Vidas Ejemplares: Beethoven—Miguel Ángel—Tolstoi

Part 21

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Al menos, de su padre sí pudo conservar algunos recuerdos. Era un hombre amable y burlón, de ojos tristes, que vivía en sus tierras una existencia independiente y desnuda de ambiciones. Nueve años de edad tenía Tolstoi cuando murió; y su muerte le hizo “comprender por la vez primera la amarga verdad, y llenó su alma de desesperación”[522]. Primer encuentro de la infancia con el espectro del terror que una parte de su vida debía consagrar a combatir, y la otra a celebrarlo, transfigurándolo... La huella de esta angustia está contenida en algunas líneas inolvidables de los últimos capítulos de “_Infancia_”, en las cuales los recuerdos fueron aprovechados para la narración de la muerte y del entierro de la madre.

Cinco niños quedaron en la vieja mansión de Yasnaia Poliana,[523] en donde León Nicolaievich nació el 28 de agosto de 1828, y la cual no debía abandonar sino para morir, 82 años más tarde. La menor, una niña, María, se hizo después religiosa (y con ella fué a refugiarse Tolstoi moribundo, cuando huyó de su casa y de los suyos). Eran cuatro hombres: Sergio, egoísta y agradable, “sincero hasta un grado que no he visto alcanzar jamás a otros”; Dmitri, apasionado, concentrado, quien después, siendo estudiante, también se entregó a prácticas religiosas con vehemencia, sin cuidarse de la opinión pública, ayunando, buscando a los pobres y dando albergue a los enfermos, para de pronto arrojarse en el desorden, con igual violencia; y, en seguida, roído por los remordimientos, rescatar y llevar a su casa a una muchacha que había conocido en una casa pública, para morir de tisis a los 29 años;[524] Nicolás, el mayor, el hermano más amado, quien heredó de la madre su imaginación para contar historias,[525] irónico, tímido y delicado, fué más tarde oficial en el Cáucaso y ahí adquirió la costumbre de alcoholizarse. De éste, que, lleno también de ternura cristiana, vivía en chozas compartiendo con los pobres cuanto poseía, decía Turguenef “que ponía en práctica la humildad en la vida que su hermano León se contentaba con desarrollar en teoría”.

Junto a los huérfanos estaban dos mujeres de gran corazón.

Una era la tía Tatiana,[526] “que tenía dos virtudes, dice Tolstoi: la paz y el amor”; y cuya vida toda sólo era amor. Se consagraba a los demás sin descanso...

“_Ella me ha hecho conocer el placer moral de amar..._”.

La otra, la tía Alejandra, servía siempre a los demás y evitaba que se la sirviera, se privaba de criados y tenía por ocupaciones favoritas la lectura de vidas de los santos y las charlas con los peregrinos y con los “inocentes”. Muchos de estos “inocentes” vivían en la casa, y uno de ellos, una vieja peregrina que recitaba salmos, era madrina de la hermana de Tolstoi; otro, el inocente Gricha, solamente sabía orar y llorar.

_¡Oh, gran cristiano Gricha! Tu fe era tan fuerte que sentías la proximidad de Dios; tu amor era tan ardiente que las palabras brotaban de tus labios, sin que tu razón las ordenara. ¡Y cómo celebrabas su magnificencia cuando, no encontrando ya palabras para loarlo, bañado en lágrimas te prosternabas en el suelo!..._[527]

¿Quién no advierte la parte que estas almas humildes tuvieron en la formación de Tolstoi? Parece que en alguna de ellas se insinuaba ya, se bosquejaba, el Tolstoi de los últimos días. Sus plegarias, su amor, arrojaron en el espíritu del niño las simientes de la fe, de las cuales debía el anciano coger los frutos.

Aparte del inocente Gricha, en los relatos de _Infancia_, Tolstoi no habla de estos modestos colaboradores que lo ayudaron a edificar su alma. Pero, en cambio, ¡cuánto se transparenta en las páginas del libro esta alma de niño, “este corazón puro y amante, como un claro rayo de luz que descubría siempre en los otros sus cualidades mejores”; esta ternura infinita!... Siendo feliz, piensa en el único hombre que sabe es infortunado, llora y querría consagrarse a él; abraza a un viejo caballo, y le pide perdón por haberlo hecho sufrir; es feliz por amar, aun no siendo amado. Se perciben ya los gérmenes de su genio futuro: su imaginación que lo hace llorar con sus propias historias; su cerebro siempre en trabajo, que lucha siempre por saber qué piensan las gentes; su precoz facultad de observación, y de memoria;[528] la mirada atenta que escruta fisonomías, en medio de su duelo y de la verdad de su dolor. A los cinco años sintió, dice él, por la vez primera, “que la vida no es una diversión, sino una tarea demasiado ruda”[529].

Felizmente lo olvidó. En aquel tiempo se arrullaba con los cuentos populares, con los _bylines_ rusos, esos ensueños típicos y legendarios; con narraciones de la Biblia,--sobre todo de la sublime Historia de José que, ya anciano, aun lo presentaba como un modelo de arte;--y de las _Mil y una Noches_ que en la casa de su abuela, cada velada, recitaba un narrador ciego, sentado en el umbral de la ventana.

* * * * *

Hizo sus estudios en Kazan[530]. Estudios tan mediocres que se decía de los tres hermanos:[531] “Sergio quiere y puede; Dmitri quiere y no puede, y León ni quiere ni puede”.

Pasaba por lo que él llamó “el desierto de la adolescencia”, desierto de arena batido por ráfagas de un viento abrasador de locura. Acerca de este período los relatos de _Adolescencia_, y sobre todo los de _Juventud_, son ricos en confesiones íntimas. Estaba solo; su cerebro, en un estado de fiebre perpetua. Durante un año investiga por su propia cuenta y ensaya todos los sistemas[532]. Estoico, se martiriza con torturas físicas; epicúreo, se prostituye. Cree después en la metempsícosis; y acaba por caer en un nihilismo demente: le parecía que si se volviese con suma rapidez, podría ver la nada frente a frente. Se analiza, se analiza...

“_No pensaba ya en una cosa, pensaba que pensaba en una cosa..._”[533].

Este análisis perpetuo, este mecanismo de razonar que giraba en el vacío, le quedará como hábito peligroso que, decía él, “lo perjudicó a menudo en la vida”; pero del cual sacó su arte recursos inesperados[534].

En este juego había perdido todas sus convicciones, o, al menos, así lo pensaba. A los dieciséis años dejó de orar y de ir a la iglesia[535]; pero la fe no había muerto, estaba solamente germinando:

“_Sin embargo, yo creía en algo. ¿En qué? No podría decirlo. Creía aún en Dios, o más bien, no lo negaba. Pero ¿en cuál Dios? Lo ignoraba. No negaba tampoco a Cristo y su doctrina; pero en qué consistía esta doctrina, no habría sabido decirlo_”[536].

Se sentía poseído, por momentos, de ensueños de bondad. Quería vender su carruaje para dar el dinero a los pobres, hacerles el sacrificio de una décima parte de su fortuna, privarse de sirvientes... “Porque son ellos también hombres como yo”[537]. Escribió, durante una enfermedad[538], sus _Reglas de vida_. Ingenuamente se atribuyó el deber de “estudiar y profundizar todo: derecho, medicina, lenguas, agricultura, geografía, matemáticas, alcanzar el grado más alto de perfección en música y en pintura”, etc... Tenía “la convicción de que el destino del hombre está en su incesante perfeccionamiento”. Pero en modo insensible, al impulso de sus pasiones de adolescente, de una sensualidad violenta y de un amor propio inmenso,[539] esta fe, en ese extraviado perfeccionamiento, perdía su carácter desinteresado y se hacía práctica y material. Si deseaba perfeccionar su voluntad, su cuerpo y su espíritu, era para vencer al mundo e imponerle el amor[540]. Deseaba agradar.

Esto no era fácil. Tenía entonces una fealdad simiesca: rostro brutal, largo y pesado, cabello corto y calzándole la frente, ojos pequeños que miraban con dureza, hundidos en sus órbitas sombrías; nariz larga, labios gruesos y salientes y grandes orejas[541]. No pudiendo hacerse ilusiones acerca de esta fealdad, que cuando era un niño ya le causaba crisis de desesperación[542], pretendió realizar el ideal del “hombre elegante”[543]. Este ideal lo llevó, para ser como los otros “hombres elegantes“, a entregarse al juego, a endeudarse estúpidamente y a hacer una vida de libertinaje[544].

Una cosa le salvó siempre: su absoluta sinceridad.

--¿Sabéis por qué os amo más que a los demás?--decía Nekhludov a su amigo.--Porque tenéis una cualidad sorprendente y rara: la franqueza.

--Sí, digo siempre todo, aun aquellas cosas que tengo vergüenza de confesarme[545].

Hasta en sus peores extravíos se juzgó siempre con una clarividencia despiadada.

“De hecho vivo bestialmente, escribió en su Diario; estoy completamente deprimido”.

Y fiel a su manía de analizarse, registra minuciosamente las causas de sus errores:

1.º _Indecisión o falta de energía_; 2.º _Engaño de sí mismo_; 3.º _Precipitación_; 4.º _Falsa vergüenza_; 5.º _Mal humor_; 6.º _Confusión_; 7.º _Espíritu de imitación_; 8.º _Volubilidad_; 9.º _Irreflexión_.

Esta misma independencia de criterio aplica, aún siendo estudiante, a la crítica de las convenciones sociales y de las supersticiones intelectuales. Se mofa de la ciencia universitaria, niega toda seriedad a los estudios históricos y se expone a sufrir correctivos por sus audacias de pensamiento. En esta época descubrió a Rousseau, las _Confesiones_ y el _Emilio_, y fué para él como un golpe de rayo.

“_Le rendí culto; llevaba al cuello su retrato, en una medalla, como si fuera una imagen santa_”[546].

Sus primeros ensayos filosóficos no son sino comentarios sobre Rousseau (1846-1847).

Sin embargo, disgustado de la Universidad y de los “hombres elegantes”, retornó a soterrarse en sus campos de Yasnaia Poliana (1847-1851), y volvió a ponerse en contacto con el pueblo. Intentó consagrarse entonces a ayudar al pueblo, convertirse en su benefactor y en su educador. Sus experiencias de este tiempo han sido referidas en una de sus primeras obras, _La Mañana de un Señor_ (1852), novela notable, de la cual es protagonista su personaje favorito, el príncipe Nekhludov[547].

Nekhludov tiene veinte años, y acaba de abandonar la Universidad para consagrarse a sus campesinos. Un año hace que trabaja en hacerles el bien; y, en una visita a la aldea, lo vemos estrellarse contra la indiferencia burlona, la desconfianza arraigada, la rutina, la imprevisión, los vicios, la ingratitud. Todos sus esfuerzos son en vano. Regresa desalentado, pensando en sus ensueños de un año antes, en su generoso entusiasmo, en “sus ideas sobre que el amor y el bien constituían la felicidad y la verdad, las únicas verdad y bondad posibles en el mundo”. Se siente vencido, avergonzado y cansado.

“_Se sienta ante el piano y su mano inconscientemente acaricia las teclas. Una armonía brota, luego una segunda, otra tercera... Se pone a tocar. Los acordes no eran completamente regulares; a menudo parecían ordinarios hasta la banalidad y no revelaban ningún talento musical; pero en ellos encontraba un placer indefinible, triste. A cada cambio de armonías, con una anhelante palpitación de corazón esperaba la que iba a surgir, y por la imaginación suplía vagamente lo que faltaba. Escuchaba el coro, la orquesta... Y su placer principal nacía de la obligada actividad de la imaginación, que le presentaba aisladas, pero con una sorprendente claridad, las imágenes y las escenas más variadas del pasado y del porvenir..._”.

Reveía a los “mujiks”, viciosos, desconfiados, mentirosos, holgazanes y testarudos, con quienes charlaba hacía un instante; pero en esta vez se los representaba con todo lo que tienen de bueno, ya no con sus vicios; penetraba en sus corazones por la intuición del amor; leía en ellos su paciencia, su resignación con la suerte que los abruma, su perdón de los ultrajes, su consagración a la familia y las causas de su fidelidad rutinaria y piadosa al pasado; evocaba sus jornadas de fructuoso trabajo, fatigador y sano...

“Esto es bello, murmuraba... ¿Por qué no soy yo uno de ellos?”[548].

Todo Tolstoi está ya en el héroe de esta primera novela;[549] su visión clarísima y sus ilusiones persistentes. Observa a las gentes con un realismo sin desmayos; pero en el momento que cierra los ojos, vuelven a apoderarse de él sus ensueños y su amor a los hombres.

* * * * *

Tolstoi, en 1850, es menos paciente que Nekhludov; Yasnaia lo ha aniquilado; tan cansado está del pueblo como de la “élite”; su misión le pesa, y no tiene a qué consagrarse. Por otra parte, sus acreedores lo asediaban.

En 1851 huye al Cáucaso, a unirse al Ejército, cerca de su hermano Nicolás, que era oficial.

Y apenas llega a las serenas montañas, se tranquiliza, vuelve a encontrar a Dios.

“_La última noche[550] apenas he dormido... Me puse a orar a Dios. Imposible es para mí describir la dulzura de sentimientos que experimentaba mientras estuve orando. Recité mis plegarias habituales y proseguí después largo tiempo en oración. Algo deseaba yo, muy grande, muy hermoso... ¿Qué era? no podría decirlo. Anhelaba confundirme en el Ser infinito, y le demandaba que me perdonase mis faltas... Pero no, yo no demandaba nada: sentía que, pues me había concedido aquel momento de ventura, me perdonaba. Pedía y sentía a un tiempo mismo que nada tenía yo qué pedir, ni podía ni sabía pedir. Y se lo agradecí, pero no con palabras, no con pensamientos... Una hora había transcurrido apenas cuando de nuevo escuchaba la voz del vicio. Me dormí soñando con la gloria, y con las mujeres: era esto más fuerte que yo. ¡No importa! He dado gracias a Dios por este momento de felicidad, porque me ha mostrado mi pequeñez y mi grandeza. Quiero orar, pero no sé; quiero comprender, pero no me atrevo... ¡Me abandono a tu Voluntad!_”[551].

La carne no estaba vencida (no lo estuvo jamás); la lucha se proseguía en lo secreto del corazón, entre Dios y las pasiones. Tolstoi anota, en su Diario, cuáles son los tres demonios que lo devoran:

1.º _La Pasión del juego._ Lucha posible.

2.º _La Sensualidad._ Lucha muy difícil.

3.º _La Vanidad._ La más terrible de todas.

En el instante en que soñaba vivir para los otros y sacrificarse, sus pensamientos voluptuosos y fútiles lo asediaban: la imagen de alguna mujer cosaca, o “la desesperación que sufriría si su mostacho izquierdo se levantase más que el derecho”[552]. “¡No importa!” Dios estaba allí y no lo abandonaría. La efervescencia de la lucha misma era fecunda, porque todas las potencias de vida en ella se exaltaban.

_Pienso que la idea tan frívola que tuve de hacer un viaje al Cáucaso, me fué de lo Alto inspirada. Me ha guiado la mano de Dios; y no ceso de darle gracias. Comprendo que he llegado a ser mejor aquí, y estoy firmemente persuadido que todo lo que pueda acontecerme no será sino para mi bien, puesto que Dios mismo es quien lo ha querido..._[553]

Es el canto de acción de gracias de la tierra a la primavera. La tierra se cubre de flores; todo está bien en ella; todo es bello. En 1852 el genio de Tolstoi da sus primeras flores: _Infancia_, _La Mañana de un Señor_, _La Incursión_, _Adolescencia_; y él da gracias al Espíritu de Vida que lo ha fecundado[554].

LA HISTORIA DE MI INFANCIA

La _Historia de mi Infancia_ fué comenzada en el Otoño de 1851, en Tiflis, y concluida en Piatigorsk, en el Cáucaso, el 2 de julio de 1852. Es curioso observar que en el cuadro de esta naturaleza que lo embriagaba, en plena vida nueva y en medio de los peligros inquietantes de la guerra, ocupado en descubrir un mundo de caracteres y de pasiones que le eran completamente desconocidos, Tolstoi se haya vuelto hacia los recuerdos de su vida pasada en esta primera obra. Pero cuando escribió _Infancia_ se encontraba enfermo, su actividad militar bruscamente interrumpida; y durante los prolongados ocios de la convalecencia, dolorido y solo, estaba en una disposición sentimental de espíritu en la cual, ante sus ojos enternecidos, revivía lo pasado[555]. Después de la agotadora tensión de los últimos años, tan desagradables, era para él dulce de reanimar “el período maravilloso, inocente, poético y alegre” de la edad primera, y rehacerse un “corazón de niño, bueno, sensible y capaz de amor”. Por otra parte, con el ardor de la juventud y sus ilimitados proyectos, dado el carácter cíclico de su imaginación poética, que raramente concebía un tema aislado y para la cual las grandes novelas no eran sino eslabones de una larga cadena histórica, fragmentos de vastos conjuntos que no pudo nunca ejecutar[556], Tolstoi no podía ver en las narraciones de _Infancia_, en aquel momento, sino los primeros capítulos de una _Historia de cuatro épocas_, que también comprendería su vida en el Cáucaso y concluiría, sin duda, en la revelación de Dios por la Naturaleza.

Más tarde, Tolstoi fué muy severo para las narraciones de _Infancia_, a las cuales debió una gran parte de su popularidad.

“¡Es esto tan malo,--decía a Birukov;--está escrito con tan poca honestidad literaria!... De eso no se puede sacar nada”.

En esta opinión estuvo solo. La obra manuscrita, enviada sin nombre de autor a la gran revista rusa _Sovremennik_ (El Contemporáneo), fué en el acto publicada (el 6 de septiembre de 1832) y tuvo un éxito unánime que después han confirmado todos los públicos de Europa; y sin embargo, no obstante su encanto poético, su finura de colorido, su emoción delicada, es fácil de comprender que más tarde haya desagradado a Tolstoi. Le desagradó por las mismas razones que gustaba a los demás; porque es necesario decirlo claramente: a excepción de la pintura de algunos tipos locales y en un pequeño número de páginas, que sorprenden por el sentimiento religioso o por el realismo en la emoción[557], la personalidad de Tolstoi se acusa débilmente en esta obra. Se extiende por sus páginas un dulce, un tierno sentimentalismo, que después siempre le fué antipático y que proscribió de sus demás novelas. Lo reconocemos, y reconocemos este “humor” y estas lágrimas, que vienen de Dickens. Entre sus lecturas favoritas, de los catorce a los veintiún años, Tolstoi señala en su Diario: “_Dickens_, _David Copperfield_. Influencia considerable”. Todavía en el Cáucaso releyó este libro.

Otras dos influencias señala él mismo: Sterne y Toepffer. “Entonces estaba yo bajo la inspiración de ellos”[558].

¿Quién habría pensado que las “_Nouvelles Genevoises_” fueron el primer modelo del autor de _La Guerra y la Paz_? Y basta, sin embargo, saberlo para descubrir en las narraciones de _Infancia_ la bonhomía afectuosa y zumbona de Toepffer, trasplantada a una naturaleza más aristocrática.

Encontró Tolstoi, al principiar, que ya era conocido, y su personalidad no tardó mucho en afirmarse. _Adolescencia_ (1853), menos pura y menos perfecta que _Infancia_, descubre una psicología más original, un sentimiento de la naturaleza más vivo y un alma atormentada, alma con la cual Dickens y Toepffer se habrían sentido a disgusto. En _La Mañana de un Señor_ (octubre de 1852)[559], el carácter de Tolstoi aparece netamente formado, con la intrépida sinceridad de sus observaciones y su fe en el amor. Entre los notables retratos de campesinos que pinta en esta novela se encuentra ya el bosquejo de una de las más hermosas visiones de sus _Cuentos Populares_: el anciano en el colmenar,[560] aquel viejecito bajo el abedul, con las manos extendidas, los ojos en alto, su cabeza calva luciente al sol, y en torno de ella, las abejas doradas que revuelan sin picarle, formándole una corona...

LAS NARRACIONES DEL CÁUCASO

Pero las obras--tipo de este período son aquéllas que registran inmediatamente sus emociones actuales: las narraciones del Cáucaso. La primera, _La Incursión_, (concluida el 24 de diciembre de 1852), se impone por su magnificencia de paisajes: una salida de sol en las montañas, a la orilla de un arroyo; un sorprendente cuadro nocturno, en el cual sombras y ruidos están fijados con una conmovedora intensidad; y el retorno, en la tarde, mientras a lo lejos las cimas nivosas desaparecen en una bruma violeta y las voces hermosas de los soldados que cantan ascienden y se pierden en el aire transparente. Muchos de los personajes de _La Guerra y la Paz_ hacen allí su entrada en la vida, como el capitán Khlopov, héroe verdadero, que no se bate por placer sino para cumplir su deber, “una de esas fisonomías rusas, sencillas, tranquilas, que es tan fácil y tan agradable mirar de lleno a los ojos”. Pesado, torpe, un poco ridículo, indiferente a cuanto le rodea, no cambia en medio de la batalla, cuando todos cambian; “permanece exactamente como se le ha visto siempre, con los mismos movimientos tranquilos, la misma voz igual, la misma expresión de sinceridad en su rostro ingenuo y pesado”. Junto a él está el teniente que encarna a los héroes de Lermontov, y que, siendo bueno, pone semblante de sentimientos feroces; y el pobre pequeño subteniente, tan alegre por su primera salida, que desborda en ternura y, presto a saltarle al cuello a cualquiera, adorable y risible, se hace matar estúpidamente, como Petia Rostov. En medio del cuadro está la figura de Tolstoi que observa, sin mezclarse en los sentimientos de sus compañeros, y que hace ya escuchar su grito de protesta contra la guerra.

_¿No pueden los hombres vivir con tranquilidad en este mundo tan hermoso, bajo el inmensurable cielo estrellado? ¿Cómo pueden conservar aquí tales sentimientos de maldad, de venganza, de rabia para destruir a sus semejantes? Cuanto de malo hay en el corazón del hombre había de desaparecer al contacto de la naturaleza, que es la más inmediata expresión de la belleza y del bien_[561].

Otras narraciones del Cáucaso con observaciones de esta época no fueron escritas sino más tarde, en 1854-1855, como _La Tala en el Bosque_[562], de un realismo exacto y un poco frío, pero lleno de notas curiosas acerca de la psicología del soldado ruso, (notas para lo porvenir); en 1856 un _Encuentro en el destacamento con un conocido de Moscú_[563], un hombre de mundo, fracasado, suboficial degradado, haragán, ebrio y mentiroso que no puede acostumbrarse a la idea de que pueda ser muerto como cualquiera otro de sus soldados, a quienes desprecia, y de quienes el peor vale cien veces más que él.

LOS COSACOS

Y por encima de estas obras se levanta, cumbre la más alta de esa primera cadena de montañas, una de las más bellas novelas líricas que Tolstoi haya escrito, el canto de su juventud, el poema del Cáucaso, _Los Cosacos_[564]. El esplendor de las nevadas montañas que destacan sus nobles líneas sobre el cielo luminoso, llena con su música el libro entero. Y la obra es única por esta flor del genio, “el todopoderoso dios de la juventud, como dice Tolstoi: ese ímpetu que ya no se recobra más”. ¡Cuál torrente primaveral!... ¡Qué efusiones de amor!

“_¡Yo amo, amo tanto!... ¡Bravo! ¡Bueno!... repetía y deseaba llorar. ¿Por qué? ¿quién era bravo? ¿qué amaba? No lo sabía bien_”[565].