Volvoreta

Part 1

Chapter 14,081 wordsPublic domain

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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.

* Se ha respetado la ortografía del original, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.

VOLVORETA

OBRAS DE WENCESLAO FERNÁNDEZ-FLÓREZ

LA PROCESIÓN DE LOS DÍAS. (Novela.) (3.ª edición.)--4 pesetas.

VOLVORETA. (Novela premiada en el concurso del Círculo de Bellas Artes.) (5.ª edición.)--5 pesetas.

SILENCIO. (Novelas.) (2.ª edición.)--4 pesetas.

LAS GAFAS DEL DIABLO. (Ensayos de humorismo, obra premiada por la Real Academia Española.) (3.ª edición.)--4 pesetas.

ACOTACIONES DE UN OYENTE. (Crónicas parlamentarias.)--4 pesetas.

HA ENTRADO UN LADRÓN.--5 pesetas.

EL ESPEJO IRÓNICO. (Ensayos de humorismo.)--5 pesetas.

WENCESLAO FERNÁNDEZ-FLÓREZ

VOLVORETA

(NOVELA PREMIADA EN EL CONCURSO DEL CÍRCULO DE BELLAS ARTES)

(QUINTA EDICIÓN)

MADRID EDITORIAL PUEYO ARENAL, 6 1920

ES PROPIEDAD

Imprenta de Juan Pueyo. Luna, 29. Teléf. 14-30.--Madrid.

CARTA AL ILUSTRE DOCTOR FIAÑO

_Cuando terminé de corregir las pruebas de este libro, amado y culto doctor Fiaño, en ese angustioso momento que precede a la aparición de una obra propia ante el público, pensé en ti con terror, con un terror hondo y repentino. Súbitamente vi tus grandes bigotes caídos, tu cráneo calvo, tus ojos menudos en los que luce toda la sabiduría de un doctorado en Filosofía y Letras; te vi detrás de la ventana del Casino y en la tribuna del Ateneo, bajo la terrible oleografía de nuestro señor el Rey, esa oleografía azul, amarilla y roja--irrespetuosamente maculada por todas las moscas de avanzadas ideas que han tenido el honor de volar en ese sabio ambiente, de quince años a esta fecha--y hacia la que tú has extendido fervorosamente tu mano pidiendo un «viva» siempre que al final de tus discursos te ha faltado la inspiración._

_Cuando leas esta novela, ¿qué gesto será el tuyo, eminente crítico?... Yo lo sé. Yo sé que con este puñado de cuartillas te voy a producir un lamentable disgusto. Al llegar al final, tú arrojarás el volumen con desaliento; tú harás un gesto de tristeza que será corregido por un gesto de desdén._

_Habrás descubierto que esta novela no tiene tesis._

_No tiene tesis, ¡ay de mí!, es verdad. ¿Qué viene, entonces, a hacer al mundo?... ¡Dios mío, no lo sé!... Yo bien comprendo que mi deber sería enriquecer la moral del lector con una máxima, o su experiencia con un relato instructivo. Yo no puedo ni aun alegar ignorancia de mis obligaciones. He leído muchos libros en los que hombres más profundos practicaban esa conducta ejemplar. En unos se convencía a las gentes de que el amor de un anciano a una joven es fuente de desgracia; en otros nos advertían los peligros de querer a una mujer morena y voluptuosa; tal novela me enseñó que el ideal huye delante de nosotros; alguna me instruyó acerca de la crueldad de enamorar a una doncellita provinciana cuando uno está de paso por el pueblo. He visto muchos dramas en los que la fatalidad desanudaba las corbatas de los personajes, por esa extraña relación que la tragedia guarda siempre con las corbatas de los cómicos. Todo esto templa el espíritu, es elevado, es educador. Sin duda las moralejas de los libros van delante de la Humanidad, guiándola por el camino del bien y de la ética escrupulosa, y es triste pecado de banalidad haber escrito estas páginas sin que de ellas pueda salir al final, como de una cajita de sorpresa, un apotegma más que se agarre a las riendas del alma y las separe del sendero del mal, por el que han ido tantos estudiantes enamorados de tantas modistas._

_No supe, formidable Fiaño, no supe. Cogí, para hacer la novela, el espejo aquel de la frase de Saint-Real que tomó por lema Enrique Beyle, el que amó la Sencillez tanto como yo la amo, y lo paseé, como él quería, a lo largo de un trozo de camino. Nunca copió mi espejo más que la misma vida, y al rebuscar en ella no encontré el sistemático triunfo de una idea, ni el de la acción moral, ni el de la acción impura. Hace tiempo que ha muerto aquella cruel Fatalidad que pasaba lentamente, con sus ojos inmóviles y sin luz, como los de una estatua, a lo largo de las viejas fábulas. Los hombres la vemos apenas como una sombra alta y negra en los horizontes de la antigüedad. Tras ella hicimos surgir otro fantasma: el del Destino moral. Y el Destino moral pasó por nuestras novelas también rígido, también inconmovible, llevando en una mano el premio y en la otra el castigo, para repartirlos con una severa equidad._

_Pasó... Yo no alcancé a verlo en los caminos de la Vida, considerable Fiaño. En las novelas que va tejiendo esa Vida, muy pocas veces se preocupa de escribir moraleja. Las mejores páginas son las que ella sabe trazar, y, sin embargo... ¡cuánta sería tu indignación, erudito Fiaño, si un osado escritor recogiese en un libro alguna de esas novelas!... ¿Te acuerdas de Martín?... Martín era joven, era amable, tenía una existencia lógica y feliz. Un día jugó su partida de tresillo en el Club, comentó las murmuraciones del momento, te dió una palmadita en la espalda y se marchó a dormir. Fué a dormir, naturalmente, tranquilamente. Había de madrugar para despedir a su novia, que iba a un balneario._

_Martín se acostó tarareando una mazurka, desprendió los tirantes de sus pantalones con una habitual sencillez... Al día siguiente os enterasteis con sorpresa de que Martín había muerto de una inesperada manera repentina. Algo se le había roto en el corazón. Medita, Fiaño, ¡qué absurda manera de terminar el libro! El protagonista ha jugado a las cartas, tiene una novia que va a emprender un viaje, no hay asomos de tragedia, todo circula por un cauce suave y normal. De pronto la novela termina: el hombre hizo una contorsión entre las sábanas y murió estúpidamente. La vida es así, y en la vida, sin embargo, todo puede ser una novela._

_Quizás, austero Fiaño, en el rostro de alguno de los personajes que van a desfilar ante ti creas advertir rasgos conocidos, de seres reales. Entonces te indignarás. En mi descargo yo te suplico que recuerdes aquellas palabras de Beyle, mi consejero_:

«_--¿Cómo se ha atrevido usted a decir tal cosa? Ha pintado usted a lo vivo a Fulano o a Fulana: eso es indiscreto, poco delicado, terrible.» «Los interpelados sonríen. ¿Qué es lo que han tomado ellos de esas personas? Su superficie de muñecos moviéndose en el aire, mientras que ellos mismos, dando vida a esos muñecos, nos han revelado otras cosas. En su ficción nos dejan ver que han sido los amantes, los amigos cobardes o atrevidos de los personajes que han creado en su novela. Han vivido la vida de todos en una ubicuidad mortífera; han sembrado en cada uno los trastornos, los cariños, los errores, las bellezas, las sequedades, las desesperaciones, los sufrimientos, las alegrías que su personaje, diversificándose, ha imaginado sentir. Y todo esto lo ha exagerado o atenuado según el capricho de su fantasía.»_

* * * * *

_Lo que mi espejo copió aquí está: una brizna de dolor, una brizna de ironía; una sonrisa y algunos de esos episodios que todos pueden vivir. Si no existieses tú, inmenso Fiaño, yo estaría contento, con la ilusión de haber hecho una labor sencilla y clara. Pero el terrible gesto desdeñoso que adivino bajo tus bigotes me preocupa y me amedrenta._

_Fiaño: comparezco ante ti con una novela sin tesis... ¡Perdón, Fiaño!_

W. FERNÁNDEZ-FLÓREZ.

I

Erguida en el umbral, doña Rosa Abelenda clavaba el mirar agudo de sus ojos en la rapaza, recogida en una modesta actitud.

--¿Quién te mandó venir?

--Mandóme la señora de la Cruz del Souto.

--¿Serviste tú a la señora de la Cruz del Souto?

--Serví en casa de su hermana, en la ciudad, hay dos años por San Martín.

--Y ¿qué sabes hacer?

La moza balanceó el hatillo que llevaba colgante en la diestra. Miró al ama serenamente:

--Sé hacer lo que manden. Pero en la tierra no puedo trabajar; me enferma. Por eso me puse a servir. La señora del Souto me dijo que aquí se necesitaba una muchacha para la labor casera nada más.

Doña Rosa aclaró:

--Pero tendrás que lavar y tendrás que cuidar de la comida del ganado.

--Bien está, sí, señora.

--Y te daré doce reales al mes y un traje por la fiesta.

--En la ciudad ganaba más.

--Pero esto no es la ciudad. Tú dirás si te conviene.

--Bien está, sí, señora.

--Entonces, entra; te voy a enseñar tu habitación.

La moza entró. En la mitad del pasillo inquirió doña Rosa, sin detenerse:

--¿Cómo te llamas?

--Federica.

--¿Federica?... Ese no es un nombre de criada.

Y se volvió para mirar recelosamente el aspecto poco rústico de la moza, en la que la sencilla blusa blanca y la negra saya y los cabellos rizados junto a las sienes delataban un leve refinamiento ciudadano. Doña Rosa observó con cierto disgusto que los zapatos de la muchacha tenían alto el tacón y que llevaba al aire la rubia cabeza, sin el habitual abrigo del pañuelo de seda atado bajo el mentón, con el que doña Rosa había visto, sin excepción alguna, a toda cuanta criada llamó a sus puertas en busca de jornal.

Federica soportó el examen moviendo un brazo en aquel vaivén que imprimía al hatillo, y que era en ella la expresión de un ligero azoramiento. Explicó, sonriente:

--En mi tierra me llamaban también _Volvoreta_.

--¿Por qué te llamaban _Volvoreta_?

--No sé.

Tampoco se mostró doña Rosa muy satisfecha del poético apodo: _Mariposa_... ¡Hum!... Más bien creía ella descubrir en el remoquete condiciones de travesura y de holganza, de vano ir y venir, de ligereza, que mal se acomodarían al cumplimiento de los deberes de trabajo; siguió andando, y gruñó:

--Más valía que te llamasen Pepa o Manuela, como se suelen nombrar las muchachas humildes. Las mejores criadas que yo tuve se llamaban así.

Subieron unos crujientes escalones. En el último piso, en un cuarto formado por tabiques de madera, sin cal y sin papel, y cuyo techo en declive se juntaba al suelo en una tenebrosa angostura, estaba la alcoba de la sirvienta: el catre de lona, y sobre él el jergón de secas hojas de maíz, que mostraba su contenido en las dos aberturas por las que habían de entrar a diario las manos que hubiesen de mullirlo. Una estampa de Santiago el Mayor, tieso en su cabalgadura, que atropellaba a unos pobres moros despavoridos, era todo el adorno de la pared. El viento marino pasaba, estremeciendo una alta ventana casi horizontal, por cuyas uniones hacía entrar, en los días de lluvia, algunas gotas de agua. Y aquella ventana inundaba la estancia de una luz a la que hacía dorada el dorado tono de las desnudas tablas de castaño de la pared.

La casa estaba en medio de la gándara verde y riente. Había sido construída con pretensiones de _chalet_, con arreglo a un gusto poco común, sin la pesada abundancia de granito que las lluvias frecuentes aconsejan en el país galiciano, con balcones de madera pintada bajo tejados puntiagudos y de salientes aleros. Parecía una casa arrancada de un cromo holandés. Seguramente fuera construída para recreo de veraneantes, y, en algún tiempo, todos los terrenos que la rodeaban habían sido jardín. Aun ahora, frente a la entrada principal, se conservaban unos macizos con camelios y rosales pobres; la hierba que antes bordaba cenefas en sus orillas había aprovechado la ausencia de jardineros para invadir la tierra, y sólo sucumbía en el centro de los caminos, donde las pisadas frecuentes la extirpaban. Las tenaces matas de alhelíes se habían salvado de aquella catástrofe y sobresalían multiplicadas, entre la hierba, con su tono más apagado. Y en primavera, todo su aroma delicioso invadía la vieja casa y el viejo jardín y pasaba a la carretera--entoldada de olmos gigantescos--sobre la verja de barrotes aguzados, rota en tantos sitios y que mal zurcía la hiedra. Un mirto, en algún tiempo recortado en forma de cono, crecía ahora libremente; el antiguo estanque se había ido llenando poco a poco de tierra, y sólo su borde de cemento, cubierto de musgo, sobresalía del nivel del jardín. El angelote mofletudo que soplaba el surtidor a lo alto por un caracol, yacía, roto, con una pierna encogida, como si le doliese aún el quebranto de la otra. Al lado opuesto del edificio extendíanse los campos de labranza, repentinamente cortados por un bosque. Más allá estaba el mar tranquilo de la ría, y los árboles bajaban de la gándara casi hasta la misma orilla y se detenían allí, como gigantes que vacilasen ante un vado.

En su interior la casa perdía aquel exotismo de sus fachadas; pero guardaba en sus muebles y en sus paredes una estrecha relación de ancianidad con lo externo. En las alcobas las camas de hierro habían perdido en parte su barniz, no todas las sillas poseían íntegros sus travesaños; las obscuras maderas de los pisos estaban, en el centro de los corredores y en torno a los muebles de colocación inmutable, desgastadas hasta quedar sus nudos en relieve, y el retrato del señor Abelenda--jefe de la familia, cuyos huesos estaban ya, seguramente, mondos en el camposanto de la ciudad--difícilmente podía conservar el grave prestigio que le daban su condición de jefe y de difunto y la severa toga y el austero birrete de abogado con que el lápiz del dibujante se había complacido en representarle, dentro del marco cuyos dorados se descascarillaban lamentablemente. Rafaela, la vieja fámula que había sido acicalada doncella al servicio de la señora en la casa de la ciudad en los primeros años del matrimonio, la mocita traída por doña Rosa de su solar como azafata, y por ella pulida y educada hasta en los más pequeños ademanes que convienen a una doncella de casa señorial, solía detenerse frecuentemente ante este retrato, con las manos bajo el mandil azul, reposando sobre el vientre, para considerar con una honda tristeza:

--¡Ay, si el difuntiño viese estas cosas!...

Lo primero que «el difuntiño» desconocería, probablemente, sería a la propia Rafaela. En la ruina de las casas los criados son siempre los que, aun a su pesar, revelan claramente, milímetro a milímetro, la velocidad de la caída. Los señores saben, con frecuencia, guardar un gesto de disimulo y un traje cuidadosamente repasado y teñido; los criados, con menos vanidad que defender, se entregan antes a los arañazos de la suerte, así como un vendaval arranca primero todas las hojas secas de un árbol, y aun sus débiles ramas, antes de romperlo. Cuando el señor Abelenda murió y se perdió el pleito contra sus hermanos y se fué a pique su pesquero _Rosita_ en los bajos de la Lobeira--cuatro años seguidos de malaventuras--, la viuda se refugió en aquella casa de la Gándara, que era toda su riqueza, y después de unos meses de desorientación y de anonadamiento, se dedicó, con aquella gran decisión de espíritu, con aquella fuerte voluntad que constituía el fondo de su carácter, a explotar por sí misma las escasas tierras anejas a la finca, y que, dadas en arrendamiento, producían apenas para tapar las goteras del _chalet_. Licenció a sus terratenientes, y era ella la que discutía el precio del pino cortado y el del ferrado de trigo, y la que alguna noche aparecía en el umbral de la amplia cocina, ordenando:

--Que se acueste Chinto en seguida, que mañana hay que ir temprano con los terneros a la feria del Quince.

Siguiendo la evolución, Rafaela, la doncellita meticulosa, que había ido envejeciendo junto al ama, abandonó poco a poco el negro vestido y el menudo delantal de encajes, y fueron entrando en sus baúles y acumulándose en los clavos de la pared de su alcoba los rojos refajos, los pañuelos de lana y las chambras de franela; engordó lentamente, se tostó su faz y fué cubriéndose de arrugas, desdeñó las tenacillas para peinar sus cabellos, muy estirados hacia atrás, y ató el cabo finísimo de su trenza con cintas de algodón; finalmente, olvidó el castellano. De la cámara de la señora pasó a la cocina; ella hacía el condumio de los jornaleros y empuñaba alguna vez la azada o volvía del campo oculta bajo un enorme y verde haz de hierba, y, despertado atávicamente el cariño a los animales provechosos, común a los labriegos de que descendía, jamás nombraba a la vaca, ni al cerdo ni a las gallinas, sin aplicarles uno de los diminutivos cariñosos en que es tan pródiga la lengua gallega:

--¿Diste de comer a la vaquiña, hom?

O bien:

--Mañana hay que matar al cerdiño pequeño.

Y era un poco cómico ver cómo ella misma ayudaba a sujetar al puerco sobre el banco de la matanza y le dirigía tiernas expresiones mientras el animal lanzaba sus berridos agónicos.

Al servir la cena, Federica curioseó con disimulo el grupo familiar. Isabel, la primogénita, delgada y alta, con el rostro alargado, lo mismo que su madre, y la misma contracción de voluntad en su boca; pálida, a pesar de la vida campestre; perdidas las redondeces de las formas en el frío de sus treinta años de soltera, cumplidos ya. Sergio--al otro lado de doña Rosa, en la mesa de albo mantel--, menudo, enmarañado el pelo, naciente apenas el bozo sobre su boca un poco sensual. Cuando los dos hermanos la miraron, Federica bajó los ojos, recogió la fuente vacía y se marchó.

--¿Es la nueva criada?--inquirió Isabel.

--Es. ¿Qué te parece?

Isabel contestó a su madre con un mohín:

--Bien. Los primeros días todas parecen bien.

Y se sirvió agua, tocando antes con el índice y el pulgar en cruz el borde de la jarra y de la copa, rápidamente. Era uno de los que pudiéramos llamar en ella _tics_ de misticismo. Sin ser de exaltada devoción, más bien fría cumplidora de sus deberes religiosos, estaba poseída y esclavizada por cien preocupaciones de una extravagancia inverosímil. Antes de coger un objeto había de tocarle con sus dedos en cruz; suponía que su mano y su pie izquierdos tenían funesta influencia en sus contactos con las cosas, había dentro de ella una voz misteriosa que le hacía las más absurdas amenazas. Le decía, por ejemplo, esa voz, yendo ella por los campos:

--Debes cambiar de vereda e ir hasta aquel pino alto que hay cerca del trigal.

Y aunque llevase prisa y el camino que le designaba la voz le obligase a un rodeo, iba y tocaba el árbol con sus dedos en cruz; y seguía después, satisfecha. Otras veces se le ocurría pensar, al sonar una hora en el reloj de la casa:

--Debo rezar una salve para que en esta hora no muera mamá.

Y rezaba, y a la hora siguiente volvía a ocurrírsele el mismo temor, y aquella salve la rezaba ya siempre que el timbre del reloj abría una nueva hora. Era, en verdad, una esclavitud que se le hacía muchas veces acongojante. En ocasiones había intentado resistirse a esa tiranía; pero quedaba tan sobresaltada y medrosa, tan desasosegada por la certeza de que había de ocurrirle algún mal, que prefería obedecer el impulso histérico.

Terminada la cena de los amos, Federica ocupó su puesto en la gran mesa de blanco pino, cerca del hogar, en la amplísima cocina de la casa. Rafaela le señaló un lugar, bajo la lámpara de petróleo colgada en la pared. Rafaela era el ama en aquel recinto. Colorada por el fuego, iba y venía distribuyendo el caldo sabroso y el pan dorado de maíz. Sólo Chinto no comía en la mesa. Falto de costumbre, apenas rebosaban en su cuenco las verdes coles tronzadas en menudos pedazos y humeaba entre ellas el caldo en que las costillas de cerdo habían dejado pequeños discos de grasa, Chinto, el mozo de labor, alargaba para cogerlo sus anchas manos recias, deformadas por el rudo trabajo, negras por la tierra, con cicatrices de cortes de hoz, grandes, de dura piel callosa; y apartaba su taburete de la mesa y se encorvaba sobre la taza, izando el contenido hasta la boca con su fuerte cuchara de boj. Cuchara de boj: Chinto no concebía que se pudiese comer el caldo con una cuchara de metal. Ningún sibarita puso jamás en el saboreo de manjar alguno la delectación con que el labriego engullía el clásico alimento, hasta limpiar con sus labios endurecidos la harina de la deshecha patata, que se adhería al boj; en los días señalados, cuando bajaba el vino a la cocina, Chinto vertía una parte de su ración en el cuenco de barro esmaltado para limpiarlo con él, y lo bebía tras de agitar la taza lentamente.

--¡Por eso!--alababa--... no hay casa de rico en la Gándara donde se tome el caldo como en la casa de Abelenda. ¡Así Dios me salve!

Federica comió calladamente, oyendo la charla de los jornaleros, que despertaba en ella el recuerdo de las charlas en torno al hogar, en su casita de Dumbría, entre los pinares abundantes que llenaban montes y montes. Desde la pared la lámpara daba luminosidad de halo a sus rubios cabellos. Después, poco a poco, dejó de escuchar porque su alma marchó tras el recuerdo. Doña Rosa apareció bruscamente en lo sumo de la breve escalera que daba acceso a la cocina. Se destacaba sobre el negro vano.

--Chinto, puedes cerrar. Buenas noches a todos.

--Buenas noches nos dé Dios--contestó el coro de voces.

Y los zuecos claveteados de Chinto resonaron, arrastrándose por el cemento. Los jornaleros marcháronse tras él. Rafaela fregoteaba, envuelta en un mandil de arpillera. Menguaba la llama en el quinqué. La vieja servidora advirtió a Federica:

--Puedes irte a acostar.

Y la moza se puso en pie:

--¿Quiere que le ayude?

--No; vete a acostar.

Se oyó en toda la casa el chirrido del pasador de hierro que Chinto corría en la recia puerta. Federica deseó, humildemente:

--¡Descansar!...

Aún le avisó Rafaela, sacando del barreño un brazo humeante:

--Si tienes miedo por la noche, llamas a la pared. Yo duermo al lado.

La moza sonrió:

--Nunca tengo miedo.

Y subió a su alcoba y se acostó. Vió lucir una estrella sobre su cabeza al través del amplio tragaluz; después vió cómo una nube la tapaba; luego sintió el rumor de los árboles, y oyó correr, empujada por el viento, una arenita por el cinc del tejado. En el crujiente jergón de hojas su cuerpo hizo pronto un hueco profundo. Y todas esas pequeñas cosas: la estrellita lejana, y la arena, y el remoto rumor, y la sensación de estar hundida blandamente, la llenaron de dulce pereza y estiró su cuerpo entre el alboroto de las hojas, y sonrió, pensando:

--En invierno se debe de dormir muy bien aquí.

II

En las tardes serenas, Sergio bajaba a estudiar al viejo jardín. Más que a estudiar, a dejar correr su alma, libre de fiscalizaciones que leyesen la distracción en sus ojos fijos en las páginas. Doña Rosa se había obstinado en que Sergio fuese bachiller. Se abrió luego un paréntesis duradero de vacilaciones y de dudas respecto a su porvenir. Doña Rosa hubiera querido hacerle abogado para que la toga y el birrete tuviesen en la familia otra representación más eficaz que en el retrato del difunto; pero ni aun con grandes esfuerzos podría sostenerse el largo derroche de una estancia en Santiago. Un día, al fin, don Miguel, el cura de Santa María de la Gándara, al volver de un viaje a la ciudad se detuvo en la quinta para ofrecer a doña Rosa la solución del porvenir del pequeño Abelenda. Desplegó un ejemplar de la _Gaceta_ y leyó una convocatoria para cubrir buen número de plazas del Cuerpo de Correos.

--Un porvenir, doña Rosa, un porvenir. Esto es cosa que está naciendo aún y puede hacerse carrera. Y nada de gastos, ¿sabe?; se le compran los libros y que estudie en casita, ¡caramba!, que algo ha de hacer.

Doña Rosa torció un poco el gesto. Y aquello, ¿qué era?... Verdaderamente, don Miguel no debía olvidar que los Abelendas eran gente de distinción, que habían tenido siempre profesiones brillantes. Mal estaban los tiempos; pero también... convertir en cartero a un Abelenda... Quizás valiese más esperar, con la ayuda de Dios...