Vidas Ejemplares: Beethoven—Miguel Ángel—Tolstoi
Part 13
Bastiano le entregó diez cartas de amigos que le conjuraban todos a regresar[281]. Entre ellos, el generoso Battista della Palla lo llamaba con palabras llenas de amor patrio:
“Todos vuestros amigos, sin distinción de opiniones, sin vacilar, con una sola voz, os exhortan a volver para conservar vuestra vida, vuestra patria, vuestros amigos, vuestros bienes y vuestro honor, para gozar de los tiempos nuevos que tan ardientemente habéis deseado y esperado”.
Creía que la edad de oro había vuelto para Florencia y no dudaba del triunfo de la buena causa. El infeliz debía ser una de las primeras víctimas de la reacción, después del retorno de los Médicis.
Sus palabras decidieron a Miguel Ángel. Volvió lentamente: Battista della Palla que fué a encontrarlo a Lucca lo esperó muchos días y ya comenzaba a desesperar[282]. Al fin el 20 de noviembre Miguel Ángel volvió a Florencia[283]. El día 23 su sentencia de proscripción fué levantada por la Señoría, pero se decidió que el Gran Consejo estaría cerrado para él por tres años[284].
Desde entonces Miguel Ángel cumplió bravamente con su deber hasta el fin. Volvió a su puesto en San Miniato, que los enemigos bombardeaban desde hacía un mes; hizo fortificar de nuevo la colina, e inventó máquinas nuevas, y se dice que salvó el _campanile_ cubriéndolo con bultos de lana y colchones colgados con cuerdas[285]. El último indicio que se tiene de su actividad durante el sitio, es una noticia de 22 de febrero de 1530, que nos lo muestra trepando sobre la cúpula de la catedral, para vigilar los movimientos del enemigo o para inspeccionar el estado de la misma cúpula.
Sin embargo, la desgracia prevista se cumplió. El 2 de agosto de 1530, Malatesta Baglioni defeccionó. El día 12 capituló Florencia, y el Emperador entregó la ciudad al Comisario del Papa, Baccio Valori. Entonces comenzaron las ejecuciones. Los primeros días nada detuvo la venganza de los vencedores. Los mejores amigos de Miguel Ángel--Battista della Palla entre ellos--fueron las primeras víctimas. Miguel Ángel se ocultó, según se cuenta, en el campanario de San Niccoló-oltr’Arno. Tenía motivos justos para temer, porque había circulado el rumor de que tuvo intenciones de destruir el Palacio de los Médicis. Pero Clemente VII no le había perdido su cariño. Si creemos a Sebastián del Piombo, se entristeció mucho por lo que supo de Miguel Ángel durante el sitio; pero se contentaba con alzar los hombros y decir:
“Miguel Ángel no tiene razón; yo nunca le he hecho ningún mal”[286]. Inmediatamente que se apagó la primera cólera de los proscriptores, Clemente VII escribió a Florencia; ordenaba que se buscara a Miguel Ángel, agregando que si quería continuar en el trabajo de las tumbas de los Médicis, debía ser tratado con todas las consideraciones que merecía[287].
Miguel Ángel salió de su escondite y reanudó el trabajo destinado a glorificar a los mismos a quienes había combatido. Su desgracia lo obligó a más aún: consintió en esculpir el _Apolo tomando una flecha de su carcax_, para Baccio Valori, el instrumento de las más bajas comisiones del Papa, el asesino de su amigo Battista della Palla[288]. Poco después tuvo que renegar de los proscriptos florentinos[289]. ¡Lamentable debilidad de un gran hombre, reducido a defender por medio de cobardías la vida de sus sueños artísticos contra la brutalidad asesina de la fuerza material, que podía impunemente aplastarlo! No sin razón debía consagrar todo el fin de su vida a elevar un monumento sobrehumano al Apóstol Pedro: más de una vez, como él, tuvo que llorar al oír el canto del gallo.
Forzado a mentir, obligado a adular a un Valori, a celebrar a un Lorenzo, Duque de Urbino, estallaba de dolor y de vergüenza. Se entregó al trabajo y puso en él toda su rabia de aniquilamiento[290]. No esculpió la estatua de los Médicis, sino la estatua de su desesperación. Cuando se le hacía notar la falta de parecido en los rostros de Juliano y Lorenzo de Médicis, respondía soberbiamente: “¿Quién los verá dentro de diez siglos?” Del uno hizo la Acción, del otro el Pensamiento, y las estatuas del zócalo que sirven como de comentario--_el Día_ y _la Noche_, _la Aurora_ y _el Crepúsculo_--expresan el sufrimiento de vivir y el desprecio de todo lo que existe. Estos inmortales símbolos del dolor humano, fueron terminados en 1531[291]. ¡Suprema ironía! nadie los comprendió. Un Giovanni Strozzi, contemplando la formidable _Noche_, hacía _concetti_:
“La _Noche_ que tú ves dormir, tan graciosamente, fué esculpida por un Ángel en esta roca; y puesto que habla, vive. Si no lo crees, despiértala y te hablará”.
Miguel Ángel respondió: “El sueño me es grato, y más todavía el ser de piedra mientras que duren el crimen y la vergüenza. No ver, no sentir, es para mí una gran ventura; por eso no me despiertes, habla en voz baja”.
_Caro m’è ’l sonno et più l’esser di sasso, Mentre che ’l danno e la vergogna dura. Non veder, non sentir m’è gran ventura; Pero non mi destar, deh! parla basso._[292].
Y en otra poesía exclamaba: “El cielo está dormido, puesto que uno solo se apropia los bienes de muchos hombres”.
Y Florencia responde a sus gemidos[293]: “No interrumpáis vuestros santos pensamientos; el que cree haberos despojado de mí, no goza de su gran crimen por causa de su gran miedo. Menor alegría es para los amantes la plenitud del goce que extingue el deseo, que la miseria llena de esperanza”[294].
Hay que pensar en lo que fué el saqueo de Roma y la caída de Florencia para los espíritus de entonces. Una quiebra espantosa de la razón, un derrumbamiento.
Muchos ya no se volvieron a levantar. Un Sebastián del Piombo cae en un escepticismo despreocupado: “He llegado a tal extremo que el universo podría hundirse sin que a mí me importe, y me río de todo... No me parece que todavía sea yo el Bastiano de antes del saqueo, no puedo volver en mí”[295].
Miguel Ángel piensa en matarse: “Si alguna vez es permitido darse la muerte, sería muy justo que este derecho perteneciera a quien, lleno de fe, vive esclavo y miserable”[296]. Estaba en una convulsión de espíritu. Cayó enfermo en junio de 1531. Clemente VII se esforzaba en vano por tranquilizarlo. Le mandaba decir por conducto de su Secretario y de Sebastián del Piombo, que no se excediera en el trabajo, que tuviera moderación para no fatigarse, que de vez en cuando diera un paseo, que no se redujera a la condición de un rudo operario[297]. En el otoño de 1531 se temía por su vida. Uno de sus amigos escribía a Valori: “Miguel Ángel está extenuado y enflaquecido. He hablado de ello últimamente con Bugiardini y Antonio Mini, y estamos de acuerdo en que no vivirá mucho si no se le cuida seriamente. Trabaja demasiado, come poco y mal, y duerme todavía menos. Desde hace un año sufre dolores de cabeza y de corazón”[298]. Clemente VII se preocupó; el 21 de noviembre de 1531 un Breve del Papa prohibió a Miguel Ángel, bajo pena de excomunión, trabajar en otra cosa más que en la tumba de Julio II y en la de los Médicis, para que pudiera conservar su salud “y glorificar por más tiempo a Roma, a su familia y a sí mismo”[299].
Lo protegió contra las impertinencias de Valori y de los ricos pedigüeños que iban, según la costumbre, a mendigar obras de arte y a imponer a Miguel Ángel nuevos trabajos. “Cuando te pidan un cuadro, debes sujetarte en el pie tu pincel, pintar cuatro rasgos y decir: el cuadro está hecho”[300]. Se interpuso entre Miguel Ángel y los herederos de Julio II, que se hacían cada vez más amenazantes[301]. En 1532 se firmó un cuarto contrato entre los representantes del duque de Urbino y Miguel Ángel, respecto a la tumba; Miguel Ángel prometió hacer un nuevo modelo del monumento, muy reducido[302], terminarlo en tres años y pagar todos los gastos, así como dos mil ducados por todo lo que había recibido ya de Julio II y de sus herederos. “Bastará con que se encuentre en la obra, escribe Sebastián del Piombo a Miguel, un poco de vuestro olor”. _Un poco del vostro odore_[303]. Tristes condiciones, porque lo que así firmaba Miguel Ángel era el fracaso de su gran proyecto y todavía tenía que pagar por esto. Pero en verdad lo que firmaba Miguel Ángel en cada una de sus obras desesperadas, era el fracaso de su vida, el fracaso de la Vida.
Después del proyecto del monumento de Julio II se hundió el proyecto de las tumbas de los Médicis. Clemente VII murió el 25 de septiembre de 1534; y Miguel Ángel, por fortuna, estaba entonces ausente de Florencia. Desde hacía mucho tiempo vivía allí con inquietud porque el duque Alejandro de Médicis lo odiaba. Si no hubiera sido por el respeto del Papa, lo hubiera mandado matar[304]. Su enemitad había crecido aún, desde que Miguel Ángel se había rehusado a contribuir a la sujeción de Florencia elevando una fortaleza para dominar la ciudad; rasgo de valor que demuestra bastante en este hombre tímido la grandeza de su amor a la patria.
Desde hacía mucho tiempo Miguel Ángel esperaba todo de parte del duque; y cuando Clemente VII murió no pudo salvarse más que por la casualidad que lo hizo estar en aquel momento fuera de Florencia, adonde no volvió ya más[305]. La Capilla de los Médicis no fué nunca terminada. Lo que conocemos con este nombre no tiene más que una lejana relación con lo que había soñado Miguel Ángel; apenas nos queda el esqueleto de la decoración mural. No solamente Miguel Ángel no había ejecutado ni la mitad de las estatuas[306], ni las pinturas que proyectaba[307]; pero cuando sus discípulos se esforzaron más tarde por descubrir y completar su pensamiento, él mismo no fué capaz de decirles cuál había sido[308]; había renunciado tan absolutamente a todas sus empresas, que las había olvidado.
* * * * *
El 23 de septiembre de 1534, Miguel Ángel volvió a Roma, donde debía permanecer hasta su muerte[309]. Hacía veintiún años que la había dejado. En estos veintiún años, había hecho tres estatuas del monumento no terminado de Julio II, siete estatuas no terminadas del monumento no terminado de los Médicis, el Vestíbulo no terminado de la _Laurenziana_, el Cristo no terminado de Santa María de la Minerva, el _Apolo_ no terminado para Baccio Valori. Había perdido su salud, su energía, su fe en el arte y en la patria. Había perdido el hermano a quien quería más[310]. Había perdido a su padre que adoraba[311]. A la memoria del uno y del otro había elevado un poema de dolor, admirable, incompleto como todo lo que hacía, ardiendo por la pasión de morir:
“...Ahora que el cielo te arrancó de nuestra miseria, ten compasión de mí que vivo muerto!... has matado a la muerte y te has hecho divino; no temes los cambios de la vida y del deseo; apenas puedo escribirlo sin envidia. La fortuna y el tiempo que nos traen únicamente la alegría dudosa y la desgracia segura, no se atreven a pasar vuestra puerta. Ninguna nube obscurece vuestra luz, el paso de las horas no os inquieta, la necesidad y el azar no os impulsan. La noche no amortigua vuestro esplendor, ni el día lo aumenta a pesar de su claridad. Por tu muerte aprendo a morir, mi querido padre. La muerte no es, como algunos creen, lo peor para aquél cuyo último día es el primero y eterno cerca del trono de Dios. Ahí espero y creo volver a verte, por la gracia de Dios, si mi razón arranca a mi corazón del fango terrestre y si el máximo amor entre el padre y el hijo crece en el cielo como todas las virtudes”[312].
Nada lo retiene ya en la tierra: ni arte, ni ambiciones, ni ternura, ni esperanza de ninguna especie. Tiene sesenta años, su vida parece terminada; está solo, no cree en sus obras; tiene la nostalgia de la muerte, el deseo apasionado de escapar al fin, “del cambio del ser y del deseo, de la violencia de las horas, de la tiranía, de la necesidad y del azar”.
“...¡Ay de mí! ¡Ay de mí! he sido traicionado por mis días fugaces... he esperado demasiado; el tiempo ha huido y yo me encuentro viejo. Ya no puedo arrepentirme ni recogerme con la muerte cerca de mí. Lloro en vano: no hay desgracia igual al tiempo perdido...”.
“¡Ay de mí! ¡Ay de mí!... ¡cuando vuelvo los ojos hacia mi pasado no encuentro ni un solo día que haya sido mío! Las falsas esperanzas y el vano deseo, lo reconozco ahora, me han tenido llorando, amando, ardiendo y suspirando--porque ningún afecto mortal me es desconocido--lejos de la verdad... ¡Ay de mí!, ¡ay de mí! No sé adónde voy y tengo miedo, y si no me equivoco--¡oh!, Dios quiera que me equivoque--veo el castigo eterno, ¡oh Señor!, por el mal que he hecho conociendo el bien, y ya no sé qué esperar...”[313].
NOTAS:
[264] _Poesías_, XLIX.
[265] Carta de septiembre de 1512, a propósito de lo que había dicho sobre el saqueo de Prato por los Imperiales, aliados de los Médicis.
[266] Carta de Miguel Ángel a Buonarroto (septiembre de 1512).
[267] “No soy un loco, como os imagináis...”. (Miguel Ángel a Buonarroto, septiembre de 1515).
[268] Miguel Ángel a Buonarroto (septiembre y octubre de 1512).
[269] En 1545.
[270] Donato Giannotti fué para quien hizo Miguel Ángel el busto de _Brutus_. Algunos años antes de _El Diálogo_, en 1536, Alejandro de Médicis había sido asesinado por Lorenzino, quien fué celebrado como un nuevo Bruto.
[271] _De’ giorni che Dante consumò nel cercare l’Inferno e ’l Purgatorio._ La cuestión que discuten los amigos es la de saber cuántos días pasó Dante en el infierno: ¿fué del viernes en la tarde al sábado en la tarde, o del jueves en la tarde al domingo por la mañana? Se recurre a Miguel Ángel, quien conocía la obra del Dante mejor que nadie.
[272] Miguel Ángel, o Giannotti, que habla en nombre suyo, tiene cuidado de distinguir de los tiranos a los reyes hereditarios o príncipes constitucionales: “Yo no hablo aquí de los príncipes que poseen su poder por la autoridad de los siglos o por la voluntad del pueblo, y que gobiernan sus ciudades en perfecto acuerdo espiritual con el pueblo”.
[273] Mayo 6 de 1527.
[274] Expulsión de Hipólito y Alejandro de Médicis (mayo 17 de 1527).
[275] Julio 2 de 1528.
[276] Busini, según las confidencias de Miguel Ángel.
[277] Condivi. “Y seguramente, agrega Condivi, hubiera hecho mejor escuchando el buen consejo; porque cuando los Médicis volvieron fué decapitado”.
[278] Carta de Miguel Ángel a Battista della Palla (septiembre 25 de 1529).
[279] Segni.
[280] Carta de Miguel Ángel a Battista della Palla (septiembre 25 de 1529).
[281] Octubre 22 de 1529.
[282] Le escribió otras cartas conjurándolo para que volviera.
[283] Cuatro días antes, su pensión le había sido retirada por decreto de la Señoría.
[284] Según una carta de Miguel Ángel a Sebastián del Piombo, debía también pagar a la Comuna una multa de 1,500 ducados.
[285] “Cuando el Papa Clemente y los españoles pusieron sitio a Florencia--cuenta Miguel Ángel a Francisco de Holanda--los enemigos fueron mucho tiempo detenidos por las máquinas que yo hice construir sobre la terraza. Una noche hacía yo que se cubriera el exterior de los muros con sacos de lana; otra, mandaba cavar fosos para llenarlos de pólvora y hacerlos estallar, quemando a los Castellanos de tal modo que saltaran por el aire sus miembros desgarrados... ¡Para eso sirve la pintura! para las máquinas y los instrumentos de guerra; para dar una forma conveniente a las bombardas y a los arcabuces; para construir puentes y confeccionar escalas, y sobre todo para los planos y las proporciones de las fortalezas, de los bastiones, de los fosos, de las minas y de las contraminas...”. (Francisco de Holanda: _Diálogo sobre la pintura en la ciudad de Roma_. Tercera parte, 1549).
[286] Carta de Sebastián del Piombo a Miguel Ángel (abril 29 de 1531).
[287] Condivi. Desde el 11 de diciembre de 1530, la pensión de Miguel Ángel fué restablecida por el Papa.
[288] Otoño de 1530. La estatua está en el _Museo Nazionale_ de Florencia.
[289] En 1544.
[290] En estos mismos años, los más sombríos de su vida, Miguel Ángel, por una reacción salvaje de su naturaleza contra el pesimismo cristiano que lo ahogaba, ejecutó obras de un paganismo audaz, como la _Leda acariciada por el Cisne_--1529-1530--la cual, pintada para el duque de Ferrara, obsequiada después por Miguel Ángel a su discípulo Antonio Mini, fué llevada por este último a Francia donde se dice que fué destruida por el año de 1643, a causa de su aspecto lascivo, por Sublet des Noyers. Un poco más tarde, Miguel Ángel pintó para Bartolommeo Bettini, una _Venus acariciada por el amor_, de la cual Pontormo hizo un cuadro que está en los Uffizi. Otros dibujos de un impudor grandioso y severo son probablemente de la misma época. Carlos Blanc describe uno de ellos: “En él se ven los transportes de una mujer violada, que se defiende contra un robusto raptor, pero no sin expresar un involuntario sentimiento de dicha y orgullo”.
[291] La _Noche_ fué esculpida probablemente en el otoño de 1530; estaba terminada en la primavera de 1531; la _Aurora_, en septiembre de 1531; el _Crepúsculo_ y el _Día_, un poco después. Véase doctor Ernst Steinmann: _Das Geheimnis der Medicigraber Michel Angelos_, 1907, Hiersemann. Leipzig.
[292] _Poesías_, CIX, 16, 17. Según Frey de fecha de 1545.
[293] Miguel Ángel imagina un diálogo entre Florencia y los florentinos desterrados.
[294] _Poesías_, CIX, 48. Véase Apéndice VII.
[295] Carta de Sebastián del Piombo a Miguel Ángel, de 24 de febrero de 1531. Era la primera carta que le escribía después del saqueo de Roma:
“Dios sabe cuán feliz he sido porque después de tantas miserias y peligros, el Todopoderoso nos haya dejado vivos y con buena salud por su misericordia y su piedad. Cuando pienso en ello me parece una cosa verdaderamente maravillosa... Ahora, compadre mío, que hemos pasado por el agua y por el fuego y hemos sufrido cosas inimaginables, demos gracias a Dios por todo, y pasemos al menos el resto de nuestra vida en el mayor reposo posible. Hay que contar muy poco con la Fortuna, porque es pérfida y dolorosa...”.
En esta época se violaba la correspondencia. Sebastián recomendaba a Miguel Ángel, considerado como sospechoso, que desfigurara su escritura.
[296] _Poesías_, XXXVIII. Véase Apéndice VIII.
[297] “..._Non voria che ve fachinasti tanto_...”. Carta de Pier Paolo Marzi a Miguel Ángel, junio 20 de 1531. Véase carta de Sebastián del Piombo a Miguel Ángel (junio 16 de 1531).
[298] Carta de Giovanni Battista di Paolo Mini a Valori, de 29 de septiembre de 1531.
[299] “..._Né aliquo modo laborare debeas, nisi in sepultura et opera nostra, quam tibi commisimus_...”.
[300] Carta de Benvenuto della Volpaja a Miguel Ángel. Noviembre 26 de 1531.
[301] “Si no tuvierais el escudo del Papa, le escribe Sebastián, saltarían como serpientes”. (_Saltariano come serpenti._) Marzo 5 de 1532.
[302] Ya no se trataba más que de entregar para la tumba, que debía ser levantada en San Pedro Ad Víncula, seis estatuas comenzadas y no terminadas:--sin duda el _Moisés_, la _Victoria_ y los _Esclavos_ y las figuras de la gruta Boboli.
[303] Carta de Sebastián del Piombo a Miguel Ángel (abril 6 de 1532).
[304] Muchas veces Clemente VII tuvo que tomar la defensa de Miguel Ángel, contra su sobrino Alejandro. Sebastián del Piombo cuenta a Miguel Ángel una escena de este género en la cual “el Papa habló con tanta vehemencia, furor, y resentimiento, en términos tan terribles, que no es permitido escribirlos”. (Agosto 16 de 1533).
[305] Condivi.
[306] Miguel Ángel había ejecutado parcialmente siete estatuas, y las dos tumbas de Lorenzo de Urbina y de Julián de Nemours y la Madona. No había comenzado las cuatro estatuas de los ríos, que quería hacer, y abandonó a otros las figuras para las tumbas de Lorenzo el Magnífico y de Julián, hermano de Lorenzo.
[307] Vasari preguntó a Miguel Ángel en 17 de marzo de 1563, “que qué pensaba hacer respecto a las pinturas sobre los muros”.
[308] No se supo siquiera dónde colocar las estatuas ya hechas, ni cuáles había querido hacer para los nichos que estaban vacíos. En vano Vasari y Ammanati, encargados por el duque Cosme I de acabar la obra emprendida por Miguel Ángel, se dirigieron a él: no se acordaba de nada. “La memoria y el espíritu se me han anticipado, escribía en agosto de 1557, para esperarme en el otro mundo”.
[309] Miguel Ángel recibió los derechos de ciudadano romano el 20 de marzo de 1546.
[310] Buonarroto, muerto de la peste en 1528.
[311] En junio de 1534.
[312] _Poesías_, LVIII. Véase Apéndice IX.
[313] _Poesías_, XLIX. Véase Apéndice X.
LA ABDICACIÓN
[Ilustración]
I AMOR
_I’ me la morte, in te la vita mia._[314]
Entonces, en este corazón despedazado, después de renunciar a todo lo que lo hacía vivir, se levantó una vida nueva, refloreció una primavera, el amor ardió con una llama más clara. Pero este amor no tenía casi nada de egoísta ni de sensual. Fué la adoración mística de la belleza de un Cavalieri; fué la religiosa amistad de Vittoria Colonna, comunión apasionada de dos almas en Dios; fué, en fin, la ternura paternal para sus sobrinos huérfanos, la piedad para los pobres y para los débiles, la santa caridad.
El amor de Miguel Ángel para Tommaso dei Cavalieri es muy propio para desconcertar a la mayoría de los espíritus, ya sean bien o mal intencionados. Hasta en la Italia del fin del Renacimiento era muy a propósito para provocar interpretaciones desagradables; el Aretino lo comentaba injuriosamente[315]. Pero las injurias de los Aretinos, porque siempre los hay, no pueden alcanzar a un Miguel Ángel. “Se forman en su corazón un Miguel Ángel del género de su propio corazón”[316].
Ninguna alma fué más pura que la de Miguel Ángel; nadie tuvo del amor un concepto más religioso.
“Con frecuencia he oído--decía Condivi--a Miguel Ángel hablando del amor; y los que estaban presentes decían que Platón no hablaba de otro modo. Por mi parte, yo no sé lo que Platón dijo; pero sé muy bien que después de haber tenido por mucho tiempo amistad íntima con él, nunca oí salir de sus labios más que conceptos honorables que tenían fuerza para extinguir en los jóvenes los deseos desordenados que los agitan”.
Pero este idealismo platónico, no tenía nada de literario ni de frío; se adunaba con una fuerza del pensamiento que hacía de Miguel Ángel una verdadera víctima de todo lo bello que veía. El propio Miguel Ángel no lo ignoraba y un día, al rehusar una invitación de su amigo Giannotti, dijo:
“Cuando veo a un hombre que posee algún talento o algún don del espíritu, un hombre que logra hacer o decir algo mejor que el resto del mundo, me siento atraído hacia él y me entrego de tal modo que ya no me pertenezco a mí mismo... todos vosotros estáis tan bien dotados que si aceptara vuestra invitación, perdería mi libertad; cada uno de vosotros me robaría un pedazo de mí mismo. Hasta el bailarín y el tocador de laúd, si fueran eminentes en su arte, harían de mí lo que quisieran. En vez de descansar, fortificarme y recobrar la serenidad en vuestra compañía, quedaría mi alma desgarrada y dispersa a todos los vientos, de tal manera que durante muchos días después no sabría yo en qué mundo me muevo”[317].
Si así lo conquistaban la belleza de los pensamientos de las palabras o de los sentidos, mucho más lo conmovía la belleza del cuerpo.
_La forza d’un bel viso a che mi sprona! C’altro non è c’al mondo mi diletti_[318]...
“La fuerza de un rostro hermoso es para mí un gran estímulo y no hay nada en el mundo que me produzca tanto deleite”.