Vidas Ejemplares: Beethoven—Miguel Ángel—Tolstoi
Part 8
Con seguridad no era afectuoso para sus compatriotas. Su genio de anchos pulmones, hecho para el aire libre, despreciaba el arte de cenáculos, el estilo amanerado, el realismo vulgar, el sentimentalismo, la mórbida sutileza. Los trataba rudamente, pero los amaba; no tenía para su patria la indiferencia sonriente de Leonardo.
Lejos de Florencia, lo devoraba la nostalgia[103]. Toda su vida agotó sus esfuerzos en vano para vivir en Florencia. Estuvo con Florencia en las horas trágicas de la guerra, y quiso “volver aunque fuera muerto, ya que no había podido vivo”[104].
Como viejo florentino estaba orgulloso de su sangre y de su raza, más que de su mismo genio[105]. No permitía que se le considerase como a un artista:
“Yo no soy el escultor Michelagniolo, soy Michelagniolo Buonarroti”[106].
Espíritu aristocrático, tenía todos los prejuicios de casta y aun llegaba a decir que “el arte debería ser ejercido por los nobles y no por los plebeyos”[107].
Tenía de la familia un concepto religioso, antiguo, casi bárbaro; le sacrificaba todo, y quería que los demás hicieran lo mismo. Habríase, decía, “vendido por ella como esclavo”[108]. El afecto intervenía muy poco en ello.
En 1515, con motivo del viaje de León X a Florencia, Buonarroto, hermano de Miguel Ángel, fué nombrado _comes palatinus_ y los Buonarroti recibieron el privilegio de poner en sus armas la palla de los Médicis con tres flores de lis y la cifra del Papa.
Despreciaba a sus hermanos, que bien lo merecían. Despreciaba a su sobrino, heredero suyo. Pero en éste, en ellos, respetaba a los representantes de su raza. Esta palabra aparece sin cesar en sus cartas: “...nuestra raza, _la nostra gente_... sostener nuestra raza... que nuestra raza no muera...”.
Tuvo todas las supersticiones, todos los fanatismos de esta raza dura y fuerte, que fué la arcilla de que se formó su ser. Pero de esta arcilla surgió el fuego que todo lo purifica: el genio.
* * * * *
Quien no crea en el genio, quien no sepa qué es, que mire a Miguel Ángel. Ningún hombre ha sido dominado por el genio como él. Este genio no parecía que fuera de su misma naturaleza. Era un conquistador que se había arrojado sobre él y lo tenía sujeto. Su voluntad no intervenía allí para nada, y, casi se podría decir, tampoco su espíritu ni su corazón. Era una exaltación frenética, una vida formidable en un cuerpo y una alma demasiado débiles para contenerla. Vivía en un furor continuo. El sufrimiento de este exceso de fuerza lo llenaba y lo hacía trabajar, obrar sin descanso, sin una hora de reposo.
“Me agoto trabajando, como ningún hombre lo ha hecho nunca, escribía; no pienso más que en trabajar día y noche”.
Esta necesidad de actividad enfermiza no solamente lo hacía acumular las tareas y aceptar más trabajo del que podía ejecutar: degeneraba en manía; quería esculpir montañas. Si tenía que construir un monumento, perdía años enteros en las canteras, escogiendo los bloques y construyendo caminos para el transporte; quería ser todo: ingeniero, obrero, tallador de piedras; quería hacerlo todo por sí mismo, elevar palacios e iglesias él solo. Era una vida de forzado. No se concedía ni el tiempo necesario para comer y dormir. A cada instante, en sus cartas, aparece esta repetición lamentable:
“Apenas tengo tiempo para comer... No tengo tiempo ni para comer... desde hace doce años la fatiga aniquila mi cuerpo, carezco de lo indispensable... No tengo ni un centavo, estoy desnudo, sufro penas innumerables... Vivo entre penas y miseria... lucho con la miseria...”[109].
Esta miseria era imaginaria. Miguel Ángel era rico, se hizo rico, muy rico[110]. ¿Pero de qué le servía serlo? Vivía como pobre uncido a su tarea, como un caballo de molino. Nadie podía comprender por qué se torturaba así; nadie podía comprender que no estaba en su poder dejar de torturarse, que esto era una necesidad para él. Su mismo padre, que se le parecía en muchos rasgos, se lo reprochaba:
“Tu hermano me ha dicho que vives con gran economía, y hasta de una manera miserable: La economía es buena, pero la miseria es mala; es un vicio que disgusta a Dios y a los hombres, y que perjudicará tu alma y tu cuerpo. Mientras seas joven, podrá pasar; pero cuando no lo seas, las enfermedades y los achaques que haya producido esta vida mala y miserable, saldrán todos a luz. Evita la miseria, vive con moderación, cuida de que no te falte lo necesario, guárdate del exceso de trabajo...”[111].
Pero ningún consejo pudo nada. Nunca consintió en tratarse de una manera más humana. Se alimentaba con un poco de pan y de vino; dormía algunas horas apenas. Cuando estaba en Bolonia, trabajando en la estatua de bronce de Julio II, no tenía más que un lecho para él y sus tres ayudantes[112]. Se acostaba vestido y con las las botas puestas. Una vez se le hincharon las piernas, hubo que cortar las botas, y al quitárselas se le arrancaba la piel de las piernas.
Esta higiene espantosa hizo que constantemente estuviera enfermo como su padre se lo había advertido. Se descubren en sus cartas indicios de catorce o quince enfermedades graves[113]. Tenía calenturas, que lo pusieron más de una vez al borde del sepulcro. Sufría de los ojos, de los dientes, de la cabeza y del corazón[114]. Lo roían las neuralgias, sobre todo cuando dormía; el sueño era para él un sufrimiento. Desde muy temprano fué un viejo. A los cuarenta y dos años, se sentía decrépito[115]. A los cuarenta y ocho años, escribe que si trabaja un día tiene que descansar cuatro[116]. Rehusaba obstinadamente dejarse atender por ningún médico.
Todavía más que su cuerpo, su espíritu sufre las consecuencias de esta vida de trabajo de forzado. El pesimismo lo minaba. Era en él un mal hereditario. En su juventud se fatigaba tranquilizando a su padre, quien parece haber tenido a veces accesos de delirio de persecución[117]. Pero estaba él mismo más enfermo que aquél a quien pretendía tranquilizar. Esta actividad sin tregua, esta fatiga aplastante, sin descanso, lo entregaban indefenso a todas las aberraciones de su espíritu, que temblaba con toda clase de sospechas. Desconfiaba de sus enemigos. Desconfiaba de sus amigos[118]. Desconfiaba de sus padres, de sus hermanos, de su hijo adoptivo, porque tenía sospechas de que esperaban con impaciencia su muerte.
Todo le inquietaba[119]; su propia gente se burlaba de su eterna inquietud[120]. Vivía como él mismo dice “en un estado de melancolía o más bien de locura”[121]. A fuerza de sufrir había acabado por encontrar una especie de gusto en el sufrimiento, una amarga alegría:
“Y más me gusta lo que más me daña”. _E più mi giova dove più mi nuoce_[122].
Todo se había hecho para él un motivo de sufrimiento. Hasta el amor[123], hasta el bien[124].
“Mi alegría es la melancolía”. _La mia allegrez’ è la maninconia_[125].
Nadie fué menos hecho para la alegría y mejor conformado para el dolor. El dolor era lo único que veía, lo único que sentía en el inmenso universo. Todo el pesimismo del mundo se resume en este grito de desesperación, de una injusticia sublime:
“Mil placeres no valen un tormento”. _Mille piacer non vaglion un tormento_[126].
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“Su energía devoradora, dice Condivi, lo separó casi completamente de toda sociedad humana”.
Vivió solo. Odió y fué odiado. Amó y no fué amado. Se le admiraba y se le temía. Al fin, llegó a inspirar un respeto religioso y a dominar a su siglo. Entonces se apacigua un poco. Ve a los hombres desde arriba y los hombres lo ven desde abajo. Mas nunca es uno de ellos; nunca alcanza el reposo, la dulzura que se concede al más humilde de los seres, de poder durante un minuto de su vida adormecerse en el afecto de otra persona, formar con dos almas distintas una sola personalidad. No le fué concedido el amor de una mujer; en este cielo desierto luce únicamente, por un instante, la estrella fría y pura de la amistad de Vittoria Colonna. En torno suyo es la noche que surcan los meteoros ardientes de sus pensamientos, sus deseos y sus sueños delirantes. Beethoven no conoció nunca una noche semejante. Es que esta noche estaba en el corazón mismo de Miguel Ángel. Beethoven triste por culpa del mundo, pero alegre por naturaleza, aspiraba a la alegría. Miguel Ángel tenía en sí mismo la tristeza que causa miedo a los hombres y de la cual todos huyen por instinto. Hacía el vacío a su alrededor.
Y esto no era nada todavía. Lo peor no era estar solo: lo peor era estar solo consigo mismo y no poder vivir en esta compañía; no ser dueño de sí mismo, renegarse, combatirse y destruirse a sí mismo. Su genio estaba ligado con un alma que lo traicionaba. Se habla algunas veces de la fatalidad que se encarnizó en contra suya y le impidió realizar sus grandes designios. Esta fatalidad fué él mismo. Lo que explica toda la tragedia de su vida, la llave de su infortunio--lo que se ha visto menos, o menos se ha tenido el valor de ver--es su falta de voluntad y su debilidad de carácter.
Era indeciso en arte, en política, en todas sus acciones y en todos sus pensamientos. Entre dos obras, dos proyectos o dos partidos, no podía decidirse a escoger, como lo demuestra la historia del monumento de Julio II, de la fachada de San Lorenzo, de los sepulcros de los Médicis. Comenzaba y no llegaba al fin. Quería y no quería. Apenas había hecho la elección comenzaba a dudar. Se extinguía su vida y él no terminaba nada. Todo le disgustaba. Se pretende que sus trabajos eran para él una imposición y se hace recaer sobre sus amos la responsabilidad de esta fluctuación perpetua de un proyecto a otro, sin considerar que sus amos no hubieran tenido ningún medio de imponerse si él se hubiera resistido. Pero no se atrevía.
Era débil. Era débil de todos modos, por virtud y por timidez. Era débil por conciencia. Se atormentaba con mil escrúpulos que una naturaleza más enérgica hubiera rechazado. Se creía obligado, por un sentimiento exagerado de su responsabilidad, a cumplir trabajes mediocres, que cualquier contramaestre hubiera hecho mejor en lugar suyo[127]. No sabía ni cumplir sus compromisos ni olvidarlos[128].
Era débil por prudencia y por temor. El mismo hombre a quien Julio II llamaba el terrible--_terribile_--era calificado por Vasari de prudente, demasiado prudente; y el que inspiraba miedo a todos, hasta a los Papas, tenía miedo de todos[129]. Era débil con los Príncipes. Y sin embargo nadie despreciaba tanto como él a los que eran débiles con ellos, “los asnos de albarda de los Príncipes”, como él mismo los llamaba[130]. Quería huir de los Papas, pero se quedaba y obedecía[131]. Toleraba las cartas injuriosas de sus amos y les respondía humildemente[132]. Se sublevaba por instantes, hablaba orgullosamente, pero siempre cedía; hasta su muerte se debatió, sin fuerza para luchar. Clemente VII, que contra la opinión corriente, fué de todos los papas el que tuvo más bondades para con él conocía sus debilidades y lo compadecía[133].
Perdía toda dignidad en asuntos de amor. Se humillaba ante pícaros como Febo di Poggio[134]. Trataba de “poderoso genio” a un ser amable, pero mediocre, como Tommaso de Cavalieri[135].
El amor hace cuando menos que sus debilidades sean conmovedoras. No son más que tristemente dolorosas: no es posible atreverse a decir vergonzosas, cuando el miedo es lo que las causa. Sufre bruscamente terrores pánicos. Entonces huye de un extremo a otro de Italia, perseguido por el miedo. Huye de Florencia, en 1494, aterrorizado por una visión. Huye de Florencia, en 1529, de Florencia, que estaba sitiada y a la cual estaba encargado de defender. Huye hasta Venecia. Está próximo a huir hasta Francia. Se avergüenza en seguida de tal extravío, y lo repara volviendo a la ciudad sitiada, donde cumple su deber hasta el fin del asedio. Pero después de la toma de Florencia, cuando comienzan las proscripciones, vuelve a sentirse débil y a temblar; llega hasta cortejar a Valori, el proscriptor, el que acababa de hacer morir a su amigo, el noble Battista della Palla; llega hasta renegar de sus amigos los desterrados florentinos[136].
Tiene miedo. Se avergüenza mortalmente de su miedo. Se desprecia. Cae enfermo, disgustado de sí mismo, quiere morir. Se cree que va a morir[137].
Pero no puede morir. Hay en él una fuerza rabiosa de vida que renace diariamente para sufrir más. ¡Si al menos pudiera desprenderse de la vida activa! Pero eso le está vedado. No puede dejar de obrar. Es preciso que obre. ¿Es realmente un sujeto activo? No, más bien es un sujeto pasivo, arrastrado en el ciclón de sus pasiones furiosas y contradictorias, como un condenado del Dante.
¡Cuánto debió sufrir!
_Oilmè, oilmè, pur riterando Vo’l mio passato tempo e non ritruovo In tutto un giorno che sie stato mio!_[138].
“¡Ay de mí! ¡Ay de mí! En todo mi pasado no encuentro ni un solo día que haya sido mío!”
Dirigía a Dios llamamientos desesperados:
_O Dio, o Dio, o Dio, Chi più di me potessi, che poss’io?_[139].
“¡Oh Dios, oh Dios, oh Dios! ¿quién puede más en mí que yo mismo?”
Si estaba hambriento de morir, era que veía en la muerte el fin de esta esclavitud enloquecedora. ¡Con cuánta envidia habla de los muertos! “Vosotros no teméis ya los cambios del ser y del deseo... El curso de las horas no os inquieta; la necesidad o el azar no os impulsan... Apenas puedo escribirlo sin envidia”[140].
¡Morir! ¡No ser ya nada! ¡No ser ya nadie! ¡Huir de la tiranía de las cosas! ¡Escapar a la alucinación de sí mismo!
“¡Ah! Haced que yo no vuelva más a mí mismo”. _De fate, c’a me stesso più non torni!_[141].
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Escucho este grito trágico como si surgiera del rostro doloroso cuyos ojos inquietos nos miran todavía en el Museo del Capitolio[142].
Era de estatura mediana, ancho de hombros, reciamente construido, musculoso. Deformado su cuerpo por el trabajo, caminaba con la cabeza echada atrás, la espalda hundida y el vientre levantado. Así nos lo muestra un retrato de Francisco de Holanda: de pie, de perfil, vestido de negro; un manto romano sobre los hombros, en la cabeza una montera de tela y sobre ésta un gran sombrero de fieltro negro muy hundido[143]. Tenía el cráneo redondo, la frente cuadrada, levantada encima de los ojos y surcada con arrugas. Los cabellos eran negros, poco abundantes, desordenados y crespos. Los ojos pequeños[144], tristes y fuertes, eran color de cuerno, cambiantes y moteados con manchas amarillas y azulosas. La nariz larga, recta y con caballete, había sido aplastada por el puñetazo de Torrigiani[145]. Se marcaban pliegues profundos de la nariz a la comisura de los labios; la boca era fina; el labio inferior avanzaba un poco. Unas patillas escasas, y una barba de fauno, ganchuda, no muy espesa, de cuatro a cinco pulgadas de largo, encuadraban las mejillas enjutas y de pómulos salientes.
En el conjunto de la fisonomía dominan la tristeza y la incertidumbre. Es una figura del tiempo del Tasso, ansiosa, roída por la duda. Sus ojos conmovedores inspiran y atraen la compasión.
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Y ésta no se le debe regatear. Debemos darle el amor al cual aspiró toda su vida y que le fué rehusado. Conoció las más grandes desgracias que puede sufrir un hombre; vió a su patria sujeta a la servidumbre; vió a Italia entregada por siglos a los bárbaros; vió morir la libertad; vió desaparecer uno tras otro a todos los que amaba; vió extinguirse una tras otra todas las luces del arte.
Se quedó solo, el último en la noche que venía. Y en el dintel de la muerte, cuando miraba hacia atrás, no tuvo el consuelo de decirse que había hecho todo lo que debía y todo lo que hubiera podido hacer. Su vida le pareció perdida, vana, porque había vivido sin alegría: la había sacrificado en vano al ídolo del arte[146].
El trabajo monstruoso al cual él mismo se había condenado durante noventa años de vida, sin un día de reposo, sin un día de verdadera vida, no le había servido para ejecutar uno solo de sus grandes proyectos. Ni una de sus grandes obras, de aquéllas que más le importaban, había sido terminada. Una ironía de la suerte quiso que este escultor[147] no lograra terminar más que las pinturas que hizo a pesar suyo. De sus grandes trabajos, que le habían dado alternativamente tantas esperanzas orgullosas y tantos tormentos, unos, como el cartón de la guerra de Pisa y la estatua de bronce de Julio II, fueron destruidos durante su vida; otros, como la tumba de Julio II y la Capilla de los Médicis, abortaron lastimosamente: caricaturas de su pensamiento.
El escultor Ghiberti, cuenta en sus _Comentarios_, la historia de un pobre orfebre alemán, servidor del Duque de Anjou, “que se podía comparar con los artistas antiguos de Grecia” y que al fin de su vida vió destruir la obra a la cual había consagrado toda su existencia. “Entonces supo que toda su fatiga había sido inútil y, arrodillándose, exclamó: ‘¡Oh Señor, dueño del Cielo y de la Tierra, tú que haces todas las cosas, no me dejes extraviar y seguir a nadie más que a ti; ten piedad de mí!’ E inmediatamente dió todo lo que tenía a los pobres y se retiró a un monasterio y allí murió”. Como el pobre orfebre alemán, Miguel Ángel, al llegar al fin de su existencia, contempló amargamente su vida vivida en vano, sus esfuerzos inútiles, sus obras no terminadas, destruidas, incompletas.
Entonces abdicó. El orgullo del Renacimiento, el magnífico orgullo del alma libre y soberana del universo, se transformó dentro de él en “este amor divino que para acogernos, abre sus brazos en la Cruz”.
_...Volta a quell’amor divino C’aperse a prender noi, ’n croce le braccia_[148].
El grito fecundo de la _Oda a la Alegría_ no llegó a ser lanzado. Hasta su último aliento cantó la Oda al Dolor y a la Muerte liberadora. Fué totalmente vencido.
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Tal fué uno de los vencedores del mundo. Nosotros gozamos con las obras de su genio, lo mismo que gozamos con la conquista de nuestros antepasados, sin pensar en la sangre vertida.
_Non vi si pensa Quanto sangue costa_[149].
Yo he procurado exponer esta sangre a la vista de todos, he querido hacer flotar por encima de nuestras cabezas el estandarte rojo de los héroes.
NOTAS:
[103] “Caigo de vez en cuando en una gran melancolía, como sucede a los que están lejos de su hogar”. (Carta del 19 de agosto de 1497. Roma).
[104] Pensaba en sí mismo cuando hacía decir a su amigo Cecchino dei Bracci, uno de los desterrados florentinos que vivían en Roma: “La muerte me es grata, porque le debo la dicha de volver a mi patria que, viviendo, me estaba prohibida”. (_Poesías_ de Miguel Ángel, edición Carl Frey, LXXIII, 24).
[105] Los Buonarroti Simoni, originarios de Settignano, son mencionados en las crónicas florentinas desde el siglo XII. Miguel Ángel no lo ignoraba; conocía su genealogía. “Somos burgueses de la más noble raza”. (Carta a su sobrino Lionardo, en diciembre 1546).--Le indignaba que su sobrino pensara en ennoblecerse: “Esto no es respetarse; todos saben que somos de la antigua burguesía florentina y tan nobles como el que más”. (Febrero 1549). Trató de rehabilitar a su raza, haciendo que sus gentes volvieran a tomar el antiguo nombre de los Simoni, y fundando en Florencia una casa patricia; pero chocó siempre con la mediocridad de sus hermanos: se avergonzaba al pensar que uno de ellos (Gismondo) era carrero y vivía como campesino. En 1520, el Conde Alejandro de Canossa le escribió que había encontrado en sus archivos de familia, una prueba de que eran parientes. La información era falsa; pero Miguel Ángel la creyó; quiso adquirir el Castillo de Canossa, pretendida cuna de su raza. Su biógrafo Condivi, de acuerdo con sus indicaciones, inscribió entre sus antepasados a Beatriz, hermana de Enrique II, y a la gran Condesa Matilde.
[106] “Nunca he sido, continúa, un pintor, ni un escultor que hace comercio del arte. Yo siempre me he guardado de ello por el honor de mi raza”. (Carta a Lionardo, mayo 2, 1548).
[107] Condivi.
[108] Carta a su padre, el 19 de agosto de 1497. No fué “emancipado” por su padre sino hasta el 13 de marzo de 1508, a los 33 años. (Acta oficial, registrada el 28 de marzo siguiente).
[109] _Cartas_, 1507, 1509, 1512, 1513, 1525, 1547.
[110] Se encontraron después de su muerte, en su casa de Roma, de 7 a 8,000 ducados de oro con un valor de 4 a 500,000 francos de ahora. Además, Vasari dice que ya había dado dos veces a su sobrino 7,000 escudos y 2,000 a su servidor Urbino. Tenía grandes sumas invertidas en Florencia. La _Denunzia de’ beni_ de 1534 muestra que poseía entonces seis casas y siete terrenos en Florencia, Settignano, Rovezzano, Stradello, San Stefano de Pozzolatico, etc. Tenía pasión por la tierra, y compraba constantemente: en 1505, 1506, 1512, 1515, 1517, 1518, 1519, 1520, etc. Era en él una herencia de campesino. Por lo demás, si ahorraba no era para él; gastaba para los otros y se privaba de todo.
[111] Siguen algunos consejos de higiene que demuestran la barbarie del tiempo: “Antes que todo cuida tu cabeza, consérvate moderadamente caliente y no te laves nunca: puedes hacer que te limpien, pero no te laves nunca”. _Cartas_: 19 de diciembre de 1500.
[112] _Cartas_, 1506.
[113] En septiembre de 1517, en la época de la fachada de San Lorenzo y del _Cristo_ de la Minerva, “enfermó de muerte”. En septiembre de 1518, en las canteras de Seravezza, cae enfermo de fatiga y disgustos. Nueva enfermedad en 1520, en la época de la muerte de Rafael. A fines de 1521 un amigo, Lionardo el sillero, lo felicita por haberse curado de una enfermedad “de la que muy pocos escapan”. En junio de 1531, después de la toma de Florencia, ya ni duerme ni come, está enfermo de la cabeza, del corazón; este estado se prolonga hasta el fin del año; sus amigos lo creen perdido; en 1539 cae de sus andamios en la Sixtina y se rompe una pierna. En junio de 1544, tiene una fiebre muy grave; lo cuida en la casa Strozzi, en Florencia, su amigo Luis del Riccio. En diciembre de 1545 y enero de 1546, tiene una peligrosa recaída de esta fiebre, que lo deja muy debilitado; lo cuida otra vez Riccio en la casa de los Strozzi. En marzo de 1549, sufre cruelmente del mal de la piedra. En julio de 1555, lo tortura la gota; en julio de 1559 sufre de nuevo por la piedra y dolores de todo género; está muy debilitado. En agosto de 1561, tiene un ataque, “cae sin conciencia, con movimientos convulsivos”.
[114] “_Febbre, fianchi dolor, morbi occhi e denti_”. _Poesías_, LXXXII.
[115] Julio, 1517. Carta escrita de Carrara a Domenico Buoninsegni.
[116] Julio, 1523. Carta a Bart. Angiolini.
[117] Constantemente en las cartas a su padre: “_No se atormente usted_” (primavera de 1509). “_Me apena que usted viva en semejante angustia, no piense usted en esto, se lo suplico_”. (27 de enero de 1509). “_No se asuste usted, no tenga ni una onza de tristeza_”. (15 de septiembre de 1509).--El viejo Buonarroti parece haber tenido, como su hijo, crisis de terror pánico. En 1521, como se verá más adelante, huyó bruscamente de su propia casa gritando que su hijo lo había arrojado.
[118] “En la dulzura de una perfecta amistad se oculta con frecuencia un agravio al honor y a la vida...”. (_Soneto_ LXXIV, a su amigo Luis del Riccio, que acababa de salvarlo de una enfermedad grave en 1546).--Véase la hermosa carta de justificación que le escribió, en 15 de noviembre de 1561, su fiel amigo Tommaso de Cavalieri, de quien sospechaba injustamente: “Estoy más que seguro de no haberos ofendido jamás; pero creéis demasiado fácilmente a los que menos deberíais creer...”.
[119] “Vivo en continua desconfianza... No tengáis confianza en nadie, dormid con los ojos abiertos”.
[120] Cartas de septiembre y octubre de 1515 a su hermano Buonarroto: “No te burles de lo que te escribo... No debe uno burlarse de nadie; y en estos tiempos, vivir en el temor y la inquietud no perjudica ni al cuerpo ni al alma... En cualquier tiempo es bueno inquietarse...”.