Vidas Ejemplares: Beethoven—Miguel Ángel—Tolstoi

Part 3

Chapter 34,069 wordsPublic domain

Fué, pues, abandonado por el amor. En 1810 se halla de nuevo solo; pero ha alcanzado la gloria y la conciencia de su poder. Está en la fuerza de su edad; se abandona a su humor salvaje y violento, ya sin cuidarse de nada, sin consideraciones al mundo, a las conveniencias sociales, a los juicios de los demás. ¿A quién tiene que temer o agradar? Su fuerza es lo único que le queda, la alegría de su fuerza y la necesidad de emplearla, casi de abusar de ella. “La fuerza, he aquí la moral de los hombres que se elevan por encima del común de los hombres”. Ha reincidido en la negligencia de su vestir, y su libertad de modales se ha hecho más audaz que antes; sabe que tiene el derecho de decirlo todo hasta a los grandes. “No reconozco otro signo de superioridad más que la bondad”, escribió el 17 de julio de 1812[36]. Bettina Brentano, que lo vió entonces, dice que “ningún emperador, ningún rey había tenido una conciencia tal de su fuerza”. Quedó fascinada por su poder: “Cuando lo vi por la vez primera, escribía a Goethe, el universo entero desapareció para mí. Beethoven me hizo olvidar al mundo, y aun a ti mismo, ¡oh Goethe!... Creo no equivocarme al asegurar que este hombre se ha adelantado mucho a la civilización moderna”. Goethe hizo por conocer a Beethoven. Se encontraron en los baños de Bohemia, en Toeplitz, el año de 1812, y no llegaron a comprenderse. Beethoven admiraba apasionadamente el genio de Goethe[37]; pero era su carácter demasiado libre y demasiado violento para acomodarse al de éste y para no herirlo. Ha contado él mismo de un paseo que hicieron juntos, en el cual el republicano orgulloso dió una lección de dignidad al consejero áulico del gran duque de Weimar, quien no se lo perdonó.

“Los reyes y los príncipes pueden muy bien hacer profesores y consejeros privados; pueden muy bien colmarlos de títulos y de condecoraciones; pero no pueden hacer a los grandes hombres, a los espíritus que se elevan por encima del fango del mundo... Y cuando están reunidos dos hombres tales como yo y Goethe, estos señores deben sentir nuestra grandeza. Ayer encontramos en el camino, al regresar, a toda la familia imperial: la vimos de lejos; Goethe se desprendió de mi brazo para detenerse a la orilla de la carretera, y me habría gustado decirle que yo querría no dejarlo dar un paso más. Me hundí entonces el sombrero, me abotoné la levita, y avancé, con los brazos a la espalda, por entre los grupos más espesos. Príncipes y cortesanos formaron valla; el duque Rodolfo se quitó el sombrero delante de mí, y la emperatriz fué la primera en saludarme. Los grandes me conocen. Para mi entretenimiento, vi desfilar la procesión delante de Goethe, que permanecía a la orilla del camino, profundamente inclinado y con el sombrero en la mano. Se lo reprendí en seguida, y no le he perdonado nada...”[38]. Goethe no lo olvidó tampoco[39].

De esta época son la _Séptima_ y la _Octava Sinfonías_, escritas en pocos meses, en Toeplitz y en 1812; la Orgía del Ritmo y la Sinfonía Humorística, las obras en que quizás se reveló más al natural, o como él decía, más “desabrochado” (_aufgeknoepft_), con sus transportes de alegría y de furor, sus contrastes imprevistos, sus arranques desconcertantes y grandiosos, sus explosiones titánicas, que arrojaban a Goethe y a Zelter en el espanto[40], y hacían decir de la _Sinfonía en la_, en la Alemania del Norte, que era la obra de un borracho. Sí, de un hombre ebrio en efecto, pero de fuerza y de genio. “Soy, dijo él mismo, soy Baco, que extrae el delicioso néctar para la humanidad; soy yo quien da a los hombres el divino frenesí del espíritu”. Ignoro si, como lo ha dicho Wagner, quiso pintar en el final de su Sinfonía una fiesta dionisíaca[41]. Reconozco principalmente en esta fogosa “kermesse” la huella de su herencia flamenca, lo mismo que encuentro mucho de su origen en su audaz libertad de lenguaje y de modales, que detona soberbiamente en el país de la disciplina y de la obediencia. En nada puede encontrarse más franqueza y más libertad de poder que en la _Sinfonía en la_; es un loco despilfarro de energías sobrehumanas, sin objeto, por placer, el placer de un río que desborda y que inunda. En la _Octava Sinfonía_ la fuerza es menos grandiosa, pero más extraña aún y más característica del hombre, porque mezcla la tragedia a la farsa, y pone un vigor hercúleo en juegos y caprichos de niño[42].

El año de 1814 señala el apogeo de los triunfos de Beethoven. En el Congreso de Viena fué considerado como una gloria europea. Tomó parte activa en las fiestas; los príncipes le rendían homenaje, y él dejaba, altivamente, que le hicieran la corte. De ello se alababa con Schindler.

Se sintió enardecido por la guerra de Independencia[43]. En 1813 escribió una sinfonía a la _Victoria_ de _Wellington_, y al principiar el año de 1814, un coro guerrero, el _Renacimiento de Alemania_ (_Germanias Wiedergeburt_). El 29 de noviembre de 1814 dirigió, ante un público de reyes, una cantata patriótica: _El Momento glorioso_ (_Der glorreiche Augenblick_), y compuso para la toma de París, en 1815, un coro: _¡Todo está consumado!_ (_Es ist vollbracht!_) Estas obras ocasionales valieron más a su reputación que todo el resto de su producción musical.

El grabado de Blasius Hoefel, hecho según un dibujo del francés Letronne, y la máscara feroz que en 1812 moldeó sobre su rostro Franz Klein, dan una imagen viva de Beethoven en los tiempos del Congreso de Viena. El rasgo dominante de esta cara de león, de recias mandíbulas y de pliegues dolorosos y coléricos, es la voluntad, una voluntad napoleónica. En ellos se reconoce al hombre que decía de Napoleón después de Jena: “¡Qué desgracia que no sepa de la guerra como sé de música! ¡Lo destruiría!” Pero su reino no era de este mundo. “Mi imperio está en las nubes”, como escribía a Francisco de Brunswick. (_Mein Reich ist in der Luft_)[44].

* * * * *

A esta hora de gloria sucedió el período más triste y miserable. Nunca había sido Viena simpática a Beethoven. Un genio altivo y libre como el suyo no podía sentirse a gusto en esta ciudad artificiosa, de espíritu mundano y mediocre, a la cual Wagner señaló duramente con su desprecio[45]. No perdía ninguna ocasión para alejarse de ella, y hacia 1808 había pensado seriamente en abandonar Austria para dirigirse a la Corte de Jerónimo Bonaparte, rey de Westfalia[46]. Pero Viena abundaba en recursos musicales, y hay que hacerle justicia en este punto, porque hubo siempre en ella nobles _dilettanti_ para sentir la grandeza de Beethoven y para ahorrar a su patria la vergüenza de perderlo. En 1809, tres de los más ricos señores de Viena: el archiduque Rodolfo, alumno de Beethoven; el príncipe Lobkowitz y el príncipe Kinsky, se comprometieron a darle anualmente una pensión de cuatro mil florines, con la condición única de que permanecería en Austria: “Como ha demostrado--decían--que no puede consagrarse enteramente a su arte si no es a condición de verse libre de todo cuidado material, y que sólo en estas circunstancias puede producir estas obras sublimes que son la gloria del arte, los subscritos han tomado la resolución de poner a Ludwig van Beethoven al abrigo de toda necesidad y de retirar así los obstáculos miserables que se podrían oponer al vuelo de su genio”.

Infortunadamente el efecto no correspondió a las promesas, porque esta pensión fué pagada siempre sin puntualidad, y bien pronto dejaron por completo de pagarla. Por otra parte, Viena había cambiado de carácter después del Congreso de 1814; la política distraía del arte a la sociedad, el gusto musical estaba echado a perder por el italianismo, y la moda, que era la de Rossini, trataba de pedante a Beethoven[47]. Sus amigos y protectores se dispersaron o murieron: el príncipe Kinsky, en 1812; Lichnowsky, en 1814, y Lobkowitz en 1816. Rasumowsky, para quien había escrito sus admirables cuartetos, op. 59, dió su último concierto en febrero de 1815. En ese mismo año Beethoven se disgustó con Stephan von Breuning, su amigo de infancia, hermano de Eleonora[48], y, aislado desde entonces, “no tengo amigos y soy solo en el mundo” escribía en sus notas de 1816.

La sordera había llegado a ser completa[49]. Desde el otoño de 1815 ya no podía tener comunicación con los demás, a no ser por escrito. Su cuaderno de conversación más antiguo es de 1816[50]. Conocido es el doloroso relato de Schindler sobre la representación de _Fidelio_ en 1822: “Pidió Beethoven dirigir el ensayo general... desde el dúo del primer acto se evidenció que no oía nada de lo que pasaba en el escenario. Retardaba considerablemente el movimiento, y en tanto que la orquesta seguía su batuta, los cantantes, por su parte, se adelantaban. Esto originó una confusión general. El director habitual de la orquesta, Umlauf, propuso un momento de descanso sin dar ninguna razón, y, después de haber cambiado algunas palabras con los cantantes, se volvió a comenzar. El mismo desorden se produjo de nuevo, y fué necesaria una segunda pausa. La imposibilidad de continuar bajo la dirección de Beethoven era evidente; pero ¿cómo hacérselo comprender? Nadie tenía valor de decirle: ‘Retírate, desventurado, porque no puedes dirigir’. Beethoven, inquieto, agitado, se volvía a derecha y a izquierda, se esforzaba por leer en la expresión de los rostros que lo rodeaban y por comprender dónde estaba el obstáculo; pero por todos lados era el mismo silencio. De pronto me llamó en una forma imperiosa y, cuando estuve cerca de él, me presentó su cuaderno y me hizo señales de que escribiera. Yo tracé estas palabras: ‘Os suplico que no continuéis; en la casa os explicaré por qué’. De un brinco saltó al patio, gritándome: ‘¡Salgamos!’ Corrió sin parar hasta la casa; entró, y se dejó caer inerte en un sofá, cubriéndose el rostro con las dos manos; y así permaneció hasta la hora de comer. En la mesa no fué posible hacerle pronunciar palabra; conservaba la expresión del abatimiento y del dolor más profundo; y cuando, al terminar la comida, quise retirarme, me retuvo expresando el deseo de no quedar solo. En el momento de separarnos me rogó que lo acompañase a la casa de su médico, quien tenía una gran reputación para enfermedades del oído... En todo el demás tiempo de mis relaciones con Beethoven no encuentro un día que pueda ser comparado con este día fatal de noviembre... Había sido herido en pleno corazón, y hasta el día de su muerte vivió con la impresión de esta escena terrible”[51].

Dos años después, el 7 de mayo de 1824, al dirigir la _Sinfonía con coros_ (o mejor, como decía el programa, “tomando parte en la dirección del concierto”), no escuchó nada del tumulto de toda la sala que lo aclamaba; y no se dió cuenta hasta que una de las cantantes le tomó de la mano, lo hizo volverse de frente al público y pudo ver de pronto a todos los espectadores de pie, agitando sus sombreros y batiendo palmas. Un viajero inglés, Russel, que lo vió sentado al piano hacia 1825, dice que cuando quería tocar suavemente las teclas no resonaban, y que era conmovedor observar en este silencio la emoción que lo animaba, en su semblante y en sus dedos crispados.

Recogido en sí mismo[52], separado de todos los demás hombres, sólo podía hallar consuelo en la naturaleza. “Era su única confidente”, decía Teresa de Brunswick; y fué su refugio. Carlos Neate, que lo conoció en 1815, dice que no había visto nunca persona que amase tan profundamente las flores, las nubes, la naturaleza[53]: parecía vivir la vida de ellas. “Nadie en la tierra puede amar los campos tanto como yo, escribía Beethoven... Amo a un árbol más que a un hombre...”. Diariamente, en Viena, daba la vuelta a las fortificaciones. En el campo, de la aurora a la noche, se paseaba solo, sin sombrero, bajo el sol o bajo la lluvia. “¡Oh, Providencia! ¡En los bosques soy feliz, feliz en los bosques en que cada árbol me habla de ti! ¡Dios mío, qué esplendor! En estas florestas, sobre estas colinas, está la calma, la calma necesaria para servirte...”. Su inquietud espiritual encontraba en la naturaleza algún reposo[54]. Estaba asediado por los cuidados de dinero; escribía en 1818: “Estoy casi reducido a la mendicidad, y obligado a aparentar que no carezco de lo necesario”. Y en otra parte: “La sonata op. 106 ha sido escrita en circunstancias agobiadoras. Dura cosa es tener que trabajar para ganarse el pan”. Spohr dice que a menudo no podía salir de casa por estar sus zapatos rotos. Tenía muchas deudas con sus editores y sus obras no le producían nada. _La Misa en re_, anunciada en subscripción, tuvo siete subscriptores (ninguno músico de ellos)[55]. Apenas recibía treinta o cuarenta ducados por sus admirables sonatas, y cada una le costaba tres meses de trabajo. El príncipe Galitzin le hacía componer sus cuartetos, op. 127, 130, 132, sus obras acaso las más profundas y que parecen escritas con su sangre, y no le pagaba nada. Se agotaba Beethoven en estas dificultades domésticas, en estos procesos sin término, para obtener que se le pagasen las pensiones que le debían, o para conservar la tutela de un sobrino, hijo de su hermano Carlos, que había muerto de tisis en 1815.

Consagraba a este niño toda la necesidad de abnegación que su corazón desbordaba. Pero hasta este cariño le reservaba aún crueles sufrimientos. Se diría que un hado cuidase de renovar incesantemente y de aumentar sus miserias, para que su genio no careciese de alimento. Tuvo que disputar, desde luego, el pequeño Carlos a la madre indigna, que quería arrebatárselo.

“¡Dios mío, escribía, mi amparo, mi defensa, mi único refugio!: lees en las profundidades de mi alma y sabes los dolores que sufro cuando es necesario que yo haga sufrir a quienes quieren disputarme a mi Carlos, ¡mi tesoro![56]. ¡Escúchame, Ser que no sé cómo nombrar; acoge la ardiente plegaria de la más desventurada de tus criaturas!

“¡Oh, Dios mío! ¡mi socorro! ¡Mírame abandonado de la humanidad entera porque no quiero pactar con la injusticia! ¡Concédeme que pueda, para lo por venir, vivir con mi Carlos!... ¡Oh, suerte cruel, implacable destino! ¡No, no, mi desventura no terminará nunca!”

Pues este sobrino, tan apasionadamente amado, se mostró indigno de la confianza de su tío. La correspondencia de Beethoven con él es dolorosa y colérica, como la de Miguel Ángel con sus hermanos, pero más ingenua y más conmovedora:

“¿Debo una vez más ser pagado con la más abominable ingratitud? Pues bien, toda unión queda rota entre nosotros, ¡que sea así! Cuantas personas imparciales lo sepan, te odiarán... si el pacto que nos une te pesa ¡oh Dios! que sea según su voluntad: te abandono a la Providencia; he hecho cuanto podía; puedo comparecer tranquilo ante el Juez Supremo...”[57].

“Mimado como has sido, no te estará mal tratar al fin de ser sencillo y franco; mi corazón ha sufrido mucho por tu conducta hipócrita para conmigo, y me es difícil olvidar... Dios es testigo que sólo sueño con estar a mil leguas de ti, y de este triste hermano, y de esta abominable familia... ya no puedo tener confianza en ti”. Y firma: “Tu padre, por desgracia; pero no, tu padre, nunca”[58].

Mas el perdón venía inmediatamente:

“¡Mi querido hijo! No digamos una palabra más; ven a mis brazos y no escucharás ningún duro reproche... te recibiré con el mismo amor; y en cuanto a lo que haya que hacer por tu porvenir, hablaremos de ello amistosamente. ¡Palabra de honor, no habrá un reproche! De nada servirían y tú no tienes que esperar de mí más que solicitud y ayuda las más cariñosas. Ven, ven hacia el corazón fiel de tu padre.--_Beethoven_.--Ven inmediatamente que hayas recibido esta carta, ven a la casa”. (Y en el sobre agregaba, en francés: “_Si no vinieres, me matarías seguramente_”)[59].

“No mientas, le suplicaba, sigue siendo siempre mi hijo bienamado. ¡Qué horrible disonancia si tú me pagases con hipocresía, como se me quiere hacer creer! Adiós; quien no te ha dado la vida, pero que seguramente te la ha conservado y se ha tomado todos los cuidados posibles para velar por tu desarrollo moral, con un cariño más que paternal, te ruega desde el fondo de su corazón que sigas el único y verdadero camino del bien y de lo justo. Tu fiel y buen padre”[60].

Tras de haber acariciado toda clase de sueños acerca del porvenir de este sobrino, que no carecía de inteligencia y a quien quería llevar hacia la carrera universitaria, Beethoven tuvo que consentir a la postre en que fuese un comerciante. Pero Carlos frecuentaba los garitos y se endeudaba.

Por un triste fenómeno, más frecuente de lo que parece, la grandeza moral de su tío, en lugar de hacerle bien le hacía mal, lo exasperaba, lo empujaba a la rebeldía, como decía él mismo con estas palabras terribles, en las cuales a lo vivo se muestra su alma miserable: “He llegado a ser el más malvado, porque mi tío quería que fuese mejor”. En el estío de 1826 llegó a dispararse un tiro de pistola en la cabeza; y él no murió, pero Beethoven estuvo a punto de morir y nunca se le borró la huella de esta impresión espantosa[61]. Carlos curó, vivió hasta el fin, para hacer sufrir a su tío, en la muerte del cual alguna culpa tuvo y en cuya hora final no estuvo presente. “Dios no me ha abandonado nunca”, escribía Beethoven a su sobrino, algunos años antes. “Alguien estará junto a mí para cerrarme los ojos”. Mas este alguien no debía ser aquél a quien llamaba “su hijo”[62].

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Desde el fondo de este abismo de tristeza Beethoven se levantó a exaltar la Alegría.

Era el propósito de toda su vida, en el cual ya pensaba, desde 1793, en Bonn[63]. Durante toda su existencia ambicionó cantar la Alegría, y dar cima así a una de sus grandes obras; toda su vida vaciló acerca de la forma exacta que habría de tener el himno y la obra en la cual podría darle cabida. Aun en su _Novena Sinfonía_ estaba lejos de una resolución, y hasta el último instante pensó dejar la _Oda a la Alegría_ para una décima o undécima sinfonía. Se debe advertir bien que la Novena no se intitula, como se dice, _Sinfonía con coros_, sino _Sinfonía con un coro final de la Oda a la Alegría_. Pudo pues, debió tener otra conclusión. En julio de 1823 todavía pensaba Beethoven en darle un _finale_ instrumental, que aprovechó en seguida para el cuarteto op. 132. Czerny y Sonnleithner llegan a afirmar que, después de la ejecución (mayo de 1824), Beethoven no había abandonado esta idea.

Grandes dificultades técnicas se le presentaron para la introducción del coro en una sinfonía, y de ello nos dan pruebas los cuadernos de Beethoven y sus ensayos numerosos para hacer entrar las voces de otra manera, y en otro momento de la obra. En los bosquejos de la segunda melodía del _adagio_[64] escribió: “Tal vez entraría aquí el coro en forma conveniente”. Pero no podía resolverse a separarse de su fiel orquesta: “cuando una idea me viene, decía, la escucho en un instrumento y nunca en las voces”. Por eso aplaza lo más posible el momento de emplearlas, y aun llega a dar a los instrumentos no sólo los recitados del _finale_[65], sino también el tema mismo de la Alegría.

Pero es preciso ir más adelante en la explicación de estas vacilaciones y de estos aplazamientos, porque la causa es más profunda. Este hombre desventurado, atormentado siempre por la pena, aspiró siempre a cantar la excelsitud de la Alegría; y de año en año aplazaba su labor, sin cesar arrastrado por el torbellino de sus pasiones y por su melancolía. Sólo hasta el último día consiguió realizarlo. ¡Y con cuál grandeza!

En el instante que el tema de la Alegría va a aparecer por la vez primera, la orquesta se detiene bruscamente, se hace un súbito silencio, que da a la entrada del canto un carácter misterioso y divino. Y esto es verdadero: el tema es propiamente un dios. La Alegría desciende del cielo, envuelta en una calma sobrenatural: con su hálito leve acaricia los sufrimientos, y la primera impresión que causa es tan tierna, cuando se desliza en el corazón convaleciente, que puede decirse con el amigo de Beethoven que “dan ganas de llorar al ver sus ojos dulces”. Cuando en seguida pasa el tema a las voces, es en las más bajas en las que primero aparece, con un carácter serio y un poco deprimido; pero poco a poco la alegría se apodera del ser. Es una conquista, una guerra contra el dolor. Y he aquí los ritmos de la marcha, los ejércitos en movimiento, el canto ardiente y anhelante del tenor, todas estas páginas estremecedoras en las cuales se cree percibir el aliento mismo de Beethoven, el ritmo de su respiración y de sus clamores inspirados, cuando recorría los campos componiendo su obra, transportado por un furor demoníaco, como un viejo rey Lear en medio de la tempestad. A la Alegría guerrera sucede el éxtasis religioso, y luego una orgía sagrada, un delirio de amor. Toda una humanidad palpitante que tiende los brazos al cielo levanta clamores poderosos, se lanza hacia la Alegría y la estrecha sobre su corazón.

La obra del titán triunfó sobre la mediocridad pública. La frívola Viena se sintió un momento conmovida, cuando estaba enteramente de parte de Rossini y de las óperas italianas. Beethoven entonces, humillado y entristecido, iba a establecerse en Londres y pensaba hacer ejecutar allá la Novena Sinfonía. Por segunda vez, como en 1809, algunos nobles amigos le suplicaron que no abandonase la patria. “Sabemos, decían, que habéis escrito una nueva composición con música sagrada[66], en la cual expresáis los sentimientos que os inspira vuestra profunda fe”.

“La _luz sobrenatural_ que inunda vuestra grande alma la ilumina. Sabemos, por otra parte, que la corona de vuestras grandes sinfonías se ha enriquecido con otra flor inmortal... Vuestra ausencia, durante estos últimos años, afligía a todos aquéllos que hacia vos tenían vueltas sus miradas[67]. Todos pensaban con tristeza que el hombre de genio, que tan alto se ha levantado sobre los humanos, permanecía silencioso, en tanto que una música extranjera trataba de arraigar en nuestra tierra, haciendo caer en el olvido las producciones del arte alemán... Sólo de vos la nación espera una vida nueva, nuevos laureles y un nuevo reino de la verdad y de lo bello, a despecho de la moda del día... Dadnos la esperanza de ver bien pronto satisfechos nuestros deseos... ¡Y pueda la primavera que se avecina florecer doblemente, gracias a vuestros dones, para nosotros y para el mundo!”[68]. Esta generosa carta demuestra cuál era el poderío no solamente artístico, sino también moral, de que gozaba Beethoven sobre la ”élite“ de Alemania. La primera palabra que acude a sus admiradores para loar su genio, no es la de ciencia, ni la de arte: es la de _fe_[69].

Estas palabras conmovieron profundamente a Beethoven. No partió. El 7 de mayo de 1824 tuvo lugar en Viena la primera audición de la _Misa en re_ y de la _Novena Sinfonía_. El éxito fué triunfal y casi tomó un carácter sedicioso. Cuando Beethoven se presentó, fué acogido con cinco salvas de aplausos; y la costumbre, en este país ceremonioso, imponía que sólo se hiciesen tres para saludar la entrada de la familia imperial. Tuvo la policía que poner fin a las manifestaciones. La sinfonía levantó un entusiasmo frenético; muchos lloraban; Beethoven se desvaneció por la emoción después del concierto, y se le llevó a casa de Schindler, donde permaneció amodorrado, vestido, sin comer ni beber, durante toda la noche y la mañana siguiente. Pero el triunfo fué pasajero y los resultados prácticos nulos para Beethoven; el concierto no produjo nada; las dificultades materiales de su vida no tuvieron cambio. Y continuó siendo pobre, enfermo[70] y solitario, pero vencedor[71]. Vencedor de la mediocridad de los hombres, vencedor de su propio destino, vencedor de su dolor.

“¡Sacrifica, sacrifica siempre las naderías de la vida a tu arte! ¡Dios está por encima de todo!” (_O Gott über alles!_)

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