Volanterías

Chapter 3

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El hombrecillo contemplaba cómo los oficinistas elogiaban el buen gusto para vestir de Ramírez y cómo ellas lo admiraban. El ser sin importancia se sentía corroído por la envidia y por el rencor, mas parecía asentir en los comentarios elogiosos de sus compañeros hacia Ramírez y su ostentosa presunción, con una sonrisilla cretina. De buena gana le hubiera dicho a todos sus verdades y su verdad... Les hubiera escupido en el rostro la indignación que tenía almacenada en su interior. (¡Malditos! ¡Desdichados...!) Para él no había ninguna mirada de aliento. Siempre lo veían con lástima. Pero no podía, no podía. Era incapaz de hacerlo. Era incapaz... Algo lo reprimía. Cuando el jefe llegó y ordenó que fuera a traer su periódico acostumbrado, él, que era tan obediente, tan bueno... cumplió con la alegría de la cola del perro que trae algún objeto en el hocico para su amo. No obstante, sus adentros se revolucionaban, (El jefe... ,Bah! Nada más por favoritismos.) Con cuánto agrado le hubiera dicho que no iría por el diario, que buscara a otro... que ya tenía otro empleo de mejor categoría y que se quedara con sus órdenes, con sus papeles y con su dinero. Con cuánta satisfacción le hubiera reprochado y regritado: "Adiós puto gruñón. Me voy porque ya no te soporto y porque estoy fastidiado de tu molicie sebosa, de tu pinche rostro hipócrita... de tu comportamiento de aristócrata chingado...!" Pero nada dijo. Nada. Salió con humildad del privado y fue a comprar el diario. Eran como las doce. El ser sin importancia había pasado toda la mañana sentado en un rincón, en tanto que esperaba nuevos mandatos. Inesperadamente, Ramírez llamó la atención de sus compañeros y dijo sonriente: —Voy a decirles una adivinanza. El que no la adivine invitará el almuerzo... —el hombrecillo escuchaba atento—... Es como un hilo, pequeño como un renacuajo y tiene los ojos de triste hormiga y el cabello de mono. No es nadie ni sirve para nada. Es un inútil, como muchos... pero chistoso, gracioso, cómico. Y su cerebro es más insignificante que el de un mosco. Al instante, el mozo pensó que era otro de los pesados chascarrillos que sobre él hacia el tal Ramírez. Quiso saltar como un tigre en contra de su provocador y abofeterarlo, romperle la faz y el alma, pero no pudo... no pudo. Vio que los demás sonreían mirándolo y al darse cuenta de ello, él también sonrió... sonrió... Y el hombrecillo sintió una felicidad indescriptible e inacabable. Era como un goce nunca antes sentido: Ser el centro de la atracción... de la atracción. Los oficinistas comenzaron a carcajearse con estrépito y lo rodearon con sádico escándalo. Deseó matarlos en aquel momento. ¡Matarlos! Hacerlos trizas, pero algo se lo impidió... y sólo murmuró con subrepticia voz: —¡Cómo son...! Y al ver que se carcajeaban de él con una euforia pocas veces vista, principió igualmente a reír con mirada mustia y con agresión presa ante aquella inaguardada satisfacción de sentirse el foco de atención... aunque fuera por unos instantes. Después de todo, el papel de bufón siempre fue valioso para los reyes, pensó. Y rió y rió y rió... y lo que había planificado quedó en el olvido. (Para qué matarse tanto con un curso así. A lo mejor es una estafa. En realidad todos me aprecian aquí. ) Su sed de matanza se diluyó en el goce de sentirse donador de alegrías. Y el hombre sin importancia se quedó ahogado, vencido, acobardado en aquel inmenso y profundo océano de hirientes y lacerantes risas, como los impotentes para rebelarse, porque disfrutan las apariencias de la felicidad.

LAS JOYAS DE CORNELIA

Era larga la cola para empeñar. El impío Monte de Piedad explotaba de menesterosos que iban hacia él en busca de un poco de dinero para satisfacer diversas necesidades, algunas apremiantes. Y todos guardaban sumisamente, como domeñados, el momento de llegar a la ventanilla de préstamos para obtener lo que tanto ansiaban, a costa del sacrificio de ver perderse entre el amontonamiento de objetos, lo que tal vez era muy preciado y por lo cual les sería adjudicada alguna miserable cantidad. El calor sofocante invadía el lugar. La multitud, el nerviosismo, los rayos del sol, que penetraban por el patio central del edificio, desesperaban hasta al más calmado y por doquiera se miraban rostros afligidos, demacrados y míseros; o llenos de odio, amargura; o de impaciencia o de resignación. Algún niño lloraba con la esperanza de que su madre lo cargara en brazos; otros parecían divertirse entre el laberinto y el murmullo sollozante del local. Sus risas de cristal cortado, eran frágiles intentos para herir preocupaciones que se aferraban en su anclaje. De rato en rato atravesaba por los pasillos un vendedor que gritaba sus productos como para acabar lo antes posible con ellos y así, poco a poco, aumentar las ganancias; capitalista en ciernes. Y ofrecía la gelatina mosqueada, la paleta derritiéndose, las golosinas deformes. Los niños imploraban a sus padres "cómpramela" y sus voces parecían ignorar la aflicción que embriagaba a sus mayores. La agitación en el Monte impío, usura con licencia, continuaba. Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, nobles y vulgares, mezclados indistintamente, avanzaban con lentitud, sin compasión, por no saber lo que podrían prestarles a cambio de un reloj, de un radio, de una máquina de escribir, de una joya ilusionada, de un libro de premeditada fama o de un abrigo. Nadie se impacientaba. Con calma aguardaban la hora, el momento de tener fugitivas en las manos unas monedas que pronto irían a parar a los bolsillos de los cobradores, de los comerciantes o de los abusivos. Algunos se olvidaban de sus preocupaciones y se entregaban a platicar con el vecino de los más variados temas: La eterna vida cara; los perennes políticos descarados que manufacturaban negocios particulares a costa del pueblo dizque trabajador; la inmarcesible y famosa actriz de cine, prostituta discreta; de los fuertes puñetazos del boxeador de moda, cretino salvaje de siempre o de los patadistas que se habían destrozado las espinillas por culpa de un balón fugaz, pero adinerador. El murmullo que producían las diversas conversaciones se agrandaban en estruendoso impulso, como si hubiera deseado desgarrar los techos y escapar hasta los cielos en súplica dolorida, en sollozante desconsuelo, en lastimero ruego... A muchos se les veía cavilar ofuscados, como en dolorosos estancamientos, como prisioneros de lo interno. Y así, lentamente, aguardaban el instante de mostrar las prendas que llevaban para recibir un préstamo miserable, apenas la tercera parte quizá del valor original; degradación del trabajo. Y los empleados, rústicos e ignorantes valuadores; de rostros despóticos y sombríos; fruncidos y amargados; burlescos y sádicos; parecían gozar contemplando el dolor humano, el dolor provocado a veces por el despilfarro o por la injusticia. Con gran dignidad y adusto desprecio rechazaban los objetos que según su omnipotente juicio, enriquecedor de la institución impía y socios, consideraban como poco valiosos. Y aunque los necesitados no lo manifestaban ni por asomo, el enojo y la decepción, el temor y la de sesperación, se confundían en muchos interiores... —Diez pesos... —voces duras e insensibles. —¿Diez pesos nada más?... Pero si a mí me costó mas de doscientos... —voces angustiadas. —¿Acepta? ¡Si o no! —Aunque sean cincuenta... —cara suplicante y trémula. —¡No! ¡Ándele...! Decídase pronto! Si no, no estorbe... ¡El que sigue...! Y una de dos... el necesitado cedía o se alejaba iracundo, furioso contra la iniquidad, el abuso y la explotación reglamentada. Entre la muchedumbre que esperaba el momento de llegar a la ventanilla de empeño, se encontraba una mujer morena, vestida con negros andrajos, de porte indígena, ojos llorosos y rostro como sublimado por el dolor. Con el rebozo se ayudaba a cargar a un chiquillo que dormitaba el sopor. La necesidad inundaba su faz demacrada. Casi había llegado. Traía una pequeña bolsa de papel en la que se veían tres ya inusables planchas de fierro. —El que sigue —aulló el valuador y la desventurada sacó su prendas para ponerlas sobre el mostrador. Temía. —¿Trae otra cosa? —secamente preguntó. —Nnno... ¿... porqué...? —¡Por esto no podemos prestar nada! -Con desprecio. —¡Cómo...! Algo tan siquiera... cinco pesos... Es para llevarle a mis hijos de comer... soy viuda... Mi esposo murió hace una semana en un accidente de la fábrica donde trabajaba y no nos han dado la indemnización... Yo no he podido encontrar empleo... no me quieren por mis niños... dicen que son muchos... —habló atropelladamente. —¡Lo siento! No tiene por qué contarme su vida... No me interesa. ¡Hágase a un lado! ¡El que sigue...! —¡No! —desgarrante— ¡Présteme! —ylos ojos se le preñaron de lágrimas— ¡Por mis hijos que se mueren de hambre! —Ya le dije que lo que usted trae no vale nada... —Indiferente. —¡Qué más puedo dar... si ya no tengo...! —¡Lo siento! ¡No estorbe! —impaciente. —¡Sí! ¡Sí puede prestarme! —desesperada se aferraba a la ventanilla—. ¡Le dejo a mi hijo! ¡Sí, se lo empeño! —¡Está usted loca! ¡Ya no estorbe! —irónico. —¡Quiten a esa borracha...! —ulularon enfurecidos los de la formación... Y la mujer, axfixiada por el llanto, debilitada de suplicar, salió del Monte impío. Tal vez después tuvo que pedir misericordia por las calles, humillación infrahumana, para sus muertos de hambre. Por supuesto que nadie le creería. El negocio pordiosero deja grandes ganancias. Y aquella mujer parecía contar con los cachivaches adecuados para la miseria vivendis. Y quién sabe... pero... En uno de los más famosos y renombrados sindicatos se celebra el aniversario de la fundación del mismo entre el derroche de suculentos manjares y la exquisitez de los vinos... Y... Un líder, aclamado como defensor de los derechos de los trabajadores, sale para Europa en viaje de observación, estudio... y por qué no, de placer. Sus subordinados dicen que lo merece. Aunque... Entre los cientos de casos de indemnización que yacen encerrados en los archivos de una oficina, se guarda uno más.

EDIPO REY

Silencio, tinieblas, oscuridad... Nada se vislumbra en los espacios de aquella habitación; solamente se escucha una voz estremecida que se quiebra al compás de sus acongojadas vibraciones. Un aliento asfixiante, la ahoga... —Ya está satisfecho mi cuerpo, pero no mi corazón; ese no. ¡Nic! Jamás habrás de estar estrechado entre mis brazos... Nunca sentiré el correr de tus manos por mi anhelante carne. No podrá ser lo que pienso: unión de sexos y de espíritu, calma a esta excitación insaciable ¡Oh... Nic! ¡Es desesperante! Constante pensar en lo mismo y enfrentarse a la realidad de no palparte, de no confundir mis labios con los tuyos, de no fundirte como el plástico ante el fuego de mis apesadumbradas ansiedades. Si pudiera decirte cuánto te deseo, cuánto sufro por tu ausencia, cuánto peno al saber que nunca... que nunca... ¡Oh... Nic! No entiendes el porqué de estos momentos. ¿Por qué no pueden mis labios comunicarte mi pasión? ¿Por qué no pueden implorarte que vengas a mi lado? Yo sabré ofrecerte lo que nadie... ¡jamás!... te ha podido brindar. El placer para tus ganas amorosas, el descanso voluptuoso para tus cansancios; el ardor supremo para tus frialdades; la ardiente flama que te abrase y que me abrase... y que nos convierta en cenizas hasta confundirnos. Pero no... no... no será... No se transformarán mis fantasías en verdades. ¡Es imposible! ¡Imposible! El temor, la cobardía, el miedo a tu desprecio, a la tortura de no poder continuar mirando tu rostro y tu cuerpo... cuerpo prohibido para mis manos y para mis ansias, me lo impide. Si al menos supiera que al enterarte de mis intenciones no quedarías horrorizado, que comprenderías mis sufrimientos... y que no volverías la cara indignado ante mi presencia, entonces, tal vez... te lo diría... Te diría lo indecible... las causas de mis torturas, de mis martirios... ¡Oh... Nic! ¿Por qué tú no puedes amarme como yo te amo? ¿Por qué no puedes? ¿Por qué? ¡Qué triste es este amor que no se atreve...! Y... ¡ah...! Te necesito para acariciarte, para hacerte mío por siempre! ¡Para siempre! Si comprendieras este llanto que escurre por mis mejillas, pálidas y mustias por tu lejanía, por tu ausencia eterna; si entendieras la súplica que ante ti diariamente brota de mis ojos y que luego... en la soledad, se transforma en lágrimas, tal vez vinieras y serías mío. ¡Mío! Tanto tiempo he ocultado este secreto que pensé haberlo perdido, pero hoy... hoy que he vuelto a verte, resurgió lo imposible. Y ya no puedo resistirlo... ¡No puedo! Si al menos tuviera la esperanza de que tú... pero no... no... no habrá de ser lo que deseo... ¿para qué pensarlo si nunca sucederá? Jamás me uniré a tu sexo... Jamás llegaré hasta lo hondo de tu ser... ¡Es inútil!

Amo la lluvia. Odio el sol. Triste es el amor en mí. Después que llueva volverá su luz, mas para mí jamás. Amarte así, sentirte aquí y no tener nada de tu ser. Desearte hasta morir y no poder decir que te amo... te amo... Vibrar por ti y hacer callar al corazón. Estas manos que ahora se cierran desesperadas por no poder hacer suyo lo que aman, tienen que ser mi destrucción.. ¡Sí..! ¡Mi autodestrucción! Las alimañas tienen que morir para que a nadie dañen. No deben continuar su inexplicable existencia, no han de vivir más. El fango tiene que secarse al contacto con el viento para volverse tierra... tierra... ¡Oh... Nic! ¿Por qué esta situación desesperante? ¿Por qué no cambian su ruta los planetas? ¿Por qué no se transforma este mundo en un nuevo? Un mundo en donde no existan los prejuicios, ni los convencionanlismos, ni la estupidez. Satisfice el cuerpo, sí, pero el alma no. En mí continúa la vacuidad inacabable. Vacuidad que sólo habrá de llenarse al contacto de ti o al contacto de mi vida con la muerte... Y de estas dos razones... la última es la que puede acontecer. ¡Morir! ¡Morir! ¡Sí! La muerte me espera. La muerte me llama... Ella calmará mis sufrimientos, mis frenéticos desencantos, mis lucubraciones angustiosas. ¡Callará para siempre lo oprimido! Y Nic... ¡Nunca lo sabrá! ¡Nunca lo sabrá...! Y la voz se desvanece en un lamento doloroso. El silencio vuelve a reinar. De pronto, una lucecilla de buró se enciende e ilumina sombríamente la estrechez de aquel cuarto refinado. La delgada silueta de un hombre esbelto y desnudo se desliza con pesadez hasta el armario. Abre uno de los cajones del mueble. Tiembla. —Es mejor la muerte... —murmura sofocado— La muerte antes que el desengaño, antes que causarle asco y desprecio, antes que continuar con esta terrible desesperanza... Después de una búsqueda desordenada, el individuo saca una pequeña arma de fuego. Con rapidez vertiginosa la lleva hasta sus sienes y dispara. Se desploma inmediatamente. Deja de respirar. Su demacrada faz queda humildemente cubierta por la opaca luminosidad. Parece contemplar el techo donde su imaginación ya nada recrea. Su mirada ha quedado fija. Sus labios se han entreabierto amoratados... Víctima atormentada por la Naturaleza. ¿... o por la sociedad...?

LA VORÁGINE.

El anuncio luminoso de una taberna se enciende y se apaga. Son los primeros atisbos de la oscuridad nocturna. La calles van quedando solitarias y silenciosas. Todo se dispone a entregarse al sueño alucinador. Las persianas movibles de la cantina se abren repentinamente y dos hombres salen tambaleándose, en zigzag... —Pues si mano... Por esa pena traidora me emborracho... sufro... —hipea—. En mi casa no me quieren... Dicen que soy un fracasado y me insultan. —Porque te dejas mano., hip... A mí me respetan... Imponte, hip... —Si tú conocieras a mi vieja.. Ya no es la misma de antes... Ahora es hasta más enojona que mi suegra. ¡Me grita! ¡Me insulta! ¡Me exige más de lo que puedo darle! Me llama desobligado ¡Inútil!... Pobre diablo... Tú sabes que soy lo contrario... y por eso mejor voy a divorciarme... Pinches viejas. Nomás se la pasan exprimiéndolo a uno. —Harás muy bien... no te dejes... Par' eso somos amigos... hip... Invítame otra cubita ¿no?— y regresan al tugurio. En el interior del negocio, cómplice de la pobreza del hombre mísero, se escucha el escándalo lujurioso producido por las disputas que de vez en vez surgen entre los ebrios. La atmósfera se torna visible y adquiere formas apesadumbradas con el humo fantasmagórico de los cigarrillos. El olor penetrante del alcohol, arma de dos filos, para volver a la vida o desposar a la muerte, extiende su manto dominante y adormecedor. —Para lo próxima semana, se lo aseguro colega. Ese dinero ya es nuestro...— Un delgado individuo afirma a otro de lentes oscuros que lo hacen dárselas de misterioso. — La viudita piensa que ya nos hizo pendejos, pero se ha equivocado. Esa comisión estará cobrada en menos de ocho días.— Y la copa de coñac besa amorosamente los labios. —Ojalá licenciado. Nuestros honorarios ante todo. Ella firmó un convenio y tiene que cumplirlo... si no... verá lo que haremos... —Y fuma voluptuosamente un aromático cigarro extranjero. —Hicimos más de la cuenta para salvarle la casa... Le cumplimos y ahora que la hipoteque para pagarnos el cincuenta por ciento que nos corresponde. Va a ver, colega... va a ver... —Y luego su marido se fue... Yo estaba debajo de la cama...— Algunos amigos platican sorbiendo cerveza. Todos estallan en carcajadas. —¿Después que hiciste...? —¿Tú que crees...? —Y siguen riendo... —Vida monótona, carente de belleza. Triste existencia, estéril jardín. Árida montaña de dolores... Cuan pronto se va la felicidad y qué rápidamente llega la amargura. Océano infinito de aguas salíferas... Hirientes... llagantes. Volcánicas rocas sin aliento... —otro de los muchos exclama ardiente como profeta al pueblo—. Barbarie anímica... Desdicha eterna... Imperecedera flama del odio... Escuchadme todos... Nadie deje de poner atención a mis palabras... Las palabras que predicen el lamentable porvenir... Dejen encerradas las preocupaciones... Los deseos... Los brazos del vino nos invitan al goce supremo... ¡Bebamos! ¡Bebamos! ¡Endulcemos la amarga existencia con el néctar del licor...! ¡Escuchadme todos...! Pronto las estrellas desaparecerán del cielo. El sol dejará de enviarnos sus rayos. El hambre y la peste reinarán sobre la tierra y el hombre será la causa de estos sufrimientos, su ambición desmedida, vanidad exagerada y su egoísmo... germen del rencor... execrable... fin de lo humano.... ¡Escuchadme! ¡Escuchadme! ¡Embriaguémonos mientras tanto! Nada es eterno al hombre y disfrutemos de lo único agradable de la vida... —y se lleva a la boca la ya casi vacía botella de ron—Vida monótona... carente de belleza... Triste existencia... Estéril jardín... —repite lo de siempre—. ¡Árida montaña de dolores...! —¡Ya filósofo! Ve a tu casa a curártela, mano... —grita un bromista al hombre del discurso. Aquél continúa... como en éxtasis... —¡Salud! —brindan con un licor italiano tres elegantemenmte vestidos—. ¡Salud! —Por el éxito del negocio... (Sonríe) —Porque siempre esté repleto... (Y sonríe frotándose las manos) —Porque nunca llegue el fracaso... ( Y sonríe frotándose las manos y arqueando las cejas.) —Tuve la oportunidad de largarme pa'l extranjero... —¿Y por qué no...? Nada te iba a costar... —Sí... pero a cambio de... —¿De qué? —dos apuestos jóvenes platican en uno de los más alejados gabinetes del local... —Tenía que dejar todo... y luego... cuando ella estuviera fastidiada de mí, como es tan rica, en cualquier momento me corría... Y qué iba a hacer yo solo en un país extraño. —Para entonces ya le hubieras podido sacar una buena tajada por separarte. —Sí... lo sé... Pero no me atreví a hacerlo. —Prefieres andar con esa simple cabaretera. Te da tu buena lana, pero ni la décima parte de lo que te hubiera dado aquella aristócrata ricachona... —y siguen consumiendo el whisky importado. —¡Yo soy muy macho! Ni dos barriles de tequila me emborrachan. —¡A que yo te gano! Soy mejor que tú... —Nombre... A ver... —Cómpreme el último cachito... el huerfanito... —un chiquillo entra ofreciendo un billete de lotería... —¡Salte cabrón! -grita uno de los meseros—. No tienes edad para entrar.. Espera a que seas mayor... Y tengas dinero para gastarlo aquí, como los verdaderos machotes, como esos que están en competencias... —y lo conduce a la puerta... El niño se lamenta... y refunfuña... Ya verán algún día... La taberna retiemba. Los tres vestidos con elegancia contemplan el espectáculo con ojos de satisfacción... Parecen contentísimos triunfadores. -jEsta sí es buena inversión! —Se los dije... Aunque nos costó muchas mordidas la licencia. No hay otro negocio mejor, ni habrá mientras existan aquellos que les conviene que haya esto. Gracias a nosotros muchos seguirán siendo poderosos. Habrá pocos que resistan sin sucumbir a los placeres del chupe. Y si los prohibieran, tendrían más atractivo. Además, con el pretexto de que la bohemia es de artistas e intelectuales... jLa pura lana! Y a más lana...pues ya ves...podremos dentro de pronto abrir una cadena de nuestro negocio. Hay que estar bien con las autoridades. Y la buena noche prosigue su danza, mientras en la taberna continúan entrando más y más hombres, o pseudo. Refugio de los anémicos del alma. Explotación de las debilidades humanas. Cómplice de la miseria. Forjadora de la desdicha. Templo de los imbéciles, asilo de los cobardes... y de los esclavizados...

EL ROBO DEL ELEFANTE BLANCO