Vidas Ejemplares: Beethoven—Miguel Ángel—Tolstoi
Part 19
“No tienes que hacer ninguna mención de mí”. (Septiembre de 1547). “Me sería más agradable que consagres a limosnas por el amor de Dios, el dinero que gastas en regalos para mí; porque creo que hay mucha miseria entre vosotros”. (1558).
“Viejo como soy, querría hacer algunos bienes con limosnas, porque no puedo ni sé hacer el bien de otra manera”. (Julio 18 de 1561).
[487] Condivi.
[488] Carta a Lionardo. (Agosto de 1547).
[489] _Ibid._ (Diciembre 20 de 1550). También se informa de uno de los Cerretani, que tiene una hija para entrar al convento. (Marzo 29 de 1549). Su sobrina Cecca intercede con él para una pobre muchacha que entra al convento y él envía con todo gusto la suma que le pide. (A Lionardo, mayo 31 de 1556). “Casarse con una joven pobre, decía en alguna parte, es también una manera de dar limosna”.
EPÍLOGO
[Ilustración]
LA MUERTE
..._Et l’osteria È morte_[490]...
La muerte, tan deseada y tan lenta para llegar, _c’a miseri la morte è pigra e tardi..._[491] llegó al fin.
A pesar de su constitución que mantuvo con el rigor monástico de su vida, no lo habían perdonado las enfermedades. Jamás sanó enteramente de las fiebres perniciosas de 1544 y 1546; el mal de piedra[492], la gota[493], y sufrimientos de toda clase, acabaron de arruinarlo. En una poesía tristemente burlesca, de sus últimos años, pinta su cuerpo miserable roído por las enfermedades:
“Vivo solo y miserable encerrado como la médula dentro de la corteza del árbol... Mi voz es como una avispa en un saco de piel y de huesos. Mis dientes parecen las teclas de un instrumento de música. Mi cara parece un espantajo... Mis oídos no dejan de zumbar; en una oreja una araña teje su tela y en la otra un grillo canta toda la noche... Mi catarro anhelante no me deja dormir. El arte que me dió la gloria me ha conducido a este fin. ...Soy un pobre viejo próximo a deshacerse si la muerte no llega pronto... Las fatigas me han descuartizado, desgarrado y roto, y la hostería que me espera es la muerte”[494].
“Mi querido messer Giorgio, escribía a Vasari en junio de 1555, conoceréis por mi escritura que he llegado a la hora vigésimacuarta...”[495].
Vasari, que fué a verlo en la primavera de 1560, lo encontró muy debilitado. Apenas salía, casi no dormía y todo hacía presumir que no viviría por más tiempo. Al hacerse más débil se hacía más tierno y lloraba fácilmente.
“He ido a ver a Miguel Ángel. No esperaba mi visita y se ha emocionado tanto como un padre que vuelve a ver a su hijo perdido. Me ha echado sus brazos alrededor del cuello y me ha besado mil veces, llorando dulcemente”. (_Lacrymando per dolcezza_)[496].
No había perdido nada sin embargo de su lucidez de espíritu y de su energía. En esta misma visita que cuenta Vasari, habló largamente con él de diversos asuntos artísticos; le dió consejos para sus trabajos y lo acompañó a caballo a San Pedro[497].
En el mes de agosto de 1561, tuvo un ataque. Había trabajado tres horas seguidas con los pies desnudos, cuando sintió súbitos dolores y cayó con convulsiones. Su servidor Antonio lo encontró sin conocimiento. Cavalieri, Bandini y Calcagni, acudieron. Cuando llegaron, Miguel Ángel había vuelto en sí. Algunos días después volvió a salir a caballo y a trabajar en los dibujos de la _porta Pia_[498].
El intratable anciano no admitía bajo ningún pretexto que se ocuparan de él. Era un tormento continuo para sus amigos saber que estaba solo, con peligro de un nuevo ataque, con criados negligentes y poco escrupulosos.
El heredero Lionardo había recibido antes tan ásperas demostraciones, cuando había querido ir a Roma por enterarse de la salud de su tío, que no se atrevía a presentarse. En julio de 1563, le mandó preguntar por conducto de Daniel de Volterra si le sería agradable verlo; y para prevenir las sospechas que su viaje hubiera podido inspirar al espíritu desconfiado de Miguel Ángel, le mandó agregar que sus negocios iban bien, que era rico y que no tenía necesidad de nada. El malicioso viejo le mandó responder que puesto que era así, él se complacía y daría a los pobres sus escasos bienes.
Un mes más tarde, Lionardo, poco satisfecho por la respuesta, volvió a la carga y le mandó expresar las inquietudes que sentía respecto a su salud y a las personas que lo rodeaban. Entonces Miguel Ángel le contestó con una carta furibunda, que demuestra la sorprendente vitalidad de este hombre a los ochenta y ocho años, seis meses antes de su muerte:
“Veo por tu carta que concedes crédito a ciertos pillos envidiosos, que porque no pueden robarme ni hacer de mí lo que quieren, escriben un montón de mentiras. Todos ellos son unos bellacos, y tú eres tan tonto que los crees, en lo que se refiere a mis negocios, como si yo fuera un niño. Mándalos a pasear; son gentes que no dan más que disgustos, que sólo son envidiosos y que viven como truhanes.
“Me escribes que sufro por la servidumbre, y yo te digo que en lo que concierne al servicio no podría estar servido más fielmente ni mejor tratado en todos sentidos. En cuanto a los temores de robo que indicas, te digo que las gentes que están en mi casa son tales que me permiten vivir en paz y tener confianza en ellos. Así pues, piensa en ti mismo y no pienses en mis asuntos; porque yo sé defenderme en caso de necesidad; no soy un niño. Deseo que estés bien”[499].
Lionardo no era el único que se inquietaba por la herencia. Toda Italia era la heredera de Miguel Ángel, sobre todo el duque de Toscana y el Papa, a quienes importaba no perder los dibujos y los planos relativos a la construcción de San Lorenzo y de San Pedro. En junio de 1563, por instigación de Vasari, el duque Cosme encargó a su Embajador Averardo Serristori, gestionara secretamente con el Papa que en vista del debilitamiento físico de Miguel Ángel se ejerciera una vigilancia atenta sobre sus criados y sobre todos los que frecuentaban su casa. En caso de muerte súbita se debía formar inmediatamente inventario de todos sus bienes: dibujos, cartones, papeles, dinero, y vigilar para que nada se perdiera en el primer desorden. A este efecto se tomaron precauciones. Es inútil decir que se procuró cuidadosamente que Miguel Ángel no supiera nada[500]. Estas precauciones no fueron inútiles. La hora había llegado.
La última carta de Miguel Ángel es del 28 de diciembre de 1563. Desde hacía un año no escribía él mismo, sino que dictaba y firmaba; Daniel de Volterra llevaba la correspondencia.
No dejaba de trabajar. El 12 de febrero de 1564 pasó todo el día de pie trabajando en la _Pietà_[501]. El 14 tuvo fiebre. Tiberio Calcagni fué avisado, acudió, y no lo encontró en su casa. A pesar de la lluvia había salido a pasearse a pie en la Campagna. Cuando volvió, Calcagni le dijo que aquello no era razonable, que no debió haber salido con semejante tiempo.
“¡Qué quieres!, respondió Miguel Ángel, estoy enfermo y no puedo encontrar reposo en ninguna parte”.
Su palabra incierta, sus miradas y el color de su rostro, inquietaron mucho a Calcagni. “El fin no vendrá inmediatamente, escribió desde luego a Lionardo; pero temo que no esté muy lejano”[502]. El mismo día, Miguel Ángel mandó suplicar a Daniel de Volterra que fuera a su casa y se quedara cerca de él. Daniel mandó al médico Federigo Donati; y el 15 de febrero escribió a Lionardo, a petición de Miguel Ángel, que podía ir a verlo, “pero tomando todas las precauciones porque los caminos estaban muy malos”[503].
Y agrega: “acabo de dejarlo un poco después de las ocho en plena posesión de sus facultades y con el espíritu tranquilo, pero agotado por un sopor tenaz. Se sentía tan incómodo, que esta tarde entre tres y cuatro, trató de salir a caballo como tenía costumbre de hacerlo cuando hacía buen tiempo. El tiempo frío y la debilidad de su cabeza y de sus piernas se lo impidieron. Tuvo que regresar y prefirió sentarse en un sillón cerca de la chimenea en vez de acostarse en su cama”.
Junto a él estaba el fiel Cavalieri.
Sólo consintió en quedarse en el lecho hasta la antevíspera de su muerte. Dictó su testamento, en plena conciencia, en medio de sus amigos y sus servidores.
Ofreció “su alma a Dios y su cuerpo a la tierra”. Pidió volver a su querida Florencia aunque fuera muerto.
Y después pasó
_da l’orribil procella in dolce calma_,
“de la horrible tempestad a la dulce calma”[504].
Fué un viernes de febrero como a las cinco de la tarde[505]. El día terminaba... “último día de su vida y el primero en el reino de la paz”[506].
Al fin descansaba. Había alcanzado el objeto de sus deseos, había salido del tiempo.
_Beata l’alma, ove non corre tempo!_[507].
NOTAS:
[490] _Poesías_, LXXXI.
[491] “Porque para los desgraciados la muerte es perezosa”. (_Poesías_, LXXIII, 30).
[492] En marzo de 1549, le recomendaron las aguas de Viterbo, que le probaron bien. (Cartas a Lionardo). Volvió a sufrir de la piedra en julio de 1559.
[493] En julio de 1555.
[494] Traducción libre. Véase Apéndice, XXVIII, (_Poesías_, LXXXI).
[495] Carta a Vasari, junio 22 de 1555. “No solamente estoy muy viejo, escribía a Vasari en 1549, sino que me encuentro entre los muertos”. (_Non solo son vecchio, ma quasi nel numero de’ morti_).
[496] Carta de Vasari a Cosme de Médicis, abril 8 de 1560.
[497] Tenía ochenta y cinco años.
[498] Entonces fué cuando se acordó del contrato celebrado sesenta años antes con los herederos de Pío III, para el altar Piccolomini, de Siena, y quiso ejecutarlo.
[499] Carta a Lionardo, en agosto 21 de 1563.
[500] Vasari.
[501] Se trata de la _Pietà_ no terminada del Palacio Rondanini. (Carta de Daniel de Volterra, a Lionardo, junio 11 de 1564).
[502] Carta de Tiberio Calcagni a Lionardo. (Febrero 14 de 1564).
[503] Carta de Daniel de Volterra a Vasari. (Marzo 17 de 1564).
[504] _Poesías_, CLII.
[505] El viernes 18 de febrero de 1564. Tommaso dei Cavalieri, Daniel de Volterra, Diomede Leoni, los dos médicos Federigo Donati y Gherardo Fidelissimi, y el servidor Antonio del Franzese asistían a su muerte. Lionardo no llegó a Roma más que tres días después.
[506]
_De giorni mie... L’ultimo, primo in più tranquilla corte..._ (_Poesías_, CIX, 41).
[507] “Feliz el alma para la cual el tiempo ya no corre”. (_Poesías_, LIX).
Tal fué esta vida de divino dolor.
_Foss’ io pur lui! c’ a tal fortuna nato, Per l’aspro esilio suo con la virtute Dare’ del mondo il più felice stato!_[508].
* * * * *
Al terminar esta historia trágica me siento atormentado por un escrúpulo. Me pregunto si queriendo dar a los que sufren compañeros de dolor que los sostengan, no he hecho más que agregar el dolor de éstos al dolor de aquéllos. ¿He debido acaso como tantos otros no mostrar más que lo heroico de los héroes, ocultando con un velo el abismo de tristeza que hay en ellos?
¡No! ¡La verdad! Yo no he prometido a mis amigos la felicidad a costa de la mentira, la felicidad a pesar de todo, a cualquier precio.
Yo les he prometido la verdad aunque sea a costa de la felicidad, la verdad viril que cincela las almas eternas.
El aliento de la verdad es duro, pero al mismo tiempo es límpido; bañemos en él nuestros corazones anémicos.
Las grandes almas son como altas cimas. El viento las azota, las nubes las envuelven; pero ahí se respira mejor y con más fuerza que en otras partes. El aire tiene ahí una pureza que lava las manchas de los corazones; y cuando las nubes se retiran, desde ahí se domina al género humano.
Así fué esta montaña colosal que se elevaba por encima de la Italia del Renacimiento, y cuyo perfil atormentado vemos a lo lejos perderse en el cielo.
Yo no pretendo que la mayoría de los hombres puedan vivir en estas alturas. Pero que un día por año suban en peregrinación; ahí renovarán el aliento de sus pulmones y la sangre de sus venas.
Allá arriba se sentirán más cerca del Eterno. Y después volverán a bajar hacia la llanura de la vida con el corazón templado para el combate diario.
ROMAIN ROLLAND
NOTAS:
[508] _Poesías_, CIX, 37.
[Ilustración]
APÉNDICE
POESÍAS DE MIGUEL ÁNGEL
I Véase página 133
Signor, se vero è alcun proverbio antico, Questo è ben quel, che chi può mai non vuole. Tu hai creduto a favole e parole E premiato chi è del ver nimico. I’sono e fui già tuo buon servo antico, A te son dato come i raggi al sole, E del mio tempo non ti incresce o dole, E men ti piaccio, se più m’affatico. Già sperai ascender per la tua altezza, E ’l giusto peso e la potente spada Fosse al bisogno e non la voce d’eco. Ma ’l cielo è quel c’ogni virtù disprezza Locarla al mondo, se vuol c’altri vada A prender frutto d’un arbor ch’è secco.
(Poesías, Ed. de Frey, III)
II Véase página 146
L’ho già fatto un gozzo in questo stento, Come fa l’acqua a’ gatti in Lombardia Ovver d’altro paese che si sia, C’a forza 'l ventre appicca sotto 'l mento. La barba al cielo, e la memoria sento In sullo scrigno, e ’l petto fo d’arpia, E 'l pennel sopra 'l viso tuttavia Mel fa, gocciando, un ricco pavimento. E ’lombi entrati mi son nella peccia, E fo del cul per contrappeso groppa, E’passi senza gli occhi muovo invano. Dinanzi mi s’allunga la corteccia, E per piegarsi addietro si raggroppa, E tendomi com’archo soriano. Peró fallace e strano Sorge il giudizio che la mente porta, Che mal si tra’ per cerbottana torta. La mia pittura morta Difendi orma’, Giovanni, e ’l mio onore, Non sendo in loco bon, né io pittore.
(Poesías, IX)
III Véase página 147
Grato e felice, c’ a tuo’ feroci mali Istare e vincer mi fu già concesso; Or lasso, il petto vo bagnando spesso Contra mie voglie, e so quante tu vali. E se i dannosi e preteriti strali Al segno del mio cor non fur ma’presso, Or puoi a colpi vendicar te stesso Di que’ begli occhi, e sien tutti mortali. Da quanti lacci ancor, da quante rete Vago uccelletto per maligna sorte Campa molti anni per morire po’ peggio, Tal di me, Donne, amor, come vedete, Per darmi in questa età più crudel morte, Campato m’ha gran tempo, come veggio.
(Poesías, II)
IV Véase página 148
Quanto si gode, lieta e ben contesta Di fior, sopra crin d’or d’una grillanda, Che l’altro innanzi l’uno all’altro manda, Come che’l primo sia a baciar la testa! Contenta é tutto il giorno quella vesta Che serra’l petto, e poi par che si spanda, E quel c’oro filato si domanda Le guance e ’l collo di toccar non resta. Ma più lieto quel nastro par che goda, Dorato in punta, con sí fatte tempre, Che preme e tocca il petto che’ gli allaccia. E la schietta cintura, che s’annoda, Mi par dir seco: qui vo’ stringier sempre! Or che farebbon dunque le mie braccia?
(Poesías, VII)
V Véase página 149
...............................................
Quando un dì sto, che veder non ti posso, Non posso trovar pace in luogo ignuno; Se po’ ti veggo, mi s’appicca addosso, Come suole il mangiar far al digiuno.
......................................
Com’ altri il ventre di votar si muore, Ch’ è più 'l conforto, po’ che pri’ è 'l dolore.
......................................
S’ avien che la mi rida pure un poco O mi saluti in mezzo della via, Mi levo come polvere dal foco O di bombarda o d’altra artiglieria. Se mi domanda, subito m’affioco, Perdo la voce e la riposta mia, E subito s’arrende il gran desio, E la speranza cede al poter mio.
......................................
Tu m’entrasti per gli occhi, ond’ io mi spargo, Come grappol d’agresto in un’ ampolla, Che doppo 'l collo cresce, ov’ è più largo. Così l’immagin tua, che fuor m’immolla, Dentro per gli occhi cresce, ond’ io m’ allargo, Come pelle ove gonfia la midolla. Entrando in me per sì stretto viaggio, Che tu mai n’ esca, ardir creder non aggio.
(Poesías, XXXVI)
VI Véase página 149, nota 2
Com’arò dunque ardire Senza vo’ ma’, mio ben, tenermi’n vita, S’io non posso al partir chiedervi aita? Que’ singulti e que’ pianti e que’ sospiri, Che’l miser core voi accompagnorno, Madonna, duramente dimostrorno La mia propinqua morte e’ miei martiri. Ma se ver è, che per assenza mai Mia fedel servitù vada in obblio, Il cor lasso con voi, che non è mio.
(Poesías, XI)
VII Véase página 173
Per molti, Donna, anzi per mille amanti, Creata fosti, e d’angelica forma; Or par che ’l ciel si dorma, S’un sol s’appropria quel ch’è dato a tanti. Ritorna a’ nostri pianti Il bel degli occhi tuo’, che par che schivi Chi del suo dono in tal miseria é nato. Dei! non turbate i vostri desir santi: Che chi di me par che vi spogli e privi, Col gran timor non gode il gran peccato; Che degli amanti é men felice stato Quello, ove ’l gran desir gran copia affrena, C’una miseria di speranza piena.
(Poesías, CIX, 48)
VIII Véase página 174
S’alcun se stesso al mondo ancider lice, Po’ che per morte al ciel tornar si crede, Sarie ben giusto a chi con tanta fede Vive servendo miser’ e 'nfelice.
........................................
(Poesías, XXXVIII)
IX Véase página 177
......................................
Or che nostra miseria il ciel ti tolle, Increscati di me, che morto vivo.
......................................
Tu se’ del morir morto e fatto divo, Né tem’or più cangiar vita né voglia, Che quasi senza invidia non lo scrivo. Fortuna e 'l tempo dentro a vostra soglia Non tenta trapassar, per cui s’adduce Fra no’ dubbia letizia e certa doglia. Nube non è che scuri vostra luce, L’ore distinte a voi non fanno forza, Caso o necessità non vi conduce. Vostro splendor per notte non s’ammorza, Né cresce ma’ per giorno, benché chiaro.
......................................
Nel tuo morire el mio morire imparo, Padre mio caro... Non è, com’alcun crede, morte il peggio A chi l’ultimo dì trascende al primo, Per grazia, eterno appresso al divin seggio; Dove, Die gratia, ti prossumo e stimo, E spero di veder, se 'l freddo core Mie ragion tragge dal terrestre limo. E se tra 'l padre e 'l figlio ottimo amore Cresce nel ciel, crescendo ogni virtute.
(Poesías, LVIII)
X Véase página 178
Oilmè oilmè ch’i’ son tradito Da’ giorni mie’ fugaci e dallo specchio, Che 'l ver dice a ciascun, che fiso ’l guarda! Così n’avvien, chi troppo al fin ritarda, Com’ho fatt’io, che 'l tempo m’è fuggito, Si trova come me’n un giorno vecchio. Né mi posso pentir, né m’apparecchio, Né mi consiglio con la morte appresso. Nemico di me stesso, Inutilmente i pianti e’ sospir verso, Che non è danno pari al tempo perso. Oilmè, oilmè, pur reiterando Vo 'l mio passato tempo, e non ritrovo In tutto un giorno che sia stato mio! Le fallaci speranze e ’l van desio, Piangendo, amando, ardendo e sospirando (C’affetto alcun mortal non mi è più nuovo) M’hanno tenuto, ond’il conosco e provo: Lontan certo dal vero, Or con periglio pero; Che 'l breve tempo m’ è venuto manco, Né sarie ancor, se s’allungassi stanco. I’vo lasso, oilmè, né so ben dove; Anzi temo, ch’il veggio, e 'l tempo andato Me 'l mostra, né mi val che gli occhi chiuda. Or che 'l tempo la scorza cangia e muda, La morte e l’alma insieme ognor fan pruove, La prima e la seconda, del mio stato. E s’io non sono errato, (Che Dio 'l voglia ch’io sia!) L’etterna pena mia Nel mal libero inteso oprato vero Veggio, Signor, né so quel ch’io mi spero.
(Poesías, XLIX)
XII Véase página 184, nota 1.
Oltre qui fu, dove 'l mie amor mi tolse, Sua mercè, il core e vie più là la vita. Qui co’ begli occhi mi promisse aita E co’ medesmi qui tor me la volse. Quinci oltre mi legò, quivi mi sciolse. Per me qui piansi, e con doglia infinita Da questo sasso vidi far partita Colui c’a me mi tolse e non mi volse.
(Poesías, XXXV)
XIII Véase página 184, nota 2.
Per sempre a morte, e prima a voi fu’ dato Sol per un’ora, e con diletto tanto Porta’ bellezza, e po’ lasciai tal pianto, Che 'l me’ sarebbe non esser ma’ nato[509].
(LXXIII, 29)
S’ i’ fu’ già vivo, tu sol, pietra, il sai, Che qui mi serri, e s’alcun mi ricorda, Gli par sognar: sì morte è presta e 'ngorda, Che quel ch’è stato non par fusse mai[510].
(LXXIII, 22)
Chi qui morto mi piange, indarno spera, Bagnando l’ossa e 'l mio sepolcro, tutto Ritornarmi com’arbor secco al frutto; C’uom morto non risurge a primavera[511].
(LXXIII, 21)
XIV Véase página 187.
Veggio co’ be’ vostr’occhi un dolce lume, Che co’ miei ciechi già veder non posso; Porto co’ vostri piedi un pondo addosso, Che de’ mie zoppi non è lor costume. Volo con le vostr’ ale e senza piume; Col vostro ingegno al ciel sempre son mosso; Dal vostro arbitrio son pallido e rosso; Freddo al sol, caldo alle più fredde brume. Nel voler vostro è sol la voglia mia, I miei pensier nel vostro cor si fanno, Nel vostro fiato son le mie parole. Come luna da sé sol par ch’io sia; Che gli occhi nostri in ciel veder non sanno, Se non quel tanto che n’accende il sole.
(Poesías, CIX, 19)
XV Véase página 188.
S’un casto amor, s’una pietà superna, S’una fortuna infra due amanti eguale, S’un’aspra sorte all’un dell’altro cale, S’un spirto, s’un voler due cor governa; S’un’anima in due corpi è fatta eterna, Ambo levando al cielo e con pari ale; S’amor d’un colpo e d’un dorato strale Le viscer di due petti arda e discerna; S’amar l’un l’altro, e nessun se medesmo, D’un gusto e d’un diletto, a tal mercede, C’a un fin voglia l’uno e l’altro porre; Se mille e mille non sarien centesmo A tal nodo d’amore, a tanta fede, E sol l’isdegnio il può rompere e sciorre?
(Poesías, XLIV)
XVI Véase página 189.
S’i’amo sol di te, Signor mio caro, Quel che di te più ami, non ti sdegni, Che l’un dell’altro spirto s’innamora. Quel che nel tuo bel volto bramo e’mparo, E mal compres’ è dagl’ umani ingegni, Chi 'l vuol saper, convien che prima mora.
(Poesías, XLV)
XVII Véase página 189, nota 5.
..................................
O fusse sol la míe l’irsuta pelle, Che del suo pel contesta, fa tal gonna, Che con ventura stringe sì bel seno, Ch’ i’ l’are’ pure il giorno; o le pianelle, Che fanno a quel di lor basa e colonna, Ch’ i’ pur né porterei due nev’ almeno.
(Poesías, LXVI)
XVIII Véase página 201.