Vidas Ejemplares: Beethoven—Miguel Ángel—Tolstoi
Part 16
[359] Este dibujo, como lo ha demostrado M. A. Grenier, fué la primera imagen inspiradora de las diversas _Pietà_ que Miguel Ángel esculpió más tarde; la de Florencia--1550-1555,--la _Pietà_ Rondanini--1563--y la encontrada recientemente en Palestrina--entre 1555 y 1560.--También relacionan con esta concepción los esbozos de la Biblioteca de Oxford y el _Entierro_, de la National Gallery. Véase a A. Grenier: _Una Pietà desconocida de Miguel Ángel en Palestrina_, _Gazette des Beaux-Arts_, marzo de 1907. Se encontrarán en este artículo reproducciones de las diferentes _Pietà_.
[360] Entonces fué cuando Miguel Ángel pensó en publicar sus poesías. Sus amigos Luigi del Riccio y Donato Giannotti le sugirieron esta idea. Hasta entonces no había dado gran importancia a lo que escribía. Giannotti se ocupó de esta publicación por el año de 1545. Miguel Ángel hizo una selección de sus versos, y sus amigos la copiaron. Pero la muerte de Riccio en 1546 y de Vittoria en 1547, lo desviaron de esta idea que le parecía una última vanidad.
Sus poesías no se publicaron durante su vida, excepto un corto número que aparecieron en las obras de Varchi, Giannotti, Vasari, etc., pero circulaban de mano en mano. Los más grandes compositores, Archadelt, Tromboncino, Consilium, Costanzo Festa, les pusieron música. Varchi leyó y comentó uno de los sonetos en 1546 ante la Academia de Florencia, descubriendo en esta poesía la pureza antigua y la plenitud de pensamientos de Dante.
Miguel Ángel se había nutrido de Dante. “Nadie lo comprendía mejor dice Giannotti, ni conocía con más perfección su obra”. Nadie le ha dedicado un homenaje tan magnífico como el bello soneto: “_Dal ciel discese...”_ (_Poesías_, CIX, 37). Conocía igualmente a Petrarca, Cavalcanti, Cino da Pistoja y a todos los clásicos de la poesía italiana, conforme a los cuales modelaba su estilo; pero el sentimiento que vivificaba todo, era su ardiente idealismo platónico.
[361] _Rime con giunta di XVI Sonetti spirituali_, 1539.--_Rime con giunta di XXIV Sonetti spirituali e Trionfo della Croce_, 1544. Venecia.
[362] “Tengo un pequeño libro de pergamino que ella me regaló hace como diez años, escribe Miguel Ángel a Fattucci el 7 de marzo de 1551. Contiene ciento tres sonetos, sin contar los cuarenta escritos en papel que me mandó de Viterbo, que he mandado encuadernar con el mismo libro. También tengo muchas cartas que me escribió de Orvieto y de Viterbo. Eso es lo que poseo de ella”.
[363] Véase Apéndice, XVIII. (_Poesías_, LXXXVIII).
[364] Vasari. Se disgustó durante algún tiempo con uno de sus más queridos amigos, Luigi del Riccio, porque éste le hacía regalos a pesar suyo: “Me pesa más, le escribió, tu extrema bondad que si me robaras. Debe haber igualdad entre amigos; si uno da más que el otro, entonces comienza el conflicto y, si uno vence el otro no se lo perdona”.
[365] Condivi.
[366] Véase Apéndice, XIX. (_Poesías_, CI). Miguel Ángel agrega este comentario: “el martillo--es decir, Vittoria, estaba sola en el mundo para exaltar la virtud con sus grandes virtudes; no tenía aquí a nadie para mover el fuelle de la fragua. Ahora, en el Cielo, tendrá muchos auxiliadores, porque no hay nadie que no estime la virtud. Por eso, yo espero que de lo alto vendrá el perfeccionamiento de mi ser.--Ahora en el Cielo habrá alguno que mueva el fuelle; aquí abajo no tenía ninguna ayuda en la forja donde se forjan las virtudes”.
[367] Véase Apéndice, XX. (_Poesías_, C).--En el reverso del manuscrito de este soneto se halla el dibujo a pluma en el cual se ha pretendido reconocer la imagen de Vittoria con el pecho marchito.
[368] La amistad de Miguel Ángel para Vittoria Colonna no fué exclusiva de otras pasiones. No le bastaba para llenar su alma. Habíamos procurado no decirlo, por el escrúpulo ridículo de “idealizar” a Miguel Ángel ¡como si un Miguel Ángel tuviera necesidad de ser “idealizado!” Durante el tiempo de su amistad con Vittoria, entre 1535 y 1546, Miguel Ángel amó a una mujer bella y cruel, _donna aspra e bella_ (CIX, 89), _lucente e fiera stella, iniqua e fella, dolce pietà con dispietato core_ (CIX, 9), _cruda e fiera stella_, (CIX, 14), _bellezza e gratia equalmente infinita_ (CIX, 3), _mi dama enemiga_, como también la llama: _La donna mia nemica_ (CIX, 54). La amó apasionadamente, se humilló ante ella y casi le hubiera sacrificado su salvación eterna.
_Godo gl’ inganni d’una donna bella..._ (CIX, 90). _Porgo umilmente al’ aspro giogo il collo..._ (CIX, 54). _Dolce mi saria l’inferno teco..._ (CIX, 55).
Este amor fué su tortura. Ella se burlaba de él:
_Questa mia donna è sì pronta e ardita, C’allor che la m’ancide, ogni mie bene Cogli occhi mi promecte e parte tiene Il crudel ferro dentro a la ferita..._ (CIX, 15).
Ella excitaba sus celos y coqueteaba con otro. Acabó por odiarla. Le pedía al destino que la hiciera fea y enamorada de él para no poderla amar y hacerla sufrir a su vez: “Amor, ¿por qué permites que la belleza rehúse tu suprema cortesía a quien te desea y te aprecia y que la conceda a seres estúpidos? ¡Ah! haz que en otra ocasión ella sea de corazón amante y tan fea de cuerpo que yo no la ame y ella me ame”. (Véase Apéndice XXI. _Poesías_, CIX, 63).
[369] Vasari.
[370] Condivi.
[371] La idea de este inmenso fresco que cubría el muro de la entrada de la Capilla Sixtina, encima del altar del Papa, remontaba a Clemente VII, desde 1533.
[372] Vasari.
[373] Vasari.
[374] _Ibid._
[375] Julio de 1573. Varonese no dejó de disculparse con el ejemplo del _Juicio Final_: “Convengo que es malo; pero vuelvo a lo que he dicho, que es un deber para mí seguir los ejemplos que mis maestros me han dado.”
“¿Qué han hecho pues tus maestros? ¿algo parecido tal vez?”
“Miguel Ángel, en Roma, en la Capilla del Papa, ha representado a Nuestro Señor, a Su madre, a San Juan, a San Pedro y a la Corte Celestial; y ha representado desnudos a todos los personajes, hasta a la Virgen María, y en actitudes que la más severa religión no ha inspirado...”. (A. Baschet: _Pablo Veronés ante el Santo Oficio_, 1880).
[376] Esto fué una venganza. El Aretino había tratado de obtener de él, según su costumbre, algunas obras de arte; además había tenido el descaro de trazarle un programa para el _Juicio Final_. Miguel Ángel había rechazado cortésmente este ofrecimiento de colaboración extraña, y se había hecho sordo para las peticiones. El Aretino quiso demostrar a Miguel Ángel lo que podía costarle esta falta de consideraciones.
[377] Una comedia del Aretino, _El Hipócrita_, fué el prototipo de Tartufo (P. Gauthiez: el Aretino, 1895).
[378] Hacía una alusión injuriosa a “Gherardi y Tomai”, Gerardo Perini y Tommaso dei Cavalieri.
[379] Este _chantage_ se exhibe descaradamente. Al fin de su carta amenazadora, después de haber recordado a Miguel Ángel lo que esperaba de él, es decir obsequios, el Aretino agrega este _post-scriptum_: “Ahora que he descargado un poco mi cólera, y que os he demostrado que si sois _divino_ yo no soy de _agua_, romped esta carta, como yo, y decidid”.
[380] Por un florentino, en 1549. (Gaye, _Carteggio_, II, 500).
[381] En 1596, Clemente VIII quiso también mandar borrar el _Juicio Final_.
[382] En 1559. Daniel de Volterra conservó desde entonces el sobrenombre de _braghettone_. Daniel era amigo de Miguel Ángel. Otro de sus amigos, el escultor Ammanati, condenó el escándalo de estas representaciones desnudas. Miguel Ángel no fué pues sostenido en esta ocasión por sus discípulos.
[383] La inauguración del _Juicio Final_ se hizo el 25 de diciembre de 1541, con asistencia de gente de toda Italia, de Francia, de Alemania y de Flandes. Véase la descripción de esta obra en el libro de la colección de los _Maestros del Arte_, página 90-93.
[384] Estos frescos, que son la _Conversión de San Pablo_ y el _Martirio de San Pedro_, en los cuales Miguel Ángel trabajó desde 1542, fueron interrumpidos por dos enfermedades en 1544 y 1546 y terminados penosamente en 1549-1550. Estas fueron “las últimas pinturas que ejecutó, escribe Vasari, y con grandes esfuerzos; porque la pintura, y en particular el fresco, no es un arte para los viejos”.
[385] Debían ser el _Moisés_ y los dos _Esclavos_; pero le pareció a Miguel Ángel que los _Esclavos_ no convenían para la tumba así reducida, y esculpió otras dos figuras, la _Vida Activa_ y la _Vida Contemplativa_, (_Raquel y Lía_).
[386] Carta a un _Monsignore_ desconocido (octubre 1542). _Cartas_, Edición Milanesi, CDXXXV.
[Ilustración]
II FE
_Signior mie caro, i’ te sol chiamo e 'nvoco contr’a l’inutil mie cieco tormento_[387].
Su deseo hubiera sido después de la muerte de Vittoria volver a Florencia, para dejar ahí “sus huesos cansados junto a los de su padre”[388]. Pero después de haber servido toda su vida a los Papas, quiso consagrar sus últimos años a Dios. Tal vez había sido impulsado en este sentido por su amiga y cumplía en ello uno de sus últimos votos. Un mes antes de la muerte de Vittoria Colonna, el primero de enero de 1547, Miguel Ángel fué nombrado por breve de Pablo III prefecto y arquitecto de San Pedro, con plenos poderes para levantar el edificio.
Aceptó con disgusto, y no fueron las instancias del Papa las que lo decidieron a cargar sus hombros de septuagenario con el fardo más pesado que hubiera llevado nunca; vió en ello un deber, una misión de Dios:
“Muchos creen--y yo también creo--que he sido colocado en este puesto por Dios, escribía. Por viejo que sea no quiero abandonarlo, porque sirvo por amor a Dios y en Él pongo todas mis esperanzas”[389]. No aceptaba ninguna recompensa por esta sagrada tarea.
Tuvo que contender con numerosos enemigos: “La secta de San Gallo”[390], como dice Vasari, y todos los administradores, proveedores y contratistas de la construcción, de quienes denunciaba los fraudes, para los cuales San Gallo había cerrado los ojos. “Miguel Ángel, dice Vasari, libró a San Pedro de los ladrones y de los bandidos”. Se formó una coalición contra él que tuvo por jefe al descarado Nanni di Baccio Bigio, arquitecto a quien Vasari acusa de haber robado a Miguel Ángel y que pretendía suplantarlo. Se propagó el rumor de que Miguel Ángel no entendía nada de arquitectura, que despilfarraba el dinero y no hacía más que destruir la obra de su predecesor. El Comité de administración de la obra tomó también partido contra su arquitecto, y aprobó en 1551 una investigación solemne presidida por el Papa.
Los inspectores y los obreros fueron a declarar contra Miguel Ángel, con el apoyo de los Cardenales Salviati y Cervini[391]. Miguel Ángel se dignó apenas justificarse y rehusó toda discusión. “No estoy obligado, dijo al Cardenal Cervini, a comunicar a nadie lo que yo debo o quiero hacer. Vuestra obligación es averiguar los gastos. Lo demás sólo me importa a mí”[392].
Nunca consintió su inquebrantable orgullo en participar sus proyectos a nadie. A sus obreros, que se quejaban, les respondió: “vuestra obligación es cumplir como albañiles, como talladores, como carpinteros, hacer vuestro oficio y ejecutar mis órdenes. En cuanto a saber lo que yo tengo en la cabeza, no lo sabréis jamás porque eso sería contra mi dignidad”[393].
Contra los odios que recurrían a tales procedimientos, no hubiera podido sostenerse un instante sin el favor de los Papas[394]. Así es que cuando murió Julio III[395] y el Cardenal Cervini fué electo Papa, Miguel Ángel estuvo a punto de salir de Roma. Pero Marcelo II no hizo más que pasar por el trono y Paulo IV lo sucedió. Seguro de nuevo de la protección soberana, Miguel Ángel continuó luchando. Se habría creído deshonrado y habría temido por su salvación si hubiera abandonado la obra.
“Contra mi voluntad he sido encargado de ella”, dice.
“Hace ocho años que me esfuerzo en vano, entre disgustos y fatigas. Ahora que la construcción está bastante avanzada para que se pueda comenzar la cúpula, mi partida de Roma sería la ruina de la obra, una gran afrenta para mí, y para mi alma un gran pecado”[396].
Sus enemigos no dejaban las armas y la lucha tomó por instantes un carácter trágico. En 1563, el ayudante más adicto a Miguel Ángel en San Pedro, Pier Luigi Gaeta, fué encarcelado por una falsa acusación de robo; y el jefe de los trabajos, Cesare da Casteldurante, fué apuñaleado. Miguel Ángel respondió nombrando en lugar de Cesare a Gaeta. El Comité de administración arrojó a Gaeta y nombró al enemigo de Miguel Ángel, Nanni di Baccio Bigio; Miguel Ángel fuera de sí, no volvió a San Pedro. Se hizo correr el rumor de que abandonaba sus funciones y el Comité le dió por suplente a Nanni, quien se presentó desde luego como amo, esperando rendir por cansancio a aquel viejo de ochenta y ocho años, enfermo y moribundo. No conocía a su adversario; Miguel Ángel inmediatamente fué a buscar al Papa y amenazó con salir de Roma si no se le hacía justicia. Exigió una nueva investigación, dejó convicto a Nanni como incapaz y mentiroso y logró que lo despidieran[397]. Esto fué en septiembre de 1563, como cuatro meses antes de su muerte. Así es que hasta su última hora tuvo que luchar contra la envidia y contra el odio.
No lo compadezcamos. Sabía defenderse y, aunque moribundo, era capaz él sólo, como decía en otro tiempo a su hermano Giovan Simone, “de despedazar a diez mil de aquella ralea”.
* * * * *
Además de la gran obra de San Pedro, otros trabajos de arquitectura ocuparon el final de su vida: el Capitolio[398], la Iglesia de Santa María de los Ángeles[399], la escalera de la _Laurenziana_ de Florencia[400], la Puerta Pía y, sobre todo, la Iglesia de San Juan de los Florentinos, el último de sus grandes proyectos, abortado como todos los demás.
Los florentinos le habían rogado que construyera la Iglesia de su nación en Roma; el duque Cosme mismo, le escribió una carta halagadora con este objeto; Miguel Ángel, sostenido por su amor a Florencia, emprendió la obra con un entusiasmo juvenil[401]. Dijo a sus compatriotas “que si ejecutaban su plan, ni los romanos ni los griegos habrían tenido nunca nada semejante”; palabras, dice Vasari, “como nunca habían salido de su boca, ni antes ni después, porque era extremadamente modesto”. Los florentinos aceptaron el proyecto sin cambiar nada. Un amigo de Miguel Ángel, Tiberio Calcagni, ejecutó, bajo su dirección, un modelo en madera de la Iglesia; “era una obra de arte tan rara, que no se ha visto nunca una Iglesia semejante por la belleza, la riqueza y la variedad. Se inició la construcción y se gastaron cinco mil escudos. Después faltó el dinero, se suspendió la obra y Miguel Ángel sufrió con ello una gran pena”[402]. La Iglesia no fué construida nunca y hasta el modelo ha desaparecido. Tal fué la última decepción artística de Miguel Ángel. ¿Cómo había de tener la ilusión al morir de que San Pedro, apenas esbozado, llegara a terminarse, o de que alguna de sus obras le sobreviviera?
Él mismo, si hubiera podido, tal vez las hubiera destruido. La historia de su última escultura, _El Descendimiento de la Cruz_, de la Catedral de Florencia, demuestra hasta dónde había llegado su desprendimiento del arte. Si continuaba todavía sus trabajos de escultor, no era ya por fe en el arte, sino por fe en Cristo, y porque “su espíritu y su fuerza no podían dejar de crear”[403]. Pero cuando había terminado su obra, la rompió[404]. “La hubiera destruido enteramente si su servidor Antonio no le hubiera suplicado que se la diera”[405].
Tal era la indiferencia que Miguel Ángel, próximo a la muerte, demostraba para sus obras.
* * * * *
Desde la muerte de Vittoria ningún gran afecto iluminaba su vida. El amor había partido.
_Fiamma d’amor nel cor non m’è rimasa; Se 'l maggior caccia sempre il minor duolo, Di penne l’ alm’ ho ben tarpat’ e rasa_[406].
“La llama de amor no ha quedado en mi corazón; el peor mal--la vejez--eclipsa el mal menor; tengo recortadas las alas del alma”.
Había perdido a su hermano y a sus mejores amigos. Luigi del Riccio había muerto en 1546, Sebastián del Piombo, en 1547; su hermano Giovan Simone en 1548. Nunca tuvo grandes relaciones con su último hermano, Gismondo, que murió en 1555. Había concentrado su necesidad de afecto familiar y brusco, en sus sobrinos huérfanos, los hijos de Buonarroto, su hermano más amado. Eran dos, una niña, Cecca (Francesca), y un niño, Lionardo.
Miguel Ángel puso a Cecca en un convento. Le pagó su equipo y su pensión; iba a verla y cuando ella se casó[407], la dotó con una de sus propiedades[408]. Se encargó personalmente de la educación de Lionardo, que tenía nueve años a la muerte de su padre. Una larga correspondencia, que recuerda a menudo la de Beethoven con su sobrino, demuestra la seriedad con la cual cumplía su misión paternal[409]. No le faltaron por este motivo frecuentes disgustos. Lionardo ponía a prueba la paciencia de su tío y esta paciencia no era muy grande.
La mala letra del muchacho era suficiente para poner a Miguel Ángel fuera de sí, porque creía que esto era una falta de respeto para él:
“Nunca recibo una carta tuya sin que sienta calentura antes de poder leerla. No sé donde has aprendido tú a escribir. Será falta de amor. Creo que si tuvieras que escribir al mayor asno del mundo, pondrías más cuidado. He arrojado tu última carta al fuego porque no podía leerla. Así es que no puedo contestarte. Ya te he dicho y repetido hasta la saciedad, que siempre que recibo una carta tuya, me viene fiebre antes de que pueda leerla. Una vez por todas, no me escribas ya más. Si tienes algo que decirme busca alguien que sepa escribir, porque yo necesito mi cabeza para otras cosas y no para agotarme descifrando tus enigmas”[410].
Desconfiado por naturaleza, y más aún por las dificultades que había tenido con sus hermanos, se hacía muy pocas ilusiones respecto al cariño humilde y zalamero de su sobrino; este cariño le parecía más bien dirigido hacia su caja fuerte, que el muchacho esperaba heredar. Miguel Ángel se lo decía francamente. Una vez estando enfermo y en peligro de muerte, supo que Lionardo había ido a Roma y había hecho algunas diligencias indiscretas, y le escribió, furioso:
“¡Lionardo! Yo he estado enfermo y tú has ido a la casa de Ser Giovan Francesco para ver si no había dejado nada. ¿No te basta con mi dinero de Florencia? ¡No puedes desmentir tu raza, y dejar de parecerte a tu padre, quien me arrojó en Florencia de mi propia casa! Debes saber que he hecho un testamento de tal manera que no tengas nada que esperar de mí; así, pues, vete con Dios, y no te presentes más ante mi vista ni me escribas nunca”[411].
Estas cóleras no preocupaban mucho a Lionardo, porque generalmente después seguían las cartas afectuosas y los obsequios[412]. Un año más tarde, se precipitaba de nuevo a Roma atraído por la promesa de un regalo de tres mil escudos. Miguel Ángel, ofendido por su apresuramiento interesado, le escribe:
“Has venido a Roma con una prisa furiosa. No sé si habrías venido tan pronto si yo me encontrara en la miseria y me faltara el pan... Dices que era tu deber venir por amor para mí. ¡Sí, el amor de un taladro[413]! Si me tuvieras cariño, me hubieras escrito: ‘Miguel Ángel, guardad vuestros tres mil escudos y gastadlos en vos mismo, porque ya nos habéis dado bastante; vuestra vida nos es más cara que la fortuna’, pero desde hace cuarenta años habéis vivido de mí y nunca he recibido ni una buena palabra[414]...”.
Una grave cuestión fué la del matrimonio de Lionardo, que ocupó al tío y al sobrino durante seis años[415]. Lionardo condescendía con su tío dócilmente; pensando en la herencia aceptaba todas sus observaciones, lo dejaba escoger, discutir, rechazar los partidos que se le ofrecían y él parecía indiferente.
Miguel Ángel, al contrario, se apasionaba como si él tuviera que casarse. Consideraba el matrimonio como un asunto serio, para el cual el amor era la menor condición; la fortuna no entraba tampoco en cuenta, lo que importaba era la salud y la honorabilidad. Le daba rudos consejos, desprovistos de poesía, robustos y positivos:
“Ésta es una gran decisión; acuérdate de que entre el hombre y la mujer debe haber siempre una diferencia de edad de diez años, y fíjate en que la que escojas no sea solamente buena, sino también sana. Se me ha hablado de varias personas; unas me gustan y otras no. Si piensas en ello, escríbeme si es que te gusta más una que otra, y yo te diré mi opinión. Eres libre para tomar a una o a otra, con tal que sea noble y bien educada, y más bien sin dote, que con una gran dote, para vivir en paz[416]... Un florentino me ha dicho que te han hablado de una muchacha de la casa Ginori, y que te gusta. A mí no me gusta que tomes por mujer una hija cuyo padre no te la daría si tuviera bastante para constituirle una dote conveniente. Yo deseo que el que quiera darte una mujer te la dé a ti y no a tu fortuna. Tú piensa únicamente en considerar la salud del alma y del cuerpo, la calidad de la sangre y de las costumbres, y además ver quiénes son sus parientes, porque esto es de gran importancia. Tómate el trabajo de buscar una mujer que no se avergüence de lavar los platos en caso necesario y de ocuparse de las cosas de la casa. En cuanto a la belleza, como tú no eres precisamente el joven más bello de Florencia, no te preocupes, con tal que no sea ni estropeada ni repugnante[417]...”.
Después de mucho buscar parecía haberse hallado el ave rara. Pero a última hora he aquí que se le descubre un defecto de importancia:
“He sabido que tiene la vista corta, lo cual no me parece un defecto pequeño; por eso no he prometido nada todavía; y puesto que tú tampoco has prometido nada, mi opinión es que te desprendas, si estás seguro de esta cosa”[418].
Lionardo se desalienta. Se sorprende por la insistencia de su tío para casarlo, y éste responde:
“Es verdad, lo deseo, para que nuestra raza no acabe con nosotros. Sé muy bien que el mundo no se trastornará por eso; pero de todos modos, cada animal se esfuerza por conservar su especie. Por eso deseo que tú te cases”[419].
Al fin, el mismo Miguel Ángel se cansa; comienza a encontrar ridículo que él sea quien se ocupe siempre del matrimonio de Lionardo y que éste no se interese en ello. Declara su propósito de abstenerse en lo sucesivo:
“Desde hace sesenta años me he ocupado de vuestros asuntos; ahora estoy viejo y tengo que pensar en los míos”.
Precisamente entonces tiene noticias de que su sobrino tiene relaciones formales con Cassandra Ridolfi; se alegra de ello, lo felicita, y le promete una dote de mil quinientos ducados. Lionardo se casa[420]. Miguel Ángel envía sus felicitaciones a los jóvenes esposos, y promete un collar de perlas a Cassandra. La alegría no le impide sin embargo advertir a su sobrino, “que aunque él no sea muy conocedor de esas cosas, le parece que Lionardo debió haber arreglado todas las cuestiones de dinero antes de conducir a la mujer a su casa; porque siempre hay en estas cuestiones un germen de desunión”. Y termina con esta recomendación burlesca:
“¡Vamos! ahora procurar vivir, y piensa bien en ello, porque el número de las viudas es siempre más grande que el de los viudos”[421].
Dos meses después, en lugar del collar prometido, envió dos anillos a Cassandra, uno adornado con un diamante y el otro con un rubí. Cassandra, como agradecimiento, le manda ocho camisas. Miguel Ángel escribe: “Son muy bonitas, sobre todo la tela, y me gustan mucho, pero me disgusta que hayáis hecho este gasto, porque no me falta nada; da las gracias a Cassandra por mí, y dile que estoy a su disposición para enviarle todo lo que pueda encontrar aquí de artículos romanos u otros. Esta vez sólo he mandado una insignificancia, otra vez haremos algo mejor con algún objeto que le agrade; adviérteme solamente”[422].