Chapter 2
Veintiún años. Vibraciones sin medida. Y sentir que se apoderaba de si un algo inédito. Sus concepciones ideales se tambalearon. La realidad le aturdía. "Estoy hasta la madre de tantas burletas y humillaciones." Y algo dentro de él le impulsaba a sentirse diferente. En aquel onomástico decidió aceptar las invitaciones... Al fin y al cabo que... Desde entonces fue cambiando. Una tarde, frente a sus hermanos que lo consideraban el modelo, le dijo a su padre, que le había llamado la atención por sus comportamientos recientes. —¡Ya me tienen harto! ¡Me han fastidiado! Si quieres que ellos lleguen a ser la gran cagada, pues que trabajen los muy huevones... Si necesitan algo, qué les cueste. Yo ya no voy a sacrificarme más para que cuando sean lo que quieren, me paguen mal, como toda la pinche gente.— Y enfurecido salió de la casa dando iracundo portazo. Su padre lo llamó con energía, pero no regresó, sino borracho y hasta las tres de la madrugada. —Al fin te me portas como macho, Adolfo. ¡Ya era tiempo! —¡Vete a la chingada y no me jodas! —¡Huy! Y hasta valentón te has vuelto. Mejor vámonos, pero no a donde me mandaste, sino a echarnos unas copiosas. Te las invito... No más porque 'hora sí eres bien cuate... ¡Como queríamos! Y no lo mariquita que eras... Al fin que hoy es sábado... Y a la salida nos vamos con las viejas de la calzada... ¿Sí? —¡Juega el pollo! Me cai que sí... —y salieron del taller. Ambos fumaban como si la vida total les perteneciera...
En la perfumada cama corriente de un congal de buena muerte, Adolfo gozaba de las caricias de un prostituta barata. De repente, apuraba la copa de ron para, después de saborearla, reiniciar su lid voluptuosa y artificial. Adolfo se recreaba... y no pensaba más que en diluirse en aquellas sensaciones que lo estremecían y lo hacían sentirse como un dios en pleno ritual adoratorio. Ahora sí creía en lo más íntimo que era un verdadero hombre... y no como los demás imaginaban que era...
—'Ora sí ya ni lo dudo... Las viejas andan tras de ti como las moscas tras elpulque... Me cai de madre. El sábado te chupaste dos botellas de tequila y como si nada... —dijo uno de sus grandes cuates. —Y el muy cabrón se metió con tres chamaconas distintas... Hubieras visto como las dejó... —interpeló otro. -¡Ah, jijos! Saliste bueno.. —exclamó el mayor de los del taller—. Y nosotros que te creíamos putón. Adolfo, que ajustaba el motor de un automóvil, sonreía con vanidad; ufano y orgulloso como que fingía no escuchar los comentarios de admiración prodigados por sus compañeros de trabajo. Y sonreía... Sonreía. Ahora sí estaba seguro de sentirse todo un hombre. Esta fama sí le satisfacía. Y un rictus de amargura se diseñaba en su rostro confundiéndose con el esfuerzo de apretar un amortiguador.
RAÍCES.
Sábado por la tarde... La silueta del edificio en construcción que sobresale de entre el caserío del barrio es recortada por las últimas luces del día que con serenidad van desapareciendo en el horizonte... Se escucha el cántico tristón de una campana. Llama lastimera, como agonizante; imploración para que los creyentes asistan al rosario por las almas de quienes aún tienen cuerpo o por aquellas que lo han perdido en los rincones insospechados de algún cementerio. El cierzo reedifica su gélido imperio. Los ricos ángeles en sus paraísos conectan la calefacción. Su dios los protege tanto. Los pobres diablos se cubren con lo que pueden para no tiritar ni morir... Pocas veces su dios les hace caso; al fin que se encuentran en el infierno de sus propias llamas vorágines. Y se desmesura el día, como las semanas que no acaban, como las horas que se agigantan, como los minutos que reciclan sus segundos infinitos... Y para los que aguardan, si aún les queda la gana de esperar, sucumbe una vez más la ilusión; esa burda masturbante de los trasnochados cursis. Los muchachos del rumbo juegan entusiasmados y felices con una pelota desvencijada y llena de hoyos. Tal vez sueñan que las cámaras televisoras los enfocan como en los partidos comercializados. Sus gritos impacientes de goles, ora de alegría, ora de disgusto, rompen sin ecos la monotonía del atardecer invernal. Sábado por la tarde... La silueta del edificio en construcción que sobresale de entre el caserío del barrio es recortada por las últimas luces del día... La obra ha quedado suspendida. Hasta el lunes siguiente habrá de reanudarse y en donde unas horas antes todo era ruido, agitación, movimiento, rugir de aparatos mecánicos, constante ir y venir de trabajadores, reina complaciente la calma con su séquito de tristezas fatigadas. Solamente permanece el pagador que hace la cuenta de lo que hubo remunerado a los albañiles por su trabajo semanal. Calcula, ejercita las cuatro operaciones fundamentales y tal parece que no está satisfecho. La oscuridad a cada instante se va tornando más intensa... Las siluetas de dos hombres se ven entrar por la improvisada puerta del edificio. Llegan hasta donde se encuentra el rústico matemático que se deshace por hallar la solución a sus problemas numéricos. —¿A qué hora nos vamos? —uno de ellos interrumpe. —Ahorita... Es que no me quiere salir la cuenta... Creo que me equivoqué en una división... —contesta. —Nosotros ya nos vamos. Se está haciendo tarde pa'la fiesta. A'i nos alcanzas. —Bueno. —musita y los dos individuos salen. Por la calle entristecida los hombres conversan al compás de sus pasos que se pierden en el vacío insonoro de la noche y sus sombras parecen retrasarse como esclavas prófugas deformadas por los lánguidos alumbramientos de anticuadas farolas. —Creo que me estoy rajando. Mejor me voy. Seguro va a ser una borrachera. —¿Y a poco no te gusta? ¡Va a estar re'suave! —Sí... te creo... pero apenas me estoy reponiendo de lo que gasté en la pasada parranda de hace quince días... Esta semana tuve que trabajar horas extras. —Per'ora es de a gorra. ¿O a poco te regaña tu vieja? —Cómo crees, mano... Pero es que le prometí... —¡Al chingada con las viejas! Pa'lo que sirven... ¡Órale! ¡Vente! Nomás te guardas la centaviza y haces de cuenta que no trais ni quinto. —Bueno, vamos... ¡Pa'luego es tarde! —¡Así me gusta mi cuate! No como el chiva de mi compadre que se me hace que nos puso como pretexto eso de que no le salía la cuenta nomás pa'librarse de nosotros. Allá él... De lo que se pierde... —Puede ser... —¡Claro que yes! —Yo a las dos de la mañana me salgo de la pachanga... —¡Qué? —Sí, aunque digas lo que digas, me viene guango... La pobre se va a estar preocupando... —y entre el vórtice solemne de las sombras, sus siluetas se entremezclan con las oscuras e informes lejanías...
El usado reloj, colocado sobre un desportillado armario, marca las cinco de la madrugada y estremece el silencio del cuartucho. Cuartucho misérrimo de los sin nada. Escaso de muebles y ausente de perfumes, ni siquiera baratos. Impera la penumbra... Solamente una veladora escandaliza las umbrosidades con su tenue flama que parece bailarina esbelta y voluptuosa a punto de desfallecer y con cuyos movimientos obliga a las vírgenes para las cuales se encuentra ofrendada a que la acompañen en su danza agonizante. Una mujer llora... Tres chiquillos duermen el plácido sueño de la niñez. De improviso, como si no quisiera, la puerta rechina y se abre con lentitud... La mujer corta su llanto y mira aparecer la figura tambaleante de un hombre que se diluye como quien no quiere en el interior de la rústica habitación. —¡Al fin llegas! —ella exclama. —Shhhh... —responde él, con el clásico dedo índice tembloroso al borde de los babeados labios—. Vas a despertar a los escuincles... —Otra vez t'emborrachastes y te gastastes toda la raya, Aureliano... —No te preocupes, vieja... No la gasté... La guardé muy bien... pa'ti mi amor... Mira... —y principia como a buscarse algo... —¿No? Pus que bueno viejo... Hasta que obrastes con la cabeza. Por eso no podemos hacer nada pa'salir de esta maldita suerte... Con tu pinche vicio... Espero que sea verdad lo que... —¡Me robaron! ¡Me robaron vieja! Era toda mi semana de friega. —grita asustado. —¡Qué! ¡Cómo! —Me robaron... jijos... Me robaron... ¡Yo no gasté nada! Te lo juro... Por diosito... —-Sólo eso faltaba ... por diosito... Se me hace que es puro cuento tuyo. Parece como si yo te fuera a regañar. Al fin y al cabo que de todos modos me sobo los días enteros lavando ropa ajena... —¡De veras viejita! No gasté nada...nada... -y sin más poderse sostener en su borrachera, cae. —¡Briago de tal! —grita con desprecio la mujer y lo arrastra como puede hasta la cama. Fuerzas de mujer recia, pero quién sabe por qué, débil... Los niños parecen despertarse, mas continúan profundamente dormidos, como todos... La madre los contempla brevemente y torna a su llanto suspendido hasta que el alba se vislumbra por los mismos horizontes...
Domingo por la mañana... Hace mucho frío. La niebla cubre con intensidad a la urbe bestial. Una mujer se dirige a misa con tres pequeños. El más chico va durmiendo enrebozado entre sus brazos morenos. Entran al templo. Se escucha el cántico tristón de las campanas con su tañido de siempre...
Domingo por la mañana... Hace mucho frío. La niebla sigue hasta las raíces. Y las campanas siguen llamando: —Talán... talán... talán... talán... Y un algo como opio adormece a los que ruegan y les da consuelo en su desesperanza de nunca volver a ser flores y canto; ramaje y fruto; cercano y junto...
LOS ÚLTIMOS DÍAS DE POMPEYA.
Tengo que llegar a tiempo. No quiero que vaya a ocurrirle una desgracia... —una mujer otoñal estrujaba su mente mientras afanosa hacía delirar las llantas de su automóvil deportivo desde un sudorosamente aferrado volante. La vertiginosa velocidad eliminaba con grises nacarados el color bugambilia de aquel carro de extravagante diseño y atrevida aerodinámica—. y pensar que lo que ha sucedido; lo que tal vez acontezca... ha de ser por mi culpa. ¡Sí! ¡Nada más a causa mía! ¡Qué estupidez espantosa he cometido! No debí haberlo hecho nunca. Abandonar a mi esposo así... y a mis hijos... Y tan solo por un capricho imbécil... Por algo que ahora me avergüenza. ¡Soy una cretina! Y lo que más me molesta es haber defraudado la confianza de Octavio... Tan buen marido como es... Y yo... ¡Oh, no! ¿Qué es lo que irá a decirme? ¡Ojalá que no se haya enterado! Que nadie le haya dicho que durante los días en que estuvo fuera del país, yo cometí la traición más detestable, ignominiosa y putrefacta de mi vida. Sí, aunque Renata diga que soy cursi y anticuada, me arrepiento de lo que hice. Él ha sido siempre un hombre tan impecable. Me ha dado lo que cualquier mujer ha deseado: Amor, hijos, joyas, viajes, dinero... Nada de lo que yo le he pedido, me ha negado. Y yo tan idiota que he sido. ¿Por qué tenía que conocer a ése? De haber sabido a lo que me iba a conducir... ¡jamás le hubiera hecho caso! ¡Canalla! Aquella tarde... en casa de Renata, cuando estaba a punto de abandonar la fiesta, llegó. ¡Tan jovial! ¡Tan radiante de no sé qué! Su sonrisa, su voz, sus ojos. Y tan apuesto... tan elegante... Como una simple y bobalicona jovencilla me dejé atrapar. Aún resuenan en mi cerebro las palabras que nunca debió haber pronunciado. Cómo recuerdo aquella sensación tan estremecedora cuando sentí sus viriles manos que apretaban las mías... Cómo me excité... —Encantado de conocerla. No sabe cómo me ha impresionado su belleza de mujer madura... Es como si un halo de misterio la rodeara... —Alfredo es uno de los amigos más galantes que tengo, Elena... No te confíes mucho en lo que dice... —sonriente dijo Renata y brindamos felices por aquel agradable encuentro... Yo lo miraba extasiada. Las horas se esfumaron como un sueño. Había ejercido en mí una extraña fascinación su clara y penetrante mirada. Su rostro varonil y su arrogante presencia me conmovían profundamente y yo, como una tonta, le demostraba inconscientemente mi debilidad, mis dormidos deseos de sexo, de un sexo diferente al cotidiano de esposa santa... como él quisiera...de cualquier forma... ¡Qué degradación la mía! Hacía tanto tiempo que nadie me veía de esa manera... Octavio siempre ocupado en la empresa y desde hacía tantos días que no intimábamos. El gran hombre que nunca se fijaba en su pequeña mujer. Siempre dedicado a preparar viajes, conferencias, reuniones de negocios. Y yo... sola... cumpliendo las abnegaciones de la señora. Desesperada porque nunca podía estar con él, como antes... Cuando aún buscaba los hijos para por ellos luchar. Y extrañaba sus caricias, sus mimos, su amor de entonces... Llegué a pensar que ya no le interesaba mi persona para nada... Su prestigio era más importante que yo. Y fue así como... Renata volvió a invitarme a otra de sus fiestas. Me informó que Alfredo iría. No sé porqué se le ocurrió decírmelo. Tal vez sospechaba algo de lo que me acontecía; no obstante las apariencias... Desde el día en que lo había conocido, jamás había vuelto a verlo. Sin embargo, su efige, su gallardura, su caballerosidad, se reproducían a cada instante en mi imaginación. Un intenso calor me conmovía hasta mis nervios más recónditos. Y aunque luchaba por no pensar en él, ni encontrármelo en alguno de los sitios que yo frecuentaba, algo insólito temía que sucediera. Lo que no debía pasar... pero era ya casi inevitable... Cuando llegué a la residencia de Renata, Alfredo platicaba con ella y mi amiga lo escuchaba atenta. Yo sentí algo de celos, pero estos se olvidaron en el momento en que me saludaron y él besó mi mano con delicadeza principesca. Temblé... Octavio había emprendido su largo viaje de negocios a Europa y yo me encontraba sola, abandonada en el desierto populoso del mundo. Mujer aburrida, estéril y débil. Hacía tanto tiempo que nadie me besaba con amoroso fervor, que me desconcerté. Quedé turbada. Durante el baile, Alfredo no se separó de mí. Me colmaba de elogios. Me llenaba el cerebro de palabras que ahora me parecen tonterías. Hasta que... no resistí más... Me invitó a la terraza y allí... obvia tontería de folletón... sus labios se acercaron tanto a los míos que ya no pude vencer lo callado. Y me besó... y lo besé... y en un inmenso y furioso abrazo creí morir... como en la peor telenovela. El me pidió perdón por su atrevimiento y murmuró en mis oídos algo incomprensible ... que me amaba y que sabía que yo sentía lo mismo por él. Pronuncié con voz cortada su nombre y él contempló ardiente mi rostro de mujer insatisfecha. Al salir de la fiesta fue a dejarme a casa y quedamos de ir a gozar de nuestra dicha al campo. Él se despidió caballerosamente. Dije a mi madre y a mis hijos que Renata me había invitado a Acapulco para pasar allá una semana de descanso y que no se preocuparan. ¡Nunca debí de hacerlo! De haber imaginado que solamente Alfredo tramaba... ¡Oh...! ¡Dios mío! ¡Ayúdame! De hoy en adelante mi vida va a ser espantosa. Tengo que pagar el silencio... si no... ¡El escándalo! ¡El derrumbe de mi esposo! ¡La ruina! ¡...y mis hijos...! ¡Oh...! Y la mujer parecía aumentar la velocidad del automóvil. Anhelaba llegar con la mayor prontitud posible a su hogar, que ella imaginaba destruido para siempre... La gigantesca serpiente de asfalto parecía interminable. Se enredaba voluptuosa en las montañas. La mujer temblaba... Las llantas rechinaban furiosas en las curvas... Cuando daba vuelta a una de ellas, un autobús apareció. La infiel creyó que se le venía encima... que iba a chocar... Trató de evadir el golpe... Hizo un gesto de desesperación y terror... El automóvil salió de la carretera para caer a un oscurísimo precipicio. Ella quiso saltar. No alcanzó a hacerlo. Todo daba vueltas a su rededor. Rapidez vertiginosa... Los cristales iban estrellándose. Sintió que le clavaban cuchillos por todas partes. No supo más...
PULGARCITO
Era un ser sin importancia. Baja la estatura, delgado el cuerpecillo, mediocre la presencia y marchito el semblante. Carecía de voluntad, como muchos... Lo dominaban, como pocos... Todo él dejaba bastante que desear. Cotidianamente, a la misma hora, atravesaba el mal cuidado jardín de la colonia donde vivía para dirigirse a su trabajo: Mozo simple de oficina común. Allá, el jefe, las secretarias y los demás empleados se mofaban de él. Las bromas se sucedían unas tras otras. Le destapaban el refresco que siempre llevaba para el almuerzo; le colocaban en su torta un ratoncillo destripado; le colgaban letreros despiadados en la espalda sin que se diera cuenta... y el ser sin importancia lo admitía sin protestar, como si gozara siendo el hazmerreír de sus conocidos, como si nada lo ofendiera. En el trabajo, su labor principiaba por colocarse una deteriorada bata, coger un plumero y empezar a sacudir los abundantes armatostes de los despachos. De cuando en cuando le encargaban la realización de una que otra tarea extra y que parecía motivarlo tanto como si lo enviaran a una gran hazaña: Ir por el periódico del gerente, recoger y dejar algunos documentos u objetos, transmitir un recado a sutanito. Así transcurría su existencia, sin más, ni menos, sin mayor ni menor...como en la peor burocracia. Mas quién sabe por qué, aquella mañana llegó muy contrariado. Estaba decidido a demostrarles a los que hasta entonces se habían burlado de él, que no era un indefenso e inútil hombrecillo. Iba a romper definitivamente con esa situación indigna para su persona. Iba a cambiar su imagen. El anuncio del periódico le había dado esa idea. Podía ser respetado y admirado en menos de veinticuatro horas. Tomaría el curso de personalidad nulificada. (¡Ya verá el desgracido de Ramírez que siempre anda presumiendo de ser el más inteligente y sabihondo de los que trabajamos aquí, quién soy yo! Le pondré la muestra. Lo rebajaré y lo humillaré tantas veces como él lo ha hecho conmigo. Y el jefe... ¡Ah! ¡Ya se va a dar cuenta de lo que soy capaz! Nunca me ha dado un ascenso porque cree que para nada sirvo. Pronto se enterará de quién es el mejor de sus empleados y se arrepentirá de la humillación que me ha hecho en presencia de los estúpidos de mis compañeros. (¡Voy a renunciar! ¡Me será insoportable seguir en estos lugares! Todavía soy bastante joven como para hacer una profesión destacada. La economía es interesante. Iré a la Universidad. Me inscribiré en esa carrera y un día... dentro de algunos años, regresaré. Pero entonces no he de ser simple mozo de oficina, sino nada menos que el señor licenciado. ¡Con cuánta envidia han de mirarme! ¡Sobre todo el tal Ramírez! Lie por aquí; lie por allá. Y así... yo seré el que ordene en el despacho. Tendré un formidable escritorio y una secretaria privada...
Gozaré viendo cómo Rosita, tan bonita pero tan malilla conmigo, escribe apresurada lo que yo he de dictarle. ¡La haré trabajar impíamente! ¡Hasta cansarla! ¡El que ríe al último, ríe mejor...! No saben lo que se les espera... ¡Todos pagarán sus burlas hechas a mi costa! ¡Todos!) Y el hombrecillo gozaba con sus planes. Parecía que un aliento diabólico lo invadía. Se hallaba decidido a cambiar de vida, a que lo respetaran tan altamente que llegara a imponerles pánico a los imbéciles que lo habían despreciado y humillado. . Cuando pensaba en aquello, sentía una profunda alegría. Una emoción desconocida le alborozaba y su rostro cobraba fuerza y vigor entre destellos de furia en sus pequeños ojos. El fastidio de llegar una hora antes que los demás para hacer el aseo diario lo carcomía. Dentro de poco se daría el lujo de faltar; los economistas eran muy importantes para el éxito de las compañías y éstas no podían despedirlos con facilidad. Quienes hasta el día anterior lo habían escarnecido con sus idioteces iban a rabiar... ¡Sí! A rabiar como perros al verlo convertido en un gran personaje. La decisión se reflejaba en sus movimientos. A veces suspendía sus actividades para seguir haciendo planes. Luego, después de ver el reloj de pared que poco a poco iba llegando a la hora indicada para comenzar labores, continuaba su ocupación. (Dejaré el trabajo. Los insultaré... los humillaré y me marcharé inmediatamente. Aunque... ¡Sí! Algún día he de volver, y para entonces, habré de hacerles la vida imposible, como ellos han hecho la mía. Ya verán... ¡Bah! Acaba de llegar Rosa... Estúpida...) —Buenos días chaparrito... —burlesca... Él quiso contestarle con una grosería, gritarle que la despreciaba, que ya se la pagaría en alguna ocasión, mas algo extraño lo contuvo... (Ya lo verá la muy pendeja.) No se atrevió. Sólo acertó a responder con su habitual sonrisa de idiota: —Buenos días Rosita... ¿Cómo está usted! —¿Cómo? Pues qué no me ves que bien estoy... —rió con la mofa acostumbrada. El mozo continuó terminando el aseo. Poco a poco comenzaron a entrar los demás empleados. Conforme llegaban, iniciaban sus bromas con el hombrecillo y éste, sonreía, como olvidando sus pensamientos recientes. (Hay que dejarlos que sigan con sus estupideces. Total...) La solitaria y húmeda oficina fue convirtiéndose en intenso murmurar de máquinas de escribir, de zumbidos de lápices y plumas que hacían algunas anotaciones importantes o intrascendentes. El espacio transparente iba plegándose serpentino con el humo despedido por los cigarros de los fumadores. El silencio de antes se había extraviado, entre aquel naciente escándalo sin límites. Y el mozo vio llegar a Ramírez con traje nuevo, a la última moda. Quiso gritarle también que lo despreciaba, mostrarle todo su resentimiento que hacia él sentía... (¡Imbécil! ¡Siempre contoneándose como guajolote! ¡Como si fuera tan gran cosa...! ¡pendejo!)