Chapter 1
{|width="100%" | | align="right" |Página |- | UN LECTOR OPINA | align="right" | 3 |- | PREGÓN | align="right" | 5 |- | La aventura | align="right" | 7 |- | El eclipse | align="right" | 13 |- | Niebla | align="right" | 17 |- | Raíces | align="right" | 25 |- | Los últimos días de Pompeya | align="right" | 31 |- | Pulgarcito | align="right" | 37 |- | Las joyas de Cornelia | align="right" | 45 |- | Edipo Rey | align="right" | 51 |- | La vorágine | align="right" | 55 |- | El robo del elefante blanco | align="right" | 61 |- | El desierto rojo | align="right" | 65 |- | Las troyanas o más vale tarde que nunca | align="right" | 69 |- | Extraño interludio | align="right" | 73 |- | Los olvidados | align="right" | 81 |- | Madame Bovary | align="right" | 87 |- | ¿Hiroshima o...? | align="right" | 93 |- | Lo que el viento se llevó | align="right" | 97 |- | ¿Landrú? | align="right" | 107 |- | Hamlet | align="right" | 111 |- | West side story | align="right" | 117 |- | EPÍLOGO: Canción de Cipriano | align="right" | 123 |}
UN LECTOR OPINA.
Volanterías, un libro de cuentos; volanterías, multitud de especies que vagan en la imaginación y que impiden fijar la atención en alguna; Volanterías, personajes carentes de crónicas que se deslizan en el anonimato, que se confunden, que se ocultan para esconder su aparente pequeñez, pero que están allí y allá... tras las fachadas, por las calles, sobre las azoteas, en un rincón, en las plazas, en los mercados, en las construcciones, en la misérrima vivienda o, tal vez detrás, abajo o muy dentro de sí, donde nadie, ni ellos mismos se podrían encontrar. Seres repetibles infinitamente a quienes no se ha dedicado un verso, una relato y, en ocasiones, las más, ni una palabra. Seres anónimos que se eternizan en un México de venas abiertas como expresaba Eduardo Galeano. De un México victimado por economías transplantadas por ineficiencias burocráticas, ineptitudes o ambiciones sin medida y, actualmente, por economías neoliberales empequeñecedoras , faltas de toda sensibilidad. Los personajes de Volanterías que Domínguez Hidalgo, ¿imaginador fantasioso?, la faceta que de él, tan versátil, se abre a la literatura, nos presenta en su peculiar estilo intermitente, son acaso quienes fueron arrojados a la vorágine de lo deshumanizado, a la peor pobreza, la de espíritu. Seres de "vida monótona, carentes de belleza. Triste existencia, estéril jardín. Árida montaña de dolores"... "los olvidados". Antihéroes de su propia epopeya cotidiana.
En Volanterías, los panfletos del humilde bueno y abnegado, son derribados por el manotazo de la realidad que huele a concreto, a gasolina, a deshumanización asfixiante y avasalladora. Desde el lumpen hasta los grandes capitalistas, todos resumen y resuman fugaces biologicidades que en el momento de su cronicuento parecen eternos, pero que después, como todos en la vida, se convierten en simples papelillos que el viento los arrastra hacia su fin. Aquí no vale la eternidad. Esta serie de cuentos escritos por un Domínguez Hidalgo casi adolescente (1965), con un estilo ágil y directo que hace que el lector vea, como en cinematografía, casi olvidando al narrador, quien sólo aparece en los irónicos finales, una serie de escenas contundentes que van desmintiendo al discurso oficial del México democrático de varias décadas. En Volanterías la imaginación vuela y en un momento aterriza dolorosamente. Realidades lacerantes que buscan su dignificación sin encontrarla. Realidades que nos afectan porque están aquí y allí; nos miran sin que podamos mirarlas; nos acechan o las acechamos sin saberlo y acaso porque posiblemente cada uno de nosotros seamos parte de esas... Volanterías. Puros papelillos de colores que adornan las calles cuando de fingir se trata que somos un pueblo feliz. Víctor Manuel Mendoza de la Cruz.
PREGÓN.
ALLÍ... POR LAS CALLES... O LAS AZOTEAS... TRAS LOS ZAGUANES... O EN ALGÚN RINCÓN... ENTRE LOS JARDINES... O EN LAS PLAZOLETAS... SIN LUZ... O A PLENO SOL ESTÁN... ALLÁ... ENTRE LLUVIAS... O EN MEDIO DE SMOG... BAJO UN PUENTE...
O EN CUALQUIER ANDÉN... EN ESE BAR... EN AQUEL CAFÉ... EN UN BURDO CINE.. O EN GRANDE SALÓN... ACASO EN UN TEATRO O EN CUARTO DE HOTEL SE ARRUMBAN...
SOMBRAS SON... FANTASMAS QUIZÁ...
ESPECTROS... SILUETAS... DISEÑOS... TAL VEZ PROYECTOS... QUE NO SE CUMPLIRÁN... HISTORIETAS IRRETENIBLES... HISTORIALES INARCHIVADOS... HISTORIAS SIN MEMORIALES... HISTORIAS... HISTORIAS DE CADA DÍA... VIEJOS DISCURSOS DE IGUAL SECUENCIA: AMORES QUE SE PENETRAN... CON OTROS QUE SE VACÍAN... HISTORIAS DE AQUÍ... Y DE MI GENTE... VIDAS DE SIEMPRE... ARDIENTES Y CÁNDIDAS... ¡VOLANTERÍAS? ¡SÓLO VOLANTERÍAS SON? PERSONAJES QUE AÚN NO TIENEN ... Y ACASO NUNCA TENDRÁN... ...SIQUIERA... ...UNA CRÓNICA...
LA AVENTURA
Los jóvenes caminaban con paso firme. Iban confiados en la lozanía de sus cuerpos arrogantes y en la potencia liberada de su mente. Atravesaban por valles agitados y serenos a la vez. El viento, atrevido e inconfigurable, nada dejaba de acariciar o de herir. Parecía que todo era recién nacido y un aliento de fragancias despertara en los verdores de colinas y praderas. El paisaje lucía tan fresco que los entusiasmos no se fatigaban entre los obstáculos revestidos con mínimos atajos. Los jóvenes avanzaban con ligereza hacia un impreciso lugar, apenas percibido en sus pulsaciones inexplicables. Ninguno de ellos sabía en dónde lo podrían encontrar. Y al caminar, paso tras paso, panorama tras panorama, comenzaron a mirar lo que jamás habían visto. Entonces sus castillos interiores se conmovieron hasta en los cimientos y sus faces de primavera virgen se tornaron indecisas y en una trémula sensación de angustia, dudaron; por primera vez, dudaron y principiaron a esperar lo peor de la confianza. Alguno dijo de pronto: —...y de repente uno se da cuenta... Mucho es mentira. Y nosotros que contemplábamos el mundo en transparencias sin manchas, en su claridad sin término, ahora lo vemos tal cual en realidad es... Otro continuó, interrumpiendo el silencio que había dejado su compañero: —...adiós a nuestros palacios grandiosos...Se derrumban... ¿De qué sirvieron? Caen... caen hasta lo más insondable de las profundidades y nos desangran... No hay héroes ni mesías... todos buscan su vanagloria... —¡...Aaaaaaaaay! Si yo pudiera cambiar la materia humana —una joven exclamó desesperada, frenética—, tal vez algo se lograría. Es tan terrible la caída. La mente se agita con desesperación, como tratando de escapar hacia regiones ignotas, en las más hondas o en las más altas esferas invisibles. ¡Aaaaaaah! Si yo pudiera cambiar la materia humana... Si yo pudiera remodelarla en libre antojo ... configurarla sin pasados ni presentes hipócritas... ¡Ah! Construir otra historia sin tantas puertas falsas... —y lloró sin lágrimas. Los jóvenes pensaban y hablaban gregariamente, como identificados por algo: Coros resplandecientes, voces potenciales de frescuras abiertas al inicio inexorable de lo oculto... —Más allá de lo físico, más allá de lo metafísico, más allá del más allá... reposa lo que tanto deseamos, pero... ¿Cómo podremos alcanzarlo sin precipitarnos hasta donde la mayoría se ha hundido? ¿Cómo? ¡Cómo...! Todos han levantado sus museos de cera para alabar su propia estatua y encerrarse en su torre hereditaria, ¿Quién ha sido sincero en la esperanza? y el eco repetía sus angustias indefinibles. Y entre la incertidumbre de saber que existe lo que no se sabe, continuaron su inexacta ruta. Cruzaron arroyos y ríos; bosques de espesura no descrita y llanos sin horizontes... La excursión no terminaba. Y aunque no hubieran querido continuarla, el camino los envolvía... Cuando llegaron a la cúspide de una montaña esbelta y desconocida observaron el abismo más extraño jamás contemplado; fascinante, exótico, atrayente y a la vez aterrador, brutal, inconmensurable. —¿Cómo se mira el vacío...? —preguntó uno de varios. —El vacío no se ve... se siente... —otro respondió. —¡Oh! ¡Qué enorme vacío veo y siento! —murmuró. —¡Oh! ¡Qué enorme vacío vemos y sentimos. —murmuraron. —Nosotros aún no entendemos... ni nadie nos entiende... En nuestra escasa caminata hemos visto tanto que... nos espanta y nos rebela; nos revela y nos consume: nos deprime y nos agota. ¿Para qué vivir...? ¿Para qué...? ¿Para qué continuar por este valle desolado y fatuo que aparece ante nuestros ojos? ¿Para qué prorrogar la ruta que nunca ha conducido al paraíso de los mitos y que tantos han torcido y borroneado? ¿Para qué tanta vanidad, si nada es perenne al hombre? Ni su fuerza ni su debilidad y cuando cree abrir sus brazos, ya son sombra con que forma su cruz. —¿Cuándo volverá lo que ha quedado tan lejano...? ¿O cuándo alcanzaremos lo que creímos tan cercano? ¿Y cómo llegaremos?, —¡Cuándo! ¡Cómo! —gritaron con desespero, con ansia infinita, con pavor fecundo... Y sus voces se perdieron en la inmensidad como un ruego... y allá en las alturas se convirtieron en florida música, guitarras electrizadas, percusiones coloridas... reunión de humos. Y los jóvenes comenzaron a cantar para distraerse y olvidar. Olvidar entre risueñas poses y vestuarios melancólicos su confusión, su íntimo torbellino, su pánico. Y al mezclarse entre lo común, sin miedo a la cotidianidad, su vaguedad insaciable los enredaba en viciosos círculos, en triángulos escatológicos, en cuadrángulos petrificantes; como vagabundos hospedados en cualquier sitio, sin importarles nada, despojados de raíces, sin cavar cimientos; desprendidos infructos de generaciones sin más entusiasmo que un narcótico suicidio. Y aullaban...como coyotes hambrientos abandonados al aquelarre de las herencias. Y bailaron y cantaron hasta el anochecer en lucubraciones maravillosas. La luna, la plateada y pobretona luna de menguante, adornaba el cosmos mostrando con desgano su blanca desnudez. Ellos, súbitamente, se la quedaron mirando hasta quedar como hipnotizados... lunáticos lobeznos transformándose en hombres y mujeres desterrados de un imposible edén. —¿Qué somos...? ¿Qué hacemos...? ¿A qué vinimos a este mundo...? ¿Y para qué...? ¿De qué sirve todo esto? ¿Qué es la bondad? ¿Y el amor...? ¿Y el sacrificio? ¿Y el deber? ¿Y la injusticia? ¿Y Dios...? -dijeron de pronto enardecidos, frenéticos, anhelantes... —Ya no existen paladines. ¿O en verdad acaso han existido? ¡Perjurios! ¡Puede ser que nunca los haya habido. Todos han sido apariencias de linternas acomodaticias y convenencieras. ¡Mentiras con vestuarios de certezas que nos encadenan y nos han diseñado desde niños los cerebros convenientes! ¿Quién se ha preocupado por nuestra desolación, si ellos mismos se encuentran abismados? ¡Nadie ha sido héroe! No hay grandes hombres ni mujeres en los telares de la historia, sólo costureras tarántulas para su gulas de poder y oro...¿Y los sabios? Siempre fueron silenciados.— Cuando callaron, cual agotados, varios principiaron a meditar en voz alta... —¡Debemos vivir en castidad! —¡No! Se debe vivir intensamente; cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día. ¡Que la muerte nos encuentre muy vividos! —¿Vivir intensamente? ¡Sí! Pero sólo en lo sublime... —¡No! ¡En lo abyecto también...! —Mejor es vivir según nos impulse la naturaleza. De acuerdo con ella....—terció otro con ecuanimidad. —¡Eso! ¡Eso debe ser! ¡Libres de hipocresías y convencionalismos irracionales, subjetivos y estupidizantes! —Mas entonces viviríamos como animales... ¡Pura biología! —Sólo al principio; luego nos liberaríamos de nuestra animalidad. Y ascenderíamos a la suma humanidad; dominadora de los instintos, creadora de lo puramente humano, despojados de las ataduras que nos imponen las ecologías y las ideologías. —¿Y si no podemos...? —¡Debemos! Alguien comenzó a delirar: —¡Oh! ¡Cuan hermoso es ser joven! ¡Y cuan terrible! Sin saber qué hacer ni cómo seguir por la vida ni cuándo... ¡Oh! ¡Qué laberinto! —y todos gimieron desesperada y dolorosamente. Cuando los primeros rayos de luz aparecieron dibujando la silueta de las cordilleras de mil cumbres... y de mil nombres... los jóvenes volvieron a sus idealizados sueños y continuaron con su excursión, a ciegas... Los guías habían desaparecido hacía mucho tiempo. A ninguno de los ancianos mentales les importaba la juvenil aventura desquiciante para cultivarla en brotes de cogollos nuevos. Sólo planificaban la adecuada reproducción... Al final... unos llegaron como siempre; y otros, optaron por huir, por irse al incomprensible infinito...
EL ECLIPSE
Qué lástima me da ese hombre! Siempre parado silenciosamente en esa esquina suplicando una limosna o alguna ayuda... ¡Cómo duele! Con tanto progreso y ver esto aún. Todo el santo día se la pasa ahí. Y pocos lo socorren. Si no fuera por la pierna que le falta, tal vez yo pudiera conseguirle empleo en la oficina, aunque fuera de mozo, pero así...¿cómo? Hoy es mi día de pago... cuando regrese le daré unos centavos. Además hay bastante comida de ayer. Se la obsequiaré. Al fin que estoy sola en casa y hasta mañana regresarán del pueblo mis padres. Haré una acción buena. Y pensando esto, la joven abordó un ómnibus. La mañana era fría. El sol apenas lograba destacar detrás de las nubes que oprimían al cielo esmogoso y presagiaban las tormentas vespertinas del verano. Las calles iniciaban el diario ajetreo, eterno peregrinar del hombre a la búsqueda de un sustento artificioso y se aglomeraban las indiferencias en los intereses de cada quien. —Una caridá par' este pobre miserable. Una caridá por el amor de Dios... Y algunos al pasar junto al individuo harapiento y sucio; demacrado y abundante de barba, negra y espesa; de dientes escasos, amarillentos y podridos; de labios carnosos y amoratados; delgado de cuerpo, mediana la estatura y lisiado de una pierna, extendían la mano, como compadecidos, para darle unas monedas. El hombre susurraba agradecido entre una mueca de alegría y desprecio, tal cual si se sintiera humillado ante su situación. —¡Pinches codos! decía. Y veía alejarse con una mirada de odio y rencor a quienes lo habían socorrido, como si experimentara una intensa amargura, una larga envidia por saber que ellos sí eran felices, que ellos sí podían tener todo lo que se vendía y que eran capaces de combatir abiertamente en esa lid perruna por comprar lo deseado, seguros y confiados de sí mismos...o por lo menos así parecían.
Habían sonado en el enorme reloj de la iglesia cercana las seis de la tarde. La joven regresaba contenta y satisfecha de su trabajo. Sin darlo a sospechar siquiera, se detuvo imprevistamente al llegar a la esquina de la calle por la que deambulaba y dio señas de buscar a alguien. Cuando creyó haberlo encontrado, caminó con mayor rapidez: —Tenga buen hombre. —dijo al acercársele y darle un billete. —Muchas gracias... —murmuró el miserable enmedio de extraña mirada. —¿Quiere un poco de comida? No crea que es desperdicio. Está limpiecita. —¿De veras, señorita?—cual sorprendido medio murmuró.
—¡Sí! ¡Claro! Venga conmigo. Es nada más aquí, en la otra calle. Y la gentil se dirigió hasta su hogar. El lisiado la seguía presuroso. Apenas si podía caminar con la muleta de madera con que se ayudaba. La amable sacó de su bolso una llaves. El pordiosero movió los ojos como si contemplara en sí mismo. Su rostro hizo una mueca misteriosa. La voz de la joven lo interrumpió de sus cavilaciones. —Ahorita salgo... —y entró. La puerta había quedado entreabierta. El mendigo pudo ver cómo la buena colocaba el bolso sobre la mesa rinconera. Cuando miró que la gentil había desaparecido en el interior de la casa, se introdujo silencioso y buscó un lugar para esconderse. Expectante. Al poco tiempo, la confiada reapareció y habló al necesitado. Nadie le respondió. Y sin presentirlo, con la muleta que el miserable llevaba, le asestó un golpe en la cabeza. La bella cayó inconsciente. El hombre la arrastró hacia el interior. Cerró. Fue hasta la rinconera, cogió el bolso y lo abrió. Trémulamente sacó todo el dinero que allí se encontraba y se dispuso a huir. Estaba a punto de hacerlo cuando miró el hermoso y juvenil cuerpo tirado a lo largo del recibidor. Pensó algo que lo hizo sonreír mordazmente. Tras de su vista se asomó un fulgor de bestia. Con paso lento se aproximó hasta la desmayada. La palpó voluptuosamente y comenzó a desnudarla con deleite sibarita. Su carne lozana y sus senos de virgen apenas si se movían débilmente, palpitantes. Y el miserable quedó extasiado al ver aquella fresca desnudez. Lúbrico la besó. Con inquieta y temblorosa prontitud se bajó los harapos que traía como pantalones y en un gesto lujurioso se enlagartijó sobre la inerte. Afuera comenzaba a llover...
En uno de los consultorios de un hospital de la ciudad, una joven, pálida e inmóvil, es examinada por médicos y psiquiatras. En el cuarto de junto una madre desolada no oculta su llanto; dos jóvenes aprietan puños y dientes y sin mirar, miran la alfombra desgastada de aquel sitio. Un hombre de edad madura diluye en un cigarrillo su paternidad ofendida. Alguien, en otro lugar, disfruta de una especie de venganza... Y para el sistema todo sigue igual.
NIEBLA.
Tantas veces había escuchado de labios de su patrón y de todos los demás que trabajaban en el taller donde hacía ya más de cinco años se desempeñaba como aprendiz, aquellos comentarios burlones, maliciosos, descarnados y bestiales, que Adolfo se inquietaba al oirlos. Adolfo era un muchacho de diecisiete años. Cuando apenas había terminado la primaria, impulsado por las necesidades económicas que asediaban a su hogar, tuvo la idea de buscarse un trabajo en el cual ganara algunos centavos para dárselos a su madre y así, facilitar el camino de la superación a sus hermanos menores. Mas sus padres no querían verlo de simple chalán. Ellos anhelaban lo mejor para su hijo según les decía la experiencia. Una profesión, aunque sencillamente costeada, pero lograda a fuerza de voluntad. Y en un principio, Adolfo continuó en el estudio; pero las exigencias aumentaban cada día: Libros, instrumentos, útiles, uniformes, cuotas... ¡Y aquello costaba tan caro! Y el dinero, que como siempre, no rendía. Con tristeza contenida vio la imposibilidad de proseguir y tuvo que abandonar la secundaria a los pocos meses de haberla iniciado. Su padre le había conseguido un buen empleo de aprendiz en un taller mecánico. No le pagarían gran cosa, pero lo poco que le dieran, serviría de aliciente a la economía hogareña. Además, Adolfo pensaba ante todo en sus hermanos. Ellos sí debían satisfacer los deseos de sus padres, y para eso, él iba a trabajar lo más que pudiera. Se destrozaría físicamente, si era necesario, con tal de lograr aquellos fines. Y sumergido en tales sentimientos se afanaba en su labor, y nada dejaba de hacer con gusto, con cuidado, con empeño. Aquella mente, en verdad, estaba invadida de los más puros y elevados pensamientos, como todas las de los jóvenes sensibles y aún no programados. Con tal actitud frente al trabajo, su patrón lo estimaba grandemente. Al poco tiempo de haberse iniciado en aquel oficio, le aumentó unos cuantos centavos a su escaso sueldo. Endeble, pero alentadora recompensa a sus afanes. —¡Qué a todo dar! Con esto me va a alcanzar para más... De ciento cinco a ciento treintaidós... Y Adolfo se sentía feliz de poder contribuir a la superación de sus hermanos. Uno, Ramón, que le seguía en edad, había ingresado a la preparatoria ya y esto lo satisfacía enormemente, sin envidias, sin reproches. ¡Qué ellos sí pudieran estudiar, era lo importante! La casa en donde vivían, se había transformado desde que él trabajaba. Ya no era la misma de su niñez. Parecía nueva. Todo había sido cambiado mediante el esfuerzo conjunto de sus padres y de sus hermanos. De la vecindad entera, aquella era la familia más progresista...
Adolfo era el más joven del taller. Cuando llegaba el sábado, sus compañeros de labores, más grandes en edad que él, treinta años, el que menos, armaban una escandalosa tremolina. Después de recibir el pago semanal lo invitaban. Se divertiría: —Anda, güey, vente con nosotros. Ni pareces hombre... El se disculpaba lo mejor que podía, pero no se animaba: —Deveras que no puedo... No tengo dinero... —y recibía insultos y deprecaciones. Cuando al siguiente lunes regresaba al taller para otra semana de lo mismo, nuevamente escuchaba esas pláticas burlonas, insinuantes, provocativas... —La güera está re'buena... Tiene unas chichotas... que... ¡Ah! Quisiera uno comérselas... —¿Y qué me dices de la Flaca? Cuando me tocó la de malas que en esa vez con ella... me dieron ganas de salirme... pero nomás pa' que ni ustedes ni ella dijeran que era yo un apretado, acepté. Le haré un favor a esta pinche vieja, pensé. ¡Hasta las ganas se me habían quitado! Ya ni se me quería parar... pero cuando comenzamos... ¡Qué sabrosura! ¡Qué exprimidotas me daba! Me hacía sentir el cielo... Y los besotes... y las mamadas... Como es tan flaca, nadie le hace caso y está como nueva... De veras que muy pocas me han hecho gozar como ésta... ¡Que si aprieta! ¡Y cómo se mueve! ¡Unas venidotas que me hacía dar...! Como ni pesa está muy maniobrable... que p'aquí, que p'allá; que meciéndola; que el capirucho... —Pa' la próxima de a patitas al revés... y vas a ver lo que es cajeta... ¡O a la árbol...! ¡Se siente...! ¡Ah...¡ —¡Jijos mano! Llegué hasta las seis de la mañana a mi casa. Un cuetote que me puse y unas cogidotas con un viejorrón ...¡Pero qué viejorrón! No la solté en toditita la noche... Y como cinco y sin sacar... —A ver cuándo se le quita lo putón a este cabrón de Adolfito y se viene con nosotros pa' enseñarlo a ser macho... —¡Ándale! Échate las tres..! ¿A poco te' ogas con el humo? —¡Órale! ¡Vamos...! No seas pinche rajón.. ¿O te pegan en tu casa? —No puedo... en verdad... No tengo dinero... y nunca... —¡Voy... voy...! ¡Mírenlo... mírenlo! 'ora nos sale el muy puro... ¡Puro marica! Qué se me hace que tú... —¿Bueno... qué se traen conmigo? —¡Ay sí! Se ofende la monjita... —¡Aviéntate Adolfo! Vas a ver que te va a gustar... Ya es tiempo de que te enseñes... —¡Déjalo! No le gustan las viejas ni el trago ni la fumadera... Debía llamarse Adolfita. Me gustaría que le pusieras una inyección pa'que sintiera lo que es chipocludo. A ver si así se vuelve cabrón... Y Adolfo se angustiaba... y dudaba de sí mismo... Con suerte era cierto lo que los demás afirmaban de él. ¡No era hombre! Y se sentía avergonzado. Había ocasiones en las que se atrevía a pensar en abandonar ese trabajo. Ya sabía mucho del oficio y dondequiera podría encontrar chamba. Se decidía, pero luego... Y si me salgo de aquí y por más que le busque no encuentro. Tengo que aguantarme. Ahora que Roberto va a entrar a la universidad y que Ramón pasa a segundo de arquitectura, necesitamos más lana... y Luisa ya va a cumplir sus quince años... ¡No! ¡No puedo salirme! No debo... ¡Que digan lo que quieran y que se vayan al demonio! Y Adolfo seguía inexorable.