Volanterías

Chapter 4

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Varios descendieron de la camioneta. Altos y bajos, gordos y delgados. Sus rostros furibundos de mirada exploradora trataban de ver en cualquiera a un sospechoso. Y caminaban como queriendo atemorizar a los despreocupados transeúntes... Su prepotencia reflejada en la mirada y apoyada en una pistola resguardada en la cintura, se abría paso entre la gente que evitaba temerosa cualquier contacto con aquellos hombres de la ley. Entre tal aspaviento conducían a un individuo de triste aspecto: Moreno, mirada oscura, sonrisa muerta; arqueadas las cejas y gruesos los labios; rostro y corazón temerosos... sin explicarse porqué... No había cometido el enorme robo del que lo hacían responsable, aunque el total de las conjeturas, de las sospechas, recaían en él. Sin embargo... Había sido el último en salir de la oficina, lo reconocía; dos horas más de lo normal, pero él había permanecido aquel tiempo tan solo para terminar un trabajo que urgía. Muchos de sus amigos y compañeros así lo afirmaron. Nadie podía creer que él fuera un ladrón a pesar de las pruebas que existían en su contra No obstante... Los agentes lo habían aprehendido y lo llevaban a los separos de la procudaduría. Su deber era cumplir con la justicia y trabajar por ella. Ni ruegos ni súplicas de la esposa y de los padres del reo les importaron. ¡Tal era la rectitud de tan nobles y necesarios servidores públicos en una sociedad de fecundo comercio! A los compañeros de oficina del acusado les parecía increíble que un hombre como él, hubiera robado, y sobre todo, cuando era uno de los empleados de mayor confianza en la institución, con tantos años de trabajo allí Ahora, aquel prestigio se derrumbaba. La honra ganada con tanta dedicación y esfuerzo se venía abajo. El señor gerente estaba indignadísimo. Había que darle un escarmiento al ladrón. La justicia debía obrar con mano poderosa El grupo de hombres atravesó por largos y oscurecidos corredores. Llegaron hasta un portón de fierro y uno de ellos, el más gordo y de más baja estatura, abrió. Hicieron que el preso se adelantara. De un fuerte empujón lo metieron. El delincuente mostraba aún cierto aire de serena altivez. —Con que muy valiente... ¿No? —dijo uno encarándosele. —¡Aquí vas a desembuchar la verdad o te rompemos la madre!— Rabió el otro que aparentaba ser muy malo. Los ojos del detenido resplandecieron de ira al escuchar aquella ofensa. Dos lo sujetaron de ambos brazos y el más fornido de todos descargó un puñetazo en el estómago del preso. —¡Vas a confesar, sí o no! ¿Quiénes fueron tus cómplices? ¿Dónde está el dinero? ¡Habla! ¡O quieres que te demos más fregadazos! — el prisionero se retorcía de dolor. El fornido siguió dándole golpes. Uno... dos... tres... muchos más... y a cada pregunta el reo contestaba negativamente. Los hombresbestias lo martirizaban como si trataran de obligarlo a reconocer la falta no cometida, como en tiempos de la Inquisición. El acusado no pudo resistir por más tiempo aquella lluvia de golpes y perdió el sentido. Se desplomó y quedó tendido en el mugroso piso. El fornido todavía le dio un puntapié... Varios días de constantes sufrimientos pasaron; varios que fueron como siglos, como eternidades.... El reo estaba decidido a reconocer los cargos que se le atribuían. Eran preferibles algunos meses de cárcel que un día más de tortura: Nada más de recordar el tanque de agua sucia, el excusado lleno de excremento y orines, los toques eléctricos en los testículos, se estremecía. El recluso se había transformado en un guiñapo. La barba crecida, amarillos los ojos, temblorosos y entre abiertos los labios; adolorido, amoratado, casi muerto... En el rincón de la celda maloliente y oscura se hallaba cuando el portón se abrió y dos hombres entraron sonriendo: —¡Te salvaste cabrón! ¡Ya cayeron los verdaderos ladrones! —El reo enarcó lo más que pudo las cejas... —¡Qué! —exclamó sin poder decir otras palabras... —¡Vas a quedar libre...! —y conducido por los celadores el acusado salió, fue llevado hasta unas oficinas y allí, después de los trámites reglamentarios lo declararon libre de cargos. Un individuo despótico le dijo algo que él, tan emocionado, no alcanzó a comprender... que le código... que la ley... que la sociedad... Al final sólo entendió que le decían: —Dispense usted...

EL DESIERTO ROJO

Y la mujer de cabellos rubios, de rostro perfecto, de ojos cielo y talle cimbreño caminaba orgullosa por la transitada avenida; parecía tan segura de sí misma y de su belleza que los hombres volvían la cabeza a su paso para admirarla y lanzarle piropos osados. Las mujeres comunes alzaban despectivas las cejas o fruncían el seño envidiándola, pero ninguno, ni los ingenuos, dejaba de quedar estupefacto ante aquella Venus en movimiento. Como una aparición incontrolable, cual viento abriéndose sendero en la maleza, la mujer seguía avanzando, inconmovible, como de cristal configurada. De improviso se detuvo y comenzó a buscar por todas partes, aunque nadie aparecía. Hizo señas a un automóvil de alquiler que en esos momentos transitaba por ahí para que se detuviera. Todos la veían con asombro. Lo abordó. Ordenó al chofer el lugar a donde debía conducirla. Él obedeció pasmado. Algunos corrieron para verla más de cerca. Pero el automóvil se tornó correcaminos hasta desaparecer entre las concurridas calles del centro de la urbe. Tras los cristales de la portezuela del coche la mujer se miraba pensativa, como si se adentrara en el panorama impreciso de su mente y a nada atendía, ni siquiera al ruido del motor del auto que la llevaba, ni a la melodía surgida del insignificante radio portátil con el cual el conductor se solazaba. Parecía que ella sondeaba en sus desnudeces escondidas, en aquellas jamás mostradas... y... (.... tengo fama... dinero... admiradores... amantes... todo... y sin embargo no soy feliz. Un vacío mortal me invade... Un algo que ya no tengo... un algo que perdí no sé cuándo., ni dónde... Estoy tan abatida. Me siento estéril... Nada de lo que hice... de lo que hago... de lo que haré me parece atractivo. Mi vida es un desierto...un rojo desierto palpitante...temeroso de seguir al futuro. Sin apoyo... sin aliento de existir... ¿Qué hacer...? ¿Cómo vencer este yugo interior? ¡No resisto más! Trato de aparentar lo que no soy... y ya no puedo... no puedo... ¡No puedo...!) Y cerró con fuerza los párpados, como si hubiera deseado no abrirlos más. —¿Le sucede algo? —preguntó curioso el chofer que desde el ascenso de aquella famosa beldad iba boquiabierto y... —No... simplemente tengo sueño... mucho sueño... —Yo creí que ustedes no dormían... —No lo comprendo. —Es que como tienen tanto dónde divertirse... pues... —¿Usted cree...? —¡Claro! Al menos para los pobres como nosotros, el dinero es hermoso. —¿Sí...? —y sonrió con desgarrante amargura. —Quisiera que me diera su autógrafo... —No puedo... lo siento... Ahora no... Otro día... Por favor en esa casa —cortó la entrevista y sacó billetes de su bolso—. Cóbrese... lo que sobre es para usted... y que esto lo haga feliz. —Pero es más de lo debido... cien veces más de lo que deber ser. —¡No importa! —el auto se detuvo. La hermosa bajó El conductor le dio inverosímiles gracias y se alejó sonriente sin comprender por qué aquella rica mujer que poseía limusinas y autos deportivos, había descendido a tomar su insignificante taxi. Mucho tiempo la rubia permaneció frente a la puerta de la mansión a donde había llegado sin decidirse a entrar. Semejaba una sombra refulgente. De pronto su rostro adoptó una mueca indefinible y con rapidez abrió y se introdujo. (Ya nada más hay que hacer... ¡Estoy tan cansada! Demasiado cansada... Necesito dormir...) y la diosa, en la penumbra de una estancia se tendió sobre un sofá con desgano... —Vacía... estoy vacía... —murmuró. Al cabo de unos minutos se incorporó bruscamente. Cogió un vaso con vino que se encontraba sobre una mesa de cedro, tomó un sobrecillo que se hallaba a un lado y depositó su contenido en el cristalino recipiente... —Es lo mejor—. Y una lágrima rodó, como actuando. Al día siguiente todos los periódicos del mundo daban la infausta noticia de la muerte de una gran vedette. Y nadie había que no se preguntara porqué. El negocio del espectáculo se vio fortalecido en su ventas...

LAS TROYANAS O MÁS VALE TARDE QUE NUNCA

Llaman... ¡Anda...! Ve a ver quién es... —Sí, señora. Inmediatamente... El timbre sonaba efusivo y una dama ataviada con lujo ordenó a la moza que le servía el té. Aquel sitio intentaba ser admirable; semejante a los antiguos palacetes romanos: pisos y columnas de mármol, portentosas estatuas, directamente reproducidas de los originales de la antigüedad griega; de las paredes colgaban cuadros como neoclásicos elaborados al óleo; de los techos pendían varias lámparas resplandecientes de cristales. Y como para completar el marco de aquella elegancia, a fuerza, los muebles, hechos con maderas finísimas, combinaban con las cortinas de seda oriental que engalanaban los ventanales de la enorme estancia. —Es el señor Soleil... —informó la empleada a la patrona. —¡Ah! Mi buen amigo. Que pase... que pase. —con sofisticación. Después de unos segundos entró un individuo alto y grueso que la saludó ceremoniosamente. Su acento francés aunado a su fúnebre porte le daban el aspecto de los antiguos condes versallescos... Su mirada era triste. —¡Cuánto agrado me causa su visita mon cheri' —exclamó la dama rica. —Vengo de prisa, madame. Traigo una noticia infausta. —No me diga. ¿Qué, mon cheri? —Murió mi tía, la duquesa. —¡Cómo! ¡No puede ser! ¿De qué...? Apenas hace una semana nos vimos en el club. ¡Oh! ¡Qué pena. .! —y sus ojos se inundaron de lágrimas... —Sé que usted y ella eran buenas amigas, madame. —¡Muchísimo! ¿Pero de qué falleció? —De un síncope. Mañana la enterraremos. Vine a comunicarle para que... Esperamos que vaya a acompañarnos. —¡Por supuesto que iré! No faltaba más. Nos veremos en el duelo... —Mis primos y yo se lo agradeceremos mucho. Excusezmoi que me retire. Solamente le suplico que ruegue por el eterno descanso de mi amada tía. —Se lo prometo. Créame que en verdad lo siento... —y con el pañuelo de seda sacado del bolsillo de la bata que llevaba puesta, se enjugaba el llanto. —¡Éramos tan buenas amigas! —Lo sé... lo sé... —y el adolorido se despidió con voz quebrada. —Lo acompaño hasta la puerta. —Merci... —susurró. La dama regresó pensativa a la desfasada estancia de la residencia mexicana y se recargó en uno de los pilares, como afligida por la mala nueva, pero... (Y ahora cómo le voy a hacer. Ya había comprado los boletos para la función del teatro griego. Ni modo de perdérmela A las muchachas no les agradaría... ¡Ya sé' Primero iremos al teatro... y a la salida pasaremos a estar un rato con los Soleil. Nada más para que no digan... No nos conviene su enemistad.) y tarareando una cancioncilla piafiana subió graciosamente por las marmóreas escaleras nacaradas rumbo a su recámara rococó.

Un automóvil de lujoso y moderno diseño se detuvo a las puertas del teatro de comedia. Tres mujeres vestidas de negro ascendieron a él entre el amontonamiento que en ese instante salía de la función. —¡Qué buena obra! —exclamó una de ellas. —¡Qué actuaciones! No hay otros actores en el mundo igual a ellos. Si lo digo, niñas; como los griegos no hay otros. ¡Grandes trágicos' ¡Cómo saben descubrir el alma humana y los giros de sus pasiones! Hoy el gran teatro no es igual al de antes... El carro emprendió la marcha para deslizarse asombrosamente entre las calles apenas iluminadas por los faroles eléctricos. Eran como las diez... Las avenidas se miraban desiertas. Prevalecían las sombras sobre la luz... —¡Qué gracioso el personaje cómico! Fue la tónica escénica entre tanto dolor... —y reía al reproducir interiormente lo visto durante la función... Al poco tiempo, entre bromas y risas, estuvieron en su destino la dama elegante y compañía... —¡Sshh! ¡Muchachas..! Ya llegamos... —indicó tratando de acallar las voces ¡Pórtense serias! ¡Colóquense los velos...! Y las enlutadas, por fuera, bajaron del automóvil y entraron a la imponente mansión de los Soleil con los rostros atormentados por el dolor y los ojos preñados de lágrimas.

Adentro se escuchaban rezos y llantos...

EXTRAÑO INTERLUDIO

La caja de música trashumaba los espacios con su melódica nostalgia. Sus tenues vibraciones, moduladas en invisible y delicado vaivén de compases deleitosos, adormecían la realidad que como metáfora silente, se convertía en divagación interna, en reminiscencia taciturna, en floración de recuerdos. La caja de música lanzaba como campanillas trémulas la notas ensoñadoras de su maquinaria hacia atmósferas inasibles y se perdía entre ellas. Alguien las escuchaba. La tarde se impregnaba de durmiente elíxir. Y sus ojos se apagaban lentamente, pues con besos delicados y amorosos, las sombras intangibles de la noche la iban cobijando. Y la caja de música proseguía con su deleitable invasión. Todo se fundía en abrazo magnifícente y supremo: Crepúsculo y dulzura rítmica; añoranza lumínica y ritornelos de vida; íntima beldad entre el paso de las horas. Y a lo lejos, explosión de colores purpurinos. Tranquilidad. Invitación al pretérito, a la ensoñación, al recuerdo... El ocaso. Desde la gigantesca, rectangular y desafiante ventana modemoide de un elevado e imponente edificio, alguien oculto entre las nacientes sombras, contemplaba el horizonte. Observando las tonalidades del atardecer, exploraba el pasado como si quisiera detener el transcurso de su existencia. Y algo le hacía sentir como una ave desterrada y fugitiva, lejana de la ruta de oro y de la senda de la luz. La tintineante música continuaba. Y pensaba en lo que había sido... en lo que era... en lo que había soñado ser... resurrección del tiempo, tiempo muerto y asesinado; asesinado en la lucha pandillera por vivir para vivir... (¡Cómo han pasado los años! Parece que apenas ayer fue... y sin embargo hace tanto... Es sorprendente cómo el tiempo se encarga de irnos separando de lo que alguna vez era casi nuestro... y ahora ya no lo es... Los recuerdos me cercan la conciencia y... De todo aquello... sólo esto me queda... una caja musical que... Y aquella inmensa casona en la que pasé días dichosos de mi infancia, entre alegres juegos... entre amigos... Juntos corríamos por aquellos patios de construcción antigua y gritábamos enloquecidos de gusto. Allá crecía... crecía sano y risueño. Aún no acertaba a vislumbrar lo que no sé quien... me deparaba... ...y aquellas tardes otoñales de oros fatigados, cuando tes clases habían terminado y nos congregábamos los de la palomilla para platicar de viajes extraordinarios, fantásticos: La luna, los planetas, regiones desconocidas y misteriosas eran nuestros objetivos... Juegos... juegos sencillos... ingenuos. Nada sabíamos de... La alegría nos unía a los del barrio en amistad verdadera y sin mancha... unión mosquetera sellada en ocasiones con sangre, como en las novelerías. Nos obstante...) suspiró (...poco a poco fuimos creciendo y cambiando.. Cada vez éramos menos iguales... nos volvíamos distintos... diferentes. Soñábamos en castillos de oro y nos afanábamos por llegar hasta ellos, aunque comenzábamos a comprender que la vida se tornaba otra... lejana de nuestras ardientes concepciones juveniles... y nos desuníamos... Nuestra amistad hermana se desangraba y cada quién emprendía la búsqueda incesante, ignorada, de lo imaginado siempre... Quince... dieciséis., diecisiete... dieciocho años... y el mundo nos filtraba su realidad lacerante. Para comer había que trabajar al servicio de mentes cretinas y explotadoras; para gozar era necesario hacer sufrir a los demás; para triunfar nos veíamos obligados a pisotear a los que nos lo impedían... ...yo me aferraba a no cometer tales indignidades: estafa... engaño... fraude... robo... abuso... corrupción... pero el mundo me empujaba a hacerlo... No había de otra... ...hasta que lo logró... Apenas si recuerdo el nombre de los muchachos con los que formaba la gran familia. ¿Dónde estarán? ¿Qué es lo que harán? ¿Serán algo...? ¿Cómo vivirán? ¿Quién lo sabrá...? Emprendimos al aventura por caminos tal vez absolutamente opuestos... pero ni modo... así se vive... o al menos así se cree...) La cajilla de música agonizaba en sus notas cristalinas y se iba apagando, como una vida. Aquel individuo meditabundo seguía contemplando el vestuario de la noche recién llegada y el de la exuberante metrópoli que desde la ventana del departamento relucía. No hubiera podido adivinar si las luces de resplandecientes fulgores que mixtificaban el panorama eran del celaje o de la inmemorial ciudad. Las estrellas y los focos mercuriales se confundían en lúbrico abrazo, en estrujamiento cósmico, en unión estratosférica, en cópula espacial... Y las moribundas campanillas de la caja musical seguían trashumando su melódica nostalgia en el oscurecido vacío. Sus tenues y saudadosas vibraciones, cada vez más débiles, se iban tornando imperceptibles. Y el pensativo, el añorante, persistía hundido en el ayer, como si deseara su retorno imposible. La música cesó. Con desgano amargo tomó la caja musical entre sus manos y la contempló sonriente. Algo sintió dentro de sí que lo hizo murmurar entre suspiros... —¡Lástima! ¡Ni modo! ¡Así se vive! Así... si no se quiere perecer asfixiado por los demás... Yo, lo juro, deseaba fervientemente ser diverso a lo que soy... y hubiera podido... pero nadie me alentó... nadie me brindó ayuda... ni oportunidad. Cada quien para su santo...y que te vaya bien, si te dejas... Nadie confió en mí... ni puso sus esperanzas... Al contrario, muchos se encargaron de hundirme... de destrozarme... hasta que me transformé... ) y al contemplar las distancias enlutadas, sentía llagársele el corazón, el poco que aún poseía... si es verdad que para algo le servía aún ese músculo del desamor... Y vislumbrando las negruras del horizonte, escuchó por la calle el estruendo de un automóvil que llegaba veloz hasta las puertas del edificio y allí se detenía. Se oyeron pasos precipitados. Ascendieron por el elevador. Cuando el pensativo percibió aquello, guardó la caja musical en la bolsa de su saco. Cogió un sombrero y un abrigo que se encontraban colgados en un perchero y esperó a que llegaran El timbre de grave matiz sonó El añorante fue a abrir... Apenas lo hubo hecho, dos hombres entraron presurosos... —Ya todo está listo jefe . El golpe ha sido dado... —Estaba seguro... —contestó el pensativo. —¡Es usted genial jefe! Mañana cuando abran el banco se van a llevar una gran sorpresa... y nosotros estaremos ya muy lejos del país. —Estuvo re'fácil... mientras yo desconectaba las alarmas, éste se encargaba de las cajas fuertes... —intervino el otro.. —¿Sacaron lo que teníamos calculado? ¿Y los diamantes?—preguntó el alguien. —¡Claro! ¡Nunca había visto tanto dinero junto! ¡Y las piedras! ¡Qué bárbaro! Y todo gracias a usted que es tan inteligente... Lo tenemos todo allá abajo en el coche, en las maletas... —¿Compró los boletos de avión? Esta misma noche tenemos que salir.. Así nadie se dará cuenta de quiénes fueron y por más que nos busquen... —Sí... A las seis de la mañana salgo. . —murmuró misterioso el pensativo. —¿Salimos... no? -exclamó uno de los asaltantes. —¡No! gritó el jefe al mismo tiempo que sacaba un revólver y disparaba silenciosamente sobre los dos desprevenidos delincuentes. Ambos cayeron fulminados al instante. Sus rostros adoptaron muecas estrafalarias y repugnantes. El pensativo sonrió —¡Ja' ¡Así se vive' Ahora a gczar a Europa... y exclamó mirando a los asesinados— iPendejos! Hicieron el trabajo por mí... aunque nada les iba a tocar.. ¡Idiotas1 ¡Así se vive! -y el añorante, tal como estaba, salió deslizándose como una sombra del departamento Llegó hasta la calle y abordó el automóvil (Al aeropuerto ..) pensó y puso en marcha el motor. El auto se alejó en silencio

En los periódicos del mediodía se miraban dos grandes encabezados Uno anunciaba el incompresible robo al Banco Nacional... y el otro informaba sobre el terrible accidente aéreo provocado por una explosión en pleno cielo, del cual nadie había quedado a salvo... En la sección de la nota roja aparecía el informe acerca de un misterioso doble asesinato... ¿Cuáles serían los motivos?, iniciaba así el curioso reportero una sensacionalista suposición

Después de haber pasado por lo trámites reglamentarios para salir al extranjero, el pensativo subía por las escalerillas del avión y una azafata, como a todos, lo recibía sonriente. Otra le pidió su pase de abordaje y lo condujo gentil hasta el asiento. A los pocos minutos la aeronave emprendía el vuelo hasta perderse en los azules espacios serenos, apenas algodonados de escasas nubes. Allá en la alturas, el despiadado sonreía al escuchar deleitosamente la romántica y melancólica melodía de su caja musical... —¡Así se vive! —murmuró entre las tenues vibraciones moduladas por el invisible y delicado vaivén que producía el pequeño y hermoso artefacto...

LOS OLVIDADOS