muerte de la madre de Martín, Tellagorri, con gran asombro del pueblo, recogió a sus sobrinos y se los llevó a su casa. La señora de Ohando dijo que era una lástima que aquellos niños fuesen a vivir con un hombre desalmado, sin religión y sin costumbres, capaz de decir que saludaba con más respeto a un perro de aguas que al señor párroco.
La buena señora se lamentó, pero no hizo nada, y Tellagorri se encargó de cuidar y alimentar a los huérfanos.
La Ignacia entró en la posada de Arcale de niñera y hasta los catorce años trabajó allí.
Martín frecuentó la escuela durante algunos meses, pero le tuvo que sacar Tellagorri antes del año porque se pegaba con todos los chicos y hasta quiso zurrar al pasante.
Arcale, que sabía que el muchacho era listo y de genio vivo, le utilizó para recadista en el coche de Francia, y cuando aprendió a guiar, de recadista le ascendieron a cochero interino y al cabo de un año le pasaron a cochero en propiedad.
Martín, a los diez y seis años, ganaba su vida y estaba en sus glorias. Se jactaba de ser un poco bárbaro y vestía un tanto majo, con la elegancia garbosa de los antiguos postillones. Llevaba chalecos de color, y en la cadena del reloj colgantes de plata. Le gustaba lucirse los domingos en el pueblo; pero no le gustaba menos los días de labor marchar en el pescante por la carretera restallando el látigo, entrar en las ventas del camino, contar y oir historias y llevar encargos.
La señora de Ohando y Catalina se los hacían con mucha frecuencia, y le recomendaban que les trajese de Francia telas, puntillas y algunas veces alhajas.
--¿Qué tal, Martín?--le decía Catalina en vascuence.
--Bien--contestaba él rudamente, haciéndose más el hombre--. ¿Y en vuestra casa?
--Todos buenos. Cuando vayas a Francia, tienes que comprarme una puntilla como la otra. ¿Sabes?
--Sí, sí, ya te compraré.
--¿Ya sabes francés?
--Ahora empiezo a hablar.
Martín se estaba haciendo un hombretón, alto, fuerte, decidido. Abusaba un poco de su fuerza y de su valor, pero nunca atacaba a los débiles. Se distinguía también como jugador de pelota y era uno de los primeros en el trinquete.
Un invierno hizo Martín una hazaña, de la que se habló en el pueblo. La carretera estaba intransitable por la nieve y no pasaba el coche. Zalacaín fué a Francia y volvió a pie, por la parte de Navarra, con un vecino de Larrau. Pasaron los dos por el bosque de Iraty y les acometieron unos cuantos jabalíes.
Ninguno de los hombres llevaba armas, pero a garrotazos mataron tres de aquellos furiosos animales, Zalacaín dos y el de Larrau otro.
Cuando Martín volvió triunfante, muerto de fatiga y con sus dos jabalíes, el pueblo entero le consideró como un héroe.
Tellagorri también fué muy felicitado por tener un sobrino de tanto valor y audacia. El viejo, muy contento, aunque haciéndose el indiferente, decía:
Este sobrino mío va a dar mucho que hablar. De casta le viene al galgo. Porque yo no sé si vosotros habréis oído hablar de López de Zalacaín. ¿No? Pues preguntadle a ese viejo Soraberri, ya veréis lo que os cuenta...
--¿Y qué tiene que ver ese López con tu sobrino?--le replicaban.
--Pues que es antepasado de Martín. No comprendéis nada.
Tellagorri pagó caro el triunfo obtenido por su sobrino en la caza de los jabalíes, porque de tanto beber se puso enfermo.
La Ignacia y Martín, por consejo del médico, obligaron al viejo a que suprimiese toda bebida, fuese vino o licor; pero Tellagorri, con tal procedimiento de abstinencia, languidecía y se iba poniendo triste.
--Sin vino y sin _patharra_ soy un hombre muerto--decía Tellagorri--; y, viendo que el médico no se convencía de esta verdad, hizo que llamaran a otro más joven.
Éste le dió la razón al borracho, y no sólo le recomendó que bebiera todos los días un poco de aguardiente, sino que le recetó una medicina hecha con ron. La Ignacia tuvo que guardar la botella del medicamento, para que el enfermo no se la bebiera de un trago. A medida que entraba el alcohol en el cuerpo de Tellagorri, el viejo se erguía y se animaba.
A la semana de tratamiento se encontraba tan bien, que comenzó a levantarse y a ir a la posada de Arcale, pero se creyó en el caso de hacer locuras, a pesar de sus años, y anduvo de noche entre la nieve y cogió una pleuresía.
--De esta no sale usted--le dijo el médico incomodado, al ver que había faltado a sus prescripciones.
Tellagorri lo comprendió así y se puso serio, hizo una confesión rápida, arregló sus cosas y, llamando a Martín, le dijo en vascuence:
--Martín, hijo mío, yo me voy. No llores. Por mí lo mismo me da. Eres fuerte y valiente y eres buen chico. No abandones a tu hermana, ten cuidado con ella. Por ahora, lo mejor que puedes hacer es llevarla a casa de Ohando. Es un poco coqueta; pero Catalina la tomará. No le olvides tampoco a _Marquesch_; es viejo, pero ha cumplido.
--No, no le olvidaré--dijo Martín sollozando.
--Ahora--prosiguió Tellagorri--te voy a decir una cosa y es que antes de poco habrá guerra. Tú eres valiente, Martín, tú no tendrás miedo de las balas. Vete a la guerra, pero no vayas de soldado. Ni con los blancos, ni con los negros. ¡Al comercio, Martín! ¡Al comercio! Venderás a los liberales y a los carlistas, harás tu pacotilla y te casarás con la chica de Ohando. Si tenéis un chico, llamadle como yo, Miguel, o José Miguel.
--Bueno--dijo Martín, sin fijarse en lo extravagante de la recomendación.
--Dile a Arcale--siguió diciendo el viejo--dónde tengo el tabaco y las setas. Ahora acércate más. Cuando yo me muera, registra mi jergón y encontrarás en esta punta de la izquierda un calcetín con unas monedas de oro. Ya te he dicho, no quiero que las emplees en tierras, sino en géneros de comercio.
--Así lo haré.
--Creo que te lo he dicho todo. Ahora dame la mano. Firmes, ¿eh?
--Firmes.
El pobre Tellagorri se olvido de decir _Pirmes_, como hubiera dicho estando sano.
--A esa sosa de la Ignacia--añadió poco después el viejo--le puedes dar lo que te parezca cuando se case.
A todo dijo Martín que sí. Luego acompañó al viejo, contestando a sus preguntas, algunas muy extrañas, y por la madrugada dejó de vivir Miguel de Tellagorri, hombre de mala fama y de buen corazón.
CAPÍTULO VIII
CÓMO AUMENTÓ EL ODIO ENTRE MARTÍN ZALACAÍN Y CARLOS OHANDO
Cuando murió Tellagorri, Catalina de Ohando, ya una señorita, habló a su madre para que recogiera a la Ignacia, la hermana de Martín. Era ésta, según se decía, un poco coqueta y estaba acostumbrada a los piropos de la gente de casa de Arcale.
La suposición de que la muchacha, siguiendo en la taberna, pudiese echarse a perder, influyó en la señora de Ohando para llevarla a su casa de doncella. Pensaba sermonearla hasta quitarla todos los malos resabios y dirigirla por la senda de la más estrecha virtud.
Con el motivo de ver a su hermana, Martín fué varias veces a casa de Ohando y habló con Catalina y doña Águeda. Catalina seguía hablándole de tú y doña Águeda manifestaba por él afecto y simpatía, expresados en un sin fin de advertencias y de consejos.
El verano se presentó Carlos Ohando, que venía de vacaciones del colegio de Oñate.
Pronto notó Martín que, con la ausencia, el odio que le profesaba Carlos más había aumentado que disminuído. Al comprobar este sentimiento de hostilidad, dejó de presentarse en casa de Ohando.
--No vas ahora a vernos--le dijo alguna vez que le encontró en la calle, Catalina.
--No voy, porque tu hermano me odia--contestó claramente Martín.
--No, no lo creas.
--¡Bah! Yo sé lo que me digo.
El odio existía. Se manifestó primeramente en el juego de pelota.
Tenía Martín un rival en un chico navarro, de la Ribera del Ebro, hijo de un carabinero.
A este rival le llamaban _el Cacho_, porque era zurdo.
Carlos de Ohando y algunos condiscípulos suyos, carlistas que se las echaban de aristócratas, comenzaron a proteger al _Cacho_ y a excitarlo y a lanzarlo contra Martín.
_El Cacho_ tenía un juego furioso de hombre pequeño é iracundo; el juego de Martín, tranquilo y reposado, era del que está seguro de sí mismo. _El Cacho_, si comenzaba a ganar, se exaltaba, llevaba el partido al vuelo; en cambio, desanimado, no tiraba una pelota que no fuese falta.
Eran dos tipos, Zalacaín y _el Cacho_, completamente distintos; el uno, la serenidad y la inteligencia del montañés, el otro, el furor y el brío del ribereño.
Semejante rivalidad, explotada por Ohando y los señoritos de su cuerda, terminó en un partido que propusieron los amigos del _Cacho_. El desafío se concertó así; _el Cacho_ é Isquiña, un jugador viejo de Urbia, contra Zalacaín y el compañero que éste quisiera tomar. El partido sería a cesta y a diez juegos.
Martín eligió como zaguero a un muchacho vasco francés que estaba de oficial en la panadería de Archipi y que se llamaba Bautista Urbide.
Bautista era delgado, pero fuerte, sereno y muy dueño de sí mismo.
Se apostó mucho dinero por ambas partes. Casi todo el elemento popular y liberal estaba por Zalacaín y Urbide; los señoritos, el sacristán y la gente carlista de los caseríos por _el Cacho_.
El partido constituyó un acontecimiento en Urbia; el pueblo entero y mucha gente de los alrededores se dirigió al juego de pelota a presenciar el espectáculo.
La lucha principal iba a ser entre los dos delanteros, entre Zalacaín y _el Cacho. El Cacho_ ponía de su parte su nerviosidad, su furia, su violencia en echar la pelota baja y arrinconada; Zalacaín se fiaba en su serenidad, en su buena vista y en la fuerza de su brazo, que le permitía coger la pelota y lanzarla a lo lejos.
La montaña iba a pelear contra la llanura.
Comenzó el partido en medio de una gran expectación; los primeros juegos fueron llevados a la carrera por _el Cacho_, que tiraba las pelotas como balas unas líneas solamente por encima de la raya, de tal modo que era imposible recogerlas.
A cada jugada maestra del navarro, los señoritos y los carlistas aplaudían entusiasmados; Zalacaín sonreía, y Bautista le miraba con cierto mal disimulado pánico.
Iban cuatro juegos por nada, y ya parecía el triunfo del navarro casi seguro cuando la suerte cambió y comenzaron a ganar Zalacaín y su compañero.
Al principio, _el Cacho_ se defendía bien y remataba el juego con golpes furiosos, pero luego, como si hubiese perdido el tono, comenzó a hacer faltas con una frecuencia lamentable y el partido se igualó.
Desde entonces se vió que _el Cacho_ é Isquiña perdían el juego. Estaban desmoralizados. _El Cacho_ se tiraba contra la pelota con ira, hacía una falta y se indignaba; pegaba con la cesta en la tierra enfurecido y echaba la culpa de todo a su zaguero.
Zalacaín y el vasco francés, dueños de la situación, guardaban una serenidad completa, corrían elásticamente y reían.
--Ahí, Bautista--decía Zalacaín--. ¡Bien!
--Corre, Martín--gritaba Bautista--. ¡Eso es!
El juego terminó con el triunfo completo de Zalacaín y de Urbide.
--_¡Viva gutarrac_. (¡Vivan los nuestros!)--gritaron los de la _calle_ de Urbia aplaudiendo torpemente.
Catalina sonrió a Martín y le felicitó varias veces.
--¡Muy bien! ¡Muy bien!
--Hemos hecho lo que hemos podido--contestó él sonriente.
Carlos Ohando se acerco a Martín, y le dijo con mal ceño:
--_El Cacho_ te juega mano a mano.
--Estoy cansado--contestó Zalacaín.
--¿No quieres jugar?
--No. Juega tú si quieres.
Carlos, que había comprobado una vez mas la simpatía de su hermana por Martín, sintió avivarse su odio.
Había venido aquella vez Carlos Ohando de Oñate más sombrío, más fanático y más violento que nunca.
Martín sabía el odio del hermano de Catalina y, cuando lo encontraba por casualidad, huía de él, lo cual a Carlos le producía más ira y más furor.
Martín estaba preocupado, buscando la manera de seguir los consejos de Tellagorri y de dedicarse al comercio; había dejado su oficio de cochero y entrado con Arcale en algunos negocios de contrabando.
Un día, una vieja criada de casa de Ohando, chismosa y murmuradora, fué a buscarle y le contó que la Ignacia, su hermana, coqueteaba con Carlos, el señorito de Ohando.
Si doña Águeda lo notaba iba a despedir a la Ignacia, con lo cual el escándalo dejaría a la muchacha en una mala situación.
Martín, al saberlo, sintió deseos de presentarse a Carlos y de insultarle y desafiarle. Luego, pensando que lo esencial era evitar las murmuraciones, ideó varias cosas, hasta que al último le pareció lo mejor ir a ver a su amigo Bautista Urbide.
Había visto al vasco francés muchas veces bailando con la Ignacia y creía que tenía alguna inclinación por ella.
El mismo día que le dieron la noticia se presentó en la tahona de Archipi en donde Urbide trabajaba. Lo encontró al vasco francés desnudo de medio cuerpo arriba en la boca del horno.
--Oye, Bautista--le dijo.
--¿Qué pasa?
--Te tengo que hablar.
--Te escucho--dijo el francés mientras maniobraba con la pala.
--¿A ti te gusta la _Iñasi_, mi hermana?
--¡Hombre!... sí. ¡Qué pregunta!--exclamó Bautista--.¿Para eso vienes a verme?
--¿Te casarías con ella?
--Si tuviera dinero para establecerme ya lo creo.
--¿Cuánto necesitarías?
--Unos ochenta o cien duros.
--Yo te los doy.
--¿Y por qué es esa prisa? ¿Le pasa algo a la Ignacia?
--No, pero he sabido que Carlos Ohando la está haciendo el amor. ¡Y como la tiene en su casa!...
--Nada, nada. Hablale tú y, si ella quiere, ya está. Nos casamos en seguida.
Se despidieron Bautista y Martín, y éste, al día siguiente, llamó a su hermana y le reprochó su coquetería y su estupidez. La Ignacia negó los rumores que habían llegado hasta su hermano, pero al último confesó que Carlos la pretendía, pero con buen fin.
--¡Con buen fin!--exclamó Zalacaín--. Pero tú eres idiota, criatura.
--¿Por qué?
--Porque te quiere engañar, nada mas.
--Me ha dicho que se casará conmigo.
--¿Y tú le has creído?
--¡Yo! Le he dicho que espere y que te preguntaré a ti, pero él me ha contestado que no quiere que te diga a ti nada.
--Claro. Porque yo echaría abajo sus planes. Te quiere engañar, y quiere deshonrarnos, y que el pueblo entero nos desprecie porque me odia a mí. Yo no te digo más que una cosa, que si pasa algo entre ese sacristán y tú, te despellejo a ti y a él, y le pego fuego a la casa, aunque me lleven a presidio para toda la vida.
La Ignacia se echó a llorar, pero cuando Martín le dijo que Bautista se quería casar con ella y que tenía dinero, se secaron pronto sus lágrimas.
--¿Bautista quiere casarse?--preguntó la Ignacia asombrada.
--Sí.
--¡Pero si no tiene dinero!
--Pues ahora lo ha encontrado.
La idea del casamiento con Bautista no soló consoló a la muchacha, sino que pareció ofrecerle un halagador porvenir.
--¿Y qué quieres que haga? ¿Salir de la casa?--preguntó la Ignacia, secándose las lágrimas y sonriendo.
--No, por de pronto sigue ahí, es lo mejor, y dentro de unos días Bautista irá a ver a doña Águeda y a decirla que se casa contigo.
Se hizo lo acordado por los dos hermanos. En los días siguientes, Carlos Ohando vió que su conquista no seguía adelante, y el domingo, en la plaza, pudo comprobar que la Ignacia se inclinaba definitivamente del lado de Bautista. Bailaron la muchacha y el panadero toda la tarde con gran entusiasmo.
Carlos esperó a que la Ignacia se encontrara sola y la insultó y la echó en cara su coquetería y su falsedad. La muchacha, que no tenía gran inclinación por Carlos, al verle tan violento cobró por él desvío y miedo.
Poco después, Bautista Urbide se presentó en casa de Ohando, habló a doña Águeda, se celebró la boda, y Bautista y la Ignacia fueron a vivir a Zaro, un pueblecillo del país vasco francés.
CAPÍTULO IX
CÓMO INTENTÓ VENGARSE CARLOS DE MARTÍN ZALACAÍN
Carlos Ohando enfermó de cólera y de rabia. Su naturaleza, violenta y orgullosa, no podía soportar la humillación de ser vencido; sólo el pensarlo le mortificaba y le corroía el alma.
Al intentar seducir Carlos a la Ignacia, casi podía más en él su odio contra Martín que su inclinación por la chica. Deshonrarle a ella y hacerle a él la vida triste, era lo que le encantaba. En el fondo, el aplomo de Zalacaín, su contento por vivir, su facilidad para desenvolverse, ofendían a este hombre sombrío y fanático.
Además, en Carlos la idea de orden, de categoría, de subordinación, era esencial, fundamental, y Martín intentaba marchar por la vida sin cuidarse gran cosa de las clasificaciones y de las categorías sociales.