Vidas Ejemplares: Beethoven—Miguel Ángel—Tolstoi
Part 11
[185] Condivi, que por su ciega amistad con Miguel Ángel se hace un poco sospechoso, dice: “Bramante era impulsado a perjudicar a Miguel Ángel en primer lugar por sus celos y después por el temor que tenía de los juicios de Miguel Ángel, quien descubría sus faltas. Bramante, como todos saben, era muy dado al placer y muy disipador. El sueldo que recibía del Papa, por elevado que fuera, no le bastaba y trataba de ganar en sus obras, haciendo construir los muros con malos materiales, de solidez insuficiente. Cualquiera puede comprobarlo en sus construcciones de San Pedro, del corredor del Belvedere, del claustro de San Pedro Advíncula, etc. que ha sido necesario recientemente sostener por medio de garfios y puntales, porque habían caído o estaban para caer en poco tiempo”.
[186] “Cuando el Papa cambió de idea, y llegaron los barcos con el mármol de Carrara, yo mismo tuve que pagar el flete. Al mismo tiempo, los talladores de piedras que yo había hecho venir de Florencia para la tumba, llegaron a Roma; y como yo había hecho instalar y amueblar para ellos la casa que Julio me había dado detrás de Santa Catarina, me vi sin dinero y con grandes dificultades”. (Carta ya citada, de octubre de 1542).
[187] El 17 de abril de 1506.
[188] Toda esta relación está tomada textualmente de una carta de Miguel Ángel, de octubre de 1542.
[189] Lo atribuyo a esta fecha, que me parece la más verosímil, aun cuando Frey, sin suficientes razones a mi juicio, cree que el soneto es de hacia 1511.
[190] _Poesías_, III. Véanse Apéndice I, y al fin de la segunda parte de este libro. _El árbol seco_ es una alusión a la encina verde que figura en el escudo de los De la Rovere, familia de Julio II.
[191] “Esta no fué la única causa de mi partida; había también otra cosa de la cual prefiero no hablar. Basta decir que me hizo pensar que si yo me quedaba en Roma, esta ciudad sería mi tumba, antes que la del Papa. Y ésta fué la causa de mi partida súbita”.
[192] 18 de abril de 1506.
[193] Carta de octubre de 1542.
[194] _Ibid._
[195] Fines de agosto de 1506.
[196] Condivi. Miguel Ángel había tenido ya la idea de ir a Turquía en 1504; y en 1519 estuvo en relaciones con “el Señor de Andrinópolis”, quien le pedía que fuera a ejecutar para él algunas pinturas. Es sabido que Leonardo de Vinci también había intentado ir a Turquía.
[197] Condivi.
[198] Carta a su padre, 8 de febrero de 1507.
[199] Cartas a su hermano, del 29 de septiembre y del 10 de noviembre de 1507.
[200] Esto es al menos lo que pretende Condivi. Hay que notar sin embargo, que desde antes de la fuga de Miguel Ángel a Bolonia, se había tratado de que pintara la Sixtina, y que entonces este proyecto agradaba poco a Bramante, quien quería alejar de Roma a su rival. (Carta de Pietro Rosselli a Miguel Ángel, en mayo de 1506).
[201] Entre abril y septiembre de 1508, Rafael pintó el cuarto llamado _de la Firma_ (_Escuela de Atenas y Disputa del Santo Sacramento_).
[202] Vasari.
[203] En las cartas de 1510 a su padre, Miguel Ángel se lamenta respecto de uno de sus ayudantes, que no es bueno para nada más “que para hacerse servir... sin duda me faltaba este trabajo. No tenía ya suficiente... me hace sufrir como una bestia”.
[204] Carta a su padre, 27 de enero de 1509.
[205] Cartas a su padre, 1509-1512.
[206] Giovan Simone había maltratado brutalmente a su padre. Miguel Ángel escribió a éste:
“He visto por vuestra última carta cómo van las cosas y cómo se porta Giovan Simone. Hace diez años que no tenía una noticia tan mala. Si hubiera podido, el mismo día que recibí vuestra carta, habría montado a caballo para ir a arreglarlo todo. Pero puesto que me es imposible, ya le escribo, y si no cambia de conducta, si se lleva un solo limpiadientes de la casa o si hace cualquier cosa que os disguste, os suplico que me informéis; obtendré licencia del Papa e iré”. (Primavera de 1509).
[207] Carta a Giovan Simone. Fechada según Henry Thode en la primavera de 1509 y en la edición Milanesi en julio de 1508.
Adviértase que Giovan Simone era entonces un hombre de treinta años. Miguel Ángel sólo tenía cuatro más que aquél.
[208] A Gismondo, 17 de octubre de 1509.
[209] Carta a Buonarroto, julio 30 de 1513.
[210] _Cartas_, agosto de 1512.
[211] He analizado esta obra en el _Miguel Ángel_, de la colección “_Los Maestros del Arte_”. Por eso no la estudio aquí.
[Ilustración]
II LA FUERZA QUE SE ROMPE
_Roct’è l’alta colonna_[212].
Miguel Ángel salió de este trabajo de Hércules, glorioso y aniquilado. Por haber tenido, durante varios meses, la cabeza hacia atrás, para pintar la bóveda de la Sixtina, “se había lastimado la vista de tal modo, que por mucho tiempo no pudo leer una carta, o mirar un objeto, sino levantándolos por encima de su cabeza, para verles mejor”[213].
Él mismo se burlaba de sus achaques:
“La fatiga me ha hinchado, como el agua a los gatos de Lombardía. Mi vientre apunta hacia la barba; la barba se endereza hacia el cielo; mi cráneo se apoya en la espalda y mi pecho parece de harpía; el pincel, chorreando sobre mi cara, le dejó una decoración muy pintoresca. Los lomos se me han hundido dentro del cuerpo y el trasero me sirve de contrapeso. Camino al azar, sin poder verme los pies. Mi piel se estira por delante y se arruga por detrás; estoy convertido en un arco sirio. Mi inteligencia es tan bizarra como mi cuerpo, porque no puede dar mucho de sí una caña torcida...”[214].
Es preciso no engañarse con este buen humor. Miguel Ángel sufría por ser feo. Para un hombre como él, enamorado más que nadie de la belleza física, la fealdad era una vergüenza[215]. Se descubren indicios de esta humillación en algunos de sus madrigales[216]. Su pena era más profunda, porque toda su vida fué devorado por el amor; y no parece que alguna vez fuera correspondido. Por eso se replegaba en sí mismo y confiaba a la poesía su ternura y sus penas.
Desde la infancia componía versos; esto era para él una necesidad imperiosa. Llenaba sus dibujos, sus cartas, sus hojas sueltas, con pensamientos escritos que reformaba sin cesar. Desgraciadamente, en 1518, quemó la mayor parte de sus poesías de juventud; otras fueron destruidas antes de su muerte. Lo poco que nos queda, basta sin embargo para evocar sus pasiones[217].
La más antigua de sus poesías parece haber sido escrita en Florencia, por el año de 1504[218].
“¡Qué feliz vivía, mientras me fué dado resistir victoriosamente tus furores, oh amor! ¡Ahora, ay de mí, mi pecho está bañado de lágrimas! ya he conocido tu fuerza...”[219].
Dos madrigales, escritos entre 1504 y 1511, probablemente dedicados a la misma mujer, tienen una expresión conmovedora:
“¿Quién me arrastra por fuerza hacia ti... ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Ay de mí!... ligado y encadenado, aunque sea libre y dueño de mí mismo!”
_Chi è quel che per forza a te mi mena, Oilmè, oilmè, oilmè, Legato e strecto, e son libero e sciolto?_[220]
“¿Cómo es posible que yo ya no sea mío? ¡Oh Dios, oh Dios, oh Dios! ¿Quién me ha arrancado a mí mismo?... ¿Quién puede más en mí que yo mismo? ¡Oh Dios! ¡Oh Dios! ¡Oh Dios!”
_Come può esser, ch’io non sia più mio? O Dio, o Dio, o Dio! Chi m’ha tolto a me stesso, Ch’a me fusse più presso O più di me potessi, che poss’io? O Dio, o Dio, o Dio!..._[221].
De Bolonia, en el reverso de una carta de diciembre, 1507, es este soneto juvenil, cuya preciosidad sensual evoca una visión de Botticelli:
“¡Cuánto goza la guirnalda bien compuesta ciñendo su cabellera de oro! Todas las flores parecen luchar por ser las primeras en besar su frente... El traje que oprime y cubre su pecho es feliz todo el día. La tela de oro no se cansa de tocar sus mejillas y su cuello. Pero más feliz aún es el listón bordado de oro, que ciñe dulcemente y con ligera presión el blanco seno. El cinturón parece decir: ‘¡Quisiera estrecharla siempre!’ ¡Ah!... ¿y qué harían entonces mis brazos?”[222].
En una larga poesía de carácter íntimo, una especie de confesión[223], que es difícil citar exactamente, Miguel Ángel describe, con una singular crudeza de expresión, sus angustias de amor.
“Cuando estoy un día sin verte, no puedo hallar la paz en ningún sitio; cuando te veo, eres para mí como la comida para el hambriento... Cuando tú me sonríes o me saludas en la calle, ardo como pólvora... Cuando me hablas, mi rostro se enrojece, pierdo la voz y se apaga súbitamente mi gran deseo...”[224].
Y después, estos gemidos de dolor:
“¡Ah, qué pena infinita siente mi corazón cuando recuerdo que aquélla a quien yo amo no me ama...! ¿Cómo seguiré viviendo?...”.
_...Ahi, che doglia ’nfinita Sente ’l mio cor, quando li torna a mente, Che quella ch’io tant’ amo amor non sente! Come restero ’n vita?..._[225].
Y estas líneas escritas después de sus estudios para la Madona de la Capilla Médicis:
“Me quedo solo, ardiendo entre la sombra, cuando el sol priva al mundo de sus rayos. Todos se regocijan, y yo sufro, postrado en tierra, gimiendo y llorando”[226].
El amor no aparece en las poderosas esculturas y pinturas de Miguel Ángel; en ellas sólo expresa sus pensamientos heroicos, como si se avergonzara de manifestar ahí las debilidades de su corazón. Sólo a la poesía se ha confiado. Aquí es donde hay que buscar el secreto de este corazón, tímido y tierno bajo su ruda corteza:
_Amando, a che son nato?_
“Yo amo: ¿para qué he nacido?”[227].
* * * * *
Terminada la Sixtina y muerto Julio II[228], Miguel Ángel volvió a Florencia y reanudó el proyecto que tanto le interesaba: la tumba de Julio II. Se comprometió por contrato a hacerla en siete años[229]. Durante tres años se consagró casi exclusivamente a este trabajo[230]. En este período relativamente tranquilo--período de madurez melancólica y serena, en el cual se apaciguan las furias hirvientes de la Sixtina, como un océano que se calma y vuelve a su lecho--Miguel Ángel produjo sus obras más perfectas, las que realizan mejor el equilibrio de sus pasiones y de su voluntad: el _Moisés_ y los _Esclavos_ del Louvre[231].
Pero no fué más que un instante: el curso tempestuoso de su vida continuó casi inmediatamente. Volvió a caer entre las sombras.
El nuevo Papa, León X, quiso separar a Miguel Ángel de la tarea de glorificación de su predecesor, y dedicarlo al triunfo de su propia estirpe. Era para él una cuestión de orgullo más que de simpatía, porque su espíritu epicúreo no podía comprender el genio triste de Miguel Ángel[232]; todos sus favores eran para Rafael. Pero el hombre de la Sixtina era una gloria italiana; León X quiso domesticarlo.
Ofreció a Miguel Ángel que construyera la fachada de San Lorenzo, la iglesia de los Médicis, en Florencia. Miguel Ángel, estimulado por su rivalidad con Rafael, quien se había aprovechado de su ausencia para llegar a ser en Roma el soberano del arte[233], se dejó arrastrar en esta nueva tarea, que le era materialmente imposible cumplir sin descuidar la anterior, y que debía ser para él una causa de tormentos sin fin. Trataba de convencerse de que podía seguir adelante con la tumba de Julio II y la fachada de San Lorenzo. Esperaba descargarse de la mayor parte del trabajo buscando un ayudante, para no ejecutar él mismo más que las estatuas principales. Pero, según su costumbre, se embriagó poco a poco con su proyecto, y muy pronto no soportó ya compartir con nadie este honor. Más aún, temía que el Papa quisiera retirarle la obra, y suplicó a León X que lo sujetara con esta nueva cadena[234].
Naturalmente, le fué imposible continuar el monumento de Julio II. Pero lo más triste fué que tampoco llegó a elevar la fachada de San Lorenzo. No le bastaba con rechazar toda colaboración; por su terrible manía de hacerlo todo personalmente, en lugar de quedarse en Florencia y trabajar su obra, fué a Carrara para vigilar la extracción de los bloques. Allí tropezó con dificultades de toda clase. Los Médicis querían utilizar las canteras de Pietrasanta, recientemente adquiridas por Florencia, en vez de las de Carrara. Por haber tomado el partido de los de Carrara, Miguel Ángel fué acusado injuriosamente por el Papa de haberse vendido[235], y por haber tenido que obedecer las órdenes del Papa, fué perseguido por los Carraras, quienes se entendieron con los marineros ligures, y no encontró un solo barco de Génova a Pisa para transportar sus mármoles[236]. Tuvo que construir un camino, en parte sobre pilotes, a través de las montañas y de los llanos pantanosos. La gente de la comarca no quería contribuir para los gastos del camino. Los trabajadores no entendían absolutamente su cometido. Las canteras eran nuevas, los obreros eran nuevos. Miguel Ángel gemía:
“He intentado resucitar muertos, queriendo domar estas montañas y traer el arte aquí”[237]. Se mantenía firme, sin embargo. “Lo que he prometido, lo cumpliré, a pesar de todo: haré la obra más bella que se haya hecho en Italia, si Dios me asiste”.
¡Cuánta fuerza, entusiasmo y genio perdidos en vano! A fines de septiembre de 1518, cayó enfermo en Seravezza, de fatiga y de hastío. Comprendía que su salud y sus ensueños se gastaban en esta vida de obrero. Tenía la obsesión de comenzar al fin su trabajo y la angustia de no poder hacerlo. Estaba asediado por otros compromisos que no podía satisfacer[238].
“Muero de impaciencia porque mi adverso destino no me permite hacer lo que quisiera. Muero de dolor, me siento como si fuera un tramposo, aunque no sea mía la culpa”[239]...
De vuelta en Florencia, se consumía esperando la llegada de los cargamentos de mármol; pero el Arno estaba seco y los barcos no podían subir el río con los bloques.
Al fin llegaron. ¿Podrá trabajar ahora?--No. Vuelve a las canteras. Se obstina en no comenzar antes de haber reunido, como antes para la tumba de Julio II, toda una montaña de mármol. Retrocede cuando llega el instante de empezar; parece que tiene miedo. ¿No habrá prometido demasiado? ¿No se habrá comprometido de una manera temeraria en este trabajo de arquitectura? Éste no es su oficio: ¿dónde pudo haberlo aprendido? Y ahora no puede avanzar ni retroceder.
Todas sus fatigas no le bastan ni para asegurar el transporte de los mármoles. De seis columnas monolíticas enviadas a Florencia, cuatro se rompieron en el camino y otra en la misma Florencia. Sus obreros lo engañaban.
Al fin, el Papa y el Cardenal de Médicis se impacientaron por tanto tiempo precioso, inútilmente perdido entre las canteras y los caminos fangosos. El 10 de marzo de 1520, un breve del Papa desligó a Miguel Ángel del contrato de 1518 para la fachada de San Lorenzo. Miguel Ángel no recibió más aviso que la llegada a Pietrasanta de los equipos de obreros enviados para reemplazarlo. Se sintió cruelmente agraviado.
“No tomo en cuenta al cardenal, dijo, los tres años que he perdido aquí. No le tomo en cuenta que me he arruinado por esta obra de San Lorenzo. No le tomo en cuenta la gran afrenta que se me hace encargándome esta obra y retirándomela después sin saber siquiera por qué. No le tomo en cuenta todo lo que he perdido y todo lo que he gastado... Y ahora, el asunto puede resumirse así: el Papa se queda con la cantera y con los bloques tallados, y yo con el dinero que tengo en mano: ¡500 ducados, y se me devuelve mi libertad!”[240].
No era a sus protectores a quienes Miguel Ángel debía acusar, sino a sí mismo, y él bien lo sabía. Éste era su mayor dolor. Luchaba en contra de sí mismo. De 1515 a 1520, en la plenitud de su fuerza y desbordante de genio, ¿qué había hecho?
El insignificante _Cristo_ de la Minerva; ¡una obra de Miguel Ángel donde no está Miguel Ángel! Y ni esto siquiera pudo acabar[241].
De 1515 a 1520, en estos últimos años del gran Renacimiento, antes de los cataclismos que iban a dar fin a la primavera de Italia, Rafael había pintado las _Loggias_, la _Sala del Incendio_, la _Farnesiana_, obras maestras de todos los géneros; había edificado la Villa Madame, dirigido la construcción de San Pedro, las exploraciones, las fiestas, los monumentos; había gobernado el arte, fundado una escuela numerosa y había muerto en medio de su trabajo y de su triunfo[242].
* * * * *
La amargura de sus desilusiones, la desesperación de los días perdidos, de las esperanzas arruinadas, de la voluntad rota, se reflejan en las obras del período siguiente: las tumbas de los Médicis y las nuevas estatuas del monumento de Julio II[243].
El libre Miguel Ángel, que toda su vida no hizo más que pasar de un yugo a otro, había cambiado de amo. El cardenal Julio de Médicis, que llegó a ser Papa con el nombre de Clemente VII, reinó sobre él de 1520 a 1534.
Clemente VII ha sido juzgado con mucha severidad.
Sin duda, como todos estos Papas, quiso hacer del arte y de los artistas unos servidores del orgullo de su familia. Pero Miguel Ángel no tuvo por qué quejarse de él; ningún Papa lo amó tanto; ninguno demostró un interés tan constante y apasionado por sus trabajos[244]. Nadie comprendió mejor las debilidades de su voluntad, hasta defendiéndolo contra él mismo e impidiendo que se dispersara en vano. Aun después de la sublevación de Florencia y la rebelión de Miguel Ángel, Clemente no cambió para él[245]. Pero no dependía de él apaciguar la inquietud, la fiebre, el pesimismo y la mortal melancolía que devoraban su gran corazón. ¡Qué importaba la bondad personal de un amo! De todos modos era un amo.
“He servido a los Papas, decía Miguel Ángel, pero únicamente por fuerza”[246].
¿Qué importaban un poco de gloria y una o dos obras bellas? ¡Estaba esto tan lejos de lo que él había soñado! Y la vejez ya venía. Todo se iba ensombreciendo a su alrededor. El Renacimiento terminaba. Roma iba a ser saqueada por los bárbaros. La sombra amenazadora de un Dios triste iba a pesar sobre el pensamiento de Italia. Miguel Ángel sentía venir la hora trágica, y sufría una angustia sofocante.
Después de haber arrancado a Miguel Ángel de la enredada empresa en la cual se había comprometido, Clemente VII resolvió lanzarlo por un nuevo camino, donde tenía la intención de vigilarlo más de cerca. Le confió la construcción de la capilla y las tumbas de los Médicis. Esperaba retenerlo enteramente a su servicio[247]. Hasta le propuso que ingresara en las órdenes ofreciéndole un beneficio eclesiástico[248]. Miguel Ángel rehusó: pero Clemente VII no dejó por eso de pagarle una pensión mensual triple de la que pedía, y le regaló una casa cerca de San Lorenzo.
Todo parecía ir por buen camino y el trabajo para la capilla se iniciaba activamente, cuando de pronto Miguel Ángel abandonó su casa y rehusó la pensión de Clemente VII[249]. Sufría una nueva crisis de desaliento. Los herederos de Julio II no le perdonaban que hubiera abandonado la obra emprendida; lo amenazaban con persecuciones y ponían en duda su lealtad. Miguel Ángel se enloqueció con la idea de un proceso; su conciencia daba la razón a sus adversarios y lo acusaba de haber faltado a su compromiso; le parecía imposible aceptar el dinero de Clemente VII mientras no hubiera restituido el que recibió de Julio II.
“No trabajo ni vivo”, escribía[250]. Suplicaba al Papa que interviniera con los herederos de Julio II y lo ayudara a restituir todo lo que les debía.
“Venderé, haré lo que sea posible para llegar a esta restitución”. O bien que se le permitiera consagrarse enteramente al monumento de Julio II: “deseo más salir de esta obligación, que vivir”.
Con el pensamiento de que sin Clemente VII, quedaría abandonado a la persecución de sus enemigos, lloraba y se desesperaba como un niño:
“Si el Papa me deja así, no podré permanecer en este mundo... No sé lo que escribo, tengo la cabeza completamente perdida...”[251].
Clemente VII que no tomaba muy en serio esta desesperación de artista, insistía para que no se interrumpiera el trabajo de la Capilla de los Médicis. Sus amigos no comprendían estos escrúpulos y le aconsejaban que no se pusiera en ridículo rehusando la pensión. Uno de ellos le reprochaba con viveza haber obrado irreflexivamente, y le rogaba que en lo futuro no se entregara a sus caprichos[252]. Otro le escribía:
“Se me dice que habéis rehusado vuestra pensión, abandonado vuestra casa y suspendido vuestro trabajo; esto me parece un acto de locura. Amigo mío, compadre, de esta manera dais gusto a vuestros enemigos... no os ocupéis más de la tumba de Julio II, y tomad la pensión porque os la dan con buena voluntad”[253].
Miguel Ángel se obstinaba. La Tesorería Pontificia le cogió la palabra y suprimió la pensión. El desgraciado, reducido a la desesperación, tuvo que volver a pedir algunos meses más tarde lo mismo que había rehusado. Primero lo hizo tímidamente, con vergüenza:
“Mi querido Giovanni, puesto que la pluma es siempre más atrevida que la lengua, os escribo lo que he querido deciros varias veces en estos días y que no he tenido el valor de expresar de viva voz: ¿Puedo contar todavía con la pensión...? Si estuviera seguro de no recibirla no cambiaría por esto mi disposición, ni dejaría de trabajar para el Papa tanto como pudiera, pero arreglaría mis asuntos según esta situación”[254].
Luego, obligado por la necesidad vuelve a la carga:
“Después de haber reflexionado bien, he comprendido cuánto interesa al Papa esta obra de San Lorenzo; y puesto que S. S. me ha concedido una pensión con el designio de que yo tenga más comodidad para servirlo prontamente, sería retrasar el trabajo no aceptarla; así, pues, he cambiado de opinión y si hasta ahora no pedía esta pensión, ya la pido por más razones de las que puedo escribir... ¿Quiere usted dármela, haciéndola contar desde el día en que me fué concedida? Decidme desde qué momento preferís que la reciba”[255].
Para darle una lección, no le hicieron caso. Dos meses más tarde no había recibido nada, y después tuvo que reclamar la pensión varias veces.
Trabajaba en medio de sus tormentos. Se quejaba de que sus preocupaciones fueran estorbo para su imaginación...: “Los disgustos pueden mucho sobre mí... no se puede trabajar con las manos en una cosa y con la cabeza en otra; sobre todo en escultura. Se dice que todo esto sirve para aguijonearme; pero yo respondo que estos son malos aguijones que incitan a retroceder. Hace más de un año que no he recibido la pensión y lucho con la miseria; estoy muy solo en medio de mis penas, y tengo tantas que me ocupan más que el arte; no tengo recursos para buscar alguien que me ayude”[256].
Clemente VII se manifestaba algunas veces conmovido por sus sufrimientos y le enviaba expresiones de afectuosa simpatía. Le aseguraba su favor mientras viviera[257]. Pero la incurable frivolidad de los Médicis era más poderosa, y en vez de aliviarlo de una parte de sus trabajos le hacía nuevos encargos; entre otros el de un absurdo Coloso cuyo cabeza debía ser un campanario, y el brazo una chimenea. Miguel Ángel tuvo que ocuparse algún tiempo en este proyecto extravagante[258].
Tenía que estar en constantes dificultades con sus obreros, sus albañiles y sus carreteros, quienes intentaban hacerse apóstoles precursores de la jornada de ocho horas[259].
Al mismo tiempo, sus disgustos domésticos no dejaban de aumentar. Su padre se hacía más irritable y más injusto con la edad; un día creyó conveniente escaparse de Florencia, acusando a su hijo de haberlo arrojado. Miguel Ángel le escribió esta carta admirable[260]: