Vidas Ejemplares: Beethoven—Miguel Ángel—Tolstoi
Part 9
[121] Con frecuencia en sus cartas se llama “melancólico y loco”, “viejo y loco”, “loco y malvado”. Por lo demás, se defiende de esta locura que se le reprocha, alegando que nunca ha hecho daño más que a sí mismo.
[122] _Poesías_, XLII.
[123]
_Ché degli amanti è men felice stato Quello, ove ’l gran desir gran copia affrena, C’una miseria di speranza piena._
“Es menor felicidad para el que ama, la plenitud del goce que extingue el deseo, que la miseria llena de esperanza”. (_Soneto_ CIX, 48).
[124] “Todo me entristece, escribía... El bien mismo, a causa de su duración demasiado corta, aflije y oprime mi alma tanto como el mal”.
[125] _Poesías_, LXXXI.
[126] _Poesías_, LXXIV.
[127] Deben recordarse los años que pasó en las canteras de Seravezza, para la fachada de San Lorenzo.
[128] Por ejemplo, aceptó el encargo del _Cristo_ de la Minerva en 1514, y en 1518 exclamaba desolado por no haber podido ni empezar: “muero de dolor... me parece que soy un ladrón”. Lo mismo por lo que se refiere a la Capilla Piccolomini, de Siena, para la cual había firmado un contrato, en 1501, estipulando que entregaría la obra en tres años. Sesenta años más tarde, en 1561, todavía se atormentaba por el compromiso no cumplido.
[129] “_Facte paura a ognuno insino a’ papi_”, le escribía Sebastián del Piombo, el 27 de octubre de 1520.
[130] Conversación con Vasari.
[131] Así en 1534, cuando quiere huir de Pablo III y acaba por dejarse encadenar a la tarea.
[132] Por ejemplo, la carta humillante del Cardenal Julio de Médicis, el futuro Clemente VII, del 2 de febrero de 1518, sospechando que Miguel Ángel se hubiera dejado comprar por los Carraras. Miguel Ángel se inclina, acepta y escribe “que sólo le importa en el mundo complacerlo”.
[133] Véanse sus cartas y las que hizo que Sebastián del Piombo le escribiera después de la toma de Florencia. Se inquieta por su salud, por sus sufrimientos. En 1531 publica un breve para defenderlo contra las impertinencias de los que abusaban de su complacencia.
[134] Compárese la humilde carta de Miguel Ángel a Febo en diciembre de 1533, con la respuesta de Febo en enero de 1534, pedigüeña y vulgar.
[135] “...Si yo no poseo el arte de navegar sobre el océano de vuestro poderoso genio, éste me excusará y no me despreciará, porque no puedo compararme a él. Quien es único en todo no puede nunca ser igualado”. (Miguel Ángel a Tommaso de Cavalieri, 1.º de enero de 1533).
[136] “Hasta ahora me he cuidado de hablar con los desterrados y de tener trato con ellos y me cuidaré todavía más en lo futuro. No hablo con nadie; especialmente, no hablo con los florentinos. Si se me saluda en la calle tengo que responder amistosamente, pero no me detengo. Si yo supiera quiénes son los desterrados florentinos, no respondería de ninguna manera”. (Carta de Roma, en 1548, a su sobrino Lionardo, quien lo ha advertido de que en Florencia se le acusa de tener relaciones con los desterrados, contra los cuales Cosme II acababa de promulgar un edicto muy severo).
Hace más todavía. Reniega de la hospitalidad que recibió estando enfermo, en la casa de los Strozzi:
“En cuanto al reproche que se me hace de haber sido recibido y cuidado, durante mi enfermedad, en la casa de los Strozzi, considero que no estaba en su casa, sino en el cuarto de Luis del Riccio, quien me era muy adicto”.(Luis del Riccio estaba al servicio de los Strozzi). Hay tan pocas dudas de que Miguel Ángel hubiera sido huésped de los Strozzi y no de Riccio, que él mismo, dos años antes, había enviado los _Dos Esclavos_ (ahora en el Louvre) a Roberto Strozzi, para darle las gracias por su hospitalidad.
[137] En 1531, después de la toma de Florencia, después de su sumisión a Clemente VII y de sus cortejos a Valori.
[138] _Poesías_, XLIX. Probablemente por el año de 1532.
[139] _Ibid._, VI. Entre 1504 y 1511.
[140]
_Né tem’or più cangiar vita né voglia, Che quasi senza invidia non lo scrivo... L’ore distinte a voi non fanno forza, Caso o necessità non vi conduce..._
(_Poesías_, LVIII. Sobre la muerte de su padre; 1534).
[141] _Ibid._, CXXXV.
[142] La descripción que sigue se inspira en diversos retratos de Miguel Ángel: principalmente en el de Jacobo del Conte (1544-1545) que está en los Uffizi, y del cual Marcelo Venusti hizo una copia atenuada (Museo del Capitolio); en el grabado de Francisco de Holanda, que data de 1538-1539; en el de Julio Bonasoni que es de 1546, y en la descripción de Condivi, hecha en 1553. Su discípulo y amigo Daniel de Volterra hizo después de su muerte varios bustos de él. Leone Leoni grabó en 1561 una medalla con su efigie.
[143] Así lo vieron todavía los que mandaron abrir su ataúd en 1564, cuando fué llevado su cuerpo de Roma a Florencia. Parecía dormido, con su sombrero de fieltro en la cabeza y en los pies sus botas con espuelas.
[144] Condivi. El retrato de Venusti los representa bastante grandes.
[145] Hacia 1490-1492.
[146]
_L’affectuosa fantasia, che l’arte mi fece idol’e monarca..._
“La fantasía apasionada que me hizo del arte un ídolo y un monarca”.
(_Poesías_, CXLVII. Entre 1555 y 1556).
[147] Se llamaba a sí mismo _escultor_ y no _pintor_. “Ahora, escribe el 10 de marzo de 1508, yo, Miguel Ángel, _escultor_, he comenzado las pinturas de la Capilla (Sixtina)”. “Ése no es mi oficio, escribía un año después... pierdo mi tiempo sin utilidad”. (27 de enero de 1509).
Nunca cambió de opinión sobre este punto.
[148] _Poesías_, CXLVII.
[149] Dante. _Paraíso_, XXIX, 91.
LA LUCHA
[Ilustración]
I LA FUERZA
_Davide cholla fromba e io choll’archo._
Miguel Ángel[150].
Nació el 6 de marzo de 1475 en Caprese, en el Casentino. País áspero, “aire fino”,[151] rocas y bosques de hayas dominando el espinazo del Apenino huesoso. No muy lejos Francisco de Asís vió aparecer al Crucificado sobre el Monte Alvernia.
El padre[152], podestá de Caprese y Chiusi, era un hombre violento, inquieto, “temeroso de Dios”. La madre,[153] murió cuando Miguel Ángel tenía seis años[154]. Fueron cinco hermanos: Lionardo, Miguel Ángel, Buonarroto, Giovan Simone y Sigismondo[155]. Miguel Ángel fué enviado a la casa de su nodriza, la mujer de un tallador de piedras de Settignano; y más tarde, bromeando, atribuía a esta leche su vocación de escultor. Lo mandaron a la escuela y no se ocupó en ella más que de dibujo. “Fué mal visto por esta causa y a menudo cruelmente golpeado por su padre y los hermanos de su padre, que tenían odio para la profesión de artista y consideraban como una vergüenza tener un artista en casa”[156]. Así aprendió a conocer desde niño la brutalidad de la vida y la soledad del espíritu.
Su obstinación venció a su padre. A los trece años entró como aprendiz en el taller de Domenico Ghirlandajo, el más grande, el más sano de los pintores florentinos. Sus primeros trabajos tuvieron tanto éxito que según se dice, el maestro sintió celos del alumno[157]. Se separaron al cabo de un año.
La pintura lo había disgustado. Aspiraba a un arte más heroico. Pasó a la escuela de escultura que Lorenzo de Médicis sostenía en los jardines de San Marcos[158]. El príncipe se interesó por él; lo alojó en el Palacio y lo admitió en la mesa de sus hijos; el niño se encontró en el corazón del Renacimiento italiano, en medio de colecciones antiguas, en la atmósfera poética y erudita de los grandes Platónicos: Marsilio Ficino, Benivieni, Ángel Policiano. Miguel Ángel se exaltó con estos espíritus; viviendo en un mundo antiguo se hizo un alma antigua; fué un escultor griego. Guiado por Policiano, “quien lo quería mucho”, esculpió _El Combate de los Centauros y los Lapitas_[159].
Este bajo relieve orgulloso, donde imperan únicamente la fuerza y la belleza impasibles, refleja el alma atlética del adolescente y sus juegos salvajes con sus rudos compañeros.
Iba a la Iglesia del Carmine a dibujar los frescos de Masaccio, con Lorenzo di Credi, Bugiardini, Granacci y Torrigiano dei Torrigiani. Se burlaba de sus camaradas menos hábiles que él. Un día atacó al vanidoso Torrigiani; éste le aplastó la cara de un puñetazo y, más tarde, se alababa de ello contando a Benvenuto Cellini: “Cerré el puño y le di un golpe tan violento en la nariz que sentí los huesos y los cartílagos aplastarse como una oblea. Así lo dejé señalado para toda su vida”[160].
* * * * *
El paganismo no había extinguido la fe cristiana de Miguel Ángel. Los dos mundos enemigos se disputaban su alma.
En 1490 el monje Savonarola comenzó sus inflamadas predicaciones sobre el Apocalipsis. Tenía treinta y siete años y Miguel Ángel quince. Vió al pequeño y endeble predicador devorado por el Espíritu de Dios; se sintió helado de espanto por la voz terrible que desde el púlpito del _Duomo_ lanzaba rayos sobre el Papa y suspendía sobre Italia la espada sangrienta de Dios; Florencia temblaba; la gente corría por las calles llorando y gritando como enloquecida; los más ricos ciudadanos, Ruccellai, Salviati, Albizzi, Strozzi, pedían ingresar en las órdenes monásticas; los sabios, los filósofos, hasta Policiano y Pico de la Mirandola, abdicaban de su razón[161]. El hermano mayor de Miguel Ángel, Lionardo, se hizo dominico[162].
Miguel Ángel no se escapó del contagio del espanto. Cuando se aproximó aquél a quien el Profeta había anunciado, el nuevo Ciro, la espada de Dios, el pequeño monstruo deforme--Carlos VIII, Rey de Francia--fué presa del pánico. Un sueño lo enloqueció.
Un amigo suyo, Cardiere, poeta y músico, vió que se le aparecía una noche la sombra de Lorenzo de Médicis, vestido de harapos, de duelo, semidesnudo; el muerto le ordenó previniese a su hijo Pedro que iba a ser arrojado de su patria y que no retornaría nunca a ella[163]; contó su visión a Miguel Ángel y éste lo convenció para que se la comunicara al Príncipe; pero Cardiere, que tenía miedo a Pedro, no se atrevió. Pocos días después, volvió una mañana a buscar a Miguel Ángel y le dijo, lleno de espanto, que el muerto se le había aparecido de nuevo, con el mismo vestido; y como Cardiere, acostado, lo mirara fijamente en silencio, el fantasma lo abofeteó para castigarlo por no haber obedecido. Miguel Ángel hizo violentos reproches a Cardiere y le obligó a que fuera inmediatamente a pie a la Villa de los Médicis, Careggi, cerca de Florencia. A la mitad del camino, Cardiere encontró a Pedro, lo detuvo e hizo su narración. Pedro se rió estrepitosamente y mandó a sus escuderos que lo apalearan. El Canciller del Príncipe, Bibbiena, le dijo: “Tú estás loco, ¿a quién crees que Lorenzo quiera más, a su hijo o a ti? Si hubiera querido aparecerse lo habría hecho a él y no a ti”. Cardiere, humillado y escarnecido, se volvió a Florencia; hizo saber a Miguel Ángel el fracaso de su intento y lo convenció tan bien de las desgracias que debían caer sobre Florencia, que Miguel Ángel huyó dos días después[164].
Éste fué el primer acceso de los terrores supersticiosos que se reprodujeron más de una vez durante su vida y que se apoderaban de él a pesar de su propia vergüenza.
* * * * *
Huyó hasta Venecia.
Apenas salió de la hornaza de Florencia su sobre-excitación se extinguió. De vuelta en Bolonia, donde pasó el invierno, olvidó totalmente al Profeta y sus profecías[165].
Vuelve a sentir la belleza del mundo; lee a Petrarca, a Bocaccio y a Dante; regresa a Florencia, en la primavera de 1495, durante las fiestas religiosas del Carnaval y las luchas rabiosas de los partidos. Pero esta vez se mantiene tan alejado de las pasiones que en torno suyo se devoran que, a manera de desafío al fanatismo de los savonarolistas, esculpe su famoso _Cupido Dormido_, que sus contemporáneos tomaron por una obra antigua. No permanece más que algunos meses en Florencia; parte para Roma, y, hasta la muerte de Savonarola, es el más pagano de los artistas. Esculpe el _Baco ebrio_, el _Adonis moribundo_ y el _Cupido_ grande el mismo año en que Savonarola hace quemar “las Vanidades y los Anatemas”, libros, adornos, obras de arte[166]. Su hermano, el monje Lionardo, sufre persecuciones por su fe en el Profeta. Los peligros se acumulan sobre la cabeza de Savonarola; Miguel Ángel no vuelve a Florencia para defenderlo. Savonarola fué quemado y Miguel Ángel permaneció en silencio[167]. No se halla ninguna huella de este suceso en ninguna de sus cartas.
Miguel Ángel calla, pero esculpe la _Piedad_: Sobre las rodillas de la Virgen inmortalmente joven, el Cristo muerto está recostado y parece dormir. La severidad del Olimpo flota sobre los rasgos de la diosa pura y del Dios del Calvario; mas hay también una indecible melancolía, que baña estos cuerpos hermosos. La tristeza ha tomado posesión del alma de Miguel Ángel[168].
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Y no era únicamente el espectáculo de las miserias y de los crímenes lo que iba a ensombrecerlo. Una fuerza tiránica había entrado en él para no soltarlo ya. Era presa de un furor de genio que ya no le permitió respirar hasta su muerte. Sin ilusiones en la victoria, había jurado vencer para gloria suya y de sus gentes. Toda la carga de su familia pesaba sobre él solo. Lo asediaban con peticiones de dinero. No lo tenía, pero cifraba su orgullo en no rehusarlo jamás; se hubiera vendido él mismo para mandar a los suyos el dinero que reclamaban. Su salud comenzaba a perjudicarse; la mala alimentación, el frío, la humedad, el exceso de trabajo comenzaba a arruinarla, sufría de la cabeza y tenía hinchado un costado[169]. Su padre le reprochaba su manera de vivir, sin creerse él mismo responsable.
“Todas las penas que he sufrido, las he sufrido por usted”, le escribía más tarde Miguel Ángel[170]...
“Todas mis preocupaciones, todas, las tengo por mi amor para usted”[171].
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En la primavera de 1501 volvió a Florencia.
Cuarenta años antes se había confiado a Agostino di Duccio un bloque gigantesco de mármol para esculpir en él la figura de un profeta, para la _Obra de la Catedral_ (_Opera del Duomo_). El trabajo, apenas esbozado, se había quedado interrumpido. Nadie se atrevía a continuarlo. Miguel Ángel se encargó de ello, y de esta roca de mármol hizo surgir el _David_ colosal[172].
Se cuenta que el gonfaloniero Pier Soderini fué a ver la estatua que había encargado a Miguel Ángel y le hizo algunas observaciones para exhibir su buen gusto. Criticó lo grueso de la nariz. Miguel Ángel se subió sobre el andamiaje, tomó un cincel y un poco de polvo de mármol y, moviendo ligeramente el cincel, hizo caer poco a poco el polvo; pero se cuidó muy bien de tocar la nariz y la dejó como estaba. Después, volviéndose hacia el gonfaloniero, le dijo:
--Mirad ahora.
--Ahora, dijo Soderini, me gusta mucho más. Le habéis dado vida.
Entonces Miguel Ángel bajó y se rió silenciosamente[173]. Este mismo desprecio silencioso parece adivinarse en la obra. Es la fuerza tumultuosa en reposo. Está llena de desdén y de melancolía. Se ahoga entre las paredes de un museo. Necesita el aire libre, “la luz sobre el lugar de su colocación”, como decía Miguel Ángel[174].
El 25 de enero de 1504 una comisión de artistas de la cual formaban parte Filippino Lippi, Botticelli, Perugino y Leonardo de Vinci, deliberaron sobre el sitio en que se debía colocar el _David_. A petición de Miguel Ángel decidieron instalarlo frente al Palacio de la Señoría[175]. El transporte de esta masa enorme fué confiado a los arquitectos de la Catedral. El 14 de mayo por la tarde se hizo salir del cobertizo de tablas donde estaba instalado al coloso de mármol, demoliendo la pared arriba de la puerta. En la noche, gente del pueblo arrojó piedras contra el _David_, con intenciones de romperlo. Hubo necesidad de vigilarlo. La estatua avanzaba lentamente, ligada, derecha y suspendida de tal manera que se balanceaba libremente sin chocar con el suelo. Se necesitaron cuatro días para llevarla del _Duomo_ al Palacio Viejo. El 18, al medio día, llegó al sitio designado. Se continuó la vigilancia alrededor de la estatua por las noches, pero a pesar de todas las precauciones, una tarde fué lapidada[176].
Así era ese pueblo florentino que algunas veces se presenta al nuestro como modelo[177].
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En 1504 la Señoría de Florencia puso frente a frente a Miguel Ángel y a Leonardo de Vinci.
No se amaban estos dos hombres. Su soledad común hubiera debido aproximarlos. Si se sentían alejados del resto de los hombres, lo estaban más todavía el uno del otro. El más aislado de los dos era Leonardo. Tenía 52 años, 20 más que Miguel Ángel. Desde la edad de 30 años había salido de Florencia, cuyas ásperas pasiones eran intolerables para su naturaleza delicada, un poco tímida, y su inteligencia serena y escéptica, abierta para todo y que todo comprendía. Este gran _dilettante_, este hombre absolutamente libre y absolutamente solo, estaba tan desligado de la patria, de la religión, del mundo entero, que no se hallaba bien más que cerca de los tiranos, libres de espíritu como él. Obligado a salir de Milán en 1499, por la caída de su protector Ludovico el Moro, había entrado al servicio de César Borgia en 1502; y el fin de la carrera política del Príncipe, en 1503, lo hizo volver a Florencia. Allí, su sonrisa irónica se encontró en presencia del sombrío y febril Miguel Ángel y lo exasperó. Miguel Ángel, íntegro en sus pasiones y en su fe, odiaba a los enemigos de sus pasiones y de su fe, pero odiaba mucho más a los que no tenían nada de pasión ni eran de ninguna fe. Mientras más grande era Leonardo, más aversión sentía Miguel Ángel por él y no desperdiciaba ocasión de manifestársela.
Leonardo era un hombre de bella figura, de modales atractivos y distinguidos. Vagaba un día con un amigo por las calles de Florencia; vestía una túnica rosa que le caía hasta las rodillas; sobre su pecho flotaba su barba bien peinada en bucles y arreglada con arte. Cerca de Santa Trinidad conversaban algunos burgueses; discutían unos versos del Dante. Llamaron a Leonardo y le pidieron que les explicara el sentido de dichos versos. Miguel Ángel pasaba en aquellos instantes. Leonardo dijo: “Miguel Ángel explicará los versos de que habláis”. Miguel Ángel, creyendo que quería burlarse, replicó amargamente: “Explícalos tú mismo, tú que has hecho el modelo de un caballo de bronce[178], y que no fuiste capaz de fundirlo, sino que para vergüenza tuya te detuviste en el camino”. Después de lo cual volvió la espalda al grupo y continuó su paseo. Leonardo se quedó allí mismo y enrojeció: y Miguel Ángel, no satisfecho todavía y ardiendo en deseos de ofenderlo, gritó: “¡Y esos tales de milaneses que te creían capaz de semejante obra!”[179].
Así eran los dos hombres que el gonfaloniero Soderini puso en competencia en una obra común: la decoración de la Sala del Consejo en el Palacio de la Señoría. Fué un combate singular entre las dos más grandes fuerzas del Renacimiento. En mayo de 1504 Leonardo comenzó el cartón de la _Batalla de Anghiari_[180]. En agosto de 1504, Miguel Ángel recibió el encargo de pintar la _Batalla de Cascine_[181]. Florencia se dividió en dos bandos, por el uno y el otro. El tiempo ha igualado todo y las dos obras han desaparecido[182].
* * * * *
En marzo de 1505, Miguel Ángel fué llamado a Roma por Julio II. Entonces comenzó el período heroico de su vida.
Los dos violentos y grandiosos, el Papa y el artista, estaban hechos para entenderse, cuando no chocaban el uno contra el otro con furor. Sus cerebros hervían con proyectos gigantescos. Julio II quería mandarse construir una tumba digna de la Roma antigua. Miguel Ángel se inflamó con esta idea de orgullo imperial y concibió un proyecto babilónico, una montaña de arquitectura, con más de cuarenta estatuas de dimensiones colosales. El Papa, entusiasmado, lo envió a Carrara para hacer tallar en las canteras todo el mármol necesario. Miguel Ángel permaneció más de ocho meses en las montañas, presa de una exaltación sobrehumana. “Un día que viajaba por la región a caballo, vió un monte que dominaba la costa; lo asaltó el deseo de esculpirlo todo entero, de transformarlo en un coloso visible desde lejos para los navegantes. Y lo habría hecho si hubiera tenido tiempo y si se lo hubieran permitido”[183].
En diciembre de 1505 volvió a Roma, donde comenzaron a llegar por mar los bloques de mármol que había escogido.
Fueron transportados a la plaza de San Pedro, a espaldas de Santa Catarina, donde habitaba Miguel Ángel. “La masa de piedras era tan grande que provocaba el estupor de las gentes y la alegría del Papa”.
Miguel Ángel se puso a trabajar. El Papa, en su impaciencia, iba a verlo sin cesar y “lo trataba tan familiarmente como si hubiera sido su hermano”. Para ir más cómodamente hizo construir un puente levadizo que le aseguraba un paso secreto, del corredor del Vaticano a la casa de Miguel Ángel.
Pero este favor no duró. El carácter de Julio II, no era menos trepidante que el de Miguel Ángel. Se apasionaba sucesivamente por los proyectos más diversos. Le pareció más a propósito otro plan para eternizar su gloria; quiso reedificar la Catedral de San Pedro. Para ello lo impulsaban los enemigos de Miguel Ángel que eran muchos y poderosos; encabezados por un hombre de genio igual al de Miguel Ángel y de una voluntad más fuerte: Bramante de Urbino, arquitecto del Papa y amigo de Rafael. No podía existir simpatía entre la razón soberana de los dos grandes hijos de la Umbría y el genio salvaje del florentino; pero si se decidieron a combatirlo, fué sin duda porque él los había provocado[184]. Miguel Ángel criticaba imprudentemente a Bramante, y con razón o sin ella, lo acusaba de malversaciones en sus trabajos[185]. Bramante decidió inmediatamente arruinarlo.
Lo privó del favor del Papa. Se aprovechó de las supersticiones de Julio II, recordándole la creencia popular según la cual es mal presagio mandarse construir en vida su propia tumba. Logró que ya no se interesara por los proyectos de su rival, substituyéndolos con los suyos. En enero de 1506, Julio II se decidió a reconstruir San Pedro; la tumba fué abandonada; Miguel Ángel se encontró no solamente humillado, sino con deudas por los gastos que había hecho para la obra[186]. Se quejó amargamente. El Papa le cerró sus puertas y como él volviera a la carga, Julio II lo mandó arrojar del Vaticano por uno de sus palafreneros.
Un obispo de Lucques, que presenciaba la escena, dijo al palafrenero:
--Pero ¿no lo conoces?
El palafrenero, dijo a Miguel Ángel:
--Perdonadme, señor, pero he recibido esta orden y tengo que ejecutarla.
Miguel Ángel volvió a su casa y escribió al Papa: “Santo Padre, he sido arrojado del Palacio esta mañana por orden de Vuestra Santidad. Os hago saber que desde hoy, si tenéis necesidad de mí, podéis mandarme buscar en todas partes menos en Roma”.
Envió la carta, llamó a un mercader y a un tallador de piedras que se alojaban en su casa, y les dijo:
“Buscad un judío, vended todo lo que hay en mi casa y venid a Florencia”.
Después montó a caballo y partió[187]. Cuando el Papa recibió la carta, despachó a cinco jinetes, que lo alcanzaron cerca de las once de la noche, en Poggibonsi, y le entregaron la orden siguiente: “Inmediatamente que recibas esta orden volverás a Roma, bajo pena de incurrir en nuestra desgracia”. Miguel Ángel replicó que volvería cuando el Papa cumpliera sus compromisos, porque si no, Julio II no debía esperar volver a verlo jamás[188].
Dirigió al Papa este soneto:[189].