Zadig, ó El Destino, Historia Oriental

Part 2

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Fuése el envidioso á casa de Zadig, el qual se estaba paseando por sus jardines con dos amigos, y una señora á quien decia algunas flores, sin otro ánimo que decirlas. Tratábase de una guerra que acababa de concluir con felicidad el rey contra el príncipe de Hircania, feudatario suyo. Zadig que en esta corta guerra habia dado repetidas pruebas de valor, hacia muchos elogios del rey, y mas todavía de la dama. Cogió su libro de memoria, y escribió en él quatro versos de repente, que dió á leer á su hermosa huéspeda; pero aunque sus amigos le suplicáron que se los leyese, por modestia, ó acaso por un amor propio muy discreto, no quiso hacerlo: que bien sabia que los versos de repente hechos solo son buenos para aquella para quien se hacen. Rasgó pues en dos la hoja del librillo de memoria en que los habia escrito, y tiró los dos pedazos á una enramada de rosales, donde fué en balde buscarlos. Empezó en breve á lloviznar, y se volviéron todos á los salones; pero el envidioso que se habia quedado en el jardin, tanto registró que dió con una mitad de la hoja, la qual de tal manera estaba rasgada, que la mitad de cada verso que llenaba un renglon formaba sentido, y aun un verso corto; y lo mas extraño es que, por un acaso todavía mas extraordinario, el sentido que formaban los tales versos cortos era una atroz infectiva contra el rey. Leíase en ellos:

Un monstruo detestable Hoy rige la Caldea; Su trono incontrastable El poder mismo afea,

Por la vez primera de su vida se creyó feliz el envidioso, teniendo con que perder á un hombre de bien y amable. Embriagado en tan horrible júbilo, dirigió al mismo rey esta sátira escrita de pluma de Zadig, el qual, con sus dos amigos y la dama, fué llevado á la cárcel, y se le formó causa, sin que se dignaran de oirle. Púsose el envidioso, quando le hubiéron sentenciado, en el camino por donde habia de pasar, y le dixo que no valian nada sus versos. No lo echaba Zadig de poeta; sentia empero en el alma verse condenado como reo de lesa-magestad, y dexar dos amigos y una hermosa dama en la cárcel por un delito que no habia cometido. No lo permitiéron alegar nada en su defensa, porque el libro de memoria estaba claro, y que así era estilo en Babilonia. Caminaba pues al cadahalso, atravesando inmensas filas de gentes curiosas; ninguno se atrevia á condolerse de él, pero sí se agolpaban para exâminar qué cara ponia, y si iba á morir con aliento. Sus parientes eran los únicos afligidos, porque no heredaban, habiéndose confiscado las tres quartas partes de su caudal á beneficio del erario, y la restante al del envidioso.

Miéntras que se estaba disponiendo á morir, se voló del balcon el loro del rey, y fué á posarse en los rosales del jardin de Zadig. Habia derribado el viento un melocoton de un árbol inmediato, que habia caido sobre un pedazo de un librillo de memoria escrito, y se le habia pegado. Agarró el loro el melocoton con lo escrito, y se lo llevó todo á las rodillas del rey. Curioso esta leyó unas palabras que no significaban nada, y parecian fines de verso. Como era aficionado á la poesía, y que siempre se puede sacar algo con los príncipes que gustan de coplas, le dió en que pensar la aventura del papagayo. Acordándose entónces la reyna de lo que habia en el trozo del libro de memoria de Zadig, mandó que se le traxesen, y confrontando ámbos trozos se vió que venia uno con otro; y los versos de Zadig, leidos como él los habia escrito, eran los siguientes:

Un monstruo detestable es la sangrienta guerra; Hoy rige la Caldea en paz el rey sin sustos: Su trono incontrastable amor tiene en la tierra; El poder mismo afea quien no goza sus gustos.

Al punto mandó el rey que traxeran á Zadig á su presencia, y que sacaran de la cárcel á sus dos amigos y la hermosa dama. Postróse el rostro por el suelo Zadig á las plantas del rey y la reyna; pidióles rendidamente perdon por los malos versos que habia compuesto, y habló con tal donayre, tino y agudeza, que los monarcas quisiéron volver á verle: volvió, y gustó mas. Le adjudicáron los bienes del envidioso que injustamente le habia acusado: Zadig se los restituyó todos, y el único afecto del corazon de su acusador fué el gozo de no perder lo que tenia. De dia en dia se aumentaba el aprecio que el rey de Zadig hacia: convidábale á todas sus recreaciones, y le consultaba en todos asuntos. Desde entónces la reyna empezó á mirarle con una complacencia que podia acarrear graves peligros á ella, á su augusto esposo, á Zadig y al reyno entero, y Zadig á creer que no es cosa tan dificultosa vivir feliz.

CAPITULO V.

El generoso.

Vino la época de la celebridad de una solemne fiesta que se hacia cada cinco años, porque era estilo en Babilonia declarar con solemnidad, al cabo de cinco años, qual de los ciudadanos habia hecho la mas generosa accion. Los jueces eran los grandes y los magos. Exponia el primer satrapa encargado del gobierno de la ciudad, las acciones mas ilustres hechas en el tiempo de su gobierno; los jueces votaban, y el rey pronunciaba la decision. De los extremos de la tierra acudian espectadores á esta solemnidad. Recibia el vencedor de mano del monarca una copa de oro guarnecida de piedras preciosas, y le decia el rey estas palabras: "Recibid este premio de la generosidad, y oxalá me concedan los Dioses muchos vasallos que á vos se parezcan."

Llegado este memorable dia, se dexó ver el rey en su trono, rodeado de grandes, magos y diputados de todas las naciones, que venian, á unos juegos donde no con la ligereza de los caballos, ni con la fuerza corporal, sino con la virtud se grangeaba la gloria. Recitó en voz alta el satrapa las acciones por las quales podian sus autores merecer el inestimable premio, y no habló siquiera de la magnanimidad con que habia restituido Zadig todo su caudal al envidioso: que no era esta accion que mereciera disputar el premio.

Primero presentó á un juez que habiendo, en virtud de una equivocacion de que no era responsable, fallado un pleyto importante contra un ciudadano, le habia dado todo su caudal, que era lo equivalente de la perdida del litigante.

Luego produxo un mancebo que perdido de amor por una doncella con quien se iba á casar, se la cedió no obstante á un amigo suyo, que estaba á la muerte por amores de la misma, y ademas dotó la doncella.

Hizo luego comparecer á un militar que en la guerra de Hircania habia dado exemplo todavía de mayor generosidad. Llevábanse á suamada unos soldados enemigos, y miéntras la estaba defendiendo contra ellos, le viniéron á decir que otros Hircanos se llevaban de allí cerca á su madre; y abandonó llorando á su querida, por libertar á la madre. Quando volvió á tomar la defensa de su dama, la encontró expirando, y se quiso dar la muerte; pero le representó su madre que no tenia mas apoyo que él, y tuvo ánimo para sufrir la vida.

Inclinábanse los jueces por este soldado; pero el rey tomando la palabra, dixo: Accion es noble la suya, y tambien lo son las de los otros, pero no me pasman; y ayer hizo Zadig una que me ha pasmado. Pocos dias ha que ha caido de mi gracia Coreb, mi ministro y valido. Quejábame de él con vehemencia, y todos los palaciegos me decian que era yo demasiadamente misericordioso; todos decian á porfía mal de Coreb. Pregunté su dictámen á Zadig, y se atrevió á alaharle. Confieso qne en nuestras historias he visto exemplos de haber pagado un yerro con su caudal, cedido su dama, ó antepuesto su madre al objeto de su amor; pero nunca he leido que un palaciego haya dicho bien de un ministro caido con quien estaba enojado su soberano. A cada uno de aquellos cuyas acciones se han recitado le doy veinte mil monedas de oro; pero la copa se la doy á Zadig.

Señor, replicó este, vuestra magestad es el único que la merece, y quien ha hecho la mas inaudita accion, pues siendo rey no se ha indignado contra su esclavo que contradecia su pasion. Todos celebráron admirados al rey y á Zadig. Recibiéron las dádivas del monarca el juez qus habia dado su caudal, el amante que habia casado á su amada con su amigo, y el soldado que ántes quiso librar á su madre que á su dama; y Zadig obtuvo la copa. Grangeóse el rey la reputacion de buen príncipe, que no conservó mucho tiempo; y se consagró el dia con fiestas que duráron mas de lo que prescribia la ley, conservándose aun su memoria en el Asia. Decia Zadig: ¡con que en fin soy feliz! pero Zadig se engañaba.

CAPITULO VI.

El ministro.

Habiendo perdido el rey á su primer ministro, escogió á Zadig para desempeñar este cargo. Todas las hermosas damas de Babilonia aplaudiéron esta eleccion, porque nunca habia habido ministro tan mozo desde la fundacion del imperio: todos los palaciegos la sintiéron; al envidioso le dió un vómito de sangre, y se le hincháron extraordinariamente las narices. Dió Zadig las gracias al rey y á la reyna, y fué luego á dárselas al loro. Precioso páxaro, le dixo, tú has sido quien me has librado la vida, y quien me has hecho primer ministro. Mucho mal me habian hecho la perra y el caballo de sus magestades, pero tú me has hecho mucho bien. ¡En qué cosas estriba la suerte de los humanos! Pero puede ser que mi dicha se desvanezca dentro de pocos instantes. El loro respondió: ántes. Dió golpe á Zadig esta palabra; puesto que á fuer de buen físico que no creía que fuesen los loros profetas, se sosegó luego, y empezó á servir su cargo lo mejor que supo.

Hizo que á todo el mundo alcanzara el sagrado poder de las leyes, y que á ninguno abrumara el peso de su dignidad. No impidió la libertad de votos en el divan, y cada visir podia, sin disgustarle, exponer su dictámen. Quando fallaba de un asunto, la ley, no él, era quien fallaba; pero quando esta era muy severa, la suavízaba; y quando faltaba ley, la hacia su equidad tal, que se hubiera podido atribuir á Zoroastro. El fué quien dexó vinculado en las naciones el gran principio de que vale mas libertar un reo, que condenar un inocente. Pensaba que era destino de las leyes no ménos socorrer á los ciudadanos que amedrentarlos. Cifrábase su principal habilidad en desenmarañar la verdad que procuran todos obscurecer. Sirvióse de esta habilidad desde los primeros dias de su administracion. Habia muerto en las Indias un comerciante muy nombrado de Babilonia: y habiendo dexado su caudal por iguales partes á sus dos hijos, despues de dotar á su hija, dexaba ademas un legado de treinta mil monedas de oro á aquel de sus hijos que se decidiese que le habia querido mas. El mayor le erigió un sepulcro, y el menor dió á su hermana parte de su herencia en aumento de su dote. La gente decia: El mayor queria mas á su padre, y el menor quiere mas á su hermana: las treinta mil monedas se deben dar al mayor. Llamó Zadig sucesivamente á los dos, y le dixo al mayor: No ha muerto vuestro padre, que ha sanado de su última enfermedad, y vuelve á Babilonia. Loado sea Dios, respondió el mancebo; pero su sepulcro me habia costado harto caro. Lo mismo dixo luego Zadig al menor. Loado sea Dios, respondió, voy á restituir á mi padre todo quanto tengo, pero quisiera que dexase á mi hermana lo que le he dado. No restituiréis nada, dixo Zadig, y se os darán las treinta mil monedas, que vos sois el que mas á vuestro padre queríais.

Habia dado una doncella muy rica palabra de matrimonio á dos magos, y despues de haber recibido algunos meses instrucciones de ámbos, se encontró en cinta. Ambos querian casarse con ella. La doncella dixo que seria su marido el que la habia puesto en estado de dar un ciudadano al imperio. Uno decia: Yo he sido quien he hecho esta buena obra; el otro: No, que soy yo quien he tenido tanta dicha. Está bien, respondió la doncella, reconozco por padre de la criatura el que le pueda dar mejor educacion. Parió un chico, y quiso educarle uno y otro mago. Llevada la instancia ante Zadig, los llamó á entrámbos, y dixo al primero: ¿Qué has de enseñar á tu alumno? Enseñaréle, respondió el doctor, las ocho partes de la oracion, la dialéctica, la astrologia, la demonología, qué cosa es la sustancia y el accidente, lo abstracto y lo concreto, las monadas y la harmonía preestablecida. Pues yo, dixo el segundo, procuraré hacerle justo y digno de tener amigos. Zadig falló: Ora seas ó no su padre, tú te casarás con su madre.

Todos los dias venian quejas á la corte contra el Itimadulet de Media, llamado Irax, gran potentado, que no era de perversa índole, pero que la vanidad y el deleyte le habian estragado. Raras veces permitia que le hablasen, y nunca que se atreviesen á contradecirle. No son tan vanos los pavones, ni mas voluptuosas las palomas, ni ménos perezosos los galápagos; solo respiraba vanagloria y deleytes vanos.

Probóse Zadig á corregirle, y le envió de parte del rey un maestro de música, con doce cantores y veinte y quatro violines, un mayordomo con seis cocineros y quatro gentiles-hombres, que no le dexaban nunca. Decia la órden del rey que se siguiese puntualísimamente el siguiente ceremonial, como aquí se pone.

El dia primero, así que se despertó el voluptuoso Irax, entró el maestro de música acompañado de los cantores y violines, y cantáron una cantata que duró dos horas, y de tres en tres minutos era el estribillo:

¡Quanto merecimiento! ¡Qué gracia, qué nobleza! ¡Que ufano, que contento Debe estar de sí propio su grandeza!

Concluida la cantata, le recitó un gentil-hombre una arenga que duró tres quartos de hora, pintándole como un dechado perfecto de quantas prendas le faltaban; y acabada, le lleváron á la mesa al toque de los instrumentos. Duró tres horas la comida; y así que abria la boca para decir algo, exclamaba el gentil-hombre: Su Excelencia tendra razon. Apénas decia quatro palabras; interrumpia el segundo gentil-hombre, diciendo: Su Excelencia tiene razon. Los otros dos seltaban la carcajada en aplauso de los chistes que habia dicho ó debido decir Irax. Servidos que fuéron los postres, se repitió la cantata.

Parecióle delicioso el primer dia, y quedó persuadido de que le honraba el rey de reyes conforme á su mérito. El segundo le fué algo ménos grato; el tercero estuvo incomodado; el quarto no le pudo aguantar; el quinto fué un tormento; finalmente, aburrido de oir cantar sin cesar: ¡qué ufano, qué contento dele estar de sí propio su grandeza! de que siempre le dixeran que tenia razon, y de que le repitieran la misma arenga todos los dias á la propia hora, escribió á la corte suplicando al rey que fuese dignado de llamar á sus gentiles-hombres, sus músicos y su mayordomo, prometiendo tener mas aplicacion y ménos vanidad. Luego gustó ménos de aduladores, dió ménos fiestas, y fué mas feliz; porque, como dice el Sader, sin cesar placeres no son placeres.

CAPITULO VII.

Disputas y audiencias.

De este modo acreditaba Zadig cada dia su agudo ingenío y su buen corazon; todos le miraban con admiracion, y le amaban empero. Era reputado el mas venturoso de los hombres; lleno estaba todo el imperio de su nombre; guiñábanle á hurtadillas todas las mugeres; ensalzaban su justificacion los ciudadanos todos; los sabios le miraban como un oráculo, y hasta los mismos magos confesaban que sabia punto mas que el viejo archi-mago Siara, tan léjos entónces de formarle cansa acerca de los grifos, que solo se creía lo que á él le parecia creible.

Reynaba de mil y quinientos años atras una gran contienda en Babilonia, que tenia dividido el imperio en dos irreconciliables sectas: la una sustentaba que siempre se debia entrar en el templo de Mitras el pié izquierdo por delante; y la otra miraba con abominacion semejante estilo, y llevaba siempre el pié derecho delantero. Todo el mundo aguardaba con ansia el dia de la fiesta solemne del fuego sagrado, para saber qué secta favorecia Zadig: todos tenian clavados los ojos en sus dos piés; toda la ciudad estaba suspensa y agitada. Entró Zadig en el templo saltando á pié-juntilla, y luego en un eloqüente discurso hizo ver que el Dios del cielo y la tierra, que no mira con privilegio á nadie, el mismo caso hace del pié izquierdo que del derecho. Dixo el envidioso y su muger que no habia suficientes figuras en su arenga, donde no se vían baylar las montañas ni las colinas. Decian que no habia en ella ni xugo ni talento, que no se vía la mar ahuyentada, las estrellas por tierra, y el sol derretido como cera vírgen; por fin, que no estaba en buen estilo oriental. Zadig no aspiraba mas que á que fuese su estilo el de la razon. Todo el mundo se declaró en su favor, no porque estaba en el camino de la verdad, ni porque era discreto, ni porque era amable, sino porque era primer visir.

No dió ménos felice cima á otro intrincadísimo pleyto de los magos blancos con los negros. Los blancos decian que era impiedad dirigirse al oriente del hibierno, quando los ficles oraban á Dios; y los negros afirmaban que miraba Dios con horror á los hombres que se dirígian al poniente del verano. Zadig mandó que se volviera cada uno hácia donde quisiese.

Encontró medio para despachar por la mañana los asuntos particulares y generales, y lo demas del dia se ocupaba en hermosear á Babilonia. Hacia representar tragedias para llorar, y comedias para reir; cosa que habia dexado de estilarse mucho tiempo hacia, y que él restableció, porque era sugeto de gusto fino. No tenia la manía de querer entender mas que los pentos en las artes, los quales los remuneraba con dádivas y condecoraciones, sin envidiar en secreto su habilidad. Por la noche divertia mucho al rey, y mas á la reyna. Decia el rey: ¡Qué gran ministro! y la reyna: ¡Qué amable ministro! y ambos añadian: Lástima fuera que le hubieran ahorcado.

Nunca otro en tan alto cargo se vió precisado á dar tantas audiencias á las damas: las mas venian á hablarle de algún negocio que no les importaba, para probarse á hacerle con él. Una de las primeras que se presentó fué la muger del envidioso, juándole por Mitras, por Zenda-Vesta, y por el fuego sagrado, que siempre habia mirado con detestacion la conducta de su marido. Luego le fió que era el tal marida zeloso y mal criado, y le dió á entender que le castigaban los Dioses privándole de los preciosos efectos de aquel sacro fuego, el único que hace á los hombres semejantes á los inmortales; por fin dexó caer una liga. Cogióla Zadig con su acostumbrada cortesanía, pero no se la ató á la dama á la pierna; y este leve yerro, si por tal puede tenerse, fué orígen de las desventuras mas horrendas. Zadig no pensó en ello, pero la muger del envidioso pensó mas de lo que decirse puede.

Cada dia se le presentaban nuevas damas. Aseguran los anales secretos de Babilonia, que cayó una vez en la tentacion, pero que quedó pasmado de gozar sin deleyte, y de tener su dama en sus brazos distraido. Era aquella á quien sin pensar dió pruebas de su proteccion, una camarista de la reyna Astarte. Por consolarse decia para sí esta enamorada Babilonia: Menester es que tenga este hombre atestada la cabeza de negocios, pues aun en el lance de gozar de su amor piensa en ellos. Escapósele á Zadig en aquellos instantes en que los mas no dicen palabra, ó solo dicen palabras sagradas, clamar de repente: LA REYNA; y creyó la Babilonia, que vuelto en sí en un instante delicioso le habia dicho REYNA MIA. Mas Zadig, distraido siempre, pronunció el nombre de Astarte; y la dama, que en tan feliz situacion todo lo interpretaba á su favor, se figuró que queria decir que era mas hermosa que la reyna Astarte. Salió del serrallo de Zadig habiendo recibido espléndidos regalos, y fué á contar esta aventura á la envidiosa, que era su íntima amiga, la qual quedó penetrada de dolor por la preferencia. Ni siquiera se ha dignado, decia, de atarme esta malhadada liga, que no quiero que me vuelva á servir, ¡Ha, ha! dixo la afortunada á la envidiosa, las mismas ligas llevais que la reyna: ¿las tomais en la misma tienda? Sumióse en sus ideas la envidiosa, no respondió, y se fué á consultar con el envidioso su marido.

Entretanto Zadig conocia que estaba distraido quando daba audiencia, y quando juzgaba; y no sabia á qué atribuirlo: esta era su única pesadumbre. Soñó una noche que estaba acostado primero encima de unas yerbas secas, entre las quales habia algunas punzantes que le incomodaban; que luego reposaba blandamente sobre un lecho de rosas, del qual salia una sierpe que con su venenosa y acerada lengua le heria el corazon. ¡Ay! decia, mucho tiempo he estado acostado encima de las secas y punzantes yerbas; ahora lo estoy en el lecho de rosas: ¿mas qual será la serpiente?

CAPITULO VIII.

Los zelos.

De su misma dicha vino la desgracia de Zadig, pero mas aun de su mérito. Todos los dias conversaba con el rey, y con su augusta esposa Astarte, y aumentaba el embeleso de su conversacion aquel deseo de gustar, que, con respecto al entendimiento, es como el arreo á la hermosura; y poco á poco hicieron su mocedad y sus gracias una impresion en Astarte, que á los principios no conoció ella propia. Crecia esta pasion en el regazo de la inocencia, abandonándose Astarte sin escrúpulo ni rezelo al gusto de ver y de oir á un hombre amado de su esposo y del reyno entero. Alababásele sin cesar al rey, hablaba de él con sus damas, que ponderaban mas aun sus prendas, y iodo así ahondaba en su pecho la flecha que no sentia. Hacia regalos á Zadig, en que tenia mas parte el amor de lo que ella se pensaba; y muchas veces, quando se figuraba que le hablaba como reyna, satisfecha se expresaba como muger enamorada.

Muy mas hermosa era Astarte que la Semira que tanta ojeriza tenia con los tuertos, y que la otra que habia querido cortar á su esposo las narices. Con la llaneza de Astarte, con sus tiernas razones de que empezaba á sonrojarse, con sus miradas que procuraba apartar de él, y que en las suyas se clavaban, se encendió en el pecho de Zadig un fuego que á él propio le pasmaba. Combatió, llamo á su auxîlio la filosofía que siempre le habia socorrido; pero esta ni alumbró su entendimiento, ni alivió su ánimo. Ofrecíanse ante él, como otros tantos dioses vengadores, la obligacion, la gratitud, la magestad suprema violadas: combatia y vencia; pero una victoria á cada instante disputada, le costaba lágrimas y suspiros. Ya no se atrevia á conversar con la reyna con aquella serena libertad que tanto á entrámbos habia embelesado; cubríanse de una nube sus ojos; eran sus razones confusas y mal hiladas; baxaba los ojos; y quando involuntariamente en Astarte los ponia, encontraba los suyos bañados en lágrimas, de donde salian inflamados rayos. Parece quese decian uno á otro: Nos adoramos, y tememos amarnos; ámbos ardemos en un fuego que condenamos. De la conversacion de la reyna salia Zadig fuera de sí, desatentado, y como abrumado con una caiga con la qual no podia. En medio de la violencia de su agitacion, dexó que su amigo Cador columbrara su secreto, como uno que habiendo largo tiempo aguantado las punzadas de un vehemente dolor, descubre al fin su dolencia por un grito lastimero que vencido de sus tormentos levanta, y por el sudor frio que por su semblante corre.