Vidas Ejemplares: Beethoven—Miguel Ángel—Tolstoi
Part 2
Por triste que haya sido la infancia de Beethoven, conservó siempre de ella y de los lugares en que transcurrió un tierno y melancólico recuerdo. Obligado a abandonar Bonn y a pasar casi toda su vida en Viena, en la grande y frívola ciudad o en sus tristes barriadas, no olvidó nunca el valle del Rhin, ni el gran río augusto y paternal--_unser Vater Rhein_--como él lo llama, “nuestro padre el Rhin”, tan viviente en verdad, casi humano, semejante a un alma gigantesca por la cual pasan pensamientos y fuerzas innumerables; en ninguna parte más bello, más poderoso y más dulce que en la deliciosa Bonn, cuyas pendientes, sombreadas y florecidas, baña con la violencia de una caricia. Allá vivió Beethoven sus veinte primeros años; allá se formaron los ensueños de su corazón de adolescente, en estas praderas que flotan lánguidas sobre el agua, con sus chopos envueltos por la bruma, sus malezas, sus sauces, sus árboles frutales, que empapan las raíces en la corriente silenciosa y rápida; y, sobre la orilla inclinadas, muellemente curiosas, las aldeas, las iglesias, hasta los cementerios, en tanto que en el horizonte las Siete Montañas azuladas dibujan sobre el cielo sus perfiles atormentados, que coronan las esbeltas y bizarras siluetas de los viejos castillos en ruinas. Su corazón permaneció eternamente fiel a este país, y hasta el último instante soñó en volver a verlo, sin que lo hubiese logrado nunca. “Mi patria, la hermosa región en donde yo vi la luz primera, siempre tan bella, tan clara delante de mis ojos, como cuando yo la dejé”[9].
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En noviembre de 1792 Beethoven se estableció en Viena, metrópoli musical de Alemania[10]. La Revolución había estallado y comenzaba a ahogar a Europa. Beethoven salió de Bonn en el momento preciso en que la guerra llegaba, y en camino de Viena cruzó por entre los ejércitos de Hesse, que avanzaban contra Francia. En 1796 y 1797 puso música a las poesías bélicas de Friedberg, un _Canto de Partida_, y un Coro Patriótico, _Somos un gran pueblo alemán_ (_Ein grosses deutsches Volk sind wir_); pero en vano quiso cantar a los enemigos de la Revolución, porque la Revolución conquistó al mundo y a Beethoven. Desde 1798, y a pesar de la tirantez de relaciones entre Austria y Francia, entró Beethoven en comunicación íntima con los franceses, con la embajada, con el general Bernadotte, que acababa de llegar a Viena; y en sus conversaciones con ellos comenzaron a formarse en él los sentimientos republicanos, cuyo poderoso desarrollo se advierte en el resto de su vida.
Un dibujo que en esta época le hizo Stainhauser nos muestra una imagen bastante clara de lo que era entonces Beethoven. Es con relación a sus siguientes retratos, lo que el retrato de Buonaparte por Guérin--rostro áspero, devorado por la fiebre de la ambición,--es a los otros retratos de Napoleón. Aparece Beethoven más joven de lo que era, enjuto, derecho, tieso dentro de su alto corbatín, con el mirar retador y violento: sabe lo que vale, y confía en su fuerza. En 1796 escribe en su cuaderno: “¡Valor! A pesar de todas las flaquezas del cuerpo, mi genio triunfará... ¡Veinticinco años! Los tengo ya, y es necesario que en este año el hombre se revele todo entero”[11]. La señora de Bernhard y Gelinck dicen que es muy orgulloso, de modales rudos y huraños, y habla con un acento marcadamente provinciano; pero sólo sus amigos íntimos conocen la exquisita bondad que se oculta bajo ese orgulloso encogimiento. Al escribir a Wegeler acerca de sus triunfos, el primer pensamiento que le viene a la mente es: “Por ejemplo, cuando veo a un amigo necesitado, si mi bolsillo no me permite acudir inmediatamente en su ayuda, no tengo más que sentarme a la mesa de trabajo, y, en poco tiempo, lo he sacado del apuro... Ya ves que esto es encantador”[12]. Y un poco después agrega: “Mi arte debe consagrarse al bien de los pobres”. (_Dann soll meine Kunst sich nur zum Besten der Armen zeigen._)
Ya el dolor había llamado a su puerta; se había apoderado de él para nunca más dejarlo. Entre 1796 y 1800 comenzaron los estragos de la sordera[13]; las orejas le zumban noche y día; lo minan dolores en las entrañas; su oído se debilita progresivamente. No lo confesará a nadie durante muchos años, ni a sus amigos más queridos; evita toda compañía para que su enfermedad no sea advertida, y este terrible secreto es sólo suyo; pero en 1801 ya no lo puede callar, lo confía con desesperación a dos de sus amigos: el doctor Wegeler y el pastor Amenda:
“Mi querido, mi bueno, mi cariñoso Amenda... ¡qué a menudo he deseado tenerte cerca de mí! Tu Beethoven es profundamente desventurado. Debes saber que la parte más noble de mí mismo, mi oído, se ha debilitado mucho. Ya en la época en que estábamos juntos, sentía síntomas del mal, y lo ocultaba; pero después ha empeorado mucho... ¿Curaré? Lo espero, naturalmente, pero muy poco, porque estas enfermedades son de las más incurables. ¡Qué tristemente vivo, abandonando todo lo que amo y me es más querido, y en un mundo tan miserable, tan egoísta!... ¡Triste resignación ésta en la cual debo refugiarme! Naturalmente que me he propuesto sobreponerme a todos estos males. Pero ¿cómo me será posible?”[14].
Y a Wegeler: “...Llevo una vida miserable; desde hace dos años eludo toda compañía, porque no me es posible conversar con los demás: soy sordo. Si tuviera cualquier otro oficio, esto sería llevadero; pero en el mío mi situación es terrible. ¡Qué dirán mis enemigos, cuyo número no es corto!... En el teatro debo colocarme muy cerca de la orquesta para escuchar a los actores. Los sonidos altos de los instrumentos y de las voces no los oigo si me coloco un poco lejos... Cuando se habla suavemente, apenas entiendo... Y por otra parte, cuando se grita, ello es para mí intolerable... Frecuentemente maldigo mi existencia. Plutarco me ha llevado a la resignación. Quiero, si esto es posible, desafiar mi destino; pero hay momentos de mi vida en los cuales soy la más miserable de las criaturas... ¡Resignación! ¡Qué triste refugio, y sin embargo es el único que me queda!”[15].
Esta tristeza trágica se externa en algunas obras de esta época, en la _Sonata Patética_, op. 13 (1799), y sobre todo en el largo de la _Tercera Sonata_ para piano, op. 10 (1798). Es extraño que no aparezca todavía en tantas obras más, como el riente _Septimino_ (1800), y la límpida _Primera Sinfonía_ (en do mayor, 1800), que reflejan todavía una despreocupación juvenil. Indudablemente que el alma necesita tiempo para acostumbrarse al dolor; siente tal necesidad de la alegría, que, cuando no la tiene, es necesario que la cree; cuando el presente es demasiado cruel, vive en el pasado; los días felices que fueron no se borran de un solo golpe, pues su fulgor persiste largo tiempo después de que pasaron. Solo y desventurado en Viena, Beethoven se refugió en su nostalgia del país natal, y sus recuerdos de entonces están todos de ella impregnados. El tema del andante con variaciones del _Septimino_, es sólo un _lied_ riniano; la _Sinfonía en do mayor_ es también una obra del Rhin, un poema de adolescencia que sonríe a sus ensueños; es alegre, lánguida; se adivina en ella el deseo y la esperanza de agradar; pero en algunos de sus pasajes, en la introducción, en el claroscuro de algunos bajos sombríos, en el _scherzo_ fantástico, se advierte ya, ¡con cuánta emoción! en este rostro de joven la mirada del genio que está por venir. Son los ojos del _bambino_ de Botticelli, en sus _Sagradas Familias_, estos ojos de niño en los cuales se adivina ya la próxima tragedia.
A los sufrimientos físicos se unían trastornos de otro orden. Wegeler dice que no conoció nunca a Beethoven sin una pasión llevada al paroxismo. Sus amores parece que siempre fueron de una gran pureza, porque en ellos no hubo nunca ninguna relación entre la pasión y el placer. La confusión que se establece en nuestro tiempo entre la una y el otro, no prueba más que la ignorancia en que la mayoría de los hombres están acerca de la pasión, y de su extrema rareza. En el alma de Beethoven había algo de puritano; las conversaciones y los pensamientos licenciosos le causaban horror; tenía sobre la santidad del amor ideas intransigentes, y se dice que no perdonaba a Mozart haber profanado su genio escribiendo un _Don Juan_. Schindler, que fué su amigo íntimo, asegura que “cruzó por la vida con un pudor virginal, sin haber tenido nunca que reprocharse una flaqueza”. Un hombre así estaba hecho para ser engañado y ser víctima del amor, y lo fué. Sin cesar se enamoraba locamente, sin cesar soñaba con la felicidad, que en el acto fracasaba, y era seguida de amargos sufrimientos. En estas alternativas de amor y de orgullosa rebeldía es preciso buscar el más fecundo manantial de las inspiraciones de Beethoven, hasta la edad en que su fogosa naturaleza se apacigua en una resignación melancólica.
En 1801 el objeto de su pasión fué, a lo que parece, Giulietta Guicciardi, a quien inmortalizó con la dedicatoria de su famosa _sonata_ llamada del _Claro de Luna_, op. 27 (1802). “Vivo de una manera muy dulce, escribía a Wegeler, y trato más con los hombres... Esta mudanza es obra del encanto de una muchacha adorable, que me ama y a quien yo amo. Son éstos los primeros momentos felices que tengo desde hace dos años”[16]. Los pagó duramente. Desde luego este amor le hizo sentir las miserias de su enfermedad y las condiciones precarias de su vida, que le hacían imposible desposarse con la que amaba. Además Giulietta era coqueta, infantil, egoísta; hizo sufrir cruelmente a Beethoven, y en noviembre de 1803 casó con el conde Gallenberg[17]. Semejantes pasiones arruinan el alma, y cuando el alma está ya debilitada por la enfermedad como lo estaba la de Beethoven, suelen aniquilarla. Y fué el único momento de la vida de Beethoven en que parece haber estado a punto de sucumbir. Sufrió una crisis desesperada, que nos hace conocer una de sus cartas: el _Testamento de Heiligenstadt_ a sus hermanos Carlos y Juan, con esta indicación: ”_Para ser leída y cumplida después de mi muerte_“[18]. Es un grito de rebeldía y de sufrimiento desgarrador, que no puede escucharse sin sentirse penetrado de piedad. Estuvo entonces a punto de poner fin a su vida, y sólo su inflexible sentimiento moral lo detuvo[19].
Sus esperanzas últimas de curación desaparecieron. “Hasta el valor que me sostenía se ha desvanecido. ¡Oh, Providencia, concédeme una vez un día, un solo día de alegría verdadera! ¡Hace tanto tiempo que el son profundo de la perfecta alegría me es extraño! ¿Cuándo, cuándo, ¡Dios mío!, podré encontrarla? ¿Nunca?... ¡No, porque eso sería demasiado cruel!”
Parece un lamento de agonía y, sin embargo, Beethoven vivirá aún veinticinco años. Su vigorosa naturaleza no se podía resignar a sucumbir en la prueba. “Mi fuerza física aumenta más que nunca, al mismo tiempo que mi vigor intelectual... Mi juventud, sí, lo siento, apenas ha comenzado; y cada día me acerca al fin que entreveo y que no puedo definir... ¡Oh, si estuviera libre de este mal, abarcaría entre mis brazos al mundo!... ¡Pero no tengo reposo! No conozco otro descanso que el sueño, y soy tan desventurado que tengo que concederle más tiempo que enantes. Si me viera libre de mi mal, aun cuando sólo fuese a medias, entonces... No, no lo soportaré ya; quiero morder al destino, que no ha de lograr doblegarme enteramente. ¡Es tan bello vivir mil veces la vida!”[20].
Este amor, este dolor, esta voluntad, estas alternativas de postración y orgullo, estas tragedias interiores aparecen en las grandes obras escritas en 1802: la _Sonata con marcha fúnebre_, op. 26, la _Sonata quasi una fantasía_ y la _Sonata_ llamada del _Claro de Luna_, op. 27; la _Sonata segunda_, op. 31, con sus recitados dramáticos que semejan un grandioso y desolado monólogo; la _Sonata en do menor_ para violín, op. 30, que dedicó al emperador Alejandro; la _Sonata a Kreutzer_, op. 47, y las seis heroicas y conmovedoras melodías religiosas sobre palabras de Gellert, op. 48. La _Segunda Sinfonía_, que es de 1803, refleja su amor juvenil con mayor intensidad, y en ella se advierte que su voluntad se impone sobre todo; una fuerza irresistible barre los tristes pensamientos y el _final_ se levanta en impetuoso borbotar de vida. Beethoven quiere ser feliz; no quiere consentir en creer que es irremediable su infortunio: anhela la curación, desea el amor; desborda de esperanzas[21].
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En muchas de estas obras sorprende la energía y la insistencia de los ritmos de marcha y de combate, que son muy sensibles, sobre todo en el _allegro_ y en el _final_ de la _Segunda Sinfonía_, y todavía más en el primer trozo, soberbiamente heroico, de la _Sonata al Emperador Alejandro_. El carácter marcial, característico de esta música, recuerda la época en que fué escrita: la revolución llegaba a Viena, y Beethoven era arrastrado por ella. “Manifestaba de buena gana en la intimidad--nos dice el caballero Seyfried--su aprobación para los sucesos políticos, que juzgaba con una rara perspicacia, con mirada clara y penetrante”. Todas sus simpatías lo llevaban hacia las ideas revolucionarias; “amaba los principios republicanos”, dice Schindler, el amigo que más lo conoció en el último período de su vida. “Era partidario de la libertad sin limitaciones y de la independencia nacional... Quería que todos cooperasen en el gobierno del Estado... Deseaba para Francia el sufragio universal y confiaba en que Bonaparte lo establecería, echando así los cimientos de la felicidad del género humano”. Revolucionario romano, nutrido en Plutarco, soñaba con una república heroica, fundada por el dios de la Victoria: el Primer Cónsul; y golpe sobre golpe forjó la _Sinfonía Heroica: Bonaparte_ (1804)[22], que es la “Ilíada” del Imperio; y el final de la _Sinfonía en do menor_ (1805-1808), la epopeya de la Gloria. Primera música verdaderamente revolucionaria, el espíritu de la época revive en ella con la intensidad y la pureza que tienen los grandes sucesos en las grandes almas solitarias, cuyas impresiones no son debilitadas por el contacto de la realidad. La figura de Beethoven se muestra en ella iluminada por los resplandores de estas épicas guerras que están expresadas por doquiera, acaso sin quererlo, en las obras de este período: en la _Obertura de Coriolano_ (1807), que tiene soplo de tempestades; en el _Cuarto cuarteto_, op. 18, cuyo primer trozo tiene tanto parecido con esa obertura; en la _Sonata Appassionata_, op. 57 (1804), de la cual decía Bismarck: “Si la escuchara yo a menudo, sería más valeroso”[23]; en la partitura de _Egmont_, y hasta en sus conciertos para piano, en este _concierto en mi bemol_, cuyo virtuosismo también se hace heroico y en el que parece que pasan ejércitos. ¿Cómo sorprenderse de esto? Si Beethoven ignoraba, al escribir la _Marcha fúnebre a la muerte de un héroe_ (de la Sonata op. 26), que el héroe más digno de sus cantos, aquél que se acercaba más que Bonaparte al modelo de la _Sinfonía Heroica_, Hoche, acababa de morir cerca del Rhin--al cual domina su monumento funerario, todavía ahora, desde lo alto de una pequeña colina entre Coblenza y Bonn,--había visto en la misma Viena dos veces victoriosa a la revolución. Fueron los oficiales franceses quienes asistieron en noviembre de 1805 al estreno de _Fidelio_, y el general Hulin, el vencedor de la Bastilla, que se instaló en la casa de Lobkowitz, amigo éste y protector de Beethoven, a quien dedicó la _Heroica_ y la _en do menor_. Y todavía el 10 de mayo de 1809, Napoleón se hospedó en Schoenbrunn[24]. Bien pronto Beethoven odiará a los conquistadores franceses; pero no por ello sintió menos el fervor de su epopeya, y quien no la sienta como él sólo a medias comprenderá esta música de acción y de imperiales triunfos.
Interrumpió Beethoven bruscamente la _Sinfonía en do menor_ para escribir, de un golpe y sin sus bosquejos habituales, la _Cuarta Sinfonía_. La felicidad se le había revelado: en mayo de 1806 entró en relaciones con Teresa de Brunswick[25], quien lo amaba desde hacía largo tiempo, porque siendo niña recibía de él lecciones de piano, en los primeros tiempos que vivió éste en Viena. Beethoven era amigo de su hermano el conde Francisco, de quien fué huésped en Mártonvásár, Hungría, en 1806, y fué allá donde él y Teresa comenzaron a amarse. El recuerdo de estos días felices se conserva en algunos relatos de Teresa de Brunswick[26]. “Una noche de domingo, dice ella, después de comer, Beethoven se sentó al piano, a la luz de la luna. Principió por pasar su mano abierta sobre el teclado, que era su manera de preludiar siempre, y que Francisco y yo conocíamos ya. Tocó después algunos acordes en las notas bajas, y lentamente, con una solemnidad misteriosa, ejecutó un canto de Sebastián Bach[27]: ‘_Si quieres, darme tu corazón, que sea primero en secreto, y que nadie pueda adivinar nuestro mutuo pensamiento_’. Mi madre y el cura se habían dormido; mi hermano miraba en el vacío con gravedad; y yo, bajo el influjo de su canto y de su mirada, sentía la vida en toda plenitud. En la mañana del siguiente día nos encontramos en el jardín, y me dijo: ‘Estoy escribiendo ahora una ópera cuya figura principal está delante de mí, en todas partes por donde voy, en todas partes donde estoy; nunca había alcanzado tal altura, en la que todo es luz, pureza, claridad. Hasta hoy me parecía a ese niño de los cuentos de hadas, entretenido en recoger guijarros, que no veía la flor espléndida que sobre el camino florece...’. En el mes de mayo de 1806 era su novia, sólo con el consentimiento de mi bienamado hermano Francisco”.
_La Cuarta Sinfonía_, escrita ese año, es una flor pura que guarda el perfume de aquellos días, los más tranquilos de su vida. En ella se ha advertido justamente “la preocupación de Beethoven, entonces, de conciliar, en tanto que fuera posible, su genio con la tradición generalmente conocida y amada de las formas transmitidas por sus predecesores”[28]. El mismo espíritu conciliador, nacido del amor, obraba sobre sus modales y manera de vivir. Ignaz von Seyfried y Grillparzer dicen que estaba pleno de ímpetus, ágil, alegre, espiritual, cortés con los demás, paciente para con los importunos, vestido con rebuscamiento; y los engaña al extremo de que no se dan cuenta de su sordera y dicen que está sano, si no es de su vista, muy debilitada[29]. Tal es la idea que de él nos da un retrato de elegancia romántica y un poco amanerada que por entonces pintó Maehler. Beethoven deseaba agradar, y sabía que agradaba. El león está enamorado, y esconde sus garras; pero se adivina bajo estas apariencias, bajo la fantasía y la ternura de la _Sinfonía en si bemol_, la fuerza temible, el humor caprichoso y los coléricos arranques.
Esta paz profunda no debía durar; mas el influjo bienhechor del amor se prolongó hasta 1810. Beethoven le debió sin duda su dominio de sí mismo, que hizo entonces producir a su genio los más perfectos frutos: esta tragedia clásica, la _Sinfonía en do menor_; y este divino ensueño de un día de estío: la _Sinfonía Pastoral_ (1808)[30]. _La Appassionata_, inspirada en la _Tempestad_ de Shakespeare[31], considerada por él como la más vigorosa de sus sonatas apareció en 1807 y está dedicada al hermano de Teresa. La ensoñadora y fantástica sonata, op. 78 (1809), la dedicó a Teresa. Una carta sin fecha[32] y dirigida _A la Inmortal Amada_ expresa, no menos que la _Appassionata_, la intensidad de su amor:
“Ángel mío, mi todo, mi yo... tengo el corazón henchido de tantas cosas que decirte... ¡Ah, en donde yo estoy, tú estás siempre conmigo!... Lloro sólo de pensar que no recibirás antes del domingo, probablemente, mis primeras noticias.--Te amo, como tú me amas; pero mucho más... ¡Oh, Dios! ¡Qué vida ésta sin ti! ¡Tan cerca, y tan lejos! Mis pensamientos van hacia ti, mi inmortal amada (_Meine unsterbliche Geliebte_), jocundos unas veces, tristes después, interrogando al destino, demandándole si nos acogerá benignamente. No puedo vivir si no es contigo, porque de otra manera no vivo... Nunca será de otra mi corazón. ¡Nunca! ¡Nunca! ¡Oh, Dios mío! ¿por qué es preciso que se alejen los que se aman? Y sin embargo mi vida, como al presente, es una vida de tristezas. Tu amor me ha hecho a un mismo tiempo el más feliz y el más desdichado de los hombres... ¡Está tranquila... está tranquila, y ámame! Ahora, ayer, cuán ardiente aspiración, ¡cuántas lágrimas mías van hacia ti!... a ti... a ti... mi vida, mi todo! ¡Adiós! ¡Continúa amándome, no olvides jamás el corazón de tu amado L. ¡Tuyo eternamente, eternamente mía, por siempre el uno para el otro!”[33].
¿Cuál causa misteriosa impidió la felicidad de estos dos seres que se amaban? Acaso la falta de fortuna, la desigualdad social; acaso Beethoven se sublevó ante la larga espera que se le imponía, y ante la humillación de mantener en secreto su amor indefinidamente; tal vez, violento, enfermo y misántropo como era, hizo sufrir, sin quererlo, a la que amaba, y esto lo desesperó. La promesa de unión se rompió, y, sin embargo, ni el uno ni el otro parece que hayan olvidado nunca su amor. Hasta su último día (murió en 1861), Teresa de Brunswick amó a Beethoven. Y en 1816, Beethoven decía: “Al pensar en ella el corazón me palpita con tanta violencia como en el día que la vi por la primera vez”. De este mismo año son las melodías a la _Amada Lejana_ (_an die ferne Geliebte_), op. 98, de un carácter tan conmovedor y tan profundo. Escribió en sus notas: “Mi corazón desborda ante el espectáculo de esta admirable naturaleza, y sin embargo Ella no está aquí, a mi lado”. Teresa había dado su retrato a Beethoven con esta dedicatoria: “Al genio extraordinario, al gran artista, al hombre bueno.--T. B.”[34]. En el último año de su vida sorprendió un amigo a Beethoven, solo, besando este retrato con lágrimas en los ojos y hablando en voz alta, como era su costumbre: “¡Eras tan hermosa, tan grande, tan parecida a los ángeles!” Y el amigo se retiró, y cuando regresó un poco más tarde lo encontró sentado al piano y le dijo: “Hoy, mi viejo amigo, no hay nada de diabólico en vuestro rostro”. Beethoven le respondió: “Es que hoy me ha visitado mi ángel”. La herida fué profunda. “Pobre Beethoven, decía él mismo, no es posible que para ti haya felicidad en este mundo. Sólo en las regiones de lo ideal encontrarás amigos”[35].
Escribió en su libro de notas: “Sumisión, sumisión profunda a tu destino: no puedes existir para ti, sino solamente para los demás; para ti la única felicidad posible está en tu arte. ¡Oh, Dios mío, concédeme la fuerza necesaria para vencer!”
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