Vidas Ejemplares: Beethoven—Miguel Ángel—Tolstoi
Part 4
Había alcanzado al fin la meta deseada en toda su vida; había alcanzado la alegría. ¿Lograría permanecer en esta cima del alma que domina las tempestades? En realidad tuvo que recaer muchos días en las viejas angustias; en realidad sus últimos cuartetos están plenos de sombras extrañas; y sin embargo, parece que la victoria de la _Novena Sinfonía_ hubiese dejado en él su gloriosa huella. Los proyectos que tenía para el porvenir[72]: la _Décima Sinfonía_[73], la _Obertura al nombre de Bach_, la música para la _Melusina_ de Grillparzer[74], para el _Odiseo_ de Korner y para el _Fausto_ de Goethe[75], y el oratorio bíblico sobre _Saúl_ y _David_, muestran cómo su espíritu era atraído hacia la vigorosa serenidad de los grandes y viejos maestros alemanes: de Bach y de Haendel, y, más aún, hacia la luz del Mediodía, hacia el Sur de Francia o hacia esa Italia que soñaba recorrer[76].
El doctor Spiller, que lo vió en 1826, cuenta que su rostro se había tornado alegre y jovial; y en ese mismo año, cuando Grillparzer le habla por la vez última, es Beethoven quien alienta al poeta abrumado: “¡Ah, le decía éste, si yo tuviese la milésima parte de vuestra fuerza y de vuestra firmeza!” Los tiempos eran duros; la reacción monárquica oprimía a los espíritus. “La censura me ha sacrificado, gemía Grillparzer. Es preciso partir para la América del Norte si se quiere hablar, pensar libremente”. Mas ningún poder bastante fuerte para amordazar el pensamiento de Beethoven. “La palabra está encadenada; pero los sonidos por fortuna son libres todavía”, le escribía el poeta Kuffner. Beethoven es la gran voz libre, la única tal vez del pensamiento alemán de entonces. Y lo sentía así: habla a menudo del deber que tiene de obrar, por medio de su arte, “en favor de la pobre humanidad, de la humanidad del porvenir” (_der künftigen Menschheit_), de hacerle el bien, de alentarla, de sacudir su sueño, de flagelar su cobardía. “Nuestra época, escribía a su sobrino, tiene necesidad de robustos espíritus para azotar a estos miserables bribones de almas humanas”. El doctor Müller dice, en 1827, que “Beethoven se expresaba siempre con mucha libertad acerca del gobierno, la policía, la aristocracia y hasta el público. La policía lo sabía, pero toleraba sus críticas y sus sátiras como se toleran las ensoñaciones inofensivas, y dejaba tranquilo al hombre cuyo genio tenía tan extraordinario fulgor”[77].
Nada era, pues, capaz de doblegar esta fuerza indomable, que parecía aceptar el dolor como un fuego. La música escrita en estos últimos años, a pesar de las circunstancias penosas en que fué compuesta[78], tiene a menudo un carácter irónico enteramente nuevo, de heroico y alegre desprecio. Cuatro meses antes de su muerte, el último trozo que terminó, en noviembre de 1826, el nuevo _finale_ para el cuarteto op. 130, es alegre, y en verdad esta alegría no es la de todo el mundo. Ora es la risa áspera y entrecortada de que habla Moscheles, ora la sonrisa conmovedora hecha con tantos vencidos sufrimientos. No importa, es un vencedor; no cree en la muerte.
Sin embargo, ella se acercaba. Hacia fines de noviembre de 1826 cogió un resfriado pleurético, y cayó enfermo, en Viena, al retornar de un viaje que emprendiera en invierno para asegurar el porvenir de su sobrino[79].
Sus amigos estaban lejos; encargó a su sobrino que buscara un médico; pero el miserable olvidó la comisión y apenas se acordó de ella dos días después. El médico llegó tarde y atendió mal a Beethoven; durante tres meses su constitución atlética luchó contra el mal; y el 3 de enero de 1827 instituyó a su amado sobrino heredero universal. Se acordó de sus amigos queridos del Rhin; todavía escribía a Wegeler: “...¡Cuánto quisiera decirte! pero estoy demasiado débil. Ya no puedo más que abrazarte en mi corazón, a ti y a tu Lorchen”. La miseria habría ensombrecido sus últimos instantes a no ser la generosidad de algunos amigos ingleses. Se había vuelto muy dulce y muy paciente[80]; en su lecho de agonía, el 17 de febrero de 1827, después de tres operaciones, y mientras esperaba la cuarta[81], escribía con serenidad: “Tengo paciencia y pienso que todo mal trae consigo algún bien”.
El bien fué la liberación, “el fin de la comedia”, como dijo al morir. Digamos nosotros: de la tragedia de su vida.
Murió durante una tempestad, una tempestad de nieve, al fulgor de un relámpago. Una mano extraña cerró sus ojos[82] el 26 de marzo de 1827.
* * * * *
¡Amado Beethoven! Muchos han alabado su grandeza artística; pero es, antes que el primero de los músicos, la fuerza más heroica del arte moderno: es el más grande y el mejor amigo de los que luchan y de los que sufren. Cuando las miserias del mundo nos entristecen, es él quien viene junto a nosotros, como llegaba a sentarse al piano de una madre en duelo, y, sin una palabra, consolaba a la que lloraba con el canto de su queja resignada. Y cuando se apodera de nosotros la fatiga del eterno combate, librado inútilmente contra la mediocridad de los vicios y de las virtudes, es un bien indecible reconfortarse en este océano de voluntad y de fe. Se desprende de él un contagio de valor, de felicidad por la lucha[83], embriaguez de una conciencia que siente en sí misma la presencia de un dios. Parece que en su comunión de todos los instantes con la naturaleza[84] hubiese acabado por asimilarse sus profundas energías. Grillparzer, que admiraba a Beethoven con un sentimiento mezclado de temor, dijo de él: “Fué hasta el punto temible en que el arte se funde con los elementos salvajes y caprichosos”. Lo mismo dice Schumann de la _Sinfonía en do menor_: “Mientras más se le escucha, ejerce sobre nosotros un influjo invariable, como esos fenómenos de la naturaleza que, por muy frecuentemente que se produzcan, nos llenan siempre de temor y de sorpresa”. Y Schindler, su confidente: “Se posesionó del espíritu de la naturaleza”. Esto es verdad, porque Beethoven es una fuerza de la naturaleza; y un espectáculo de grandeza homérica este combate de una potencia elemental contra todo el resto de la natura.
Su vida toda es comparable a un día de tempestad: al principio, una joven y límpida mañana, con algunos hálitos de languidez apenas; pero ya, en el aire inmóvil, un amago secreto, un presentimiento abrumador. Y bruscamente pasan las grandes sombras, se oyen los trágicos truenos, los silencios zumbadores y temibles, los golpes de furioso viento de la _Heroica_ y de la _En do menor_. Sin embargo, la pureza del día no se ha perdido aún: la alegría sigue siendo la alegría; la tristeza conserva siempre una esperanza. Pero, después de 1810, el equilibrio del alma se destruye; la luz llega a ser extraña; de los pensamientos más claros se ve ascender como vapores, que se disipan, que de nuevo se concretan, que obscurecen el corazón con su turbación melancólica y caprichosa; algunas veces la idea musical parece que se pierde por completo, ahogada, después de haber emergido una o dos veces de la bruma; y no vuelve a surgir sino al fin del trozo, como en una borrasca. La alegría misma ha tomado un carácter áspero y salvaje; una fiebre, un veneno, se mezclan a todos los sentimientos[85]. La tempestad se prepara, a medida que la tarde desciende; y he aquí las pesadas nubes, henchidas de relámpagos, negras de sombra, preñadas de tempestades, del principio de la _Novena_. De pronto, en lo más fuerte del huracán, las tinieblas se desgarran, la noche es arrojada del cielo y vuelve la serenidad al día, por un acto de voluntad. ¡Cuál conquista vale como ésta, cuál batalla de Bonaparte, qué sol de Austerlitz alcanza la gloria de este esfuerzo sobrehumano, de este triunfo, el más brillante que haya jamás alcanzado el Espíritu: un desventurado, pobre, enfermo, solitario, el dolor hecho hombre, a quien el mundo rehúsa la alegría, crea la alegría él mismo para darla al mundo! Y la forja con su miseria, como él lo ha dicho con palabras altivas, en las cuales se resume su vida y que son el emblema de toda alma heroica:
“LA ALEGRÍA POR EL SUFRIMIENTO.” _Durch Leiden Freude._
NOTAS:
[1] J. Russel (1822).--Carlos Czerny, que, siendo niño, lo vió en 1801 con una barba de muchos días y una melena salvaje, con un chaquetón y un pantalón de pelo de cabra, creyó encontrar en él a Robinsón Crusoe.
[2] Nota del pintor Kloeber, que hizo su retrato hacia 1818.
[3] “Sus hermosos ojos que hablan, decía el doctor W. C. Müller, ora amables y tiernos, ora extraviados, amenazadores y terribles” (1820).
[4] Kloeber decía: “De Ossian”. Todos estos detalles están tomados de noticias de los amigos de Beethoven, o de viajeros que lo visitaron, como Czerny, Moscheles, Kloeber, Daniel Amadeus Atterbohm, W. C. Müller, J. Russel, Julius Benedict, Rochlitz, etc.
[5] El abuelo Ludwig, el hombre más notable de la familia y aquél a quien Beethoven se parecía más, nació en Amberes y se estableció hacia los veinte años de su edad en Bonn, donde llegó a ser maestro de capilla del príncipe elector. Es preciso no olvidar esto si se quiere comprender la fogosa independencia de la naturaleza de Beethoven y tantos otros rasgos de su carácter que no son propiamente alemanes.
[6] Carta al doctor Schade, de Augsburgo, el 15 de septiembre de 1787. (Nohl, _Cartas de Beethoven_, II).
[7] Decía más tarde (en 1816): “¡Es un pobre hombre aquél que no sabe morir! Cuando apenas tenía yo quince años, ya lo sabía”.
[8] Reproducimos en el Apéndice algunas de estas cartas.--Beethoven encontró también un amigo y un consejero excelente en Christian-Gottlob Neefe, su maestro, cuya nobleza moral no tuvo menos influjo sobre él que la amplitud de su inteligencia artística.
[9] A Wegeler, el 29 de junio de 1801. (Nohl, XIV).
[10] Había hecho ya un corto viaje en la primavera de 1787. Visitó entonces a Mozart, quien parece que le concedió poca atención. Haydn, a quien había conocido en Bonn, en diciembre de 1790, le dió algunas lecciones. Tomó también Beethoven por maestros a Albrechtsberger y Salieri. El primero le enseñó el contrapunto y la fuga, y el segundo a escribir para las voces.
[11] Apenas comenzaba a presentarse en público. Su primer concierto en Viena, como pianista, fué el 30 de marzo de 1795.
[12] A Wegeler, el 29 de junio de 1801. (Nohl, XIV). “Ninguno de mis amigos debe carecer de nada, en tanto que yo tenga algo”, escribía a Ries, hacia 1801. (Nohl, XXIV).
[13] En el _Testamento_ de 1802, Beethoven dice que hacía seis años que el mal había comenzado, o sea, por consecuencia, en 1796. Advirtamos de paso que, en el catálogo de sus obras, la op. 1 (tres tríos) es sólo anterior a 1796. La op. 2, las tres primeras sonatas para piano, aparecen en marzo de 1796. Se puede, por tanto, decir que toda la obra de Beethoven es del Beethoven sordo.
Véase acerca de la sordera de Beethoven un artículo del doctor Klotz Forest, en la _Chronique Médicale_ de 15 de mayo de 1905. El autor del artículo cree que el mal tuvo origen en una afección general hereditaria (acaso en la tisis de la madre). Diagnostica un catarro en las trompas de Eustaquio, hacia 1796, que se transformó en 1799 en una otitis semiaguda; mal cuidada se convirtió en otitis catarral crónica, con todas sus consecuencias. La sordera aumenta sin llegar nunca a ser completa. Beethoven percibía los sonidos graves mejor que los sonidos agudos. En sus últimos años se servía, se dice, de una varilla de madera cuya extremidad colocaba sobre la caja de su piano, sujetándola por la otra con los dientes. Usaba de este procedimiento para oír cuando componía.
Véase sobre la misma cuestión: C. G. Kunn: _Wiener medizinische Wochenschrift_, febrero-marzo de 1892; Wilibald Nagel: _Die Musik_ (marzo de 1902).
Se conservan en el museo Beethoven, de Bonn, los instrumentos acústicos que para él fabricó el mecánico Maelzel, hacia 1814.
[14] Nohl, _Cartas de Beethoven_, XIII.
[15] Nohl, _Cartas de Beethoven_, XIV. (Véase en el Apéndice).
[16] A Wegeler, el 16 de noviembre de 1801. (Nohl, XVIII).
[17] Ella no tuvo empacho, después, en aprovechar el antiguo amor de Beethoven en favor de su marido. Beethoven ayudó a Gallenberg. “Era mi enemigo, y justamente por esa razón le hice todo el bien que pude”, decía a Schindler en uno de sus cuadernos de conversación de 1821. Pero después la despreció: “Cuando llegué a Viena, escribía en francés, ella me fué a ver, llorando; pero yo la desprecié”.
[18] 6 de octubre de 1802. (Nohl, XXVI). Véase en el Apéndice.
[19] “Recomendad a vuestros hijos la virtud, porque sólo ella nos puede hacer felices, y no el dinero. Hablo por experiencia. Sólo ella me ha sostenido en la miseria y a ella debo, tanto como a mi arte, no haber terminado mi vida en el suicidio”. Y en otra carta del 2 de mayo de 1810, a Wegeler: “Si no hubiese yo leído en alguna parte que el hombre no debe separarse voluntariamente de la vida, por todo el tiempo en que aún pueda realizar una buena acción, hace ya mucho tiempo que yo no existiría, y sin duda por mi propia voluntad”.
[20] A Wegeler. (Nohl, XVIII).
[21] La miniatura de Hornemann, que es de 1802 muestra a Beethoven a la moda de la época, con patillas, el cabello cortado a la Tito, el aire fatal de un héroe byroniano; pero con la tensión de voluntad _napoleónica_ que no cede nunca.
[22] Se sabe que la _Sinfonía Heroica_ fué escrita sobre Bonaparte y para él, y que el primer manuscrito lleva aún el título: _Buonaparte_. Entretanto Beethoven tuvo noticia del coronamiento de Napoleón, y entró en furor: “¡No es más que un hombre ordinario”, clamó, y en su indignación hizo pedazos la dedicatoria y escribió este título vengador y conmovedor a la vez: “_Sinfonía Heroica... para celebrar el recuerdo de un gran hombre_”. (_Sinfonía eroica... composta per festeggiare il sovvenire di un grand'uomo._) Schindler cuenta que después se calmó un poco su desprecio hacia Napoleón; no vió ya en él más que un desventurado digno de compasión, un Ícaro precipitado del cielo. Cuando supo la catástrofe de Santa Elena, en 1821, dijo: “Hace diecisiete años que yo escribí la música que conviene a este triste suceso”. Se complacía en reconocer en la _Marcha Fúnebre_ de su Sinfonía un presentimiento del fin trágico del conquistador. Es, pues, muy probable que la _Sinfonía Heroica_, y sobre todo su primer trozo, era en el pensamiento de Beethoven una especie de Bonaparte, muy diferente del modelo, sin duda; pero tal como lo imaginaba y como lo habría querido: el genio de la revolución. Beethoven repite, por otra parte, en el final de la _Heroica_, una de las frases principales de la partitura que ya había escrito para el héroe revolucionario por excelencia, el dios de la libertad: _Prometeo_ (1801).
[23] Roberto de Keudell, exembajador de Alemania en Roma: _Bismarck y su familia_, 1901, traducción francesa de E. B. Lang. Roberto de Keudell tocó esta sonata a Bismarck, en un mal piano, el 30 de octubre de 1870, en Versalles. Bismarck decía de la primera frase de la obra: “Son estas las luchas y los sollozos de toda una vida”. Prefería a Beethoven entre los músicos y más de una vez afirmó: “Beethoven es quien mejor conviene a mis nervios”.
[24] La casa de Beethoven estaba cerca de las fortificaciones de Viena, que Napoleón quiso derribar después de la toma de la ciudad. “¡Qué vida salvaje, qué de ruinas en torno mío!--escribe Beethoven a los editores Breitkopf y Haertel, el 26 de junio de 1809:--sólo tambores, trompetas, miserias de todas clases!”
Ha llegado hasta nosotros un retrato de Beethoven, de esta época, hecho por un francés que lo vió en Viena, en 1809: el barón de Trémont, auditor del Consejo de Estado. Hace una descripción pintoresca del desorden que reinaba en la habitación de Beethoven. Charlaron de filosofía, de religión, de política, “y sobre todo de Shakespeare, su ídolo”. Beethoven se mostraba muy dispuesto a seguir a Trémont a París, cuyo Conservatorio sabía que ejecutaba sus sinfonías y donde tenía admiradores entusiastas. (Véase en el _Mercure musical_ de 1.º de mayo de 1906, _Une visite a Beethoven_, por el barón de Trémont, publicada por J. Chantavoine).
[25] O más exactamente Teresa Brunsvik. Beethoven había conocido a los Brunsvik en Viena, entre 1796 y 1799. Giulietta Guicciardi era prima de Teresa. Beethoven parece que también se enamoró, durante algún tiempo, de una hermana de Teresa, Josefina, que casó con el conde Deym y en segundas nupcias con el barón Stackelberg. Se encontrarán los detalles más vivos sobre la familia Brunsvik en un artículo de Andrés de Hevesy: _Beethoven et l’immortelle Bien-aimée._ (_Revue de Paris_, 1.º de mayo y 15 de marzo de 1910). Hevesy utilizó para este estudio las memorias manuscritas y los papeles de Teresa, conservados en Mártonvásár, Hungría. Al mostrar la afectuosa intimidad de Beethoven con los Brunsvik trae a discusión su amor a Teresa; pero sus argumentos no parecen convincentes, y me reservo a discutirlos algún día.
[26] Mariam Tenger: _Beethoven’s unsterbliche Geliebte._ Bonn, 1890.
[27] Es el aire admirable que figura en el Álbum de la mujer de J. S. Bach, Ana Magdalena (1725), con el título de _Aria di Giovannini_. Se ha discutido que se le atribuya a J. S. Bach.
[28] Nohl, _Vie de Beethoven_.
[29] Beethoven era miope en efecto. Ignaz von Seyfried dice que la debilidad de su vista la había originado la viruela y le obligaba, siendo muy joven, a usar anteojos. La miopía debió contribuir a dar el carácter de extravío de sus ojos. Sus cartas en 1823 y 1824 contienen quejas frecuentes acerca de sus ojos, que lo hacen sufrir. Véanse los artículos de Christian Külischer: _Beethovens Augens und Augenleiden_. (_Die Musik_ 15 de marzo y 1.º de abril de 1902).
[30] La música de escena para el _Egmont_ de Goethe fué comenzada en 1809. Beethoven habría querido escribir también la música de _Guillermo Tell_; pero se prefirió a Gyrowetz.
[31] Conversación con Schindler.
[32] Pero escrita, a lo que parece, en Korompa, en casa de los Brunsvik.
[33] Nohl. _Cartas de Beethoven_, XV.
[34] Este retrato se encuentra todavía ahora en la casa de Beethoven, en Bonn. Está reproducido en la _Vie de Beethoven_ por Frimmel, página 29, y en el _Musical Times_, del 15 de diciembre de 1892.
[35] A Gleichenstein. (Nohl, _Neue Briefe Beethovens_, XXXI).
[36] “El corazón es la palanca para todo lo que hay de grande”. (A Giannatasio del Rio. Nohl, CLXXX).
[37] “Las poesías de Goethe me hacen feliz”, escribía a Bettina Brentano el 19 de febrero de 1811. Y en otra parte: “Goethe y Schiller son mis poetas preferidos, con Ossian y Homero, a quienes desgraciadamente no puedo leer sino en traducciones”. (A Breitkopf y Haertel, 8 de agosto de 1809. Nohl, _Neue Briefe_, LIII). Debe advertirse cuánto, a pesar de lo descuidado de su educación, era seguro el gusto literario de Beethoven. Fuera de Goethe, de quien se ha dicho que se le parecía por “grande, majestuoso, siempre en _re mayor_”, y por encima de Goethe amaba a tres hombres: Homero, Plutarco y Shakespeare. De Homero prefería “La Odisea”. Leía continuamente a Shakespeare en la traducción alemana y ya se sabe con cuál trágica grandeza tradujo en música a _Coriolano_ y la _Tempestad_. En cuanto a Plutarco, se nutría en sus páginas como los hombres de la Revolución. Bruto era su héroe tal como lo fué de Miguel Ángel; tenía su estatuilla en su alcoba. Amaba a Platón y soñaba en establecer su República en el mundo entero. “Sócrates y Jesús han sido mis modelos”, dijo alguna vez. (Conversaciones de 1819 y 1820).
[38] A Bettina von Arnim. (Nohl, XCI).
[39] “Beethoven, decía Goethe a Zelter, es desgraciadamente una personalidad indomable; sin duda no se equivoca al hallar el mundo detestable; pero no es el medio de hacerlo agradable para él y para los demás. Es preciso excusarlo y compadecerlo, porque es sordo”. No hizo nada contra Beethoven después, pero tampoco nada en su favor, y guardó completo silencio sobre su obra y hasta sobre su nombre. En el fondo lo admiraba, pero temía su música, que le producía turbación; tenía miedo de que le hiciera perder la paz de su alma, que había conquistado a precio de tantas penas y que, contra la opinión corriente, nada tenía de natural. Una carta del joven Félix Mendelssohn, que pasó por Weimar en 1830, descubre inocentemente las profundidades de esta alma turbada y apasionada (_leidenschaftlicher Sturm und Verworrenheit_ como Goethe mismo decía, que una inteligencia vigorosa dominaba).
“...Desde luego, escribía Mendelssohn, no quería hablar de Beethoven; pero le fué preciso pasar por ello y escuchar el primer trozo de la _Sinfonía en do menor_, que lo emocionó de modo extraño. Quería ocultar su emoción y se contentó con decirle: ‘Esto no conmueve y no hace más que sorprender’. Al cabo de algún tiempo, añadió: ‘Es grandioso, insensato; se diría que la casa va a derrumbarse’. Llegó la hora de comer, y durante la comida permaneció pensativo hasta el momento en que, volviendo de nuevo a Beethoven, se puso a interrogarme, a examinarme. Vi bien el efecto que le había producido...”. (Sobre las relaciones de Goethe y de Beethoven, véanse diversos artículos de Frimmel).
[40] Carta de Goethe a Zelter, el 2 de septiembre de 1812. De Zelter a Goethe, de 14 de septiembre de 1812: “_Auch ich bewundere ihn mit Schrecken_”. “Yo también lo admiro con espanto”. Zelter escribió en 1819 a Goethe: “Se dice que está loco”.
[41] Es en todo caso un tema en el cual Beethoven había pensado, porque lo encontramos en sus notas, y, particularmente, en sus proyectos de una _Décima Sinfonía_.
[42] Contemporánea, y acaso inspiradora, a las veces, de estas obras fué su intimidad, tan tierna, con la joven cantante berlinesa Amalia Sebald.
[43] Muy distinto de él en esto, Schubert había escrito en 1807 una obra de ocasión “en honor de Napoleón el Grande”, y él mismo dirigió la ejecución ante el emperador.
[44] “No os diré nada de nuestros monarcas y de sus monarquías”, escribía a Kauka durante el Congreso de Viena. “Para mí el imperio del espíritu es el más amado de todos; es el primero de todos los reinados temporales y espirituales”. (_Mir ist das geistige Reich das Liebste, und der Oberste aller geistlichen und weltlichen Monarchien._)
[45] “¿Viena, no es decir todo? Toda huella del protestantismo alemán se borra aquí; hasta el acento nacional está perdido, italianizado. El espíritu alemán, las maneras y las costumbres alemanas, explicadas por los manuales de origen italiano y español... ¡Es el país de una historia falsificada, de una ciencia falsificada, de una religión falsificada... un escepticismo frívolo, que debía aniquilar y sepultar el amor a la verdad, al honor, a la independencia!” (_Wagner_, _Beethoven_, 1870). Grillparzer escribió que era una desgracia haber nacido austriaco. Los grandes compositores alemanes de fines del siglo XIX, que vivieron en Viena, sufrieron cruelmente por el espíritu de esta ciudad, abandonada al culto farisaico de Brahms. La vida de Bruckner allá fué un largo martirio; Hugo Wolf, que se debatía furiosamente antes de sucumbir, expresó sobre Viena juicios implacables.
[46] El rey Jerónimo había ofrecido a Beethoven una pensión de seiscientos ducados de oro, vitalicia, y dietas de viaje por ciento cincuenta ducados de plata, a cambio del compromiso único de tocar algunas veces delante de él y de dirigir sus conciertos de música de cámara, que no debían ser ni largos ni frecuentes. (Nohl, XLIX). Beethoven estuvo a punto de partir.
[47] El _Tancredo_ de Rossini bastó a conmover todo el edificio de la música alemana. Bauernfeld, citado por Ehrhard, anota en su _Diario_ este juicio, que era corriente en los salones de Viena, en 1816: “Mozart y Beethoven son dos viejos pedantes; la tontería de la época precedente les gustaba; y sólo después de Rossini se sabe lo que es la melodía. _Fidelio_ es una inmundicia; no es posible comprender que se dé uno la pena de fastidiarse yendo a escucharlo”.
Beethoven dió su último concierto, como pianista, en 1814.