Zalacaín El Aventurero (Historia de las buenas andanzas y fortunas de Martín Zalacaín el Aventurero)
Part 10
Estaba embebido en estos pensamientos cuando un hombre, con aspecto de criado, se paró ante él y le dijo:
--¿Es usted don Martín Zalacaín?
--El mismo.
--¿Quiere usted venir conmigo? Mi señora quiere hablarle.
--¿Y quién es la señora de usted?
--Me ha encargado que le diga que es una amiga de su infancia.
--¿Una amiga de mi infancia?
--Sí.
--Es posible--pensó Zalacaín--. Si habré conocido en mi infancia a alguien que tenga criados, sin saberlo. En fin, vamos a ver a mi amiga--dijo en voz alta.
El criado siguió por los soportales, torció una esquina, y en una casa grande empujó la puerta y entró en un zaguán elegante, iluminado por un gran farol.
--Pase el señorito--dijo el criado indicándole una escalera alfombrada.
--Debe haber una equivocación--pensó Martín--. No es posible otra cosa.
Subieron la escalera, el criado levantó una cortina y pasó Zalacaín. Sentada en un sofá y hojeando un álbum, había una mujer desconocida, una mujer pequeña, delgada, rubia, elegantísima.
--Perdone usted, señora--dijo Martín--, creo que usted y yo somos víctimas de una equivocación...
--Yo, por mi parte, no--contestó ella riendo, con una risa zumbona.
--¿Quiere algo más la señora?--preguntó el criado.
--No, pueden ustedes retirarse.
Martín quedó asombrado. El criado echó la pesada cortina y quedaron solos.
--Martín--dijo la dama, levantándose de su silla y poniéndole las manos pequeñas en sus hombros--. ¿No te acuerdas de mí?
--No, la verdad.
--Soy Linda.
--¿Qué Linda?
--Linda, la que estuvo en Urbia cuando fué el domador, y murió tu madre. ¿No te acuerdas?
--¿Usted es Linda?
--¡Oh, no me hables de usted! Sí, yo soy Linda. He sabido como habías venido a Logroño y he mandado que te buscaran.
--¿De manera que tú eres aquella chiquilla que jugaba con el oso?
--La misma.
--¿Y me has conocido?
--Sí.
--Yo no te hubiera conocido.
--Habla, cuenta de tu vida. Tú no sabes la gana que tenía de verte. Eres el único hombre por quien me han pegado. ¿Te acuerdas? Para mí constituías toda mi familia. ¿Qué hará? ¿Dónde estará Martín? pensaba.
--¿De veras? ¡Que extraño! ¡Hace de esto tanto tiempo! Y somos jóvenes los dos.
--¡Cuenta! ¡Cuenta! ¿Cuál ha sido tu vida? ¿Qué has hecho por el mundo?
Martín, emocionado, habló de su vida, de sus aventuras. Luego, Linda contó las suyas, su existencia bohemia de volatinera, hasta que un señor rico le sacó del circo y le brindó con su protección. Ahora este señor, título, con grandes posesiones en la Rioja, quería casarse con ella.
--¿Y tú te vas a casar?--la preguntó Martín.
--Claro.
--¿De manera que dentro de poco serás una señora condesa o marquesa?
--Sí, marquesa, pero chico, esto no me entusiasma. He vivido siempre libre y ya las cadenas no son para mí, aunque sean de oro. Pero estás pálido. ¿Qué te pasa?
Martín sentía un gran cansancio y le dolía el hombro. Linda, al saber que estaba herido, le obligó a quedarse allí.
Afortunadamente el rasguño no era grave y Zalacaín curó pronto.
Al día siguiente, Linda no le dejó salir; y al verse dominado por ella, por su suave encanto, encontró el herido que sus convalecencias eran más peligrosas para sus sentimientos que para su salud.
--Que le avisen a mi cuñado donde estoy--dijo Martín varias veces a Linda.
Ésta envió un criado a los hoteles, pero en ninguno daban noticias ni de Bautista ni de Catalina.
CAPÍTULO XIV
CÓMO ZALACAÍN Y BAUTISTA URBIDE TOMARON LOS DOS SOLOS LA CIUDAD DE LAGUARDIA OCUPADA POR LOS CARLISTAS.
De conocer Martín la _Odisea_ es posible que hubiese tenido la pretensión de comparar a Linda con la hechicera Circe y a sí mismo con Ulises, pero como no había leído el poema de Homero no se le ocurrió tal comparación.
Sí se le ocurrió varias veces que se estaba portando como un bellaco, pero Linda ¡era tan encantadora! ¡Tenía por él tan grande entusiasmo! Le había hecho olvidar a Catalina. Muchos días maldecía de su barbarie, pero no se determinaba a marcharse. Decidió en su fuero interno que la culpa de todo era de Bautista y esta decisión le tranquilizó.
--¿Dónde se ha metido ese hombre?--se preguntaba.
Una semana después del encuentro con Linda, al pasar por los soportales de la calle principal de Logroño se encontró con Bautista que venía hacia él indiferente y tranquilo como de costumbre.
--¿Pero dónde estás?--exclamó Martín incomodado.
--Eso te pregunto yo, ¿dónde estás?--contestó Bautista.
--¿Y Catalina?
--¡Qué sé yo! Yo creí que tú sabrías dónde estaba, que os habíais marchado los dos sin decirme nada.
--¿De manera que no sabes?...
--Yo no.
--¿Cuándo hablaste tú con ella por última vez?
--El mismo día de llegar aquí; hace ocho días. Cuando tú te fuistes a comer a casa de la señora de Briones, Catalina, la monja y yo nos fuimos a la fonda. Pasó el tiempo, pasó el tiempo y tú no venías.--¿Pero dónde está?--preguntaba Catalina.--¿Qué sé yo?--la decía. A la una de la mañana, viendo que tú no venías, yo me fuí a la cama. Estaba molido. Me dormí y me desperté muy tarde y me encontré con que la monja y Catalina se habían marchado y tú no habías venido. Esperé un día, y como no aparecía nadie, creí que os habíais marchado y me fuí a Bayona y dejé las letras en casa de Levi-Alvarez. Luego tu hermana empezó a decirme:--¿Pero dónde estará Martín? ¿Le ha pasado algo?--Escribí a Briones y me contestó que estabas aquí escandalizando el pueblo, y por eso he venido.
--Sí, la verdad es que yo tengo la culpa--dijo Martín--. ¿Pero dónde puede estar Catalina? ¿Habrá seguido a la monja?
--Es lo más probable.
Martín, al encontrarse con Bautista y hablar con él, se sintió fuera de la influencia del hechizo de Linda y comenzó a hacer indagaciones con una actividad extraordinaria. De las dos viajeras del hotel, una se había marchado por la estación; la otra, la monja, había partido en un coche hacia Laguardia.
Martín y Bautista supusieron si las dos estarían refugiadas en Laguardia. Sin duda la monja recuperó su ascendiente sobre Catalina en vista de la falta de Martín y la convenció de que volviera con ella al convento.
Era imposible que Catalina encontrándose en otro lado no hubiese escrito.
Se dedicaron a seguir la pista de la monja. Averiguaron en la venta de Asa que días antes un coche con la monja intentó pasar a Laguardia, pero al ver la carretera ocupada por el ejército liberal sitiando la ciudad y atacando las trincheras retrocedió. Suponían los de la venta que la monja habría vuelto a Logroño, a no ser que intentara entrar en la ciudad sitiada, tomando en caballería el camino de Lanciego por Oyón y Venaspre.
Marcharon a Oyón y luego a Yécora, pero nadie les pudo dar razón. Los dos pueblos estaban casi abandonados.
Desde aquel camino alto se veía Laguardia rodeada de su muralla en medio de una explanada enorme. Hacia el Norte limitaba esta explanada como una muralla gris la cordillera de Cantabria; hacia el Sur podía extenderse la vista hasta los montes de Pancorbo.
En este polígono amarillento de Laguardia no se destacaban ni tejados ni campanarios, no parecía aquello un pueblo, sino más bien una fortaleza. En un extremo de la muralla se erguía un torreón envuelto en aquel instante en una densa humareda.
Al salir de Yécora, un hombre famélico y destrozado les salió al encuentro y habló con ellos. Les contó que los carlistas iban a abandonar Laguardia un día u otro. Le preguntó Martín si era posible entrar en la ciudad.
--Por la puerta es imposible--dijo el hombre--, pero yo he entrado subiendo por unos agujeros que hay en el muro entre la Puerta de Paganos y la de Mercadal.
--¿Pero y los centinelas?
--No suelen haber muchas veces.
Bajaron Martín y Bautista por una senda desde Lanciego a la carretera y llegaron al sitio en donde acampaba el ejército liberal. La tropa, después de cañonear las trincheras carlistas, avanzaba, y el enemigo abandonaba sus posiciones refugiándose en los muros.
El regimiento del capitán Briones se encontraba en las avanzadas. Martín preguntó por él y lo encontró. Briones presentó a Zalacaín y a Bautista a algunos oficiales compañeros suyos, y por la noche tuvieron una partida de cartas y jugaron y bebieron. Ganó Martín, y uno de los compañeros de Briones, un teniente aragonés que había perdido toda su paga, comenzó, para vengarse, a hablar mal de los vascongados, y Zalacaín y él se encarzaron en una estúpida discusión de amor propio regional, de esas tan frecuentes en España.
Decía el teniente aragonés que los vascongados eran tan torpes, que un capitán carlista, para enseñarles a marchar a la derecha y a la izquierda elevaba un manojo de paja en la mano y les decía, por ejemplo: ¡Doble derecha! y en seguida pasaba el manojo a la derecha y decía. ¡Hacia el lado de la paja! Además, según el oficial, los vascongados eran unos poltrones que no se querían batir más que estando cerca de sus casas.
Martín se estaba amoscando, y dijo al oficial:
--Yo no sé como serán los vascongados, pero lo que le puedo decir a usted es que lo que usted o cualquiera de estos señores haga, lo hago yo por debajo de la pierna.
--Y yo--dijo Bautista, colocándose al lado de Martín.
--Vamos, hombre--dijo Briones--. No sean ustedes tontos. El teniente Ramírez no ha querido ofenderles.
--No nos ha llamado más que estúpidos y cobardes--dijo riendo Martín--. Claro que a mí no me importa nada lo que este señor opine de nosotros, pero me gustaría encontrar una ocasión para probarle que está equivocado.
--Salga usted--dijo el teniente.
--Cuando usted quiera--contestó Martín.
--No--replicó Briones--, yo lo prohibo. El teniente Ramírez quedará arrestado.
--Está bien--dijo refunfuñando el aludido.
--Si estos señores quieren un poco de jaleo, cuando tomemos Laguardia pueden venir con nosotros--advirtió el oficial.
Martín creyó ver alguna ironía en las palabras del militar y replicó burlonamente:
--¡Cuando tomen ustedes Laguardia! No, hombre. Eso no es nada para nosotros. Yo voy solo a Laguardia y la tomo, o a lo más con mi cuñado Bautista.
Se echaron todos a reir de la fanfarronada, pero viendo que Martín insistía, diciendo que aquella misma noche iban a entrar en la ciudad sitiada, pensaron que Martín estaba loco. Briones, que le conocía, trató de disuadirse de hacer esta barbaridad, pero Zalacaín no se convenció.
--¿Ven ustedes este pañuelo blanco?--dijo--. Mañana al amanecer lo verán ustedes en este palo flotando sobre Laguardia. ¿Habrá por aquí una cuerda?
Uno de los oficiales jóvenes trajo una cuerda, y Martín y Bautista, sin hacer caso de las palabras de Briones, avanzaron por la carretera.
El frío de la noche les serenó, y Martín y su cuñado se miraron algo extrañados. Se dice que los antiguos godos tenían la costumbre de resolver sus asuntos dos veces, una borrachos y otra serenos. De esta manera unían en sus decisiones el atrevimiento y la prudencia. Martín sintió no haber seguido esta prudente táctica goda, pero se calló y dió a entender que se encontraba en uno de los momentos regocijados de su vida.
--¿Qué? ¿vamos a ir?--preguntó Bautista.
--Probaremos.
Se acercaron a Laguardia. A poca distancia de sus muros tomaron a la izquierda, por la Senda de las Damas, hasta salir al camino de El Ciego y cruzando éste se acercaron a la altura en donde se asienta la ciudad. Dejaron a un lado el cementerio y llegaron a un paseo con árboles que circunda el pueblo.
Debían de encontrarse en el punto indicado por el hombre de Yécora, entre la puerta de Mercadal y la de Paganos.
Efectivamente, el sitio era aquél. Distinguieron los agujeros en el muro que servía de escalera; los de abajo estaban tapados.
--Podríamos abrir estos boquetes--dijo Bautista.
--¡Hum! Tardaríamos mucho--contestó Martín--. Súbete encima de mí a ver si llegas. Toma la cuerda.
Bautista se encaramó sobre los hombros de Martín, y luego, viendo que se podía subir sin dificultad, escaló la muralla hasta lo alto. Asomó la cabeza y viendo que no había vigilancia saltó encima.
--¿Nadie?--dijo Martín.
--Nadie.
Sujetó Bautista la cuerda con un lazo corredizo en un ángulo de un torreón, v subió Martín a pulso, con el palo en los dientes.
--Se deslizaron los dos por el borde de la muralla, hasta enfilar una calleja. Ni guardia, ni centinela; no se veía ni se oía nada. El pueblo parecía muerto.
--¿Qué pasará aquí?--se dijo Martín.
Se acercaron al otro extremo de la ciudad. El mismo silencio. Nadie. Indudablemente, los carlistas habían huído de Laguardia.
Martín y Bautista adquirieron el convencimiento de que el pueblo estaba abandonado. Avanzaron con esta confianza hasta cerca de la puerta del Mercadal; y enfrente del cementerio, hacia la carretera de Logroño, sujetaron entre dos piedras el palo y ataron en su punta el pañuelo blanco.
Hecho esto, volvieron deprisa al punto por donde habían subido. La cuerda seguía en el mismo sitio. Amanecía. Desde allá arriba se veía una enorme extensión de campo. La luz comenzaba a indicar las sombras de los viñedos y de los olivares. El viento fresco anunciaba la proximidad del día.
--Bueno, baja--dijo Martín--. Yo sujetaré la cuerda.
--No, baja tú--replicó Bautista.
--Vamos, no seas imbécil.
--¿Quién vive?--gritó una voz en aquel mismo momento.
Ninguno de los dos contestó. Bautista comenzó a bajar despacio. Martín se tendió en la muralla.
--¿Quién vive?--volvió a gritar el centinela.
Martín se aplastó en el suelo todo lo que pudo; sonó un disparo y una bala pasó por encima de su cabeza. Afortunadamente, el centinela estaba lejos. Cuando Bautista descendió, Martín comenzó a bajar. Tuvo la suerte de que la cuerda no se deslizase. Bautista le esperaba con el alma en un hilo. Había movimiento en la muralla; cuatro o cinco hombres se asomaron a ella, y Martín y Bautista se escondieron tras de los árboles del paseo que circundaba el pueblo. Lo malo era que aclaraba cada vez más. Fueron pasando de árbol a árbol, hasta llegar cerca del cementerio.
--Ahora no hay más remedio que echar a correr a la descubierta--dijo Martín--. A la una..., a las dos... Vamos allá.
Echaron los dos a correr. Sonaron varios tiros. Ambos llegaron ilesos al cementerio. De aquí ganaron pronto el camino de Logroño. Ya fuera de peligro, miraron hacia atrás. El pañuelo seguía en la muralla ondeando al viento. Briones y sus amigos recibieron a Martín y a Bautista como a héroes.
Al día siguiente, los carlistas abandonaron Laguardia y se refugiaron en Peñacerrada. La población enarboló bandera de parlamento; y el ejército, con el general al frente, entraba en la ciudad.
Por más que Martín y Bautista preguntaron en todas las casas, no encontraron a Catalina.
LIBRO TERCERO
Las últimas aventuras
CAPÍTULO PRIMERO
LOS RECIÉN CASADOS ESTÁN CONTENTOS
Catalina no fué inflexible. Pocos días después, Martín recibió una carta de su hermana. Decía la Ignacia que Catalina estaba en su casa, en Zaro, desde hacía algunos días. Al principio no había querido oir hablar de Martín, pero ahora le perdonaba y le esperaba.
Martín y Bautista se presentaron en Zaro inmediatamente, y los novios se reconciliaron.
Se preparó la boda. ¡Qué paz se disfrutaba allí, mientras se mataban en España! La gente trabajaba en el campo. Los domingos, después de la misa, los aldeanos endomingados, con la chaqueta al hombro, se reunían en la sidrería y en el juego de pelota; las mujeres iban a la iglesia, con un capuchón negro, que rodeaba su cabeza. Catalina cantaba en el coro y Martín la oía, como en la infancia, cuando en la iglesia de Urbia entonaba el Aleluya.
Se celebró la boda, con la posible solemnidad, en la iglesia de Zaro y luego la fiesta en la casa de Bautista.
Hacía todavía frío, y los aldeanos amigos se reunieron en la cocina de la casa, que era grande, hermosa y limpia. En la enorme chimenea redonda se echaron montones de leña, y los invitados cantaron y bebieron hasta bien entrada la noche, al resplandor de las llamas. Los padres de Bautista, dos viejecitos arrugados, que hablaban solo vascuence, cantaron una canción monótona de su tiempo, y Bautista lució su voz y su repertorio completo y cantó una canción en honor de los novios.
Ezcon berriyac pozquidac daudé pozquidac daudé eguin diralaco gaur alcarren jabé clizan.
(Los recién casados están muy alegres, porque hoy se han hecho dueños, uno de otro, en la iglesia.)
La fiesta acabó, con la mayor alegría, a la media noche, en que se retiraron todos.
Pasada la luna de miel, Martín volvió a las andadas. No paraba, iba y venía de España a Francia, sin poder reposar.
Catalina deseaba ardientemente que acabara la guerra é intentaba retener a Martín a su lado.
--Pero, ¿qué quieres más?--le decía--.¿No tienes ya bastante dinero? ¿Para qué exponerte de nuevo?
--Si no me expongo--replicaba Martín.
Pero no era verdad, tenía ambición, amor al peligro y una confianza ciega en su estrella. La vida sedentaria le irritaba.
Martín y Bautista dejaban solas a las dos mujeres y se iban a España. Al año de casada, Catalina tuvo un hijo, al que llamaron José Miguel, recordando Martín la recomendación del viejo Tellagorri.
CAPÍTULO II
EN EL CUAL SE INICIA LA «DESHECHA»
Con la proclamación de la monarquía en España, comenzó el deshielo en el campo carlista. La batalla de Lácar, perdida de una manera ridícula por el ejército regular en presencia del nuevo rey, dió alientos a los carlistas, pero a pesar del triunfo y del botín la causa del Pretendiente iba de capa caída.
La batalla de Lácar no hizo más que enriquecer el repertorio de las canciones de la guerra con una copla que más que para soldados parecía escrita para el coro de señoras de una zarzuela, y que decía así:
En Lácar, chiquillo, Te viste en un tris, Si don Carlos te da con la bota Como una pelota, Te envía a París.
Era difícil, al oir esta canción, no pensar en unas cuantas coristas balanceando voluptuosamente las caderas.
Los carlistas hablaban ya de traición. Con el fracaso del sitio de Irún y con la retirada de don Carlos, los curas navarros y vascongados empezaron a dudar del triunfo de la causa. Con la proclamación de Sagunto, la desconfianza cundió por todas partes.
--Son primos y ellos se entienden--decían los desconfiados, que eran legión.
Algunos que habían oído hablar de un don Alfonso, hermano de don Carlos, creían que a este don Alfonso le habían hecho rey.
Los ambiciosos de los pueblos veían que todas las clases ricas se inclinaban a favor de la monarquía liberal.
Los generales alfonsinos, después de hecho su agosto y ascendido en su carrera todo lo posible, encontraban que era una estupidez continuar la guerra durante más tiempo; habían matado la república, que ciertamente por estólida merecía la muerte; el nuevo gobierno les miraba como vencedores, pacificadores y héroes. ¡Qué más podían desear!
En el campo carlista comenzaba la _Deshecha_. Ya se podía andar por las carreteras sin peligro; el carlismo seguía por la fuerza de la inercia, defendido débilmente y atacado más débilmente todavía. La única arma que se blandía de veras era el dinero.
Martín, viendo que no era difícil recorrer los caminos, tomó su cochecito y se dirigió hacia Urbia una mañana de invierno.
Todos los fuertes permanecían silenciosos, mudas las trincheras carlistas, ni una detonación, ni una humareda cruzaban el aire. La nieve cubría el campo con su mortaja blanca bajo el cielo entoldado y plomizo.
Antes de llegar a Urbia, a un lado y a otro, se veían casas de campo derrumbadas, fachadas con las ventanas tapiadas y rellenas de paja, árboles con las ramas rotas, zanjas y parapetos por todas partes.
Martín entró en Urbia. La casa de Catalina estaba destrozada; con los techos atravesados por las granadas, las puertas y ventanas cerradas herméticamente. Ofrecía el hermoso caserón un aspecto lamentable; en la huerta abandonada, las lilas mostraban sus ramas rotas, y una de las más grandes de un magnífico tilo, desgajada, llegaba hasta el suelo. Los rosales trepadores, antes tan lozanos, se veían marchitos.
Subió Martín por su calle a ver la casa en donde nació.
La escuela estaba cerrada; por los cristales empolvados se veían los cartelones con letras grandes y los mapas colgados de las paredes. Cerca del caserío de Zalacaín había una viga de madera, de la que colgaba una campana.
--¿Para qué sirve esto?--preguntó a un mendigo que iba de puerta en puerta.
Era para el vigía. Cuando notaba un fogonazo tocaba la campana para avisar a la gente de la parte baja.
Entró Martín en el caserío Zalacaín. El tejado no existía; sólo quedaba un rincón de la antigua cocina con cubierta. Bajo este techo, entre los escombros, había un hombre sentado escribiendo y un chiquillo ocupado en cuidar varios pucheros.
--¿Quién vive aquí?--preguntó Martín.
--Aquí vivo yo--contestó una voz.
Martín quedó atónito. Era el extranjero. Al verse se estrecharon las manos afectuosamente.
--¡Lo que dió usted que hablar en Estella!--dijo el extranjero--. ¡Qué golpe aquel más admirable! ¿Cómo se escaparon ustedes?
Martín contó la historia de su escapatoria, y el periodista fué tomando notas.
--Puedo hacer una crónica admirable--dijo.
Luego hablaron de la guerra.
--¡Pobre país!--dijo el extranjero--. ¡Cuánta brutalidad! ¡Cuánto absurdo! ¿Se acuerda usted del pobre Haussonville que conocimos en Estella?
--Sí.
--Murió fusilado. ¿Y del Corneta de Lasala y de Praschcu que fueron de los que nos persiguieron cerca de Hernani?
--Sí.
--Esos dos habían salvado al cabecilla Monserrat de la muerte. ¿Sabe usted quién los ha fusilado?
--¿Pero los han fusilado?
--Sí, el mismo Monserrat, en Ormaiztegui.
--¡Pobre gente!
--A otro, llamado Anchusa, de la partida del Cura, debía usted también conocer...
--Sí, lo conocía.
--A ese lo mandó fusilar Lizárraga. Y al _Jabonero_, el lugarteniente del Cura...
--¿También lo fusilaron?
--También. Al _Jabonero_ le debía el Cura la única victoria que consiguió en Usurbil cuando defendieron una ermita contra los liberales; pero tenía celos de él y además creía que le hacía traición, y lo mandó fusilar.
--Si esto sigue así no vamos a quedar nadie.
--Afortunadamente ya ha comenzado la _Deshecha_ como dicen los aldeanos--contestó el extranjero--.¿Y usted a qué ha venido aquí?
Martín dijo que él era de Urbia, así como su mujer, y contó sus aventuras desde el tiempo en que había dejado de ver al extranjero. Comieron juntos y por la tarde se despidieron.
--Todavía creo que nos volveremos a ver--dijo el extranjero.
--Quién sabe. Es muy posible.
CAPÍTULO III
EN DONDE MARTÍN COMIENZA A TRABAJAR POR LA GLORIA
En la época de las nieves, un general audaz que venía de muy lejos intentó envolver a los carlistas por el lado del Pirineo, y saliendo de Pamplona avanzó por la carretera de Elizondo; pero al ver el alto de Velate defendido y atrincherado por los carlistas, se retiró hacia Enguí y luego tomó por el puerto de Olaberri, próximo a la frontera, por entre bosques y sendas malísimas; y perdidos sus soldados en los bosques, llegaron después de dos días y tres noches al Baztán.
La imprudencia era grande, pero aquel general tuvo suerte, porque si la terrible nevada que cayó al día siguiente de estar en Elizondo cae antes, hubieran quedado la mitad de las tropas entre la nieve.
El general pidió víveres a Francia, y gracias a la ayuda del país vecino, pudo dar de comer a su gente y preparar alojamiento. Martín y Bautista se hallaban en relación con una casa de Bayona, y fueron a Añoa con sus carros.
Añoa está a un kilómetro próximamente de la frontera, en donde se halla establecida la aduana española de Dancharinea.
Aquel día, una porción de gente de la frontera francesa se asomó a Añoa. La carretera estaba atestada de carromatos, carretas y ómnibus, que conducían al valle de Baztán para las tropas fardos de zapatos, sacos de pan, cajones de galleta de Burdeos, esparto para las camas, barriles de vino y de aguardiente.