Vida del escudero Marcos de Obregón
Part 7
El dia siguiente vino el mozuelo más temprano de lo que solia, puesto un cuello al uso, como hombre que se veia favorecido de tan gallarda mujer. Sucedió que dentro de tres ó cuatro dias vinieron á llamar al doctor Sagredo, su marido y mi amo, para ir á curar un caballero estranjero que estaba enfermo en Carabanchel, ofreciéndole mucho interés por la cura de que él recibió mucho contento por el provecho, y ella mucho más por el gusto. Cogió su mula y lacayo, y un braco, que siempre le acompañaba, y á las cuatro de la tarde dió con su persona en Carabanchel. Ella, visto la buena ocasion, hízome aderezar de cenar lo mejor que fué posible, regalándome con palabras, y prometiéndome obras, no entendiendo que yo le estorbaria la ejecucion de su mal intento: vino el mozuelo al anochecer, y comenzando á cantar como solia, ella le dijo que no era lícito, ni parecia bien á la vecindad, estando su marido ausente, cantar á la puerta, y así mandó que entrase más adentro. Mandó sentar al mozuelo á la mesa, deseando que la cena fuese breve, porque la noche fuese larga; pero apenas se comenzó la cena cuando entró el braco haciendo mil fiestas á su ama con las narices y la cola. El doctor viene, dijo ella, desdichada de mí, ¿qué haremos, que no puede estar lejos, pues ha llegado el perro? Yo cogí al mozuelo, y púsele en un rincon de la sala, cubriéndolo con una tabla, que habia de ser estante para los libros, de suerte que no se podia parecer cuando entró el doctor por la puerta, diciendo: ¿Hay bellaquería semejante, que envien á llamar á un hombre como yo, y por otra parte llamen á otro médico? Vive Dios, si en años atrás me cogieran, que no se habian de burlar conmigo. ¿Pues de eso teneis pena, dijo ella, marido mio? ¿No vale más dormir en vuestra cama y en vuestra quietud, que desvelaros en velar un enfermo? ¿Qué hijos teneis que os pidan pan? Vengais muy en hora buena, que aunque pensé tener diferente noche, con todo eso me dió el espíritu que habia de suceder esto, y así os tuve, por sí ó por no, aderezada la cena. ¡Hay tal mujer en el mundo! dijo el doctor; ya me habeis quitado todo el enojo que traia. Váyanse con el diablo ellos y sus dineros, que más aprecio veros contenta, que cuanto interés hay en la tierra. ¿Cuántos engaños, dije yo entre mí, hay de estos en el mundo, y cuántas á fuerza de artificios y bondad fingida se hacen cabezas de sus casas, que merecen tenerlas quitadas de los hombros? Apeóse de la rucia el doctor, y el lacayo púsola en razon, y fuese á su posada con su mujer, que le daban racion y quitacion. Sentóse el doctor á cenar muy sin enojo, loando mucho el cuidado de su mujer. El diablo del braco, que por la fuerza que estos animalejos tienen en el olfato, no hacia sino oler la tabla que encubria al mozuelo, rascando y gruñendo de manera que el doctor lo echó de ver, y preguntó ¿qué habia detrás de la tabla? Yo de presto respondí: Creo que está allí un cuarto de carne. Tornó el braco á gruñir, y aun ladrar algo más alto: mi amo lo miró con más cuidado que hasta allí; yo eché de ver el daño que habia de suceder si no se remediaba, y conociendo la condicion del doctor dí en una buena advertencia, que fué decir que iba por unas aceitunas sevillanas, de que eran muy amigos, y estúveme al pié de la escalerilla esperando su determinacion: el braco no dejaba de rascar y ladrar, tanto que mi amo dijo que queria ver por qué perseveraba tanto el perro en ladrar. Entonces yo púseme en la puerta, y comencé á dar voces diciendo: Señor, que me quitan la capa; señor doctor Sagredo, que me capean ladrones. Él con su acostumbrada cólera y natural presteza se levantó corriendo, y de camino arrebató una espada, poniéndose de dos saltos en la puerta, y preguntando por los ladrones; yo le respondí, que como oyeron nombrar al doctor Sagredo echaron á huir por la calle arriba como un rayo. Él fué luego en seguimiento suyo, y ella echó al mozuelo de casa sin capa y sin sombrero, poniendo el cuarto de carne detrás de la tabla, como ya le habia dado la advertencia. Hasta aquí habia caminado el negocio; mas el mozuelo iba turbado, lleno de miedo y temblor, que no pudo llegar á la puerta de la calle tan presto que no topase mi amo con él á la vuelta. Aquí fué menester valernos de la presteza en remediar este segundo daño, que tenia más evidencia que el primero, y así antes que él preguntase cosa, le dije: Tambien han capeado y querido matar á este pobre mocito, y por esto se coló aquí dentro huyendo, que de temor no osa ir á su casa: mire vuesa merced qué lástima tan grande; y como es muy de coléricos la piedad, túvola mi amo del mozuelo, y dijo: No tengais miedo, que en casa del doctor Sagredo estais, donde nadie os osará ofender. Ofender, dije yo; en oyendo nombrar al doctor Sagredo les nacieron alas en los piés. Yo os aseguro, dijo el doctor, que si los alcanzára, que os habia de vengar á vos y á mi escudero de manera que para siempre no capearan más. Mi ama, que estaba hasta allí turbada y temblando en el corredor, como vió tan presto reparado el daño, y vuelta en piedad la que habia de ser sangrienta cólera, ayudó á la compasion del marido de muy buena gana, diciendo: ¿Hay lástima como esta? No dejeis ir á ese pobre mozo, bástenle los tragos en que se ha visto, no le maten esos ladrones. No le dejaré, dijo el doctor, hasta que le acompañe. ¿Y cómo sucedió esto, gentil hombre? Iba, señor, respondió el mozo, á hacer una sangría por Juan de Vergara, mi amo, á cierta señora del tobillo, y con harto gusto; pero como no duerme este ángel de los piés aguileños, sucedió lo que vuesa merced ha visto. Que no faltará ocasion para hacerla, dijo la señora, sosiéguese ahora, hermano, que en casa del doctor Sagredo está. Subíos acá, dijo el doctor, que en cenando yo os llevaré á vuestra casa. El braco, aunque salió á los ladrones imaginados, no por el ruido dejó de tornar á la tema de su tabla, y si antes la habia rascado por el mozuelo, entonces lo hacia por la tentacion de sus narices contra la carne: mi amo, como vió perseverar al braco, fué á la tabla, y halló el cuarto de carne detrás de la tabla, con que se sosegó, loando mucho el aliento de su perro. Ella, aunque se habia librado de esos trances, todavía, durando en su intento, me dió á entender que no dejase ir al mozuelo, que era lo que yo más aborrecia.
Cenaron, y el que primero habia sido cabecera de mesa, despues comió en la mano como gavilan, y no como galan en la mesa, que la fuerza puede más que el gusto. En cenando quiso el doctor llevarlo á su casa, y aunque yo le ayudé, mi ama dijo que no queria que fuese á ponerse en riesgo de topar con los capeadores, especialmente habiendo de pasar por el pasadizo de San Andrés, donde suele haber tantos capeadores retraidos. Y aunque esto, dijo, para vuestro ánimo es poco, será para mí de mucho daño, porque estoy en sospecha de preñada, y podria sucederme algun accidente ó susto que pusiese mi vida en cuidado; que ese mocito podrá dormir con el escudero, que es conocido suyo, y por la mañana irse á su casa. Alto, dijo el doctor, pues vos gustais de eso, sea en hora buena, yo me quiero acostar, que estoy un poco cansado. Fuéronse á la cama juntos (que siempre llevaba la mujer por delante), aunque como ella vivia con diferentes pensamientos, no dió lugar al sueño hasta que dió en una traza endiablada, que le costó pesadumbre y le pudiera costar la vida. La sala era tan pequeña que desde mi cama á la suya no habia cuatro pasos, y cualquiera movimiento que se hacia en la una se sentia en la otra; y así no le pareció bien lo que por aquí podia intentar. La mula era de manera inquieta que en viéndose suelta alborotaba toda la vecindad antes que pudiesen cogerla. Parecióle á la señora doña Mergelina que desatándola podria volver á la cama antes que su marido despertase para ir á ponerla en razon, y en el espacio que se habia de gastar en cogerla y trabarla, le tendria ella para destrabar su persona. Y como las mujeres son fáciles en sus determinaciones, en sintiendo al marido dormido, levantóse paso á paso de la cama, y yendo á la caballeriza desató la mula, entendiendo que pudiera volver á la cama antes que la mula hiciese ruido y el marido despertase, con que tendria lugar para ejecutar su intento. Pero parece que la mula y él se concertaron; la mula en salir presto de la caballeriza haciendo ruido con los piés, y él sentirlo tan presto que se levantó en un instante de la cama, dando al diablo á la mula y á quien se la habia vendido; y si no se entrara la mujer en la caballeriza, topara con ella el marido. Él cogió una muy gentil vara de membrillo, y pególe á la mula, que huyendo á su estrecha caballeriza, apenas cupiera, por la huéspeda que halló dentro. Ella no tuvo donde encubrirse por la estrecheza sino con la misma mula, de suerte que alcanzó, como la vara era cimbreña, gran parte de los muchos varazos que le dió con los tercios postreros en aquellas blancas y regaladas carnes. Yo estaba en la escalera como si aguardara al verdugo que me echara de ella, turbado y sin consejo, porque veia lo que pasaba y sin poder remediarlo. El braco, sintiendo el ruido, y oliendo carne nueva en mi cama, comenzó á darle buenos mordiscones al mozuelo y á ladrarle, de suerte que la mujer en manos del marido, y el mozuelo en los dientes del braco, pagaron lo que aun no habian cometido. Yo viendo la ejecucion de su cólera, sin saber lo que hacia, le dije: Mire vuesa merced lo que hace, que cuantos palos da en la mula los da en el rostro de mi señora, que la quiere de manera por andar vuesa merced en ella, que no consiente que la toque el sol. Agradeced, señora mula, lo que me han dicho de vuestra ama, que hasta la mañana os estuviera pegando. ¿Hay con qué trabar esta mula? Yo respondí: En ese corralillo hallará vuesa merced una soguilla, que yo estoy con un dolorcillo de ijada, y no me atrevo á salir. Así como fué por ella, púseme á la puerta, haciendo pala á la señora, y subióse á su cama callando, aunque lastimada. Yo como siempre procuré que no llegase la ofensa á ejecucion, aunque no iba con mucho gusto para ello; en saliendo el doctor le tomé la soguilla, y enviélo á la cama. Trabé la mula, y subíme á reposar á la mia, donde hallé al mozuelo quejándose del braco, y á ella en la suya llorando tiernamente; y preguntándole el marido la causa, respondió muy enojada: Vuestras cóleras y arrebatamientos, que como tan de repente os alborotastes, y yo estaba en lo mejor del sueño, sobresaltada y despavorida, caí detrás de la cama, y dí con el rostro en mil baratijas que estaban aquí, con que me he lastimado muy bien. Sosególa el marido lo mejor que pudo, y pudo muy bien, porque las mujeres honradas cuando tropiezan y no caen en el yerro, caen en la cuenta, que habiendo de ser muy estrecha, es de perdones, y como vió que á tres va la vencida, y ella lo quedó saliendo mal de ellas, no quiso probar la cuarta. Al mozuelo con los peligros y los dientes del braco se le quitó el poco amor y desvanecimiento como con la mano.
[Ilustración]
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DESCANSO IV.
Como toda la noche hasta allí habia sido tan inquieta y llena de disgustos, pesadumbres y alteraciones, efectos propios de semejantes devaneos, fundados en deshonor, ofensa y pecado, lo que hasta la mañana quedaba, se durmió tan profundamente, que siendo yo de poquísimo sueño, no desperté hasta que por la mañana dieron golpes á la puerta, llamando al doctor para cierta visita muy necesaria. Alcé el rostro y ví que el sol visitaba ya mi aposento, que en mi vida le miré de más mala gana, y llamé al lastimado mozuelo, que más parecia embelesado que dormido, y hallándolo con determinacion de no tornar á las burlas pasadas, le dije: Pues el mayor peligro queda por pasar, si no vivís con cuidado y recato, que aunque es verdad que vos actualmente no habeis hecho ofensa en esta casa, y los deseos, ya que manchan la conciencia, no estragan la honra, con todo eso, para la reputacion de ella y seguridad vuestra, importa guardar el secreto, que como muchacho de poca experiencia, podíades revelar pareciéndoos que son lances muy dignos de saberse, y que diciéndolos por cifras no se entenderian, que es un engaño en que caen todos los habladores, pues adviértoos que no os va menos que la vida en saber callar, ó la muerte en querer hablar. Ningun delito se ha cometido por callar, y por hablar se cometen cada dia muchos: el hablar es de todos los hombres, y el callar de solos los discretos: yo creo que cuantas muertes se hacen sin saber los autores, nacen de ofensas de la lengua: guardar el secreto es virtud, y al que no le guarda por virtuoso, le hacen que le guarde por peligroso: el callar á tiempo es muy alabado, porque lo contrario es muy aborrecido: hablar lo que se ha de callar, nos precipita en el peligro y en la muerte, y lo contrario asegura el daño, y preserva la vida y quietud. Nadie se ha visto reventar por guardar el secreto, ni ahogado por tragar lo que va á decir: las abejas pican á su gusto; pero dejan el aguijon y la vida, ¿y á los que dicen el secreto que les importa callar, les sucede lo mismo? y en resolucion el callar es excelentísima virtud, y tan estimada entre los hombres, que de la suerte que se admiran de ver hablar bien á un papagayo que no lo sabia, se admiran de ver callar bien á un hombre que sabe hablar. Y para no cansaros más, si no calláredes porque es razon, callareis por el peligro en que os poneis, tratando de la honra de un hombre tan valiente como el Doctor. Con estas, y otras muchas cosas que le dije, lo envié á su casa con más temor que amor, ó más temeroso que enamorado. El Doctor se vistió tan de priesa que no tuvo lugar de mirar el señalado rostro de su mujer, que lo primero que hizo antes de vestirse, y sin aguardar á poner los piés en las mulillas, fué á mirarse al espejo; y viéndose el sobrescrito con algunos borrones, lo sintió de manera, que en muchos dias no se quitó del rostro un rebozo (que como era tan apacible y suave) parecia más que le traia por gala, que por necesidad. En estando para poderla hablar me llegué á donde estaba aderezándose el temeroso rostro, y lastimándome de los muchos cardenales que le alcancé á ver (que en personas muy blancas, de cualquier accidente se hacen) le dije, con la mayor blandura que pude, y supe: ¿Qué le parece de su buena ventura? Que tal lo ha sido, pues en cuantas veces la ha probado, la ha guardado de que los pensamientos no viniesen á la ejecucion de las obras, para que su honra (ya que ha estado para despeñarse) quedase salva en un aprieto tan grande, que arrojándose con tan determinada voluntad, le ha puesto tantos impedimentos para la caida, y tantas ayudas para el arrepentimiento. ¿Si cayera en un rio muy hondo, y saliera sin mojarse la ropa, no lo tuviera á milagro, y cosa nunca vista? ¿Si se arrojara entre mil espadas desnudas sin salir herida, no le pareceria obra de la mano de Dios? Pues crea, y tenga por cierto, que ha sido tanta evidencia de la misericordia divina, usada con vuesa merced con su marido, pues de su misma voluntad ha librado: que la más poderosa fuerza que hay con nosotros es la voluntad propia, ella nos rinde, y hace al entendimiento tan esclavo que no le deja libertad para conocer la razon, ó á lo menos para volver por ella; pues la voluntad depravada rindió un pecho tan libre: ella misma con el arrepentimiento y la razon le han de volver á su libertad. El arrepentirse, y volver sobre sí, es de ánimos valerosos: el escarmiento nos hace recatados, como la determinacion arrojadizos. Cuando la voluntad nos arroja con atrevimiento, el mal suceso lo remedia con temor: mejor es arrepentirse temprano, que llorar tarde. Un mal principio arrojado, mejora el medio, y asegura el fin: más vale, considerando este mal suceso, detenerse, que perseverando, esperar que se mejore. ¡Dichoso aquel á quien le viene el escarmiento antes que el daño! Los malos intentos al principio errados, engendran recato para los venideros: quien no yerra no tiene de qué enmendarse, mas quien yerra tiene en qué mejorarse: que Dios juzgó por mejor que hubiese males, porque les siguiesen los arrepentimientos, que tener el mundo sin ellos; que más grandeza suya es sacar de los males bienes, que conservar el mundo sin males. ¡Ojalá cuantos males se cometen, tuviesen tan ruines principios como este! que los males serian menores por el escarmiento. Vuesa merced vuelva en sí, estimando su hermosura, igualmente con su honra, que este daño tengo yo atajado, y le atajaré más. Á todas estas cosas que yo le decia, estuvo destilando unas lágrimas tan honestas y vergonzosas por las rosadas megillas, que enternecieran al más tirano ejecutor del mundo. Mas alzando el temeroso rostro, despues de haberse enjugado con un lienzo la humedad que lo habia bañado, con voz un poco baja, me dijo lo siguiente: Quisiera que fuera posible sacarme el corazon, y ponerle en vuestras manos para que se viera el efecto que ha hecho en él vuestra justa reprehension, y fuera para mí algun descuento de mis desdichas, si me creyérades como os he creido, no sólo para admitir el consejo, sino para obedecerlo, y ponerlo en ejecucion: que quien oye de buena gana, enmendaráse si quiere.