Zalacaín El Aventurero (Historia de las buenas andanzas y fortunas de Martín Zalacaín el Aventurero)

Part 11

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El camino estaba intransitable y lleno de barro. Además de todo aquel convoy de mercancías consignado al ejército, hallábanse otros coches atiborrados de géneros que algunos comerciantes de Bayona llevaban a ver si vendían al por menor.

Había también cerca del puente, sobre el riachuelo Ugarona, una porción de cantineros con sus cestas, frascos y cachivaches.

Martín con su mujer, y Bautista con la suya, se acercaron a Añoa y se alojaron en la venta. Catalina quería ver si obtenía noticias de su hermano.

En la venta preguntaron a un muchacho desertor carlista, pero no supo darles ninguna razón de Carlos Ohando.

--Si no está en Peñaplata, irá camino de Burguete--les dijo.

Se encontraban a la puerta de la venta Martín y Bautista, cuando pasó, envuelto en su capote, Briones, el hermano de Rosita. Le saludó a Martín muy afectuoso y entró en la venta. Vestía uniforme de comandante y llevaba cordones dorados como los ayudantes de generales.

--He hablado mucho de usted a mi general--le dijo a Martín.

--¿Sí?

--Ya lo creo. Tendría mucho gusto en conocer a usted. Le he contado sus aventuras. ¿Quiere usted venir a saludarle? Tengo ahí un caballo de mi asistente.

--¿Dónde está el general?

--En Elizondo. ¿Viene usted?

--Vamos.

Advirtió Martín a su mujer que se marchaba a Elizondo; montaron Briones y Zalacaín a caballo y charlando de muchas cosas llegaron a esta villa, centro del valle del Baztán. El general se alojaba en un palacio de la plaza; a la puerta dos oficiales hablaban.

Le hizo pasar Briones a Martín al cuarto en donde se encontraba el general. Éste, sentado a una mesa donde tenía planos y papeles, fumaba un cigarro puro y discutía con varias personas.

Presentó Briones a Martín, y el general, después de estrecharle la mano, le dijo bruscamente:

--Me ha contado Briones sus aventuras. Le felicito a usted.

--Muchas gracias, mi general.

--¿Conoce usted toda esta zona de mugas de la frontera que domina el valle del Baztán?

--Sí, como mi propia mano. Creo que no habrá otro que las conozca tan bien.

--¿Sabe usted los caminos y las sendas?

--No hay más que sendas.

--¿Hay sendero para subir a Peñaplata por el lado de Zugarramurdi?

--Lo hay.

--¿Pueden subir caballos?

--Sí, fácilmente.

El general discutió con Briones y con el otro ayudante. Él había tenido el proyecto de cerrar la frontera é impedir la retirada a Francia del grueso del ejército carlista, pero era imposible.

--Usted ¿qué ideas políticas tiene?--preguntó de pronto el general a Martín.

--Yo he trabajado para los carlistas, pero en el fondo creo que soy liberal.

--¿Querría usted servir de guía a la columna que subirá mañana a Peñaplata?

--No tengo inconveniente.

El general se levantó de la silla en donde estaba sentado y se acercó con Zalacaín a uno de los balcones.

--Creo--le dijo--que actualmente soy el hombre de más influencia de España. ¿Qué quiere usted ser? ¿No tiene usted ambiciones?

--Actualmente soy casi rico; mi mujer lo es también...

--¿De dónde es usted?

--De Urbia.

--¿Quiere usted que le nombremos alcalde de allá?

Martín reflexionó.

--Sí, eso me gusta--dijo.

--Pues cuente usted con ello. Mañana por la mañana hay que estar aquí.

--¿Van a ir tropas por Zugarramurdi?

--Sí.

--Yo les esperaré en la carretera, junto al alto de Maya.

Martín se despidió del general y de Briones, y volvió a Añoa, para tranquilizar a su mujer. Contó a Bautista su conversación con el general; Bautista se lo dijo a su mujer y ésta a Catalina.

A media noche, se preparaba Martín a montar a caballo, cuando se presentó Catalina con su hijo en brazos.

--¡Martín! ¡Martín!--le dijo sollozando--. Me han asegurado que quieres ir con el ejército a subir a Peñaplata.

--¿Yo?

--Sí.

--Es verdad. ¿Y eso te asusta?

--No vayas. Te van a matar, Martín. ¡No vayas! ¡Por nuestro hijo! ¡Por mí!

--Bah, ¡tonterías! ¿Que miedo puedes tener? Si he estado otras veces solo, ¿qué me va a pasar, yendo en compañía de tanta gente?

--Sí, pero ahora no vayas, Martín. La guerra se va a acabar en seguida. Que no te pase algo al final.

--Me he comprometido. Tengo que ir.

--¡Oh, Martín!--sollozó Catalina--. Tú eres todo para mí; yo no tengo padre, ni madre, ni tengo hermano, porque el cariño que pudiese tenerle a él lo he puesto en ti y en tu hijo. No vayas a dejarme viuda, Martín.

--No tengas cuidado. Estáte tranquila. Mi vida está asegurada, pero tengo que ir. He dado mi palabra...

--Por tu hijo...

--Sí, por mi hijo también... No quiero que, andando el tiempo, puedan decir de él: «Este es el hijo de Zalacaín, que dió su palabra y no la cumplió por miedo»; no, si dicen algo, que digan: «Este es Miguel Zalacaín, el hijo de Martín Zalacaín, tan valiente como su padre... No. Más valiente aún que su padre.»

Y Martín, con sus palabras, llegó a infundir ánimo en su mujer, acarició al niño, que le miraba sonriendo desde el regazo de su madre, abrazó a ésta y, montando a caballo, desapareció por el camino de Elizondo.

CAPÍTULO IV

LA BATALLA CERCA DEL MONTE AQUELARRE

Martín llegó al alto de Maya al amanecer, subió un poco por la carretera y vió que venía la tropa. Se reunió con Briones y ambos se pusieron a la cabeza de la columna.

Al llegar a Zugarramurdi, comenzaba a clarear. Sobre el pueblo, las cimas del monte, blancas y pulidas por la lluvia, brillaban con los primeros rayos del sol.

De esta blancura de las rocas precedía el nombre del monte Arrizuri (piedra blanca) en vasco y Peñaplata en castellano.

Martín tomó el sendero que bordea un torrente. Una capa de arcilla humedecida cubría el camino, por el cual los caballos y los hombres se resbalaban. El sendero tan pronto se acercaba a la torrentera, llena de malezas y de troncos podridos de árboles, como se separaba de ella. Los soldados caían en este terreno resbaladizo. A cierta altura, el torrente era ya un precipicio, por cuyo fondo, lleno de matorrales, se precipitaba el agua brillante.

Mientras marchaban Martín y Briones a caballo, fueron hablando amistosamente. Martín felicitó a Briones por sus ascensos.

--Sí, no estoy descontento--dijo el comandante--; pero usted, amigo Zalacaín, es el que avanza con rapidez, si sigue así; si en estos años adelanta usted lo que ha adelantado en los cinco pasados, va usted a llegar donde quiera.

--¿Creerá usted que yo ya no tengo casi ambición?

--¿No?

--No. Sin duda, eran los obstáculos los que me daban antes bríos y fuerza, el ver que todo el mundo se plantaba a mi paso para estorbarme. Que uno quería vivir, el obstáculo; que uno quería a una mujer y la mujer le quería a uno, el obstáculo también. Ahora no tengo obstáculos, y ya no se qué hacer. Voy a tener que inventarme otras ocupaciones y otros quebraderos de cabeza.

--Es usted la inquietud personificada, Martín--dijo Briones.

--¿Qué quiere usted? He crecido salvaje como las hierbas y necesito la acción, la acción continua. Yo, muchas veces pienso que llegará un día en que los hombres podrán aprovechar las pasiones de los demás en algo bueno.

--¿También es usted soñador?

--También.

--La verdad es que es usted un hombre pintoresco, amigo Zalacaín.

--Pero la mayoría de los hombres son como yo.

--Oh, no. La mayoría somos gente tranquila, pacífica, un poco muerta.

--Pues yo estoy vivo, eso sí; pero la misma vida que no puedo emplear se me queda dentro y se me pudre. Sabe usted, yo quisiera que todo viviese, que todo comenzara a marchar, no dejar nada parado, empujar todo al movimiento, hombres, mujeres, negocios, máquinas, minas, nada quieto, nada inmóvil...

--Extrañas ideas--murmuró Briones.

Concluía el camino y comenzaban las sendas a dividirse y a subdividirse, escalando la altura.

Al llegar a este punto, Martín avisó a Briones que era conveniente que sus tropas estuviesen preparadas, pues al final de estas sendas se encontrarían en terreno descubierto y desprovisto de árboles.

Briones mandó a los tiradores de la vanguardia preparasen sus armas y fueran avanzando despacio en guerrilla.

--Mientras unos van por aquí--dijo Martín a Briones--otros pueden subir por el lado opuesto. Hay allá arriba una explanada grande. Si los carlistas se parapetan entre las rocas van a hacer una mortandad terrible.

Briones dió cuenta al general de lo dicho por Martín, y aquél ordenó que medio batallón fuera por el lado indicado por el guía. Mientras no oyeran los tiros del grueso de la fuerza no debían atacar.

Zalacaín y Briones bajaron de sus caballos y tomaron por una senda, y durante un par de horas fueron rodeando el monte, marchando entre helechos.

--Por esta parte, en una calvera del monte, en donde hay como una plazuela formada por hayas--dijo Martín--deben tener centinelas los carlistas; sino por ahí podemos subir hasta los altos de Peñaplata sin dificultad.

Al acercarse al sitio indicado por Martín, oyeron una voz que cantaba. Sorprendidos, fueron despacio acortando la distancia.

--No serán las brujas--dijo Martín.

--¿Por qué las brujas?--preguntó Briones.

--¿No sabe usted que estos son los montes de las brujas? Aquel es el monte Aquelarre--contestó Martín.

--¿El Aquelarre? ¿Pero existe?

--Sí.

--¿Y quiere decir algo en vascuence, ese nombre?

--¿Aquelarre?... Sí, quiere decir Prado del macho cabrío.

--¿El macho cabrío será el demonio?

--Probablemente.

La canción no la cantaban las brujas, sino un muchacho que en compañía de diez o doce estaba calentándose alrededor de una hoguera.

Uno cantaba canciones liberales y carlistas y los otros le coreaban.

No habían comenzado a oirse los primeros tiros, y Briones y su gente esperaron tendidos entre los matorrales.

Martín sentía como un remordimiento al pensar que aquellos alegres muchachos iban a ser fusilados dentro de unos momentos.

La señal no se hizo esperar y no fué un tiro, sino una serie de descargas cerradas.

--¡Fuego!--gritó Briones.

Tres o cuatro de los cantores cayeron a tierra y los demás, saltando entre breñales, comenzaron a huir y a disparar.

La acción se generalizaba; debía de ser furiosa a juzgar por el ruido de fusilería. Briones, con su tropa, y Martín subían por el monte a duras penas. Al llegar a los altos, los carlistas, cogidos entre dos fuegos, se retiraron.

La gran explanada del monte estaba sembrada de heridos y de muertos. Iban recogiéndolos en camillas. Todavía seguía la acción, pero poco después una columna de ejército avanzaba por el monte por otro lado, y los carlistas huían a la desbandada hacia Francia.

CAPÍTULO V

DONDE LA HISTORIA MODERNA REPITE EL HECHO DE LA HISTORIA ANTIGUA

Fueron Martín y Catalina en su carricoche a Saint Jean Pied de Port. Todo el grueso del ejército carlista entraba, en su retirada de España, por el barranco de Roncesvalles y por Valcarlos. Una porción de comerciantes se había descolgado por allí, como cuervos al olor de la carne muerta, y compraban hermosos caballos por diez o doce duros, espadas, fusiles y ropas a precios ínfimos.

Era un poco repulsivo ver esta explotación, y Martín, sintiéndose patriota, habló de la avaricia y de la sordidez de los franceses. Un ropavejero de Bayona le dijo que el negocio es el negocio y que cada cual se aprovechaba cuando podía.

Martín no quiso discutir. Preguntaron Catalina y el a varios carlistas de Urbia por Ohando, y uno le indico que Carlos, en compañía del _Cacho_, había salido de Burguete muy tarde, porque estaba muy enfermo.

Sin atender a que fuera o no prudente, Martín tomó el carricoche por el camino de Arneguy; atravesaron este pueblecillo que tiene dos barrios, uno español y otro francés, en las orillas de un riachuelo, y siguieron hasta Valcarlos.

Catalina, al ver aquel espectáculo, quedó horrorizada. La estrecha carretera era un campo de desolación. Casas humeando aún por el incendio, árboles rotos, zanjas, el suelo sembrado de municiones de guerra, cajas, correas de artillería, bayonetas torcidas, instrumentos musicales de cobre aplastados por los carros.

En la cuneta de la carretera se veía a un muerto medio desnudo, sin botas, con el cuerpo cubierto por hojas de helechos; el barro le manchaba la cara.

En el aire gris, una nube de cuervos avanzaba en el aire, siguiendo aquel ejército funesto, para devorar sus despojos.

Martín, atendiendo a la impresión de Catalina, volvió prudentemente hasta llegar de nuevo al barrio francés de Arneguy. Entraron en la posada. Allí estaba el extranjero.

--¿No le decía a usted que nos veríamos todavía?--dijo éste.

--Sí. Es verdad.

Martín presentó a su mujer al periodista y los tres reunidos esperaron a que llegaran los últimos soldados.

Al anochecer, en un grupo de seis o siete, apareció Carlos Ohando y _el Cacho_.

Catalina se acercó a su hermano con los brazos abiertos.

--¡Carlos! ¡Carlos!--gritó.

Ohando quedó atónito al verla; luego con un gesto de ira y de desprecio añadió:

--Quítate de delante. ¡Perdida! ¡Nos has deshonrado!

Y en su brutalidad escupió a Catalina en la cara. Martín, cegado, saltó como un tigre sobre Carlos y le agarró por el cuello.

--¡Canalla! ¡Cobarde!--rugió--. Ahora mismo vas a pedir perdón a tu hermana.

--¡Suelta! ¡Suelta!--exclamó Carlos ahogándose.

--¡De rodillas!

--¡Por Dios, Martín ¡Déjale!--gritó Catalina--. ¡Déjale!

--No, porque es un miserable, un canalla cobarde, y te va a pedir perdón de rodillas.

--No--exclamó Ohando.

--Sí--y Martín le llevó por el cuello, arrastrándole por el barro, hasta donde estaba Catalina.

--No sea usted bárbaro--exclamó el extranjero--. Déjelo usted.

--¡A mí, _Cacho!_ ¡A mí!--gritó Carlos ahogadamente.

Entonces, antes de que nadie lo pudiera evitar, _el Cacho_, desde la esquina de la posada, levantó su fusil, apuntó; se oyó una detonación, y Martín, herido en la espalda, vaciló, soltó a Ohando y cayó en la tierra.

Carlos se levantó y quedó mirando a su adversario. Catalina se lanzó sobre el cuerpo de su marido y trató de incorporarle. Era inútil.

Martín tomó la mano de su mujer y con un esfuerzo último se la llevó a los labios--. ¡Adiós!--murmuró débilmente, se le nublaron los ojos y quedó muerto.

A lo lejos, un clarín guerrero hacía temblar el aire de Roncesvalles.

Así se habían estremecido aquellos montes con el cuerno de Rolando.

Así hacía cerca quinientos años había matado también a traición Velche de Micolalde, deudo de los Ohando, a Martín López de Zalacaín.

Catalina se desmayó al lado del cadáver de su marido. El extranjero con la gente de la fonda le atendieron. Mientras tanto, unos gendarmes franceses persiguieron al _Cacho_, y viendo que éste no se detenía, le dispararon varios tiros hasta que cayó herido.

* * * * *

El cadáver de Martín se llevó al interior de la posada y estuvo toda la noche rodeado de cirios. Los amigos no cabían en la casa. Acudieron a rezar el oficio de difuntos el abad de Roncesvalles y los curas de Arneguy, de Valcarlos y de Zaro.

Por la mañana se verificó el entierro. El día estaba claro y alegre. Se sacó la caja y se la colocó en el coche que habían mandado de San Juan del Pie del Puerto. Todos los labradores de los caseríos propiedad de los Ohandos estaban allí; habían venido de Urbia a pie para asistir al entierro. Y presidieron el duelo Briones, vestido de uniforme, Bautista Urbide y Capistun el americano.

Y las mujeres lloraban.

--Tan grande como era--decían--. ¡Pobre! ¡Quién había de decir que tendríamos que asistir a su entierro, nosotros que le hemos conocido de niño!

El cortejo tomó el camino de Zaro y allí tuvo fin la triste ceremonia.

* * * * *

Meses después, Carlos Ohando entró en San Ignacio de Loyola; _el Cacho_ estuvo en el hospital, en donde le cortaron una pierna, y luego fué enviado a un presidio francés; y Catalina, con su hijo, marchó a Zaro a vivir al lado de la Ignacia y de Bautista.

CAPÍTULO VI

LAS TRES ROSAS DEL CEMENTERIO DE ZARO

Zaro es un pueblo pequeño, muy pequeño, asentado sobre una colina. Para llegar a él se pasa por un camino, en algunas partes muy hondo, al cual los arbustos frondosos forman en verano un túnel.

A la entrada de Zaro, como en otros pueblos vasco-franceses, hay una gran cruz de madera, muy alta, pintada de rojo, con diversos atributos de la pasión: un gallo, las tenazas, la lanza y los clavos. Estas cruces bárbaras, con estrellas y corazones grabados en negro, dan un carácter sombrío y trágico a las aldeas vascas.

En el vértice del cerro donde se asienta Zaro, en medio de una plazoleta, estrecha y larga, se yergue un inmenso nogal copudo, con el grueso tronco rodeado por un banco de piedra.

Una de las caras que forman la plaza es grande, con pórtico espacioso, alero avanzado y varias ventanas cubiertas por persianas verdes. Sobre el escudo que se ostenta en el arco de la puerta, se ve escrita la fecha en que se edificó la casa, y unas palabras en latín indicando quién la hizo:

_Bacalareus presbiterus Urbide Hoc domicilium fecit in lapide_.

En un extremo de la plazoleta se levanta la iglesia, pequeña, humilde, con su atrio, su campanario y su tejadillo de pizarra.

Rodeándola, sobre una tapia baja, se extiende el cementerio.

En Zaro hay siempre un silencio absoluto, casi únicamente interrumpido por la voz cascada del reloj de la iglesia, que da las horas de una manera melancólica, con un tañido de lloro.

En el reloj de la torre de otro pueblo vasco, en Urruña, se lee escrita esta triste sentencia: _Vulnerant omnes, ultima necat_. Todas hieren, la última acaba. Mejor todavía la triste sentencia podría estar escrita en el reloj de la torre de Zaro.

En el cementerio, alrededor de la iglesia, entre las cruces de piedra, brillan durante la primavera rosales de varios colores, rojos, amarillos, y azucenas blancas de aspecto triste.

Desde este cementerio se ve un valle extensísimo, un paisaje amable y pastoril. El grave silencio que reina en el camposanto, apenas lo turbian los débiles rumores de la vida del pueblo.

De cuando en cuando, se oye el chirriar de una puerta, el tintineo del cencerro de las vacas, la voz de un chiquillo, el zumbido de los moscones... y, de cuando en cuando, se oye también el golpe del martillo del reloj, voz de muerte apagada, sombría, que tiene en el valle un triste eco.

Tras de estas campanadas fatídicas, el silencio que viene después parece un tierno halago.

Como protesta de la eterna vida, en el mismo camposanto las malas hierbas crecen vigorosas, extienden sus vástagos robustos por el suelo y dan un olor acre en el crepúsculo, tras de las horas de sol; pían los pájaros con algarabía estrepitosa y los gallos lanzan al aire su cacareo valiente, como un desafío.

La vista alcanza desde allá un extenso panorama de líneas suaves, de intenso verdor, sin rocas adustas, sin matorrales sombríos, sin nada duro y salvaje. Los pueblecillos blancos duermen sobre las heredades, las carretas rechinan en los caminos, los labradores trabajan con sus bueyes en los campos, y la tierra, fértil y húmeda, reposa bajo la gran sonrisa del cielo y la inmensa piedad del sol...

En el cementerio de Zaro hay una tumba de piedra, y en la misma cruz escrito con letras negras dice en vasco:

AQUÍ YACE MARTÍN ZALACAÍN MUERTO A LOS 24 AÑOS

EL 29 DE FEBRERO DE 1876

* * * * *

Una tarde de verano, muchos, muchos años después de la guerra, se vió entrar en el mismo día en el cementerio de Zaro a tres viejecitas vestidas de luto.

Una de ellas era Linda; se acercó al sepulcro de Zalacaín y dejó sobre él una rosa negra; la otra era la señorita de Briones, y puso una rosa roja. Catalina, que iba todos los días al cementerio, vió las dos rosas en la lápida de su marido y las respetó y depositó junto a ellas una rosa blanca.

Y las tres rosas duraron mucho tiempo lozanas sobre la tumba de Zalacaín.

CAPÍTULO VII

EPITAFIOS

He aquí el epitafio que improvisó el versolari Echehun de Zugarramurdi en la tumba de Zalacaín el Aventurero:

Lur santu onctan dago Martín Zalacaín ló Eriotzac hill zuen Bazan salvatucó Eliz aldeco itzalac Gorde du beticó Bere icena dedin Honratu gaur gueró Aurrena Euscal Errien Gloriya izatecó.

(En esta santa tierra está durmiendo Martín Zalacaín. La muerte lo hirió, pero él logró salvarse. En el próximo presbiterio se guarda para siempre su nombre, para honra primeramente del país vasco y después para su gloria.)

Y el joven poeta navarro Juan de Navascués glosó el epitafio del versolari Echehun de Zugarramurdi, en esta décima castellana:

Duerme en esta sepultura Martín Zalacaín, el fuerte. Venganza tomó la muerte De su audacia y su bravura. De su guerrera apostura El vasco guarda memoria; Y aunque el libro de la historia Su rudo nombre rechaza, ¡Caminante de su raza, Descúbrete ante su gloria!

FIN

ÍNDICE

PRÓLOGO.--Cómo era la villa de Urbia en el último tercio del siglo XIX

LIBRO PRIMERO

LA INFANCIA DE ZALACAÍN

I.--Cómo vivió y se educó Martín Zalacaín.

II.--Donde se habla del viejo cínico Miguel de Tellagorri

III.--La reunión de la posada de Arcale

IV.--Que se refiere a la noble casa de Ohando

V.--De cómo murió Martín López de Zalacaín, en el año de gracia de mil cuatrocientos y doce

VI.--De cómo llegaron unos titiriteros y de lo que sucedió después

VII.--Cómo Tellagorri supo proteger a los suyos

VIII.--Cómo aumentó el odio entre Martín Zalacaín y Carlos Ohando

IX.--Cómo intentó vengarse Carlos de Martín Zalacaín

LIBRO SEGUNDO

ANDANZAS Y CORRERÍAS

I.--En el que se habla de los preludios de la última guerra carlista

II.--Cómo Martín, Bautista y Capistun pasaron una noche en el monte

III.--De algunos hombres decididos que formaban la partida del Cura

IV.--Historia casi inverosímil de Joshé Cracasch

V.--Cómo la partida del Cura detuvo la diligencia de Andoain

VI.--Cómo cuidó la señora de Briones a Martín Zalacaín

VII.--Cómo Martín Zalacaín buscó nuevas aventuras

VIII.--Varias anécdotas de Fernando de Amezqueta y llegada a Estella

IX.--Cómo Martín y el extranjero pasearon de noche por Estella y de lo que hablaron

X.--Cómo transcurrió el segundo día en Estella

XI.--Cómo los acontecimientos se enredaron, hasta el punto de que Martín durmió el tercer día de Estella en la cárcel

XII.--En que los acontecimientos marchan al galope

XIII.--Cómo llegaron a Logroño y lo que les ocurrió

XIV.--Cómo Zalacaín y Bautista Urbide tomaron los dos solos la ciudad de Laguardia, ocupada por los carlistas

LIBRO TERCERO

LAS ÚLTIMAS AVENTURAS

I.--Los recién casados están contentos

II.--En el cual se inicia la _Deshecha_

III.--En donde Martín comienza a trabajar por la gloria

IV.--La batalla cerca del monte Aquelarre

V.--Donde la Historia Moderna repite el hecho de la Historia Antigua

VI.--Las tres rosas del cementerio de Zaro

VII.--Epitafios