Vidas Ejemplares: Beethoven—Miguel Ángel—Tolstoi

Part 29

Chapter 294,034 wordsPublic domain

_Es necesario dar gracias a Dios de estar descontento con uno mismo. ¡Ojalá pueda uno estarlo siempre! El desacuerdo de la vida con lo que debería ser, es precisamente el signo de la vida, el movimiento ascendente de lo más pequeño a lo más grande, de lo peor a lo mejor. Y este desacuerdo es la condición del bien. Cuando el hombre permanece tranquilo y satisfecho de sí mismo, esto es un mal_[799].

E imaginaba este asunto de novela, que muestra curiosamente cómo la inquietud persistente de un Levine o de un Pedro Besukhov no había muerto en él.

_Me represento a menudo a un hombre educado en los círculos revolucionarios, y, desde luego, revolucionario, después populista, socialista, ortodoxo, monje en Monte Athos, y en seguida ateo, buen padre de familia y a la postre “dukhobor”. Comienza todo, y sin cesar abandona todo: los hombres se burlan de él; no ha hecho nada y muere olvidado, en un hospicio. Al morir piensa que ha despilfarrado su vida... Y, sin embargo, es un santo_[800].

¿Tenía, pues, aún dudas, él, tan lleno de su fe? ¿Quién lo sabe? En un hombre que ha permanecido robusto de cuerpo y de espíritu, hasta en su vejez, la vida no podía detenerse en un punto del pensamiento. Era necesario que avanzara.

_El movimiento es la vida_[801].

Muchas cosas debieron de haber cambiado en él, en el curso de los últimos años. ¿No se había modificado su opinión con respecto a los revolucionarios? ¿Quién puede decir si su fe en la no-resistencia al mal, no había sido un poco quebrantada?... Ya en _Resurrección_, las relaciones de Nekhludov con los condenados políticos cambian completamente sus ideas sobre el partido revolucionario ruso.

_Hasta entonces sentía aversión por sus crueldades, su disimulo original, sus atentados, su suficiencia, la satisfacción que de sí mismos tenían y su insoportable vanidad. Pero cuando los ve de más cerca, cuando ve cómo eran tratados por la autoridad, comprende que no podían ser de otra manera._

Y admiró su alta idea del deber, que implica el sacrificio total.

Pero desde 1900 la ola revolucionaria se había extendido; habiendo partido de los intelectuales, ganaba al pueblo y removía obscuramente a millares de miserables. La vanguardia de su ejército amenazador desfilaba bajo la ventana de Tolstoi, en Yasnaia Poliana. Tres narraciones, publicadas en el _Mercure de France_[802], y que se cuentan entre las últimas páginas escritas por Tolstoi, dejan entrever el dolor y la inquietud que este espectáculo arrojaba en su espíritu. ¿Dónde quedó el tiempo en el cual, por la campiña de Tula, pasaban los peregrinos, sencillos de espíritu y piadosos? Ahora, era una invasión de vagabundos hambrientos, que aumentaba cada día. Tolstoi, que conversaba con ellos, estaba sorprendido del odio que los animaba: ya no veían, como en otro tiempo, en los ricos, a “gentes que hacen la salud de sus almas, distribuyéndoles limosnas, sino a bandidos, a bandoleros que beben la sangre del pueblo trabajador”. Muchos de ellos son gentes instruidas, arruinadas, a dos dedos de la desesperación que hace al hombre capaz de todo.

_Ya no es en los desiertos y los bosques, sino en los antros de las ciudades y en los grandes caminos donde se levantan los bárbaros que harán de la civilización moderna lo que los hunos y los vándalos hicieron de la antigua._

Así hablaba Henry George; y Tolstoi agrega:

_Los vándalos están ya prestos en Rusia, y serán particularmente terribles entre nuestro pueblo, profundamente religioso, porque nosotros no conocemos los frenos de las conveniencias y de la opinión pública, que tan desarrolladas están entre los pueblos europeos._

Tolstoi recibía frecuentemente cartas de estos rebeldes, protestando contra sus doctrinas de la no-resistencia, y diciendo que a todo el mal que los gobernantes y los ricos hacían al pueblo sólo se podía responder: ¡venganza! ¡venganza! ¡venganza! ¿Los condenaba aún Tolstoi? Se ignora. Pero cuando veía, algunos días después, en su aldea, despojar a los pobres, que lloraban, del “samovar y de las ovejas”, delante de las autoridades indiferentes, sentía la necesidad, él también, de lanzar el grito de venganza contra los verdugos, contra “estos ministros y sus acólitos, que están entregados al comercio de aguardientes, o a enseñar a los hombres a asesinar, o a pronunciar sentencias de deportación, de presidio, trabajos forzados o de horca; estas gentes, perfectamente convencidas de que los ‘samovares’, las ovejas, los becerros, las telas que se quita a los miserables, encuentran su mejor empleo en la destilación del aguardiente que envenena al pueblo, en la fabricación de las armas asesinas, en la construcción de prisiones, de mazmorras, y sobre todo en la distribución de sueldos entre ellos y sus ayudantes”.

Estaba triste, cuando había vivido toda su vida en la espera y anunciando el reinado del amor, de tener que cerrar los ojos entre esas visiones amenazadoras, sintiendo inquietud por ellas. Más todavía: cuando se tiene la verídica conciencia de un Tolstoi, debía confesarse que realmente no había puesto de acuerdo su vida con sus principios.

Tocamos, en esta parte, al punto más doloroso de sus últimos años (¿será necesario decir, de sus últimos treinta años?), y apenas nos está permitido rozarles con una mano piadosa y tímida, porque este dolor, para el cual se esforzó Tolstoi en guardar secreto, no pertenece solamente a quien ha muerto, sino también a los que viven, que él amó y que lo amaban.

No había llegado a comunicar su fe a aquéllos que le eran más amados, su mujer y sus hijos. Se ha visto que la fiel compañera, que compartía valientemente con él su vida y sus trabajos artísticos, sufría al mirar cómo había renegado de su fe en el arte por otra fe moral, que ella no comprendía. Tolstoi no dejaba de sufrir, sintiéndose incomprendido de su mejor amiga.

_Siento en todo mi ser_, escribía a Teneromo, _la verdad de estas palabras: que el marido y la mujer no son seres distintos, pero tampoco forman uno solo... Querría ardientemente poder transmitir a mi mujer una parte de esta conciencia religiosa, que me da la posibilidad de poder elevarme frecuentemente por encima de los dolores de la vida. Espero que a ella le será transmitida, no por mí, sin duda, pero sí por Dios, aun cuando esta conciencia no sea nada accesible a las mujeres_[803].

No parece que este voto haya sido escuchado. La condesa Tolstoi admiraba y amaba la pureza de corazón, el cándido heroísmo, la bondad de la gran alma “que formaba una” con ella; advertía que él “marchaba delante de la multitud y mostraba el camino que debían seguir los hombres”[804]; cuando el Santo Sínodo lo excomulgó, tomó valientemente su defensa y reclamó su parte en el peligro que lo amenazaba; pero ella no podía imponerse el creer lo que no creía; y Tolstoi era demasiado sincero para obligarla a fingir, él, que odiaba toda simulación en la fe y en el amor[805]. ¿Cómo hubiera podido obligarla, no creyendo, a que modificase su vida y sacrificase su fortuna y la de sus hijos?

Con sus hijos, el desacuerdo era todavía mayor. A Leroy Beaulieu, que vió a Tolstoi en familia, en Yasnaia Poliana, dice que “en la mesa, cuando el padre hablaba, los hijos disimulaban mal su tedio y su incredulidad”[806]. Su fe apenas había tocado a sus tres hijas, de las cuales una, María, había muerto. Estaba moralmente aislado entre los suyos: “con él no estaban más que su última hija y su médico”[807], para comprenderlo.

Sufría con este alejamiento de pensamiento, sufría por las relaciones mundanas que le eran impuestas, con los huéspedes enojosos, llegados del mundo entero, visitas de americanos y de “snobs” que lo aburrían; sufría el “lujo” en que su familia lo obligaba a vivir; modesto lujo, si se ha de creer a quienes lo vieron en su humilde casa, en medio de un moblaje casi austero, en su pequeña alcoba ¡con una cama de fierro, pobres sillas y muros desnudos! Pero estas comodidades le pesaban y eran para él un perpetuo remordimiento. En la segunda de las narraciones publicadas por el _Mercure de France_, amargamente opone al espectáculo de la miseria que lo rodeaba el del lujo de su propia casa.

_Mi actividad_, escribía ya en 1903, _por útil que pueda parecer a algunos hombres, pierde la mayor parte de su importancia, porque mi vida no está enteramente de acuerdo con las ideas que yo profeso_[808].

¡No pudo alcanzar este acuerdo! No podía obligar a los suyos a separarse del mundo, a menos que se hubiera separado de ellos y de su vida, para evitar así los sarcasmos y el reproche de la hipocresía que le lanzaron sus enemigos, felices de ampararse con el ejemplo para negar la doctrina.

En ello había pensado él; desde hacía largo tiempo, su resolución estaba tomada. Se ha encontrado y publicado recientemente[809] una admirable carta que el 8 de julio de 1897 escribió a su mujer, y que será necesario reproducir casi por entero, porque nada descubre mejor el secreto de esta alma amante y atormentada:

_Desde hace largo tiempo, amada Sofía, sufro por el desacuerdo que hay entre mi vida y mis creencias. No puedo obligaros a cambiar ni vuestra vida ni vuestras costumbres; no he podido tampoco abandonaros hasta hoy, porque pensaba que, por mi alejamiento, privaría a nuestros hijos, todavía muy jóvenes, de esta pequeña influencia que podría tener sobre ellos, y porque a todos os causaría yo mucho dolor. Pero no puedo continuar viviendo como he vivido durante estos últimos dieciséis años[810], ora luchando contra vosotros y provocando vuestra irritación, ora sucumbiendo yo mismo a los influjos y seducciones a que estoy habituado y que me rodean. He resuelto hacer ahora lo que quería hace mucho tiempo: marcharme... Como los hindús, que, cuando han llegado a los sesenta años, se van a un bosque, como cada hombre viejo y religioso que desea consagrar los últimos años de su vida a Dios y no a las bromas, a los juegos de palabras, a las habladurías, al “lawn-tennis”; así también yo, que he llegado a los setenta años, deseo con todas las fuerzas de mi alma la paz, la soledad y, si no una armonía completa, por lo menos no este desacuerdo que clama entre mi vida toda y mi conciencia. Si hubiera partido abiertamente, habría habido súplicas, discusiones, y yo habría cedido y tal vez no llevado a cabo mi resolución, cuando debe ser cumplida. Os suplico por tanto que me perdonéis, si este acto mío os entristece. Y tú principalmente, Sofía, déjame partir, no me busques, no te disgustes ni me censures. El hecho de que te haya abandonado no prueba que tenga yo motivos de queja contra ti... Sé que tú no podías, que no podías ver ni pensar como yo, y por esto no has podido cambiar tu vida y hacer un sacrificio a lo que no reconocías. Por eso no te censuro; antes por el contrario, me acuerdo con amor y gratitud de los treinta y cinco años largos de nuestra vida común, y principalmente de la primera mitad de este tiempo, cuando con el valor y la consagración de tu naturaleza de madre soportabas valientemente lo que considerabas tu misión. Me has dado a mí y al mundo cuanto nos podías dar. Has prodigado tu amor maternal y hecho grandes sacrificios... Pero, en el último período de nuestra vida, en los últimos quince años, nuestros caminos se han separado. No puedo creer que yo sea culpable de ello; sé que si he cambiado, no ha sido por mi gusto, ni por el mundo sino porque no podía obrar de otra manera. No puedo acusarte de no haberme seguido, y te doy gracias y me acordaré siempre con amor de cuanto me has dado. Adiós, mi querida Sofía. Te amo._

“_El hecho de que te haya abandonado_”...Y no la abandonó ¡Pobre carta! Parece que le fué bastante escribirla, para que su resolución quedase cumplida... Cuando la hubo escrito había ya agotado toda la fuerza de su resolución. “_Si hubiera partido abiertamente, habría habido súplicas, habría cedido_”... No hubo necesidad de “_súplicas_”, ni de “_discusiones_:” le bastó mirar, un momento después, a quienes iba a abandonar, y sintió que no podía, que no podía abandonarlos; y la carta, que llevaba en el bolsillo, la guardó en un mueble, con esta indicación:

_Entregar esto, después de mi muerte, a mi esposa Sofía Andreievna._

Y a esto se redujo su proyecto de evasión. ¿Era ésa toda su fuerza? ¿No era capaz de sacrificar sus ternuras a su Dios? En verdad, no faltan en los fastos cristianos santos de más firme corazón, que nunca vacilaron para aplastar resueltamente bajo sus pies sus afecciones y las de los demás... ¿Qué hacer? Él no era como esos santos: era débil, era hombre; y por eso nosotros lo amamos.

Más de quince años antes, en una página de un dolor desgarrador, se preguntaba a sí mismo:

_¿Y bien, León Tolstoi, vives según los principios que predicas?_

Y se respondía abrumado:

_Muero de vergüenza; soy culpable, merezco el desprecio... Sin embargo, comparad mi vida de otro tiempo con la de ahora, y veréis que trato de vivir según la ley de Dios. No he hecho la milésima parte de lo que es necesario hacer, y por eso estoy confuso; pero no lo he hecho, no porque no lo haya deseado, sino porque no he podido hacerlo... Acusadme, pero no acuséis a la senda que yo sigo. Si conozco el camino que conduce a mi casa, y lo sigo titubeando, como un hombre ebrio ¿querrá esto decir que el camino sea malo? Indicadme otro, o sostenedme en el verdadero camino, como estoy yo pronto a sosteneros; pero no me rechacéis, ni os regocijéis con mi desventura; no gritéis con transporte de alegría: “¡Mirad: dice que va a su casa y cae en el fangal!” ¡No: no os regocijéis, ayudadme, sostenedme!... ¡Ayudadme! Mi corazón se desgarra de desesperación porque todos nos hemos extraviado, y cuando hago toda suerte de esfuerzos por salir, vosotros, cada vez que me aparto, en lugar de tener compasión, me señaláis con el dedo, gritando: “¡Ved cómo cae con nosotros en el fango!”_[811].

Más cercano a la muerte, repetía:

_No soy un santo, ni nunca me he ofrecido por tal. Soy un hombre que se deja arrastrar, y que a veces no dice todo lo que piensa y siente; no porque no lo desea, sino porque no lo puede, porque frecuentemente le sucede que exagera o que se equivoca. En mis acciones esto es aún peor. Soy de hecho un hombre débil, con hábitos viciosos, que anhela servir al Dios de la verdad, pero que tropieza constantemente. Si se me tiene por un hombre que no puede equivocarse, cada una de mis faltas debe parecer una mentira o una hipocresía; pero si se me tiene por un hombre débil, apareceré entonces como soy en realidad: un ser que inspira lástima, pero sincero, que constantemente y con toda su alma ha deseado y desea aún llegar a ser un hombre bueno, un buen servidor de Dios._

Así permaneció, perseguido por el remordimiento, perseguido por el reproche mudo de los discípulos más enérgicos y menos humanos que él[812], desgarrado por su debilidad y su indecisión, dividido entre el amor a los suyos y el amor a Dios, hasta que un día un golpe de desesperación, y tal vez el soplo abrasador de fiebre que se levanta cuando se aproxima la muerte, lo arrojaron fuera de su casa, a los caminos, errante, fugitivo, llamando a las puertas de un convento para seguir luego su carrera, cayendo al fin en el camino, en un obscuro lugar, para ya no volver a levantarse[813]. Y en su lecho de muerte lloraba, no por sí mismo, sino por los desventurados, mientras decía en medio de sollozos:

_Hay sobre la tierra millones de hombres que sufren ¿por qué estáis aquí, todos, para ocuparos solamente de mí?_

Y entonces llegó--era el domingo 20 de noviembre de 1910, poco después de las seis de la mañana,--“la liberación”, como él la llamaba, “la muerte, la muerte bendita...”.

CONCLUYE LA LUCHA

La lucha había terminado, lucha de ochenta y dos años para la cual había sido campo esta vida. Trágico y glorioso combate en que tomaron parte todas las fuerzas de la vida, todos los vicios y todas las virtudes. Todos los vicios menos uno, la mentira, que persiguió sin cesar y atacó hasta en sus últimos refugios.

En primer término, la libertad embriagada, las pasiones que entrechocan en la noche tempestuosa, que iluminan, de trecho en trecho, con deslumbradores relámpagos, crisis de amor y de éxtasis, visiones del Eterno. Años del Cáucaso, de Sebastopol, años de juventud tumultuosa e inquieta. Luego, la gran tranquilidad de los primeros años del matrimonio. La felicidad del amor, del arte, de la naturaleza,--_La Guerra y la Paz_. El pleno día del genio, que abarca todo el horizonte humano y el espectáculo de estas luchas, que para el alma pertenecen ya a lo pasado. Las domina, es el amo de ellas, y ya no le bastan. Como el príncipe Andrés, tiene los ojos vueltos hacia el cielo inmenso que luce por encima de Austerlitz. Este cielo lo atrae:

_Hay hombres de alas potentes, a quienes la voluptuosidad hace descender en medio de la multitud, donde sus alas se rompen: yo, por ejemplo. Después, baten sus alas rotas, remontan el vuelo vigorosamente, y de nuevo caen. Las alas serán curadas: y volaré muy alto. ¡Que Dios me ayude!_[814]

Estas palabras fueron escritas en medio de la más terrible tempestad, cuyo recuerdo y eco son las _Confesiones_. Tolstoi fué arrojado más de una vez por el suelo, destrozadas las alas. Y siempre se obstinó; volvió a levantarse; y he aquí que flota en “el cielo inmenso y profundo” con sus dos grandes alas, que son una la razón y otra la fe. Pero no encontró la calma que buscaba, porque el cielo no está fuera de nosotros, el cielo está en nosotros. Allá Tolstoi respira sus tempestades de pasiones; y se distingue por eso de los apóstoles que renuncian, pues pone en su renunciación el mismo ardor que ponía en vivir. Y es siempre la fe a la que abraza, con una violencia de amante; está “loco de vida”; está “ebrio de vida”; no puede vivir sin esa embriaguez[815]. Embriagado de felicidad y de desventura, a la vez; embriagado de la muerte y de la inmortalidad[816]. Su renunciación a la vida individual no es más que un grito de pasión exaltada hacia la vida eterna. No; la paz que alcanzó, la paz del alma que él invocaba no es la de la muerte; es la de esos mundos inflamados que gravitan en el espacio infinito. En él la cólera es calma[817] y la calma es ardiente. La fe le ha dado armas nuevas para recomenzar, más implacable, el combate que desde sus primeras obras no cesó de librar contra las mentiras de la sociedad moderna. No se detiene ya en algunos tipos de novelas, sino que ataca a los grandes ídolos: hipocresías de la religión, del Estado, de la ciencia, del arte, del liberalismo, del socialismo, de la instrucción popular, de la beneficencia, del pacifismo,[818]... Los abofetea, se encarniza contra ellos.

El mundo contempla, de lejos en lejos, la aparición de esos grandes espíritus rebeldes que, como Juan el Precursor, lanzan anatemas contra una civilización corrompida. La última de esas apariciones había sido Rousseau. Por su amor a la Naturaleza[819], por su odio a la sociedad moderna, por su celo de independencia, por su fervor de adoración al Evangelio y la moral cristiana, Rousseau anuncia a Tolstoi, que se juzga continuador de aquél:

“Algunas de sus páginas me llegan al corazón, decía, y creo que yo las habría escrito”[820].

Pero ¡cuánta diferencia entre las dos almas, y cómo la de Tolstoi es más puramente cristiana! ¡Qué falta de humildad, qué arrogancia farisaica, la de este grito insolente de las Confesiones del ginebrino!:

_¡Ser Eterno! Que uno solo te diga, si osa decirlo: ¡fuí mejor que este hombre!_

O en este reto al mundo:

_Declaro arrogantemente y sin temor: quienquiera que me crea un hombre deshonesto, es él mismo un hombre que merece ser ahorcado._

Tolstoi lloraba lágrimas de sangre sobre los “crímenes” de su vida pasada:

_Sufro las torturas del infierno. Recuerdo toda mi cobardía pasada, y estos recuerdos no me abandonan, me envenenan la vida. Se lamenta de ordinario que no se conserven recuerdos después de la muerte ¡Qué felicidad que así sea! ¡Cuál sufrimiento sería, si, en esa otra vida, me acordase de todo el mal que he cometido aquí abajo!_[821]...

No es él quien hubiera escrito sus _Confesiones_, como Rousseau, porque decía éste, “sintiendo que el bien sobrepasaba el mal, tenía yo interés en decirlo todo”[822]. Tolstoi, después de haber ensayado, renuncia a escribir sus _Memorias_: la pluma se le cae de las manos; no quiere ser objeto de escándalo para quienes lo habrán de leer:

_Las gentes dirán: ¡Ved a este hombre que muchos colocan a tanta altura! ¡Y qué cobarde era! Luego, a nosotros, simples mortales, es Dios mismo quien nos ordena que seamos cobardes_[823].

Nunca conoció Rousseau el bello pudor moral de la fe cristiana, la humildad que da al viejo Tolstoi un candor inefable. Detrás de Rousseau--encuadrando la estatura de la isla de los Cisnes--se ve la Roma de Calvino. En Tolstoi, encuentra uno a los peregrinos, a los inocentes, cuyas ingenuas confesiones y cuyas lágrimas habían conmovido su infancia.

Pero mucho más aún que la lucha contra el mundo, que le es común con Rousseau, otra lucha llena los treinta últimos años de la vida de Tolstoi, un magnífico combate entre las dos más altas potencias de su alma: la Verdad y el Amor.

La Verdad (“esta mirada que va derecho a las almas”), la luz penetrante de estos ojos grises que os traspasan... Era su fe más antigua, la reina de su arte.

_La heroína de mis escritos, la que yo amo con todas las fuerzas de mi alma, la que fué, es y será siempre bella, es la verdad_[824].

La verdad, único despojo que aún flotaba del naufragio, después de la muerte de su hermano[825]. La verdad, eje de su vida, roca en medio de la mar...

Pero bien pronto, la “horrible verdad”[826] no le bastará, porque el Amor la había suplantado. Era la fuente viva de su infancia, “el estado natural de su alma”[827]. Cuando sobrevino la crisis moral de 1880, no abdicó de la verdad y la abrió al amor[828].

El amor es “la base de la energía”[829]. El amor es “la razón de vivir”, la única, con la belleza[830]. El amor es la esencia del Tolstoi madurado por la vida, del autor de _La Guerra y la Paz_ y de la carta al Santo Sínodo[831].

Esta penetración de la verdad por el amor forma el precio único de las obras maestras que escribió, al mediar su vida--_nel mezzo del cammin_--y que distingue su realismo del realismo de Flaubert. Éste pone su fuerza en no amar a sus personajes; y por grande que así sea, le falta el _¡Fiat lux!_

La luz del sol no es suficiente, se necesita la del corazón. El realismo de Tolstoi se encarna en cada uno de los seres, y, viéndolos con sus ojos, encuentra, aun en el más vil, razones para amarlo y para hacernos sentir la cadena fraternal que nos une a todos[832]. Por el amor penetra hasta las raíces de la vida.

Mas es difícil mantener esta unión. Hay horas en que el espectáculo de la vida y de sus dolores es tan amargo que parece un reto al amor, y que, para salvarlo, para salvar su fe, está uno obligado a levantarla tan alto por encima del mundo, que corre peligro de perder con él todo contacto. ¿Y qué hará quien ha recibido de la suerte el don soberbio y fatal de ver la verdad y no poder dejar de verla? ¡Quién dirá lo que Tolstoi sufrió con el continuo desacuerdo de sus últimos años, entre sus ojos despiadados que veían el horror de la realidad, y su corazón apasionado que insistía en esperar y afirmar el amor!