Chapter 5
-¿Y en qué te ocupas después de clases-? -En nada... en nada.. Mejor dicho, sí. Sí hago algo: vagar Vagar siempre. Divagar y perderme entre las calles y confundirme con la niebla matutina... o con las sombras de la noche... hasta remontarme a... en busca de... de no sé qué... quizá de un anhelo... de una ilusión... de una esperanza... de una quimera... de una lágrima... de una respuesta... de un lamento... de un grito... de un sollozo... de un suspiro... Siempre voy tras de... No sé. Así fluye mi existencia... como río sin cauce... como mar sin límites... como paisaje sin horizonte... como cumbre sin altura... como abismo sin precipicio... como día sin sol... como noche sin estrella... como alma sin alma... —Pues no me explico, mano. ¿Cómo es que puedes conformarte con eso? ¿Cómo te agrada vivir así, si tú tienes de sobra... —Es cierto... mas no me importa. Que transcurra la vida y que yo la ignore. Nada quiero saber de ella, ni vislumbrarla, ni percibirla... —¿Y no tratas de hacer algo? Fórjate un ideal. Fecunda tu vida con... pues... —¡Bah! Soy un triste paisaje, un panorama melancólico... Es un pago a las hazañas de mi familia. El costo de sus momentos brillantes... y eso... hecho está... Los grises matices de la tormenta que se agita en mi cerebro me lo reprochan con abiertas protestas desolantes; en compases dolorosos y sombríos. Es como un griterío extraño de melodías amargas, dolorosas e intermitentes. —Pues yo no entiendo aún tu comportamiento... Nada haces por vivir... Eso de sentirse filósofo esta bien pero... tienes lo que yo tanto ansio. Tu padre es multimillonario. A ti y a tus hermanos les cumple cualquier deseo insignificante que parezca: Carros... Viajes... fiestas... chequera... Debías ser como tus hermanos... Ellos sí que aprovechan lo que tu padre puede darles... ¡Quién no quisiera estar como tú! —¿Así piensas? ¡Qué equivocado estás! María sufre, a pesar de sus apariencias de mujer elegante... y de gran mundo... María llora... Y aunque pretendientes no le faltan., y aunque a ninguno desprecie... a nadie ama de verdad. Ella se ha entregado a muchos... pero ninguno la ha dejado feliz... Es hermosa, mas hay algo en su mundo que le impide arribar a la plenitud... Y yo sé lo que es... Alejandro... ¡Bah! Siempre afanado en los deportes; ya en las carreras de autos; ya en el americano; ya en el tenis. Goza mostrado su vigoroso esplendor físico... Sus conquistas amorosas por su aspecto de Adonis... y su semivalentía... Cuando ha logrado que alguna se le dé... la abandona... y siente un absoluto desprecio por ella... y la humilla... y se yergue altivo... arrogante... como si demostrara que ante él... nada vale... y las escupe. Sin duda pensarás que esto lo hace ser plenamente dichoso, pero no... no... Se comporta así porque busca algo... algo que no sabe... aunque yo sé lo que es... ¿Y Jorge? Su comportamiento me da risa. Tiene relaciones sexuales de todo tipo. . primero se hastió de las mujeres,., después de los hombres... y ahora tiene que estar con ellas y con ellos al mismo tiempo para sentir placer... Además... dilapida el dinero que mi padre le da en drogas: morfina, opio, mariguana. —¡Jijos! Esa vida ya la quisiéramos más de mil pobretones como yo que tenemos que jodernos trabajando. ¡Buf! ¡Trabajar! Y eso para medio sostenernos y vivir a duras penas. —No sé por qué ambicionas una vida como la mía. Si pudiéramos decidir antes de nacer, yo hubiera escogido un lugar humilde, aunque tuviera que destrozarme a cada hora para comer, para reír, para existir... Uno en el que, al menos así lo pienso, poseyera algo para tener la voluntad de vivir... La voluntad de vivir. —¡Ay mano! Palabra que no sabes lo que dices. . Esa filosofía que estás estudiando... te afecta... —No creas que porque la estudio. Esto es algo que asumo porque lo siento... es parte mía... y lo sentimos aquellos que gozamos de la dulce opulencia, sin hacer nada, sin que nos falte lo mínimo en lo material, porque dentro de nosotros, en lo más profundo, en lo más hondo de nuestra sensibilidad palpamos una ausencia... aunque no la decimos... sino que tratamos de ocultarla, de no descubrirla. Y para eso amamos con falsedad, compramos lujos y amistades, hacemos perjuicios y daños, nos burlamos del mundo, de este mundo del que estamos hartos, del que despreciamos.. Por ello nadie escapa a nuestros ultrajes... —¡Ya quisiera tu situación! A pesar de lo que dices... Cuando se tienen unos padres tan padres como los tuyos, ricos e influyentes, la mesa está puesta, ¿¡para qué preocuparse en tonterías!? —¿Sí? Lo afirmas porque sabes lo que es luchar por vivir... y no conoces lo terrible de combatir para no hundirse en el tedio de no hacer algo que en realidad nos satisfaga plenamente Por eso es que se nos ocurren miles de estúpidas extravagancias para no sucumbir en el ocio aburrido de nuestra clase... ¡Poderosa! Bah.. Y corremos autos, motocicletas, yates, avionetas: dulzura letárgica e inútil. ...Eso es lo que hago. . lo que hacemos... Buscamos novedades que entusiasmen nuestros espíritus hastiados y nos divertimos a costa de los demás... y robamos, sin necesidad, y llegamos a matar, por placer, sólo por sentir distintas monotonías, pues mientras seamos así... frutos de ricos huertos... no tendremos... jamás... el logro de lo que colme nuestro plomo con alas creadoras. Y aunque en nuestros rostros de privilegiados se revele el desprecio, la valentía estúpida, el inútil arrojo, sólo existe miedo... un miedo angustioso por no cumplir algún anhelo superior... por no saber qué hacer... ni qué alcanzar... Así somos nosotros... Esto es lo que hago... lo que hacemos... los hijos de los potentados... los futuros herederos de millones, castillos resplandecientes, iluminados provistos de pedrerías maravillosas, pero abandonados... abandonados desde el momento en que nacimos... y vacíos... ocultamente vacíos... aunque nos afanemos en
parecer lo contrario... Tu pregunta está contestada... Los dos amigos quedan en silencio. El humilde piensa en la grandiosidad de las riquezas y el privilegiado en la magnífica y fructífera lid de ganar el pan con trabajo, con esfuerzo, con ansia amorosa... Las luces de la Ciudad Universitaria comienzan a encenderse... Anochece... y cada uno se siente como en los extremos del olvido.
MADAME BOVARY
Pito era un perro mechudo; ensortijadamente blanco como de algodón, o cual las nubes cirrosas que aún no dan indicios de liquidez, y acaso más exacto, según su dueña, parecía un ramo de margaritas que no han sido desfoliadas. El fino pelaje que lo cubría era de esa tersura indefinible de la seda. Y para acrecentar su apariencia delicada, su ama diariamente lo bañaba con oloroso jabón de rosas. Era, por consecuencia, lo que se dice, un perrito encantador y de perfumada educación. Ella lo quería tanto. Sus ojos, negras canicas, apenas si brillaban entre los níveos pelos que caían sobre su carita graciosa y redonda. La naricilla se le elevaba respingona, como alerta, como decidida a descubrir los más inolfateables olores. Y su hociquito. ¡Ah! Negra raya que se escondía entre varios filosos y pequeños dientes, ya tenía la experiencia de haber saboreado uno que otro pedacillo de insolente muslo humano. Nadie habría pensado que aquel canino, en otros tiempos, hubiera pasado por sarnoso y vulgar perro de barrio, enmugrecido con tierra y hollín, abundante en parásitos y además, como si fuera poco, un simple hurtador de huesos: de pellejos o de lo que pudiera Más de una vez sintió el dolor causado por escobazos o pedradas. En dos ocasiones escuchó muy de cerca el zumbido de las balas. Sin embargo, él continuó ejerciendo su vida delictuosa hasta que... Una mañana paseaba disfrutando del sol de invierno, débil e impotente, por un jardincillo, marchito y descuidado, con el fin de descansar bajo algún arbusto, ya que la noche pasada había sido verdaderamente de perros, difícil y llena de peligros. Por callejero se lo habían querido llevar a la perrera de la ciudad y él había tenido que escapar de aquella monstruosa pena., .patas para cuando son!... y huyó. Vagó durante las largas y oscurecidas doce horas de la noche. A cada instante se le figuraba que lo aprendían. Cualquier sombra, cualquier bulto, cualquier ruido lo asustaba. Qué tranquilidad le invadió cuando el día por fin regresó con sus ropajes de luz sin impuestos para extenderse sobre la faz inmensa de la tierra enmugrada. Sentía mayor seguridad y los temores se empequeñecieron. Y así, dormitando con gran deleite interno se encontraba, cuando una voz meliflua y mujeril vino a interrumpir sus sueños de perro. —¡Pobrecillo!... —y él se hizo el dormido — ¡Mira qué bonito! Un poco sucio en verdad, pero con un buen baño, una peinada, un buen insecticida y quedará como nuevo... —y Pito seguía escuchando...— Vamos a ver si lo podemos llevar a casa. Me gustan tanto los perritos... Además, no tiene aspecto de perro corriente...— y sintió que se le acercaban. Rápidamente se incorporó. Su mirada vertía desconfianza... Quizo huir... pero con suerte le convenía y... —Ks...ks...ks... lindo perrito... ks...ks...ks... Véngase para acá mi rey... No le voy a hacer daño... Ándele... ándele... Estése quietecito... Lo voy a llevar a mi casa... Yo voy a ser su mami... Allá nada le faltará... Tendrá mucho que comer... No sufrirá peligros ..ks...ks... Véngase para acá... - En un principio el animal se mostraba renuente, pero la dama, sin sucumbir en su propósito, insistía perseverante y aniñada. Por fin, luego de la tentadora seducción provocada por un pastelillo, la mujer lo pudo coger y como no era muy grande, lo levantó entre sus brazos para llevarlo hasta un automóvil. El perrillo como que se dejaba acariciar tembloroso y se entregaba en lánguido abandono a la mujer. Lo puso en la parte de atrás. Llamó al chofer y subieron al coche para emprender la marcha. Aquello había parecido un sueño. Desde entonces el canino jamás había padecido enfermedades ni hambres ni tristezas ni miedos. Ahora todo se había transformado gracias a aquella noble amante de los animales Le pusieron por nombre Pito y él, trataba de reafirmar la buena voluntad que su ama le había depositado a cada instante. A dondequiera que ella iba, Pito la acompañaba : Pito al cine, Pito al club, Pito al jardín, Pito al patio, Pito al sofá, Pito a la cama... Y la mujer se desvivía por atender a su lindo mechudo. Le servía trozos de carne, leche con huevo, vitaminas y por supuesto, las mejores causas de su conquista, los más variados y suculentos pastelillos importados de Francia... Cierta vez tuvo un serio disgusto con uno de sus criados que olvidó darle su acostumbrada alimentación... —Verás malcriado... ¿Por qué lo has estado maltratando? —No señorita.. Ya le di de comer... —Te he vigilado constantemente desde hace días. A partir de hoy ya no seguirás trabajando como mozo en esta casa... ¡Quedas despedido! —Pero... No tengo a dónde ir... Usted lo sabe... —¡No me importa! ¡Largo de aquí! —Ultracolérica —No busqué a quien viniera a cometer daños en mi propio hogar... —Perdóneme... le prometo que no vuelvo a hacer lo que usted piensa... aunque no lo haya hecho... —¡Y me dices mentirosa! ¡Es el colmo! ¡Basta! ¡Fuera de aquí! Inmediatamente. —¡Perdóneme...! —y el mozo, un muchacho de quince años, suplicaba lastimeramente.— ¿A dónde voy a ir? Usted me trajo de mi tierra con la promesa de que me iba a pagar bien... Sabe que no tengo familia en la ciudad... No sea así... —¡He dicho largo, malagradecido! Recontracolérica. —Tan siquiera déme el sueldo de los días que he trabajado. —¡Qué te voy a dar! ¡No lo mereces! ¡Lárgate como viniste! ¡Desdichado! —y la ofendida lo sacó a empellones de su mansión. —¡Nada más porque tiene dinero me grita! ¡Ojalá que nunca se arrepienta! —¿Arrepentirme? ¡Ja! Me causas risa... ¡Fuera de aquí! ¡Ya no me fastidies! ¡Insecto! El muchacho se retiró apesadumbrado y la noble mujer, de la Sociedad Protectora de Animales, lo miró alejarse hasta perderse como un punto en el horizonte rectilíneo de la calle.
Cuando lo perdió de vista, con su acostumbrada voz meliflua y quebradiza llamó al mechudo Pito y como si hablara con él, como si comprendiera que le entendía, exclamó contrariada: —¡Bah! Tal parece que voy a pagarle a esta inhumana gente para que venga a maltratar a quienes tanto protejo...¡Ahora sí que iba a estar bueno!—Y poniendo la mano sobre la cabeza del can, comenzó a acariciarlo con inmensa ternura... Mientras más conozco la ingratitud humana, más amo a mi Pito. Y como en los cuentos de hadas: Y vivieron muy felices el lindo perrito y su noble protectora...
¿HIROSHIMA O…?
Fin de año... El cielo viste negruras azules y solamente las estrellas, pedrería imperialista, usufructo cinematográfico, lo adornan en telones infinitos. Una, grande, blanca resplandeciente, como señal luminosa, refulge sobre las demás. Es Marte, el lujurioso guerrero. Los edificios de la urbe laberintosa se han envanecido de luces y reflectores; resplandores hipócritas de campanitas santaclosianas. Por las amplias avenidas la claridad opaca a las sombras con su reverberar de teatreras nieves tropicales sobre trineos de falsedades. Cientos de foquillos multicolores, collares titánicos, flotan en el vacío entre cánticos de sopranos infantiles y apócrifos que ululan sus campanas de Belem... Y hay tanta luminosidad que la noche se hace día... la oscuridad se desvanece... la tristeza se diluye... Y se piensa en la buena noche que los envuelve... Por doquier explotan geiseres de risas y rasgan con su sonoridad el sosiego nocturnal. El brillo de la fe, de la ilusión y del amor por temporada extiende sus trémulos fulgores a los ojos de cada uno de los seres que ríen... entre panfletos. En los templos de lujo los fieles como que entonan prendidos, vivificantes baladas celestiales: "Oh María... madre mía... oh consuelo... en mi dolor... amparadme y llevadme... a la gloria celestial... y sus almas se impregnan de místicos aromas para recantar... "Oh María... madre mía., oh... consuelo en mi dolor..." Mientras tanto, en otros rumbos de la esplendente ciudad, eclosionan entre juegos pirotécnicos los ritmos sofocantes y efímeros para entregarse voluptuosos a los que bailan y vibran de placer: "Voy a relatar lo que a mi me sucedió... cuando la otra noche mi sueño se turbó..." De pronto... Los relojes vociferan doce veces sus rutinarios lamentos... y al unísono gritan los silbatos y por los aires, en vuelo inquietante de bocinas , surcan exclamaciones de alegría, murmurios estruendosos que se pierden entre la algarabía de claxonazos, silbatos, silbidos y matracas: —¡Feliz año nuevo! —¡Qué seas dichoso! —Ya sabes lo que deseo... —¡Qué haya paz sobre la tierra! —¡Qué tengamos qué comer y qué vestir! —¡Qué no nos falte la salud! —¡Qué el negocio prospere! —¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aaaaaleluya! —¡Oh! María... madre mía... —Lo que pasa es que la banda está borracha... está borracha... está borracha... —¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aaaaaleluya! Las sonrisas escapan dibujándose en los labios de muchos. Otros lloran de gozo porque han logrado alcanzar un año nuevo más y a la vez, uno menos... Todos son ebullición. Nadie deja de reir, de cantar. Nadie. ¿Nadie? ¡No! Por ahí un chiquillo camina entre las calles luminosas. ¿Quién lo acompaña? Parece estar solo. Su rostro, pálido, el cuerpo, delgado; la mirada, triste; huellas de la orfandad, de la miseria y del hambre. Pide limosna a los risueños transeúntes de la opulenta calzada entre el murmurar callado de sus labios secos y violáceos: —¡Qué bonito! —y después en voz alta, con tono suplicante—¿Me da mi año nuevo joven ? —para recibir después algunas monedas, algún desprecio, unos regaños... Sólo él no ríe ni canta. Sólo él. ¿Sólo él...? Son las tres de la madrugada fría y estrujante. Las luces de la inmemorial ciudad disminuyen. El silencio gime su funéreo rumor y el viento ulula. Y en todas las ciudades del orbe se teatraliza con la felicidad. En la televisión el Papa compite por el raiting con las demás estrellas... El niño está cansado. Quiere dormir. Busca el calor de una alcantarilla, pero esta fría. Llega al enorme portón de una casona y toca, mas nadie abre. Aún hay fiesta en el interior. El niño prosigue su camino. La ciudad se hunde en las tinieblas y en el olvido. El pequeño va hacia un jardín cercano para acostarse sobre una banca de mármol. Se acurruca. Piensa en su madre muerta y en quién sería su padre. Tal vez nunca lo crucificarán. Oye los gritos de algún borracho. Y por fin duerme, por fin. Un estremecimiento recorre su cuerpo. La cabeza le duele y aunque hay tanto frío, dentro le invade un calor sofocante. Y sueña. Sueña en extraños mundos, en planetas ignorados, en regiones sin opacidades y sin lágrimas. Sueña. El gélido viento invernal sopla moviendo sus cabellos Él ya nada siente. Sólo duerme... duerme., mientras muchos cantan... mientras tantos ríen... La tenue luz de un farol proyecta desoladoramente la silueta del chiquillo en el asfalto... El viento continúa moviendo sus cabellos... Año nuevo...
LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ
La ambulancia parecía que iba a estrellarse en su vertiginosa carrera por las calles de la urbe. El aire se estremecía en ondas desesperadas y su oleaje de humos y ruido envolvía a los transeúntes sorprendidos que por ahí caminaban. Los altos muros de los edificios se fundían en un único lamento estrujante y se presentían sus gritos inescuchados. Al paso de ella todo se transformaba en conmoción, en deshacer aterrado, en confusión insospechable, en inarmonía devorante. Y la blanca ambulancia seguía su vuelo sin alas para llegar lo más pronto posible hasta su destino negro. La vida de un hombre se agotaba y era preciso salvarla. Los ayes desgarradores del moribundo se mezclaban con los de la bestia mecánica para perderse unidos en los imperceptibles remolinos del espacio. El accidente había sido terrible. Sin saber cómo, un enorme tráiler había embestido con fiereza inexplicable al pequeño automóvil en el cruce de dos avenidas y éste, después de dar dos volteretas, había quedado destruido. La expectación cundió entre los caminantes. Los silbatos de los agentes de tránsito retumbaron. La circulación de vehículos se detuvo. Algunos desesperados se aferraban a los cláxones y el estrépito invadió el lugar... —¡Pobre hombre! —¡Es tan joven! —¡Lástima de coche! —¡Era último modelo! —Yo me conformaría con que me dieran la chatarra... —Mira nada más cuánta sangre... —¡No quiero ya vivir! ¡No quiero ya vivir! ¡No quiero! ¡No! -y en la camilla transportable en la que era conducido, el accidentado se revolvía en agitaciones espasmódicas y dolorosas. La gente contemplaba la escena y comentaba. La ambulancia se iba. El herido, en aquellos momentos parecía tener una intensa lucha en contra de algo invisible que en su incesante agonía, profanaba los misterios ocultos de visiones precisas, revelaciones ignoradas. Deliraba... Como en voraz torbellino, lo pretérito se manifestaba en su interno. Escuchaba voces conocidas y desconocidas. Veía imágenes perdidas en ancestrales épocas, absurdas e insólitas; sucesos que en su vida consciente había mirado y sentido. Surcaban por su mente escenas del cinematógrafo cotidiano en sucesión inacabable y aunque no lo percibía, el Universo recobraba su maléfica silueta. Deliraba... —¡No quiero vivir! ¡No quiero...! —y la enigmática visión, recuerdos vueltos presente para un futuro aparentemente lejano, avasallaba su cuerpo dolorido y su cerebro atormentado